Quizá la fórmula que mejor expresa la cosmovisión izquierdista de los decenios finales del siglo XX en los países ricos sea la de “protesta y sobrevive”, que se hizo un lugar común a finales de siglo y que hoy, soterrada, permanece como centro del sistema doctrinal de esa desventurada, aunque ya casi por completo inoperante –si bien no superada críticamente– corriente.
Lo que expresa es muchísimo, para estar formada por tres voces tan solo. El “protesta” ordena la renuncia a la transformación del orden vigente en su esencia, siendo la vía a la adaptación a él una vez ligeramente modificado, quizá, por el activismo callejero, fácil y lúdico, concebido con un grado mínimo de compromiso personal, de sacrificio, de renuncia y de entrega. Se trata de protestar para vivir “mejor” aquí, para disfrutar “más”, gozar “más” y ser “más felices” bajo el vigente orden, no para ser mejores y superiores de manera cualitativa en otra sociedad superior y mejor que provenga de la negación trascendente de la ahora existente, asunto que, hablando en plata, ni se considera. Es aquel, por ello, un rezongar y discursear contra la guerra pero no contra las causas últimas de la guerra, lo que le convierte en un admitir vivir en el sistema establecido pero sin sus expresiones extremas, la guerra nuclear en este caso. En resumidas cuentas, la noción de “protesta” desplaza y sustituye con eficacia a la de “revolución”, que pasa a ser ignorada por prácticamente todo el activismo izquierdista, enamorado de lo existente en lo que éste tiene de más decisivo, de donde la representación de la sociedad perfecta que aquél se hace proviene de purgar a la actual de algunas pequeñas imperfecciones así como de la más obstinada idealización de sus aspectos pretendidamente positivos, reales y sobre todo imaginarios.
El “sobrevive” significa ante todo “sobrevive tú”, conforme al egocentrismo que estructura la cosmovisión de esa tendencia, que repudia (o casi peor aun, ignora del todo) los ideales de colectivismo, desinterés, generosidad y hermandad que otrora articularon, al menos verbalmente, el proletarismo decimonónico, lo que significa que ha tenido lugar un retroceso respecto a éste. Nótese que la consigna no está en plural, como podría esperarse y sería lo lógico; no dice “protestemos y sobrevivamos” sino que, recogiendo la quintaesencia del individualismo burgués (que se manifiesta machaconamente en, verbigracia, la publicidad comercial, a la que el lema pacifista-izquierdista copia) y alentando el ideario de “yo primero”, viene a indicar que se trata de satisfacer un interés particular, el sobrevivir personalmente en una situación que se tiene por extrema. La petulancia yoísta del izquierdismo contemporáneo para el que no existen los ideales y metas colectivas y que hace mofa de casi cualquier expresión de civilidad y preocupación por el bien público, dado que solo esta interesado en el pretendido bien de su idolatrado ego, llega hasta el extremo de hacer casi imposible toda forma de existencia y acción comunal en estos ambientes, desgarrados por la eterna competencia entre los diversos yo, que se extenúan en una contienda de nunca acabar por maximizar sus utilidades particulares, así como por hacer prevalecer e imponer a los otros sus deseos, estados de ánimo e incluso manías, sin respeto para nadie, dado que todo lo exterior al ego es tenido por hostil, amenazante y enemigo, no solo el Estado y el capital sino, mucho más y sobre todo, el otro, el próximo, el que debería ser amigo y compañero pero que es, por lo general, un blanco para el desdén, la descortesía y el estar de uñas, esto ultimo a menudo disfrazado de discrepancia teórica o disidencia doctrinal.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).