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El totalitarismo religioso,
anfetamina del pueblo


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En los últimos años, la religión ha vuelto prepotentemente al centro de la arena política, social y cultural. La globalización, con su presión uniformadora y con su acercamiento de mundos que se ignoraban, causa reacciones identitarias que van del localismo al fascismo, al retorno de la religión como protagonista político. El declive de la URSS ha permitido al estrato más reaccionario de occidente poder destaparse completamente y, a la vez, ha arrastrado en la quiebra del "socialismo real" a gran parte del imaginario colectivo de cambio que los siglos XIX y XX habían elaborado.
En los últimos 25 años, la revolución jomeinista se afianza en Irán y hace no sólo pensable sino también realizable la teocracia islámica hoy en un gran país que dispone de la materia prima por excelencia, el petróleo, y por ello de flujos financieros y de un significativo desarrollo industrial y económico; el Vaticano vuelve a cerrar filas en la Iglesia católica desde el punto de vista teológico y resulta un peso pesado en el enfrentamiento ideológico y político global, reafirmando la universalidad de la Iglesia misma; en el ambiente anglosajón y protestante, viene elaborada la ideología de los neoconservadores, denominados "teocons", que eficazmente une radicalismo liberal y fundamentalismo religioso protestante, engarzando el lado oscuro del Nuevo Mundo, la Nueva Jerusalén de los padres peregrinos de raíz veterotestamentaria; y significativamente la nueva derecha americana ha encontrado en la paradójica y acrítica defensa de la vieja Jerusalén, es decir, del Estado de Israel, uno de los puntos definitorios de su reacción.
Entretanto, el modelo capitalista liberal abría brechas incluso en la URSS y en China, sin que por ello penetrase la democracia liberal: en ambos países se afianzaba un capitalismo liberal sin liberalismo. El occidente industrializado y rico viene acometido por imparables flujos migratorios del Tercer y Cuarto mundos, mientras crece en intensidad una nueva lucha por el control de los recursos energéticos que agita el planeta, y en primer lugar Oriente Medio.
A la vuelta del último siglo, la religión ha vuelto a ser (para algunos sorprendentemente) fuente de identidad, de cohesión social, de práctica política. Observando las religiones más cercanas, cristianismo (católico y protestante) e Islam son dos fenómenos muy complejos, aunque no sea más que porque las formas de implantación de uno y otro son variadas, tienen diversos grados de intensidad y modalidades diferentes.
Pero lo que hay que resaltar para quien se denomina laico es el papel que tiene la religión en la compleja partida que se está jugando para dibujar un horizonte de futuro. La complejidad y multiformidad de la experiencia religiosa, ateniéndonos a cristianismo e Islam ( y dejando a un lado hinduismo, budismo, taoísmo y religiones animistas, cuyo análisis requeriría mucho espacio), no puede impedirnos hacer algunas valoraciones sintéticas.
El primer dato del que partir es que, tanto al Este como al Oeste, el redescubrimiento de la religión es un fenómeno regresivo que se califica como de retorno a las raíces, a una identidad que ofrece un proyecto para el futuro y dicta normas para el presente. Notemos de paso que la religión no funciona necesariamente como freno de las dinámicas históricas: pensemos en la apocalíptica y en el milenarismo y en las instancias igualitarias que conllevaban, las primeras comunidades cristianas, las muchas comunidades heréticas medievales, el mismo franciscanismo o, en el campo protestante, el papel de los grupos radicales en la Inglaterra del siglo XVII, de los diggers y de los ranters, en quienes cierta historiografía encuentra los primeros gérmenes del pensamiento libertario. Al contrario, en el momento histórico presente (como ha sucedido tantas y tantas veces) la religión sirve de aparato ideológico de los programas conservadores. Es un dato. Y estos programas tienen como objetivo el control de la sociedad en su conjunto; sociedad y control de los que lo económico es un momento, un objetivo y un instrumento al mismo tiempo.
La religión es un potente aparato productivo del imaginario y de reglas de conducta. En particular, la Tora y el Talmud hebraicos y el Corán son sobre todo códices, conjuntos de normas que regulan minuciosamente la vida cotidiana. El monoteísmo ético hebraico y musulmán son fundamentalmente sectas prácticas y, con pocas aunque relevantes excepciones, no han desarrollado el aparto teórico-teológico del cristianismo, impregnado de cultura griega, de filosofía, de personalismo. Judaísmo e Islam son religiones inmediatamente políticas, incluso en sus estructuras. Escribía el islamista Alessandro Bausani: "Para el Islam la religión (…) es cualquier cosa que abraza tanto nuestra religión como nuestra política, las reglas de vida, leyes, mientras que le faltan las connotaciones sacerdotales-rituales esenciales en nuestra idea de 'religión' (…) Quien imaginase ahora un 'Estado islámico' (son muchos los Estados a quienes no interesa este adjetivo, de Mauritania a Pakistán y otros más) como algo parecido a los Estados Pontificios que acabaron en 1870, se equivocaría de medio a medio. El Islam no tiene sacerdotes ni ritos y el 'Estado islámico', si se puede parangonar con algo, se podría parecer de alguna manera al 'Pueblo de Dios' de la edad de oro del profetismo judaico, al menos en la intención de quien lo propugna".
Judaísmo e Islam, más allá de la afrenta del sionismo y del antisemitismo musulmán que son fenómenos que nacen a caballo de los siglos XIX y XX, tienen en común el ser, podemos decir, "modelos y normas de vida de pueblos sin rey", donde por "rey" entendemos un poder central y soberano. La horizontalidad y la solidaridad que liga al "Pueblo de Dios" hebreo y a la "Umma" (la comunidad de los creyentes musulmanes) tienen perfiles políticos. Aparentemente se podría tratar de un modelo de sociedad no jerárquica; pero, como sabemos, no ha sucedido así necesariamente. Sobre estas bases se ha enraizado por el contrario el nacionalismo, que es un fenómeno de origen totalmente europeo, dando vida en el curso de los años del siglo XX a fenómenos totalmente laicos. El sionismo y los movimientos de liberación anticolonialista y nacionalista de la segunda mitad del siglo pasado en el mundo árabe tuvieron un marcado perfil laico, nacionalista y socialista. Pienso en la guerra de Argelia, en el socialismo árabe de Naser, pienso en la OLP de Arafat, pienso en Gaddafi; pero también en la Siria de Assad y en el Iraq de Sadam Hussein, regímenes social-nacionalistas y laicos. Todos estos movimientos y regímenes estaban, es cierto, caracterizados por su nacionalismo, incluso un nacionalismo panárabe, algunos por una falta total de libertad, pero ciertamente eran laicos.
Los movimientos que hoy se oponen al "satanás americano" en nombre de la autonomía de sus pueblos y de la religión, como Hezbolah en Líbano o Hamás en Palestina, ¿qué idea tienen de sociedad? Más allá de los compartibles anhelos de liberación y de autonomía, un movimiento nacional y religioso, ¿qué puede compartir con quien lucha por el internacionalismo y la laicidad como los movimientos que nacen de la tradición del movimiento obrero y de clase?
Y llegados al Irán de la revolución jomeinista, es cierto que nadie tiene nostalgia del Sha. Pero creo que los iraníes han ido de Málaga a Malagón. Y también creo que ningún combatiente islámico suní o chií de Iraq merece solidaridad solo porque hace saltar por los aires a soldados americanos. El pueblo iraquí es masacrado cotidianamente por los americanos y por esa banda infernal de asesinos que la invasión americana ha desencadenado. Así como el pueblo afgano ha sido masacrado por los rusos, después por los talibanes, después por los americanos y al final por nosotros los europeos. Y la galaxia fundamentalista que, simplificando, ha sido bautizada con Al Qaeda, ¿qué quiere? ¿Cómo sería el mundo de Al Qaeda? ¿Quizá se definiría con el chascarrillo "más sharía para todos"?
La piedra de toque de la represión, en términos sociales, del actual retorno a la religión en los terrenos cristiano y musulmán reside en la actitud ante el ámbito femenino. La sociedad que prefiguran los varios teocon, Ratzinger, Hezbolah, Al Qaeda (si existe…), etc., etc., ¿es una sociedad en que las mujeres serán más libres o no? Donde ya mandan los varios señores de la guerra de Biblia y Corán, ¿los individuos son más libres o no? Y, atención, no estamos hablando solo de derechos civiles, de libertad de opinión, de movimientos, de prensa, sino de libertad de autodeterminación, de proyectar y realizar el propio futuro. El proyecto que tienen los fundamentalistas, cristianos o musulmanes, es un proyecto totalitario, en el sentido de que quiere impregnar todos los aspectos de la vida.
La relevancia y el peso del fenómeno religioso en el actual cuadro político no pueden ser analizados limitándose a afirmar que la religión es un instrumento de poder (instrumentum regni) o que es el "opio del pueblo". A juzgar por lo que está pasando, perdonad otro chascarrillo, parece más la anfetamina o el ácido del pueblo… Por lo demás, el poder movilizador del fenómeno religioso está en su naturaleza. No estamos sólo ante una confrontación entre capitales y grupos de poder político-económico de cristianos, laicos y musulmanes. Es un movimiento más profundo y, a mi parecer, peligroso, de rediseño de la identidad colectiva en nombre de mitos penetrantes y totalizadores de la existencia, en el sentido liberticida y de la negación de la individualidad.

W. B.
(Umanità Nova) Subir

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IERRA Y LIBERTAD
MAYO DE 2008