Hay mucho dolor y prejuicio reflejado en estos sucesos, y continúa en las situaciones y debates que han suscitado.
Sigue corriendo su duelo irresoluto, marcando juicios de valor y estados emocionales.
Dolor, rabia y miedo, a veces expresados en forma de ironía mordaz, agresividad velada, resentimiento, desconfianza a priori, culpabilización y despersonalización de otro.
Otras veces como manifestación explosiva y descontrolada, contagiosamente enajenante, sucesión de una cadena mórbida de desencuentros, y aderezada por el factor de caos fatídico que suele acompañar a estos estados y situaciones....
Paranoia, ese factor x que todo lo oscurece, reflejo de nuestras contradicciones más profundas, amplificadas y simbolizadas, y eventualmente, actuadas.
Si buscamos, la encontraremos en la base de todo suceso doloroso, inhumano.
Materialización de la soledad del desamor, del miedo desconsolado. Sus cicatrices no son visibles en ninguna autopsia.
Creo que es necesario reflexionar profundamente sobre los estados de conciencia que está generando nuestro modo polarizado de percibir la realidad, y de juzgarla sin compasión.
Así como juzguemos, así juzgaremos, así
podremos ser juzgados.
Esto debe hacer reflexionar a todos. No podemos perpetuar la misma injusticia que condujo a esos hombres y tantos otros a un desenlace tan terrible, fruto de una cadena enfermiza de acontecimientos que debe ser revisada desde sus más oscuras raíces, que trascienden lo personal y ahondan en la profundidad de lo colectivo.
En honor de la memoria de estos humanos
malogrados, y del sufrimiento de sus familias y de todos los implicados (que
de seguro están viviendo también un drama personal y profesional), apelo al ejercicio de la compasión, única capaz de transformar la paranoia en metanoia, y de brindar algún posible aprendizaje capaz de sacarnos de su macabra espiral destructiva de vidas y almas.
Revisemos nuestros métodos de comprensión y tratamiento del pecado del desamor. Una amarga purga, que será indigerible si sólo hallamos culpables de nuestras culpas todas.
De ello deben desprenderse profundas reestructuraciones, y una buena dosis de contrición.
Policías, juristas, médicos del cuerpo y de la mente, ciudadanos....Todos podemos intentar desde la razón mejorar nuestra reacción ante en mal, pero de nada servirán si no hay amor, ese ejercicio consciente capaz de liberarnos de la odiosa espiral de la violencia.
Sin ese fundamento puede que acabemos siendo parte del problema, no de la solución, donde quiera que ejerzamos nuestras vidas.
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