Este es un libro escrito por un creyente cristiano y católico, por lo que se ve, de ya cierta edad y muy avezado en los dilemas eclesiológicos.
“A Contracorriente” es un viaje a los quicios de la fe de Luis Alemán, a su comprensión de la vida, del mundo, de la religión y de la Iglesia.
Pero sobre todo es un libro que pone patas arriba toda la teología, la dogmática, y hasta la más trivial de las ideas dadas por buenas incluso por cristian@s de los más progres. Y como no, revuelca absolutamente a la institución llamada Iglesia Católica.
Hace treinta años este libro ni de coña podría haber salido a la luz. Hace 500 años, al pobre Luis lo hubieran mandado de cabeza a la hoguera.
Además cabe añadir que la pluma de Luis es ligera, fresca e irónica, y que el libro está redactado en capitulillos de dos o tres hojas. Es decir, leerlo es un placer, es un libro de los que enganchan.
Por supuesto me atrevería a recomendar este libro a personas no creyentes, e incluso contrarias a la religión cristiana. Se puede conocer mejor la esencia de esta ideología-sentido vital leyendo “A Contracorriente”, que realizando estudios teológicos superiores en la Universidad Pontificia.
En estas páginas vamos a encontrar una estupenda descripción del cristianismo, realizada por un hombre enamorado de Jesús de Nazaret, que para hacer esta exposición no ha tenido el menor miedo a enfrentarse a la tarea de desenmascarar el monopolio ideológico y fáctico del clero.
Como botón de muestra, ahí van unas líneas.
Esta es la queja de la Humanidad marginada que busca, desesperada, una esperanza: “Vosotros, los de la Cristiandad, ¿dónde lo habéis puesto? ¿Qué habéis hecho con Jesús, el de Nazaret, el que destrozaron y quitaron de en medio los poderes políticos y religiosos?”
“Dime, ¿dónde lo has puesto?”. Esa fue la súplica de una puta que se enamoró de Jesús. Y es el grito de unas masas puteadas por el Templo, el Dinero y la Política. (¿Por qué los que sirven al pueblo vivieron y viven siempre en Templos y Palacios? ¿Qué juego de manos ha sido esto del “Cristianismo occidental? ¡Nada por aquí, nada por allí...! ¿Dónde está Jesús?” Y me quedo, con una cara de gilipollas, preguntando lo mismo que hace 2.000 años: “Rabbi, ¿Dónde vives?”.
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No sabré decirte qué es eucaristía. No sabré qué es misa. Pero sí sé que lo que ocurre los domingos en las Iglesias no tiene que ver con lo que Jesús mandó hacer o hizo con sus amigos.
No te sabré explicar lo que es sacramento. Pero lo que hacen los curas en todas las Iglesias todos los días es más un rito, una brujería, que una fuente de vida. No sé si Dios me tiene que perdonar, o soy yo el que tiene que perdonar a Dios. Pero lo que sí sé es que lo que ocurre en esos quioscos llamados confesionarios, tiene de todo -pornografía, angustia, masoquismo, egoísmo, hechicería...-. Todo, menos perdón.
No sé si Dios pensó, alguna vez, tener una Iglesia aquí abajo en la tierra. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que nos están engañando.
Ya me cuesta creer -aunque lo creo firmemente- que Dios amó tanto al mundo que nos dio a Jesús. Pero me cuesta mucho más creer -y no lo creo- que Dios haya sido el organizador de eso que llaman Iglesia Católica, Apostólica y Romana.
Me cuesta creer -y lo creo de veras- que los pobres, enfermos, encarcelados, los débiles sean sus representantes, sus delegados en la tierra. Pero me niego a creer que haya nombrado delegados suyos a esos que se autodefinen sacerdotes para siempre, obispos, papas. Me huele demasiado a montaje.
Deseo, sinceramente, que cada hombre se fíe de Dios como Padre, que conozca a Jesús y, a través de él, lo que se puede conocer del Padre de todos, y así elimine toda angustia, todo miedo y que coja su camilla y comience a andar. Pero me cuesta creer que un rico administrador de lo divino pueda dejarlo todo y comenzar a andar.
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