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Por Hernán Granovsky
El Siglo XX estuvo signado por intervenciones militares en los asuntos internos, represiones populares y reducción de las garantías constitucionales. En la década del 70 esas políticas autoritarias se acentuaron y aparecieron organizaciones revolucionarias armadas que intentaron desafiarlas. Sin embargo, fueron la excusa perfecta para que en 1976 las Fuerzas Armadas comenzaran un proceso de exterminio de personas pertenecientes a todos los ámbitos sociales. Esta es la historia de la ejecución de uno de los genocidios más grandes que se haya visto en América del Sur.
El 24 de marzo de 1976 se inició la dictadura más sanguinaria de la historia argentina y probablemente de América del Sur, que dejó un saldo de aproximadamente 30.000 desaparecidos. Para entender los acontecimientos que llevaron a semejante barbarie es necesario hacer un repaso sobre la actitud que durante el Siglo XX han asumido los militares en los asuntos internos de la Nación.
Las Fuerzas Armadas (FF.AA.) de la Argentina se caracterizaron por una tendencia a protagonizar Golpes de Estado. El primero ocurrió en 1930 pero fue a partir del derrocamiento de Juan Domingo Perón en 1955, que las FF.AA. fijaron como prioridad el combate contra un “enemigo interno”.
Traducido a la vida cotidiana, esa lucha significó una persecución a los sectores populares que en aquellos años simpatizaban masivamente con Perón. En términos políticos, la intervención de las FF.AA. significó la garantía para que la oligarquía argentina siguiera ejerciendo su dominio económico y para beneficiar a los capitales transnacionales que desembarcaran en el país.
Pese al rol indispensable de las FF.AA., los sucesivos Golpes de Estado deben catalogarse como cívico-militares ya que los ideólogos pertenecían a las clases dominantes y existió complicidad de integrantes de partidos políticos. Además, se obtuvo el consenso de los medios de comunicación e instituciones como la Iglesia Católica (la cúpula y sus principales miembros prestaron una colaboración vergonzosa a la dictadura 1976-83).
A diferencia de otros países sudamericanos con mayor tradición democrática como Uruguay o Chile, en Argentina se alternaron entre 1930 y 1983 gobiernos militares con gobiernos semi-democráticos (se los denomina así porque en la década del 30 había elecciones fraudulentas sin participación de la UCR y entre 1955-1973 se proscribió al peronismo, cuando en cada uno de esos dos ciclos ambos partidos eran mayoría). Esto obligó a conformar una resistencia que apelara a metodologías alternativas a la vía electoral. Así se fueron forjando diversos focos de resistencia popular (estudiantiles, obreros, guerrilleros) que en diferentes etapas de la historia se destacaron en la lucha contra los gobiernos autoritarios.
Onganía, un ensayo de la dictadura de 1976
Un antecedente de la dictadura de 1976, es la encabezada en 1966 por el General Juan Carlos Onganía, quien intentó perpetuarse en el poder al mejor estilo Francisco Franco. Su programa constaba de una meta económica, otra social y otra política y estimaba que tardaría ¡20! años en cumplirlo. Sus principales medidas fueron clausurar el Congreso Nacional, prohibir los partidos políticos, reprimir a los estudiantes en las universidades y expulsar a los docentes y científicos opuestos al régimen (muchísimos debieron exiliarse).
Sin embargo, Onganía tuvo que dejar el poder como consecuencia de una rebelión popular que fue comparada con el Mayo francés debido a la cercanía temporal (el movimiento galo se dio en 1968 y éste en 1969) y a la alianza ideológica entre estudiantes y obreros. A esta pueblada se la denominó el “Cordobazo” porque tuvo su epicentro en las calles de la provincia de Córdoba y significó un punto de inflexión para el despegue de importantes organizaciones guerrilleras, que actuaron principalmente en Córdoba, Tucumán, Rosario y Buenos Aires.
El crecimiento de los grupos armados
La primera acción armada de un grupo guerrillero se produjo en 1968 y fue llevada a cabo por las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Pero el auge de estas organizaciones comenzó a partir de 1970 con la aparición de Montoneros (también de orientación peronista), que se hizo conocer públicamente a través del asesinato de Pedro Aramburu, quien había derrocado al presidente Perón en 1955. En el mismo año surge el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), de extracción marxista, que junto a Montoneros constituyeron las dos organizaciones más numerosas y mejor organizadas. Montoneros bregaba por una guerrilla urbana. En cambio el ERP apostaba a una guerrilla rural combinada con acciones en importantes ciudades del país.
Las reivindicaciones de estos grupos (incluidas las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el Partido Comunista Revolucionario, el Partido Comunista Marxista Leninista y las Fuerzas Armadas de Liberación) tenían orientación socialista. Con algunas divergencias respecto de sus propios programas, coincidían en sus principales propuestas: lucha contra el imperialismo, ruptura con EE.UU. y el FMI; reforma agraria; nacionalización de la banca y nacionalización de las empresas para imponer una administración obrero-estatal, entre otras.
Sus acciones consistían generalmente en secuestrar empresarios (en algunas oportunidades exigían canjearlos por compañeros presos), asaltar camiones transportadores de caudales o bancos para obtener fondos y así financiar sus actividades de propaganda política. Algunos grupos realizaban atentados contra figuras políticas, castrenses o agentes de la Policía. También era moneda corriente los asaltos a los cuarteles militares para conseguir armamento.
Existían dos estrategias políticas para intentar llegar al poder. Algunos sectores pretendían hacerlo desde dentro del peronismo y pugnaban por el regreso al país del todavía exiliado Perón. Uno de esos grupos era Montoneros. El resto no consideraba a Perón un revolucionario y apostaba a hacer la revolución por fuera del peronismo, inspirados por experiencias exitosas como la cubana.
Los acontecimientos posteriores demostraron que la primera postura estaba equivocada porque cuando en 1973 se concretó el regreso de Perón a la Argentina y a la presidencia, éste se alió con los sectores de derecha. Así se produjo en 1974 una ruptura de Montoneros con Perón, quien falleció a los dos meses. Antes de su muerte, el líder había sido cómplice de la formación de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), una organización paraestatal que comenzó, en democracia, con las prácticas de secuestros, asesinatos y desapariciones típicas de la dictadura del 76. Sin embargo, sus primeras víctimas no fueron comunistas sino, justamente, integrantes de Montoneros.
En América Latina se aplica el Plan Cóndor
Más allá de las condiciones coyunturales enumeradas, la dictadura argentina se produce en el marco del Plan Cóndor, ideado por EE.UU. con el objetivo de aniquilar todo tipo de oposición política en el cono sur del continente americano. Así lo certificaron documentos desclasificados por los servicios de inteligencia estadounidenses, al señalar una activa participación de su país en el Golpe contra Salvador Allende en Chile y la aprobación de las dictaduras de Bolivia, Paraguay, Perú, Brasil y Uruguay.
El Golpe de Estado de 1976 estuvo a cargo de una Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla, Emilio Massera y Orlando Agosti. En nombre de los “valores occidentales y cristianos”, el objetivo que se planteó fue “combatir y erradicar la subversión e instaurar la paz social”, supuestamente alterada por movimientos guerrilleros. Sin embargo, la realidad indicaba que estas organizaciones estaban prácticamente desarticuladas como consecuencia de las detenciones, desapariciones y asesinatos (muchas veces fusilamientos disfrazados de enfrentamientos), llevados a cabo entre 1970 y 1975. Además, muchos de sus miembros ya habían logrado huir del país luego de emprender algunas acciones que no resultaron exitosas.
La vaguedad del concepto “subversión” justificó una verdadera cacería humana en la que los guerrilleros sólo constituyeron uno de los blancos. Desde 1976, las Fuerzas Armadas combinadas con el resto de las fuerzas de seguridad y grupos de tareas “clandestinos”, secuestraron, torturaron, desaparecieron y asesinaron sindicalistas, dirigentes políticos, sacerdotes, monjas, empresarios, profesionales, periodistas, novelistas, estudiantes, niños (hay casos de estudiantes secundarios de 14 y 15 años) y parientes o amigos que figuraban en las agendas de los secuestrados.
El entonces gobernador de Buenos Aires, Ibérico Saint Jean, resumió perfectamente la irracionalidad de aquellos años: "Primero mataremos a los subversivos, luego a sus colaboradores, después a sus simpatizantes y luego a quienes permanezcan indiferentes; y finalmente, mataremos a los tímidos".
Aunque hubo intentos de resistencia en algunas fábricas, en las universidades o en ámbitos de la cultura o el periodismo, el terrorismo de Estado arrasó con todo en los primeros tres años. Los sitios de trabajo y las universidades estaban ocupados por militares, había censura cultural, se quemaron libros, y fue imprescindible la manipulación de los medios de comunicación para ocultar o distorsionar las noticias. Las personas eran secuestradas en sus hogares, en sus puestos de trabajo, en la calle, y conducidas a los más de 340 centros clandestinos de detención, sin condena ni mucho menos un juicio que probara algún delito. Sus familiares, desesperados, deambulaban por la ciudad en busca de noticias pero no había información oficial. El centro de detención más grande fue la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), por donde pasaron cinco mil personas.
En cada campo de concentración todas las personas eran sometidas a horrendas torturas físicas y psicológicas. Algunas estuvieron años encerradas. Otras fueron dopadas y arrojadas vivas, desde aviones, al Río de la Plata o al mar. Hubo cientos de madres que dieron a luz en esos campos de concentración, cuyos hijos fueron robados.
Años después, el propio Videla justificó el motivo de usar como estrategia la desaparición en lugar de los fusilamientos: “La sociedad no los habría soportado (los fusilamientos). Se pensó en dar a conocer las listas de los detenidos-desaparecidos, pero luego vendrían las preguntas que no se pueden responder: quién mató, cómo, dónde."
El Ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo
En medio de la tragedia hubo tiempo para intentar limpiar la imagen del país en el exterior. En 1978 se organizó el Mundial de fútbol que ganó Argentina y la propaganda política que se llevó a cabo no tuvo nada que envidiarle a los Juegos Olímpicos de Hitler en Alemania o al Mundial de Italia de Mussolini. En 1979 Videla dejó el poder en manos de otro militar, Roberto Viola. Para esa época, la dictadura ya se había encargado de eliminar a la mayoría de las víctimas.
La lucha de las madres de Plaza de Mayo al exigir la aparición con vida de sus hijos; las campañas de denuncia internacional de parte de los aproximadamente 100.000 exiliados; la entrega en 1980 del premio Nobel de la Paz a Adolfo Pérez Esquivel, argentino defensor de los derechos humanos, y principalmente la derrota en 1982 ante Gran Bretaña en una guerra absurda promovida por los militares para recuperar las Islas Malvinas e intentar perpetuarse en el poder, se conjugaron para que en 1983 se retornara a la vida democrática.
Las consecuencias económicas fueron un aumento de la deuda externa de aproximadamente US$ 5 mil millones a US$ 45 mil millones, una industria nacional en quiebra, la nacionalización de la deuda de las empresas privadas, un empobrecimiento general de los trabajadores por la disminución a la mitad de sus salarios y un mercado en manos de los capitales financieros transnacionales. Los militares cumplieron al pie de la letra con los objetivos que les habían trazado los organismos que representaban los intereses internacionales en el país.
La dictadura no sólo significó la pérdida de una generación de luchadores e intelectuales sino que inoculó el virus del miedo en la población, dejó cicatrices que perduran aunque hayan pasado 21 años.
Sin dudas, la lucha de instituciones como Madres de Plaza de Mayo, Abuelas de Plaza de Mayo (se encarga de buscar con la ayuda de estudios de ADN a sus nietos nacidos en cautiverio que están en manos de apropiadores), de H.I.J.O.S. (aquellos jóvenes que perdieron a sus padres) fueron y son un aporte fundamental para la reconstrucción de una historia que muchas veces intentó ser falseada por los responsables y cómplices del genocidio y para la reivindicación actual de los ideales por los que las víctimas dieron su vida.