PERIODICO ANARQUISTA
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Fermín Salvochea

Has de saber, hijo mío, que hay que estar entusiasmado para realizar una gran empresa.

Saint-Simon

I
El paisaje y el medio

¡Cádiz! Evoca este nombre múltiples recuerdos históricos porque son contados los lugares del mundo que han tenido un pasado tan romántico y grandioso como la vetusta ciudad andaluza a orillas del Altántico. Fue fundada por los antiguos fenicios, vinieron luego los cartagineses y después los romanos.
Ella ha presenciado las luchas sangrientas entre cristianos y mahometanos y ha reunido en sí la civilización europea y la cultura del Oriente. En sus edificios vivieron sabios árabes, escolásticos judíos y monjes cristianos, influyendo sobre el estado mental de sus habitantes.
Cuando los árabes fueron expulsados de Andalucía por los soldados de Fernando el Católico, llegaron los cruzados ingleses y descansaron en Cádiz antes de seguir viaje para conquistar el Sagrado Sepulcro en la Tierra Santa. Después del descubrimiento de América, Cádiz se convirtió en una de las ciudades más ricas de Europa y la arquitectura maravillosa de sus edificios nos refiere hoy todavía la historia de ese período magnífico.
¡Y cuántas luchas, cuántas sublevaciones y revueltas ha presenciado esa ciudad! Centenares de veces se han alzado sus moradores en defensa de la libertad, demostrando así la exactitud del dicho español: "La tierra andaluza es la tierra de la libertad". Cádiz y Barcelona han sido siempre los dos focos de la vida revolucionaria en España y son también actualmente los centros principales del movimiento anarquista de ese país.
Es Cádiz una ciudad admirable, una de las más hermosas del mundo. Rocas inmensas caen sobre el mar profundo y encima de ellas se levantan pequeñas casas níveas con diminutas torrecillas que se reflejan en las olas azules.

II
El hombre

En una de esas casas blancas, bien arriba, en una buhardilla, vivía un anciano. La instalación de la pieza era pobre, demasiado pobre: una cama, una mesita, una silla, algunos viejos periódicos y libros era todo lo que poseía el anciano. Pero quien arrojaba una mirada a través de la pequeña ventana notaba inmediatamente que el anciano era más rico de lo que parecía; afuera se extendía el océano azul, un panorama maravilloso: cielo y agua y las blancas velas de las embarcaciones que se mecían sobre las ondas juguetonas. Por el mar, precisamente, vivía el anciano en esa casita, porque amaba el océano, las olas ruidosas y la lejanía infinita. Todas las mañanas, al levantarse de su lecho, su primera mirada caía sobre el mar y de noche, antes de acostarse, sus ojos semicegados volvían a buscar las olas enfurecidas, como si quisiese encargarles alguna misión. Porque ese anciano era un profeta, uno de los contados hombres que etuvieron en la montaña sagrada, vislumbrando desde allí el país de nuestros hijos. Y por eso su alma era tan honda, tan tranquila y augusta, igual que el mar en un hermoso día de verano.
Y cuando llegaba la primavera y el mar comenzaba a rugir y a hervir, cuando las olas salvajes se levantaban cual montañas gigantescas besando a las nubes, el anciano soñaba en la gran tormenta de los pueblos, cuando los pobres y los humildes, los bastardos de la sociedad, se levantaran con las armas en las manos para romper las cadenas de la tiranía milenaria.
Era el 28 de septiembre de 1907. En la habitación dd anciano reinaba la tranquilidad absoluta porque en la cama yacía un muerto. Había fallecido inesperadamente, sin haber estado enfermo, sin sufrir.
Pero mirad lo que ocurrió afuera. Con la velocidad del rayo difundióse la noticia de la muerte del anciano. Y en toda Cádiz, en Andalucía entera, en toda España sólo se hablaba de él. "¡Ha muerto!" Por doquier se oían estas dos palabras que encarnaban el hondo dolor de un pueblo. Cada cual sentía la pérdida; en las minas, en los campos, en las escuelas y en las universidades, en todas partes la noticia produjo la impresión de una pesadilla que cuesta creer al principio, pero que finalmente es necesario reconocer.
¿Cuándo se ha visto en España tantas lágrimas, tanto dolor, tanta tristeza sincera, tanto amor y fidelidad cariñosa? ¡Qué no darían nuestros reyes si pudiesen adquirir aunque fuera la décima parte de esa popularidad! Atravesando España, en todas sus ciudades y aldeas se encontrarían millares y millares de personas que ignoraban los nombres de los ministros de entonces, pero no habría uno solo que no supiese el nombre de aquel anciano, Fermín Salvochea. Este nombre encarnaba una idea, un programa, un mundo de esperanzas, de anhelos y necesidades.
¡Fermín Salvochea! En los palacios se pronunciaba este nombre con labios trémulos, pero en la casilla de los pobres y de los explotados resonaba como una declaración de guerra a la sociedad capitalista, como la promesa de un porvenir mejor. Existen pocos hombres que hayan conquistado tanto amor y tanta simpatía entre las grandes multitudes de un pueblo como Fermín Salvochea y son menos todavía los que han merecido ese amor con tanto derecho como el gran rebelde español. Salvochea ha sido uno de los caracteres más puros e idealistas en la historia del movimiento revolucionario, grande por sus ideas, grande por sus acciones, un hombre que encarnaba el apasionamiento revolucionario y el valor heroico de un Blanqui y el amor indescriptible y la consagración de Louise Michel. La poderosa personalidad de este hombre admirable hasta llegó a suscitar la estima y el respeto de sus adversarios más empedernidos y siempre que se pronunciaba su nombre, el de Fermín Salvochea, no había lugar para los aspectos bajos y pequeños de la vida.
La biografía del gran anarquista español produce la impresión de una novela fantástica y recuerda la vida tormentosa de Mijaíl Bakunin. Salvochea tuvo una participación activa en el movimiento revolucionario de España en los últimos cincuenta años y su nombre está estrechamente unido a los acontecimientos revolucionarios más significativos de ese período. Los que conocen la historia de ese movimiento en España saben cuán fecundo es en rasgos grandiosos y heroicos y cuántos son los que sacrificaron sus bienes y su sangre por sus convicciones libertarias, por sus ideales revolucionarios; y en esa serie histórica de luchadores valerosos el nombre de Fermín Salvochea es uno de los más brillantes, un nombre para las generaciones venideras, un nombre que no será olvidado jamás.

III
Antecedentes - La familia - Su juventud -
Londres - Sociólogos e internacionalistas

Fermín Salvochea y Álvarez nació en Cádiz el día primero de marzo de 1842. Su padre era un comerciante de fortuna, heredero de una de esas familias de negociantes que tan importante papel han desempeñado en la vieja ciudad mercantil. Claro está que Fermín recibió una educación cuidadosa. Su padre, siguiendo una arraigada tradición de familia, tenía la intención de hacer de él un hábil comerciante a fin de poder entregarle más adelante sus negocios.
La primera juventud de Fermín fue pacífica y dichosa en todo sentido. Se distinguía por su inteligencia extraordinaria y por las cualidades valerosas y caballerescas de su carácter, que dejaba entrever desde su infancia. Su madre, mujer admirable, le refería en su niñez las leyendas y tradiciones de la ciudad de Cádiz, tan ricas y fantásticas como un capítulo de Las mil y una noches y el pequeño Fermín la escuchaba leyendo las palabras en sus labios. Esas historias románticas ejercieron profunda influencia sobre el muchacho y a menudo recordaba, en medio de su vida tormentosa, aquellas horas felices.
Al cumplir los quince años su padre lo envió a Inglaterra para que perfeccionase sus conocimientos del idioma inglés y continuara sus estudios comerciales. Fue este el primer acontecimiento importante en la vida de Salvochea. En Inglaterra descubrióse ante él un nuevo mundo. El carácter severo y puritano de la vida británica con sus formas rígidas y convencionales y sus impresiones prosaicas, produjeron una influencia profunda en el joven. La diferencia era demasiado notoria: el hermoso cielo azul de Andalucía, Cádiz con sus blancas casas, sus palmeras y sus habitantes rebosantes de temperamento y de pronto Londres con su neblina, sus edificios negros, el humo de las chimeneas, las calles frías e inhospitalarias. Al principio Salvochea se sentía como un prisionero en el nuevo ambiente, pero su carácter enérgico venció rápidamente el primer influjo desagradable de Inglaterra. Se dedicó a estudiar a los hombres y descubrió que el inglés seco y frío posee al mismo tiempo un instinto de independencia individual notablemente desarrollado y un sentimiento de libertad personal que es raro encontrar en otros países.
Los cinco años que Fermín pasó en Londres y en Liverpool fueron para él un período de gran desarrollo intelectual. Dedicó todos sus momentos libres al estudio de la literatura radical inglesa. Primero fueron los trabajos de Thomas Paine los que produjeron una influencia poderosa sobre él; más tarde estuvo en contacto personal con Charles Bredlow y sus amigos. La propaganda ateísta en Inglaterra tropezaba con grandes dificultades en esa época, pero Bredlow y sus compañeros luchaban con la mayor energía en favor de sus convicciones, tratando de destruir el concepto medieval del teísmo que impera aun hoy día en vastos círculos de la sociedad inglesa.
El joven Salvochea acogió con entusiasmo la nueva doctrina y se convirtió en ateo. Para el español el ateísmo desempeña, en general, un papel más importante que en las demás naciones. Es la condición primordial de todo movimiento libertario, el primer paso de todo libre progreso individual. España es el país clásico del clericalismo católico, el país de la Inquisición, que ha sido casi totalmente arruinado por el dominio oscurantista de la Iglesia. He ahí la razón por qué Salvochea ha sido toda su vida un propagandista radical e incansable del ateísmo.
Pero Salvochea conoció en Inglaterra otro ideal, que ejerció una gran influencia sobre su actuación posterior. Cuando llegó a Londres, vivía aún Robert Owen, el célebre comunista inglés. Sus ideas no sólo influían poderosamente sobre la clase obrera británica, sino también sobre los elementos idealistas de la pequeña burguesía inglesa. Salvochea estudió las obras de Owen y de otros escritores comunistas. Los hechos sociales aparecieron de pronto a sus ojos bajo otra faz; prodújose una revolución en su mentalidad y poco a poco empezó a comprender todo el significado del gran problema social. La brillante crítica de la propiedad privada formulada por Owen descubrió repentinamente ante él todos los males sociales y al propio tiempo desarrollose en él el grandioso ideal de la igualdad social y económica, como el único capaz de crear una vida armónica en la sociedad humana. Salvochea se hizo comunista y siguió siéndolo hasta el último día de su vida. Muchos años más tarde, en una ocasión especial, él mismo analizó su evolución revolucionaria recordando su "período inglés" con estas palabras características:
"Ciertos libros ejercen en determinados momentos una inf1uencia poderosa sobre el desarrollo de un hombre: Se sabe que el primer libro que leyó Ravachol fue la novela El judío errante de Eugenio Sue. La influencia de este libro no se extinguió jamás en él, según su propia declaración. Lo mismo puedo decir de mí; viviendo en Inglaterra leí por vez primera a Thomas Paine. Sus escritos me convirtieron en internacionalista y hasta hoy día me hallo todavía bajo su influencia. 'Mi patria es el mundo, todos los hombres son mis hermanos y mi religión consiste en hacer el bien.' Estas palabras produjeron una impresión inolvidable en mí; yo buscaba en cada palabra un sentido profundo y ellas se han grabado en mi mente para siempre. Más tarde conocí a Robert Owen, quien me enseñó el ideal sublime del comunismo, y a Bredlow, que me hizo conocer los puntos de vista del ateísmo. Todo lo demás se desarrolló en mí por cuenta propia."

IV
Breve esbozo de la historia social española de mediados del pasado siglo

En 1864 Salvochea abandonó Londres para regresar a Cádiz. En aquel entonces se iniciaba en Andalucía un vigoroso movimiento revolucionario. Rafael Guillén y Ramón de Cala, dos hombres valientes y socialistas convencidos, se consagraron con mucha energía y entusiasmo a organizar los elementos republicanos y demócratas de la provincia. El movimiento republicano en Andalucía ha tenido siempre un marcado carácter socialista y la mayor parte de sus apóstoles y propagandistas fueron partidarios del socialismo.
La propaganda socialista se inició en España después de la revolución de 1840. En aquella época Joaquín Abreu desarrollaba en Andalucía una propaganda vigorosa y llena de éxito en favor de las ideas de Charles Fourier. Explicaba sus ideas en la prensa radical de Cádiz, ideas que hallaron bien pronto un eco en los periódicos de otras ciudades. Para conocer el desenvolvimiento que ha tenido ese movimiento basta recordar el hecho de que Abreu logró en un breve plazo, de cuatro a cinco millones de pesetas para fundar una colonia fourierista en los alrededores de Jerez de la Frontera. Pero el gobierno impidió la realización de ese proyecto, persiguiendo a los propagandistas socialistas. De éstos, los más conocidos fueron Pedro Ugarte, Manuel Sagrario y Faustino Alonso; más tarde se agregaron José Barterolo, Pedro Bohórquez y finalmente Guillén y De Cala, a quienes ya hemos mencionado.
En 1864, Fernando Garrido, el famoso historiador y socialista español, que conoció en Cádiz las doctrinas de Fourier, fundó el primer periódico socialista de España, La Atracción, que apareció en Madrid. La publicación no vivió mucho tiempo pero gracias a ella se formó en la capital un círculo socialista que editó más tarde otro órgano, La Organización del Trabajo. Hombres como el heroico Sixto Cámara, que cayó luego en la lucha por la república social, Juan Sala, Francisco Ochando y después el fogoso Cervera eran las figuras principales del círculo socialista de Madrid. Cervera ha sido el fundador de la primera escuela libre socialista de España, pero cuando ya contaba con más de 500 alumnos el ministro Morillo sofocó esa brillante empresa, diciendo que "en España no necesitamos hombres capaces de pensar, sino bestias de trabajo".
En Barcelona el primer movimiento socialista fue influido por el comunismo icario de Étienne Cabet. En 1847 el comunista Monterreal fundó La Fraternidad, primer periódico comunista de la capital catalana, en el cual publicó la obra de Cabet Viaje a Icaria. Ya en 1840 el obrero Munst había organizado en Barcelona un sindicato de tejadores con 200 miembros, echando así la base dcl futuro movimiento sindicalista.
Desde 1850 se desarrolló en Cataluña una activa propaganda por las ideas de Proudhon, que venció poco a poco a todas las otras tendencias. Ramón de la Sagra y el famoso Pi y Margall tradujeron las obras del teórico francés y bien pronto nació en Barcelona y en otras ciudades catalanas un vasto movimiento mutualista y sindical. Este movimiento pasó a Andalucía, aunque no ha tenido allí la misma importancia que en Cataluña. En 1853, el gobierno español intentó ahogar totalmente ese pacífico movimiento; pero la ley contra las asociaciones obreras no fue más que letra muerta. En 1854 se creó una federadón de todas las corporaciones obreras de Cataluña, contando con 90.000 socios. En 1855, el general Zapatero quiso sofocar ese movimiento por medio de la fuerza. Fueron clausurados los locales de las corporaciones y reducidos a prisión los propagandislas más conocidos. Al principio los obreros se mantuvieron tranquilos, pero de pronto 50.000 proletarios pertenecientes a todos los gremios abandonaron el trabajo, el 2 de julio de 1855, en las fábricas dc Barcelona, Sans, Cornellá, Reus, Badalona y otras ciudades, declarando la huelga general en defensa dc sus derechos. Nadie esperaba semejante hecho; la excitación general era enorme y el gobernador de Barcelona lanzó una proclama a los obreros prometiéndoles reconocer sus exigencias si volvían al trabajo. Los obreros consintieron. Durante los primeros momentos se habló mucho, efectivamente, de reformas sociales, pero al mismo tiempo se adoptaban con todo sigilo las medidas más bajas contra la organización de los trabajadores, hasta que finalmente fueron proclamadas, en 1861, las conocidas leyes de excepción contra el proletariado de Cataluña. Desde entonces los obreros esparñoles renunciaron a toda esperanza en una táctica pacífica y en los llamados derechos legales.
En Andalucía, bajo el gobierno de Narváez, la reacción había destruído desde hacía tiempo la fe en el progreso pacífico. Hay pocos lugares en el mundo donde se haya vertido tanta sangre como en ese país maravilloso. Andalucía ha sido siempre la región de las conspiraciones y de las revueltas, porque más que cualquier otra provincia de España ha sufrido bajo el yugo terrible de la reacción. Millares de hombres y mujeres valientes anegaron con su sangre la tierra de Andalucía, miles de sus habitantes perecieron en las cárceles de las colonias penales, mas la reacción nunca fue capaz de sofocar el espíritu rebelde que late en el corazón del pueblo andaluz.
Las sublevaciones de Málaga, Utrera y de la provincia de Sevilla en 1857 fueron reprimidas de un modo sangriento. Centenares de rebeldes fueron fusilados o recluídos. Sólo en Sevilla se asesinaron 95, meses después de haber sido sofocado el levantamiento.
En 1861 se produjo una gran sublevación bajo la jefatura del republicano socialista Pérez del Álamo. Este levantamiento tuvo las mejores probabilidades de obtener un éxito. Fue preparado durante mucho tiempo y no menos de 30.000 hombres se unieron a los rebeldes cuando entraron en la ciudad de Loja; pero la incapacidad militar de los dirigentes fue el mayor obstáculo para la empresa. Después de algunas luchas luchas sangrientas los revolucionarios fueron vencidos. El gobierno reaccionario se vengó horriblemente: más de 200 hombres fueron fusilados por orden de los Consejos de Guerra, la mayor parte de ellos sin proceso. Centenares de personas fueron enviadas a presidio, la reacción prohibía toda manifestación de libertad y sólo en 1864, precisamente cuando Salvochea regresaba de Londres, la situación general de Andalucía era algo mejor. Creemos que esta somera revista histórica ha sido necesaria porque ella ofrece al lector un pequeño cuadro de la situación bajo la cual se ha desarrollado la acción de Salvochea.

V
De Londres a Cádiz - La comuna revolucionaria de Cádiz -
La república traicionada por los republicanos timoratos y politiqueros -
Defensa de Cádiz - Entereza ante la derrota

Fermín Salvochea volvió a Inglaterra hecho un comunista y ateo. En su patria se convirtió en revolucionario y republicano. Claro está, en defensor de una república comunista. Con todo el apasionamiento entusiasta de su noble carácter se entregó al movimiento revolucionario conspirador. Tuvo una participación activísima en las empresas más arriesgadas y su valor personal, su espíritu de sacrificio, lo convirtieron poco a poco en uno de los dirigentes más capaces y de mayor influencia en el movimiento republicano. Salvochea era rico, sumamente rico; se decía que su padre poseía una fortuna de tres millones de pesetas; pero Fermín vivía modestamente y se valía de su riqueza como fondo para la causa revolucionaria.
Las casamatas de San Sebastián y Santa Catalina, cerca de Cádiz, era en aquel entonces el albergue de los presos políticos de toda España. Los revolucionarios que debían ser recluídos en las colonias penales de Fernando Poo o de Manila quedaban encerrados durante algún tiempo en las prisiones de Cádiz, antes de que fuesen enviados a su destino. Salvochea los visitaba a todos y tenía para cada cual un buen consejo y alguna ayuda.
En 1866 Salvochea y sus amigos organizaron una empresa grandiosa. Se esperaba que los artilleros encarcelados, que habían tomado parte en la sublevación de Madrid, serían enviados a la prisión de San Sebastián para transportarlos luego a Manila. Pero por lo visto el gobierno se mostró receloso porque cambió repentinamente de opinión.
En 1867 la reina Isabel volvió a poner el mando en manos del odiado verdugo Narváez y el país desdichado sintió las consecuencias de una terrible reacción. Ya en junio de 1868 habían estallado algunas revueltas aisladas en Cataluña y Andalucía, pero fueron inmediatamente reprimidas en sangre. Salvochea tuvo una participación destacada en el levantamiento militar del regimiento Cantabria; dicho levantamiento fue el preludio de la revolución de septiembre de 1868. Ésta comenzó el 18 de septiembre en Cádiz, propagándose cual un incendio por toda Andalucía. El día 28, el ejército real fue batido por los insurgentes y el 29 la comuna de Madrid proclamó la destitución de la dinastía borbónica.
Salvochea fue elegido miembro de la comuna revolucionaria de Cádiz y segundo comandante del segundo batallón de voluntarios. Fueron muchos los que quisieron incorporarse a él, pero Salvochea eligió únicamente a los republicanos y a los comunistas.
Toda España saludó con el mayor júbilo la caída de la odiada dinastía y durante un instante pareció que se iban a realizar millares de esperanzas. Pero los hombres del gobierno provisional de Madrid no eran más que monárquicos liberales y adversarios del ideal republicano. Gracias a la actitud vergonzosa del republicanismo burgués, Castelar y sus amigos, los miembros del nuevo gobierno, los señores Prim, Zorrilla, Sagasta, etc., adquirieron valor y se pronunciaron abiertamente contra la República. Salvochea y sus amigos comprendieron el peligro, sabían que el gobierno flamante se vengaría de los republicanos en la primera oportunidad. Con el propósito de prepararse para la lucha los revolucionarios andaluces convocaron para los primeros días de diciembre de 1868 una gran asamblea en Álava. Salvochea seleccionó los elementos fieles de Cádiz, recomendándoles que no depusieran en modo alguno las armas. El 5 de diciembre apareció, inesperadamente, an te los muros de Cádiz, una sección de artillería exigiendo, en nombre del gobierno, que la milicia revolucionaria hiciera entrega de sus armas en el término de tres horas. Aún no había transcurrido este plazo cuando comenzó el tiroteo. Algunos revolucionarios cayeron muertos y otros heridos.
lnmediatamente Salvochea se colocó al frente de los rebeldes y organizó la defensa militar de la ciudad. La lucha duró tres días; la artillería hizo esfuerzos desesperados por conquistar la plaza sin resultado alguno. Salvochea luchó como un león, estaba en todos los sitios de mayor peligro y su valor heroico infundió a los rebeldes una fuerza increíble.
Al cuarto día los embajadores de la ciudad solicitaron un armisticio, que fue aceptado por ambas partes. Pero el gobierno "liberal" se apresuró a enviar contra los valerosos insurrectos un ejército al mando del general Caballero de Rodas. Salvochea mantuvo su posición hasta el 11 de diciembre; pero a medida que el general se iba acercando, sin encontrar resistencia, comprendió Salvochea que el pequeño núcleo de revolucionarios mal armado no estaba en condiciones de oponerse a un ejército y que toda resistencia sólo ocasionaría una matanza, sin ninguna probabilidad de éxito. En consecuencia disolvió la milicia revolucionaria enviándola a otro lugar y quedándose él solo. Se fue tranquilamente al casino militar para esperar allí al general Caballero de Rodas. El coronel Pazos, jefe del tercer regimiento de artillería, lo fue a ver para pedirle que salvara su vida, abandonando Cádiz, porque el general ordenaría, con toda seguridad, que fuese fusilado. Salvochea no aceptó. El coronel le ofreció su ayuda personal, pero Salvochea se mantuvo firme en su decisión. Sabía que el gobierno lo consideraba como culpable principal y en caso de no ser hallado por De Rodas la ciudad entera debería sufrir por su causa y eso habría sido para él peor que la muerte. Su carácter noble no le permitió pensar en su propia salvación; estaba dispuesto a afrontar toda la responsabilidad y resuelto a morir por sus hechos. Esta actitud admirable impresionó profundamente hasta a sus enemigos y el general De Rodas, no queriendo ser el verdugo de semejante hombre, lo envió en calidad de prisionero de guerra a la fortaleza de San Sebastián.
Empero el pueblo de Cádiz supo apreciar este carácter elevado y pocos meses después Salvochca era elegido por gran mayoría representante de Cádiz en las Cortes. El gobierno provisional había declarado anteriormente que no reconocería esa elección y el parlamento "revolucionario", en efecto, apoyó esta actitud. Diríase que esos extraños "revolucionarios" querían demostrar que Salvochea no cuadraba en su compañía; en este sentido tenían razón, pues el verdadero sitio del gran rebelde era la barricada y no el parlamento.

VI
Amnistía - Movimiento federalista de Cataluña -
Derrotados - París - Vuelta a Cádiz - Salvochea alcalde de Cádiz

En febrero de 1869 se reunió el nuevo parlamento y una de sus primeras resoluciones fue la de conceder la amnistía a los presos políticos, que todo el pueblo requería enérgicamente. Algunos días después Salvochea y muchos otros abandonaron las casamatas de San Sebastián y Santa Catalina. Salvochea reanudó en seguida sus trabajos, fomentando en Andalucía una agitación vigorosa a favor de un nuevo levantamiento republicano, porque era aquel el único modo de salvar las consecuencias de la revolución del 68.
El 1 de junio de 1869 las Cortes adoptaron una resolución monárquica, por 214 votos contra 56, decidiendo buscar en Europa un rey adecuado para el trono español. Emilio Castelar y otros republicanos burgueses se limitaron a protestar débilmente en lugar de recurrir a la única solución que les quedaba: la sublevación. Pero esos comediantes republicanos no querían saber nada de tales medios y prefirieron traicionar la República y la revolución de 1868. En el mes de septiembre estalló en Cataluña el levantamiento federalista. Salvochea y sus amigos resolvieron en el acto apoyar a los rebeldes agitando la bandera de la revuelta en su provincia. El 30 de septiembre, Salvochea a la cabeza de 600 hombres, marchaba de Cádiz a Medina para reunirse allí con los revolucionarios de Jérez y de Ubrique. Aun cuando aquéllos sabían que las perspectivas de triunfar no eran muy brillantes, decidieron iniciar la campaña, costara lo que costara. Sabían que el levantamiento era el último recurso para defender su libertad y, hombres resueltos, estaban decididos a morir antes que someterse sin intentar la defensa.
Salvochea fue perseguido inmediatamente por las tropas del gobierno. No lejos de Alcalá de los Gazules se llevaron a cabo los primeros encuentros sangrientos. Los militares eran cien veces más fuertes que los revolucionarios mal armados; pero éstos lucharon con notable heroísmo y en pocos días presentaron tres batallas encarnizadas. Rafael de Guillén fue hecho prisionero y los soldados lo asesinaron en una forma salvaje, por orden del coronel Luque. Cristóbal Bohórquez, el defensor incansable y heroico de la libertad e igualdad sociales, cayó en el campo de batalla. Salvochea luchó como un héroe; sabía que su causa estaba perdida, pero su valor era inquebrantable. Finalmente, después que el ejército hubo conquistado los sitios estratégicos más importantes y después de haber recibido los rebeldes la noticia de que no había sido posible promover un levantamiento en Málaga y en Sevilla, los revolucionarios dispersaron sus filas para salvarse aisladamente. Sometiéndose a varios peligros, Salvochea y otros lograron llegar a Gibraltar. De allí pasó a París, donde frecuentó los círculos avanzados que se agrupaban en torno de La Revue, Le Rapell y otros periódicos radicales. De París Salvochea partió para Londres, de donde pudo regresar a España gracias a la amnistía de 187l. En Cádiz el pueblo lo acogió con indescriptible entusiasmo y ese mismo año fue elegido alcalde.
Como alcalde de Cádiz, Salvochea trabajó mucho por el embellecimiento de la ciudad, convirtiéndola en una de las más hermosas de España. Estableció también algunas reformas útiles en la administración política. Pero no duró mucho tiempo en su cargo porque en julio de 1873 estalló en España la revolución cantonalista y Salvochea fue uno de los primeros en tomar el fusil en la mano para la conquista de la igualdad económica y la autonomía local.

VII
El movimiento cantonalista y sus consecuencias -
Barcos ingleses y prusianos en ayuda de la reacción - Prisión en La Gomera -
Sus estudios y su evolución filosófica - Indulto rechazado - La fuga

El 9 de febrero de 1873 el rey Amadeo renunció al trono y pocos días después fue proclamada la República española. La lucha sangrienta de la Comuna de París había producido gran impresión en España y se presentía que iban a ocurrir grandes acontecimientos. Por eso Amadeo prefirió renunciar. Pero el pueblo tampoco estaba conforme con la república centralista y debido a eso los hombres del nuevo gobierno se vieron obligados a proclamar la república federativa el 8 de junio de 1873. Para pacificar a los descontentos se eligió para la presidencia del ministerio al conocido proudhoniano Pi y Margall; pero el 3 de julio, al establecerse la nueva Constitución, los federalistas se dieron cuenta de que se trataba de engañarlos. Pi y Margall, el único hombre honesto y resuelto del nuevo gobierno, renunció a su cargo por no querer traicionar sus principios. Entre el 5 y el 13 de julio se sublevaron numerosas ciudades proclamándose como comunas independientes.
No puede ser, desde luego, el objeto de nuestro trabajo ofrecer un cuadro de ese movimiento complicado, que sólo concluyó el 11 de enero de 1874 con la represión sangrienta de la comuna de Cartagena. Esta ciudad heroica estuvo sitiada durante seis meses por el ejército español y por buques de guerra prusianos e ingleses antes de que se consiguiera someterla.
Salvochea se adhirió inmediatamente al movimiento federalista y fue elegido presidente del comité administrativo de la comuna de Cádiz. Pero su situación era difícil a causa de que había múltiples tendencias en el movimiento mismo. A principios de agosto llegó a las puertas de Cádiz el general Pavía al mando de un ejército. Salvochea y sus amigos defendieron la entrada de la ciudad, pero los buques de guerra británicos del puerto de Cádiz se pusieron del lado de las tropas del gobierno, terminando con ello toda tentativa de defensa interior.
Salvochea se hallaba en un lugar seguro cuando los soldados del general Pavía entraron en la ciudad. Le hubiera sido muy fácil llegar en bote hasta Cibraltar, pero al saber que muchos de sus amigos habían sido arrestados él mismo se entregó en manos del enemigo a fin de compartir la suerte de sus camaradas.
El consejo de guerra de Sevilla, lo condenó a reclusión perpetua en una de las colonias penales de África. Su noble amigo Pablo Laso se presentó voluntariamente ante el tribunal con la intención de acompañar a Salvochea en su encierro. En marzo de 1874 ambos fueron enviados al presidio de La Gomera. Salvochea soportó su destino con la mayor calma. Su familia le ayudaba con dinero, pero él compartía hasta el último céntimo con los desdichados presos y con los habitantes pobres de la colonia que lo veneraban como a un santo. Salvochea era el espíritu bueno de la isla, amigo y hermano de todo el mundo; su consuelo influía sobre todos evitando la desesperación. En 1876, fue trasladado a Ceuta, pero de allí fue nuevamente llevado a La Gomera. Durante los ocho años que pasara en las colonias penales, Salvochea estudió la medicina teórica y práctica, dedicando todos sus esfuerzos a los moradores de La Gomera. Pero él mismo cumplió también una notable evolución intelectual en su cautivero. Estando aún en España había tomado una participación entusiasta en el movimiento obrero español y fue uno de los primeros miembros de la Internacional en ese país; pero fue en la reclusión donde halló el tiempo necesario para ocuparse de las ideas y aspiraciones de la federación española de la Asociación Internacional de Trabajadores; comprendió poco a poco que la república federativa no era más que el último escalón en la evolución libertaria y los escritos de Bakunin y de otros pensadores avanzados lo llevaron finalmente al anarquismo, que propagó con la mayor energía hasta el último momento de su vida.
En 1875, la madre de Salvochea trató de obtener el indulto de su hijo. Gracias a la ayuda de varios amigos influyentes logró el consentimiento de Cánovas del Castillo; pero cuando Salvochea tuvo noticia de esta gestión escribió a su madre una carta apasionada en la cual le prohibía hacer esfuerzo alguno en favor de su indulto, declarando que prefería morir en la prisión antes que aceptar un favor de sus enemigos más acérrimos. En 1883 la Municipalidad de Cádiz hizo una nueva tentativa en este sentido, con todo éxito, y el Tribunal Supremo resolvió conceder la amnistía a Salvochea. Pero no habían contado con el férreo carácter del gran revolucionario. Cuando el gobernador de la colonia penal le leyó su indulto, Salvochea rompió el documento en presencia suya, declarando que para él sólo existían dos maneras de ser libertado: o bien por su propia fuerza o por medio de una amnistía general para los presos políticos. Es de imaginar la impresión que produjo su actitud. Renunció Salvochea a la libertad y continuó en la prisión. Pero nueve meses más tarde consiguió huir de La Gomera. Logró alcanzar un pequeño velero árabe con el cual llegó a Gibraltar. Después de una corta permanencia en Lisboa y en Orán se estableció en Tánger, residiendo allí hasta 1886, cuando, en virtud de la muerte de Alfonso XII, pudo volver a España, donde fue recibido con un entusiasmo indescriptible.

VIII
1881 - Primer congreso público de los anarquistas españoles -
El proceso de La Mano Negra - Proceso y condena de Salvochea - Penurias de su prisión - Intento de suicidio - Amnistía - Muerte de Salvochea

Volvió Salvochea en un momento oportuno. De 1874 a 1881 el movimiento anarquista en España atravesó un período espantoso. Las bárbaras leyes de excepción impidieron toda propaganda pública. Centenares de compañeros padecían en las cárceles y sin embargo el movimiento subsistía en las organizaciones secretas. Se editaban periódicos clandestinos, como por ejemplo El Orden, Las Represalias, La Revolución Popular, El Movimiento, etc. Sólo en 1881 terminó ese período aciago y ese mismo año se celebró el primer congreso público de los anarquistas españoles. De 1881 a 1892 el movimiento tomó un considerable incremento, estando Salvochea siempre a la vanguardia de sus camaradas. En 1886, es decir, poco tiempo después de volver a Cádiz, fundó un periódico anarquista, El Socialismo, y llevó a cabo una enérgica propaganda en Andalucía. En todas las aldeas organizáronse los labriegos y el anarquismo hizo un progreso enorme en la provincia entera. El gobierno contemplaba con terror ese movimiento. Trató de suprimir el periódico por medio de una serie de procesos, pero sólo consiguió fortificar la propaganda anárquica. Durante la aparición del periódico, de 1886 a 1891, Salvochea fue arrestado y condenando numerosas veces, pero su defensa enérgica ante los jueces producía gran impresión, infun diendo cada proceso más vigor al movimiento.
Entonces el gobierno se valió de otro recurso. Ya a principios de 1880 había difundido la noticia de que existía en Andalucía una sociedad conspiradora, La Mano Negra, compuesta de asesinos y ladrones e influida por los principios anarquistas. La prensa reaccionaria repitió tantas veces esta invención que finalmente todo el mundo la creyó y millares de personas fueron detenidas y a menudo condenadas por ser miembros de la presunta Mano Negra. En el fondo, la policía tenía la intención de disolver en esta forma la poderosa Asociación de los labriegos españoles. El 1 de mayo de 1890, Salvochea organizó una grandiosa demostración revolucionaria en toda Andalucía, que produjo una impresión soberbia sobre los trabajadores de España. Al año siguiente, en la misma fecha, se verificó una manifestación análoga, aunque el gobierno había arrestado días antes a Salvochea y a otros compañeros. Poco después del 1 de mayo estallaron dos explosiones en la ciudad. A consecuencia de una murió un obrero y de la otra cuatro jóvenes. La prensa reaccionaria, desde luego, sospechó de los anarquistas. El Socialismo declaró inmediatamente que aquello era una estratagema de la policía, pero poco después un ejército de pesquisas y vigilantes invadió la redacción del periódico, "descubriendo" allí dos bombas que ellos mismos, claro está, habían preparado. El resultado fue que detuvieron a gran número de camaradas; Salvochea tuvo la misma suerte algunas semanas después.
Sucesos análogos ocurrieron también en Jerez de la Frontera, una de las ciudades más revolucionarias de Andalucía. En agosto de 1891 fueron arrestados allí 157 anarquistas, acusados de pertenecer a La Mano Negra. Es claro que esas infamias de la reacción provocaron un odio encarnizado entre los labriegos y campesinos. Viendo pisoteados sus derechos más elementales, algunos centenares de ellos resolvieron libertar por la fuerza a sus camaradas encarcelados en Jerez. La noche del 8 de enero de 1892, 500 labriegos y artesanos penetraron en la ciudad de Jerez al grito de "¡Viva la revolución social! !Viva la anarquía!" Fueron muertos dos terratenientes; al principio los soldados se asustaron y de este modo los rebeldes lograron poner en práctica parte de su plan. Al amanecer, los revolucionarios se tuvieron que retirar después de una lucha sangrienta con la fuerza armada. La venganza de la burguesía fue terrible. El 18 de febrero de 1892 los anarquistas Lamela, Valenzuela, Bisiqui y El Lebrijano fueron ajusticiados. Murieron heróicamente, saludando a la muerte con el grito de "¡Viva la anarquía!" Y ellos resultaron los más felices; otros diez y siete compañeros fueron condenados a diez, doce, quince y veinte años de presidio y algunos aun a perpetuidad. Entre los acusados estaba también Salvochea.El gobierno lo acusaba de haber organizado la sublevación de jerez, estando encerrado en la cárcel de Cádiz. En esta última ciudad no hubo ningún juez que se hiciese cargo del proceso. En consecuencia Salvochea fue puesto a disposición de un consejo de guerra, el cual lo condenó a doce años de presidio.
La actitud de Salvochea ante sus jueces fue valiente. Bien sabía que iba a ser condenado, costara lo que costara. Véase su diálogo con el juez: "Está usted obligado a contestar la verdad a todas las preguntas que le voy a formular". Salvochea: "Este proceso no es más que una comedia vergonzosa y yo estoy condenado ya antes de presentarme ante ustedes; por lo tanto no tengo nada que contestar". El juez: "La ley establece que el acusado que renuncia a responder a las preguntas que le plantea el juez reconoce su culpabilidad". Salvochea: "Estoy resuelto a asumir la responsabilidad de mi silencio". El juez: "Pero debe usted respetarme como juez". Salvochea: "Para mí todos los hombres son iguales. Yo no reconozco superiores y no tengo por qué respetarle". El juez le formuló todavía una docena de preguntas, pero Salvochea guardó silencio.
Salvochea fue transportado a la cárcel de Valladolid, donde debía cumplir su condena. Al principio se le tuvo aislado completamente del mundo exterior y ni siquiera se le permitía escribir cartas. Sólo el 7 de noviembre de 1893, cuando estaba ya gravemente enfermo en el hospital de la prisión, se permitió que algunos íntimos amigos suyos lo visitaran. Su estado era de lo más espantoso que imaginarse pueda. El primer domingo después de haber llegado a la cárcel de Valladolid, el director le exigió que asistiese a misa. Salvochea se negó, diciendo que era ateo. "No importa -replicó el director- usted irá a la iglesia o de lo contrario lo encerraré en una celda subterránea". -"Prefiero la celda"- contestó Salvochea. Fue alojado en una cueva horrible, en un agujero oscuro, húmedo y frío. Pasaron algunos meses; Salvochea enfermó a causa de la humedad y sintió que sus fuerzas le iban abandonando de día en día. No podía esperar salvación alguna, porque España atravesaba entonces un período reaccionario. En este estado resolvió suicidarse, para poner fin a sus dolores. Con una vaina rota se produjo dos heridas profundas en las venas del cuello y en un costado. Luego se tendió en el suelo y perdió el conocimiento. Pero debido al horrible frio que reinaba en la celda su sangre se congeló en las venas y esta fue su salvación.
Habiéndolo encontrado en tan espantoso estado el director se acobardó. Lo trasladó al hospital y poco a poco fue reponiéndose. Al recobrar la salud el director le ofreció un puesto de escribiente en la prisión, pero Salvochea se resistió a aceptar, diciendo que no quería ser un sirviente del Estado, ni siquiera en esa forma. El 21 de agosto de 1898 fue trasladado a la cárcel de Burgos. Allí su situación era mejor. Tradujo una obra de astronomía de Flammarion, produciendo algunos otros trabajos de carácter literario. Por fin, en 1899, cuando los prisioneros de Montjuich fueron libertados, gracias al vasto movimiento de protesta, se abrieron también para Salvochea las puertas de la prisión. Se dirigió a Cádiz donde el pueblo lo acogió con señalado júbilo. Su espíritu seguía siendo siempre el mismo, pero su salud, sobre todo la vista, sufría mucho a causa de los largos años de encierro.
Salvochea se mostró activo hasta el final de sus días. Sacrificó sus bienes y su sangre, toda su fortuna, por el ideal en que creía y llegó a ser tan pobre como el proletario más indigente. Escribió numerosos artículos para la prensa anarquista de España y editó también algunos folletos. Su último trabajo literario ha sido una excelente traducción de Campos, fábricas y talleres de Kropotkin, que se publicó primeramente en La Revista Blanca y luego en libro.

IX
Sepelio de Salvochea

Esta es, brevemente narrada, la biografía de Fermín Salvochea, héroe y luchador. Su muerte causó un mar de lágrimas y su sepelio dió lugar a una manifestación enorme, en la que participaron cerca de 50.000 personas. De todos los pueblos y aldeas afluyeron los pobres y desheredados para despedirse del extinto. Centenares de mujeres besaban los labios fríos que antes llamaran con tanta frecuencia a la lucha por el pan y la libertad. Yal ser depositado en la fosa el cadáver del inolvidable camarada, millares de bocas exclamaron: "¡Viva la anarquía!"
Salvochea ha muerto, pero un movimiento que cuenta en sus filas con semejantes hombres es invencible.

Rudolf Rocker (1945) Subir


La contribución de sangre

I
Su origen

Desde los más remotos tiempos el desnivel intelectual, nacido, naturalmente, como el físico en el seno de las sociedades humanas, y agrandado y desarrollado artificialmente después en provecho aparente de los menos y en perjuicio de los más, primero y de todos al fin, ha sido la causa fundamental de la calamidad que lamentamos, origen, a su vez, de cuantos males han afligido y pesan todavía sobre los mortales.
De todos los tributos pagados por los vencidos a los vencedores, ninguno tan odioso, tan inicuo y tan detestable como éste: que el oprimido se preste a dar al conquistador el producto de su trabajo y sufra la ley del vencido, se comprende, por más que se deplore, pero que llegue hasta tal punto su abatimiento moral que se resigne a entregar a su semejante convertido en su señor y amo, hasta sus propios hijos, cosa es que traspasa los límites de lo racional, y que en el porvenir, se considerará poco menos que imaginario.
Esta institución, tan repugnante como bochornosa, nacida en la noche de los tiempos, basta por sí sola a hacer repulsiva una civilización que con ella ha tenido la debilidad de transigir, haciendo que el pobre mire con envidia la suerte de aquellos que, a pesar de ser tenidos por salvajes, son mil veces más felices que los esclavos del salario, en los pueblos que dotados, de una vanidad sin límites y de un orgullo tan sólo comparable con su ignorancia, se proclaman a sí mismos los portaestandartes de la civilización, las fuentes del progreso y los depositarios del saber.
Las ideas de patria -¡como si ésta pudiera existir para los esclavos!- unidas a las religiosas, que tanto han contribuido al embrutecimiento y abyección de las muchedumbres, han formado una espesa red que, durante largos y largos siglos, ha tenido a los productores de la riqueza a merced de sus implacables y eternos enemigos, a quienes no contentos con dar el fruto de la tierra, cultivada con sus brazos y fertilizada con su sudor, le entregan, ¡oh desgraciados!, hasta el de sus mismas entrañas. Y el falso, y a todas luces absurdo concepto de la propiedad, unido a las causas anteriormente referidas, vino como vulgarmente se dice, a remachar el clavo y a eternizar (si tal puede decirse del error, llamado a desaparecer) la explotación del hombre por el hombre y la preponderancia del fuerte sobre el débil.
He aquí el origen de una contribución que es la negación de todo progreso y fuente de todos los males. Sin ella, el edificio del privilegio y la desigualdad, amasado con la sangre y construido con los huesos de tantas generaciones de esclavos, se vendría a tierra, como las murallas de la ciudad de que habla la leyenda bíblica, sin que para ello fuera necesario las vibraciones producidas por ningún instrumento, bastarían las engendradas por la humana voz.
Puesto de manifiesto el origen perverso, bárbaro y cruel de carga tan verdaderamente afrentosa, que degrada lo mismo al que la impone que al que la sufre y la tolera, perjudicando a todos por igual, porque el mal, en difinitiva, a ninguno aprovecha en el fondo, aun cuando lo parezca en apariencia. La labor que nos proponemos seguir en los siguientes capítulos, relacionada con los medios más faciles, convenientes y aceptables para llegar lo más rápidamente posible a su abolición, aunque grande si se compara con el alcance de nuestras débiles fuerzas, es sin embargo relativamente insignificante, porque el principio de justicia en que se inspira y la verdad en que se asienta tienen tanta fuerza y tal poder que, con ellas, hasta la inteligencia más limitada puede avanzar, como se proponga, a llevarla a feliz ejecución.
¿Quién habrá que no vea en el nacimiento de la propiedad individual el origen de una fuerza destinada constantemente a sostenerla y ampararla? Sólo esta consideración bastaría para condenar a un régimen que, únicamente mantenido por la violencia puede subsistir. Para sostener a los menos en la injusta posesión de lo que han producido y de derecho corresponde a los más, está en las ciudades y en los campos la policía. Cuando su fuerza no es bastante y la protesta individual se torna en colectiva, interviene el ejército, sin cuyo auxilio tendría siempre comprometida su existencia la burguesía, porque la tendencia hacia el comunismo anárquico es tan natural y está tan en armonía con nuestra naturaleza que, a no impedirlo la fuerza bruta, engendro de la astucia y la ignorancia, puesta a disposición de los perversos y de los malvados, a él hace mucho tiempo habría acudido la sociedad, como lo ha hecho, aunque con carácter temporal, en las grandes crisis de la Historia. Que una plaza se ve sitiada, que un buque se halle detenido por un accidente cualquiera y tenga que prolongar forzosamente la navegación, y lo veremos en el acto aparecer. En una palabra, el ejército permanente es a la propiedad privada lo que la sombra al cuerpo: el uno es consecuencia inevitable de la otra. Sobre esto ya no puede haber dudas de ningún género ni vacilaciones de ninguna clase. Que su existencia, pues, lo mismo en el interior que en el exterior, sólo es beneficiosa a los menos, siendo, por consiguiente, un dogal que el pueblo mismo se ha arrojado al cuello: es una verdad innegable. El patriotismo y la religión, esas dos armas formidables que, manejadas hábilmente por los más listos y menos escrupulosos tanto daño han causado a la humanidad, representan un importante papel en el origen de los ejércitos.
La necesidad de defenderse, de los animales primero y de los vecinos después, puso el arma en la mano del hombre de la caverna, y lo que sólo debía servir para asegurar la vida independiente y mantener la libertad, al perder su carácter popular y convertirse en una institución, ha producido el efecto contrario, dando vida a lo que pretendía destruir, y consolidando lo que trataba de evitar.

II
Causas que la sostienen

La propiedad individual, enemiga de la igualdad, contraria a los inmortales principios de la fraternidad, proclamados lo mismo por la filosofía que por las religiones, y eterna manzana de discordia, de desolación y de ruina, tanto entre los individuos como entre los pueblos y naciones, no hubiera podido subsistir sin el poderoso concurso de esa abrumadora fuerza material, que las multitudes inconscientes ponen a disposición de sus astutos e implacables enemigos. Siglos ha la cuestión económica se hubiera resuelto conforme a la equidad y a la justicia, y el humano y racional comunismo libertario hecho una nación de todos los pueblos y una familia de todos los hombres, a no ser por esa fuerza bruta que los mismos desheredados ponen imbécilmente en manos de aquellos que les aprietan las cadenas y les oprimen el corazón.
Sí; el bárbaro e inhumano capitalismo no es más que una forma más hipócrita, y por eso también más horrible y más denigrante, del feroz y brutal canibalismo que forma el fundamento y es la parte esencial del sistema capitalista burgués. Que lea uno de estos que en África o en Oceanía se comen a los hombres y pondrá el grito en el cielo, pidiendo el inmediato exterminio de esos salvajes que nos hacen avergonzarnos de pertenecer a la humanidad. Y si les manifestáis que otro tanto ocurre en el seno mismo de nuestra sociedad, y que el producto del trabajo del obrero, convertido en un capital que el rico disipa a su placer, y que, por consiguiente, deja de servir para proporcionar a los productores los medios de poder reparar racionalmente las fuerzas gastadas y atender a sus demás necesidades, representa la carne que el otro salvaje se come, dirá que es una barbaridad; pero no podrá demostrarlo, porque, en efecto, no es posible hallar mayor analogía. Pero, aún hay más: el canibalismo primitivo tiene a su favor algo que le falta al moderno: aquél reconocía por causa el hambre, éste, sólo la satisfacción de torpes deseos y ruínes pasiones. Con el valor que representan las mansiones de los poderosos, habría para que ninguno careciera de albergue; con el exceso de capital que invierten en sus trajes los privilegiados bastaría paro evitar que nadie se viera desnudo; con el dinero inmoderado que gasta la burguesía en comer, y en hacer gala de un lujo y una vanidad desenfrenada; con lo que emplea en brillantes, teatros, iglesias y orgías, se hallaría lo necesario para impedir que hubiera quien perdiera la vida, como hoy sucede por no poder atender a las más perentorias necesidades. Y bien, si hay alguna diferencia entre el antropófago pasado y el presente, la ventaja se hallará de parte del primero: la miseria y la ignorancia militaban en su favor y podían, hasta cierto punto, atenuar algo su gravedad; pero el segundo, floreciendo y desarrollándose en el seno de una sociedad en que la producción abunda, y que pretende ser civilizada, no cuenta con circunstancia atenuante alguna, por el contrario, mientras más de cerca se le contempla más deforme y odioso aparece.
Mirad con el microscopio de la sociología, las joyas con que se engalana la burguesía, y veréis que en sus piedras preciosas se encuentran los glóbulos rojos que faltan en la sangre de los proletarios. Aplicad el mismo instrumento al examen de sus palacios, sus catedrales, sus prisiones y sus cuarteles, y en la cal que se encuentra en sus muros hallaréis la que procede de los huesos de los esclavos, de los siervos y de los asalariados, del eterno paria, en fin, que es quien lo ha producido todo para los demás, a costa de su salud y de su vida.
Las palabras Libertad, Igualdad y Fraternidad, escritas en el muro, que anunciaron en el festín de Baltasar el fin de todo un régimen, sólo risa y desprecio producen a la burguesía que, cegada por la soberbia, halagada por el orgullo y adormecida por la vanidad, no se da cuenta de la rapidez con que se camina hacia su inmediata desaparición. Pero la marea sube, el descontento aumenta, las ideas de equidad y justicia se abren paso por todas partes; las religiones ni las fronteras bastan a contener a los pueblos encerrados en los antiguos moldes; el deseo y la necesidad de expansión se encuentran por doquier y se hacen sentir en todo el mundo.
Si el fanatismo y la ignorancia de los pasados siglos han podido ser causa y efecto, al mismo tiempo, de cuadro tan desconsolador, hoy que la luz, aunque débilmente, empieza a iluminar el entendimiento de la masa, y ésta ve disiparse, poco a poco, las brumas que oscurecían su razón, hay sobrado motivo para, con fundamento, esperar que una vez conocido por el pueblo las verdaderas fuentes del mal, acude en plazo breve a aplicarle un seguro y eficaz remedio, que, aunque en primer término favorezca sólo a él, por ser hoy el más perjudicado, en el fondo será beneficioso para todos, libertando a la sociedad, al mismo tiempo que del brutal y opresor militarismo, de ese cáncer inmundo que se llama individualismo imperante.
En todas las naciones los trabajadores se agitan y se mueven, no hay pueblo alguno donde el deseo de redención no aliente en el pecho de los oprimidos, a la sombría y triste resignación y mansedumbre, predicadas en el cristiano templo, han sucedido las ideas de rebeldía y emancipación, sembradas por los pensadores antiguos y modernos en el seno de las muchedumbres; caminamos hacia el ideal, y a poco que la suerte nos favorezca, saldremos de una vez para siempre del templo de las tinieblas, y penetraremos en el de la luz. Negro ha sido el pasado, pero brillante es el porvenir. Adelante, pues, y con el ánimo firme y sereno, resolveremos el gran problema, conquistando para la presente y futuras generaciones, el bien de que carecieron las pasadas. Sólo de este modo dejaremos cumplida nuestra misión civilizadora, sólo así dejaremos impresa una huella en la historia que no se borrará jamás, porque anunciará a la humanidad del porvenir el término de la esclavitud y el principio de la libertad. La muerte del capitalismo y la autoridad, y el triunfo del comunismo y la anarquía.
Lo que debe y puede hacerse para llegar a tal resultado, lo manifestaremos en el siguiente capítulo.

III
La acción

Ya distinguidos y eminentes escritores se han ocupado extensamente de la plaga del militarismo, y nosotros también, en un modesto trabajo sobre el desarme (1), convinimos con nuestros ilustres predecesores en que, en verdad, no el clericalismo, como decía Gambetta, sino aquél, era la causa principal de todos nuestros infortunios y piedra angular sobre que hoy descansan el viejo y vacilante edificio capitalista.
En los Estados Unidos no hay iglesia oficial: los hebreos, los budistas y los cristianos sostienen sus respectivos cultos, sin que el Estado intervenga ni se mezcle para nada en el particular; sin embargo, gracias a la fuerza material, el contraste entre la riqueza y la miseria es allí mayor, si cabe, que en Europa. Y como en aquel país no existe la contribución de sangre, como sucede en la mayoría de las grandes potencias de nuestro continente,alguno pudiera pretender deducir de este hecho que, aun suprimido el servicio obligatorio, todas las clases privilegiadas encontrarían, como sucede en dicha nación y en Inglaterra, proletarios que las defendieran con las armas en la mano contra los desheredados y hambrientos. A semejante argumentación contestaremos lo siguiente:
Si la propaganda comunista, ya representada por el comunismo anarquista o por el autoritario (pero comunismo al fin) del partido obrero, hubiera alcanzado allá la fuerza y la importancia que tiene en Francia y Alemania, por ejemplo, es bien seguro que el problema, si no resuelto de una vez, se hallaría muy cerca de su solución. La mayor cultura relativa del soldado voluntario, comparada con el forzoso, y la imposibilidad de que el número de los primeros pueda llegar nunca adonde actualmente se eleva el de los segundos en las naciones referidas, es una garantía de que a la supresión de la odiosa contribución de sangre, seguiría en las grandes potencias continentales primero, y en el mundo entero después, una completa y radical transformación de la propiedad, en el sentido ya indicado, y con ella el término de la esclavitud y la miseria, la ignorancia y la desigualdad.
Si hasta la misma burguesía se dispone a negar su óbolo a los que no han sabido defender sus intereses; si una mitad de los privilegiados se revuelve y embiste contra la otra mitad; si la clase media se dispone a reñir fiera batalla por la única y exclusiva cuestión que puede hacer despertar de su letargo, por los céntimos, lógico y natural será que los humildes, los parias, los siervos de todas las épocas y los esclavos de todos los tiempos se nieguen a su vez a entregar a sus hijos para que no se conviertan en sus propios verdugos; que no permitan por más tiempo que su misma sangre sea la que se interponga entre ellos y el producto de su trabajo; entre los que tienen necesidades y los medios de satisfacerlas; entre el rico y el pobre. En fin, cuando los que han nacido en el seno de la clase desheredada u oprimida no pueden ponerse al servicio de los primeros sin cometer la mayor de las indignidades y la más espantosa de las villanías. ¿Será posible que mientras los unos tengan energías suficientes para negar su dinero al Estado, carezcan los otros del valor necesario para no dar sus hijos? ¡Horroriza el pensarlo!
A los que digan que el ejército sirve para defender al país y garantizar su independencia, contestadles que, para obra semejante, se bastan los pueblos a sí mismos, como lo atestigua en sus páginas la Historia y como lo demuestra lo que a diario ocurre en nuestros días.
Ved lo que pasa en el Sur de Africa: dos microscópicas repúblicas, que apenas figuran en el mapa, han puesto en grave aprieto a una de las naciones más poderosas de la tierra; dos pueblos, pequeños por el número de sus habitantes, pero grandes por el amor a su libertad e independencia, se han opuesto con heroica energía a la fuerza grandiosa del soberbio invasor, y los hombres, las mujeres y los niños, el pueblo en fin, sin plumeros, sin galones y sin cintajos, desprovisto de todo lo que el enemigo le presta un aspecto teatral, pero animado de un espíritu que jamás se podrá encontrar entre los defensores de la opresión y la tiranía, ha hecho ver al mundo, una vez más, la difrencía que existe entre combatir por razón y luchar en su contra.
Creían los gobernantes ingleses que lo ocurrido a España era debido a la degeneración nacional, y ahora reconocerán el error, se habrán convencido de que, en las repúblicas africanas, como en Cuba, Filipinas y Creta, los defensores de la independencia y la libertad tienen una inmensa superioridad sobre su adversario. Este gran fracaso moral de Inglaterra es una dura lección que no han de desatender los opresores, y que debe alentar y fortalecer al oprimido: ella demuestra que ningún contrario es despreciable, como tenga de su parte a la razón.
Hoy, las dos repúblicas hermanas del Continente Negro y la filipina, en la Oceanía, mantienen bravamente la guerra contra dos naciones de un poder colosal. A su lado se hallan las simpatías del mundo entero; y tal es, afortunadamente, en nuestros tiempos la fuerza incontrastable de la razón, que, tanto en Inglaterra como en los Estados Unidos, millares de voces se levantan protestando contra esa barbarie y solicitando para todos justicia y equidad.
Lo que sigue, y que revela cómo juzgan nuestros compañeros ingleses la actual guerra, lo traducimos de la valiente revista Freedom, correspondiente al mes de abril del año actual (1900):
"El resultado de esta guerra es bien conocido. Más de 18.000 hombres fuera de combate (3.000 prisioneros y 15.000 entre muertos y heridos en el campo de batalla y bajas a consecuencia de las enfemedades), son las pérdida que ha sufrido este país para quebrantar la primera línea de defensa de los boers: la que habían trazado en territorio británico, por medio de la cual han evitado, durante cuatro meses consecutivos, que una potencia de primer orden, con 38 millones de habitantes, y apoyada por sus colonias, invadiera su teritorio. Y si a estas pérdidas se le agregan las de aquéllos, apreciándolas tan sólo en una mitad, se verá que 8.000 agricultores boers han sucumbido, sólo por querer que los dejaran labrar sus tierras y hacer productiva una parte del planeta, de cuyo motivo nadie había querido o podido ocuparse jamás.
Más de 25.555 hombres han sido sacrificados durante el primer acto del drama, a la desmedida ambición y codicia de los Rotschilds, de los De Beers, los Rhodeses, los Chamberlains y otros vampiros internacionales, dueños de Londres y de otras capitales europeas.
¿Cuántos miles más habrá que sacrificar, ahora que los boers se han replegado a su segunda línea de defensa, trazada en su propio país, y que las mujeres y los niños les ayudarán a defender?"
"En el campamento abandonado recientemente cerca de Arondel, se encontraron artículos femeninos de todas las clases y hasta biberones para criaturas que se habían dejado a la espalda. Aun fuera de su propio territorio, en la Colonia del Cabo y en Natal las mujeres boers han participado, al lado de los hombres, de todos los rigores de la campaña. En todos los ejércitos se considera como una tercera parte el número de soldados mecánicos; pero cuando un pueblo acude a las armas para defender su independencia, todos tienen que combatir, y las mujeres boers con sus hijos al pecho, se hicieron cargo de guisar el rancho, cuidar de los caballos, cargar y descargar los carros y hacer toda clase de trabajo, mientras los hombres estaban en las trincheras".
"Esto ocurría en la primera línea de defensa: pero ahora que tienen que defender la segunda en su propio país, es indudable que hemos de ver a las mujeres, fusil en mano, defendiendo las trincheras, en las cuales ya hay muchachos hasta de diez y seis años de edad, entre tanto que los más pequeños (de diez a quince) se ejercitan tirando al blanco, como hemos visto en una fotografía tomada por un ruso en el Transvaal. Ahora sus madres se unirán a ellos; desde el principio de la guerra han estado pidiéndole a Krüger que les permitiera formar legiones de mujeres, y éste se vió compelido a prometer que acudiría a ello si los enemigos invadieran la nación".
"Esas mujeres pueden ir sin temor a las trincheras: no oirán jamás de sus padres y de sus hermanos una palabra que pudiera ofender sus oídos, pues no teniendo que tratar con aquellos a quienes el cuartel desmoraliza y corrompe, serán recibidas como madres y hermanas".
Por los anteriores fragmentos se observará que en Inglaterra, como en todas partes, hay gentes que anteponen a todo, el culto a la Razón y la Verdad.
Si los obispos y los curas que, en interés de la burguesía, ponían medallas y cruces, escapularios y amuletos, en el pecho de su juventud inocente, condenada a no volver más a su país y dejar sus huesos lejos de los hogares de sus padres y de sus hermanos, hubieran tenido que compartir con el hijo del productor las consecuencias de la lucha y los sufrimientos de la campaña, ¡de qué modo tan diferente hubiesen procedido! Por favorecer los bastardos intereses de los poderosos no vacilaron en sacrificar a los humildes, abusando de la ignorancia y de la credulidad de éstos para mandarlos a una muerte segura. ¡Grande es, en verdad, la responsabilidad de esos hombres que pretendiendo ser los defensores de la moral, de modo tan contrario a ella se han conducido!
Si alguien os dice que se ha de considerar como una desgracia la emancipación de las colonias, contestadle que no tenemos dos pesos ni dos medidas, y que, queriendo como queremos para nosotros la independencia y la libertad, la deseamos igualmente para todos los pueblos de la tierra; que el mundo es nuestra patria; nuestros hermanos los que defienden en todas partes la libertad; nuestros enemigos los que luchan al servicio de la opresión y la tiranía. A estos grandes y eternos principios de la justicia, y que son los que hicieron inmortal a la Francia del 93, y que han inspirado siempre a los autores de las verdaderas revoluciones, debemos adherirnos, dispuestos, si es preciso, a sucumbir en su defensa o a bañamos en su brillante luz. Que el temor a la muerte no será nunca bastante a imponernos una existencia ruin y desgraciada; porque vivir no es vegetar, y cuando la vida se reduce sólo a eso, entonces su pérdida no deberá ser nunca mirada como una fatalidad.
Pero la libertad de Cuba y Filipinas, como todo lo que se realiza en armonía con los grandes principios de justicia y equidad, ha resultado un bien para todos; para sus habitantes, porque han logrado verse libres de la denigrante dominación extranjera, cosa depresiva y humillante que ningún pueblo culto debe tolerar; para los trabajadores de la Península, porque ya no tendrán que pasar por el intenso dolor de ver partir a sus desgraciados hijos para esos lejanos países, en donde muchos perdían la salud y un número considerable la vida; y para los mismos causantes del mal, porque, no estando esas islas ya a su alcance, tendrán por fuerza que ser menos malvados y menos perversos de lo que han sido hasta el presente, con lo cual queda demostrada la verdad de nuestra afirmación.
Resta un punto por tratar, sobre el cual los partidarios del pasado pretenden levantar una barrera que nos detenga en nuestro camino y al que dan una importancia excepcional: la grandeza de la nación. Partiendo de la base falsa de que la importancia de los pueblos ha de medirse por kilómetros cuadrados y no por la cultura e ilustración de sus habitantes, proclaman nuestra decadencia, vecina de próxima ruina, como consecuencia lógica, fatal e inevitable de la desmembración del territorio. Pero, los que así discurren, olvidan que los hechos, con fuerza abrumadora, vienen a comprobar lo contrario. ¿No venció el pequeño Japón a la mayor nación del mundo, a la colosal China? ¿Cambiaría un belga su nacionalidad por la de un ruso? ¿Se cree, por ventura, Suiza inferior a Turquía, o Portugal y Holanda menos importantes que Marruecos? De ninguna manera.
Y en cuanto a las colonias, diremos, para terminar, que su posesión tiene que ser, como todo lo fundado en la violencia, necesariamente pasajera. Si el gran imperio británico, que rápidamente marcha hacia la confederación, no hubiera, con el talento práctico que distingue a sus habitantes, dado poco menos que la independencia a sus colonias de América y Oceanía, el Canadá y Australia ha tiempo que la tendrían ya por completo. Dejémonos, pues, de llorar grandezas imaginarias y desdichas ilusorias, y para evitar en el porvenir lo que ha sido posible en el pasado, procuremos hacer que el pueblo abra sus ojos a la luz y comprendiendo que él es, en último término, el verdadero autor de tantos males, pues sus propios hijos y no los privilegiados son los sostenedores del sistema capitalista, se niegue de una manera firme y resuelta, a seguir pagando esa inicua contribución de sangre, causa de tantas desdichas y manantial inagotable de miseria y ruina.
La cooperación de la mujer en esta empresa sería de mucha importancia: ella podría, al echar su peso en la balanza, decidir en un día de la suerte y de los destinos de la humanidad. Lo que inútilmente ha pedido en todas las lenguas y en todos los ritos, a los seres sobrenaturales, producto de sus infantiles creencias, lo vería en un momento, y como por encanto, realizado, a condición tan sólo de una cosa: querer. De ella depende que el sueño de Tolstoi, de que tan sólo por resistencia pasiva se transformase la sociedad, se convirtiera en hecho, y la deliberación del esclavo moderno se hiciera sin que derramase ni una gota de sangre, ni una lágrima. No facilitando sus hijos a los explotadores, la explotación terminaría.
Recuerdo a este propósito que cuando, casi a diario, las madres de los prisioneros hacían manifestaciones pidiendo al gobiemo que se interesara por su rescate, el gobernador de Madrid, según dijeron entonces los periódicos, las increpó diciendo: "¿Por qué los dejaron ustedes ir?" Palabras que debieran esculpirse en mármoles y bronces, o mejor aún, grabarse en la frente de todas las vírgenes y en el corazón de todas las madres.
Y, sin embargo, aquellas desgraciadas podían haberle contestado al representante de la autoridad: "Si no nos hemos opuesto, como era nuestro deber y como hubiera sido nuestro deseo, a que tal barbaridad se consumara, es porque nuestra educación, nuestras costumbres y nuestras creencias, se han interpuesto entre nuestros hijos y nosotras; no es nuestra, pues, la responsabilidad, sino de una sociedad que, en vez de ilustrar a sus miembros, parece que, al contrario, se complace en tenerlos embrutecidos y esclavizados." Y todos tendrían razón: él y ellas. La responsabilidad es de todos, es decir, no es de nadie. Siendo, como somos, deterministas convencidos, no podemos juzgar con un criterio al individuo y con otro a la colectividad; si aquél es irresponsable ésta debe serlo también.
Los mercaderes arrojados a latigazos del templo, han vuelto a apoderarse de él; los defensores de la justicia suben hoy al cadalso, como hacen diecinueve siglos, recibiendo la muerte en pago a su amor a la humanidad, gracias a la ignorancia del pueblo.
Pero por lo mismo que nadie es responsable de nada, los que conozcan la verdad deben no perdonar esfuerzo o sacrificio alguno para hacerla llegar hasta el seno de la sociedad, adormecida en los brazos de la superstición, el fanatismo y la ignorancia, trinidad terrible, de donde han emanado cuantos males han afligido y agobian todavía al ser humano.
Hay que trabajar con fe y energía, con entusiasmo y con firmeza, con constancia y valor, hasta conseguir que el pueblo despierte y en vez de ser un instrumento ciego en manos de los explotadores y verdugos, se convierta en un vasta aglomeración de seres conscientes, dispuestos a combatir siempre y en todas partes el error, y a defender y a dar la vida, si es necesario, por el triunfo glorioso de la Justicia y la Verdad.
Grande será nuestra alegría si llegamos hasta la meta de tan hermosas aspiraciones; pero si la suerte determinara lo contrario, si estuviésemos destinados, como tantos otros, a marcar con nuestros huesos el camino que conduce a la humana redención, con la satisfacción que hemos experimentado al aportar nuestro pequeño grano de arena a la obra del bien universal, nos consideraríamos largamente recompensados por el trabajo realizado o el sacrificio hecho, trabajo y sacrificio que, en vez de causarnos dolor, sólo nos ha producido placer, y que, por consiguiente, ni el nombre merecen de tales.
Como decía no ha mucho nuestro compañero Faure, la palabra hablada y escrita son como las hojas y las flores del árbol, cuyo fruto es la acción.
Los padres que se nieguen a entregar a sus hijos en pago de esa contribución brutal, y los jóvenes que, como los de Montpellier en Francia, y los de otras poblaciones, tanto francesas como alemanas, italianas y rusas, que han dado ya los primeros pasos y servido de saludable ejemplo, se resisten a ingresar en el ejército y tener por morada el cuartel, habrán hecho tanto por acelerar el triunfo de la idea como el más elocuente de nuestros oradores o el mayor de nuestros filósofos.
Si las fuerzas de los deheredados resultaran, a causa de tantos siglos, de esclavitud y postración, débiles todavía, para tal empresa, forzoso será que aguardemos a que nuestros hijos concluyan la obra que no hemos sabido o no hemos podido terminar.
Como decía Barcia, "lo que debe arder, arde, lo que debe suceder, sucede, lo que debe pasar, pasa". Eso es indudable; pero no se opone a que hagamos por nuestra parte todo lo posible porque lo que arda, suceda y pase, sea en bien del pueblo y no en su daño Y como hace notar nuestro gran compañero Kropotkin: "el día que los soldados miraran a la cara a sus jefes, éstos envainarían sus espadas y darían por terminada su misión".
El enemigo está ya convencido de que su poder termina, y nuestros amigos saben que hoy el triunfo es seguro. La revolución, hecha en la actualidad en las ideas, sólo espera la acción para tomar vida y forma corporal, para estar viva.

IV
La iniciativa individual

Muchos aparentan estar dispuestos a hacer algo, si hubiera otros que los acompañaran, y hay quien va más lejos todavía, agregando que no es posible hacer nada mientras todos no se hallen resueltos a realizar algún acto, por pequeño e insignificante que sea. Los que así discurren, olvidando que el individuo es anterior a la sociedad, y que sólo la frecuencia e importancia de la acción individual es lo que puede determinar la colectiva, no ven que no se puede llegar jamás a ésta sin haber pasado antes por la otra. La intensidad de los actos de protesta y la rapidez con que se sucedían, agitando y conmoviendo en todas partes la opinión, eran indicios bien seguros que anunciaban, antes de que estallara la revolución francesa, su próxima e inevitable aparición. Lo mismo sucede en el orden físico. ¿Habéis visto alguna vez realizarse algún cambio atmosférico con el cielo puro y despejado? Primero una nube, en apariencia sin importancia, se presenta sobre el horizonte; otra y otras le siguen; el viento fuerte y cálido que les impulsa anuncia al navegante que se acerca la tempestad, la cual, convertida en ciclón, barre cuanto encuentra a su paso; y mientras el huracán nivelador echa por tierra todo aquello que pretende ser monumental, la chispa eléctrica, secundando su acción, destruye el campanario y quebranta a la iglesia, burlándose del ídolo que está sobre el altar.
Al oír hablar del crecido número de compañeros que algunos optimistas suponen existir en una región o localidad determinada, siempre se me ocurre preguntar: ¿Qué hacen? Nada. Pues entonces seguiremos alejados de la revolución, cuando ella se aproxime, ya lo anuniarán los acontecimientos.
Pini, Ravachol, Caserio, Pallás y todos los que han dado la vida por la idea, son como esas burbujas de aire que, subiendo desde el fondo de la masa líquida y estallando al llegar a la superficie, anuncian que el estado del agua, sometida a la acción del calor, se empieza de un modo sensible a alterar. ¿Aumentan las burbujas? Pues la ebullición se aproxima. ¿No? Pues tenemos todavía que aguardar. Así como el termómetro, el barómetro, el manómetro, el pluviómetro y el taquímetro anuncian diferentes estados y movimientos de la materia, así la importancia, en todos sentidos de la acción individual, da a conocer la situación en que nos hallamos con exactitud admirable. Por eso el héroe de la popular novela de Bellamy (2), que tan gran circulación alcanzó en América, tenía que apelar al hipnotismo y tener por dormitorio un subterráneo, para verse libre del ruido y de la agitación, precursores de la Revolución Social.
Negarse, pues, a seguir soportando por más tiempo imposición tan depresiva, es obrar con arreglo a los principios y acelerar el momento anhelado de la liberación.
Que cada uno cumpla con su deber, aportando su concurso a la obra del bien general, y la acción individual se tornará pronto en colectiva, sin necesidad de concierto ni organización. No quiere esto decir, sin embargo, que se deba sistemáticamente prescindir de agruparse y entenderse en todo aquello que el individuo aislado sea impotente para realizar. Claro es que si en una localidad la idea estuviera tan extendida que todas las familias se negasen a pagar la contribución de sangre, eso sería mucho mejor que si el número de las que adoptaban semejante resolución fuera limitado; pero, aunque no hubiera más que una, ésta, en mi concepto, debería dar el ejemplo, aceptando con noble ardimiento todos los peligros que vinieran naturalmente aparejados a tal empresa, así como el triunfo y la gloria de su iniciación.
Cuando el 62 entré yo en quinta, me llamaron repetidas veces al Ayuntamiento, sin resultado alguno, pues había formado el deliberado e inquebrantable propósito de realizar un acto de propaganda (por el hecho al que siempre he tenido gran predilección) contra la contribución referida. Y cuando después supe que había salido soldado, le manifesté a mi padre mi propósito, suplicándole no me liberara; pero él, no comprendiendo, o aparentando no comprender, todo el alcance de la iniciativa individual, y atento sólo al bien del momento, resolvió lo contrario, bastante a pesar mío.
Después de los recientes descalabros, ¿quién dudará que esos numerosos ejércitos permanentes sólo son eficaces contra el pueblo mismo, mar de cuyo seno han emergido y en cuyas aguas, más tarde o más temprano, han de venirse al fin a sumergirse? Sobre esto, radicales, socialistas y anarquistas, todos estamos conformes, existiendo entre todas las fracciones una rara unanimidad. El terreno está, pues, abonado, y preparado para la acción; y los que den el primer paso han de tener en su favor la fuerza potente e incontrastable de la opinión pública. Hasta los más timidos e irresolutos, aun aquellos que tienen miedo de decir lo que piensan, aplaudirán en su fuero interno la audacia y la energía de los que primero rompan el hielo y ataquen en su base la fortaleza que sirve de escudo al enemigo implacable del obrero, al dios de los explotadores y tiranos, a la causa de todo mal y al origen de todo dolor, en una palabra: al capital.
Se dirá que somos cobardes; que preferimos vivir a desaparecer; y que, el temor a la muerte, natural en el hombre y en el bruto, nos retiene ligados de pies y manos en poder de nuestros adversarios, a disposición de nuestros verdugos. Lo cual es indudable, y no pretendemos negar que es, hasta cierto punto, la verdad. Pero, ¿no dice nada en contra suya el número, siempre en aumento, de personas de ambos sexos y de todas las edades que buscan en la muerte la liberación y el remedio supremo de sus males? No hace mucho leí que, en un sólo día, se habían suicidiado en Londres quince personas: apenas pasa uno sin que en las grandes capitales se registren dos o tres casos; pero la influencia de la nueva idea aún no han alcanzado la corriente del suicidio; cuando llegue a ella, veremos operarse una transformación gigante y colosal que conmoverá los cimientos de la sociedad misma.
El suicida, en vez de buscar los lugares más solitarios y sombríos, o encerrarse en su habitación, como hoy sucede, para poner fin a su existencia, elegirá el seno de la sociedad capitalista; y en medio de la orgía y del festín de los privilegiados; allí donde éstos se entregan a sus goces y a sus placeres, indiferentes al dolor ajeno, hará vibrar la nota lúgubre, recordando a aquellos insensatos que están cometiendo un crimen de lesa humanidad, y que esas riquezas que tan locamente disipan con tan ostentosa prodigalidad, están amasadas con el sudor y la sangre de los infelices productores y regadas también con sus lágrimas.
Que esto no sólo puede y deba ocurrir dado el estado de la sociedad, sino que, aquí y allí ya ha sido causa de tragedias terribles, no es un secreto para nadie. Al trabajar, por consiguiente, porque con motivo de la contribución de sangre, la cuestión social se plantee, si tenemos en primer término el interés del obrero, del esclavo del salario a la vista, abrigamos al mismo tiempo la firme creencia y la profunda convicción de que, el cambio, ha de ser útil y provechoso para todos. ¿Acaso no se ven entre los que parecen haber resuelto el problema de la felicidad, cosas que horrorizan? Los hijos que desean la muerte de sus padres, ¿no son moneda corriente, tratándose de la alta burguesía? Hermanos que pleitean con hermanos y hasta hijos que hacen lo mismo con sus madres, se encuentran en esta sociedad a cada paso.
A todos por igual alcanzará la redención, porque todos la necesitan; desde la infeliz obrera que contrae la tisis algodonera, encerrada entre los muros de las grandes fábricas, hasta esas desgraciadas a quienes el dinero las ha hecho caer en el lazo tendido por el egoísmo y la ambición, y que, cual la luciérnaga, al brillo de su luz han debido su eterna desgracia y su ruina, viendose condenadas a vivir con un miserable que, aparentando querer conquistar su corazón, sólo acudía atraído por el oro. O esas criaturas infelices, que por librar a los suyos de la miseria negra se han sacrificado, con verdadero heroísmo, entregando su cuerpo al mejor postor, como se vende la res en el mercado, y renunciando para siempre a las satisfacciones y goces naturales.
Así como en los parajes húmedos y sombríos se desarrollan y propagan los microbios del tétano y de otras muchas enfermedades, a la sombra maléfica del sistema capitalista nacen y crecen las más bajas y ruines pasiones, y los más groseros y despreciables sentimientos. Ante la idea del acrecentar el capital y de aumentar las fuentes de su ingreso, todas las demás palidecen y pierden importancia.
Muere un médico de alguna reputación y de una regular clientela; pues hasta sus mismos condiscípulos y amigos de la infancia, que parece natural debieran sentir y deplorar su pérdida, tienen, a pesar suyo, que alegrarse al pensar que, de esa herencia de enfermos que aquél lega sin poderlo evitar a la clase, es más que probable le venga a tocar una parte. Y otro tanto puede decirse del comerciante, del industrial y del banquero. La muerte del general es recibida con júbilo por los coroneles, la del obispo por los canónigos, la del magistrado por los jueces, y hasta la del verdugo causa satisfacción y regocijo entre aquellos que humildemente aspiran a ocupar tan elevado puesto.¡Hasta tal punto la lucha incesante y encarnizada entre el estómago y el corazón nos ha corrompido y degradado a todos: a todos, sí, porque no hay nadie que pueda tirar la primera piedra; ninguno que en absoluto esté en condiciones de decir que se halla verdaderamente libre del mal! Siendo la causa de índole social, natural es que las consecuencias lo sean también. Lo contrario estaría reñido con la lógica y con el sentido común, sería inconcebible y absurdo, inexplicable e irracional.
En apoyo de lo manifestado citaré un caso que, aunque en el fondo no tiene nada de original, por los detalles hizo que se fijara la atención en él.
Un amigo mío, hijo único de un título que se hallaba en una posición regular, no tenía más vicios que el tabaco, el juego y la bebida; pero tan profundamente arraigados, que mientras el primero, ayudado por los segundos, le hacía contraer una afección pulmonar, que en plazo no lejano había de poner fin a su existencia, los otros dos lo quebrantaron tanto moralmente, que su padre lo echó de su casa, diciéndole que no se acordara más de él.
Del juego es posible curarse, y tal vez mi amigo lo hubiera conseguido, a no ser por los funestos efectos del alcohol que, atacando el cerebro y debilitando sus facultades intelectuales, hacía imposible la esperanza de salvación. Ya en la pendiente, y sin nada que pudiera contenerlo ni atenuar en parte la caída, caminaba con rapidez asombrosa hacia un desenlace fatal. Como su situación económica era cada vez más deplorable, agotadas las fuentes del crédito, apeló al extraordinario y repugnante recurso de firmar documentos pagaderos a la muerte de su padre, recibiendo cantidades relativamente insignificantes, por las que había de abonar sumas enormes; y como los usureros, que entienden poco de patología, no veían que aquella vida se apagaba, y el negocio les parecía excelente, no dejaban de proporcionarle recursos en las leoninas condiciones mencionadas. Pero llegó un día en que su existencia, que el desequilibrio social había conducido a la desgracia por el camino que para las gentes superficiales debe terminar en la felicidad, se extinguió por completo, con aterradas sorpresas para los inhumanos vampiros que no podían explicarse cómo un hijo, que tantos pagarés había firmado y cuya futura fortuna ya ellos se habían distribuido, bajara a la tumba antes que su padre.
La presencia de aquellos buitres en el entierro de esa pobre víctima de la desigualdad, imprimió al fúnebre acto un carácter acentuadamente cómico y como en Cádiz no escasean las gentes de buen humor, las puyas y las indirectas que llovían sobre los usureros despertaban la hilaridad, convirtiendo el sepelio en comedia macabra.
Pero si se descarta el asqueroso detalle da la usura, ¿a cuántos no ha alcanzado o le espera igual fin en esa sociedad corrompida?
¿Habrá quien dude todavía respecto a la necesidad imperiosa de un cambio que ha de ser beneficioso para todos? No es posible creerlo.
Lo que acabo de referir, trae a mi memoria otro recuerdo que he de dar a conocer, y que, por ser de índole diametralmente opuesto, puede servir de pendant al anterior. Él da, aunque débilmente, una ligera idea de lo que puede ser la sociedad regida por el principio comunista, bajo cuya benéfica acción todas las rivalidades se extinguen, todos los odios se concluyen, todas las asperezas se suavizan y todos los antagonismos desaparecen. Un ejemplo de comunismo anárquico en un presidio no es cosa que ocurre todos los días, y por su originalidad inesperada es por lo que lo voy a relatar. El otro hizo ver hasta qué punto la lucha de uno contra todos y de todos contra uno, lema del principio capitalista, puede causar la infelicidad y aun la muerte de los mismos privilegiados; éste demostrará que aun entre las personas desprovistas de ilustración y de cultura, la solidaridad y la armonía de intereses, que el comunismo trae consigo, justifica los caracteres y nos dispone a todos para la práctica del bien.
Como en aquella época (marzo del 82) sobraba siempre rancho en el Peñón, compró el gobernador, con un dinero ganado por los presos en la descarga, una ternenerita primero, que se cebó rápidamente, y una vaca después, la cual se hallaba tan demacrada, pobre y flaca que apenas podía tenerse en pie, y parecía enferma y próxima a expirar; pero la gente del campo dijo que estaba buena y que lo que tenía era hambre; y, efectivamente, como las reses de los moros son muy mansas, pues generalmente se crían en las casas entre la familia, el animal andaba por el patio como un perro, acercándose a todo el que comía, solicitando un pedazo de pan, y mientras que a las gallinas las despedían algunos con cajas destempladas, diciéndoles: "Id y que el amo os dé de comer", a la vaca, que no tenía dueño, porque era de todos, se le mostraba una marcada predilección.
Los inteligentes acertaron: la salud del animal no dejaba nada que desear, y en pocos días cambió de aspecto y se empezó a regenerar y robustecer. Pero una tarde estalló una violenta tempestad, y una torrencial lluvia estuvo cayendo toda la noche. El patio del presidio no ofrecía resguardo alguno, y como la vaca aún estaba endeble, aquella noche de agua y viento le causó un efecto deplorable, poniendo en peligro su existencia. Uno de los primeros que bajaron al patio al día siguiente, viéndola temblar, presa de un frío intenso, causado indudablemente por la fiebre, corrió al dormitorio, y cogiendo su manta, sin pensar si le haría falta aquella noche, voló a cubrir con ella a la enferma, en torno de la cual se habían agrupado casi todos los pastores y hombres de campo, que no eran muchos, pues el total de los presos no pasábamos de ochenta. No todas las opiniones estaban conformes rcspecto a la índole de la enfermedad, y al preguntar yo a los que parecían más inteligentes en la materia lo que juzgaban más oportuno que se hiciera, dijo uno: "Que llamen al tío Juan." Y aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando un muchacho se destacó del grupo, volviendo al poco rato acompañado de un viejecito, a quien todos miraron con respeto y escucharon con atención. ëste, después de reconocer detenidamente a la pobre bestia, diagnosticó la enfermedad de pulmonía, y dispuso en su consecuencia, el tratamiento que, seguido al pie de la letra y secundado por los cuidados y el interés de que era objeto el animal, vino a confirmar el pronóstico, y a los pocos días todo peligro había desaparecido y la vaca volvía a reponerse y engordar de nuevo. Si hubiera tenido dueño, todos, a excepción de él, o al menos la mayoría, la mirara con indiferencia y desprecio; pero como no lo tenía, y era, en cambio, de la colectividad, en vez de una sola persona, fueron todas las del penal las que se tomaron un vivo interés por la res y cooperaron a su restablecimiento. No habiendo autoridad a quien obedecer, las indicaciones de la experiencia y el saber fueron escuchadas y llevadas a la práctica al momento; la armonía entre todos los interesados en la empresa no se turbó jamás y ese pequeño ejemplo práctico de comunismo anarquista nos hizo ver, con gran elocuencia, lo que de tales principios puede y debe esperar la sociedad el día, no lejano, en que le sea posible ponerlos en acción.
Los anteriores y convicentes ejemplos demuestran hasta la saciedad que, en tanto que en el régimen capitalista ni aun los privilegiados pueden sustraerse a su influjo funesto, en el comunismo sucede al revés, llegando hasta a los animales su redentora luz.
Si alguno creyera que todo esto nada tiene que ver con la contribución de sangre, se equivocaría por completo; pues cuanto tienda a demostrar la superioridad del comunismo sobre el sistema contrario, al aumentar el número de los enemigos del régimen burgués, les dará más confianza en sí mismos, más valor y más energía, concluyendo por hacer práctico y posible lo que de otra suerte se hubiera tardado mucho más tiempo en realizar.
Antes de dar por terminado este trabajo, que si no merece tal nombre por su valor, le corresponde, sin embargo, por el que a mí me cuesta el hacerlo, he de decir, aunque no sea más que dos palabras sobre un punto que considero de bastante interés y sobre el cual hay, generalmente, prejuicios persistentes y erróneas ideas. Me refiero a la supuesta tendencia al mal de la naturaleza humana. No negaré que en la manera instructiva con que el niño persigue a la mariposa en su bobo deseo de apoderarse de todos los organismos inferiores que le rodean, se nota claramente la fuerza de la herencia y el lazo que nos une con nuestros antepasados los demás animales, entre los cuales se encuentra nuestra humilde cuna, según ha demostrado la antropología echando por tierra las ridículas historias referentes a nuestro decantado origen sobrenatural, que, no hallando en la ciencia ninguna seria refutación hasta este siglo, ha venido siendo durante una larga serie de ellos valladar contra el que se estrellaban los amigos de la verdad y los partidarios del proceso humano. Al inmortal Lamarck, que el año 1800 encendió esa gran luz que se llama transformismo, corresponde la gloria y el honor de obra tan colosal, grandiosa y gigantesca.
Pero si eso se observa en la infancia, no es menos evidente que el apoyo mutuo que en tan alta escala se encuentra ya desarrollado en los animales, como lo ha demostrado nuestro ilustrado compañero Kropotkin en trabajos interesantísimos, nos predispone y prepara fuertemente y de modo efectivo para la práctica de la solidaridad, hacia la que todo adulto de mediano desarrollo intelectual se encuentra fuertemente atraído, y que llevaría a efecto sin vacilar si la organización social presente, basada en el falso principio individualista, no fuera un obstáculo insuperable que, en la mayoría de los casos, dificultara su ejecución. Y tan verdad es lo que digo, que hasta en las circunstancias más desfavorables, aun en las condiciones más críticas, ella se revela, iluminando nuestro camino, ahuyentando las sombras y anunciando un porvenir mejor. ¿Qué son el budismo y el cristianismo su imitador, sino la exaltación de este principio, por el cual tantos mártires han sucumbido y tantos héroes se han sacrificado?
Conocí en el presidio de Ceuta a un hombre de color llamado Laso, persona ya de edad que, después de haber pasado la mayor parte de su vida en la esclavitud, se hallaba en la prisión por haberse puesto de parte de los que proclamaban la independencia y le habían devuelto la libertad, por irse con los cubanos, en armas contra la dominación extranjera, por colocarse al lado de la justicia y enfrente de la iniquidad. Sus cabellos, que ya empezaban a blanquear, su mirada inteligente y bondadosa y su dulce y reposada palabra hacían en extremo simpática aquella víctima del egoísmo y la barbarie. Hecho prisionero en las primeros días de la campaña, pasó de esclavo a presidiario sin haber apenas conocido la libertad. Su salud, hasta entonces robusta, empezó a resentirse, y una afección intestinal que se había hecho crónica y le abandonaba al parecer a veces, sin retirarse nunca por completo, iba minando poco a poco su complexión de una fortaleza admirable. Los deportados, desde la Península, remitían 125 pesetas mensuales que se empleaban en mejorar el rancho de sus hermanos presos, y, de cuando en cuando, hacían remesas de ropa, casi todas de buen uso, que se distribuían entre los más necesitados. Pero llegaron poco antes del Zanjón (3) unos 200 prisioneros de guerra, siendo los primeros cubanos venidos en concepto de tales, y aunque tenían el haber de soldado y debían comer mejor que los confinados, como del debe al haber siempre hay diferencia, ésta se dejó sentir tanto, que la alimentación de aquéllos se reducía a un poco de arroz cocido con agua. Se hallaba entre los recién llegados un hombre de sospechosos antecedentes, a quien los más miraban con recelo, diciendo que había sido un confidente y que sin duda por error lo incluyeron con los demás, el cual padecía mucho del estómago y, careciendo de recursos, había pretendido inútilmente de varios de los antiguos, que cambiaran su rancho por el suyo; pero llegó el moreno Laso, (y lo llamó así para que no se confunda con mi compañero y amigo Pablo Pérez de Laso, que como el primero, también se encontraba con cadena perpetua en presidio por haber querido para España lo que aquél deseaba para Cuba, independencia y libertad), y éste, sin tener para nada en cuenta los antecedentes del que le pedía aquel favor, sin pensar lo que a su salud pudiera perjudicarle ni el riesgo que corría, padeciendo una enfermedad casi tan grave como la del otro, y dominando sobre toda otra consideración en su carácter noble y generoso el deseo de prestar un servicio al infeliz que se lo demandaba, accedió desde luego, salvando de la muerte a aquel desgraciado a costa de su vida; porque a los pocos días cayó con un ataque terrible, del que no debía reponerse más. Al bajar para el hospital se despidió de todos con la tranquilidad del justo y la resignación del mártir; y a los que con tristeza nos lamentábamos de lo ocurrido, y dulcemente le reprendíamos por lo que había hecho, nos contestaba con una sonrisa de suprema bondad. Así concluyó aquel hombre bueno que tantos agravios había recibido de la humanidad, por la que, sin embargo, sacrificaba la existencia. Aquel héroe glorioso de color, que se inmolaba por un hombre de diferente raza y hasta de distintas ideas, pues se decía había luchado contra el ejército libertador, venía a afirmar el gran principio de la unidad y solidaridad humana. Para darle todo, no miró el color de la piel ni apreció la diversidad en las ideas; sólo vio en él un semejante, y esto fue suficiente. Los que tienen la debilidad de creer que la falta de materia colorante bajo la piel, constituye una superioridad de raza, que se comparen con este negro y digan después lo que piensan.
Entre el hombre de color, Maceo, muerto en defensa de la justicia y el derecho, y los blancos que festejaban su muerte, ¿de parte de quién estaba la barbarie y de quién la civilización?
He aquí otro caso: viviendo yo en un pueblo de la provincia de Orán, próximo a la frontera marroquí llamado Nemours, conocí a una pobre que pedía limosna, casi ciego y con dos criaturas pequeñas: un niño de cinco años y una niña de uno o poco más, que se llamaban Mojammed y Aisa (Benito y Jesusa). Un día, al subir de almorzar del único restaurante que había en la población, la encontré que iba en dirección a un mercado que una vez por semana se celebraba en las afueras, ante el cual tenía yo que pasar para ir a ver a un amigo en un chantier de esparto, situado no lejos de dicho lugar. Al volver por el mismo camino, vi que la argelina salía del mercado y tomaba la dirección del pueblo. Entonces presencié un espectáculo que, a pesar del tiempo transcurrido, me parece que estoy contemplando en este momento: ¡de tal modo quedó impreso en mi imaginación! Cada niño iba comiendo una gran zanahoria, que la pequeña apenas podía sujetar con ambas manos, por lo que marchaba con lentitud, y yo, sin saber por qué, contuve igualmente el paso, tal vez pensando en la desgraciada suerte de aquella infeliz familia, cuando observé que a nuestra derecha, y sentada en una piedra al borde de la carretera, se hallaba una mujer con su hijo, tendido sobre sus rodillas, el cual era tan crecido que llegaba con los pies al suelo, y ambos recordaban al grupo de la madre hebrea con el hijo muerto colocado en la misma posición, que con tanta frecuencia se encuentra pintado o esculpido en los templos católicos. La demacración de los dos era espantosa, pero la del muchacho pasaba ya los límites de lo natural: bajo aquella piel, ya arrugada y marchita, los huesos pugnaban por querer salir de su prisión y abrirse camino por todas partes. La negra miseria que en Europa ocultan los andrajos, allí se presentaba, a la luz del día, en toda su horrible y gigantesca deformidad. La otra, impresionada como yo, ante aquel cuadro, se detuvo, y las dos mujeres se contemplaron un momento. La menos infortunado sacó del pecho la zanahoria que debía constituir para aquel día, probablemente, todo su alimento, y se la díó a la que consideró más desgraciada que ella todavía, continuando después tranquilamente la marcha, interrumpida por un breve instante. Y cuando algunas horas después me dirigía, como de costumbre, a la playa para tomar un baño, al pasar por el lugar donde se arrojaba la basura, la encontré, una vez más, comiendo unas cáscaras de fruta y desperdicios de patatas, que iba recogiendo del suelo, mientras las criaturas jugaban con unas piedrecitas bajo los rayos paternales de un sol africano que para una persona no habituada a él pudiera haber sido causa de congestión y muerte, pero que para ellos, acostumbrados a su influjo y ardor, era manantial fecundo de salud y de vida. ¡Entonces comprendí la delicadeza de sentimientos y la bondad suprema y exquisita de aquella heroica y sublime mujer, que había dado a otra, aun más infeliz todavía, lo único con que contaba para comer, viniendo después a apagar el hambre con lo que no habían podido consumir los perros! En las naciones europeas podrán encontrarse personas -y las hay indudablemente, puesto que han dado su vida por nosotros- tan amantes de la humanidad y tan penetradas de amor hacia sus semejantes como esta desventurada africana, pero más no es posible; no se concibe haya quien lleve más lejos el altruismo y la abnegación. En tanto que yo absorto la miraba, me parecía que los guijarros sobre que caminaba se convertían en piedras preciosas y que su tostado rostro adquiría una hermosura y un encanto sobrenatural.
Y bien, si aun en el seno de esta sociedad envilecida se encuentran seres como el americano y la africana de quien acabo de ocuparme, ¿podrá decirse con razón que la humanidad por naturaleza es mala y que todos, en mayor o menor escala, nos hallamos inclinados a la maldad? Lo contrario es lo verdadero. En el mismo pueblo de Nemours hay (o por lo menos existía entonces) la bárbara costumbre de prender a todos los pobres que vienen de Marruecos, y cuando la cárcel está llena de niños, ancianos, ciegos, mancos, cojos e inútiles de todas las clases, los sacan, como a un rebaño humano, y conducidos por cuatro o seis soldados indígenas, que a caballo y con largas varas hacen las veces de pastores, los llevan hasta la frontera, que se halla a unas siete leguas de allí, dejándolos abandonados. Algunos, sin embargo volvían para ser expulsados de nuevo; otros trataban de dirigirse a un país más hospitalario, y los más débiles y extenuados se morían por los caminos. Lamentándose un zapatero hebreo, amigo mío, con un soldado árabe de tal iniquidad, al preguntarle si no le daba lástima de aquellos desgraciados, éste le respondió: "¡No me ha de dar! ¡Se me parte el corazón al ejecutar semejante infamia; pero ¿qué he de hacer? si me niego a ello me despedirán esos perros y vendré a convertirme en un pobre más para ser arrojado a mi vez!"
¡Cuántas veces, antes y después, he oído hacer uso de ese mismo lenguaje a los que en campos y fábricas, cuarteles y prisiones, se convierten, al parecer voluntariamente, en verdugos de sus hermanos!
En un orden social basado en la injusticia y la desigualdad nadie debe ser feliz, y ninguno lo es, en efecto. La Revolución vendrá a distribuir el bien, la paz y la armonía entre los habitantes de la tierra, sin tener para nada en cuenta las diferencias de color y raza, y a hacer que la fraternidad convierta en una familia a todos los hombres y forme una sola nación de todos los pueblos.
De nosotros, y sólo de nosotros depende que esto se efectúe al presente o se reserve al porvenir.

Notas:
1.- Se refiere Salvochea al artículo publicado en La Revista Blanca (15 de mayo de 1899) y que reproducimos a continuación.
2.- Looking Backward - If Socialism comes, 2000-1887, editada en castellano como El año 2000.
3.- Se conoce como Paz del Zanjón al convenio que en 1879 puso fin temporalmente a la guerra de Cuba.

Fermín Salvochea (1900) subir


El desarme

Hubo un tiempo en que las gentes sencillas creían de buena fe que los ejércitos permanentes servían, en primer término, para defender a la nación. Error profundo que los acontecimientos, con su gran elocuencia, se han encargado de desvanecer.
Esas muchedumbres de esclavos encerrados en los cuarteles, siempre dispuestos a derramar en las calles la sangre de sus padres o de sus hermanos, cuando éstos, aguijoneados por la miseria, enseñan el puño cerrado a sus eternos explotadores, dejan mucho que desear al ser trasladados al campo de batalla. Esa juventud desgraciada, a quien el temor le ha hecho coger el fusil, carece de ideas o de energías, y no será ella, ciertamente, la que garantice la libertad e independencia de la patria.
Pero si esas masas impotentes son para el bien, para el sostenimiento del mal su eficacia es verdaderamente abrumadora.
Hacia ellas, pues, debemos todos dirigir la mirada.
Si logramos evitar que los trabajadores sigan pagando la odiosa contribución de sangre; si conseguimos que sus hijos se nieguen a seguir sirviendo por más tiempo de carne de cañón; si conseguimos que éstos se resistan a continuar representando el papel de verdugos, entonces, el clero y la magistratura, que sólo por la fuerza material se sostienen, pues la moral hace tiempo que la perdieron, serán arrastrados por el soplo de la Revolución, como esas hojas secas que en las tardes de otoño le alfombran el camino a la estación que se avecina.
Ya en Alemania y Rusia, como en Francia e Italia, la juventud se niega a ser un instrumento ciego en manos de nuestros enemigos y le vuelve la espalda al cuartel. Esa actitud resuelta y digna fue la que puso término a la llamada guerra africana. El primer paso está dado; que los convencidos continúen por tan buena senda; que los compañeros den en todas partes el ejemplo; que sus hijos acepten, si es preciso, hasta la prisión y la muerte, antes que la servidumbre y la abyección, y los socialistas y radicales les seguirán por un camino que ha de conducirnos a todos a la conquista de la igualdad.
El servicio general obligatorio que ha hecho del continente europeo un inmenso cuartel, es la causa de todos nuestros males y el mayor enemigo del bien general. Él, constituido en defensor de toda injusticia y privilegio, sostiene por la fuerza un sistema social condenado por la razón y basado en la iniquidad. Su existencia es incompatible con los principios de igualdad o fraternidad que deben informar la constitución de las sociedades humanas. Los pueblos que, como Inglaterra y los Estados Unidos, no han querido seguir el ejemplo de sus rivales y no han aún establecido en su suelo esa contribución odiosa, bárbara y cruel, son los más poderosos y florecientes de la tierra.
El error y el mal tienen que ser vencidos por la verdad y el bien.
Y todo parece indicar que ese momento se aproxima; ya las religiones y las nacionalidades, esas grandes barreras que por todas partes se levantaban, presentando un obstáculo infranqueable en el camino de la fraternidad humana, se derrumban, y los hombres, tendiéndose los brazos por encima de templos y fronteras, se disponen a establecer sobre el planeta el reinado de la verdad.
Los pobres son los más y tienen la razón y la fuerza de su parte. ¿Qué necesitan para vencer? Sólo quererlo.

Fermín Salvochea
(La Revista Blanca, 15 mayo 1899) Subir


Al Primero de Mayo

Como el paro general
se declare para mayo,
de fijo le da un desmayo
en el acto, al capital.
Proponen los socialistas,
y a la verdad con razón,
que del obrero la unión
se enseñe al capitalista;
quien, algo falto de vista,
no ve en el nuevo ideal
lo que es justo y natural;
y no hay nada que a tal hombre
le preocupe, y aun le asombre,
como el paro general.
Debe el anarquista, pues,
cooperar a tal empresa
con constancia y con firmeza,
gran valor e intrepidez;
que siempre la timidez
se encontró en el ruin lacayo;
y si ha de venir el rayo
que purifique la tierra,
hace falta que la guerra
se declare para mayo.
Muéstrese al rico altanero
de una manera elocuente,
enérgica y contundente,
que hay algo más que el dinero;
que sin él, puede el obrero
hacer de su capa un sayo;
y aunque mire de soslayo
al que le infiere el ultraje,
como lo haga con coraje,
de fijo le da un desmayo.
Ya el término se divisa
de la infame explotación,
y se oye la maldición
del que se ve sin camisa;
contenga el burgués la risa,
que la cosa es muy formal;
nuestra fuerza es colosal
y matar puede a querer,
y envuelto en el lodo ver
en el acto, al capital.

Fermín Salvochea
(El Trabajo, Cádiz, abril de 1900) Subir


El pobre y el rico

Un pasajero que de orgullo henchido
navegaba en primera,
con desprecio miraba al desvalido
viajero de tercera.
"Al que hable de igualdad -decía el primero-
considero insensato.
¿Cómo ha de ser cual yo, quien sin dinero
se encuentra y sin zapatos?"
y entre tanto en el pecho del segundo
el odio se despierta,
al ver que en contra suya todo el mundo
parece se concierta.
Mas pronto la comedia cruel y fría
tornárase en tragedia
al no surgir brillante un nuevo día
del mismo mal que asedia.
Un choque atroz, terrible y formidable
la catástrofe anuncia
y de la muerte el fallo inapelable
en alta voz denuncia.
Entonces de las clases los extremos
sin mirar diferencia,
con ardor se dirigen a los remos
y se unen sin violencia.
El peligro común de los mortales
la vanidad ahuyenta
y hace se reconozcan como iguales
entrando en la ancha senda.
La vida del error no es más que un día,
aunque parezca larga;
la verdad solamente da alegría
y nunca es una carga.

Fermín Salvochea Subir


Canto del cautivo

Aquí jamás se siente el frío;
el bosque siempre su verdura ostenta,
y desde el mar hasta el ramaje umbrío,
llega la fresca brisa que lo alienta.
Y es tal la paz, tan grande y permanente,
que al zumbar del insecto interrumpe
el rugir de la tormenta.
A veces, cuando, envuelta en negro manto
la sombra de la luz pasa la raya,
se escucha el dulce y prolongado canto
que las conchas entonan en la playa.
En tanto que la flor en la espesura,
unida por su amor al aura pura,
constantemente va donde ésta vaya.
Mirad cómo las olas hacia el cielo
dirigen su rizada cabellera,
y con marcha veloz y raudo vuelo
cruza el profundo mar nave ligera.
Y en la noche cubierta de esplendores
brotan fosforescentes resplandores
del seno de las ondas hacia afuera.
Corre, ven a salvarnos, nave amiga;
cambia de mala en buena nuestra suerte;
aquí nos hiere y mata la fatiga,
el presidio es más triste que la muerte.
No nos falta la fe ni la constancia,
y si un día volviésemos a Francia,
sería por luchar con brazo fuerte.
El fuego del combate nos inflama,
la libertad al bueno presta ardor
y la batalla a todos hoy nos llama
a los desheredados el clamor...
A la sombra la aurora ha confundido
Y un mundo surge de verdad y amor.

Louise Michel
(traducción de Fermín Salvochea) Subir

 

Número monográfico:

Fermín Salvochea

La contribución de sangre

El desarme

Al Primero de Mayo

El pobre y el rico

Canto del cautivo

 

 

Centenario de
Fermín Salvochea
(1842 - 1907)