Luis Gordillo. Director de la Oficina de Atención a la Víctima
Nació en Soria, pero se siente riojano «por llevar aquí toda la vida». Estudió Derecho y Criminología en Madrid, y trabajó en la abogacía, pero no le gusta ese mundo «esquizofrénico», que no va con su forma de entender las cosas. Hacia 1995 montó la Oficina de Atención a la Víctima en Logroño, de la que ahora es director. Ayer obtuvo el título de Doctor por su tesis ‘La mediación penal: caminando hacia un nuevo concepto de justicia’.
“Con la mediación, la sociedad se va dando cuenta de que es posible que las personas se sienten a dialogar”
L. SERRANO /LOGROÑO (NOTICIAS DE L ARIOJA, 23/09/05)
Fue en 1996, en unas jornadas en Canarias sobre un nuevo modelo de justicia, «la restaurativa, que estaba en Europa», cuando Luis Gordillo descubrió la mediación. El profesor argentino Daniel Bustelo le formó en la resolución alternativa de conflictos, y le apasionó tanto «ese nuevo paradigma de ver cómo la gente puede construir una realidad positiva a partir de un problema en vez de generar vencedores y vencidos, como hace este sistema», que ha dedicado cinco años a investigar sobre mecanismos alternativos de regulación de conflictos y la forma de incorporar esta figura dentro del ámbito jurídico-penal sin vulnerar principios constitucionales ni garantías penales.
¿Cómo entiende este nuevo concepto de justicia?
Se trata de integrar la justicia restaurativa, de reparación de daños, dentro del modelo actual; que el Derecho Penal se acerque mucho más a lo que la ciudadanía espera de él, y que en lugar de ser exclusivamente sancionador, punitivo, empiece a generar la capacidad de poder presentar diferentes alternativas para regular los conflictos que necesitan del Derecho Penal.
¿Cómo se consigue?
Creando mecanismos más participativos. Ya existen los trabajos en beneficio de la comunidad, las medidas restrictivas de acercamiento... ¿por qué no puede existir la posibilidad de que en ciertos delitos (y eso habría que cotejarlo muy bien), se pueda empezar a valorar que una víctima y un agresor se sienten a hablar? Yo he presenciado resoluciones en las que después, ambas partes se saludan, se siguen hablando por la calle... La realidad no es un campo de batalla donde existan vencedores y vencidos. Con la mediación, la sociedad se va dando cuenta de que es posible que las personas se sienten a dialogar.
¿En qué consiste la mediación penal?
Voy a compararla con el sistema judicial, que es jerárquico, y la decisión que se toma sobre un conflicto es del que impone y está por encima: el juez; por debajo, quedan los abogados y, en otro plano inferior a éstos, sus clientes. En la mediación no hay más que un plano de igualdad, donde hay un tercero, una persona neutral con capacidad de restablecer comunicaciones que genera un tercer espacio ficticio en el que las partes puedan empezar a negociar después de contener la crisis. Son ellas las que participan activamente en la resolución de su propio problema sacando sus emociones, cambiando sus condicionantes internos y reproches por posiciones, y éstas por pedidos, que se intentan poner sobre la mesa para que la gente pueda construir una situación de futuro. Y si llegan a un acuerdo, la solución es aceptada por ambas partes, cosa que no ocurre muchas veces en los sistemas judiciales tradicionales.
¿Qué condiciones deben darse para poder utilizarla?
Partir de la voluntariedad de ambas partes, igualdad, reciprocidad, un mediador bien formado, que las organizaciones que hagan las funciones mediadoras se organicen bien y estén controladas por el Ministerio de Justicia... hay que reorganizar, pero no reprivatizar o anular el sistema judicial.
¿Y cuándo no es posible?
Hay conflictos en los que hoy, moralmente desde el punto de vista jurídico, no se puede mediar, como el homicidio o delitos contra la libertad sexual, porque hay una gran carga emotiva de venganza. Y con la mediación se trata de pacificar, crear un proceso de pacificación global, que ya existía desde la época de Sófocles y que se incluye en la justicia restaurativa que se está imponiendo en la Unión Europea. Hay una decisión marco de 2001 que obliga a los Estados miembros a incorporar estos mecanismos en la legislación penal antes del 10 de marzo de 2006.
¿Qué nivel de aceptación tiene dentro del mundo judicial?
Hay mucha gente que cree en esto, pero no se atreve a decirlo públicamente. Mi impresión es que existe la tendencia de criminalizar mucho todas las conductas sociales, y la sensación de los jueces es que tiene que haber un Derecho Penal mínimo, que sólo actúe en aquellas situaciones en las que la sociedad no puede solucionar sus problemas. Hay jueces que estarían dispuestos, pero aún no hay un principio dentro del Código Penal que diga que se puede hacer. Y los que no están de acuerdo con este punto de vista, reconocen que este camino ya no se va a parar.
¿Cree que la sociedad está preparada para un modelo diferente del sistema penal actual, en el que el protagonismo es sólo de los profesionales?
Ésa es la clave: pensar si la sociedad es suficientemente madura democráticamente como para delegar en ella la posibilidad de resolver sus propios conflictos. El conflicto es conflicto; da igual si es penal, administrativo o familiar. Es sólo un problema de comunicación. Y por supuesto que está preparada, pero hay algunos que, lejos de generar una confianza en la ciudadanía para que pueda resolver las cosas que le pasan, ejercen de ‘supermanes’, diciéndonos lo que es bueno y lo que es malo.
¿Son los mismos que dan a elegir entre libertad o seguridad?
Eso es. Cada vez se están aplicando leyes más restrictivas de derechos a costa de decir que nos están dando más seguridad para proteger a todo el mundo del mal, y eso es una confusión absoluta. Aquí no hay mal ni hay bien, simplemente es una cuestión de diálogo. No digo que el Estado tenga que dejar de hacer lo que hace; hay bienes jurídicos que hay que protegerlos, pero el Derecho Penal también puede participar de otros mecanismos que no sean únicamente los de meter a un señor en prisión.
La prisión no es la solución...
Claro, hay otras muchas vías. La cárcel puede ser la última respuesta para las cosas más duras, pero antes de llegar a eso, está más que comprobado que el principio de resocialización es un fracaso; no puedes reintegrar a nadie si lo metes en la cárcel. Por eso, y sobre todo en delitos menores, hay que creer en la capacidad de reintegrar.
Y, ¿cómo lo hacemos?
El agresor no es agresor porque lo sea de la noche a la mañana; más que los problemas criminales, nos tienen que preocupar los sociales. Y estamos identificando lo que son problemas sociales, más con problemas criminales, sobre todo en los casos de violencia de género y terrorismo. No todo lo criminal es social ni todo lo social, criminal.
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