SECCIONES
La noche del 9 al 10 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín cayó.
Se había comenzado a erigir entre el 12 y el 13 de agosto de 1961.
Veinte años más tarde, nos disponemos a conmemorar con gran
pompa este acontecimiento (que más allá del Rin se llama die
Wende, el punto crucial), celebrando en Berlín un "Festival de
la Libertad". Pero podemos apostar que tendrá lugar simultáneamente
y por todas partes un "Festival de la Propaganda".
Dudo que se nos reserve el fin de la historia, del hilarante Francis Fukuyam,
que tanto nos hizo reír en la época: no se atreverían.
Pero cualquier cosa de esta tropa estará ineludiblemente presente en
el discurso, recordándonos que la caída del muro y el fin de
la guerra fría simbolizan el fin del comunismo o del socialismo reales,
y eso a lo que conducen ineludiblemente, y la victoria, sin duda todavía
incompleta e imperfecta, de la democracia liberal al libre mercado.
Para describir la no terminación de la reunificación de su país,
los alemanes evocan a veces lo que llaman el Mauer in Kopf, el muro en la
cabeza. Sobre un tal Mauer in Kopf podremos apoyar la avalancha de propaganda,
que nos servirá y nos expondrá una vez más la doctrina
oficial en lo que concierne al mundo bipolar de la guerra fría, su
terminación y lo que ha implicado para el mundo actual, el de después
de la guerra fría.
La tesis oficial
La tesis oficial, que es una especie de ortodoxia en Historia, en ciencias
política (¡y en periodismo!) sostiene que la guerra fría
ha sido esencialmente una reacción defensiva de los Estados Unidos
y del bloque de Occidente contra un imperio soviético hostil y expansionista:
esta postura reactiva habría sido el factor determinante de la política
exterior americana desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la caída
del Muro de Berlín. Algunos de los promotores de esa tesis oficial,
que no retroceden ante ninguna falsificación, a menudo hacen un punto
crucial de la historia de la guerra fría el discurso pronunciado en
Berlín por Ronald Reagan el 12 de junio de 1987, con su célebre
"¡Señor Gorbachov, derribe ese muro!"
En Estados Unidos, esta tesis oficial está típicamente dirigida
en dos versiones. La primera, más conservadora (o republicana), justifica
plenamente los gastos militares y las intervenciones armadas como respuestas
necesarias a la amenaza soviética. La segunda, más liberal,
reconoce que algunos de estos gastos han podido ser excesivos y algunas de
esas intervenciones desafortunadas, incluso injustificadas, a pesar de la
buena voluntad de los que las han llevado a cabo; no obstante, han sido globalmente
legitimadas.
Cada una de las versiones de la tesis oficial choca sin embargo con un minúsculo
problema, y es que muchos hechos la contradicen: una mirada, aunque sea superficial,
a la política exterior americana desde el final de la Segunda Guerra
Mundial muestra, en efecto, y repetidas veces, que la reacción a una
amenaza soviética no puede ser el factor determinante.
Así es como la explicación de numerosas intervenciones militares
realizadas hasta 1989 exige la actuación de otros factores, entre los
que se encuentra la presencia de recursos naturales (por ejemplo, en Oriente
Medio, donde Estados Unidos interviene antes incluso de que acuda la Unión
Soviética), la voluntad de ir contra los nacionalismos o el acceso
a mercados de materias primas o de mano de obra que por sí solos explican
las políticas seguidas en algunos países, y el apoyo ofrecido
a ciertos regímenes y el rechazo a otros.
Pero la simple lectura de algunos documentos oficiales que definen la política
exterior norteamericana ya sugiere la distancia que separa a los pretextos
invocados de los motivos verdaderos. George Kennan, que es generalmente reconocido
como el padre de esta "política de encauzamiento" o de "represión
política" conducida durante la guerra fría, escribía
así en 1948, en un célebre discurso de política exterior:
"Poseemos alrededor del 50 por ciento de la riqueza del mundo, pero sólo
somos el 6,3 por ciento de la población (
). La tarea que nos
incumbe en lo inmediato es poner en marcha las redes de relaciones que nos
permitan mantener esta disparidad (
). Por eso, no hay que sucumbir al
sentimentalismo o a los votos piadosos, sino seguir concentrados en el logro
de nuestros objetivos nacionales. Debemos dejar de invocar objetivos vagos
e irreales como los derechos del hombre, el aumento del nivel de vida o la
democratización. Se acerca el día en que necesitaremos confrontar
estrictas relaciones de fuerza, ¡y cuanto menos nos impregnemos de proclamas
idealistas, menor nos irá!"
La lucha contra el expansionismo soviético proporcionó para
todo esto un magnífico pretexto, permitiendo por otra parte el fabuloso
despliegue de propaganda al que hemos asistido. ¿Es necesario señalar
que, al decir esto, no estoy apoyando ninguno de los regímenes del
Este*? La crítica de la Unión Soviética está hecha
en los medios anarquistas más informados desde la década de
los veinte y los treinta; y sin duda la reacción de Michael Moore a
su caída es la que mejor resume la de la mayor parte de mis compañeros:
"Imperio del mal: uno se ha ido, otro se tiene que ir".
La posguerra fría y la tesis oficial
Sea como sea, la caída del Muro de Berlín y lo que le ha seguido,
ofrecen a quien lo vea una ocasión soberbia de comprobar de nuevo la
validez de la tesis oficial.
En efecto, si la caída del Muro marca bien, como se ha dicho, el fin
de la guerra fría, y si ésta ha sido el factor determinante
de la política exterior (americana en particular y occidental en general),
debería también señalar una discontinuidad en el despliegue
de esta política y el regreso con fuerza de nuestros grandes ideales
por una temporada amordazados, es decir, los derechos humanos, la democracia,
el liberalismo económico y la preocupación por desarrollar instituciones
internacionales dirigidas a limitar los conflictos armados.
Aquí se contradice plenamente la tesis oficial, visto lo que sucede
desde hace veinte años.
Las relaciones Norte-Sur estaban supuestamente subordinadas a las relaciones
Este-Oeste. Pero nada ha cambiado y las desigualdades persisten y se acrecientan;
los gastos en armas prosiguen e incluso se desarrollan más, al igual
que las guerras y otras intervenciones armadas; la carrera nuclear continúa;
la presencia militar americana permanece fuerte por todo el mundo, mientras
que la OTAN, lejos de estar en decadencia, se refuerza. Total: el unilateralismo
político -pero más económico, hay que reconocerlo- persiste.
En el plano económico, por último, asistimos a un crecimiento
que sólo ha beneficiado a una minoría y que va acompañado
de congelación de los salarios y de los ingresos reales para la mayoría
de la población, de una regresión de los servicios públicos,
de una progresión de las desigualdades entre los países del
Norte y los del Sur, sin olvidar esas dementes burbujas especulativas e inmobiliarias
que acaban de explotar, de las que el público debe pagar los daños,
reembolsándoselos a los mismos que los han causado.
Los nuevos pretextos invocados a partir de ahora son bien conocidos y, de
nuevo, desde el momento en que se abaten algunos muros en nuestras cabezas,
no es difícil arrancarles la careta: la seguridad, la guerra contra
el terrorismo, el humanismo militar, el deber de intervención.
Todo esto invita a concluir que conviene matizar con fuerza el discurso oficial
que ve en la guerra fría un episodio histórico singular -porque
la guerra ha sido esencialmente la persecución de políticas
antiguas bajo nuevos pretextos- y en su fin un acontecimiento que lo ha transformado
todo, porque como mucho ha significado que ha sido necesario encontrar nuevos
pretextos para justificar la persecución de las mismas políticas
al servicio de los mismos fines.
Y todos los demás muros
Lo constatamos con sorpresa: como suele suceder, la lectura que hacen del
pasado las instituciones dominantes, lejos de ser neutra y desinteresada,
tiende por el contrario a reforzar sus intereses. Y por eso precisamente hay
que poner atención en el hecho de que lo que se oculta es por lo menos
igual de esclarecedor que lo que se pone en evidencia.
Así, en este momento, con el muro derribado, del que tanto se nos habla,
se nos ocultan los otros muchos que se erigen.
En primer lugar, son muros invisibles los que hacen que todos estos años
de pretendida liberalización, de globalización, no hayan sido
al final más que los de la circulación de las mercancías,
y no de las personas.
Son muros muy reales, no obstante, y no sólo pienso en los que construye
Israel. Ya se le juzgará.
El programa de "relanzamiento económico" americano persigue
la construcción de un muro virtual entre Estados Unidos y México,
a pesar de los fallos tecnológicos del ensayo de los 42 kilómetros
ya construidos en Arizona, donde se han consumido ya más de seiscientos
millones de dólares (sobre un total previsto de seis mil setecientos
millones de dólares para llevar a cabo el proyecto). Conforme a la
lectura no convencional de la guerra fría y de sus consecuencias que
presentamos aquí, los principales beneficiarios de esos trabajos son
hoy las mismas empresas y el mismo complejo militar-industrial que se beneficiaban
ayer de los presupuestos de armamento: en el caso del muro virtual entre Estados
Unidos y México, el feliz receptor de la "ayuda gubernamental"
se llama Boeing.
Las empresas europeas no están tampoco al margen con todo el trabajo
que se les proporciona desde hoy, y que se les procurará mañana
con la construcción de la "fortaleza europea" destinada a
volver a cerrar el "espacio Schengen". Los países deseosos
de penetrar son también grandes clientes potenciales, como Rumanía,
que acaba de firmar un contrato de seiscientos setenta millones de dólares
para hacer más seguros los casi trescientos kilómetros de sus
fronteras.
Por otra parte, además, el mercado de la construcción de muros
(y más generalmente, de "seguridad") está en plena
expansión: Arabia Saudí acaba de firmar con EADS (es decir,
European Aeronautic Defence and Space Company que, es más o menos el
equivalente europeo de Boeing) un contrato de seguridad para sus fronteras
de tres mil millones de dólares; Qatar ha hecho lo mismo por trescientos
sesenta millones de dólares.
Ahora bien, Estados Unidos y Europa no son los únicos participantes
de este lucrativo mercado: la experiencia adquirida en la construcción
de muros y de seguridad para los territorios por parte de cuatrocientas cincuenta
empresas israelíes que trabajan en ello se va ampliando cada vez más.
Como concluye Julien Saada, a quien debo algunos de los datos que he ofrecido:
"Bajo el efecto de estas llamadas de ofertas internacionales y ante la
emergencia de un verdadero mercado de la seguridad fronteriza, numerosas empresas
privadas, en particular los grupos industriales de defensa, se han reconvertido
mediante la explotación de un nuevo sector económico. Hay que
decir que el reclamo es real. En efecto, según la Homeland Security
Research Corporation, el conjunto del mercado debería alcanzar los
ciento setenta y ocho mil millones de dólares de aquí a 2015.
Y ese gabinete de expertos establecido en Washington deja entrever que esas
cifras podrían dispararse y superar los setecientos mil millones de
dólares, en caso de algún ataque mayor en suelo americano, europeo
o japonés".
Pero los muros peores de todos son probablemente lo que se construyen con
el cinismo, la falta de perspectiva y la desesperación que pueblan
nuestras cabezas.
Cada uno de esos muros puede ser derribado y sólo depende de nosotros
que así sea.
* William Blum aporta este sabroso proverbio, que inspirará la caída del Muro a los alemanes del Este: "Todo lo que nos decían los comunistas sobre el comunismo era falso; pero todo lo que nos decían sobre el capitalismo era verdad".
