Copiamos unas líneas del muy recomendable libro de Frédéric Lenoir “Las Metamorfosis de Dios. La Nueva Espiritualidad Occidental” (Alianza, Madrid 2005). El texto que reseñamos forma parte del capítulo 6º “¿Un Reencantamiento del Mundo?
He intentado demostrar en las páginas consagradas a los nuevos paradigmas científicos que el cientificismo y el racionalismo no agotaban la razón ni la racionalidad. Podemos decir incluso que hay muchas figuras de la racionalidad. La primera, la que ha dominado estos tres últimos siglos, puede definirse como cerrada en la medida en que se demuestra incapaz de hacerse cargo de la problemática de lo imaginario, lo sagrado y la subjetividad. Esto no significa que la razón no haya sido fecunda, sino todo lo contrario. La ciencia moderna debe sus avances en el conocimiento de la realidad fenoménica a esta razón de tipo cartesiano (en cualquier caso en su metodología) o aristotélica (en su lógica). La segunda figura de la razón, más contemporánea, ha surgido en el marco del cambio de paradigma científico. Se considera más abierta, más consciente de sus limitaciones, de su finitud. No pretende atrapar la infinitud de la realidad. En esta postura intelectual, esta razón alternativa reconoce la legitimidad de otras palabras que dan sentido, para el hombre, al mundo; las palabras filosóficas, artísticas, culturales, simbólicas, poéticas, religiosas etc.
(...) Edgar Morin escribe en el mismo sentido:
“La razón abierta no sólo no combate lo irracional, sino que habla con él y reconoce lo irracionalizable. A diferencia de la visión demente de un mundo totalmente racional y de un hombre solamente racional, ve en el mundo un juego de orden/desorden/organización, y concibe al homo no sólo sapiens sino sapiens/demens. La razón abierta reconoce lo irracional, es decir, lo que no es ni racional ni irracional, como el ser y la existencia que, sin razón de ser, son. La razón abierta reconoce lo sobrerracional e intenta concebirlo (así, toda creación supone algo de sobrerracional que la racionalidad puede en su caso comprender después). La razón abierta reconoce que hay realidades a la vez irracionales, arracionales y sobrerracionales, como los mitos, mientras que la razón cerrada sólo ve errores, tonterías y supersticiones.”
(...)
A grandes rasgos, y a modo de caricatura, se puede encontrar la figura del “hombre unidimensional” (según la fórmula de Herbert Marcuse) y la del “hombre universal” (homo universalis) que remite a la figura del sabio humanista y espiritual del Renacimiento, del que Leonardo da Vinci será uno de sus heraldos. Estas figuras son los tipos ideales, los arquetipos, dicho de otra forma, las potencialidades. No existen en la realidad social concreta, pero polarizan los proyectos, iniciativas y movimientos.
El homo universalis es la figura clave de una trayectoria de la modernidad que, aunque presente desde el origen, no va a ser la que llevará la voz cantante, la que precisará la norma. Puede decirse que esta modernidad asume la autonomía del sujeto y la razón crítica, pero propone una mirada plural sobre la realidad, al mismo tiempo desde la razón y la intuición, desde la lógica y la experiencia, desde el análisis metódico y la inteligencia emocional. Está en las antípodas de una racionalidad unívoca que se desarrollaría después y daría lugar al mecanicismo, la reificación, la cuantificación y mercantilización del mundo.
Marginada, va a expresarse a través de un movimiento cultural, intelectual, religioso, artístico y social que pretende resistir a la otra modernidad, la dominante, la del “hombre unidimensional” que se adapta a un mundo desencantado, puramente racional, sin poesía, sin mitos ni mística, que, en nombre de la legitimidad, lucha contra las alienaciones y por el avance del conocimiento, confunde superstición y espiritualidad, imaginario y oscurantismo. Mientras que el “hombre universal” admite varios niveles de realidad, tanto en él mismo como en el mundo, el “hombre unidimensional” sólo percibe un nivel: el que puede ver con su razón lógica. El “hombre unidimensional” procede directamente de Descartes y de su proyecto de leer el conjunto de lo real a través del método matemático y la ratio. El hombre universal remite al primer Renacimiento, el de Paracelso, Pico della Mirandola o Marsilio Ficino. (...) Esta primera modernidad era, me parece, más rica en términos de potencial de humanización que la de la Ilustración, que prefirió una figura del hombre en la que dominara el ejercicio de una razón crítica “cartesiana” y finalmente más estrecha, filosófica y teológicamente que el intellectus del que hablaban los medievales y los humanistas del Renacimiento, en otras palabras, de un intelecto que es una potencia superior del alma que permite al hombre ser capax dei, capaz de Dios, es decir, de trascendencia. Idea que retomará Jung cuatro siglos más tarde en la perspectiva de la psicología profunda.
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