La
hipótesis 891 - Prólogo
I
¿Un
prólogo es interior o exterior al texto que precede? Como se sabe,
el prólogo antecede desde el final: si bien abre el libro, es lo
último que se escribe. No se trata, entonces, ni de un texto interior
al libro ni de algo completamente exterior a él. Resulta ser, más
bien, ambas cosas simultáneamente. Es exterior; sí, es "post".
Habla desde "después" del cierre. Es un "segundo cierre"
que abre. Pero en este recomienzo –desde después– hace
existir al cuerpo mayor del texto de otro modo: como prolongándose
en sí mismo: proyectado.
Esta prolongación
no es un mero alargar, sino una operatoria que devela una forma de trabajo.
Este libro es siempre prolongación: prolongación de un encuentro
de taller, de un taller en muchos otros, de ellos en una primera publicación,
de aquella en el cuaderno original (Situaciones 4; Conversaciones con el
MTD de Solano), del cuaderno –ya reeditado y vuelto a agotar–
en este libro que, a su vez, se prolonga en sus lectores, y se dispone a
otras tantas prolongaciones posibles.
Los nombres
de sus autores –Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Solano
y Colectivo Situaciones– pueden, incluso, resultar excesivos. Tal
situación fue evidente cuando quisimos inscribir legalmente la publicación.
Para los organismos estatales a cargo de regular y registrar todo aquello
que tenga forma de libro –sea lo que sea que tenga capacidad de adoptar
ese formato– el autor es un dato inexcusable. Si por alguna razón
ese nombre no estuviera disponible, pues, habrá que recurrir a un
seudónimo (que siempre nombra a la persona del responsable, sea éste
autor o compilador). Como sea, el autor debe aparecer: alguien debe hacerse
responsable de lo que se dice.
No creemos
ser excesivamente originales recordando que el "autor" –autoría,
de autoridad– ha muerto. Este libro será entonces lo que otras
fuerzas, otros devenires, sean capaces de hacer con él. Que el autor
ha muerto no es sólo una frase a la moda; tiene implicancias concretas:
quiere decir que nuestra intención de "autores" no es lo
que cuenta aquí. Que ella es sólo un recurso, un elemento,
un insumo en el que no vale la pena detenerse. Este prólogo, entonces,
no intenta promover una cierta lectura "correcta" del texto –si
bien, inevitablemente, sugiere perspectivas– ni anticipar conclusiones
"adecuadas" a la intención de quienes participamos de su
confección. Prolongación, aquí, no quiere decir restricción
a las lecturas posibles, sino precisamente lo contrario: una ofrenda, el
hecho de arrojar un objeto –que condensa encuentros, pensamiento–
a las fuerzas de nuevos encuentros y pensamientos.
Y bien no
hay "autor", pero sí hay un trabajo de pulsiones, pasiones,
fuerzas, inspiraciones, pensamientos y afectos. Ellos son quienes demandan
prolongaciones y epílogos. Ellos son quienes creen poder revelar,
en lo que sigue, algo de sí mismos, a la que vez que agregar algunas
pistas sobre la figura del militante de investigación –juego
de palabras aproximado para nombrar el precario equilibrio existencial que
opera como fuerza productiva de una nueva forma del compromiso–.
II
La investigación
militante, tal como la entendemos, carece de objeto. Somos concientes del
carácter paradójico de este enunciado –si se investiga,
se investiga algo; si no hay algo que investigar, ¿cómo hablar
de una investigación?– y, a la vez, estamos convencidos de
que este carácter es lo que le da, precisamente, su potencia. Investigar
sin objetualizar, de hecho, implica ya abandonar la imagen habitual del
investigador. Y el militante investigador aspira a ello.
En efecto,
la investigación puede ser una vía de objetualización
(nuevamente, no es una originalidad de nuestra parte confirmar este viejo
saber. Y, sin embargo, este efecto es uno de los límites más
serios de la subjetividad habitual del investigador). Tal como lo recuerda
Nietzsche, el hombre (y la mujer) teórico/a –que es algo más
complejo que el "hombre (y la mujer) que lee"– es aquel
(o aquella) que percibe la acción desde un punto de vista del todo
exterior (es decir, que su subjetividad está constituida de manera
completamente independiente respecto de esa acción). Así,
el teórico (o la teórica) trabaja atribuyendo una intención
al sujeto de la acción. Seamos claros: toda atribución de
este tipo supone, respecto del protagonista de la acción observada,
un autor y una intención; le confiere valores y objetivos, en fin,
produce "saberes" sobre la acción (y el actuante).
Por esta
vía, la crítica queda ciega al menos respecto de dos momentos
esenciales: por un lado respecto del sujeto –exterior– que la
ejerce. El investigador no precisa investigarse. Él puede construir
saberes consistentes sobre la situación en la medida de –y,
precisamente, gracias a– su estar afuera, a la distancia prudencial
que, se supone, garantiza cierta objetividad. Y bien, esa objetividad es
auténtica y eficaz en la misma medida en que ella no es otra cosa
que la contracara de la objetualización –violencia– de
la situación sobre la que se trabaja.
Pero hay
aun otro aspecto en que la crítica queda ciega: el investigador –en
su acción de atribuir– no hace más que adecuar los recursos
disponibles de su propia situación de investigación a las
incógnitas que su objeto le presenta. El investigador, por esa vía,
se constituye en una máquina de otorgar –a su objeto–
sentidos, valores, intereses, filiaciones, causas, influencias, racionalidades,
intenciones y motivos inconcientes.
Ambas cegueras,
o la misma ceguera frente a dos puntos (respecto del sujeto que atribuye
y respecto de los recursos de la atribución), confluyen en la configuración
de una única operación: una máquina de juzgar el bien
y el mal de acuerdo al conjunto de valores disponibles.
Esta modalidad
de producción de conocimientos nos pone frente a un dilema evidente.
La investigación universitaria tradicional –con su objeto,
su método de atribución y sus conclusiones– obtiene,
claro, conocimientos de valor –sobre todo descriptivos– respecto
de los objetos que investiga. Pero esta operación descriptiva no
es de ningún modo posterior a la conformación del objeto,
sino que ella misma resulta ser productora de tal objetualización.
A punto tal que la investigación universitaria será tanto
más eficaz cuanto mejor emplee estos poderes objetualizantes. De
esta forma –la ciencia– opera más como separadora –y
cosificadora– de las situaciones en las que participa que como elemento
interior de la creación de eventuales experiencias (prácticas
y teóricas).
El investigador
(o la investigadora) se ofrece él mismo como sujeto de síntesis
de la experiencia. Es quien explica la racionalidad de lo que acontece.
Y como tal queda preservado: en tanto necesario punto ciego de dicha síntesis.
Él mismo, como sujeto dador de sentido queda exceptuado de todo autoexamen.
Él y sus recursos –sus valores, sus nociones, su mirada–
se constituyen en la máquina que clasifica, coherentiza, inscribe,
juzga, descarta y excomulga. En fin, el intelectual es quien "hace
justicia" respecto de los asuntos de la verdad, en tanto administración
–adecuación– de lo que existe respecto de los horizontes
de racionalidad del presente.
III
Y bien, hemos
hablado del compromiso y de la militancia. ¿Es que estamos proponiendo
acaso la superioridad del militante político respecto del investigador
universitario?
No lo creemos.
La militancia política es también una práctica con
objeto. Como tal, ha quedado ligada a una modalidad de la instrumentalidad:
aquella que se vincula con otras experiencias con una subjetividad siempre
ya constituida, con saberes previos –los saberes de la estrategia–,
provistos de enunciados de validez universal, puramente ideológicos.
Su forma de ser con los otros es el utilitarismo: nunca hay afinidad, siempre
hay "acuerdo". Nunca hay encuentro, siempre hay "táctica".
En definitiva: la militancia política –sobre todo la partidaria–
difícilmente pueda constituirse en una experiencia de autenticidad.
Ya desde el comienzo queda atrapada en la transitividad: Lo que le interesa
de una experiencia es siempre "otra cosa" que la experiencia en
sí misma. Desde este punto de vista, la militancia política
–y no estamos exceptuando a las militancias de izquierdas– es
tan exterior, enjuiciadora y objetualizante como la investigación
universitaria.
Agreguemos
el hecho que el militante humanitario –digamos, el de las ONG’s–
no escapa tampoco a estos mecanismos manipuladores. En rigor, la ideología
humanitarista –ahora globalizada– se constituye a partir de
una imagen idealizada de un mundo ya hecho, inmodificable, frente al cual
sólo queda dedicar esfuerzos a aquellos lugares –más
o menos excepcionales– en que aún reina la miseria y la irracionalidad.
Los mecanismos
desatados por el humanitarismo solidario no sólo dan por cerrada
toda creación posible sino que, además, naturalizan –con
sus misericordiosos recursos de la beneficencia y su lenguaje sobre la exclusión–
la objetualidad victimizante que separa a cada cual de sus posibilidades
subjetivantes y productivas.
Si nos referimos
al compromiso y el carácter "militante" de la investigación,
lo hacemos en un sentido preciso, ligado a cuatro condiciones: a–el
carácter de la motivación que sostiene la investigación;
b–el carácter práctico de la investigación (elaboración
de hipótesis prácticas situadas); c–el valor de lo investigado:
el resultado de la investigación sólo se dimensiona en su
totalidad en situaciones que comparten tanto la problemática investigada
como la constelación de condiciones y preocupaciones; y d–su
procedimiento efectivo: su desarrollo es ya resultado, y su resultado redunda
en una inmediata intensificación de los procedimientos efectivos.
IV
De hecho,
toda idealización refuerza este mecanismo de la objetualización.
Este es un auténtico problema para la militancia de investigación.
La idealización
–aún cuando ella recaiga sobre un objeto no consagrado a tales
efectos– resulta siempre del mecanismo de la atribución (incluso
si ésta no se da bajo la modalidad de las pretensiones científicas
o políticas). Porque la idealización –como toda ideologización–
expulsa de la imagen construida todo aquello que pudiera hacerla caer como
ideal de coherencia y plenitud.
Sucede,
sin embargo, que todo ideal –a contrapelo de lo que cree el idealista–
está más del lado de la muerte que de la vida. El ideal amputa
realidad a la vida. Lo concreto –lo vivo– es parcial e irremediablemente
inhaprensible, incoherente y contradictorio. Lo vivo –en la medida
en que persista en sus capacidades y potencias– no precisa ajustarse
a imagen alguna que le otorgue sentido o que lo justifique. Es a la inversa:
es en sí mismo fuente creadora –no objeto o depositario–
de valores de justicia. De hecho, toda idea de un sujeto puro o pleno no
es más que la conservación de este ideal.
La idealización
oculta una operatoria inadvertidamente conservadora: tras la pureza y la
vocación de justicia que parece darle origen, se esconde –nuevamente–
el arraigo de los valores dominantes. De allí la apariencia justiciera
del idealista: quiere hacer justicia, es decir, desea materializar, efectivizar,
los valores que tiene por buenos. El idealista no hace sino proyectar esos
valores sobre lo idealizado (momento en el cual aquello que era múltiple
y complejo se torna objeto, de un ideal) sin llegar a interrogarse a sí
mismo sobre sus propios valores; es decir, sin realizar una experiencia
subjetiva que lo transforme.
Este mecanismo
termina por revelarse como el más serio de los obstáculos
del militante investigador: al originarse en formas sutiles y casi imperceptibles,
la idealización va produciendo una distancia insalvable. Al punto
que el militante investigador no logra ver sino sólo lo que ha proyectado
en lo que se le aparece ya como una plenitud.
De allí
que esta actividad no pueda existir sino a partir de un trabajo muy serio
sobre el colectivo mismo de investigación; es decir, no puede existir
sin investigarse seriamente a sí mismo, sin modificarse, sin reconfigurarse
en las experiencias de las que toma parte, sin revisar los ideales y valores
que sostiene, sin criticar permanentemente sus ideas y lecturas, en fin,
sin desarrollar prácticas tanto hacia todas las direcciones posibles.
Esta dimensión
ética remite a la complejidad misma de la investigación militante:
la labor subjetivizante de deconstruir toda inclinación objetualizante.
En otras palabras: de realizar una investigación sin objeto.
Como en
la genealogía, se trata de trabajar al nivel de la "crítica
de los valores". De penetrarlos y destrozar "sus estatuas",
como afirma Nietzsche. Pero este trabajo que está orientado por –y
hacia– la creación de valores no se hace en la mera "contemplación".
Requiere de la crítica radical de los valores en curso. De allí
que implique una esfuerzo de deconstrucción de las formas dominantes
de la percepción (interpretación, valoración). No hay,
por tanto, creación de valores sin producción de una subjetividad
capaz de someterse a una crítica radical.
V
Una pregunta
se hace evidente: ¿es posible una investigación tal sin que
a la vez se desate un proceso de enamoramiento? ¿Cómo sería
posible el vínculo entre dos experiencias sin un fuerte sentimiento
de amor o de amistad?
Efectivamente,
la experiencia de la militancia de investigación se parece a la del
enamorado, a condición de que entendamos por amor lo que cierta larga
tradición filosófica –materialista– entiende por
tal: es decir, no algo que le pasa a uno con respecto a otro, sino un proceso
que como tal toma a dos o más. Lo que convierte lo "propio"
en "común". De un amor así se participa. Un proceso
tal, no se decide intelectualmente: toma la existencia de dos o más.
No se trata de ninguna ilusión, sino de una experiencia auténtica
de antiutilitarismo.
En el amor,
en la amistad, al contrario que en los mecanismos que vinimos describiendo
hasta ahora, no hay objetualidad ni instrumentalismo. Nadie se preserva
de lo que puede el vínculo, ni se sale de allí incontaminado.
No se experimenta el amor ni la amistad de manera inocente: todos salimos
reconstituidos de ellos. Estas potencias –el amor y la amistad–
tienen el poder de constituir, cualificar y rehacer a los sujetos a los
que atrapa.
Este amor
–o amistad– se constituye como una relación que indefine
lo que hasta el momento se preservaba como individualidad, componiendo una
figura integrada por más de un cuerpo individual. Y, a la vez, tal
cualificación de los cuerpos individuales que participan de esta
relación hace fracasar todos los mecanismos de abstracción
–dispositivos que hacen de los cuerpos cuantificados objetos intercambiables–,
tan propios del mercado capitalista como de los demás mecanismos
objetualizadores nombrados.
De allí
que consideremos este amor como una condición de la investigación
militante.
Y bien,
a lo largo de este libro nos referimos varias veces a este proceso de amistad
o enamoramiento, bajo el nombre -menos comprometedor- de la composición.
A diferencia de la articulación, la composición, no es meramente
intelectual. No se basa en intereses ni en criterios de conveniencia (ni
políticas, ni de otro orden). A diferencia de los "acuerdos"
y de las "alianzas" (estratégicos o tácticos, parciales
o totales) fundados en coincidencias textuales, la composición es
más o menos inexplicable, y va más allá de todo lo
que se pueda decir de ella. De hecho -al menos mientras dura-, es mucho
más intensa que todo compromiso meramente político o ideológico.
El amor
y la amistad nos hablan del valor de la cualidad sobre la cantidad: el cuerpo
colectivo compuesto de otros cuerpos no aumenta su potencia según
la mera cantidad de sus componentes individuales, sino en relación
a la intensidad del lazo que los une.
VI
Amor y amistad,
entonces: la labor de la militancia de investigación no se identifica
con la producción de una línea política. Trabaja -necesariamente-
en otro plano.
Si sostenemos
la distinción -como intentamos hacerlo a lo largo de este libro-
entre "la política" (entendida como lucha por el poder)
y las experiencias en las que entran en juego procesos de producción
de sociabilidad o de valores, podemos distinguir entonces al militante político
(que funda su discurso en algún conjunto de certezas), del militante
investigador (que organiza su perspectiva a partir de preguntas críticas
respecto de esas certezas).
Sin embargo,
es esta distinción la que a menudo se ha perdido de vista, creyendo
ver en la experiencia del MTD de Solano -presentada como falso ideal; en
particular, en el cuaderno Situaciones 4- una línea política,
sin más.
En cierta
medida, entonces, se ha creído ver el nacimiento de una línea
"situacionista", como el producto idealizado del lenguaje -más
bien, la jerga- de la publicación y la imagen que -aparentemente-
el cuaderno transmite -al menos en algunos lectores- de la experiencia.
Detractores
y adherentes de esta nueva línea han hecho de ella motivo de disputas
y de conjuras. No podemos, al respecto, más que admitir que de todos
los destinos posibles de este encuentro, estas reacciones son las que menos
nos motivan, tanto por la improductividad manifiesta que resulta de tales
repudios y adhesiones, como por la forma en que dichas idealizaciones (positivas
o negativas por igual) suelen sustituir una mirada más crítica
sobre quienes las realizan. Así, se adopta rápidamente una
posición demasiado acabada frente a lo que pretende ser un ejercicio
de apertura.
Y bien,
ya hemos admitido que no podemos controlar las interpretaciones. Pero tal
vez no hemos reflexionado sobre una cierta implicancia de este punto de
vista. La muerte del autor convierte al lector en el sujeto responsable
de crear un sentido a partir del texto. Y en esa operación misma,
se produce el lector-autor (que no preexiste ni subsiste mas allá
de lo que pueda hacer con el texto). Así, el supuesto autor original
ha perdido sus derechos a reclamar al lector lo que éste haga con
su lectura. Lo que sí puede hacer el "autor" (como cadáver
hablante) es leer las lecturas que se han hecho de su texto, es decir, intervenir
como lector. Es sólo en ese carácter que nos pronunciamos
aquí decididamente en rechazo abierto a la interpretación
puramente política del presente texto.
VII
Demos un
paso más en la construcción del concepto de una investigación
sin objeto. Interioridad e inmanencia no son necesariamente procesos idénticos.
Dentro y
fuera, inclusión y exclusión, son (si se nos permite tal expresión)
categorías de la ideología dominante: suelen ocultar mucho
más que lo que revelan. Esto es: la experiencia del militante de
investigación no es la de estar adentro, sino la de trabajar en inmanencia.
Digamos
que la diferencia puede ser presentada en los siguientes términos:
el adentro (y por tanto el afuera) define una posición organizada
a partir de un cierto limite al que consideramos relevante. Dentro y fuera
remiten a la ubicación en relación de un cuerpo o elemento
en relación a una disyuntiva o una frontera. Estar adentro es también
-en esta línea- compartir una propiedad común, que nos hace
pertenecer a un mismo conjunto.
Este sistema
de referencias nos interroga por el lugar en donde estamos situados: nacionalidad,
clase social, o bien sobre el sitio en que elegimos situarnos frente a...
las próximas elecciones, la invasión militar a Colombia o
la programación de los canales de cable...
En el extremo,
la pertenencia "objetiva" (aquella que deriva de la observación
de una propiedad común) y la" subjetiva" (aquella que deriva
de una elección frente a) se unen para alegría de las ciencias
sociales: si somos trabajadores desocupados podemos optar por ingresar a
algún movimiento piquetero; si somos de la clase media podemos optar
por ser parte de alguna asamblea vecinal. Sobre la determinación
-pertenencia común a un mismo conjunto, en este caso la clase social-
se hace posible -y deseable- la elección (el grupo de comunes con
quienes nos agruparemos).
En ambos
casos el estar adentro implica respetar un límite preexistente que
distribuye de manera más o menos involuntaria lugares y pertenencias.
No se trata de desconocer las posibilidades que derivan del momento de la
elección -que pueden ser, como en el caso de estos ejemplos, altamente
subjetivante-, sino de distinguir el mero "estar" y su "adentro"
(o "afuera", da igual), de los mecanismos de producción
subjetiva que surgen a partir de desobedecer estos destinos. En el límite,
no se trata de reaccionar frente a opciones ya codificadas cuanto de producir
uno mismo los términos de la situación.
En este
sentido vale la pena presentar la imagen de la inmanencia como otra cosa
del mero estar adentro.
La inmanencia
refiere una modalidad de habitar la situación y trabaja a partir
de la composición -el amor o la amistad- para dar lugar a nuevos
posibles materiales de dicha situación. La inmanencia es, pues, una
copertenencia constituyente que atraviesa transversal o diagonalmente las
representaciones del "adentro" y el "afuera". Allí
donde la interioridad reclama un estar que se agota en la pertenencia y
la adhesión, la inmanencia implica habitar la experiencia, abriéndola
a las nuevas potencias que anidan en la composición.
En resumen:
inmanencia, situación, composición, son nociones internas
a la experiencia de la militancia de investigación. Nombres útiles
para las operaciones que organizan un devenir común y, sobre todo,
constituyente. Si en otra experiencia devienen jerga de una nueva línea
política o categorías de una filosofía a la moda -asunto
que no nos interesa en lo más mínimo- obtendrán, seguramente,
un nuevo significado a partir de esos usos que no son los nuestros.
En otras
palabras: la diferencia operativa entre el "adentro" de la representación
(fundamento de la pertenencia y la identidad) y la conexión de la
inmanencia (el devenir constituyente) pasa por la mayor disponibilidad que
esta última forma nos otorga para participar de nuevas experiencias.
VIII
Parece que
hemos llegado a producir una diferencia entre el amor-amistad y las formas
de objetivación contra las que pretende alzarse la figura -precaria,
insistimos- del militante investigador.
Sin embargo,
no hemos ingresado aún en el asunto -fundamental- de la ideologización
del enfrentamiento.
La lucha
activa capacidades, recursos, ideales y solidaridades. Como tal nos habla
de una disposición vital, de dignidad. En ella, el riesgo de la muerte
no es buscado ni deseado. De allí que el sentido de los compañeros
muertos no sea nunca pleno, sino doloroso. Este dramatismo de la lucha es,
sin embargo, banalizado cuando se ideologiza el enfrentamiento, hasta postularlo
como sentido excluyente.
Cuando esto
sucede no hay lugar para la investigación. Como se sabe, ambas -ideología
e investigación- tienen estructuras opuestas: mientras la primera
se constituye a partir de un conjunto de certezas, la segunda sólo
existe a partir de una gramática de las preguntas.
Sin embargo,
la lucha -la lucha necesaria, noble- no lleva de por sí a la exaltación
del enfrentamiento como sentido dominante de la vida. Sin dudas que el límite
puede parecer algo delgado en el caso de una organización en lucha
permanente como una organización piquetera y, sin embargo, dar por
sentado este punto sería prejuzgar.
A diferencia
de la subjetividad militante que suele sostenerse en un sentido dado por
la polarización extrema de la vida -la ideologización del
enfrentamiento-, las experiencias que buscan construir otra sociabilidad
procuran activamente no caer en la lógica del enfrentamiento, según
la cual la multiplicidad de la experiencia se reduce a este significante
dominante.
Y bien,
el enfrentamiento, por sí mismo, no crea valores. Como tal, no va
más allá de la distribución de los valores dominantes.
El resultado
de una guerra nos indica quiénes se apropiarán de lo existente.
Quién tendrá el derecho de propiedad de los bienes y los valores
existentes.
Si la lucha
no altera la "estructura de sentidos y valores" sólo se
asiste a un cambio de roles, lo que es toda una garantía de supervivencia
para la estructura misma.
Llegados
a este punto se dibujan frente a nosotros dos imágenes completamente
diferentes de la justicia -porque en definitiva de eso se trata-. De un
lado, la vía de la lucha por la capacidad de ejercer la máquina
de juzgar. Hacer justicia es atribuirse para sí lo que se considera
lo justo. Es interpretar de otro modo la distribución de los valores
existentes. La otra, sugiere que de lo que se trata es de devenir creador
de valores, de experiencias, de mundo.
IX
Este prólogo
afirma que el libro que se nos abre a continuación no habla de una
experiencia-modelo. Es más, sostiene -insistentemente- afirmarse
contra la existencia de tales ideales. Se dirá; -y con razón-
que una cosa es declamar este principio y otra muy diferente es alcanzarlo
prácticamente. Se podrá concluir también -y acá
comienzan nuestras dudas- que para que este noble propósito sea realidad
haría falta hacer explícitas "nuestras críticas"
(en este caso, del Colectivo Situaciones al MTD de Solano). Y bien, si se
observa bien la demanda, se vería hasta qué punto lo que se
nos estaría pidiendo sería guardar el modelo- ahora de manera
negativa- para comparar la experiencia real al modelo ideal, mecanismo que
utilizan las ciencias sociales para extraer sus "juicios críticos".
Como se
ve, todas estas reflexiones sobre la crítica y la producción
de conocimientos no son asuntos menores, y no lo son porque atañen
a formas de la justicia (y el juicio no es otra cosa que la forma judicial
de la justicia). Este libro no puede ofrecer nada parecido a un hecho jurídico,
ni provee recursos para hacer juicios con otras experiencias. Más
bien lo contrario es cierto: si algo hemos pretendido sus "autores"
-cadáveres que hablando, escriben- ha sido ofrecer una imagen diametralmente
opuesta de la justicia jurídica, es decir, una justicia fundada en
la composición. ¿Para qué sirve esto? No hay respuestas
previas.
C.S., 17
de octubre de 2002
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