Infomoc - Jueves.10 de mayo de 2007 - 831 visitas

Gente armada

JUAN BAS
j.bas@diario-elcorreo.com/

"Las armas las carga el diablo y las dispara un gilipollas», se decía en el puñetero servicio militar obligatorio cuando a alguno se le escapaba un tiro de Cetme y después lo arrestaban un montón de días. Solía suceder por hacer tonterías mamado durante el plantón de guardia.

Me acordé hace unos días de esta máxima cuartelera al ver en un bar de Bilbao a un policía municipal de uniforme, en horas de servicio y con la pistola al cinto, soplarse dos chupitos de orujo de hierbas -inconfundible por ese color verde parecido al de la ’kriptonita’ que dejaba lelo a Supermán, con treinta grados de alcohol-. Me sorprendió el hecho, pero sobre todo la naturalidad con que el funcionario uniformado y armado bebía alcohol en un local público lleno de gente, a la vista de todos. Es muy posible que fuera un buen policía, pero también debía parecerlo.

Qué delicado es decidir, y con qué criterio, a quiénes se les otorga permiso para portar un instrumento que mata y jugar el papel de ser los que velan por el respeto de la ley y llegado el caso nos protejan de violencias y atropellos. Y sin pasarse en sus atribuciones, como esos cuatro ’mossos d’esquadra’ que han sido grabados metiéndole una espectacular paliza a un detenido en una comisaría de Barcelona.

En el documental ’Bowling for Columbine’, de Michael Moore, una joven madre perteneciente a las milicias de Michigan, vestida con uniforme de combate y con un fusil de asalto en las manos, argumenta con pureza fascista que al fin y al cabo llamamos a los policías cuando hay problemas porque tienen armas. Ellos, la milicia, evitan al intermediario y están preparados para defender directamente a sus familias. Vistas las masacres que sufren con frecuencia los norteamericanos cuando cualquier tarado consigue un arma con facilidad y se carga a un montón de gente antes de saltarse los sesos, no parece un buen sistema. En el mismo documental se ve un banco-armería, también en Michigan, en el que por abrir una cuente corriente te regalan un rifle.

Me pasa lo que a los personajes de ’Mujeres al borde de un ataque de nervios’, de Almodóvar, que sólo llamaban a la pasma cuando no quedaba otro remedio. No me gustan los maderos de ninguna clase más que en las películas y novelas negras. Pero ya que al menos somos una sociedad civil desarmada -salvo las excepciones conocidas- y que aquí los calentones homicidas se resuelven a garrote o navaja, modo artesanal y limitado, en vez de disparar al bulto las diecisiete balas de nueve milímetros del cargador de una automática, si la tuviéramos, que los que llevan el hierro por nosotros estén lo mejor seleccionados y controlados posible. Que se distinga con facilidad al servidor de la ley del matón.

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