Nada más ver a la ministra embarazada desfilando con postizo empaque y ahuecando la voz para poner firmes a nuestros soldados, empecé una reflexión de urgencia. ¿Cómo era posible que me sentara tan mal aquella escena? ¿Qué era lo que me daba tanta grima? ¿Acaso me estaba volviendo machista e intolerante?
No. Ahora creo que lo que más me ha irritado ha sido precisamente la cínica lucidez de la escena, su clarividencia máxima: la más lograda metáfora de la distancia alcanzada entre la política como contenido y su propia imagen. Ya sabíamos que en la alta política -que es un arte de la prestidigitación- los contenidos se escamotean detrás de la imagen, la puesta en escena, el gesto, el talante o la mercadotecnia.
Conocido es que desde 1992 el PSOE, con Felipe González, se planteó maquillar la imagen de nuestros ejércitos y hacerlos más vendibles a la sociedad con la famosa misión de paz de Los Balcanes, que en realidad fue como asistir como mirones a una carnicería y luego echar la firma en la hoja de asistencia repartida por la ONU. Eran tiempos de escamoteo de la secular cabra legionaria y demás parafernalia juzgada como retrógrada y de mal gusto.
Pues bien, más de quince años después, Zapatero ha rematado la faena vendiéndonos un ejército ya profesionalizado, con su gasto militar creciente, sus misiles y sus fragatas, pero presentado a la vez que ocultado tras una puesta en escena insuperable desde un punto de vista políticamente correcto. Porque la puesta en escena pretendía ser ya una demostración de lo que abiertamente se buscaba y se sigue buscando: en palabras de la ministra embarazada, “la plena integración entre la sociedad española y sus Fuerzas Armadas”.
O sea, la normalización del ejército en este país. Que sigamos tragando con la OTAN, el Euroejército, el gasto militar, la exportación de armamento al llamado Tercer Mundo, la utilización de contingentes de mujeres e inmigrantes para engrosar escuadrones, los capellanes castrenses, los vuelos secretos a los centros de tortura autorizados por nuestros gobernantes, los afganos que matamos en defensa propia a miles de kilómetros de aquí -a donde nos han llamado los Estados Unidos y los compromisos internacionales- Y la cabra, claro, a la que todavía no han licenciado. Los contenidos, vamos. Aquello de lo que casi no se habla.
Pero la imagen es volátil. Fugaz incluso. Pasará la ministra y seguirán otras, embarazadas o célibes, pero quedará la cabra. ¿Qué nos jugamos?
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