Cambiemos de asunto. Dado el lastimoso estado del medio ambiente, y la constatación de que algunas de las materias primas y productos energéticos esenciales comienzan a escasear, se desarrolla la tendencia a reducir la interpretación de la actual crisis en desarrollo del orden liberal, estatal y capitalista, a sus manifestaciones en aquel ámbito.
Es cierto que la cantidad de petróleo disponible en la naturaleza se hará escaso en solo unos decenios; que otras materias primas esenciales también tienen cercano el momento en que serán raras y caras; que el calentamiento del planeta y el cambio climático están originando perturbaciones formidables; que el agua potable y el agua apta para el riego propende a ser cada vez menos abundante; que la destrucción de la capa de ozono año tras año (problema que, hablando con franqueza, parece no tener solución) deja a la biosfera cada vez menos protegida de los rayos ultravioletas; que la disminución del porcentaje de materia orgánica, las contrarracionales prácticas agrícolas y la saturación de tóxicos están haciendo cada vez mas estériles los suelos; que la desertificación progresa en casi todo el planeta; que los caladeros de pesca están agotados en un buen numero de casos; que declinan los bosques; que muchos acuíferos merman año tras año haciendo cada vez mas difícil el regadío a gran escala, que el potencial fertilizante del esperma humano mengua desde hace 25 años; que el número de sustancias toxicas existentes en los alimentos, el agua y el aire crece; que la desaparición de especies no cesa a pesar del copioso derecho ambiental ya promulgado (o quizá, por causa de ello); que la degeneración física integral del ser humano es una realidad indudable que progresa, y que todos sabemos que esas nocividades irán a mas, en número y en letalidad, en los decenios próximos. Tales son los hechos, concentrándose la dificultad en su interpretación.
La constatación de todo ello no es nueva. Ya en 1972 se realiza en “Los limites del crecimiento. Informe al Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad”, que muestra lo escaso de los recursos naturales no renovables a escala mundial, y desde entonces ecologistas y “verdes” se han ocupado de estas cuestiones, con magros resultados, dejando a un lado la profusa legislación ambiental que, resolviendo mal que bien algunos asuntos de segundo orden, ha contribuido a empeorar el nivel global de degradación del mundo natural.
Quienes de buena fe se entregan a la prédica cotidiana del catastrofismo ambientalista para “alertar” a las autoridades parecen ignorar que éstas únicamente están interesadas en el incremento de sus prerrogativas de mando, de manera que utilizan la crisis del medio natural para reforzarlas, no para resolver aquélla, sin importarles gran cosa la naturaleza en si misma, ni los millones de seres humanos que puedan perecer, en un futuro ya no lejano, si las cosas continúan marchando en la dirección actual.
La obsesión legicentrista del ecologismo, proveniente de su adhesión a la cosmovisión liberal del orden político y de la existencia humana en general, ha hecho de este movimiento un instrumento político más del poder constituido, que se vale de él para fomentar el conformismo en lo referente a los graves asuntos medioambientales, situación que se hará mas obvia en el futuro inmediato.
El “apoliticismo” ecologista, una forma de pragmatismo dedicado a la búsqueda de, por lo común, inexistentes soluciones institucionales “aquí y ahora” a problemas puntuales, con repudio de un enfoque subversivo del fondo del actual orden, no solo ha desprestigiado y desintegrado el movimiento, otrora mucho más dinámico y esperanzador, sino que ha creado un sistema de jerarquías vinculadas al aparato estatal, si no integradas plenamente en éste, como sucede con el ya vasto, poderoso y muy bien remunerado ecofuncionariado, que aquél utiliza según sus fines sempiternos.
Los “verdes” alemanes, nacidos al rebufo del radicalismo de opereta de los años sesenta del siglo XX, con un enorme caudal inicial de extremismos puramente verbales y extravagancias, se ha hecho, en un lapso de tiempo breve, un partido de orden y devoto de la dictadura liberal, portaestandarte del neoimperialismo alemán y cooperador en el ecocidio global, evolución que es similar a la de la casi totalidad del movimiento ecologista del resto de los países. Quienes hace unos decenios se lanzaron, con indudable pureza de intenciones, a buscar remedios en la acción a las nocividades medioambientales propias de las sociedades contemporáneas, olvidaron algo determinante, que estas no son sociedades libres, por lo que las transformaciones que se pueden lograr dentro de ellas o son insignificantes o benefician al sistema de poder constituido.
El practicismo y pragmatismo activista de aquéllos, centrado en el logro de “resultados” a toda costa y desentendido de las realidades políticas más fundamentales, se ha visto obligado, por el peso mismo de sus errores estructurales, a conseguir “logros” en el único terreno en que estos son posibles, el de las modificaciones de lo existente que interesan y benefician al régimen actual de dictadura, lo que ya ha convertido a tales activistas en agentes del sistema, cuya ortodoxia y legalismo elevan el SEPRONA de la Guardia Civil a fundamental benefactor del medio ambiente. Estas son las tristes consecuencias de la incomprensión y el desdén por la meta primera y principal, una revolución democrática que otorgue libertad suficiente a todos para abordar, conforme a las exigencias del bien general, los principales problemas que hoy acucian a la humanidad. Sin dicha revolución democrática, el grueso de las nocividades de los ecosistemas no podrá ser solucionado.
Texto tomado del libro de Félix Rodrigo Mora “La Democracia y el Triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora” (Ed. Manuscritos).