Antes de iniciarse la edad de la televisión, el tiempo medio de aleccionamiento de la persona común podía estar en torno a las cuatro horas diarias, el doble del existente antes de la popularización del cine y la radio, y unas ocho veces más al que se daba a mediados del siglo XVIII.
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La naturaleza de la televisión y sus mensajes (…) son su aptitud para ser visualizada sin limitaciones de tiempo, su capacidad para reducir al mínimo el esfuerzo y la participación del espectador, su violación de la intimidad del hogar (…) y su deriva hacia un arrasador torrente de imágenes que atrofian las capacidades cavilativas del telespectador, le apartan de la vida convivencial y afectiva, le habitúan a la inacción en el contexto de una existencia marcada por la holgazanería y le condenan a la inactividad física durante horas y horas cada día, con consecuencias aciagas para el vigor y la salud corporal.
Así pues, la negatividad de la televisión esta en su naturaleza misma tanto como en sus contenidos, y se ha de rechazar el argumento esgrimido por los partidos socialdemócratas y por los intelectuales inconformistas en lo insignificativo ligados a estos de que es posible “otra” televisión, con contenidos dignos, que ellos, supuestamente, van a proporcionar. Si eso sucediese alguna vez estaríamos, asimismo, ante una nueva forma de aleccionamiento en esencia no mejor que la hoy existente, pero lo cierto es que aquella resulta ser una promesa electoral siempre incumplida. Esto se explica porque la televisión fue creada, igual que el resto de los medios de difusión autocrática de sonidos, mensajes e imágenes (incluyendo las manifestaciones más vanguardistas de la trasmisión electrónica digitalizada), para la manipulación y la degradación a la mayor escala posible de la masa popular, y no admite usos alternativos (suponiendo que los partidos de izquierda pensasen seriamente en ello), al estar su esencia determinada por el propósito para el que fue constituida. Estos medios no son neutrales y no pueden ser ganados para aplicaciones “positivas”,
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La pequeña pantalla eleva de manera notable la duración del adoctrinamiento, pero no lo hace por adición simple, pues una buena parte de la atención a ella destinada es sustraída de la que antes se dedico a los otros medios de comunicación. En resumidas cuentas, en la era de la televisión el tiempo total de mentalización se ha podido elevar a unas seis o siete horas diarias, entre doce y catorce veces más del que era habitual 200 años antes, lo que es una excelente confirmación de la teoría del progreso, como progreso del envilecimiento y de la sujeción. Serán necesarias “las nuevas tecnologías de la información” puestas a punto en los decenios finales del siglo XX para que el tiempo de la vida destinado a la desestructuración intencionalmente no-reversible de la existencia espiritual autónoma del sujeto alcance la práctica totalidad de su tiempo libre, en una sociedad en que todo sea información, esto es, aleccionamiento y manipulación.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).
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