Vaya por delante que el objeto de este escrito no es entrar en la discusión que plantean quienes están deseando que la gente que sale a las calles a protestar adopte a la violencia como hija predilecta ante las agresiones policiales. El debate está sobradamente abordado y agotado. Me da igual que la policía sea mucho más mala y violenta etc etc. Quien quiera tirar piedras o neumáticos ardiendo a los antidisturbios, desde luego que ni se nos acerque a quienes no jugamos a eso. Con todo respeto, no somos vuestros aliados ni tampoco vuestros compañeros en esa especie de batalla kamikace que proponéis. No creemos en ese método por muchas razones y tampoco nos apetece que nos machaquen colateralmente aún con más saña si cabe, y para no conseguir nada, para más inri.
Retrocedamos en el tiempo. En la época de la insumisión al servicio militar en este estado, la represión no era manca en absoluto, y el gobierno del PSOE no se cortó en aquellos momentos de ornar las cárceles con la presencia de centenares de insumisos cada año, la mayoría con condenas de dos años, cuatro meses y un día, conocidas en el ambiente carcelario como las “mini yeyé”. No creo que sea necesario hacer descripciones sobre el nivel de represión que una persona puede llegar a tener que soportar en una prisión española. Un insumiso, Quique Mur, acabó muerto en la cárcel de Torrero. Quienes por aquel entonces seguíamos la conocida como “estrategia del MOC” teníamos interiorizada la consigna de evitar en la medida de lo posible el discurso antirrepresivo. Nuestra lucha era por la abolición del servicio militar y por la concienciación social acerca del papel representado por el militarismo. Poner el acento del debate en lo mala que era la cárcel y la policía hubiera sido un auténtico balón de oxígeno para el ejército. Y no porque las dos citadas instituciones, que padecíamos tanto o más que cualquiera, no fueran sendas excrecencias del sistema, que lo eran y lo siguen siendo, sino porque tocaba enfocar y no dispersar el ángulo de tiro si queríamos sacar algo en claro de tanta lucha y sufrimiento.
Dejo caer esta batallita para valorar sucesos de estos días. Llama la atención ver en qué corto espacio de tiempo la institución policial española está dilapidando buena parte de la imagen positiva que llevaba años cultivando con tanto esfuerzo y propaganda. Cargas por aquí, cargas por allá, golpes a niños, indultos a policías torturadores, foros policiales delincuenciales… Mucha gente se está dando cuenta de que la policía no es esa beneficiosa y necesaria institución dedicada a velar por nuestra seguridad, y que en realidad es poco más que una colla de personas asalariadas con no mucho seso y alta predisposición a la violencia, acostumbradas a hacerse sombreros con toda legalidad y/o valor ético y estar al servicio veinticuatro horas del cumplimiento indiscriminado y acrítico de toda orden que les llegue a través de su cadena de mando.
Desde luego no viene mal que caigan al suelo esas vendas y la gente se dé cuenta de lo que es en realidad la policía. Ya podía ocurrir lo mismo con su primo de zumosol; la institución militar, la más valorada socialmente según las encuestas. El ejército es una realidad definitivamente mucho más violenta que la policía, en forma real y potencial, y su papel es absolutamente determinante en el mantenimiento del sistema, por mucho que su actuación pase más desapercibida a nuestros ojos.
Pero aún así y todo, mal haremos en prestar demasiada atención a las fuerzas policiales y a sus desmanes. Por mucho que sus golpes, arbitrariedades y mentiras duelan, los polis no son más que instrumentos. Son herramientas, son objetos utilizados por otros. Su ciego dejarse manipular para la injusticia desde luego no justifica sus actos y no les absuelve de las responsabilidades que contraen (para lo bueno y para lo malo no dejan de ser personas, aunque a veces cueste creerlo), pero mal haremos, como digo, si captan toda o casi toda nuestra atención y mantenemos ahí los discursos y el debate social.
Quizá para algunos salir a la calle en estos momentos no pretenda mucho más que conseguir que nuestros gobernantes no nos traten tan mal como nos tratan y vuelvan a administrar nuestras vidas con la benevolencia de hace unos años, cuando no hacían recortes, y acaso un poquito mejor. Sin embargo quienes realmente aspiramos a cambios políticos y económicos profundos, habremos de determinar bien los objetivos a los que aspiramos y los medios a aplicar para avanzar en esa dirección. No creo que falte a la verdad decir que el hecho de centrar la mayoría de las energías en el objetivo de que la policía sea menos brutal y/o que dimita un político cualquiera que la dirige no apunta precisamente hacia cambios profundos.
Aquí viene bien recordar lo de no dejar que las ramas nos impidan ver el bosque. El discurso, si quiere ser revolucionario –rescatemos la palabra del olvido, por favor- ha de serlo contra el sistema económico capitalista en toda su extensión, no solo contra los excesos neoliberales. Y contra la falta de democracia en toda su extensión, no solo contra las actuaciones policiales o las insuficiencias de la ley electoral, por ejemplo. El discurso, en una palabra, ha de ser “radical”.
Y si radical ha de ser el discurso, no menos ha de ser la práctica. Esforzándonos en crear alternativas democráticas en lo político, autogestionarias en lo económico, y enfrentando el poder estatal-empresarial a fin de que la gobernación entera de la sociedad, empezando por los servicios públicos hoy en liza, vaya pasando a las manos del pueblo en detrimento de los poderes políticos y económicos que hoy todo concentran y monopolizan para su conveniencia. Dura y larga tarea para la que no hay atajo posible. Toda esa construcción, por si fuera poco, debe posibilitar de algún modo personas responsables y aptas para vivir en justicia y libertad, y ahí la labor de concienciación y de educación, así como la recuperación de dimensiones éticas, cobran máxima importancia.
Por todo ello, gastar más energías de la cuenta en escaramuzas de opinión pública sobre el carácter de la represión policial –una anécdota si la comparamos con las terribles y mucho más grandes violencias que constituyen el sistema en que vivimos- a veces puede ser más un palo en la rueda que una palanca para el avance. Y ahora el momento por suerte abre la posibilidad de cambios transformadores. Sería una pena perdernos en senderos laterales.
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