José Luis Segovia Bernabé - Martes.28 de agosto de 2007 - 0 comentario(s)

I.- INTRODUCCIÓN

El punto de partida de la reflexión:

- Apuesta por la noviolencia como marco evangélico teórico.
- La práctica de la mediación infractor-víctima y preso-preso, como experiencia referencial.

El punto de llegada:

- Validar la noviolencia como actitud y como estrategia.
- Recrear otras dimensiones desde la noviolencia: La Justicia restaurativa vs. la Justicia retributiva y vindicativa.

II.- ACTITUDES GENÉRICAS ANTE LOS CONFLICTOS Y LA PAZ

Aclarando términos:

Paz y conflicto no son antitéticos. Es necesaria la paz; también el conflicto. Este último es distinto de la violencia que debe ser descartable, porque siempre es un ataque frontal a la paz (el conflicto, no necesariamente).

Actitudes ante el conflicto

- La actitud funcionalista lo niega y lo considera una "patología" indeseable. Hace una lectura organicista de lo social. Todo se encamina a una función integradora. Es netamente conservadora. Tiene una visión estática e inmovilista de la realidad. Dificulta los cambios y la transformación social.

- La actitud marxista tiene una visión dialéctica de lo real. El conflicto es intrínseco a la realidad e imprescindible para el cambio. Conocemos para transformar. Prima la praxis y la crítica. Favorece el enfrentamiento. Explica el todo por la parte (todo se reduce a relaciones de producción). Cuanto peor mejor.

- La actitud cristiana: Éxodo, Profetas, Jesús: continuos conflicto. Línea de fuerza de fondo: enfrentamiento entre el Código de Pureza (formalismo ritual exclusógeno) y el de la Alianza (dinámica de amor inclusivo).

Se reprueba la violencia en las páginas más inspiradas ("de las lanzas, podaderas" dice Isaías 2,4; aunque Joel 7,10, indica justo lo contrario...). En el NT, aún mas evidente: "el que a hierro mata..." (Mt 40 26,52). Al desarmar Jesús a Pedro estaba envainando para siempre todas las espadas.

El cristiano debe:

- Asumir el dato de lo real (el conflicto forma parte de la vida y de la maduración personal, comunitaria y eclesial).
- No bajar el listón: la paz y la no-violencia constituyen bienes teologales y morales irrrenunciables.
- Educar para la paz desde la inevitabilidad del conflicto.

III.- LA "VARIANTE" ACTITUD CRISTIANA

Hay que reconocer que hemos tenido una actitud a mbigua y cambiante en la historia. Es una variable dependiente de: a) El momento histórico (del cristiano mártir, "llevado como oveja al matadero", al cristiano cruzado); b) Los "valores" en juego: no es lo mismo una guerra injusta ofensiva que la defensa de los derechos humanos o el deber de injerencia humanitaria: c) Los "intereses" (bastante menos legítimos) en juego: hemos de reconocer que demasiadas veces en los conflictos nacionales, las Iglesias locales se han comportado más como "sacerdotes del rey" (justificando la violencia o silenciándola) que como auténticos "profetas" críticos (Häring).

Hoy la violencia adopta formas plurales, a veces anónimas y difusas. La guerra ya no es convencional: su objeto no es el territorio, el enemigo no está perfectamente identificado (¡puede ser mi vecino!), no hay declaración de guerra ni de paz, es difícil conocer las razones de fondo que lo alimentan, se utiliza tecnología que no minimiza "daños colaterales", se legitima la guerra "preventiva", se convierte en espectáculo, sus consecuencias son perdurables... Siguen sin tener la importancia que debieran las organizaciones supraestatales, y mientras el poder los estados nación retrocede y ganan posiciones las transnacionales de las armas, de los mercenarios (incluso se "privatizan" las guerras para eludir las Convenciones Internacionales).

Siguen existiendo guerras latentes y olvidadas, ajenas a los focos de las cámaras de la TV (en países que no salen en los telediarios, éxodos masivos de población, terrorismo, secuelas del tráfico de drogas, violencia de género, incluso violencia cotidiana, en el deporte, en la conducción, en el ocio, el mobbing laboral...).

El humus de muchas formas de violencia sigue siendo la injusticia y el sentimiento de humillación. La pobreza es una forma no menor de violencia.

Vaya por delante que la violencia no es justificable porque deshumaniza a quien la realiza (no hay más que ver los testimonios de los SS en la Alemania nazi: eran personas demasiado normales que llegaron a hacer cosas demasiado repugnantes) envileciendo a quien la ejerce y convierte en objeto a quien la padece.

Ante toda forma de violencia: el principio Shalom (deriva de shalem: estar completo). Es más que la eirene griega (ausencia de guerra) y que la pax romana (tranquilidad en el orden). Tiene que ver con todos los órdenes de la existencia.

MOMENTOS:

- Siglos I-IV (el cristiano pacifista): En el cristianismo primitivo se proclama que "Dios es un Dios de paz" y su lema es la respuesta noviolenta a toda agresión injusta ("poner la otra mejilla"). Se toman en serio la utopía evangélica y sienten como un honor el asemejarse a Cristo, "oveja llevada al matadero". Apostatar de la fe no es solo renegar de Cristo, sino de sus actitudes ante la vida, la violencia y la muerte. Sólo a partir de 189 d.C empieza a aceptarse que cristianos formen parte de las tropas romanas. No tanto se cuestionan la legitimidad de las instituciones como el rechazo a la violencia y el derramamiento de sangre, amén de otras practicas de la soldadesca. Es clásica la expresión de Tertuliano (De idolatria 19,3): "Al desarmar a Pedro, estaba desarmando a todos los cristianos". San Maximiliano (finales S. III) decía: "Yo no puedo ser soldado, no puedo hacer el mal porque soy cristiano".

- Siglos V-XI (el cristiano caballero): Al haberse convertido la religión cristiana en religión oficial del Imperio la cosa empezó a cambiar. Se justifica la participación en guerras frente a los bárbaros que amenazaban la civilización cristiana. En la era constantiniana cualquier opción pacifista que reivindicase la ortodoxia evangélica sería tenida prácticamente por marginal o herética.

- Siglos XII - XX (el cristiano cruzado "en nombre de Dios"). Cruzadas, indulgencias, bendición de armas, órdenes militares, monjes-soldado... Después vendrían los intentos de moralización y humanización de la guerra, las tesis de la guerra justa y sus condiciones ad bellum et in bello, hoy cuestionadas por su excesivo formalismo e idealismo, aunque incorporadas como mínimos morales al Catecismo y al Compendio de DSI.

- En los últimos 50 años ("nueva mentalidad": retorno a los orígenes). Pío XII declaró ilegitima toda guerra ofensiva y apostó por la "política preventiva". Juan XXIII inaugura un nuevo tiempo utópico de paz con la Pacem in Terris y su famoso PT 127 ("resulta absurdo sostener que la guerra es un remedio apto para resarcir el derecho violado" (alienum est a ratione) y traducido suavemente en otras lenguas e incorporado sólo como nota a pie de página en Gaudium et Spes porque era demasiado pacifista. Con todo la GS 80-82 reclama "una nueva mentalidad", "educación renovada", "nueva inspiración en la opinión publica"; se omite y supera la noción de "guerra justa" (aunque no se abandona su corpus teórico) y se alaba a los que renuncian a la violencia y recurren a medios pacíficos (GS 78).

- En los 80, ante la bipolarización de bloques, los obispos de medio mundo publican documentos a favor de la paz: p.e. Constructores de la paz (CEE 1986): apuestan por "una mentalidad totalmente nueva sobre la paz, la guerra y la no violencia", en que se tengan en cuenta "las injusticias sociales", el terrorismo, las torturas y vejaciones, la insolidaridad interautonómica... Se habla de la objeción de conciencia y de la no-violencia activa y se les invita "a purificar sus motivaciones de toda manipulación, política, ideológica y desleal" (no deja de llamar la atención que cuando la enseñanza social se refiere a actitudes novedosas invite a "purificarse" de todo, pero no tiene las mismas reservas hacia quienes se apuntan a la milicia que per se parece purificar ya toda eventual manipulación. Con todo, incide muy felizmente en que no valen los viejos criterios de la guerra justa, y hay que descubrir el conflicto Norte-Sur y su protagonismo: "la paz está herida por la injusticia".

IV.- UNA NUEVA CULTURA PARA LA PAZ

Debe hacerse eco de toda la vuelta conciliar a la paz como nueva mentalidad, no como mera ausencia de guerra:

Reclama:

- La VERDAD. "La verdad constituye un ingrediente esencial de la propia realidad humana" (Zubiri). Por ello, será preciso: o Deconstruir los discursos que ideologizan y legitiman de una u otra forma la violencia activa o reactiva. o Nombrar adecuadamente a las víctimas y a los victimarios, porque la verdad es esencial honestidad con la realidad y no caben las equidistancias ni las simetrías de abordaje. o Se debe desetiquetar a las partes (evitando todo proceso de demonización o cosificación: somos mucho más de lo que hacemos: los comportamientos nos pertenecen pero no nos definen; por eso, el cambio siempre es posible y no estamos determinados ni por los instintos ni por las instituciones. o Hay que caer en la cuenta de que los mecanismos de odio e irracionalidad contagian todas las dimensiones cognitivas, emotivas y actitudinales del ser humano.

- LA JUSTICIA. Si es restaurativa anhela "ajustar", busca el restablecimiento de la paz, la responsabilización del infractor, la protección de la víctima y la reparación del daño. Pretende romper la espiral de la dinámica violenta: "cuando el fuego se combate con el fuego, todo acaba en cenizas" (Gandhi). La justicia restaurativa humaniza y dignifica a todas las partes: juega al "ganan todos". La justicia meramente vindicativa y retributiva supone de ordinario el juego suma cero: al final acaban perdiendo todos.

- EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN. Para la tradición cristiana, la reconciliación es más que la recuperación de la paz entre contendientes (al modo griego): es "volver a juntarse" y cambiar la forma de pensar y relacionarse. El perdón abre al porvenir. Perdonar no es vencer: supone renunciar a tener parte de la razón. Es la lógica del don y de la gratuidad, la renuncia a la venganza ajustada y proporcionada para abrirse a la dinámica del don. Para H. Arendt: "El descubridor del perdón es Jesús. El hecho de que lo descubra en contexto religioso no lo invalida para no ser tomado en serio por la secularidad". Es la misma que invita a distinguir entre el perdón en sociedades divididas y el olvido del mal del que queremos desprendernos. Sin la memoria de ese mal, éste persistiría y se podría reproducir, pero sin el perdón no se puede recuperar la normalidad política. Perdonar supone desprenderse del pasado a través de su recuerdo reconciliado. Por eso, "identificar la propia nación o causa histórica con la causa de Dios lleva necesariamente a la sacralización de la imposición y de la violencia" (R. Aguirre)

• NUEVAS ACTITUDES CRISTIANAS ANTE LA PAZ:

- Caer en la cuenta de cuanto trastoca la paz: en el plano "macro" (el injusto orden mundial, la dualización social...) y en el "micro" (en nuestro propio interior, en nuestras comunidades, en la familia, en el trabajo, en la vida cotidiana, en el deporte y el ocio...).

- Resistir la "desensibilización sistemática": no acostumbrarse a la violencia, nombrarla y oponerse a su patológica normalización.

- Acentuar que el pluralismo y la diversidad no constituyen una amenaza. El otro y los otros no constituyen una amenaza. Más bien, el otro es un autentico lugar teológico, tanto más revelador de Dios cuanto más diverso a mí sea. El otro tiene de divino precisamente que es distinto a mí. Esto se opone a toda forma de sectarismo religioso, político...

- Actuar: la paz exige ser constantemente construida: "dichosos los que trabajan por la paz". Es un "continuo quehacer" (GS 68).

- Despertar las conciencias y la responsabilidad de promover la paz "sólo haciendo el hogar del mundo se puede edificar la propia casa".

- Ser pacífico es más que ser pacifista y, por tanto, es oponerse a la violencia, combatir la guerra y, además, no ser dogmático ni intolerante o irrespetuoso con el otro. Exige estar en paz, regalar paz, apostar por "vencer el mal haciendo el bien" (Rom 12,11). San Serafín: "adquiere la paz en ti mismo y miles alrededor de ti encontrará la salvación". La paz se debe construir en el corazón de todo ser humano.

- Superar el "politeísmo ético": cada uno justifica su propia paz, pero hace falta convertirse "a la verdadera paz" (GS 77), la que no es fruto del poder, ni del terror, ni del chantaje.

- Debe procurarse claridad en los objetivos, la máxima consciencia de las dificultades, la necesidad de paciencia, la resistencia ante el fracaso y la frustración pues la paz está dentro de un proyecto más global que reclama continua creatividad y audacia. La no-violencia es "presión moral liberadora" (H. Cámara), "resistencia desarmada" y "rebelde fidelidad" (Casaldáliga).

- No se pueden rebajar los listones de exigencia evangélica: el amor al enemigo es el mayor garante de la paz, porque toma al amado bajo la propia responsabilidad y lo preserva de convertirlo en objeto aniquilable. "La prueba del algodón" del pacifismo" es el amor a vuestros enemigos, hacer el bien a los que os odian... orar por los que os calumnian..." (Lc 6, 27-28).

- No en último término, orar por la paz, no para "informar" a Dios sobre el "estado de los conflictos terrenos" (ve todos los telediarios) sino para dejarnos configurar serena y pacíficamente por su identidad y presión amorosas.

V.- EN LA PRÁCTICA... MEDIACIÓN PENAL Y PENITENCIARIA.

Los auténticos valores morales no se pueden quedar en el plano de las buenas razones. La paz como actitud puede y debe traducirse en mediaciones institucionales. Veámoslo en la práctica:

¿Quién podría pensar que aquel hombre tetrapléjico por un disparo de un atracador de gasolineras, años después de padecer el infierno de su cambio radical de vida, de quedar atado a una silla de ruedas, perder su novia... aún le quedase una pregunta a la que no respondió todo el entramado del proceso penal: "¿por qué? ¿me quería matar, en verdad?". El "teatrillo" del proceso penal, con sus necesarias presunciones, derechos y formalismos no deja hueco al sentimiento y, muchas veces, poco espacio a la verdad material.

Sólo la justicia restaurativa, que busca restablecer el diálogo roto, no sólo ni principalmente castigar al culpable, puede ir más allá, Por eso, bastantes años después de los dolorosos hechos, la víctima solicitó de los mediadores entrevistarse con su agresor que cumplía una larga pena privativa de libertad. El encuentro se produjo en un locutorio especial de la prisión, cara a cara, y con solo el mediador por medio. Antes había prevenido la víctima: "sólo quiero verlo si me va a contar la verdad, si no, prefiero continuar malviviendo con mi dolor". Después de presentar el gasolinero discapacitado todo lo que había padecido a causa del fatal disparo (el agresor lloraba en silencio), tomó la palabra el segundo y le aseguró que no había olvidado aquel día, que aunque en el procedimiento negó los hechos (la defensa intentó basarse en un error en el reconocimiento en rueda) asumía la autoría por completo y aún "sin palabras para expresárselo" quería pedirle perdón. A preguntas de si le quiso matar, contesta que no, que la mejor prueba es que llevaba una pistola cargada con 15 balas y sólo disparó una, la que iba recamarada. Que si hubiera querido hacerlo, habría tardado poquísimo tiempo más en vaciar el cargador y asegurarse un resultado letal. "No quise matarlo, le vi hacer un movimiento extraño, pensé que llevaba un arma escondida e instintivamente disparé. Siempre me arrepentiré de aquel maldito instante que tanto ha cambiado la vida de los dos". Después de un emotivo diálogo no mucho más largo, la víctima se despide y pide acercarse al infractor: "Sé que para usted este momento también ha sido muy difícil y le agradezco que haya aceptado encontrarse contigo. Hace años, la ultima vez que nos vimos usted y yo, usted tenia la mano extendida hacia mí portando el arma con que me arruinó la vida; permítame que, hoy, le tienda la mía desnuda deseándole suerte". Nadie pudo evitar sobrecogerse. A la salida, la víctima, insistió en que se hiciera constar en el expediente penitenciario del infractor que, si llegado el momento, no tuviese ningún tutor para hacerse cargo de su libertad condicional este hombre, de indescriptible calidad humana, lo avalaría.

Naturalmente, buena parte de las mediaciones no son tan dramáticas y se refieren a hechos patrimoniales de mucha menor entidad. Pero si hemos reseñado estas circunstancias es para mostrar que la mediación, incluso en supuestos difíciles, permite que aflore lo mejor y más sorprendente de los seres humanos, mientras que el procedimiento convencional de justicia vindicativa pareciera que invite a sacar precisamente lo peor. En el infractor, todo su cinismo y todas las herramientas para desvirtuar la palabra de quien soporta el sufrimiento; por parte de la acusación, todo el deseo de venganza de la víctima y lucro de sus abogados... La sensación de cierto "mercadeo" se hace inevitable, sin que queden claros los beneficios para nadie.

Mucho más recientemente, se indultaba a T.A.L. por el Consejo de Ministros de una pena de varios años por robo con intimidación y lesiones, merced a la petición de indulto suscrita por la propia víctima, después de un proceso de mediación en la que el agresor amén de reconocer los hechos y pedir perdón por ellos, culminó con éxito un proceso de deshabituación a las drogas y, en cuanto pudo reincorporarse al trabajo, estuvo durante dos años abonando toda la responsabilidad civil.

La mediación no es un medio: es un fin. No tiene carácter instrumental. Forma parte del marco de la Justicia restaurativa. Se desvirtúa cuando "sirve" para bajar la pena o cobrar la responsabilidad civil. Es un instrumento de pacificación social, de restablecimiento del diálogo roto por la violencia del delito. Es una forma no violenta de solventar determinados supuestos violentos. Tampoco supone una victoria para nadie. La victoria jamás conduce a la paz. La paz tampoco conduce a la victoria. Lo decía S. Weil: "la paz es una fugitiva que se ha escapado del campo de los vencedores".

VI.- BIBLIOGRAFÍA

- CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, Asoc. Editores del Catecismo, Madrid, 1992, 2302ss.
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- GONZÁLEZ-CARVAJAL, L., Entre la utopía y la realidad. Curso de Moral Social, Sal Terrae, Santander, 1998, pp.323-380
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- SEGOVIA, J.L., El Código Penal y todas sus reformas al alcance de todos, Popular, Madrid, 2005, 8 ed., pp.181-194.
- SEGOVIA, J. L., y SÁNCHEZ ALVÁREZ, P., La mediación penal comunitaria de adultos: experiencia y propuestas de lege ferenda en Internet
- SIX, J-F., Los mediadores, Sal Terrae, Santander, 2005.
- TAMAYO (dir.), J. J., "Paz y violencia del cristianismo", en Diez palabras clave sobre paz y violencia las religiones, Verbo Divino, Estella, 2004.
- VIDAL, M., Moral de actitudes III, PS, Madrid 1995, 8ª ed. pp. 815-962.
- VIDAL, M. (ed.), Conceptos fundamentales de ética teológica, Trotta, Madrid, 1992. (Voces "La Paz", L. Álvarez Verdes-M.Vidal, pp. 789-807; "Violencia y guerra", J. Segura, pp. 809-835).

José Luis Segovia Bernabé
Profesor de Ética Social y Política y DSI Instituto Superior de Pastoral de Madrid (UPSA)

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