Teela Sanders
Los proyectos recientemente anunciados por el gobierno británico tienen cosas positivas, pero evitan todavía tomar medidas que probadamente funcionan, escribe Teela Sanders
Más allá de la cansina y rutinaria retórica de la "tolerancia cero" publicitada por los ministros de Blair como solución para prevenir cualquier tipo de conducta que "esté por debajo de lo normal", hay ciertos cambios positivos en la estrategia de gestión de la prostitución anunciada recientemente.
Esa estrategia suministra medidas nuevas para defender a los niños en riesgo de explotación sexual, e introduce medidas de mayor protección para los que ya son explotados en el mundo de la prostitución.
El tráfico ocupa un lugar prioritario, merced a un enfoque proactivo y a propuestas de más investigación con objeto de estimar mejor la dimensión del problema.
El término "prostituta común", estigmatizante y con sesgos de género, será rechazado, y se habla mucho de "garantizar la justicia" para las mujeres víctimas del crimen en sus experiencias de venta de sexo.
El cambio más significativo es el rechazo de la ley que impide hasta ahora a las mujeres trabajar juntas en pequeños grupos, una ley que tradicionalmente ha ido a redropelo del buen sentido experto en materias de seguridad.
Bienvenido sea ese cambio, que permitirá a las mujeres trabajar legalmente en grupos de dos o de tres.
El relajamiento que de esa ley se hace ahora sugiere algo más fundamental, y es a saber: que tras 18 meses de consultas, el gobierno ha entendido o admitido finalmente que los mercados de puertas adentro y los callejeros son escenarios muy distintos, que deberían tratarse de modos completamente distintos.
Sin embargo, sobre todas esas cosas positivas planean las sombras de las "soluciones" impracticables e irrealistas ofrecidas frente a la prostitución callejera.
Influido por el modelo sueco, que ilegalizó la compra masculina de sexo, el gobierno está obsesionado con la erradicación de la prostitución callejera. El objetivo declarado de "destruir los mercados de sexo" significa que tanto los hombres como las mujeres serán tratados como víctimas propiciatorias.
Detener a los hombres que merodean por las aceras, emplear las tácticas de dar nombres y avergonzar y quitar permisos de conducir son consideradas soluciones aptas para reducir el lado de la demanda de la prostitución.
Este no es un fallo menor en la estrategia, al demonizar a todos los hombres que compran sexo como si, por esencia, hicieran algo inmoral y perturbaran a la sociedad.
Los asaltos esporádicos a los merodeadores pueden alarmar a unos pocos hombres y mandar mensajes de "no vayas allí", pero esos vistosos resultados a corto plazo no consiguen otra cosa que el desplazamiento hacia otras áreas.
Más al punto aún: ahuyentar a los merodeadores y curiosos y tener una importante presencia policial aumenta el peligro para las mujeres que venden sexo, pues genera un clima de miedo e incentiva a las mujeres a aceptar mayores riesgos en un medio ya sufcientemente precario.
En Europa -en Colonia y en Utrecht, señaladamente- hay soluciones de gestión con sensibilidad, que han creado zonas de tolerancia a fin de proteger a las trabajadoras del sexo, a los clientes y a la comunidad.
Esas zonas han tenido un gran éxito en punto a reducir la violencia contra las mujeres, y no se han dado en ellas casos de asesinatos.
Compárese esto con los elevados grados de violencia experimentados por las trabajadoras sexuales en las calles británicas, con una tasa de homicidios diez veces mayor que entre las mujeres que no son trabajadoras sexuales.
Esas zonas posibilitan los servicios de apoyo en temas de salud y de droga, así como negociaciones vigiladas por la policía. Las zonas gestionadas constituyen un ejemplo válido de garantía de justicia para las mujeres y de facilitación de la prostitución en un ambiente seguro, no estigmatizante y protector.
En Liverpool, tras largas consultas con la comunidad de trabajadoras del sexo, hubo un consenso abrumador a favor de la creación de una zona piloto gestionada, pero los funcionarios veteranos de policía y una firme resistencia al cambio de la ley malograron la innovación.
Informalmente, algunas fuerzas de policía ponen por obra zonas sin acoso en Gran Bretaña, zonas en las que se permite a las mujeres vender sexo a ciertas horas sin temor a ser detenidas.
Estos ejemplos demuestran que hay soluciones practicables que tranquilizan a los residentes, permiten a las mujeres trabajar en condiciones seguras y ponen a la policía en el centro de la gestión de la prostitución, en vez de criminalizar a mujeres que ya están en situación de vulnerabilidad y marginación.
El rechazo de la experiencia piloto de una zona gestionada en Liverpool, y la afirmación de una estrategia cuyo propósito es erradicar la prostitución callejera, cae como un mazazo para quienes hacen trabajo de base con las trabajadoras del sexo. Los muchos proyectos punteros que trabajan sin desmayo para proporcionar apoyo a las trabajadoras sexuales probablemente tomarán nota de que, con toda la retórica dura de la tolerancia cero, no hay más dinero extra disponible. Falta de recursos adicionales para la policía, significa falta de actividades policiales intensas, lo que significa, a su vez, aumento de los riesgos que corren las mujeres. Pero las mujeres serán capaces de buscar opciones alternativas -cuando estén disponibles- a través de proyectos punteros, no de los tribunales.
Teela Sanders es profesora de sociología del crimen y de la desviación en la Universidad británica de Leeds. Es autora del libro: Sex Work: A Risky Business [El trabajo sexual: un negocio arriesgado].
Traducción para www.sinpermiso.info : Ramona Sedeño
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