Pero concluir de ello que las masas se alzarán en rebelión para defender su actual estado de hartura material y que de ahí vendrán acontecimientos desestabilizadores del vigente sistema de signo positivo es razonar en contra de todo lo conocido.
Primero porque la transición a un régimen de escasez se podrá hacer paulatinamente y durante un lapso de tiempo prolongado, de tal modo que origine pocas perturbaciones. Segundo, porque existen bastantes paliativos que, aunque no dan para resolver los males principales, si alcanzan a difuminar sus efectos y dispersarlos temporalmente. Tercero, y más importante, que el estado de abyección existencial en que están las multitudes les impide realizar ninguna acción ofensiva de importancia, por lo que obedecerán a las autoridades en cualquier circunstancia y se dejarán morir antes que cuestionar con palabras y con actos el orden establecido. Es mucho más probable que ante las circunstancias que se aproximan se generalice una feroz mentalidad de “sálvese quien pueda”, la cual ya es bastante visible, y no forma alguna significativa de lucha colectiva, pues el individuo actual es asocial e insociable hasta lo aberrante. En cuarto lugar, sostener una nueva versión de la teoría sobre la que las masas se levantan en revolución cuando los bienes materiales que reciben son escasos es obstinarse en ignorar que ello jamás ha sucedido y jamás puede suceder pues las revoluciones positivas, o civilizantes, son fenómenos de la conciencia que solo emergen del deseo magnánimo de realizar el bien político y axiológico por su propia valía, bondad intrínsecas, y no de ninguna pulsión utilitaria, posibilista, pragmática, beneficiosa, egoísta o interesada. Una revolución por interés será siempre una contrarrevolución, por lo que el estado de ánimo apropiado es servir a la revolución desinteresadamente, no servirse de ella.
Admitamos por un momento que porciones significativas de los neosiervos asalariados y los oprimidos se alzasen, presionados por el empeoramiento de sus condiciones de existencia, contra el orden vigente. Para persistir en su lucha necesitarían de unas metas programáticas mínimamente pergeñadas, así como de una cosmovisión sobre cual habría de ser la escala de valores y la naturaleza de los fines dominantes en el nuevo orden con el que desean sustituir al existente. Sin lo uno y lo otro, cualquier rebelión no puede ir mas allá de protestas callejeras rápida y fácilmente sofocadas, útiles al orden constituido para mantener bien entrenados e instruidos a los aparatos represivos. Por ello, y por el resto de las causas aducidas, una de las tareas mas importantes del actual momento ha de ser de naturaleza constructiva en lo intelectual. En efecto, la simple denuncia del actual orden, por cierta, rigurosa y rotunda que sea, deja sin responder la cuestión principal, con qué sustituirle; pero si esto no existe todo lo demás vale bien poco, pues no permite fijar metas y sin ellas no hay estrategia posible, pues faltando aquéllas y ésta toda acción subversora se torna imposible.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).