A PROPÓSITO DEL DEBATE VIOLENCIA/NOVIOLENCIA
Algunas notas biográficas de Etty Hillesum, para situar el texto que viene a continuación:
Judía holandesa; doctora en derecho y aspirante a escritora.
Sufrió la ocupación nazi de Holanda; colaboró voluntariamente en el campo de tránsito de Westerbork para ayudar a la gente que enviaban a ‘trabajar a Polonia’; más tarde ella misma fue deportada a Auschwitz donde desapareció en Noviembre de 1943, con 29 años.
En los últimos 2 años empezó a escribir su diario que no ha visto la luz hasta 40 años después. Aunque era atea (sus padres no la educaron en el judaísmo), en ese período tuvo una evolución interior muy potente que le llevó a descubrir su fe en Dios.
“Este odio no nos conducirá a nada, Klass (un amigo); la realidad es muy diferente de lo que nosotros queremos ver con nuestros esquemas preconcebidos. Hay, por ejemplo, en el campo un miembro de la administración. Siente hacia nuestros perseguidores un odio que supongo fundamentado.
Pero él mismo es un verdugo. Sería un comandante ejemplar de un campo de concentración. Un hombre se ahorcó en la enfermería del campo: ‘habrá que pensar en tacharlo del fichero... ¡listo!’. Al verle moverse entre la gente, con la cabeza alta, la mirada dominante, la pipa en la boca, siempre pensaba para mí: lo único que le falta es un látigo en la mano; le iría perfecto. Sin embargo, no lo detestaba; me interesaba demasiado. Bien mirado, tenía en su boca un pliegue insatisfecho, profundamente desgraciado. Te das cuenta, Klass?: desbordaba odio hacia los que podríamos llamar nuestros verdugos, pero él mismo hubiera sido un perfecto verdugo, un perseguidor modélico. Pero a pesar de todo me daba pena. Más tarde, uno de sus colegas, me dio algunos detalles sobre él. En mayo del 40 se tiró de un tercer piso, sin llegar a matarse. Poco después, se arrojó delante de un coche también sin éxito. Entonces pasó algunos meses en un centro psiquiátrico. Era el miedo, nada más que el miedo. Un jurista tan brillante como sutil, siempre con la última palabra en los debates académicos, pero que, en el momento de la verdad, muerto de miedo, se tira por la ventana. También me dijeron que, en su casa, su mujer tenía que ir de puntillas porque él no soportaba el más mínimo ruido, y que tronaba enfurecido contra sus hijos, a los que tenía aterrorizados. Me inspira una compasión profunda, muy profunda. ¿Qué vida era aquella?
Lo que quisiera decirte, Klass, es que tenemos tanto que cambiar en nosotros que ni siquiera deberíamos preocuparnos de odiar a los llamados enemigos. Ya somos bastante enemigos los unos de los otros. No agoto la cuestión diciendo que entre los nuestros también hay verdugos y gente mala (¿sabría ella lo que sus hermanos judíos iban a hacer unas décadas después con los palestinos?). A decir verdad, no creo en absoluto en esa pretendida ‘maldad’. Me gustaría llegar a tocar a ese hombre en sus angustias, buscar el origen de las mismas y emprender una especie de batida sobre él, hacer que descendiera hacia su propio interior; es todo lo que podemos hacer por él en un tiempo en el que nos toca vivir.
Klass hizo un gesto de cansancio y desánimo y dijo: pero lo que quieres hacer es demasiado largo, no disponemos del tiempo necesario.
Le repliqué: pues lo que tú quieres hacer es algo que se viene intentando desde hace milenios, desde los comienzos de la humanidad. Y ¿qué me dices del resultado, si es que puedo preguntártelo?
Y le repetí una vez más, con mi pasión de siempre (a pesar de que ya empezaba a sentirme molesta a fuerza de llegar siempre a las mismas conclusiones): es la única solución, la única, Klass, no veo otra salida: que cada uno de nosotros se vuelva sobre sí mismo y extirpe y aniquile dentro de sí todo lo que cree que debe aniquilar en los demás. Y que nos convenzamos de que el más mínimo átomo de odio que añadimos a este mundo nos lo hace más inhóspito de lo que ya es.
Y Klass, el viejo partisano, el veterano de la lucha de clases, dijo entonces, entre asombrado y consternado: pero... ¡pero eso sería una vuelta al cristianismo!. Y yo, divertida al verle en semejante aprieto, proseguí sin inmutarme: pues sí, al cristianismo, ¿por qué no?
Nuestra única obligación moral
consiste en desbrozar en nosotros grandes claros de paz
y ampliarlos poco a poco,
hasta que esa paz irradie a los demás.
Cuanta más paz haya en los seres,
tanta más habrá también en este mundo en ebullición”.
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