Al día de hoy los aparatos de adoctrinamiento, sumados a los sistemas de amaestramiento, lo pueden todo, y la fuerza generatriz de la vastísima esfera de lo subhumano se incrementa sin tregua, alterando cualitativamente la naturaleza del sujeto común.
Un aterrador caso particular más, útil como colofón, es lo alcanzado con diversos avances sucesivos en la manipulada noción de interés personal, que ahora es el todo de la cosmovisión ortodoxa sobre el sujeto medio. Primero, quienes tienen la capacidad para ello hacen arraigar en el interior de toda persona que el individualismo posesivo ha de ser tenido como la categoría más fundamental de ada ego. Segundo, son los propios aparatos los que establecen al detalle los contenidos de ese interés particular. Tercero, presentan todo ello, postizo e inducido al cien por cien, como innato y existente desde siempre en los recovecos más profundos de la naturaleza humana. La operación es genial en su concepción, ha sido impecable en su ejecución y ha tenido un éxito formidable, de tal modo que el sujeto común del presente no tiene otra meta vital que el satisfacer su propio interés egoísta, tal como este le ha sido inculcado, por lo que al ir tras él realiza del modo mas perfecto el interés del poder constituido, que es antagónico al suyo.
Esto, llevando la reflexión a sus últimas consecuencias, significa que la situación no tiene remedio. Ahora no existe ninguna posibilidad de no solo desmontar sino ni tan siquiera hacer retroceder o, incluso, impedir el rápido crecimiento que les es propio, cuantitativo y cualitativo, de los sistemas de mentalización. La masa cumple empeñadamente, sonámbula e hipnotizada, las órdenes simples y complejas que le llegan desde arriba, de manera que cuando culmine y se consolide su proceso de deshumanización, en unas pocas generaciones, ya no necesitara ni ordenes, pues actuara por propia iniciativa conforme a lo deseado por sus amos, situación que en el presente, respecto a lo esencial, casi existe ya.
Tales multitudes teledirigidas, hiperdóciles y extraordinariamente degradadas, inauguran una nueva fase en la secuencia temporal de la especie, pues con ellas se termina la historia de la humanidad y principia la de la infrahumanidad, o posthumanidad, según expresión acuñada. Pero hay más. Conforme a lo que argumenta B. de Jouvenel, la forma de existencia del poder es una constante expansión autogenerada, lo que significa, aplicado a este caso, que las élites ya están a la búsqueda de nuevos sistemas para la dominación de las mentes y la sobreanulación de la libertad de conciencia, valiéndose de las ultimas tecnologías, de las más recientes elaboraciones de la psicología, la sociología, la mercadotecnia, la ciencia política, el derecho y otras disciplinas, sin olvidar las mejoras constantes que conoce el aparato estatal en sus diversas secciones. Lo que a la vuelta de solo unos pocos años puede resultar de ahí es más que desasosegante.
Otra consecuencia de ello, no la menos importante, es que las muy reducidas y extraordinariamente confusas minorías e individualidades que disienten y resisten en lo importante (pues los que lo hacen en lo secundario son cubiertas de oro por el sistema, que requiere de una oposición en lo banal y adjetivo para legitimarse, apareciendo así como “democrático”, aunque es cierto que cada vez necesita menos de tal artificio) quedan marginadas de manera expeditiva y se las obliga a vivir en un muy amargo y cruel régimen de exilio interior, de muerte civil, rodeadas por un muro de incomprensión total y de paladina hostilidad, latente o explícita según los casos. Dada la mundialización del sistema de extirpación de la conciencia en curso, así como a causa de la expansión del idioma inglés y de la aculturación a punto de culminar con pleno éxito en todo el planeta, tenemos que no hay ya donde ir, ni prácticamente nada que esperar de ningún lugar, gente o cultura, próximos o lejanos. El triunfo de los dominadores ha sido completo y en todas partes. Han vencido de manera abrumadora.
Ahora bien, su victoria tiene dos fallas o imperfecciones, al menos, Una es que viola de manera tan indudable como superlativa los criterios naturales de justicia, libertad de conciencia, verdad y civilización, lo que permite ser repudiado con la palabra y denunciado. Quizá el régimen actual no pueda ser desarticulado, pero sí puede ser refutado y condenado desde la verdad concreta-posible. Para entregarse a esta tarea hay que desprenderse de toda mácula pragmática, posibilista y utilitarista para, desentendiéndose de los logros prácticos, posibles o imposibles, aferrarse a la noción de servir a la verdad por la verdad misma. Eso es diferente al criticismo institucional o radical habitual, pues no busca la crítica por la crítica, ni los resultados prácticos hacederos por los resultados mismos, sino la verdad por la verdad, lo que equivale, en primer lugar, a recusar demostrativamente lo cardinal del programa estratégico de la revolución liberal, que ha sido y es el todo del contenido de la actividad de la intelectualidad desde mediados del siglo XVIII hasta hoy, en especial de la que se proclamó antisistema. Al afirmar la valía y neta superioridad de lo que no es, y quizá nunca sea pero puede ser, frente a la descomunal maldad, impostura y bajeza de lo que es, estaremos restaurando los valores de la civilización, acontecimiento que equivale a una revolución y lo es efectivamente.
Cierto es que el adherirse a la verdad, en las presentes circunstancias, nada más puede ser ejecutado por minorías, pero aunque solo fuera tarea de unos cuantos, o de un único sujeto, sería algo magnifico y exultante, preñado de interesantes potencialidades. Lo que se ha de considerar no es solo, ni principalmente el significado exterior del quehacer humano, los logros externos, sino y sobre todo, el efecto interior, el hacer de la propia conducta un servicio longánimo a la verdad, sean cuales sean los resultados afuera alcanzados con ello. Vivir conforme a la verdad es la principal victoria que obtener sobre el orden de dominación, que desprecia y margina la verdad. De esa victoria, y solo de esa, pueden venir otras.
En segundo lugar, un sistema tan perfecto, complejo y completo de control y manipulación de las mentes posee su mayor debilidad precisamente en la naturaleza sobrecogedora e irresistible de su fuerza, pues bajo los golpes aterradores del gran martillo pilón que son los aparatos de adoctrinamiento a la máxima escala, la mente (y también el soma) del sujeto medio se está desintegrando, y lo que va apareciendo es un ser tan empequeñecido y degenerado, en lo psíquico y en lo físico, que, alcanzado un punto, ya difícilmente puede ser útil a los dominadores, bien por su completa inutilidad, bien por su disfuncionalidad, bien por su perfidia absoluta o, seguramente, por una combinación de todas estas razones. Los síntomas se acumulan y, pasado un límite, las instituciones tendrán que acudir a promover desde arriba movimientos pendulares de variada naturaleza y contenidos, para recuperar parcialmente lo que el mismo sistema ha hecho perder al sujeto medio, su calidad, sus calidades. Todos los regímenes de poder de la historia se han autodestruido por exceso de despotismo, el cual termina por degenerar tanto al sujeto común que con su obrar mantiene al sistema, que éste, aupado sobre un material humano que se desmorona, propende a venirse abajo. Ahora, dado que el régimen de dominio es, con mucho, el más perfecto de la historia, ello se dará, probablemente, a una escala superlativa. Sin embargo, no es posible saber si, a causa de su misma fortaleza inusitada, el aparato de control de las mentes alcanzará el éxito induciendo movimientos de recuperación parcial y temporal. Aun así, éstas serán situaciones críticas y difíciles para el sistema de dictadura, durante las cuales un adversario preparado podría asestarle golpes demoledores, quizá. Claro que tales acontecimientos forman parte de una cinética histórica que necesitará de muchos, muchos siglos, para realizarse, si es que la humanidad consigue sobrevivir durante ese tiempo.
A lo expuesto, se puede añadir un motivo de crisis más, ya enunciado: los gastos de dominación, en la forma de gastos de los aparatos de mentalización y aleccionamiento están creciendo sin control, lo que anuncia un futuro de escasez material, quizá de naturaleza estratégica, bajo el orden constituido.
Para que tenga lugar tal afirmación de la sustancia última del ser de la historia, como historia aún humana, es necesario que se formen minorías e individualidades que logren existir a extramuros del sistema. Primero, fuera de la escala de disvalores y ajenos al programa estratégico de la revolución liberal (así como al que pueda sustituir a éste, ya realizado en lo principal), para alcanzar a afirmar la negación de lo existente. Segundo, fuera de las instituciones, renunciando a toda ilusión mezquina de alterarlas en un sentido “positivo”, dado que ello es imposible, como han demostrado 200 años de muy hábil e ingenioso reformismo, que solo ha redundado en mejoras y victorias para el régimen constituido. Tercero, diferentes a lo instituido significa mejores, superiores civilizatoriamente, no como estado autoproclamado, sino como realidad difícil y dolorosa día a día realizada. Cuarto, entregado a la verdad posible sin pragmatismos ni deseos de victorias exteriores y, al mismo tiempo, bregando por crear un orden social, politico-juridico y axiológico superior en el que la libertad de conciencia, como libertad para ser, autoelegirse y autoconstituirse, sea la piedra angular.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).
Nota: los comentarios podrán ser eliminados según nuestros criterios de moderación.
RSS