SECCIONES

-Boicot (Boycott) es la palabra más bonita de la lengua francesa.
-Pero es inglés, o en todo caso el origen es inglés, ¿no?
-Es inglés, sí. Pero no de origen.
-No entiendo.
-Es inglés, más bien irlandés (no hay que olvidar,
es un deber de la memoria, las masacres de irlandeses por los ingleses)
porque fue tomada de Charles Cunningham Boycott, rico propietario terrateniente
del condado de Mayo, en Irlanda, que se arruinó porque sus granjeros
se negaron a pagar los alquileres en la época de la gran hambruna.
Fue en 1879. C.H. Boycott perdió todos sus bienes, pero dejó
su nombre como herencia. ¡Qué astutos son los ricos: incluso
arruinados consiguen hacer fructificar el capital del nombre tomado prestado
y escrito sin mayúscula!
Boicot, nacimiento de la humanidad
-Vale, el boycott nace, de acuerdo, pero también es cuestión
de herencia: lo vemos más bien como un hijo del hambre y de la miseria.
-Pero sobre todo es un nacimiento sin cesar, un renacimiento, si se considera
el boicot como hijo de la penuria y alumbramiento del progreso de la humanidad.
Porque ¿qué es el boicot? Abstenerse de cumplir el gesto o la
actividad que se espera de nosotros -trabajar, practicar, producir, vender,
comprar, consumir etc.- es decir, simplemente decir "no". Ahora
bien, es justo pensar que el hombre se ha puesto a existir desde el momento
en que ha comenzado -elaboración de la conciencia, afirmación
de la interioridad por la negación- a decir "no" frente a
tal o cual aspecto de la realidad que le intrigaba, le amenazaba y le negaba
(la psicología infantil va en ese sentido: el niño toma conciencia
de su persona cuando empieza a responder "no" -"respuesta no"
según el psicólogo René Spitz- a las presiones y demandas
del medio). Para tomar al hombre en todas sus facetas, hay que duplicar el
cogito cartesiano (pienso, luego existo), intuición fuerte pero evolucionada
y tardía: no pienso X, luego existo (lo que hace que el hombre exista,
también porque sabe que no sabe, permanece en suspenso ante el asombro
y la duda: actitud libertaria).
-Además, de esos aspectos de la realidad que colocamos "en el
origen" no se sabe apenas nada.
-Podemos imaginarlo. Veamos al hombre (ecce homo) detenido (frente a los excesos,
que lo exceden), y su no pensar en estos términos: no, no comeré
la fruta (el primer boicot vendría "de hecho" de dios: ¡no
toques la manzana! Lo pagamos, siempre a un precio elevado, cuando el boicot
está dictado por la ley del más fuerte), no, no cazaré
ni mataré ni consumiré ese animal (totemismo, que perdura: cientos
de millones de indios, como los que vivieron la saga gandhiana del boicot
de productos ingleses y recurrieron a la rueca, muriéndose de hambre
al lado de las vacas), no, no me acostaré con una de esas mujeres (tabú
de exogamia, y de clanes enteros de antepasados se ponen en marcha, cabeza
mítica y pies migrantes, en busca de la otra mujer). Imaginemos incluso
qué boicot aplicaría el adolescente del Neolítico para
reducir o anular la tutela castradora de los adultos y empezar a "vivir
su vida" (ritos del paso). ¿Y qué decir de las mujeres,
sometidas a los ritmos biológicos, obligadas a contener, con la única
fuerza del "no" asumido por todas, los asaltos físicos y
sexuales de los machos?
-Te veo venir: un esfuerzo más, y llegamos a la "guerra de sexos"
que cuenta Aristófanes en Lisístrata: las mujeres, hartas de
ver morir a sus hombres en la guerra, hacen un frente común y, prostitutas
incluidas (que coño, esas eran las "verdaderas" mujeres,
era su pan al fin y al cabo) rechazan hacer el amor, y se llevan el turrón,
es decir, ganan la paz. ¿Por qué no han vuelto a utilizar ese
formidable filón en lugar de jugar a las doncellas, las Madelon o Marianne
y el reposo del guerrero? ¡Pobre del hombre, al que la mujer sólo
se le enfrenta poniéndose a sus pies!
-Hace 2.500 años, pero se podría recuperar la cosa para el futuro.
Cuando el planeta, convertido en una especie de henaurme Jabba the Hutt (de
La guerra de las galaxias, el obeso organismo ontológicamente modificado),
consiga hacerse invivible, arruinado por la multitud de voraces propietarios
literalmente innatos, las mujeres, siempre ellas, llegarán, quizás,
vientre a tierra, a entenderse para boicotear la fecundación y, de
esta manera rápida, radical, dulce y eutanásica, evitar a los
"niños del futuro" (Reich), inocentes recién nacidos,
que conozcan los infiernos y horrores de un apocalispsis anunciado desde hace
tantísimo tiempo.
¡Origen no!
-¡Qué triple salto, oh antepasados, para volver tan rápido
al fin de la humanidad!Y eso esperando volver al origen, porque has dicho
"origen, no" ¿verdad?
-Sí, eso ha sido para replicar a tu observación sobre "origen
inglés" del boicot, palabra inglesa. Por qué decir "origen"
si esa palabra arrastra consigo, o más bien lleva delante, de tapadillo,
resabios amenazantes, explotados por toda clase de farsantes que se revuelcan,
como el lerdo (perdón, quise decir cerdo) en su cochiquera. "Origen"
puede ser útil. Como lo es en nuestra obsesión por preguntarnos,
al tratar del boicot, a qué deporte se refieren. Acudamos al sutil
pensador español Ortega y Gasset, que supo hablar tan bien de las revoluciones
del amor y de las masas, y que nos interesó con su Origen deportivo
del Estado: al principio bandas de gamberros, granujas, pendencieros, hooligans,
deportistas, ocupan un territorio y, más rápidos, más
fuertes y más altivos que los demás, imponen su poder en una
organización en forma de ciudad, embrión del Estado (es la historia
de la banda de Rómulo y Remo generando Roma en el crimen).
-De un nuevo triple salto caemos esta vez sobre nuestros atléticos
crampones. Bueno, el deporte se rehace en vista del boicot previsto, pero
¿qué hacemos con ese "origen no" en el que "se
origina" , por seguir a Lacan, nuestra declaración?
-Deporte, boicot y origen, es "justamente" el triple salto en la
misma línea. Cuando, describiendo a tus congéneres, sales de
tu lugar "de origen", se pone en marcha un extraño resorte,
se tiene el sentimiento de una mala exudación, sobre todo entre las
mentes retorcidas que no tienen otra cosa mejor que llevarse al diente cariado.
"Origen" libra de golpe un juicio con olor a prejuicio, implícito
o no, una gama de estereotipos de feas resonancias funestas. Vemos algunas
expresiones corrientes como "origen húngaro", que se oye
tanto en estos días, porque "Hungría" alude vagamente
a Centroeuropa y aristocracia; "origen africano" u "origen
magrebí" nos hace oler a chamusquina, a chabolas y calles de mala
fama; "origen rumano" no es un buen comienzo para un registro judicial
y anuncia el reencuentro manu militari del país natal; "origen
judío" es la expresión más cargada de contenido,
pues hasta hace poco aludía a la salida para el último viaje,
encendía las hogueras y los hornos crematorios, y las habitaciones
con gas. He aquí por qué, salvo en su uso "científico"
rigurosamente fundado y claramente circunscrito, "origen" sigue
siendo una palabra de contenido hueco, que se reviste de pedantería
e hipocresía, algo problemático y molesto (el origen como cloaca
de la que surge el otro). A lo que oponemos el "no" y el boicot.
-El boicot es quizás también una manera de ocultarse ¿no?
Me viene a la memoria el trabajo de dos psicoanalistas analizando Origen del
fantasma, fantasma de los orígenes. Dieron en el clavo ¿hay
que boicotearlos?
-No, porque establecen tal contaminación entre el "origen"
y el "fantasma" que, si bien es posible, por hipótesis, decir
de un fantasma que es originario (¿no lo serían todos?), parece
más apropiado y más interesante decir del origen que es fantasmal;
es una sólida pista analítica. Pero la inversión sintáctica
de los términos, según una retórica a la moda, subraya
el aspecto tautológico del análisis, y tenemos la sensación
de entrar en un círculo vicioso, origen y fantasma mordiéndose
la cola.
Boicot y ascesis del lenguaje
-De todos modos, boicotear una palabra no es ir muy lejos.
-Desengáñate: desde el momento en que salta a la malla una palabra,
es todo un tejido verbal el que salta. Así, más allá
del boicot puntual por el uso abusivo y fraudulento de la palabra "origen",
se abre la perspectiva de un boicot generalizado, alimentado de una práctica
crítica a la que nadie debería sustraerse. Hay que utilizar
el boicot en el uso del lenguaje, boicotear sistemáticamente toda una
gama de palabras: palabras que lo pretenden todo y no dicen nada, palabras
viscosas, pegajosas, equívocas, comodín, palabras a la moda,
palabras-concepto, palabras mal amasadas en todos los sentidos, palabras-tic
que van de boca en boca, degradando una frase, un sentido, una forma, una
idea. Los tics del lenguaje son tics voraces. Lo comprobamos cuando, por ejemplo,
oímos en una emisora de radio pretendidamente culta a unos locutores
que se supone que saben y a unos supuestos animadores que acumulan términos
como "de hecho", "entonces", "bien es cierto que",
"me gustaría decir", "evidentemente", "precisamente",
"justamente", "pensar o repensar" o "inventar"
y demás, multiplicar el pronombre "yo" y otras locuciones
del mismo calibre, con variantes universitarias, mediáticas o de la
región. Y si somos sensibles a los tonos, a las maneras de hablar,
preciosas o vulgares, pedantes o falsamente humildes, a lo académico
mortuorio al estilo del aire frívolo del tiempo, de modo lento, como
haciendo gárgaras, o a gran velocidad, como un prestidigitador seguro
de sí mismo
sólo queda cortar, y "entonces",
tenemos el boicot.
-El boicot no cuesta caro. Según eso, acabaríamos por no decir
nada.
-¿Y por qué no? Gandhi, al que volveremos, observaba los días
en silencio: una excelente higiene del lenguaje. Pero eso de decir "bien
es cierto que" resulta duro. Porque si el boicot del lenguaje está
al alcance de todos, dado que el acto de la palabra es constante, común,
necesario y vital, chocamos con una doble y casi insalvable dificultad: el
lenguaje es en su conjunto una fuerza colectiva original (nos inclinamos demasiado,
"precisamente", hacia el origen del lenguaje), masiva, tiránica,
y un poder individual íntimo, consustancial al sujeto, que lo viste
por dentro y por fuera de parte a parte. Bajo apariencias fluidas, el conflicto
es permanente e irreductible. El boicot implica una ascesis; es incluso una
de sus características esenciales, que exige un esfuerzo excepcional
(no lo confundamos con el mutismo que observan los detentadores del poder
frente a los que quieren, literalmente, reducir al silencio, eliminar, "vaporizar",
como dijera Orwell. He evocado esta noción de mutismo del poder a propósito
del caso de Maurice Nadeau, que me excluyó del comité de redacción
de La quinzaine littéraire, que acababa de salvar de una crisis, en
mi artículo "Tous ces textes qui n'ont pas pris corps. Vingt ans
durant, una triste histoire drôle": X-Alta 6, octubre 2002).
El corte de mangas del Manifiesto
-Es mucho más fácil, evidentemente, boicotear los Juegos Olímpicos
de Pekín 2008.
-Todavía hay que hacerlo, no es tan evidente.
-¿Hay que hacerlo? Nada hay más utópico que creer que
un manifiesto puramente negativo, nihilista, firmado por unos cuantos chiflados,
puede ejercer la más mínima infuencia sobre una empresa planetaria,
fuerte, de presupuestos faraónicos que se calculan en millones de dólares
y pone en movimiento a millones de individuos. Un mosquito picando a un dinosaurio
sería más creíble.
-Vaya observaciones exquisitas, dignas de tu "periódico deportivo"
como dirían los de la tele. Pero "hablemos en positivo",
por hablar de modo moderno. Has dicho "utópico": esa palabra
nos llevaría al boicot si siguiera significando lo evasivo y lo vaporoso,
cabeza "poética" (peyorativo) en las nubes o en los nubarrones,
soñador delicado, el "no al momento", el "al lado de
la placa", etc., pero resulta que nosotros hemos revendido la utopía,
que queremos reintroducirla en la vida cotidiana y en la existencia viva,
personal y política de cada uno y de todos nosotros (y eso lleva al
boicot de los Juegos Olímpicos, con el Manifiesto y las manifestaciones,
y otras muchas cosas), por su poder de enervación, la profundidad y
el alcance que la palabra oculta
el origen, desde hace siglos, milenios
(Platón, Hipodamo, la Biblia), la utopía como deseo apasionado
de una construcción o reconstrucción racional de la ciudad humana;
deseo, pasión, proyecto, razón y poder (como potencialidad,
virtualidad, virtud) que son el entramado de la condición humana, por
muy envilecida que esté por las represiones y el oscurantismo constantes,
resurgentes y ruinosos.
Toda la historia de la Humanidad lo atestigua: el hombre, en busca de su propia
y plena humanidad, sea la que sea, que necesita construir, no puede satisfacerse
ni con una razón mecanicista y utilitaria, a la que sin embargo se
acomoda, hasta exagerarla como una rígida caricatura "cientificista",
ni con sueños místico-religiosos, que exacerba en delirios y
fanatismos que causan estragos.
Si el boicot de los Juegos Olímpicos significa inyección de
utopía en el mundo moderno, ya habría alcanzado su objetivo,
y más. La utopía designa siempre de algún modo el más
adelante y actúa sobre el ahora, sobre lo más inmediato, que
llamamos desgracia y nos negamos a ver, que lo camuflamos y mistificamos.
En cuanto a tu imagen del mosquito, me gusta bastante; piensa: más
vale un mosquito que un dinosaurio desaparecido. Hagamos un "sueño
utópico": mientras que corretean por la jungla los miles de brazos
tendidos de los atletas triunfantes y de las muchedumbres en delirio, quizás
no se lleve en la memoria el único corte de manga lanzado por el Manfiesto
del Boicot de 2008, que tomará así el relevo al puño
levantado contra los racismos por dos atletas negros en los Juegos Olímpicos
de México en 1968.
La maquinaria china
-Una grandeza digna del altius Bubka, record mundial del salto con pértiga.
¿Está ya todo dicho entonces?
-Nada está dicho. Porque no se trata ni de tender el brazo, aunque
fuera el puño (pues no es esa nuestra disciplina deportiva) ni de picar
al dinosaurio a la manera de ese ministro chusco, "elefante" de
pacotilla, que hablaba de "desengrasar el mamut". No hay que cazar
los patos salvajes para los niños de dios. El manifiesto del boicot
no pretende ni frenar ni movilizar, y menos todavía bloquear la gigantesca
maquinaria olímpica mundial en salsa china. Antes lo haría,
in extremis, una de esas catástrofes mortales que se incuban en los
bajos fondos de la realidad china.
El manifiesto desea sencillamente que esta maquinaria, pulpo cuyos tentáculos
llegan a todas las capas de la sociedad (poder, ejército, policía,
propaganda, medios de comunicación, condicionamientos, economía,
comercio, sexualidad, represión, explotación, cárceles,
campos, ejecuciones, etc.) la veamos funcionar; desea evitar al mundo llamado
libre, del que sabemos que se mira al ombligo y pone poca atención
a lo demás, casi con una falta de gusto si es cierto que la empresa
olímpica, que pretende ser un fastuoso desfile, una fiesta deslumbrante,
un espectáculo de fuerza, agilidad, gracia, habilidad, victorias y
triunfos de la más soberbia de las "élites" olímpicas
(mafias deportivo-políticas-culturales-fric) no puede sino poner más
de relieve la función planetaria de descerebramiento y embrutecimiento
por medio del deporte, y sumergir a cientos de millones de chinos en su siniestro
marasmo cotidiano. Boicot implica competencia: atención, aquí
la máquina china (mirad, pero no eyes wide shut -Kubrick vio antes
de morir-, escuchad, pero no con la oreja ensordecida por los tam-tam y los
gongs mediáticos). El boicot desliza un simple granito de arena urticante,
para que se pueda ver, lejos de los pimpantes paralelepípedos ejércitos
engalanados y las masas famélicas, oyendo, lejos de las almibaradas
frases de los estafadores del olimpismo, las súplicas chirriantes y
las grandes quejas de un país al que se encadena y de un pueblo con
camisa de fuerza.
Gandhi, el "gran alma" del boicot
-El boicot, grano de arena en la maquinaria china, para aprender a ver y a
escuchar: somos una buena escuela. Pero ¿qué pinta aquí
Gandhi, al que has movilizado, Gandhi, el Mahatma, el "gran alma"?
-Es muy sencillo: Gandhi es el gran alma del boicot, apoyado por la gente
que tiene poco, explotada y víctima. El "origen deportivo"
de la India libre, diría un Ortega y Gasset, es el boicot (no el criquet
ni el yoga). Atrevámonos a imaginar un retrato de Gandhi como "atleta
religioso" (expresión de Panait Istrati para caractarizar a su
amigo Nikos Kazantzakis): el "religioso" que comprende la política,
la orgánica, el meditativo; y también el dogmático (rechaza
la penicilina, rara en la India en su época, que sin duda habría
salvado a su mujer Kasturbai, que sufría una grave bronquitis crónica).
Como atleta, Gandhi trabaja enormemente (con) su cuerpo, que lleva a los límites
de su resistencia: marcha, inmovilidad, dominio, riesgo, concentración,
régimen. Sobre un registro olimpista más que olímpico,
se diría de él que es un doble recordman del mundo: recordman
del ayuno, con miles de días acumulados, y sobre todo, para nuestro
gobierno, recordman del boicot, tanto por la duración como por los
medios, la calidad ejemplar y la eficacia. El boicot ha sido erigido -y dirigido
con una inteligencia práctica excepcional- por Gandhi como estrategia
fundamental y exhaustiva -económica, política, psicológica,
metafísica- que se revela cara: el imperalismo británico (con
Churchill a la cabeza) se rompe, y tiene lugar la independencia de la India.
-"Gandhi, boicot a Pekín" es un buen título (copyright
de SGDL) para una novela negra política o metafísica, pero admitirás
que la relación entre las pruebas deportivas de tierra, de tierra amarilla
en la que florecen las cien flores venenosas del chovinismo y los negocios,
no pende más que de un hilo muy fino.
-Bastará un hilo siempre que sea el hilo rojo el que atraviese el proyecto,
la acción y la perspectiva de futuro del boicot de los Juegos Olímpicos.
Una acción puntual limitada en el espacio, el tiempo y la mente ocupa
su lugar de modo natural (es decir, culturalmente) en el movimiento general
del pensamiento y de la práctica de Gandhi, caracterizada por la lucha
contra las discriminaciones (Sudáfrica) y el colonialismo (India),
la "desobediencia civil" (Thoreau), la "no violencia"
(ahimsa) y la "verdad" (satiagraha). Podrás decir, como casi
todo el mundo, que "no violencia" equivale a pasividad, indiferencia,
resignación e incluso indolencia. Pues escucha a Gandhi: "Donde
no se puede elegir más que entre indolencia y violencia, aconsejaría
la violencia". Es una perspectiva que amplía y profundiza calificando
la no violencia como un "amor perfecto", izándola a un nivel
extremo de intensidad al afirmar que "el amor es la fuerza más
poderosa que posee el mundo".
-¿Amor de dios? ¿Gandhi, "atleta religioso? Nos urge la
deriva hacia orillas pantanosas y movedizas (aunque se perfile en el horizonte,
bañándonos a todos, la "sensación oceánica"
en la que Romain Rolland, que charló con Gandhi y le dedicó
un apasionante ensayo, veía la fuente del sentimiento religioso). Respecto
a esto, sería interesante calcular cuántos atletas harán
el signo de la cruz, o cualquier otro gesto religioso, en estos Juegos Olímpicos.
Entrar en la era de los grandes boicots
-Tranquilo, no por los signos de la cruz, sino porque Gandhi, aunque haya
sido elegido gurú por las almas seducidas, no corre el riesgo de arrastrarnos
hacia algo divino. Si, como decía Péguy de Bernard Lazare (ambos
anarquistas), Gandhi se presenta ante nuestros ojos "resplandeciente
de la palabra de Dios", esta palabra es de textura plenamente humana;
se ha incorporado en la oración, el ayuno, el boicot, la castidad (¡),
la meditación, las vacas
Las concepciones y prácticas
de Gandhi podrían concentrarse en la única palabra de satyagraha,
o vinculación a la verdad. "La palabra satya (verdad) viene de
sat, que significa ser" dijo Gandhi en sus cartas al ashram. Ser se identifica
con dios, "Sat o Verdad es quizás el nombre más importante
de Dios". Un paso más adelante y encontramos su clara propuesta
de barrer fanatismos y oscurantismos: "Decir que la Verdad es Dios es
más justo que decir que Dios es la Verdad". Con semejante perspectiva,
el boicot demuestra ser una vía real de acceso a la verdad -verdad
(satya) del ser (sat) del hombre terrestro, concreto, popular, incorporado,
vivido. A ella tiende cuando denuncia la inmensa mascarada olímpica,
que trata de enderezarnos por un camino filiforme ascético sinuoso
a través de unas orgullosas avenidas planetarias cargadas de oro, de
pompa y de clamores, el Manifiesto del Boicot de los Juegos Olímpicos
de Pekín.
-Con ese análisis tan benévolo, no faltaría más
que un tercer salto, que sería un triple salto.
-Sí, lo más importante. Lo que podría figurar en nuestro
presente y nuestro futuro: el boicot como práctica vital, personal,
universal y permanente, actuando contra todas las formas de poder. En el mundo
contemporáneo, arrastrado en un frenesí de producción,
consumo, explotación, comunicación y circulación, tenemos
derecho a oponer un "alto ahí" ("no, no, no quiero una
civilización como esa", decía la magnífica cantante
Colette Magny), a responder con un "ni hablar", a rechazar "los
juegos de sociedad" retorcidos que nos acosan y se sumergen.
El boicot es, en su extrema simplicidad, un arte dificil, que apela al núcleo
duro de la resistencia de la persona y a la calidad humana de las relaciones
con los otros. Cada uno podría, para empezar, a la imagen de Gandhi
cuando observa una jornada de ayuno y silencio, fijarse un día a la
semana de boicot, un "ni hablar" que podría tomar diferentes
formas: "ni hablar de comer", "ni hablar de beber", "ni
hablar de fumar", "ni hablar de hablar", "ni hablar de
rezar", "ni hablar de gritar", "ni hablar de ver la tele",
"ni hablar de salir", "ni hablar de cumplir una orden",
"ni hablar de dar órdenes", etc. Un aprendizaje libre, autónomo,
razonado, económico, que prepare a cada uno de nosotros desde ahora
a entrar en la era de los Grandes Boicots, el otro nombre de la Revolución.