SECCIONES
La acusación de utopismo se lanza con tanta precipitación a
los anarquistas que yo imaginaría que cualquiera que lea estas líneas
ya ha tenido esa discusión en la que trata de demostrar, invocando
claramente hechos históricos, análisis conceptuales y argumentos
varios, lo plausible de nuestros ideales.
Por mi parte, ya lo he explicado muchas veces, he llegado a pensar que la
construcción de modelos viables incorporando nuestros valores era una
actividad útil e importante, a la que es bueno que los anarquistas
dediquen su tiempo. Esa es la razón por la que me he esforzado en dar
a conocer la economía participalista de Michaël Albert.
Con este planteamiento es como querría presentar aquí las ideas
que ya avanzó Stephen R. Shalom y que me parece que abren vías
prometedoras sobre la cuestión de la política y la toma de decisiones
colectivas. Su naturaleza es, creo, alimentar las reflexiones y las discusiones
a propósito de una eventual política libertaria.
Adelanto, de entrada, que prefiero ofrecer un enfoque algo impresionista a
un planteamiento preciso y exhaustivo del tema, que sería imposible
desarrollar en estas páginas, y que, sin duda, dará al menos
una idea relativamente justa de los problemas, reales e importantes, concretos
y particulares, que se proponen.
Pongamos un grupo de personas que viven juntas. Deberán tomar decisiones
que les atañen constantemente. Una de las funciones esenciales de la
vida política reside en las cuestiones sobre las que habrá que
inclinarse, precisar las maneras que permitan llegar a decisiones y contribuir
a su realización.
Esto se puede lograr de diferentes maneras y en el respeto (o el no respeto)
de ciertos valores. El problema de Shalom es justamente imaginar instituciones
políticas que permitan la toma de decisiones de acuerdo con ciertos
valores. Antes de decir qué valores defiende exactamente y qué
instituciones preconiza, veamos un poco los modelos que rechaza y por qué.
El leninismo
Una primera manera de actuar podría ser acudir a una élite que
sabe lo que es bueno para cada uno, y que bien podría no corresponderse
con los deseos de los interesados. Esta élite decidiría, por
tanto, en nombre de todos, y sus decisiones serían inapelables.
Los filósofos reyes de Platón son un ejemplo de esta manera
de plantearse la política. El Partido, en una visión leninista
de la política, es otro ejemplo.
Sin embargo, si todo el mundo reconoce sin problemas que el saber, la información
y la comprensión son deseables, incluso esenciales en la toma de sanas
decisiones, este modelo nos hiere, sobre todo por su antidemocratismo, y porque
usurpa la conciencia que tienen las personas de lo que quieren, que evoluciona
con el tiempo. Intentemos, pues, otra cosa.
La democracia representativa
Otra opción sería que nuestras personas hipotéticas designaran
(por voto o de otro modo) a representantes que decidieran por ellas. Con nuestras
elecciones tenemos un modelo similar. Pero también tiene inmensos defectos,
bien conocidos, especialmente entre los anarquistas.
En primer lugar, este modelo alienta la delegación más que la
participación: se tiende a plantearse la política desde una
perspectiva instrumental, olvidando que la participación en el proceso
político transforma a los participantes. En una democracia representativa
aplicada a una población amplia, una gran parte de ésta sólo
participa un poco o nada en el proceso político, excepto para acudir
periódicamente a votar; en cuanto a los que participan activamente,
son transformados de modo efectivo por esa participación. Pero ¿de
qué modo?
Lo sabemos bien: los representantes tenderán a mentir, a divagar, a
ocultar sus verdaderas intenciones para ser elegidos, y todo el debate y todas
las discusiones políticas se corrompen. Después, una vez elegidos,
los representantes se alejan, en todos los sentidos del término, de
quienes los han elegido (si es que alguna vez han estado cerca). Al cabo de
cierto número de años, este alejamiento se cristaliza (en partidos
políticos sobre todo) y los efectos conjugados de todos esos defectos
tenderán a producir algo que se parece a los peores aspectos de la
vida pública que conocemos en nuestras democracias liberales.
Posibles correctivos
Para paliar esos graves defectos, quienes consideran que la democracia representativa
sigue siendo el mejor modelo posible han sugerido incorporar correctivos.
Se podría, por ejemplo, dicen, forzar (mediante algún mecanismo
que os podéis imaginar) a los representantes a vincularse a sus electores
mediante sus promesas electorales. ¿Atractivo? No, y para estar de
acuerdo, considerad lo que viene a continuación.
Según este escenario, si X ha prometido Z para ser elegido, deberá
realizar Z una vez elegido. Recordemos la frase "vincularse mediante
sus promesas" de la democracia representativa. El problema del caso es
doble.
En primer lugar, y esto es grave, la vida política es por esencia deliberativa,
y con nuestro nuevo modelo, la deliberación resultará inútil.
Se elige a la gente por sus promesas, y ellos aplican sus promesas: punto
final. Entonces, y eso podría ser peor, la vida política es
y debe ser adaptativa y, por tanto, permitirnos hacer frente a los numerosos
y constantes cambios que caracterizan a la vida en común: pero con
una democracia representativa ligada a sus promesas no se puede. Por ejemplo,
si las condiciones que hacían Z deseable ya no existen y eso ya no
es deseable, X deberá a pesar de todo realizar Z. Eso es absurdo y
puede no convenirnos.
Una solución a este problema sería elegir a nuestros representantes
por un mandato y proceder a continuación al sondeo. Pero, en este caso
las discusiones entre los elegidos serán inútiles, y los elegidos
superfluos.
¿Buscamos otra cosa? Muchos piensan que la solución está
en la democracia, pero no representativa sino directa. Veamos.
La democracia directa
En una democracia directa son las personas la que deciden, no sus representantes.
Se podría imaginar, por ejemplo, que con la ayuda de nuestros ordenadores
personales tuviéramos referendums sobre todas las cuestiones. Eso tendría
el mérito de incitarnos a informarnos y hacer valer nuestra voz.
Pero ¡qué de tiempo habría que dedicarle!
¿Y cómo informarse seriamente de todas las cuestiones que se
van a plantear? Peor aún: el proceso no es deliberativo. Con este sistema
se puede sin duda decir: "Voto sí (o no)", pero no: "Me
gusta este aspecto o ese otro de la propuesta" o "Quisiera matizar
esa formulación". Esos defectos serán más agudos
que el modo de tratar de polarizar de modo justo las posturas.
Convencidos de que estos problemas residen en el hecho de querer aplicar la
democracia directa a una población amplia puesto que solo es posible
a pequeña escala, algunos proponen que el marco deseado y obligatorio
de la vida política sean pequeñas comunidades autónomas.
En ellas, y sólo en ellas, según su opinión, es posible
la democracia directa, cara a cara.
El defecto irremediable de esta propuesta es que los problemas son (y lo serán
cada vez más) regionales, nacionales e incluso globales, de modo que
sus soluciones no pueden decidirse exclusivamente a nivel local. Además,
esas pequeñas comunidades se ven privadas de las preciosas y vitales
economías a escala: ¿debería tener cada una de ellas
su hospital de tecnología punta, su universidad, y demás?
Se dirá entonces que tendrán que cooperar. Pero ¿cómo
y por qué mecanismos tomarán sus decisiones? ¿Y cómo
se relacionarán unas con otras conservando su autonomía legítima
(y cuál)?
Llegado a este estadio en su reflexión, Shalom adelanta la que cree
la solución más prometedora, procedente de la tradición
anarquistas, consistente en conservar la idea de los consejos geográficamente
definidos. Defiende esta idea porque le parece que incorpora los valores que
las instituciones políticas deberían incorporar: la libertad,
la justicia, la participación, la solidaridad, la tolerancia. Paso
por alto el detalle de las argumentaciones que le conducen a conservar esos
valores y a concluir que los consejos permitirán que se mantengan,
para centrarme directamente en los aspectos más concretos de su funcionamiento.
Los consejos
Un consejo es una agrupación de personas con el número suficiente
de miembros para que pueda haber variedad de puntos de vista, pero lo suficientemente
pequeño para que cada uno pueda participar activamente en las discusiones,
que se desarrollarán cara a cara. Podemos imaginar que un consejo está
compuesto de, digamos, veinte a cincuenta personas. Este consejo toma él
solo las decisiones que afectan a los miembros del consejo y a ellos mismos.
Para el resto de las decisiones, cada consejo envía un delegado a un
consejo de un nivel más elevado, y ese delegado lleva el fruto de las
deliberaciones del nivel inferior al nivel superior, donde se tomará
la decisión. El consejo puede a su vez enviar a un delegado a otro
consejo, según el número de personas que se vean afectadas por
la decisión a tomar.
Observad que si se fija en cuarenta el número medio de miembros de
un consejo, basta con siete niveles para implicar a unos cuarenta millones
de personas en una decisión que afectaría a todas. Podemos imaginar
un sistema de rotación para determinar quién será el
delegado y plantear que se instituya un sistema de recordatorio que asegure
que el delegado haga correctamente su trabajo.
Pero, a este propósito hay que insistir en el hecho de que el delegado
no es una simple correa de transmisión de la voluntad del consejo del
que proviene. El consejo donde va a actuar es en sí mismo una estructura
deliberativa, y si se descubre que una decisión sobre determinado tema
sigue siendo controvertida, el asunto desciende al escalón inferior.
Pues bien, ¿cómo se tomarán las decisiones?
Shalom plantea que el consenso es un ideal, un ideal que puede aspirar a alcanzar
a los pequeños grupos, como son los consejos. No obstante, en el caso
de que esto no sea posible, y puesto que es preciso tomar decisiones, se utilizará
la mayoría. Hay algo de acertado -que no se puede despreciar- en la
graciosa observación de Clement Attlee, que afirmaba que "si la
democracia es un modo de gobierno fundado en la discusión, sólo
es eficaz si se logra evitar que la gente hable".
Pero Shalom recuerda también ese hecho crucial que se da entre las
personas con desacuerdos reales, profundos y a veces apasionados. En ciertos
casos, es la mayoría la que tiene tales convicciones; en otros, la
minoría. Esto plantea serios problemas a todo proceso político,
y en particular el de asegurar que la mayoría no podrá tiranizar
a la minoría (un caso tipo sería el del que un 55 por ciento
de la población decidiera reducir a la esclavitud al 45 por ciento
restante
).
Por tanto, para asegurar esta protección, hay que añadir a nuestros
consejos una constitución, que necesita de prohibiciones. Pero se presentarán
dificultades inesperadas, complejas. Para aquellos, hará falta una
instancia decisoria. Actualmente, se trata del Tribunal Supremo. Shalom propone
una institución similar, pero cuyos miembros, por las razones evocadas
anteriormente contra las elecciones, no fueran elegidos. Pero tampoco serían
vitalicios, porque eso los convertiría en una oligarquía corporativista
que defendería típicamente los intereses de una minoría
favorecida a la que pertenecen. ¿Entonces? Deberían ser elegidos
al azar, como los jurados, y en un número suficiente para constituir
una buena muestra de la población. Serían nombrados por un periodo
determinado -digamos dos años- y constituirían un cuerpo deliberativo.
Advirtamos que Shalom presupone durante todo su razonamientos que lo que nos
adelanta es lo mejor en el seno de una sociedad que, en el plano económico,
funciona según las instituciones a su vez respetuosas de los valores
promovidos. Si se trata de la economía participalista desarrollada
por su amigo Michaël Albert, eso significa claramente que todo el mundo
comparte de modo equitativo tanto los esfuerzos y los sacrificios dedicados
a la producción como los beneficios del consumo. Nadie en particular
ocupa un empleo más valioso que otro, y todos deben cumplir una serie
de tareas equilibrada por su combinación de aspectos deseables y menos
deseables.
En defensa de su modelo, Shalom hace valer estudios de psicología social
que muestran algo interesante y pertinente. Si tomamos, por ejemplo, una cincuentena
de personas que tras un sondeo han manifestado puntos de vista conservadores
sobre temas como el aborto o la pena de muerte, y se les permite un tiempo
para informarse y discutir, frente a frente, entre ellos y con gentes de posturas
diferentes, resultará que acabarán adoptando posturas más
progresistas y racionales.
De la importancia de los modelos
Si sigue siendo perfectible, incluso aunque la compatibilidad de esas ideas
con los ideales libertarios esté por discutir o aunque lo que se propone
deba superar una prueba práctica, un trabajo como este me resulta no
sólo interesante desde el punto de vista de las ideas, sino también
igualmente importante desde el punto de vista de la acción militante.
Ello se debe a varias razones, en particular las que siguen a continuación.
En primer lugar, este trabajo nos evita hundirnos en el desesperante fatalismo
del "no hay alternativa", y nos permite tener algo que responder
a quienes vacilan a la hora de militar porque dudan. Además, contribuye
a dar sentido, esperanza y orientación a la acción militante.
Por último, nos recuerda ese hecho inevitable según el cual,
una vez vencida la economía capitalista, quedarán un montón
de problemas para resolver, incluido el de crear unas instituciones políticas
sanas.
