SECCIONES
Puede decirse que el ser humano tiene avidez por lo "maravilloso".
Es algo que debería ser alimentado por el conocimiento y la inteligencia;
sin embargo, se apropia de ese apetito, o necesidad, toda suerte de charlatanes
y proveedores de la superstición (habitualmente, por motivos crematísticos).
Lo que puede proporcionarnos la ciencia es mucho más grande que cualquier
cosmovisión aportada por las religiones y creencias, siendo siempre
cautos con nuevas vías que conduzcan al ser humano a otras formas de
reverencia y subordinación, por lo que una ética humana (y humanista)
debe abarcar el campo cognitivo. Desgraciadamente, la decadencia de las religiones
tradicionales dio lugar a un vacío ocupado por otra vías paranormales;
el escepticismo y un pensamiento crítico, en aras de un conocimiento
sólido, ha dejado lugar a nuevas formas de credulidad y superstición.
A pesar de esta reflexión, sí hay que aclarar algunas cosas.
Es fácil invocar con palabras a la ciencia, al conocimiento "verdadero",
pero algunos se cuestionarán si podemos estar seguros que no lo es
aquello que otros consideran mera superstición (pseudociencia es el
término que más me gusta, ya que creo que no debería
herir susceptibilidades). Después de todo, hay cosas de nuestra vida
cotidiana producto del desarrollo tecnológico, que las personas del
pasado hubieran considerado tan improbables como, por ejemplo, una aparición
sobrenatural. Al respecto, hay que recordar la llamada Tercera Ley del gran
escritor de ciencia ficción: "Cualquier tecnología lo bastante
avanzada es indistinguible de la magia" (con esta aseveración,
jugaba en sus historias otro excelente narrador de lo fantástico, Richard
Matheson). Con ello quiero decir que un escepticismo dogmático, acusación
que se utiliza como argumento para defender la pseudociencia frente a los
que la cuestionan, puede ser tan pernicioso y ridículo como la mayor
de las credulidades. Multitud de personas, negaron la posibilidad del progreso
en el conocimiento y en la innovación, en nombre de un escepticismo
que se muestra más bien como una postura obtusa y conservadora. Por
lo tanto, por sí misma, la incredulidad dogmática ante lo que
puede parecernos extraño o falto de explicación no es una virtud.
Hay que diferenciar esa actitud de un escepticismo crítico y racional,
plenamente justificado (claro está, si poseemos el conocimiento para
no, simplemente, "suspender el juicio").
La respuesta para tener una actitud escéptica y crítica de peso
es que tal cosa no es explicable por la ciencia. Naturalmente, ello solo vale
para la ciencia que conocemos al día de hoy, por lo que el conocimiento
científico nunca debería ser dogmático. Por supuesto,
eso no es un argumento para legitimar lo que no es más que mera creencia
metafísica, ni para creer cualquier cosa apelando a la Tercera Ley
de Clarke. Tal y como razona Richard Dawkins, de esa ley no se deduce la contraria:
"cualquier afirmación mágica que pueda hacer cualquiera
en cualquier momento es indistinguible de un avance tecnológico futuro".
Las más de las veces, las afirmaciones extraordinarias no han sido
nunca legitimadas de modo alguno. Particularmente, cuando me topo con algún
relato asombroso o milagroso, trato de indagar en primer lugar en la persona
que lo aporta (por ejemplo, algún tipo de interés, creencia
o condicionamiento que pueda tener). Al respecto, hay que recordar la prueba
lógica expuesta por el filósofo David Hume: "ningún
testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio
sea tal que su falsedad fuera más milagrosa que el hecho que trata
de establecer". Detrás de todo testimonio, incluso de aquellas
personas que puedan parecer una autoridad, pueden estar diversos factores:
error honesto, embuste descarado, delirio, alucinación, ilusión...
Por supuesto que no hay que ser dogmáticos con la ciencia, pero si
lo que hoy conocemos como tal es derrocado o superado, lo será gracias
a una investigación rigurosa y un método repetitivamente efectivo.
Desgraciadamente, como ocurre también en cuestiones políticas
y morales, el control de los medios por parte de diversos intereses económicos
(y, ojo, la diferencia entre unos intereses u otros es simplemente su mayor
o menor alcance, no su validez cognitiva), conduce a que se primen ciertas
supersticiones y falsedades e influyan sobre la conciencia popular (a pesar
de lo que sostienen algunos autores, sigo considerando al conocimiento como
el método subversivo más eficaz). De esa manera, ese apetito
por lo maravilloso que mencioné al principio del texto queda cubierto
de manera cuestionable, no por las maravillas que debe aportarnos la ciencia.
Desgraciadamente, el combate contra la superstición no se realiza desde
la educación, más bien todo lo contrario, por lo que los resultados
pueden ser determinantes en los críos, los cuales son obviamente crédulos
por su condición (y tienen que serlo, ya que al no tener capacidad
de discernimiento deben fiarse del criterio de personas adultas, para lo bueno
y tantas veces para lo malo). No hay diferencia entre la credulidad que muestra
un niño acerca de un Papá Noel o la que tendrá si un
adulto le asegura cualquier disparate sustentado en la fe. El niño
tiene esa condición "crédula" por necesidad, siendo
su principal nutriente los adultos que le rodean, ya que posteriormente deben
convertirse en personas desarrolladas con capacidad para desenvolverse en
una sociedad basada en el conocimiento. Ese desarrollo del niño, por
supuesto, no se produce de golpe, sino gradualmente. Sin embargo, si bien
la candidez confiada es buena y saludable en un niño, puede llegar
a convertirse en una credulidad enfermiza y reprobable en un adulto. Sin ánimo
de entrar con rigor en el terreno psicológico, es posible que la persistencia
en los adultos de la credulidad esconda un deseo de recuperar las seguridades
y comodidades perdidas en la niñez. Hay que recordar las palabras de
otro gran escritor y divulgador científico, Isaac Asimov: "Inspecciónese
cada una de las muestras de la pseudociencia y se encontrará una manta
de seguridad, un pulgar que chupar, una falda que agarrar".
Lo que en la infancia puede ser virtud, una credulidad necesaria para su desarrollo
y la ulterior autosuficiencia, puede llegar a ser patológico en el
adulto, siendo blanco fácil para toda suerte de charlatanes y pseudociencia.
Tal y como afirma Richard Dawkins, las facultades críticas que debe
tener la persona desarrollada se producen a pesar de esas inclinaciones de
la niñez, no debido a ellas: "Necesitamos sustituir la credulidad
automática de la niñez por el escepticismo constructivo de la
ciencia adulta". Hay que aclarar que los calificativos de "ingenuo"
o "crédulo" no son estrictamente aplicables a los niños.
Son algunos adultos los verdaderamente crédulos, cuando creen cualquier
cosa que oyen o leen, a pesar de que contradiga lo que antes han oído
o leído. Sin embargo, hay otra actitud devastadora originada en la
infancia que se da cuando se combina una credulidad temprana con la actitud
opuesta, el tozudo mantenimiento de una creencia. Si la educación debería
estar dirigida a crear personas libres y responsables, su desvirtuación
controlada conduce a esa nefasta combinación entre credulidad y dogmatismo.
Como decían aquellos viejos jesuitas, los cuales eran plenamente conscientes
de la labor que realizaban: "Dadme al niño durante sus primeros
siete años, y os devolveré al hombre".
MAYO DE 2012
