Periódico Diagonal - Jueves.16 de febrero de 2006 - 10556 visitas

75 AÑOS DE LA LEY DE COOPERATIVAS DE LA II REPÚBLICA

LAS COOPERATIVAS nacieron asociadas a las primeras mutualidades obreras.

Dolors Marín*

Dentro de la línea emprendida desde hace algunos años de recuperación de la memoria histórica en que parece ser que nos hallamos inmersos, deberíamos darle un espacio importante a la labor de los cooperativistas. Su patrimonio fue desvalorizado y dispersado durante el Franquismo, que llegó a instrumentalizar la práctica cooperativa dentro del Sindicato Vertical, apartándola de sus orígenes y de aquellos que la habían dignificado en la historia social española. No olvidemos que la mayoría de socios cooperadores fueron apartados y represaliados ya que su vinculación a los partidos y sindicatos de izquierda ensombreció su ficha policial.

Las primeras cooperativas en España datan de mediados del siglo XIX, asociadas a las primeras mutualidades obreras. La creación de estas entidades económicas de producción o de comercialización originó toda una red de solidaridad e intercambio de experiencias que enriquecería notablemente al movimiento obrero español. De hecho, la libre asociación de trabajadores prosiguió con las ideas comunalistas en la agricultura, los gremios medievales de trabajadores urbanos, o la asociación de colonizadores o emigrantes a finales del siglo XVIII.

Estas voces míticas dentro del imaginario colectivo europeo, que se irán descomponiendo ante el avance brutal del maquinismo ligado a la implantación del sistema capitalista, serían reforzadas con las propuestas del injustamente llamado “socialismo utópico”.

Ligadas a estas propuestas equitativas de base teórica aparecen las primeras prácticas anticapitalistas. No sólo la asociación obrera, la manifestación, la huelga y los medios de propaganda propios se revelan como las herramientas más idóneas, sino también el sabotaje y la competencia por parte de los mismos explotados que se constituyen como ‘empresa’ propia, comprando a bajo precio y distribuyendo las mercancías entre sus asociados. Nace la cooperación obrera -ante el desagrado de los patronos-, en Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial y donde los abusos contra los obreros alcanzan su grado máximo. En 1844, veintiocho tejedores de Rochdale reúnen sus ahorros y alquilan un local que les sirve de almacén y de centro de reuniones. En este almacén establecen la primera cooperativa de la historia que vende a precio de mercado, pero que reparte los beneficios entre los cooperadores.

En 1900 era uno de los negocios más importantes, y sus socios eran 90.000 trabajadores. Su ejemplo se multiplicaría, y pronto llega a España. No solamente por lo que hacía referencia a la compra y distribución de productos, sino también en lo que se refiere a la producción. Nacen cooperativas textiles en Mataró en 1864, o La Proletaria, de los sederos de Valencia, en 1856.

Pero como no todos los trabajadores disponen de ahorros suficientes para adquirir la costosa maquinaria que requería la instalación de una fábrica, pronto se opta por soluciones más ingeniosas. Un ejemplo de lo que decimos es el alquiler de terrenos arcillosos para la explotación de ladrilleras cooperativas, como es el caso de La Redentora, en la Torrassa, y una veintena más que se realizaba por varias familias obreras, ya que los niños también intervenían en el proceso productivo. También en el campo nacen las cooperativas de agricultores, o las vitivinícolas, mientras en otras zonas nacen las de pescadores.

Los principales difusores en España son Fernando Garrido, Antonio Vicent, Roca i Galés, o el internacionalista Doménec Perramon, presidente de los tejedores a mano en Gràcia. Lógicamente, a nivel internacional las cooperativas fueron tachadas de reformistas por los sectores obreros anarquistas y socialistas revolucionarios, ya que desde sus primeros congresos en Europa alertaron del peligro del “aburguesamiento” obrero, o de la imposibilidad de la acción huelguística de los obreros contra sus iguales. Pero en España fue diferente. La represión contra los movimientos sociales era más intensa que en Francia o Inglaterra, y como la acción obrera debía desarrollarse en clandestinidad, se recurrió a los locales y asociaciones cooperativistas para difundir la propaganda y realizar reuniones y prácticas. Incluso se organizaron escuelas nocturnas y asociaciones en pro de una medicina y previsión obrera en caso de enfermedad o de jubilación, ya que el Estado ignoraba sistemáticamente la desatención proletaria.

La historia del esfuerzo cooperativo es pues abundante y apasionante porque está íntimamente ligada al deseo emancipatorio de hombres y mujeres que lucharon por subvertir el orden al que estaban condenados desde su nacimiento, una lucha en la que aún estamos inmersos.

* Dolors Marín es historiadora.

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