SECCIONES
Hace un año, el 17 de diciembre de 2010, un joven vendedor ambulante de Sidi Buzid, una pequeña ciudad del centro oeste de Túnez, se inmolaba en público antes de que su mercancía fuera confiscada por la policía, dejándole sin recursos. Inmediatamente, empezó a extenderse por todo Túnez un movimiento popular y espontáneo de protesta, que llevó en menos de un mes, el 14 de enero de 2011, a la caída del presidente Ben Alí, y a su huida junto con los miembros de su clan de mafiosos. Estos acontecimientos desencadenaron entonces por todo el mundo un formidable impulso de entusiasmo y simpatía con el que se identificaron muchos de los que habían desesperado de ver aparecer un movimiento social digno de ese nombre. E inspiraron a otros países árabes, como Egipto, Libia y Siria. No es exagerado decir que ese impulso, si no ha desaparecido, ha decaído de un modo singular.
Elecciones libres ¿y luego?
La victoria del partido islamista Enahda el pasado 23 de octubre, durante
las elecciones para la asamblea constituyente, ha sonado como un fin de fiesta.
No obstante, si examinamos más atentamente los resultados de estas
primeras elecciones, se nos ofrece otra lectura, diferente de la ofrecida
por los medios: no se trata de aceptar la farsa electoral sino de retorcer
el pescuezo a la propaganda mediática sobre una supuesta marea. Los
medios han anunciado cifras de participación récord (¡90
por ciento!), han mostrado largas colas de espera ante los distritos electorales
(en gran parte debidas a la complejidad del voto por lista y a los procedimientos
de control), pero se han abstenido de dar las cifras reales. La campaña
masiva para incitar a los tunecinos a inscribirse en las listas electorales
se saldó con un medio fracaso: 4.200.000 inscritos solamente, hasta
el punto de que la instancia encargada de supervisar las elecciones abrió
estas a toda persona mayor de edad con documento identificativo
Sobre
7.569.000 electores potenciales, ha habido 3.702.627 votantes, o sea una participación
del 48,9 por ciento, o sea un 51,1 por ciento de abstención. La cifra
del 90 por ciento de participación solo tenía en cuenta a los
inscritos en las listas electorales, y no a los autorizados a votar
La activa propaganda para la participación en las elecciones, a la
que se sumaron las mezquitas en las prédicas de los imanes y el sindicato
UGTT (Unión General del Trabajo de Túnez), que prohibió
las huelgas durante la campaña oficial, no ha impedido a los abstencionistas
estar a la cabeza. El apoliticismo, el desinterés, pero también
la desconfianza, pueden explicar esa tasa de abstención en un país
donde las elecciones han estado siempre trucadas. El partido Enahda recibe
el 38,5 por ciento de los votos, que representan el 18,8 por ciento del cuerpo
electoral: como consecuencia del sistema de semiproporcionalidad adoptado
para estas elecciones, el resultado le otorga el 41 por ciento de los escaños
en la asamblea constituyente, o sea 89 escaños de un total de 217.
El 35,1 por ciento de los votos se quedaron en pequeñas listas que
no llegaron al margen para obtener representantes (es la magia del sistema
proporcional y de la dispersión de las listas
). Todas estas cifras
están disponibles en la página de Internet de la instancia de
supervisión de las elecciones tunecinas. Perdón por esta exhibición
tan pesada, pero contribuye a relativizar esa famosa y difusa marea islamista,
¿no os parece? Plantea si sigue siendo necesaria la inanidad del sistema
electoral, y el rasero por el que se distribuyen los certificados de buena
conducta democrática. Pero al final es Enahda el que recupera su posición
decisiva, teniendo como aliados a dos partidos laicos, el Congreso para la
República (CPR), de Moncef Marzuki, y el partido Ettatakol de Mustafa
Ben Jaffar: cito los nombres porque esos partidos están centrados en
sus dirigentes y se confunden con ellos en la mente de muchos tunecinos. A
pesar de todas las reservas de envergadura formuladas aquí, es el rechazo
del sistema antiguo lo que se expresa con el voto, y se considera que los
ganadores no han transigido con el antiguo régimen ni participado en
los antiguos gobiernos. Moncef Markuzi, que hemos de reconocer que tuvo un
actitud ejemplar durante la dictadura (fue uno de los pocos opositores laicos
de izquierda que defendieron a los islamistas encarcelados por Ben Alí),
se convierte en el presidente de la República, con unas prerrogativas
muy reducidas. El puesto del primer ministro, con unas competencias más
amplias que durante el antiguo régimen, corresponde a Hamadi Jebali,
secretario general de Enahda. No obstante, hemos podido ver a lo largo de
este intermedio entre el resultado de las elecciones y el anuncio de la composición
del gobierno, la política de compromiso y de transacciones, los juegos
y las negociaciones opacas, que han ocupado las cabeceras de la escena político-mediática.
La cuestión social, la gran ausente
La cuestión social sigue tan candente como lo estaba hace un año,
o quizás peor todavía, agravada por la crisis, que afecta también
a Túnez, que depende de Europa en una gran parte de su economía.
En la región de Gafsa, las mismas causas producen los mismos efectos,
los obreros y los parados han retomado, a finales de noviembre, su movimiento
de huelga y de bloqueo de la producción de las minas de fosfato. En
las semanas y meses posteriores al 14 de enero de 2011, los movimientos de
huelga han afectado a todos los sectores de la producción, reclamando
siempre aumento de sueldos, mejora de los precarios y contratación
de los parados. Estos movimientos no coordinados, en sus diversas formas,
han logrado a veces contrataciones, especialmente en la función pública,
pero han sido a menudo calificados de contraproducentes por el gobierno y
la dirección nacional de la UGTT, que han hecho todo lo posible por
desacreditarlos, llegando incluso a acusar a los huelguistas de poner en peligro
la revolución. Esta dirección nacional del sindicato está
siempre bien situada aunque muchos de sus miembros han sido objeto de investigaciones
judiciales por hechos comprobados de corrupción. Mientras que las jornadas
insurreccionales de diciembre y enero habían visto nacer en numerosas
ciudades y barrios comités populares revolucionarios, que han organizado
la vida cotidiana en los peores momentos de la represión, los del sindicato
han desaparecido prácticamente. Fueron los comités, todavía
activos en ciertas regiones, los que rechazaron a los nuevos gobernadores
(equivalentes a los delegados del Gobierno) cuando pertenecían al partido
RCD de Ben Alí, o los que han organizado la ayuda a los refugiados
libios. Hoy no hay estructuras políticas y sindicales suficientemente
organizadas e implantadas que puedan llevar a cabo las reivindicaciones sociales
y políticas del pueblo, del mismo modo que ninguna formación
tunecina, ni siquiera las de extrema izquierda, se manifiesta abiertamente
opuesta al sistema capitalista.
Mientras que el movimiento del pasado diciembre y enero sacaba adelante las
aspiraciones sociales y políticas, reclamando de una sola tacada trabajo,
libertad y justicia, sin ninguna referencia religiosa, resulta que el partido
religioso se encuentra a la cabeza de un gobierno salido de un movimiento
al que no tomó como tal. Sin duda es como para inquietar a los partidarios
de la laicidad y la libertad. El fracaso de los partidos laicos es debido
en primer lugar a su división y a su casi ausencia en el terreno en
el que pudo intervenir Enahda a placer, haciendo propaganda de su pasado de
mártir de Ben Alí, con sus 30.000 presos políticos. Pero
también se debe al hecho de que el debate sobre la laicidad y el lugar
que ha de ocupar la religión ha tomado tanta amplitud que los tunecinos
se han confundido: en tiempos de Ben Alí, la represión contra
los religiosos, ni siquiera políticos, era tal que la gente del pueblo
asimiló la laicidad a esa represión. Y la urgencia actual es
social: Enahda lo ha comprendido bien y sobre el terreno ha retomado incansablemente
el discurso social, sobre todo de un modo caritativo y demagógico,
distribuyendo dinero y promesas a los más desprotegidos, mientras que
los partidos llamados de izquierda se destrozaban unos a otros en debates
inaccesibles a la gente del pueblo.
Inorganización y desorganización
El movimiento popular que ha llevado a la caída de Ben Alí fue
espontáneo y sin organizar al principio, aunque rápidamente
los militantes sindicales de las secciones locales del sindicato UGTT apoyaron
las manifestaciones, permitiendo su rápida difusión por todo
el país. Los pocos partidos de la oposición permitidos en tiempos
de Ben Alí no tenían ninguna base popular, y los partidos clandestinos,
como el Partido Comunista Obrero Tunecino (PCOT) apenas tenían seguidores,
excepto en la región de Gafsa, que conoció en 2008 un importante
movimiento de oposición popular.
La huida del dictador y de su clan mafioso ha satisfecho a todo el mundo:
ese ha sido el único momento en que los intereses de la mayoría
de los tunecinos han coincidido, antes de que las diferencias de clase volvieran
al primer plano. Porque desde que el dictador caído se ha marchado,
los barones políticos del régimen han hecho todo lo posible
por mantenerse. El aparato estatal, policial y administrativo, se ha visto
muy perjudicado por los partidarios del antiguo régimen, que en su
mayor parte están interesados sobre todo en conservar sus privilegios,
incluso después de un lavado de cara. Las sólidas redes siguen
siendo eficaces y funcionan a pleno rendimiento: el partido RCD ha sido disuelto
y sus bienes confiscados por el Estado (¡que lleva varias semanas controlado
por gente procedente de ese mismo partido!), pero sus partidarios no se han
volatilizado: se colocan por donde pueden, se infiltran en los partidos llegando
incluso a unirse al partido enemigo de ayer, el Enahda. La clase dominante
está dispuesta a pactar con los islamistas, que no tienen ninguna intención
de cuestionar el orden económico establecido.
El islamismo es soluble en el capitalismo
El programa económico de la gente que está actualmente en el
poder consiste básicamente en volver a poner la economía en
marcha, es decir, en relanzar el aparato de producción y permitir a
los capitalistas que vuelvan a sus negocios. Buscan también créditos
en los países emergentes (India, China) y las ricas petromonarquías
del Golfo, como Catar, que se arroga el padrinazgo de los movimientos islamistas
tunecino y libio: el nuevo ministro tunecino de Asuntos Exteriores es un antiguo
empleado de la cadena internacional de televisión al-Jazira, con base
en Catar
De ahí las declaraciones de después de las elecciones,
tratando de tranquilizar a los mercados sobre las intenciones de los nuevos
dueños de Túnez; y por último, los gobiernos occidentales,
que habían sido poco exigentes con la dictadura, están ahora
dispuestos a dar su apoyo a los que ayer abominaban de ella a poco bien que
lleven los negocios. Como si lo hubieran estado deseando, y que la integración
de Túnez en el mercado mundial continúe sin obstáculos
Identidad y religión
La campaña electoral ha estado dominada en los medios de comunicación
por el debate sobre la identidad musulmana de Túnez, con discusiones
sobre la laicidad, concepto casi desconocido y no comprendido por la mayor
parte de los tunecinos. Los islamistas de Enahda, muy hábilmente, la
han reducido al ateísmo y la han asociado al comportamiento calificado
de antirreligioso del antiguo régimen de Ben Alí. Los denominados
partidos de izquierda han relajado la cuestión social para liarse en
ese debate, ajeno a las preocupaciones inmediatas de la mayoría de
la población. Las manifestaciones de salafistas, integristas extremistas,
entre los que podemos preguntarnos hasta qué punto hay en ellas elementos
policiales infiltrados, opuestos a la liberación de las costumbres
y a la libre expresión de opiniones calificadas por ellos de blasfemas,
han dado a los islamistas "moderados" de Enahda la oportunidad de
presentarse como los mejores bastiones contra las derivas extremistas y como
garantes de un término medio. El discurso oficial de los dirigentes
pretende ser tranquilizador, especialmente en lo relativo al código
del estatuto personal que da a los tunecinos la igualdad de derechos: pero
muchos desconfían de ese doble discurso y temen que la situación
empeore poco a poco hasta el cuestionamiento de esos derechos. Últimamente,
han estallado enfrentamientos entre los elementos salafistas y los partidarios
de la laicidad en las universidades, en torno a la cuestión del velo
integral, el niqab, que los barbudos quieren que se vuelva a permitir en la
facultad. Ante la sede de la asamblea constituyente, durante sus primeras
sesiones, tuvo lugar una concentración de izquierda para presionar
a los diputados: inmediatamente intervinieron los contramanifestantes proislamistas,
llegando al enfrentamiento.
Una revolución por venir
Estos acontecimientos muestran claramente que la situación política
y social actual de Túnez está lejos de ser tranquila. La ausencia
de perspectivas a corto plazo, la decepción vinculada a la cuestión
social no resuelta, la crisis económica: todos esos factores dejan
augurar la continuación del movimiento popular. La cuestión
está en saber qué forma tomará. Los tunecinos se están
organizando y preparando un movimiento anarquista. Sí, son minoritarios,
pero su voz podrá contar en un movimiento más amplio que sólo
está en sus inicios. Porque un logro que hay que reconocer a esta revolución
del 17 de diciembre es el fin del miedo. El pueblo tunecino al menos ha aprendido
a luchar y a expresarse libremente, y a no dar su confianza ciega a los que
pretenden decirles cuál es el paso a seguir. Los gérmenes de
la cólera siguen ahí: paro, precariedad, miseria, desprecio.
La revolución no ha empezado todavía de verdad.