SECCIONES

Golpe a golpe, las ilusiones creadas en Anápolis se están
disolviendo entre la explosión de las bombas y el silbido de los
proyectiles, anegadas en un mar de sangre del que no se ven las orillas,
de-masiado grandes las contradicciones sobre el terreno, insoportables las
injus-ticias y las violencias cotidianas.
Fue facil profeta Judah Magnes, presidente de la Universidad Hebrea de Jerusalén,
que tras la fundación de Israel en 1948 puso en guardia al movimiento
nacionalista: "Un Estado judío significa, por definición,
que los judíos gobiernan a otra gente que habita en este Estado",
dando por descontado que esta impo-sición no podría ser aceptada
tranqui-lamente. Y reforzaba su opinión citando
a otro pensador judío, Jabotinsky, "¿Se ha visto alguna
vez un pueblo que ofrezca su propio territorio por voluntad propia? Así
los árabes palestinos no renunciarán a su soberanía sin
violencia".
Y de esta manera, de 1948 a hoy, como continuación de la creación
del Estado judío, el área comprendida entre el Mediterráneo
y el Jordán ha sido escenario de numerosas guerras, que han dejado
sus trágicas consecuencias en toda el área circundante, convirtiéndose
de hecho en uno de los principales puntos de conflicto mundial, no obstante
el limitado número de sus habitantes -11 millones entre árabes
y judíos- las reducidas dimensiones del territorio -similar a la provincia
de Cáceres- y los escasos recursos naturales. El hecho es que en su
desarrollo histórico a partir de la disgregación del Imperio
Otomano, tal territorio se ha convertido en un baluarte fundamental en la
política de conquista colonial del área. Bien notoria es la
responsabilidad del Estado británico por haber favorecido el desarrollo
de una mezcla tan explosiva como los trágicos sucesos del exterminio
hebreo por parte nazi y el afirmarse de un nacionalismo, extremista y agresivo
como todos los nacionalismos, entre los judíos, que ha llegado después
a una maduración dramática.
De hecho, desde 1948 dos pueblos se enfrentan sobre el mismo territorio, uno,
el judío, para afirmar su propio Estado; otro, el árabe, para
defender su propio espacio vital. En este enfrentamiento, tienen un juego
fácil las potencias imperialistas mundiales y regionales que utilizan
las aspiraciones de los pueblos para afirmar los propios intereses estratégicos
en un área, como esa de Oriente Medio, rica en recursos energéticos.
Sesenta años de guerras y conflictos que han hecho aumentar el porcentaje
del territorio destinado por la ONU a Israel del 56 por 100 en 1947 al 77
por 100 en 1948 y más con la ocupación de Gaza y Cisjordania
tras el conflicto de 1967; con la consiguiente expulsión de masas enormes
de árabes de su territorio, la creación de campos de refugiados
en los países circundantes y las acciones de estos países de
acogida, como Jordania o Libano, cuyos gobiernos han sido responsables sucesivamente
de masacres de palestinos con el fin de contener la acción desestabilizante
que éstos suponían para sus regímenes.
Después de 60 años la situación no ha cambiado sustancialmente
y estamos siempre contando muertos, niños asesinados por las bombas
de la aviación israelí, estudiantes abatidos por los proyectiles
de los combatientes de alguna de las formaciones palestinas, casas destruidas
por las excavadoras de Tel Aviv, cantidad de tierra árabe confiscada,
y así sucesivamente. Una contabilidad insoportable de la que no se
ve el final, como no se ve el final de la política de marginación
y de apartheid practicada por el gobierno israelí contra los ciudadanos
árabes, ni de la explotación intensiva de la mano de obra palestina,
ni de los asentamientos en los territorios ocupados.
Lo que es cierto es que la capacidad de resistencia demostrada por los árabes
de Palestina ha ido más allá de cualquier previsión inicial,
tanto de los estrategas de la ONU en 1947 como del movimiento extremista sionista
que, desde sus albores a finales del siglo XIX, pensaba construir su propio
Estado comprando las tierras de los latifundistas árabes para poblarlas
con los exiliados europeos de las persecuciones antisemitas.
Una resistencia popular que coloca a los dirigentes del Estado israelí
ante un problema que se está convirtiendo en irresoluble: cómo
garantizar y reforzar el carácter originario del Estado y a la vez
mantener el control de los territorios palestinos ocupados en 1967. El crecimiento
demográfico de la población árabe en el territorio comprendido
entre el Mediterráneo y el río Jordán tiene una tasa
de natalidad superior a la hebrea, que en breve será superada. Si se
excluye, como hacen los dirigentes de Tel Aviv para no renegar del fundamento
sionista del origen de la fundación de Israel, la hipótesis
de un Estado binacional donde los dos componentes tengan los mismos deberes
y los mismos derechos, no queda otra solución para ellos que la de
apremiar a los árabes para "convencerles" de que se encierren
en espacios angostos restringidos por el muro en construcción o irse
a crear su Estado al otro lado del Jordán, como querrían los
halcones ultranacionalistas que identifican al reino de Jordania como el "lugar"
de los palestinos. Para hacer esto deberán convencer a los jordanos,
que han dado prueba de gran solidaridad tanto con los exiliados de Palestina
como con los de Iraq, pero que han pagado un precio demasiado alto en términos
de crisis económica y de desempleo como para aceptar otro éxodo
bíblico de Cisjordania. Es evidente para todos que éstas no
son soluciones sino posteriores elementos de envilecimiento de una política
colonial y opresiva, que continúa siendo sostenida en el plano internacional
por EE UU.
La imposibilidad de encontrar soluciones espolea a los dirigentes israelíes
a continuar oscilando, con aceleraciones bélicas, acuerdos teatrales
y politiquerías diseñadas como la de favorecer el nacimiento
de corrientes integristas radicales en la sociedad árabe palestina
con objeto de disgregar la OLP de Arafat. El contexto está cambiando:
el nacionalismo sionista ya no cuenta con la determinación de sus inicios,
el ejército está dando señales de cansancio (es significativo
su comportamiento en el reciente conflicto con Hezbollah), crece el movimiento
de refuznik (es decir, de desertores), nacen y se desarrollan grupos y movimientos
de lucha contra la política de opresión y de guerra de los gobernantes,
como "Anarquistas contra el Muro" y "Gush shalom", y otros
que piden el reconocimiento de Hamás como interlocutor político
para un tratado real.
Por otro lado el panorama político palestino no se muestra a la altura
de la generosidad y de la capacidad de lucha y de resistencia de la población.
Los conflictos armados entre las distintas formaciones, la lucha por el poder,
la falta de respeto por los resultados electorales, la corrupción desaforada,
son sólo algunos de los aspectos de una debilidad de fondo gracias
a la que las dificultades por parte israelí no explotan y consienten
el mantenimiento de un dramático estatus cuyas consecuencias pagan,
cierto que en forma profundamente diferente, ambas poblaciones.
Y mientras tanto el horror no tiene fin. Y no hace falta buscar estadísticas
para entender cuál de las partes está pagando el precio más
alto en términos de luto y sufrimiento.
La superación del estado de guerra que desangra esta región
se podrá conseguir con la aniquilación de una de las partes
-y se puede imaginar finalmente cuál, vista la relación de fuerza
y la potencia militar israelí- o con la destrucción definitiva
de las barreras artificiales (étnicas, políticas y religiosas)
impuestas a los pueblos, para la construcción de de una sociedad más
justa y humana. Objetivo que parece imposible, pero que es absolutamente necesario
si de verdad se quiere impedir que siga corriendo la sangre.
La existencia de colectivos conjuntos de palestinos e israelíes que
se oponen a la construcción del Muro, que apoyan a los desertores israelíes
al servicio militar, que se movilizan contra el militarismo, prueban una vez
más que lo que puede unir, con la solidaridad y la lucha, es más
fuerte que lo que divide, con la certeza de que la propuesta del federalismo
libertario, fundamentalmente igualitario, es la que mejor se adapta a regiones
como esta de Oriente Medio, constituida por un mosaico de pueblos y de culturas,
con su práctica de libre asociación sobre bases igualitarias
entre individuos y grupos sociales.
El reparto de las riquezas y la autogestión generalizada son los pasos
imprescindibles para dar fuerza a la propuesta federalista en un territorio
en que riqueza y miseria se entrecruzan, donde el tema de la distribución
del agua, del petróleo y de las tierras fértiles, reviste una
importancia fundamental.
La propuesta de un nuevo Estado palestino, entre otras cosa con dimensiones
reducidas y repartido como las manchas en la piel del leopardo, si aparentemente
parece un paso adelante en la liberación de un pueblo oprimido y explotado,
en realidad es una nueva jaula que reforzará los sentimientos nacionalistas
haciendo perder el conocimiento de los intereses de clase y la importancia
de la lucha social contra los dominadores y los explotadores de todo tipo
y de toda etnia. No existe liberación económica y social del
proletariado fuera de su autoorganización en clase social, y su cristalización
en las comunidades nacionales interclasistas es la tumba de todo proyecto
de revolución social. Pero para hacer creíble este planteamiento
es necesario movilizarse para detener la situación intolerable en la
que se encuentran los trabajadores, las mujeres, los hombres, los niños
en Palestina, para que se silencien las armas, cese el régimen de ocupación
militar israelí, de opresión y marginación de la población
árabe, denunciando a la vez los regüeldos antisemitas de quienes
pescan en el mar del negacionismo, aumentando una ignorancia difusa sobre
el mundo hebreo, que es un sistema complejo de individuos, de valores y de
pensamientos, al lado de todos los sistemas que fundamentan sus raíces
en el cuerpo mismo de la humanidad, como el cristianismo o el islam, para
permanecer en el campo de las religiones; o como la Ilustración o el
mismo materialismo, en lo que se refiere al pensamiento laico y libertario.