| Suely Rolnik es psicoanalista, crítica cultural
y curadora. Es Docente Titular de la Pontificia Universidad Católica
de São Paulo, donde coordina el Núcleo de Estudios Transdisciplinarios
de la Subjetividad, del Posgrado en Psicología Clínica. Luego
de ir presa a manos de la dictadura militar en 1970, se exilió en
París entre 1970 y 1979, donde además de su formación
psicoanalítica se diplomó en Filosofía, Ciencias Sociales
y Psicología. Data de esa época el comienzo de su relación
con Deleuze y Guattari. Tradujo al portugués parte de Mil mesetas
y participó con Guattari en la clínica de La Borde y en los
movimientos que agitaron la psiquiatría europea de los años
‘70. De la colaboración entre Rolnik y Guattari surgió
este libro: Micropolítica. Cartografías del deseo, publicado
originariamente en portugués en Brasil en 1986 y ahora en Argentina,
Francia (Seuil, 2007), España y otros países. Data igualmente
de dicho período su amistad con Lygia Clark, cuyo trabajo intitulado
Estruturação del Self fue el tema de su tesis en Francia (1978)
y de un texto de la artista publicado con su colaboración (1980)
–una investigación que reanudó en 2002 en el marco de
un proyecto de construcción de la memoria viva, presentada en una
exposición que contó con su curaduría: Somos o molde.
A você cabe o sopro. Lygia Clark, da obra ao acontecimento, Musée
de Beaux-arts de Nantes, 2005, y Pinacoteca do Estado de São Paulo,
2006. El tema principal de Rolnik son las políticas de subjetivación
en la actualidad, abordadas desde un punto de vista transdisciplinario que
se concentra en los últimos años en el arte contemporáneo
en sus interfaces con la política y la clínica. En ese sentido
ha publicado varios ensayos en compilaciones como Gilles Deleuze, une vie
philosophique, Eric Alliez [Edit], Les empecheurs de penser en rond, 1998
y Antinomies of Art and Culture: Modernity, Postmodernity and Contemporaneity,
Terry Smith, Nancy Condee y Okwui Enwesoe [Edit], Durham: Duke University
Press, 2006; en catálogos de exposiciones (además de editar
el libro/ catálogo de la ya mencionada exposición de Lygia
Clark) y revistas de arte y cultura (un número de la española
Zehar abordó su trabajo en 2003 y fue editora de un número
de la canadiense Parachute en 2004, al margen de sus colaboraciones para
las revistas Multitudes, Traffic, Chimères, Mouvement, Parkett, Trópico,
Ramona, etc.).
Ver entrevista - Ver
índice del libro
Buenos Aires, enero
2006
Entrevista a Suely Rolnik
Por Colectivo Situaciones
Colectivo Situaciones: Luego de leer el libro nos pareció
importante preguntarte por la actualidad del diagnóstico del Capitalismo
Mundial Integrado (CMI) como forma de subordinación de las subjetividades
y las inteligencias al proceso de producción del capital. ¿Cómo
funciona esto hoy, cuando la promesa del capitalismo es visiblemente inseparable
de una dinámica de marginación de masas?
Suely Rolnik: Una idea que hoy está circulando mucho, especialmente
a través de los italianos que en el exilio se encontraron con Deleuze,
Guattari y Foucault, dice que la característica fundamental del
neoliberalismo es instrumentalizar las fuerzas de creación del
cognitariado y ya no sólo las fuerzas mecánicas del proletariado.
De ahí que se nombre al capitalismo actual como “capitalismo
cognitivo” o “cultural-informacional”. Para responder
a la pregunta que ustedes plantean, voy a hablar de cómo esto se
expresa en la subjetividad y luego me interesa interrogar cómo
se da este proceso específicamente en América Latina, donde
tenemos que pensar y luchar concretamente.
En primer lugar, Mauricio Lazzaratto plantea muy bien en su libro Políticas
del Acontecimiento (Tinta Limón Ediciones, Buenos Aires, 2006)
la idea de que el capital financiero no fabrica mercancías como
lo hace el capital industrial, sino que fabrica mundos. ¿Qué
mundos son esos? Mundos de signos a través de la publicidad y la
cultura de masas. Hoy se sabe que más de la mitad de los beneficios
de las trasnacionales se dedican a la publicidad, actividad que es anterior
a la fabricación de productos y mercancías. En las campañas
publicitarias se crean imágenes de mundos con las que el consumidor
se va a identificar y luego va a desear: sólo entonces esas mercancías
van a ser producidas.
Si analizamos el capital como fábrica de mundos, es fundamental
cómo estas imágenes son invariablemente portadoras del mensaje
de que existirían paraísos, que ahora ellos están
en este mundo y no en un más allá y, sobre todo, que algunos
tendrían el privilegio de habitarlos. Y más aún,
se transmite la idea de que podemos ser uno de estos VIP’s, basta
para ello con que invirtamos toda nuestra energía vital –de
deseo, de afecto, de conocimiento, de intelecto, de erotismo, de imaginación,
de acción, etc.– para actualizar en nuestras existencias
estos mundos virtuales de signos, a través del consumo de objetos
y servicios que los mismos nos proponen. Un nuevo arrebato para la idea
de paraíso de las religiones judío-cristianas, la cual presupone
un rechazo a la vulnerabilidad al otro y de las turbulencias que ésta
trae y, más aún, un menosprecio por la fragilidad que ahí
necesariamente acontece. En otras palabras, la idea occidental de paraíso
prometido corresponde a un rechazo de la vida en su naturaleza inmanente
de impulso de creación continua. En su versión terrestre,
el capital sustituyó a Dios en la función de garante de
la promesa, y la virtud que nos hace merecerlo pasó a ser el consumo:
éste constituye el mito fundamental del capitalismo avanzado. Ante
esto, es de mínima equivocado considerar que carecemos de mitos
en la contemporaneidad: es precisamente a través de nuestra creencia
en el mito religioso del neoliberalismo, que los mundos-imagen que este
régimen produce, se vuelven realidad concreta en nuestras propias
existencias.
En la ciudad que vivimos, con el desarrollo de las tecnologías
de la comunicación a distancia y la urbanización, cada uno
de nosotros es atravesado por una infinidad de fuerzas muy variables:
esto hace entrar en crisis a la subjetividad mucho más frecuentemente
porque las referencias se vuelven precarias y volátiles. Uno se
ve así fragilizado. Y esa fragilidad por sí misma no tiene
nada de malo; por el contrario: es el corazón mismo de la creación
de realidad subjetiva y objetiva. Es cuando te sentís frágil
y cuando tus referencias no hacen sentido alguno que te ves forzado a
crear. Como dice Deleuze: uno no crea porque es lindo o porque quiere
ser famoso, sino porque está forzado, porque no tiene otra solución
que hacerlo. Se trata de crear sentido para lo que ya está en tu
cuerpo y que no coincide con las referencias existentes, de recrear tus
relaciones con el entorno, tu modo de ser.
Esta fragilidad, que es tan importante política y éticamente,
es la verdadera salud: hacerse cargo de esta fragilidad en vez de huir
de ella. Sin embargo, esta fragilidad es muy mal vista por una tradición
muy antigua –el régimen identitario– que organiza la
subjetividad a partir de una imagen estable de sí misma, como si
fuese una unidad cerrada. Entonces, esa fragilidad es vivida como una
especie de colapso de uno mismo. Toda la subjetividad moderna, comenzando
en el cartesianismo, se construyó en base a recusar esta fragilidad.
En la estructura psíquica que heredamos de varias generaciones,
la fragilidad no tiene lugar, lo que tu cuerpo vibrátil –como
yo le llamo – capta del entorno queda recortado, porque tenés
que estar siempre muy bien, estable, funcionando.
Al mismo tiempo que la subjetividad vive muy frecuentemente esa fragilidad,
aparece la promesa religiosa del capital. Hoy mucha gente dice “¡ay!,
el problema es que no tenemos mitos, que nos faltan mitos”. Y ¡este
es el mito del capital y es un mito poderosísimo y totalmente religioso!
Es el mito que promete el paraíso en la tierra. Entonces, si yo
estoy totalmente fragilizada, si nada de lo que hago funciona, si mis
relaciones amorosas son una mierda porque tengo referencias que no funcionan
para nada, entonces todo el tiempo sufro un asedio, que no es sexual pero
es de imagen. Y soy muy vulnerable a esa promesa, a ese mensaje: si falla
esa promesa me siento totalmente fracasada, incapaz, impotente, loca.
Estos mundos que el capital nos ofrece a través de la publicidad
prometen una solución inmediata que consiste en re-mapearme para
salir del agujero. Pero para hacerlo –y ahí entra la otra
punta de la producción capitalista–, voy a tener que consumir
en mi cotidiano todos los servicios y mercancías posibles, voy
a comprar ropas para mi cuerpo y diseños para mi casa. Voy a hacer
quinientas cosas para estar maravillosa como mujer y, con eso, con mi
propia fuerza subjetiva del deseo y con mi acción, yo reconstruyo
mi vida de modo que todos los servicios y mercancías sean consumidos.
Y ahí se completa el ciclo, porque las fuerzas son producidas y
consumidas en el mercado.
Entonces tenemos, por un lado, las fuerzas de creatividad en la publicidad
de masas y las fuerzas subjetivas –del deseo del consumidor–
y, por otro lado, hay todo una casta de profesionales, de proveedores
de maquetas humanas (los personal trainers, los dermatólogos, los
cirujanos, los libros de autoayuda, etc.) que son los asesores para re-dibujarse
y estar bien, para ser parte de ese supuesto mundo de personas increíbles
del que estamos excluidos –y no estoy hablando sólo de exclusión
económica. Entonces toda la subjetividad, las fuerzas de creación
y de deseo, funcionan como la fuerza de trabajo que produce la realidad
capitalista.
CS: El mito del capitalismo actual, ¿es una promesa de
inclusión?
SR: Es una promesa de paraíso. No es exactamente una promesa de
inclusión. Todos se sienten excluidos por principio, y no sólo
excluidos económicamente. El mito es el paraíso, y eso es
lo que moviliza la subjetividad para proveerse una inclusión, con
un poder de fascinación impresionante. Y tiene una ambigüedad
constitutiva, a la que hay que estar subjetivamente atento, no sólo
ideológicamente atento. Por otra parte, funciona como promesa para
todos. Las elites están absolutamente enfermas de neoliberalismo
porque viven a base de esa creencia religiosa en la promesa. Pero para
los excluidos la promesa es más perversa y terrible.
De todas maneras, la promesa es imposible, no existe.La elite y la clase
media pueden tener la ilusión de su realización. Las clases
pobres no tienen ni siquiera esa ilusión pero eso no significa
que no estén totalmente identificadas con eso.
CS: ¿No percibís la existencia de personas que
desarrollan sus vidas por fuera de esta interpelación, de esta
promesa de paraíso, pero que sin embargo no consiguen abrir –a
veces no es seguro que lo intenten– mundos diferentes? ¿Más
bien se trataría de vidas escépticas, vacías, errantes?
SR: Esa población también se identifica con el paraíso
del capital. Por ejemplo, en el caso de los delincuentes, la salida para
acceder al paraíso –para tener unas Nike o una imitación
de Nike– es el narcotráfico o la delincuencia de modo general.
El narcotráfico en Brasil es muy significativo y, a la vez, es
muy ambiguo porque organiza una autogestión de la favela, arma
una especie de policía paralela que protege a los pobres. Pero
ellos sí tienen una identificación. Quienes no la tienen
son los movimientos más interesantes de Brasil: los “sin
techo”, los “sin tierra” y los indios.
Cuando vas a un campamento de los sin techo en San Pablo es como si estuvieras
en otro mundo. Estuve hace poco allí y es impresionante porque
no tienen siquiera plásticos para cerrar los lugares donde viven
y crean una cartografía imaginaria increíble. Uno de los
líderes nos llevó a ver la escuela y la escuela no era nada,
ni siquiera una silla, pero el imaginario allí veía y hacía
existir una escuela. ¿Vieron la película Dogville? ¿Recuerdan
las casas sólo dibujadas en el suelo del estudio? A diferencia
de Dogville que es una ciudad típica del interior norteamericano,
entre los sin techo brasileros hay una inteligencia que construye mundo.
Salimos de allí y al lado había uno de los shoppings centers
más espectaculares de San Pablo, con tiendas de materiales de construcción
gigantescas, cuando ellos no tienen ni siquiera basura para construir.
Entonces, esta población sí que no se identifica, pero la
población que suele llamarse marginal en general sí se identifica.
Por eso para mí ha sido tan importante la elección de Lula,
aún si ahora todo corre el riesgo de perderse. Y es que en Brasil
las clases están totalmente instaladas en sus lugares, no hay ninguna
conciencia política, ni de la élite ni de los dominados.
Siempre ha sido así: la gente está totalmente instalada
subjetivamente. En Brasil hay un prejuicio de clase brutal, tal vez el
más importante del mundo porque somos el segundo país en
términos de diferencia de clase, entre ricos y pobres. La elección
de Lula significó la salida del pobre de ese lugar, la ruptura
con el discurso ideológico que la élite tiene sobre los
pobres, el comienzo de un habla desde su propio cuerpo. Eso tuvo un efecto
en el primer momento, yo lo sentí, y es que la gente, los dominados,
empezaban a hablar de otra manera. Algo de la cartografía instalada
desde la colonización cambió.
Entonces, hay esas dos cosas. También se opera una re-identificación.
Cuando los gobiernos democráticos dicen que hay que incluir a una
parte excluida de la población al sistema económico, esto
también significa incluir a una parte excluida de la población
a la identificación con la promesa de paraíso. El mercado
tiene montones de porquerías que se producen para los pobres, para
volverlos más próximos al paraíso. Eso se consume
mucho: en la favela todo el mundo tiene televisión. Además
en Brasil está la TV O Globo que es una fábrica ideológica
poderosísima. En Brasil, en los momentos más importantes
de las novelas que es cuando el tipo millonario finalmente se va a casar
con la joven sirvienta, parece que el 80% de la población brasilera
–incluidas todas las clases–, tiene la televisión encendida.
CS: Entonces, ¿qué dirías del modo de producción
de subjetividades en la época del neoliberalismo?
SR: Como todos sabemos, el neoliberalismo ha sido una respuesta a los
movimientos poderosísimos de los años 60 y 70 (mi generación)
en todo el mundo. Nosotros no teníamos idea del tamaño del
agujero que estábamos haciendo, de la crisis que estábamos
provocando. Es cierto que nosotros queríamos hacer la revolución
total, pero no teníamos idea del poder de crisis que tenía
todo eso. El neoliberalismo es la solución del capitalismo, la
respuesta a una crisis que ha sido cultural, subjetiva, social, política
y económica. La respuesta a la crisis que el capitalismo encontró
fue instrumentalizar exactamente lo que había sido inventado por
esos movimientos: la política de subjetivación y, al mismo
tiempo, las formas culturales y de resistencia que habían sido
creadas por esa generación.
Tenemos que ver un poco la historia. Yo hablé del sujeto moderno
que se constituye en el siglo XVIII. A fines del siglo XIX empieza a entrar
en crisis esta política de subjetivación identitaria, por
todas las razones que ya mencioné. Pero una razón especial
son las mujeres: cuando entran en el mercado de trabajo, en la vida pública,
son las que viven más violentamente los cambios que están
aconteciendo en el mundo a fines del siglo XIX. Es primero a las mujeres
a quienes se les vuelve imposible tener una subjetividad que pueda organizarse
según las representaciones de la percepción formal de la
realidad. Lo que entra en crisis aquí es la facultad de la percepción,
la cual nos permite aprehender el mundo en tanto formas para, en seguida,
proyectar sobre ellas las representaciones de que disponemos, y así
atribuirles sentido. Esta capacidad, que nos es más familiar, está
asociada al tiempo, a la historia del sujeto y al lenguaje. Es en torno
a ella que se yerguen las figuras del sujeto y el objeto, claramente delimitadas
y manteniendo entre sí una relación de exterioridad. Esta
capacidad, que según la neurociencia es lo propio de un nivel cortical
de la sensibilidad es la que permite mantener un mapa de representaciones
vigentes, de modo que nos podamos mover en un escenario conocido en el
que las cosas permanecen en sus debidos lugares, y guarden una mínima
estabilidad.
Lo que las mujeres tienen necesidad de activar es lo que yo llamo el cuerpo
vibrátil, que supone una capacidad totalmente diferente de nuestra
subjetividad pero también más desconocida, debido a la represión
histórica a que ha sido sometida. Según las últimas
investigaciones de la neurociencia, incluso, se trata de una capacidad
subcortical presente en todos nuestros órganos de sentido y por
lo tanto irreductible a la percepción. Esta segunda capacidad nos
permite aprehender el mundo en su condición de campo de fuerzas
vivas que nos afectan y se hacen presentes en nuestro cuerpo como sensaciones.
El ejercicio de esta capacidad está desvinculado de la historia
del sujeto y del lenguaje. Con ella, el otro es una presencia viva hecha
de una multiplicidad plástica de fuerzas que pulsan en nuestra
textura sensible, tornándose parte de nosotros mismos. Se disuelven
así las figuras del sujeto y el objeto, y con ellas la separación
del cuerpo respecto del mundo.
Por ejemplo, si yo te miro sólo con mi capacidad de percepción
lo que veo es una forma que rápidamente asocio con mis representaciones
y así puedo ubicarte inmediatamente como: argentino, hijo de desaparecidos,
militante de tal grupo, etc. En dos minutos ya estás ahí,
fuera de mí. Pero si yo pongo en actividad esa capacidad otra de
todos los órganos de sentido, del ojo, del tacto, del olfato, de
la escucha, tu presencia viva como conjunto de fuerzas me afecta y pasas
a ser una sensación en mi propia textura sensible, como si fueras
parte de mi cuerpo. Pero esto no es una metáfora, es real. Todo
el tiempo se acumulan sensaciones porque todo el tiempo estás vulnerable
al entorno y llega un momento en que toda esa novedad ya no puede ser
expresada a través de las representaciones. Esa es la paradoja
que te fuerza a crear: uno se siente forzado a expresar lo que ya es una
realidad sensible pero que no está todavía actualizada en
la realidad concreta. Y esa es la cosa más importante del proceso
de subjetivación porque es la dimensión donde el otro existe
como presencia viva y real en tu cuerpo, obligando a replantear todo,
todo el tiempo. Y no por una cuestión ideológica, sino por
un proceso mucho más primitivo e incontrolable.
Entonces, a fines del siglo XIX, cuando las mujeres entran a la vida pública,
ellas están tan atravesadas por esta otra realidad que les es absolutamente
imposible mantenerse sólo con sus referencias de la vida doméstica,
les resulta imposible quedarse con los ojos corticales, con las retinas.
Las mujeres deben activar –aunque ya lo tenían activado,
lo deben activar en esta nueva situación– esa otra actividad
de su sensibilidad que es el cuerpo vibrátil. Y es tan violento
lo que están viviendo que en un primer momento se expresa en convulsiones
corporales. Así se produce la histeria que el señor Freud
tuvo la dignidad de escuchar como algo del deseo que pasaba por allí
y toda una parte de la medicina se dedicó a tratar eso.
En esa misma época, las vanguardias artísticas e intelectuales
de fines del XIX y principios del XX, empiezan a experimentar otra manera
de crear cultura y también de organizarse subjetivamente. En ese
momento surge la subjetividad flexible , esa doble capacidad sensible
según la cual el otro existe, y la existencia de uno mismo es creada
a partir de lo que implica la existencia del otro. Las formas así
creadas tienden a expresar la incorporación de las fuerzas del
mundo subjetivo, a través de un devenir-otro de sí mismo.
Todo esto se libera a lo largo del siglo XX hasta los años 60 y
70, donde se experimenta ya no como movimiento de vanguardia cultural
e intelectual que se desarrolla en los márgenes sino como movimiento
de masas. Toda mi generación, en el mundo entero, experimentó
eso. Para nosotros fue absolutamente insoportable identificarnos con la
vida burguesa de nuestros padres, de nuestras familias. Y esta subjetividad
flexible muy atada a la creación experimental pasa a ser nuestra
manera de vivir. Inventamos otra relación con la alimentación,
con la educación y la vida comunitaria. Cambia completamente el
régimen de la creación artística que ya no es de
cierre, de protegerse a sí mismo, sino que son prácticas
que envuelven al otro y donde la obra que se hace entra en esa relación
–y ya no sólo fetichizada en el objeto de arte.
El neoliberalismo, entonces, es la solución que el capital encuentra
una vez que estas mutaciones se consolidan, que el escenario es otro,
que ya no estamos más en un régimen identitario, y por lo
tanto la política de subjetivación ya no es la misma. El
nuevo régimen consiste exactamente en instrumentalizar esa subjetividad
flexible, esa libertad de creación y de experimentación
fabulosa, incluso invirtiendo las formas que inventamos. Entonces, lo
que para nosotros era abandonar la cocina burguesa y comer de una manera
mucho más interesante para el cuerpo, de no consumo de comida industrial,
se torna una industria bio, ligth, super chic, la más cara de todas.
Toda esa liberación de la invención colectiva, que estaba
reinventando todo, pasa a ser la fuente principal de producción
de plusvalía para el capital. Lo que no invalida el hecho de que
hay mucha producción mecánica todavía, y qué
está lejos de desaparecer.
Esto es un cambio profundo porque la gente que vivió ese proceso
desde la marginalidad luego se confunde mucho: de repente te encuentras
en una situación donde no sólo ya no eres marginal sino
que te pagan un montón de dólares, te ponen como estrella
y tienes una casa fantástica. En un primer momento confundes una
cosa con la otra. Pero lo que se pierde en ese pasaje es precisamente
la fragilidad propia del cuerpo vibrátil, que surge de la vulnerabilidad
que supone estar conectado de modo inmanente con otras cosas, y conduce
a un proceso de creación que se desencadena a partir de una escucha
de qué cosa de tu alteridad está en tu cuerpo y lo obliga
a replantearse.
En el pasaje al neoliberalismo es esa escucha lo que desaparece y ahora
te reorganizas en función de los mundos ideados por el capital.
Lo que nos guía en esta empresa, en nuestra flexibilidad postfordista,
es la identificación casi hipnótica con las imágenes
del mundo difundidas por la publicidad y por la cultura de masas. Esa
es la pequeña diferencia que hace una diferencia total. Primero,
porque la creación se transforma en fuerza de trabajo para el mundo
capitalista y, segundo, porque el otro deja de existir. La creación
se disocia de la pregunta por el otro, lo que es muy grave porque la verdadera
vida pública –y no la esfera pública– depende
de escuchar la pregunta del otro. En un primer momento, entonces, hay
mucha confusión, tanto que por ejemplo en Francia las redacciones
de los grandes periódicos y las agencias de publicidad pasan a
ser pobladas y dirigidas por la gente que había protagonizado el
movimiento del 68. Los yuppies a comienzos de los 80 eran el fantoche
de lo que habíamos vivido y se convierten en los nuevos publicitarios
y creativos.
Creativo es una muy buena palabra porque la creación en sentido
fuerte se volvió creativa al reducirse a los mundos del capital.
La creación ya no se hace desde la presencia del otro en tu cuerpo,
sino desde el hecho de estar alienado. Es como un clon: lo ves igualito,
pero al mismo tiempo tiene una pequeña diferencia que es total.
Si lo público es lo que se produce a partir de la existencia del
otro, eso es precisamente lo que se borra y se simula en una seudo esfera
pública.
Cuando uno conoce un poco de psicoanálisis sabe que ese tipo de
confusión en la cabeza puede demorar como dos décadas para
que el malestar empiece a problematizar lo que está pasando. Durante
un buen tiempo te transformaste en una prostituta cuyo cafisho es el capital.
Así como el cafisho explota el erotismo que es fuerza vital de
la prostituta, de la misma manera el capital para reproducirse explota
la fuerza creativa de quienes participaron de los movimientos en décadas
pasadas.
Es una relación perversa. ¿Cómo se caracteriza una
relación perversa? Nosotras las mujeres lo sabemos bien: aparece
un hombre maravilloso, que se presenta como super estable, dueño
de sí, con mucha seguridad, y no te mira, está como indiferente
en relación a ti. Ahí empezás a idealizarlo, te sentís
totalmente dependiente de su mirada y haces todo para seducirlo. Lo que
no percibís es que detrás de esa superioridad que muestra
hay una miseria total y una incapacidad absoluta de mirar hacia el otro.
Pero cuando una mujer que está atrapada en esa mierda lo percibe,
lo abandona y no quiere nunca más escuchar su nombre. Lo mismo
debería suceder con nosotros porque el capital funciona como ese
hombre aparentemente maravilloso: el capital vehiculiza ese tipo de cosas,
esa misma indiferencia que te hace sentir excluida, horrible, y que te
lleva a consumir de todo para hacerte devenir algo que pueda finalmente
ser incluido en ese mundo maravilloso del paraíso capitalista.
Para romper con una relación perversa hay que darse cuenta que
detrás de esa maravilla, hay una miseria subjetiva, intelectual,
política y ética total.
CS: ¿Y cómo ha operado en términos de producción
de subjetividad el hecho de que en América Latina el neoliberalismo
esté asociado en su origen a las dictaduras?
SR: Esta misma situación, como en todo el planeta, también
se dio en América Latina y en los países de Europa del Este,
en países bajo dictaduras, sean de izquierda o de derecha. Desde
el punto de vista de la política de subjetivación, que una
dictadura sea de izquierda o de derecha es exactamente lo mismo porque
una dictadura se caracteriza por paralizar el proceso de creación.
Desde el punto de vista del proceso de subjetivación, más
allá de la cuestión visible de la censura, de la prisión,
de la tortura, de las desapariciones y las muertes, hay un aspecto invisible
que tiene como efecto paralizar el proceso de creación, porque
cuando uno va a expresar algo, esa expresión queda asociada con
el peligro de muerte, de prisión, de tortura y, poco a poco, se
paraliza totalmente, dando lugar a una patología social muy grave
en términos de creación individual pero también de
inteligencia colectiva. Y eso demora mucho tiempo en deshacerse, continúa
operando mucho después que el régimen dictatorial ha finalizado,
porque queda inscripto en tu deseo, en tu cuerpo.
Entonces, si bien es cierto que en nuestros países las dictaduras
prepararon el advenimiento del neoliberalismo, podríamos decir
que el neoliberalismo participó de la disolución de las
dictaduras. ¿Por qué? Porque desde el punto de vista de
la subjetividad, la rígidización patológica del principio
identitario que caracteriza a las dictaduras es totalmente incompatible
con el neoliberalismo, que debe liberar la flexibilidad de experimentación
para funcionar él mismo. Entonces, así como ha habido movimientos
internos en las dictaduras para derrocarlas, el neoliberalismo mismo tuvo
que deshacerlas, por su fuerza de destrucción meramente conservadora.
Pero tanto en América Latina como en Europa del Este, se planteó
una situación específica que yo estoy intentando pensar
y me parece una idea que hay que desarrollar, y que no puedo hacerlo sola
porque esto hay que hacerlo entre muchos. En estos países el neoliberalismo
ha hecho una operación doblemente perversa porque no sólo
ha cafishizado las fuerzas de creación, la libertad de experimentación
y la flexibilidad subjetiva, sino que también se alimentó
de la herida, de todo lo que estaba marcado por esa herida. El neoliberalismo
se presentó como el salvador que iba a liberar un pasado de experimentación
–que aquí fue todavía más osado que en Europa
y Estados Unidos en los 60– y, a la vez, como el sanador capaz de
curar la herida en las fuerzas de creación que resultaron de los
golpes recibidos. En Europa el pasaje es más lineal: de la movida
experimental a ser la prostituta del capital directamente. En América
Latina y Europa del Este tienes un pasado de experimentación mucho
más fuerte y una herida fuertísima. Entonces, el capital,
como ese hombre maravilloso, es mucho más perverso y gana un plus
de poder de seducción: su aparente condición de salvador
que viene a liberar la energía de creación de su yugo, a
su vez la cura de su estado debilitado, ofreciéndole la posibilidad
misma de reactivarse y volver a manifestarse.
Yo he trabajado muchísimo en un proyecto sobre Lygia Clark, que
siento como una investigación sobre la memoria. Para mí
se trata de rescatar la actitud ética y política que alimentaba
esas historias de las que sabemos pero sólo en su exterioridad.
Y es que más que retomar las cosas que se crearon entonces, hay
que indagar en aquel enorme proceso de politización de la propia
subjetividad, y no sólo en la macropolítica o la ideología.
CS: En Argentina, la posdictadura atravesó varios momentos,
que pueden ser mapeados gracias a la capacidad de lucha de los movimientos
de derechos humanos. En una primera fase, lo que dominó fue la
ilusión alfonsinista que reducía la democracia al funcionamiento
de ciertas instituciones y en ese marco pretendía constreñir
toda cuestión ligada a la justicia. El “Nunca Más”
nació en ese contexto. Se trataba de dejar planteado un límite
muy preciso para el desarrollo de las prácticas políticas,
culturales, sociales, y por eso tomó la forma de un chantaje frente
a todo lo que supusiera ampliar esas fronteras .Las experiencias vividas
en los anos 60 o 70 fueron duramente censuradas, y hasta se convirtieron
en el modelo de la transgresión del juego democrático mismo.
En un segundo momento, que se abre con el fracaso de la entonces llamada
“transición democrática”, se asiste a una impotencia
total frente a la exigencia de desmontar los mecanismos de producción
de terror subjetivo. Las políticas de impunidad hacia los crímenes
de la dictadura, por un lado, y la profundización de las políticas
neoliberales, por otro, hicieron florecer un cinismo que fue muy bien
representado por el menemismo, que se valió del potencial dinámico
del neoliberalismo en estas condiciones de posdictadura. A partir de entonces,
comienzan a surgir experiencias de resistencia que enfrentan una doble
exigencia: recuperar la energía de las luchas pasadas y, a la vez,
asumir los desafíos de un presente inédito.
De esta acumulación vivida los últimos años, que
culminan con la crisis del 2001, surge un tercer momento, el actual. Podemos
comprender muy bien todo lo que venís planteando a partir de esta
fase. De hecho, un elemento fundamental de la “nueva gobernabilidad”
que se insinúa en nuestro país pasa en gran medida por los
términos del reconocimiento de las luchas recientes y pasadas,
que proveen al kirchnerismo uno de los pilares de su legitimidad pos 2001.
Esto se ve claro a nivel de sus lenguajes y consignas, que son objeto
de una retórica contemporánea que se autocalifica como “setentista”
y se vale de ciertos recuerdos, de algunos rasgos de experiencias de aquellos
años para crearse una suerte de identidad en el presente. Este
momento es entonces paradojal: si por un lado este reconocimiento supone
la apertura de nuevas posibilidades para las luchas, en la medida en que
generaliza una narración en la que la lucha y la creación
son valores importantes, no es menos cierto que estos valores son presentados
en una coexistencia abierta con la perpetuación de una dinámica
neoliberal que los subsume y re-instrumentaliza.
SR: Veamos el primer momento: vuelve la democracia, pero diciendo “cuidado,
que siempre hay peligro”. Desde el punto de vista de la subjetividad,
la propuesta es que libere las fuerzas pero sin relación con mi
cuerpo sensible, y así yo despolitizo el proceso de subjetivación.
Es exactamente lo que ustedes dicen: está todo bien a condición
de que no haya política. Si el otro es una experiencia viva que
te afecta, que te hace crear y replantearte las cosas, no puede haber
una reactivación de esta sensibilidad acompañada de una
despolitización de esa misma subjetividad. Sin embargo, en Argentina
se ha hecho un enorme trabajo sobre este tema que en Brasil no se ha realizado
con la misma intensidad.
Pero el tercer momento que nombran es muy delicado, porque es en este
momento que puede haber mucha confusión. No estoy diciendo que
esta situación es solamente perversa y que no hay que participar.
No, hay que participar, pero ¡cuidado! Porque en este momento uno
puede quedar muy fascinado con el hecho de estar en el poder, porque el
discurso parece ser el mismo: es ahí donde perdés capacidad
crítica.
Hay otra cuestión importante: el neoliberalismo cuando se instala
aumenta la miseria, y Argentina es maravillosa porque es el agujero del
capital. Ustedes tuvieron el privilegio de estar en el corazón
del ciclón, en el abismo total. Como esto no puede sostenerse,
el neoliberalismo también produce una nueva clase política
que va a desplegarlo de otra manera, tratando de incluir una base mayor
de la población. Sin embargo, el hecho de que el neoliberalismo
libera las fuerzas de creación no es menor, es más bien
irreversible. Una vez que pasa la primera confusión, y se empieza
a sentir el malestar de este modo de vida que es una mierda, el problema
es cómo esas mismas fuerzas pueden liberarse de su instrumentalización.
Ahí comienzan a haber acontecimientos que escapan al régimen
neoliberal y creo que actualmente en América Latina están
sucediendo las dos cosas: tanto una extensión de la catástrofe
económica que hace reaccionar al capital, como un rechazo de las
generaciones más jóvenes de este modo de vida. Entonces,
empieza la necesidad de alimentarse de otras historias, de otras experiencias.
CS: En Argentina conocimos el ojo de la crisis y también
la insurrección del 2001. Allí hubo un ejercicio inmenso
de destitución colectiva de la promesa de paraíso. Ahora,
sin embargo, se intenta reconstruir de otra modo esa misma promesa. Y
este intento divide aguas entre quienes percibieron la indeseabilidad
de esta promesa, y como tal pretenden rechazarla, y quienes vuelven a
funcionar en torno a ella. En este momento, entonces, quienes mantienen
activo el rechazo tienen que atravesar un nuevo contexto donde mucha gente
está “en otra”.
SR: Por esto mismo, digo que lo que describen es un momento muy delicado
desde el punto de vista clínico, de una clínica que intenta
la sociedad, por la confusión que puede darse precisamente en un
momento como éste. Hay que evitar concentrar la atención
en lo ideológico o en lo macropolítico: se tiene que prestar
atención al propio deseo, a la propia subjetividad. Porque es muy
cómodo y muy seductor sentirse a gusto en el poder y cuando uno
mira, se da cuenta que está totalmente identificado con la promesa.
CS: El problema que tenemos es cómo las prácticas
que se niegan a creer en la promesa consiguen mantenerse ligadas a la
trama vibrátil que el neoliberalismo aliena a la vez que clona
con su promoción de “pseudomundos”, para decirlo con
tus palabras. ¿Cómo producir nuevos sentidos entre quienes
no se identifican de manera activa o positiva con esa promesa, o que incluso
la rechazan?
En los hechos, lo que sucede, es que quienes con más fuerza persisten
en el rechazo son quienes más sienten los efectos aniquiladores
de la maquinaria. Si uno ve lo que sucede hoy con lo que fue el movimiento
piquetero puede darse cuenta de cómo funciona este mecanismo: aún
si buena parte de ellos está hoy con el gobierno, no puede decirse
que estén mayoritariamente ilusionados con la imagen tradicional
de una “inclusión efectiva”. Las estrategias de recuperación
simbólica parecen funcionar en base a una aceptación de
la degradación permanente de las vidas, en base a cierto cinismo
en la gestión de estas existencias, de un cálculo corto
que en la práctica desarticula vínculos transversales y
vuelve a organizar un orden provisorio.
SR: Un ejemplo que me viene a la cabeza son los colectivos. Hay un detalle
que me parece super importante de los colectivos: atravesar las barreras
de clase. Pero no como en mi época, cuando se tenía pena
de los pobres, sino por pena consigo mismo, porque no se soporta esta
mierda: no es por el otro, es por uno mismo. No es porque “yo sé”
que entonces voy a ayudar al otro pobre que no sabe nada. No es por culpa,
sino porque yo no soporto vivir así.
Entonces, lo primero es armar colectivos y así poder tener un trabajo
de creación y reflexión. En segundo lugar, hacerlo a partir
de una verdadera relación con la realidad, atravesando todas las
barreras de clase. Este me parece que es un camino que te protege de esa
patología que es estar alienado. Si me dices “no quiero estar
enfermo psicológicamente”, yo te respondo que la patología
es estar alienado porque es como si no estuvieras viviendo o como si estuvieras
viviendo como un zombie, disociado de la realidad, cuando tu vida no produce
nada. Eso es patológico.
Hay mucha gente que no hace terapia nunca porque el movimiento los cura.
Así yo concibo la clínica. Y así Guattari concebía
la clínica: más que un depositario privado, es alguien que
vive situaciones sociales deshaciendo lo que bloquea la posibilidad de
estar ahí. Muchas veces el trabajo es conectar A con B, porque
eso desbloquea y permite armar algo. Por eso yo me dedico completamente
a trabajar con esta generación, a acompañarla y poder alimentarla
con las cosas que yo pude acumular en ese sentido. En mi generación
no encuentro eso: hablo con las paredes. Ni en psicoanálisis, ni
en el arte y mucho menos con los militantes.
CS: Hemos notado, a lo largo del libro, un cierto énfasis
sobre las estructuras de la llamada “sociedad disciplinaria”.
Mucho se ha hablado de la superación de este tipo de poder hacia
las llamadas “sociedades de control”, en las que la dominación
se realiza, según Deleuze, a “cielo abierto”. ¿Cómo
evaluas las transformaciones producidas en nuestras sociedades durante
las últimas dos décadas y cómo crees que afectaron
la imagen de la familia, el psicoanálisis y el estado, respecto
de lo que ustedes teorizaron en el libro?
SR: El libro puede decir mucho sobre la sociedad disciplinaria, pero
habla sobre todo de la sociedad de control cuando se refiere a la cooptación
de los procesos de subjetivación. Segundo, es verdad que la sociedad
se maneja como sociedad de control pero al mismo tiempo están funcionando
regímenes disciplinarios. Esta es la situación de América
Latina.
En tercer lugar, en relación a lo que venimos hablando de la cooptación
de esta subjetividad flexible que aparece en la sociedad de control, la
cuestión no se plantea, como en la sociedad disciplinar, entre
normal o anormal porque no hay ninguna referencia de normalidad. La normalidad,
si se pudiera hablar así, es “ser flexible”, por tanto
cambiar todo el tiempo. “Ser flexible” es una palabra de orden;
entonces, no hay un código de la normalidad. Incluso para la clínica
cambiaron completamente los tipos de síntomas que se padecen; por
ejemplo, el síndrome de pánico o cierto tipo de depresión.
En las sociedades disciplinarias, en los movimientos de los 70, teníamos
todavía la idea de que hay un afuera del sistema donde cabían
nuestras utopías. Hoy no hay afuera en lo que estamos haciendo,
sino que todo pasa en inmanencia y esa potencia puede ser construida en
muchas direcciones; entonces las resistencias no se dan contra las elites
nacionales desde una utopía que estaría afuera. La resistencia,
desde el punto de vista de la subjetividad, se da a partir de la pregunta
¿para qué crear?, se da en esta reconexión de las
fuerzas de creación con la experiencia corporal de la existencia
real del otro. Esto es totalmente distinto que imaginarse afuera de algo.
Y esa reconexión no se da ni adentro ni afuera, se da por todas
partes, donde sea que estés, en tu trabajo, en tu militancia, en
tu pareja, en tu cotidiano en general. Todo el tiempo corremos el riesgo
de desconectar lo que estamos creando de aquello que tu cuerpo te indica
por estar vulnerable al otro.
Esto plantea la cuestión de la utopía de un modo completamente
distinto. La utopía no está afuera de la realidad; no hay
afuera, sólo hay una realidad y es ésta. Esto tiene que
ver también con la idea de paraíso, con la imagen religiosa
de imaginar la utopía como un mundo estable que sustituirá
al capitalismo. Eso no existe. Porque lo esencial de la vida es ese proceso
continuo de liberación, de tener que reorganizarla permanentemente.
CS: Hemos intentado utilizar la noción de “sustracción”
como momento básico de la creación de sentidos: dada una
realidad representativa o dominante, se trataría de buscar producir
una realidad más situada, donde la conexión con la propia
capacidad de pensamiento y con la creatividad social sea tangible. Por
eso no creemos que pueda confundirse “sustracción”
con “aislamiento”. Mientras la primera procura crear una nueva
transversalidad, la segunda se cristaliza, se congela y desaparece. Esta
noción de sustracción, nos parece, puede nombrar el inicio
de un trabajo de recuperación de la capacidad propia de crear valores.
SR: Esto de recuperar la capacidad de valorar tiene que ver con la idea
de “no ponerse en contra”. De un éxodo que permita
hacer las cosas de otra manera. Es un trabajo constante de cada uno con
cada uno y con todo lo que tenés alrededor, es un trabajo incansable
respecto del que no podés quedarte dormido. Por esto me gusta tanto
la idea de Deleuze de que uno crea porque está forzado.
CS: Volviendo al libro, es notable la preocupación por
la “gestión de las singularidades” como modo de escapar
tanto al “alternativismo”, o aquello recién llamábamos
“aislacionismo”, como a la gestión dominante de la
realidad. Nos sorprende lo bien que funcionan estas descripciones para
pensar los efectos del 19 y 20 del diciembre argentino.
Si comprendemos bien lo que sugiere el texto, la “autonomía”
existe en el contexto de esta “gestión de las singularidades”,
como función de autopensamiento que tiende expandirse y a transversalizar
lo social, a contaminar. En Argentina hemos vivido esta tensión
entre marginalización y bloqueo de los movimientos a favor de una
reducción identitaria y de reconocimiento, por un lado, y, por
otro, un nuevo esfuerzo de singularización, de transversalización...
SR: Esto me hace pensar dos cosas. La primera es la cuestión de
la alternativa que surge con los movimientos de los 60 y 70 y es la idea
de que hay un afuera del sistema maldito, pero ese afuera resulta un adentro
totalmente estéril cuando ya no hay afuera. La segunda cosa es
que en los 60 en Brasil había una disociación muy fuerte
entre los alternativos de la contracultura y los militantes. Los primeros
venían en general del campo de la cultura y los militantes salían
de la universidad: de un lado el artista, del otro el intelectual. Los
militantes de la lucha armada tenían toda una conciencia política
de la realidad, pero tenían una vida totalmente identitaria, una
política de subjetivación totalmente burguesa. Del lado
de los alternativos y de la contracultura había una ruptura real
con la subjetivación burguesa y al mismo tiempo una despolitización
total. Y esta separación es muy patológica porque si esas
dos cosas no están juntas no funcionan.
Por eso gran parte del proyecto sobre Lygia Clark lo dediqué a
entrevistar gente que estaba en la contracultura para que contara el sufrimiento
que significaba hacer cosas y ser objeto de un desprecio por parte de
los militantes. Porque hay que entender lo que pasaba ahí, con
gente como yo que en la contracultura se sentía muy bien cotidianamente,
pero que estaba muy angustiada con la falta total de problematización
intelectual y política de la realidad. Mientras, del lado de la
militancia, gente que estaba muy bien con la discusión intelectual
y muy mal con sus formas de vida. Era muy angustiante, yo me sentía
muy frágil por eso. Yo fui a prisión por esa actividad alternativa,
no por la militancia. Era una niña de veinte años, muy ingenua.
El gobierno había hecho una campaña de prensa contra la
contracultura e inventó toda una narrativa que no tenía
nada de verdad con lo que hacíamos. Por ejemplo, una cosa chistosa:
yo siempre estaba vestida con ropa árabe, y ellos decían
que yo caminaba por las calles en camisón. La única vez
que la televisión me dio la palabra en la prisión –fue
así como mis padres se enteraron que estaba presa– comencé
a decir “sí, sí, yo tomé muchas drogas, y no
es una cuestión de irresponsabilidad o de exceso. Es mucha gente
en el planeta la que quiere la liberación y romper con la subjetividad
burguesa, esto es un movimiento político”.
Al salir de prisión llegué a París y ahí tuve
la suerte de conocer a Pierre Clastres, y él me presentó
a Guattari, a Deleuze y a Lygia Clark. Fue ahí donde encontré
por primera vez una manera de juntar esas dos cosas. En la memoria de
Brasil esto continúa tal cual, esa escisión permanece. Y
muy recientemente me enteré que esa división en Brasil no
sólo es entre contracultura y militancia, sino que se opera también
entre el artista y el intelectual. Pero a mí me interesa algo,
que tal vez aquí en Argentina no vale pero en Brasil sí,
y es que los que crean cultura son mucho más brasileños,
crean desde una realidad mucho más local y también con un
lenguaje que tiene el cuerpo vibrátil mucho más presente
porque nosotros tenemos una tradición de sensibilidad. Pero del
lado de los intelectuales, todos son sub-franceses, excelentes y muy buenos
intelectuales, pero totalmente disociados de la subjetividad local. La
universidad de San Pablo ha sido creada en los años 50 por Levi-Strauss
y otros intelectuales franceses y eso marcó absolutamente su productividad.
En un congreso sobre antropofagia al que me invitaron, me di cuenta que
hay un prejuicio de los artistas con los intelectuales terrible por esta
causa. Eso es una lástima. Es importantísima esa relación
entre la creación artística y la creación conceptual
porque se alimentan mutuamente.
CS: En relación a esto, quisiéramos preguntarte
sobre la relación entre “macro” y “micro”
política. Desde el prólogo mismo del libro se enuncia la
centralidad de este problema en relación a la experiencia brasileña
de los últimos años y entre nosotros esta cuestión
ha surgido con insistencia recientemente: ¿cómo percibís
hoy esta cuestión?
SR: Primero, creo que es siempre importante aclarar que “macro”
y “micro” no es lo grande y lo pequeño. Ni los grupos
chicos o las parejas a diferencia del estado y la sociedad. Sino la distinción
entre estar solo, sin problemas con la subjetividad, en un funcionamiento
que sólo activa la relación con el otro como una proyección
de mis representaciones, que lo categoriza, lo pone fuera de mí,
y una subjetividad procesual que quiere la presencia del otro y se dibuja
a partir de ahí. Lo micro sería lo procesual y lo macro
sería ese régimen más identitario.
En segundo lugar, el concepto de transversalidad, que yo no lo había
pensado, pero puede ser súper útil nuevamente, porque se
lo puede asociar con la idea de ser vulnerable al otro. Transversalidad
sería esta presencia fuerte y variable de la alteridad en tu propio
cuerpo, en tu propia subjetividad. Entonces, un grupo se aísla
cuando crea una imagen macro, una imagen identitaria de sí mismo
y hace sus cosas sólo hacia dentro. La transversalidad supone que
el grupo siga siendo atravesado por todo lo que está a su alrededor
y eso lo hace problematizarse y problematizar su modo de vida todo el
tiempo. Entonces, creo que el problema no debería plantearse en
términos de cómo juntar los microgrupos con la lucha más
amplia, sino cómo mantener en las experiencias en general la presencia
fuerte de la alteridad como condición misma de la experiencia.
Otra cuestión es cómo se vinculan estas varias experiencias
para pensar un modo de organización no partidaria ni estatal. Es
importante que esta articulación mantenga un fuerte nivel de transversalidad
porque si no rápidamente se vuelve a una identidad de partido,
incluso si no lo llamamos partido y le decimos red.
CS: ¿Y cómo se desarrolla este proceso en Brasil
entre estas experiencias, estas singularidades, y el gobierno de Lula?
¿Hay algún tipo de vínculo positivo en el que las
experiencias pueden mantener realmente su autonomía crítica
y organizativa? De hecho, esta pregunta tiene también relación
con el proceso actual de Argentina, donde la polarización se da
entre quienes “van por adentro” y participan del gobierno,
muchas veces hipotecando totalmente su autonomía, y quienes “van
por afuera” y se oponen absolutamente, perdiendo también
su autonomía porque, en los hechos, están mas pendientes
de enfrentar al gobierno, que de su propio desarrollo...
SR: La cuestión no es estar adentro o afuera. El problema es que
es muy difícil inyectar transversalidad en la máquina estatal.
Yo no sabría hablar de eso porque no participé del gobierno
de Lula, pero mis amigos sí lo vivieron y una de sus reflexiones
pasaba por ahí. La máquina estatal tiene su propio funcionamiento
y es muy difícil que sea atravesada justamente por la transversalidad.
Pero no creo que no haya que participar. Hay que participar pero manteniéndose
vivo y eso, como decían, es un trabajo eterno. Creo que es un desafío
super interesante que no hay que rechazar, sino enfrentar. Hay experiencias
en Brasil, por ejemplo en el campo de la salud mental con el programa
de “humanización de la salud”, que sería muy
importante que conozcan.
Por otro lado está el problema de qué pasó con Lula.
Para mí hay dos hipótesis, y cada vez creo más en
la segunda. Una posibilidad es que sufrió la imposición
de fuerzas más grandes que las que se singularizaron en él,
fuerzas externas que le impusieron otra realidad. La otra sería
que Lula finalmente perdió su capacidad de singularización
y se identificó con el neoliberalismo, se identificó con
ese lugar identitario. Tengo la impresión que al comienzo mantenía
su capacidad de singularización, pero durante “la crisis”
y por la manera en que reaccionó me parece que perdió todo
esa sensibilidad.
CS: Querríamos hacerte otra pregunta más sobre
el libro. Esta vez referente al lenguaje. De un lado se trata de textos
que tienen un inmenso valor, entre otras cosas, porque nos permiten conocer
el pensamiento de Guattari en “cámara lenta” (como
decís en el prólogo). Por otro, sin embargo, se percibe
cómo, con el paso de los años, este lenguaje ha sufrido
un cierto desgaste bajo el peso abusivo de las sucesivas modas “deleuzianas”
(de la que no pretendemos ser del todo ajenos) y que han vaciado nociones
tales como “deseo”, “intensidad” o “multiplicidad”.
¿Cómo ves esta cuestión? ¿Cómo vincularse
con la fecundidad de este lenguaje sin contribuir aún más
a convertirlo en una jerga?
SR: De verdad es un libro donde se ve cómo estrictamente Guattari,
más que Deleuze, estaba siempre forzado por las situaciones que
vivía. Y, además, vivía alimentándose de los
movimientos sociales más variados de todo el mundo en los que participaba.
Claro que tiene que ver también con Deleuze, pero la pareja Deleuze-Guattari
es de dos pensadores que tenían su cuerpo vibrátil totalmente
vulnerable a lo que estaba pasando. Y son los pensadores que más
lograron llevar eso a una realidad conceptual. El encuentro es de los
dos: uno tenía la capacidad filosófica de pensar conceptualmente,
el otro tenía toda la inteligencia y la percepción de lo
que estaba pasando, y los dos juntos producían con eso una cartografía
conceptual que era muy poderosa. ¿Cómo es esa cartografía?,
¿qué diagrama estaba ahí invisible?
El problema es el de siempre: esa cartografía sirve para pensar
la resistencia pero también sirve para pensar el neoliberalismo.
Entonces, del lado de las resistencias, tenemos ahí una teoría
del neoliberalismo fantástica, que poca gente exploró como
tal; pero al mismo tiempo sirve como teoría “del” neoliberalismo,
para ser instrumentalizada por él, porque describe perfectamente
su realidad y por eso ha sido incorporada tanto por la resistencia como
por él mismo, vaciando su contenido ético y político.
Además es un fenómeno normal, común, que una vez
que se hace una nueva cartografía, si uno no tiene su propio cuerpo
vibrátil vulnerable a lo que pasa, termina colgándose a
esa cartografía –sea cual sea: de Marx a Deleuze, pasando
por Heidegger y Nietzsche; sea de izquierda o de derecha– como una
referencia con la que se identifica acríticamente. Entonces, uno
incorpora un lenguaje que funciona exactamente como cualquier otro y ese
lenguaje no habla. Esto es muy distinto a cuando el pensamiento ha sido
vivido y alimenta una actitud de mi cuerpo, de mi subjetividad, de mi
capacidad de crear y pensar; en ese caso me identifico con esa actitud
y con algunos instrumentos que me da para situarme, pero para hacer mi
trabajo, no para imitar lo que ellos han dicho.
A veces me preguntan si existe un new age deleuzeano, y claro que se presta.
En ese sentido, lo que yo hago cuando me invitan a congresos deleuzeanos
es que no uso ninguna palabra de Deleuze-Guattari por principio, como
una cuestión política. Pero pienso las cosas desde una actitud
que permita entrar. Por ejemplo, estaba en un congreso deleuzeano en Copenhague
(porque ahora se ven deleuzeanos como conejos), e hice un discurso sobre
Lygia Clark y su concepción de la salud y lo único que yo
utilizaba era la concepción de salud de Deleuze que contraponía
“los grandes vivientes de salud frágil” –que
son los creadores y los pensadores– a “la gorda salud dominante”.
Y el énfasis en la fragilidad es lo que abrió el camino
para la gente que estaba ahí, no para volverse deleuzeanos, sino
para pensar.
Hay otra manera de recuperar a Deleuze-Guattari, que es una manera de
la filosofía universitaria mundial comandada por los franceses,
y que consiste en expulsar a Guattari de la memoria. Entonces, se cita
Mil Mesetas como un libro de Deleuze. Se expulsa a Guattari y se recupera
a Deleuze para la historia de la filosofía y se vacía todo
el pensamiento de los dos para la política y para la clínica.
No importa Deleuze-Guattari.
Si el tono Deleuze-Guattari se ha tomado así, hay que hablar de
otra manera pero manteniéndolos como compañeros importantísimos.
Y esto se lo digo siempre a mis alumnos: está prohibido hablar
como Deleuze y Guattari. Yo cuento siempre que cuando Guattari venía
a Brasil y se acercaba alguien hablándole con su lenguaje, él
se ponía furioso, super angustiado y se volvía una persona
ultra desagradable. Siendo que él era muy generoso parecía
como si fuera arrogante en esos momentos: a esa persona no le contestaba,
ni siquiera la miraba.
Una cosa importante en este libro es que se ve cómo ese pensamiento
se producía. Es algo que no está en los otros libros. Su
pensamiento tuvo un “capítulo Brasil”, una gran repercusión
en Brasil. Algo de eso he recogido en un texto que se llama Esquizoanálisis
y antropofagia . Ahí hablo del modo de subjetivación brasilero,
porque nosotros no nos tornamos flexibles con el neoliberalismo, nosotros
tenemos una tradición de subjetividad flexible en la cultura que
ha sido muy bien circunscripta por el movimiento de antropofagia de los
años 20. Eso ha sido muy importante para la cultura brasileña
porque quedó como un rumbo posible, que no para de ser fecundo
y que está mucho más en el arte que en la cuestión
intelectual. Cuando llegó la propuesta del esquizoanálisis
fue muy fuerte en Brasil. No era así en Francia: Deleuze era muy
respetado pero Guattari era muy despreciado, aún hoy es totalmente
despreciado. De todo aquello que abrió Guattari en el campo clínico
sólo quedaron restos poco potentes, poco interesantes. En Francia
no proliferó (como sí sucedió en Brasil y otros lugares
de América Latina), y el psicoanálisis retomó su
poder tranquilamente. Pero en los años 70 el psicoanálisis
tembló en sus bases, porque el Anti-Edipo fue una bomba atómica.
La manera en que Lacan reaccionó al Anti-Edipo fue muy, muy inteligente:
dio una palabra de orden a la escuela freudiana que consistía en
“no comentarlo”, “no hay que dar polémica, hay
que ignorarlo”. Pero la última parte de la obra de Lacan
se puede leer como un claro diálogo con lo que el Anti-Edipo planteó.
Y es que Lacan no era tonto como sí lo era la institución
lacaniana.
CS: Hay un modo de elaboración y escritura fascinante
que se ve aquí, en donde la autoría misma se desmembra y
las ideas se presentan con un espesor propio. Casi como un libro de tesis,
donde cada afirmación, provenga de donde provenga, tiene su propia
justificación. ¿Cómo ha sido para vos el proceso
de decisión sobre este modo de exposición y escritura?
SR: Estaba pensando en lo importante que fue el libro en mi vida para
reubicarme en mi proceso. Cuando yo partí del Brasil, rota, reventada
por la imposibilidad de intentar otra política, llegué a
París super frágil –una fragilidad en el sentido patológico–
e intenté suicidarme. Después empecé a trabajar con
Guattari y, cuando volví, traía una respuesta. A su vez,
en Brasil se abría el comienzo de todo este proceso de organización
y de movimientos. Lo primero fue la organización del viaje de Guattari,
y la idea entonces era encontrar todos los movimientos posibles para discutir.
Ahí ya combiné con el editor de grabar todo para hacer de
eso un libro. El editor quería que haga un libro sólo con
la parte “psi” y yo insistía que no, porque si separas
la parte “psi” del resto matas al libro porque lo interesante
justamente es cómo todo aparece al mismo tiempo. Me peleé
con el editor que pagó las grabaciones y lo hice con otro que permitía
incluir todo. Tardé tres años en hacer el libro. No me interesaba
sólo extraer tesis teóricas sino que estuviera presente
el proceso en el libro. Eran mil páginas y las organicé
por tema. Lo importante era que estuviera todo lo que se había
dicho, y los nombres de las personas porque la gente lo pidió.
Después lo mandé a cada persona a ver si estaba de acuerdo.
Nos escribimos mucho con Guattari discutiendo cada cosa y cuando él
venía a Brasil o tenía vacaciones trabajábamos en
el libro. Quería que apareciera este Guattari que yo amo, amaba
y amo, que piensa forzado por los movimientos y que sólo vive porque
hay movimiento, tanto que murió a fines de los 80, en plena época
yuppie y de instalación total del neoliberalismo.
Su especialidad clínica era esa: destrabar el movimiento. Yo quería
que eso estuviera ahí. Cuando salió el libro él me
mandó una carta diciendo que era el regalo más maravilloso
que había recibido en toda su vida. Por eso, porque está
ahí registrada la consistencia vital, política, ética
de su pensamiento. Y el libro en Brasil tuvo un rol muy importante para
los movimientos, para la gente, y también para la introducción
del pensamiento de Guattari, porque la gente que va a estudiar Deleuze-Guattari
empieza siempre por este libro porque es una vía de entrada mucho
más posible. Y eso también es una intervención política
porque ya estudias ese pensamiento desde otro lugar, no como la última
moda parisina.
En su viaje, la agenda era super apretada, empezábamos muy temprano
en la mañana hasta tarde en la noche: un grupo, otro grupo y otro,
en los cinco estados. La gente quería pensar conceptos, había
una sed de eso. Hubo momentos complicados, como en Bahía, donde
el encuentro fue organizado por un grupo de lacanianos. Llegamos cansados
y había una cena preparada. El único negro que había
allí era el que estaba sirviendo. Guattari empezó a sudar
y dijo “tengo que irme de aquí inmediatamente”. Por
suerte logré contactar con otra gente y se armó una agenda
totalmente distinta.
CS: Es interesantísimo lo que contás de los tiempos
de la elaboración. Nuestra experiencia en Argentina es muy diferente
al respecto. Las convulsiones de los últimos años impusieron
otros tiempos de intervención para quienes quisieran colaborar
a forjar una interpretación en tiempo real: el tiempo de la urgencia.
¿Cómo concebís actualmente el papel de los textos
de investigación política?
SR: No sé si contestaré a la pregunta: puedo hablar de
cómo trabajamos en la universidad, porque es una manera muy particular
y que puede tener relación con estas cosas que me están
planteando. Para entrar a hacer una maestría o un doctorado normalmente
hay que tener un proyecto, luego hay que tener hipótesis, y hay
que tener un campo teórico. Para hacer una maestría o un
doctorado con nosotros está prohibido tener un proyecto, está
prohibido tener hipótesis y está prohibido tener un campo
teórico. Nosotros proponemos dejar de lado cierta inteligencia
y erudición. En principio no nos interesa eso, recién después
las traerás de otra manera. Lo que nos interesa es que la persona
diga, para entrar al programa, qué le está forzando a pensar
o escribir, qué cosa le está causando malestar y tiene necesidad
de elaborar. Incluso si no consigue decirlo muy claramente, se trata de
que lo intente. El tiempo que pase ahí será ocupado en dar
cuenta de eso que la está forzando a escribir, si es que no está
solamente para recibir el diploma. Luego hacemos un trabajo colectivo
y nos reunimos. Para eso cada vez uno tiene que enviar al resto lo que
está escribiendo, lo que está buscando, todos leen y todos
participan como un colectivo que se sostiene en su fragilidad. No sabés
lo que estás buscando pero sabés que estás buscando
algo que vale la pena y todos ayudan a dar cuerpo a eso. Entonces, uno
trae una película, otro ofrece un libro. Y los muy inteligentes
y eruditos sólo nos interesan cuando consiguen hacer otro tipo
de escritura. Para nosotros el proceso es rico cuando aparece una manera
distinta de leer. Y está prohibido usar los conceptos deleuzeanos,
aunque los tres que trabajamos allí somos totalmente deleuzeanos.
Se trata de usar los libros desde un planteo propio, no para plantear
algo. Deleuze distingue problema de hipótesis. Problema es lo que
se plantea a nivel vibrátil, hipótesis es lo que tú
creas como concepto para dar cuenta de algo. No se puede empezar por una
hipótesis: comienzas por el problema y a veces ni siquiera sabes
cuál es.
Índice
Prefacio a las ediciones no brasileñas
Presentación por Suely Rolnik
I. Cultura: ¿un concepto reaccionario?
Cultura de masas y singularidad
II. Subjetividad e historia
1. Subjetividad: superestructura –ideología– representación
versus producción.
2. Subjetividad: sujeto (individual o social) versus agenciamientos
colectivos de enunciación.
3. Producción de subjetividad e individualidad.
4. Singularidad versus individualidad
5. Subjetividad: cadena de montaje en el capitalismo y el socialismo
burocrático
6. Revoluciones moleculares: el atrevimiento de singularizar
- ¿Rompe-rompe?: señal de un proceso de singularización,
por Suely Rolnik
7. En busca de identidad
8. Identidad versus singularidad
9. cultural: ¿una trampa?
10. Minorías: los devenires de la sociedad
a. Identidad versus devenir-mujer, devenir-homosexual, devenir-negro
b. Conversaciones sobre experiencias minoritarias
Psiquiatría
La escuela
c. Minorías en los medios de comunicación de masas: la
radio libre
d. Minoría - marginalidad - autonomía - alternativa: el
devenir-molecular
e. Trama de minorías: “rizoma”
III. Políticas
1. Micropolítica: molar y molecular
Nelson rodrigues o el arte sutil de un esquizoanalista, por Suely Rolnik
a. Lucha de clases y autonomía
b. Estado y autonomía
c. Iglesia y autonomía
d. Partido y autonomía
e. Centralismo democrático versus espontaneísmo y anarquía:
un falso problema
2. Una concepción de la Historia
3. ¿Revolución?
4. Capitalismo mundial integrado
a. Los “no-garantizados”
b. Esta crisis (que no es sólo económica)
5. Un futuro que ya llegó: conversación entre Lula y Guattari
IV. Deseo e historia
1. El psicoanálisis y las corporaciones de analistas
2. Psicoanálisis y reduccionismo
3. El complejo de infra-Estructura
a. Deseo como caos
b. Infraestructura versus superestructura: crítica a la idea
de conflicto
c. Interpretación: el analista y el pianista
4. El esquizoanálisis
a. Individuación del deseo: la alienación
b. Deseo: terreno de la micropolítica
c. “inconsciente maquínico”: deseo como producción
d. Casos de esquizoanálisis: de la práctica clínica
al movimiento social
Droga, psicosis e institución
5. Más allá del complejo de infra-Estructura
a. El inconsciente freudiano
b. El inconsciente esquizoanalítico
V. Emoción-energía-cuerpo-sexo: el mito del “viaje”
de liberación
VI. Amor, territorios de deseo y una nueva suavidad
¿Una nueva suavidad? por Suely Rolnik
VII. Conversación de aeropuerto.
São Paulo, 19/09/198
VIII. El viaje de Guattari a Brasil según él mismo
IX. El viaje de Guattari a Brasil según los brasileños
X. Anotaciones sobre algunos conceptos
Referencias de las fuentes
Publicaciones de Félix Guattari y Suely Rolnik
Anexo
Geopolítica del rufián, por Suely Rolnik
En busca de la vulnerabilidad
Nace una subjetividad flexible
La subjetividad flexible se entrega al rufián
Una herida rentable
El know how antropofágico
Zombis antropofágicos
¿Qué puede el arte?
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