La sociedad de la información es presentada por sus apologetas como aquella en la que el sujeto, rebosante de conocimientos y saberes alcanzados con muy escaso tiempo y esfuerzo, vive en condiciones óptimas para desenvolver hasta el limite sus facultades de creatividad e inventiva intelectual. Además, dicha sociedad proporciona supuestamente a cada uno de sus integrantes los medios técnicos y los mercados de demanda en constante crecimiento para la génesis intrínseca y la realización económica de los productos científicos, técnicos, estéticos y culturales resultantes del obrar de la mente.
Es, por ende, un orden de plena e irrestricta libertad espiritual, primero porque estar informado es la médula misma del conocimiento; en segundo lugar porque las actividades de creación, en las condiciones descritas, originan una plétora de bienes inmateriales, benéficos para todos. En suma, se nos dice que gracias a los nuevos desarrollos de la ciencia y de la técnica, así como a la libertad consustancial al sistema parlamentario y constitucional, que protege la libre empresa, se ha alcanzado la mejor de las sociedades posibles en la forma de tecnoutopia.
(…)
En ello hay poco de novedoso pues todos los grandes sistemas técnicos han sido popularizados acudiendo a exaltar más allá de toda racionalidad sus supuestas maravillas. Así se hizo con la primera revolución industrial, el ferrocarril, la electricidad, la revolución de los transportes, la mecanización de la agricultura, la revolución verde, la erección de la gran industria química, las energías renovables, y ahora con la informatización y digitalización. En ninguno de esos casos dejó la realidad, prosaica siempre e incluso sórdida y temible en este asunto, de decepcionar a los creyentes de buena fe en la técnica como formidable fuerza liberadora.
(…)
La creatividad que la sociedad de la revolución digital permite es aquella que no dañe el orden constituido y que, además, lo perfeccione conforme a su naturaleza, pero no otra.
(…)
En resumidas cuentas, se arguye que el sistema nos libera, que Internet (“neodios”, según apostilla socarronamente R. Reig) puede ser utilizado contra sus creadores y, por extensión, que la solución al gran drama de la vida sin libertad está en el interior mismo del sistema de dominación y en cada uno de sus productos, que deben ser acogidos con pasmo y devoción. Eso equivale a postular, para este caso, que no nos liberamos nosotros mismos sino que lo hacen los objetos y sistemas técnicos, de donde se concluye que no tiene sentido cultivar nuestras capacidades y virtudes al desnudo, como seres desposeídos de todo, incluso de nosotros mismos, pues el bien nos es dado desde el exterior. Solo es apropiado asentir, integrarse, acoger y esperar, transidos de fe.
(…)
Un derecho fundamental es el derecho a no padecer la agresión de la publicidad, a escoger los sistemas de ideas que se desea penetren en el interior de la propia conciencia. Por tanto, una prerrogativa del ser humano, como ser pensante y autodeterminado, es la de vivir en una sociedad silenciosa, en la que se puedan desplegar sin trabas las facultades de la reflexión, con ensimismamiento, introversión y existencia fecunda en el interior de si mismo, pues solo una formación social liberada del ruido enloquecedor de la publicidad puede ser una comunidad reflexiva y, con ello, apta para el actuar del libre albedrío. El estrambote de lo expuesto es que un orden con publicidad es de dictadura, y que una comunidad libre ha de excluir toda forma de aquella, estatuyendo en su plenitud la libertad de conciencia y la libertad civil, quedando la actividad de informarse como un escoger libre y concreto del sujeto en el marco de una normativa y un estilo de vida en el que éste sea, efectivamente, sujeto; es decir, actuante y agente, no mero receptor de lo producido por empresarios y profesionales, por creativos y expertos, tiránicos e intolerables siempre, pues como inquiere Voltaire en Filosofía de la historia, por una vez acertado, “¿con que derecho un ser creado podría forzar a otro ser a pensar como él?” 92.
(…)
Una última reflexión es que en la sociedad de la información lo que en definitiva cuenta, a pesar de las apariencias, sigue siendo la eficacia intrínseca del mensaje, quedando como factor complementario el descomunal potencial de los medios e instrumentos utilizados para trasladar éste a la masa. Dicho de otro modo, el medio no es el mensaje, o no lo es de manera tan tajante e indudable como la conocida aserción postula. Ello se observa bien al realizar el examen atento del funcionamiento real de la sociedad de la información, el cual muestra que ésta alcanza el máximo de eficacia en concreto cuando los formidables sistemas de traslación y difusión asentados en la técnica más moderna se ponen al servicio de paquetes de ideas-propaganda bien constituidos en sus contenidos: cuerpos de teorías, análisis o seudoanálisis, regímenes de creencias, bloques de interpretaciones, categorías lúdicas, sistemas estéticos, programas políticos, reinvenciones del pasado, enunciados para la orientación de la conducta cotidiana o cualesquiera otros, primorosamente urdidos por intelectuales, políticos, comunicadores, altos funcionarios, estetócratas, historiadores, psicólogos, pedagogos o economistas.
Que la calidad intrínseca de los productos ideológicos usados en las tareas de inculcación y manipulación complejas propias de la modernidad madura sea lo determinante en última instancia manifiesta una falla o fisura en el aparato de adoctrinamiento, considerado como un todo, que sienta la posibilidad, por débil y remota que sea, de lograr éxitos en la resistencia a aquel aparato. Si éste depende, en definitiva, de la creatividad, por tanto, de la calidad más que de la cantidad, puede ser combatido con alguna eficacia desde la calidad, poniendo el acento en la verdad y objetividad, en la buena elaboración y suficiente perfección de los sistemas de ideas preconizados. Hay que tener en cuenta que, hasta el presente, la sociedad de la información solo ha tenido frente a si a movimientos y colectivos que esgrimían y esgrimen unos sistemas ideológicos de ínfima calidad, hechos sin preocupación por la verdad y reducidos a poco más que un recitado dogmático de principios bastante chapuceros y sobremanera equivocados, lo que ha permitido a aquella prevalecer sin dificultades. Pero está por ver lo que sucedería si la oposición al orden constituido se dotase de un cuerpo de argumentación bien elaborado, mucho más en una edad en que la creatividad de los agentes intelectuales del orden existente, minada por la codicia, el cinismo, la competitividad, el uso universal de drogas y el hedonismo, está en declinación.
Nota
92. Tal declaración de principios adquiere toda su importancia en las actuales circunstancias, cuando colosales conglomerados multimedios, que llegan a agrupar a cientos de empresas edito riales, periodísticas, de la industria del espectáculo, comunicacionales, del ocio cibernético y de otros tipos, están en condiciones de fabricar la totalidad del mundo interior del sujeto común. Es característico de estos monopolios ser propiedad de individuos que han acumulado un poder inmenso y llegado a amasar las mayores fortunas a costa de la libertad de pensamiento de cientos de millones de seres humanos. Aquéllos, sujetos de lo mas inculto y grosero, dominan y determinan lo sustancial de la vida intelectual (así como de la volitiva, emocional, apetitiva y pasional) de las sociedades de la modernidad. Una relación de sus nombres, negocios y omnipoderes se encuentra en Tiburones de la comunicación. Grandes líderes de los grupos multimedia, por E. Frattini e Y. Colias, así como en El negocio de la libertad de J. Cacho. Para el caso español, es el macropoder mediático propiedad de los herederos de Jesús de Polanco, constituido desde casi nada con el fundamental apoyo de los gobiernos de la izquierda, el que domina, siendo el montante de su fortuna superior, al parecer, a la de los más significados banqueros. Ello avala el aserto de que el control de las conciencias es hoy la más acuciante y fundamental necesidad política de la clase gobernante, de manera que quienes se dedican a esa vil actividad se hacen, literalmente, de oro. Esto da pie a definir a la actual como, ante todo, sociedad de la información, lo que convierte a la libertad de conciencia en reivindicación primordial.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).
Nota: los comentarios podrán ser eliminados según nuestros criterios de moderación.
RSS