
SECCIONES
El levantamiento militar contra la Segunda República iniciado el 17
y 18 de julio de 1936 supuso para grandes sectores de la clase obrera española,
sobre todo los trabajadores organizados en la CNT y en la FAI, un elemento
aglutinador y desencadenante de la revolución social que se produjo
en el territorio republicano. Hay que decir, no obstante, que los conspiradores
y sus adláteres no se levantaban contra el gobierno republicano, sino
contra el proceso revolucionario que iba madurando en España desde
1931.
Tras la caída de la monarquía, en 1931, y la proclamación
de la República, muchos trabajadores experimentaron un proceso de decepción
y radicalización dado el carácter lento y cauto de las reformas
emprendidas por los gobiernos republicano-socialistas (hasta 1933) y los abusos
arbitrarios y la dura represión que desde finales de 1933 hasta principios
de 1936 desencadenó el gobierno reaccionario de derechas (el bienio
negro). La insurrección de octubre de 1934 en Madrid, Barcelona y,
sobre todo, Asturias, no es más que un intento de arremeter contra
este estado de cosas en el que la República ya no representaba para
muchos trabajadores más que la continuación de la represión
y los malos tratos que habían recibido de los gobiernos monárquicos.
Asimismo, los intentos revolucionarios anarquistas de 1932 y 1933 son respuestas
ante esa represión republicana y al deseo de instaurar un orden social
diferente en el que no hubiera explotadores ni explotados.
En el momento de la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de
febrero de 1936, la CNT y las organizaciones anarquistas tenían más
de 30.000 presos en las cárceles republicanas, consecuencia de la represión
de los años anteriores.
Parecía que los anhelos revolucionarios de la clase obrera podrían
tener una vía de aplicación más factible. Pero, nuevamente,
las expectativas de un cambio revolucionario fueron ralentizadas por los gobiernos
de izquierdas, cuando no reprimidas a sangre y fuego por la Guardia Civil
o la Guardia de Asalto, con la connivencia de la burguesía y los terratenientes,
así como de la Iglesia y el Ejército.
El golpe militar no es más que la consecuencia de la alianza de estos
sectores reaccionarios ante la perspectiva de un cambio revolucionario que
les arrebatara sus riquezas y privilegios.
Con todo en su contra (temor y dudas en el gobierno republicano ante el golpe,
prácticamente todas las fuerzas disponibles del ejército a favor
del alzamiento militar, la traición de la Guardia Civil en multitud
de lugares, sin armas ni preparación militar...) sin esperar las directrices
o la autorización del gobierno, las organizaciones obreras se armaron
por sus propios medios el 18 y 19 de julio, se enfrentaron a las tropas que
se habían levantado e impidieron la victoria inmediata de los rebeldes.
En las partes del país donde el levantamiento militar-clerical-fascista
pudo ser derrotado, fue suprimido, en pocos días, el sistema político,
económico y social existente. El sistema tradicional de dominación
sucumbió.
Las organizaciones revolucionarias
Los anarquistas españoles estaban organizados desde 1910 en la sindicalista
revolucionaria Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y desde 1927
en la Federación Anarquista Ibérica (FAI, que antes tuvo otros
nombres); si bien la primera no era, en sentido estricto, una organización
anarquista, sino un sindicato al que cualquier trabajador podía asociarse,
eso sí, respetando su funcionamiento basado en la horizontalidad y
en la igualdad de decisión de todos sus miembros, aspectos estos que,
unidos a la proyección revolucionaria de la CNT, hacían de ésta
una organización enraizada en las fuentes del anarquismo.
Ambas organizaciones son herederas de toda una tradición de organización
anarquista que se remonta a la llegada a España de Giuseppe Fanelli
en el año 1868 como enviado de Bakunin para organizar en nuestro país
una sección de la Asociación Internacional de los Trabajadores
(AIT), la Federación Regional Española. En 1870 se celebró
en Barcelona el primer congreso obrero español en el que se adoptó
el programa de la Federación del Jura: "anarquistas en política,
colectivistas en economía, ateos en religión".
La CNT
Cuando en 1910 se fundó la CNT, asumió también el consecuente
rechazo, característico del anarquismo, del ejercicio de la influencia
partidista sobre los procesos políticos de formación de opinión
y decisión. Tomó del anarquismo la idea de que la liberación
de la clase trabajadora habría de ser obra de los trabajadores mismos.
La filosofía de la lucha cotidiana por la supervivencia de la acción
directa (huelga, boicot, sabotaje), figuraba junto a la concepción
de la lucha final y del levantamiento generalizado. Una huelga general tenía
siempre un carácter revolucionario y nunca sólo económico
reformista.
Tanto la AIT en el mundo como las diferentes organizaciones sindicalistas
revolucionarias sufrieron ataques, ilegalizaciones y represiones continuas,
hasta llegar a la propia disolución de la Internacional como tal. Hasta
que en 1922 se crea de nuevo la AIT, cuya meta explícita era agudizar
la lucha de clases, combatir contra la intrusión de los partidos políticos
en los sindicatos (los bolcheviques ya habían triunfado en Rusia y
estaban especializándose en acabar físicamente con los anarquistas)
y, finalmente, destruir el capitalismo y el Estado
La CNT participa desde el primer momento en la reconstrucción de la
AIT, si bien al año siguiente tiene que pasar a la clandestinidad debido
al golpe de Estado con el que el general Primo de Rivera instaura su dictadura.
Mientras que la Unión General de Trabajadores (UGT, sindicato socialista)
pactó con el dictador y pudo seguir formalmente su funcionamiento,
la CNT fue perseguida durante todo ese período.
La FAI
En esta situación de persecución y clandestinidad, se funda
en 1927 la Federación Anarquista Ibérica en Valencia. Cuando
Fanelli llegó a España en 1868 para impulsar la AIT en nuestro
país, traía también consigo el programa de la Alianza
Internacional para la Democracia Socialista, organización creada por
Bakunin, de carácter anarquista, en la que se integraron buena parte
de los impulsores de la AIT en España. Así pues, ya desde el
primer momento, la Alianza va a constituir el espíritu animador de
la Internacional en nuestro país. Los dos primeros núcleos se
crearon en Madrid y Barcelona, desde donde se extendieron a otros lugares,
procurando mantener un estrecho contacto entre todos los revolucionarios convencidos
y dando al mismo tiempo impulso a las secciones locales de la Internacional
que, por otra parte, habían sido creadas por ellos.
Es decir, que ya desde el primer momento anarquismo y sindicalismo revolucionario
fueron estrechamente unidos (y a ello se debió que durante 70 años
la tendencia libertaria fuera la predominante entre los trabajadores españoles,
creando en ellos una conciencia revolucionaria poderosa muy superior, en cuanto
a influencia social, a la que ha habido en otros países y procesos
revolucionarios).
La desaparición de la Alianza no supuso, ni mucho menos, la ausencia
de coordinación de los grupos anarquistas, que siguieron dotándose
de organizaciones que les servían para establecer coordinaciones duraderas,
el intercambio de propaganda y, sobre todo, para las acciones de solidaridad.
No hay que olvidar que durante todo este periodo, salvo momentos históricos
muy escasos, los anarquistas y sus organizaciones debían funcionar
en la clandestinidad, lo que da más valor si cabe a su actividad e
influjo social.
Meses antes del pronunciamiento militar, se había creado la Federación
Nacional de Grupos Anarquistas (FNGGAA) que aglutinó a los compañeros
y coordinó las luchas. En 1927 se celebra clandestinamente en Valencia
una conferencia anarquista. Están representados los grupos de la FNGGAA,
los compañeros exiliados de la Federación de Grupos Anarquistas
de Lengua Española y la Unión Anarquista Portuguesa. Se decide
crear una organización que coordine las luchas contra ambas dictaduras
de la Península: nace la Federación Anarquista Ibérica.
La creación de la FAI dio un nuevo impulso al anarquismo ibérico,
en el que el federalismo (que permitía una flexibilidad de acción)
y la acción directa (que rechazaba la negociación con los patronos
y con el Estado y exigía la satisfacción de todas las reivindicaciones)
así como la intensificación de la propaganda anarquista se ponen
al servicio del proceso revolucionario.
Esta Conferencia de Valencia que da lugar a la fundación de la FAI
se desarrolla en un momento en que la CNT atraviesa una situación muy
delicada. Pero la Conferencia cree en la capacidad de los anarquistas para
ponerla de nuevo en marcha, e inician una etapa semejante, se dice casi literalmente,
a la de la vieja Federación Regional Española de la AIT.
Con los sindicatos de la CNT se prevé una colaboración a todos
los niveles, si bien los anarquistas de la Conferencia saben que una cosa
son los sindicatos y otra los grupos, y establecen claramente la separación
y autonomía orgánicas.
Las actividades de los grupos de la FAI, además, eran tremendamente
diversas y no se limitaban, ni mucho menos, al campo sindical, extendiendo
su acción a todos los campos que abarcaba la problemática vital:
educación, cultura, creación de ateneos, propaganda de las ideas,
esperanto, naturismo, cooperativismo, etc. Aunque, claro está, la pregunta
que se hace en la Conferencia es: "¿Existe dentro de nuestro movimiento
la capacidad precisa para una obra constructiva sobre bases antiautoritarias
y federalistas?", a lo que se contestaba afirmativamente...Y en ello
pusieron todo su empeño.
La relación entre la CNT y la FAI fue uno de los elementos a tener
en cuenta durante este período, incluido el proceso revolucionario
de 1936-39. Las investigaciones realizadas dentro del ámbito burgués
o marxista ("socialista" o "comunista") han intentado
hacer ver con especial énfasis el supuesto sometimiento de la CNT con
respecto a la FAI, trazando, de esta manera, un paralelismo con la relación
de dependencia de la UGT con respecto al PSOE (cuestión ésta
que sí se daba en muchas ocasiones). Pero a este respecto, no se ha
tenido suficientemente en cuenta que, por su génesis, la CNT no era
ningún sindicato reformista y que, desde su constitución, estaba
abocada al sindicalismo revolucionario. La FAI pretendía una colaboración
cercana con la CNT, pero no dominar el sindicato, cosa, además, alejada
de lo que supone una concepción anarquista de las relaciones.
La relación entre ambas organizaciones fue fijada en base a la "trabazón"
acordada en 1928, que había de regular la "fraternal colaboración"
entre la CNT y la FAI. Ambas organizaciones rechazaban al Estado y aspiraban
a una "reorganización de la vida social en su conjunto sobre la
base del comunismo libertario, alcanzada mediante la acción directa
de los oprimidos".
Las Juventudes Libertarias
Desde los años 20 hubo intentos de organizar grupos juveniles anarquistas
y coordinarlos. En agosto de 1932 se celebra un congreso en Madrid en el que
se constituye la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias
(FIJL) Rápidamente se extendieron por toda España.
Desde el primer momento ya se plantearon dos tendencias: los que las veían
como una organización totalmente independiente y los que querían
que estuvieran estrechamente unidas a la FAI (incluso como parte de ella).
Esta cuestión se resuelve en el Pleno de septiembre de 1936 en el que
se acaba aceptando la existencia de una organización única a
nivel nacional pero teniendo los grupos y organizaciones regionales una amplia
autonomía que suponía total libertad para mantener estrechas
relaciones con la FAI.
A lo largo de los años de la guerra y según descendía
la intensidad revolucionaria, las Juventudes Libertarias acentuaron sus críticas
hacia la CNT y la FAI por sus compromisos con el Estado republicano, lo que,
a su vez, también ayudó a fortalecer su independencia como organización.
No conocemos con exactitud el número de federados que tenían
antes del 17 de julio de 1936, pero debían ser decenas de millones,
porque de lo que sí hay datos es del Pleno que celebraron en febrero
del 37 en el que tenían más de 80.000 miembros repartidos por
todo el territorio que aún controlaba la República (hay que
decir, sin embargo, que después del inicio de la guerra la afiliación
a las organizaciones libertarias se multiplicó y superó con
creces la que tenían antes del levantamiento militar).
A pesar de las críticas que (sobre todo a partir de mayo del 37) la
FIJL hizo de las otras organizaciones libertarias, también padeció
en sus filas la burocratización de sus comités y el tener que
aceptar, aunque fuera a regañadientes, las directrices del Estado republicano
en el campo militar y en la vida social y política.
Cómo entendían los anarquistas el hecho revolucionario
Para los anarquistas siempre ha sido fundamental en su acción no perder
de vista el objetivo a conseguir: una sociedad libre de todo tipo de dominación;
y siempre han tenido la convicción de que la revolución y el
socialismo serían el resultado de sus propias luchas, alejándose
de la supuesta "cientificidad" del cálculo revolucionario
que se da en los marxistas. La transformación revolucionaria de la
sociedad será, así, un acto que dependerá de la voluntad
y la libre determinación de los seres humanos.
La revolución que acabará con el capitalismo y el Estado será
"social" (es decir, abarcará todas las facetas de la vida)
y no sólo "política" (para la conquista del poder).
Los libertarios coincidían en que la huelga general revolucionaria
tenía que ser el preludio inmediato de dicha revolución social,
que se preparaba mediante la propaganda, la educación, la lucha sindical
y social cotidiana y la acción directa (entendida como acción
sin intermediarios).
Según la concepción anarquista, para llegar a la nueva situación
ideal de seres libre e iguales que se relacionan mediante el apoyo mutuo,
no se precisan etapas intermedias, algo que sí defiende el marxismo,
que habla, por ejemplo, de la necesidad del desarrollo del capitalismo y la
toma del poder por la burguesía en determinados momentos. En los anarquistas
hay una fuerte confianza en la viabilidad de la revolución que, al
igual que cualquier actividad social desarrollada por ellos, debe guardar
una identidad entre medios y fines, haciendo, así, hincapié
en la emancipación moral del ser humano, que se ve tan importante como
la social o económica.
El llamamiento anarquista a la revolución se dirige a todos los oprimidos,
al pueblo, a la persona individual o a la sociedad, y no exclusivamente a
una clase determinada por su situación económica. Sin embargo,
la revolución y la lucha de clases se consideran elementos indisolublemente
vinculados entre sí; y la huelga general es considerada como una forma
determinada de lucha de clases, el arma principal del movimiento obrero que,
sin embargo, no se utilizará para la consecución de objetivos
exclusivamente económicos.
Desde esa concepción de la revolución cabe entender no sólo
el aspecto destructivo de la vieja sociedad opresora, sino, sobre todo, una
fase constructiva de la nueva edificación libertaria: los trabajadores
deben hacerse cargo de los medios de producción y de los productos
de consumo y crear sus propias formas de organización social.
El comunismo libertario
La finalidad de la revolución en el campo económico supone,
para los anarquistas, la implantación del comunismo libertario, y los
levantamientos anarquistas de los años treinta intentaron, con poca
fortuna hasta 1936, su consecución.
Los teorizadores del comunismo libertario, sobre todo en el período
republicano, se dividieron esencialmente entre los partidarios del programa
y los enemigos del mismo, aunque también hubo posiciones intermedias.
Entre las múltiples manifestaciones del anarquismo sin programa de
la época estarían, por ejemplo, las del grupo de La Revista
Blanca, con Federico Urales, Federica Montseny y Germinal Esgleas; también
Diego Abad de Santillán en una primera fase. Germinal Esgleas escribía
en julio de 1934: "El ideal anarquista no puede significar una limitación
(...) Reducir la anarquía a un programa más o menos sintético
y esquemático, reducirla a cuatro frases hechas, es obra en absoluto
negativa".
Entre los que podríamos llamar "constructivistas", partidarios
de la programación del comunismo libertario, encontramos a Pierre Besnard,
sindicalista revolucionario francés, que en su obra Los sindicatos
obreros y la revolución social define los pilares de su programa: "los
sindicatos tendrán por misión la organización de la producción
(...) y de acuerdo con los organismos políticos correspondientes, administrarán
y regirán la cosa pública".
Gastón Leval y Diego Abad de Santillán -éste en una segunda
etapa- defendieron también la elaboración de un programa previo
revolucionario. Leval ve un peligro para la libertad el dar una excesiva importancia
al sindicato y ve al municipio como base de la actividad económica.
En El organismo económico de la revolución (1936) Santillán
condena el localismo económico y defiende una organización federativa
de la economía hasta llegar a un consejo federal de economía
que sustituiría al Estado y no sería un poder político,
sino un regulador económico y administrativo. Tal organismo coordinador
sería garantía de una sociedad libre, de productores y consumidores,
que se regularía mediante una planificación elaborada por todos
y respetaría la autonomía relativa de todos los organismos federados.
Entre anarquismo sin programa y anarquismo programático hay una serie
de actitudes intermedias entre la que destaca la concepción comunista
libertaria de Isaac Puente (médico y militante de la FAI fusilado por
los fascistas a los pocos días del golpe militar) y también
la del periódico Tierra y libertad durante los años 1932 y 1933.
En Tierra y libertad se habla de creatividad y espontaneidad, de simplificación
de la vida: "En la revolución que se avecina no vamos a complicar
la vida, vamos a simplificarla, suprimiendo y expurgando del organismo social
elementos y factores inútiles que hoy la complican, dificultando su
desarrollo normal. Los pueblos que han proclamado el comunismo libertario
nos han marcado la pauta: igualdad de derechos y deberes, distribución
equitativa de la riqueza, derecho al goce de los frutos del trabajo; deber
de contribuir en él en lo que corresponde y permitan las disposiciones
de cada uno; todo regulado y administrado por sus comisiones de control y
de estadística, sin autoridad alguna, poniendo en práctica el
conocido axioma de sustituir el gobierno de los hombres por la administración
de las cosas".
En 1932 Isaac Puente publica El comunismo libertario. Sus posibilidades de
realización en España. Puente acepta el sindicato de industria
para coordinar la producción en el ámbito local y la federación
nacional de industria para asegurar un ámbito nacional. Pero el núcleo
organizativo básico es el municipio, sin ninguna estructura por encima
de él, a excepción de aquellas que deban desempeñar funciones
que el municipio no pueda abarcar. En este sentido precisa que "los congresos
son los únicos que interpretan la voluntad nacional y ejercen circunstancial
y transitoriamente la soberanía que les confieren los acuerdos plebiscitarios
de las asambleas". Aunque afirma que, previo a esta concepción
del comunismo libertario, habría que hacer algunas estimaciones que
reducen de modo considerable el programa previo: "En procurar repartir
la riqueza social y el trabajo preciso para producirla y en reducir al mínimo
la autoridad, acercándonos a la libertad individual, estriba toda la
dificultad de la revolución". La concepción de Puente ofrece
amplio campo a la espontaneidad, y por previsión filosófica
rechaza la posibilidad de representar previamente organizado todo un futuro,
porque, entre otras cosas, señala la superioridad de la práctica
sobre la teoría. En este sentido entronca con toda la línea
argumental del anarquismo que expone que no se puede dejar cerrado el modelo
de la futura sociedad ideal, puesto que dicha organización social deberán
llevarla a efecto las personas que hagan la revolución en un espacio
y un tiempo determinados, respetando así la libertad constructiva de
los propios hacedores de dicha sociedad.
El modelo de Isaac Puente servirá para la definición del concepto
de comunismo libertario por parte de la CNT en su congreso de 1936, pero aquí
el municipio no será ya un ente fundamentalmente económico,
sino una realidad global donde confluirán todas las actividades económico-productivas
y de relación humana general que constituyen la totalidad de aspectos
de una sociedad.
Por su parte, la FAI, en el Pleno de octubre de 1933, acordó redactar
una ponencia sobre el comunismo libertario. Pero la comisión encargada
para ese asunto no pudo reunirse debido a la complicación de los acontecimientos
sociales que se sucedieron, y el trabajo quedó por hacer; aunque sí
conocemos los puntos que deberían tratarse: 1º) Contradicciones
y consecuencias funestas del sistema capitalista. 2º) Principios en que
se fundamentan las ideas anarquistas. 3º) Significación del comunismo
libertario. 4º) ¿Cómo asegurar el desenvolvimiento normal
de la sociedad libertaria sin caer en las prácticas autoritarias?
Por tanto, es curioso constatar que la FAI no llegó nunca a definir,
como organización, el problema de las finalidades. Una vez más,
la práctica se imponía a la teoría. Aun así, en
la FAI estaba meridianamente claro que la revolución debía comportar
la socialización de la riqueza, así como la abolición
de la propiedad privada, del Estado, del ejército, de las clases y
del principio de autoridad.
Los preparativos revolucionarios
Desde la victoria electoral de las izquierdas en febrero de 1936, incluso
antes, desde los medios libertarios ya se preveía la inminencia de
un golpe militar, cosa que no sucedía con el gobierno del Frente Popular
salido de las urnas que, aparentemente, miraba para otro lado sin dar crédito
a la conspiración capitalista-militar-clerical-fascista.
En 1936, y después de la reintegración de los escindidos "sindicatos
de oposición" en el Congreso de Zaragoza, la CNT pasaba de largo
el millón de afiliados y tenía un programa, una táctica
y una solidez firme.
Precisamente, en el Congreso de mayo del 36 en Zaragoza se preveía
el estallido de un golpe contrarrevolucionario al que habría que oponer
la confrontación total desde un planteamiento revolucionario. En consonancia
con esto, se tomaron acuerdos en contra de la expansión del fascismo
y del desarrollo de la guerra que se veía llegar, y se previó
declarar la huelga general revolucionaria en caso de que se declarara el estado
de guerra.
La FAI, que, según la fuente que se consulte, podría situar
su número entre 5.000 y 10.000 militantes distribuidos por toda la
Península, islas y norte de África, tuvo un Pleno en enero-febrero
de 1936 en el que reorganizó sus fuerzas y reafirmó su concepto
de organización social, anunciando "una guerra civil inevitable
y de duración imposible de prever". En este Pleno se hace un repaso
de cómo se ha llegado a la situación actual, se prevé
cómo defenderse del peligro de la reacción y se plantea la lucha
contra el fascismo y el golpe militar desde todos los lugares (puesto de trabajo,
municipios, organizaciones, las calles, etc.), desarrollando al mismo tiempo
un proceso revolucionario que debería desencadenarse en el momento
en que se produjera el alzamiento reaccionario.
Asimismo, se nombra un Comité de Preparación Revolucionaria,
que deberá preparar a los combatientes, proveer de material de guerra
y preparar el abastecimiento, transporte y las comunicaciones para la ocasión,
así como la articulación de las fuerzas de la insurrección.
Todo esto es muy importante para entender la respuesta fulminante del proletariado
en amplias zonas de la geografía española, que impidió
el triunfo inmediato de los sublevados el 18 de julio y los días posteriores.
La semana del 13 al 19 de julio los sindicatos de la CNT y los grupos de la
FAI tenían ya movilizados a sus militantes y se daban instrucciones
a los trabajadores y al pueblo en general para que estuvieran atentos ante
el peligro que se venía encima.
Revolución o guerra
Con todo el bagaje de ideas y toda la experiencia práctica de setenta
años de lucha contra la explotación y la opresión, es
evidente que los anarquistas españoles de 1936 tenían claro
que la respuesta frente al alzamiento fascista no podía limitarse a
una defensa de la República burguesa, la cual, por añadidura,
no había producido más que sinsabores a las organizaciones y
a los militantes libertarios: represión, presidio y destierro de decenas
de miles de personas, cuando no el asesinato de compañeros por parte
de las fuerzas policiales y militares republicanas, así como clandestinidad
y persecución legal o ilegal para las organizaciones.
Y llegan el 18 y 19 de julio: como hemos dicho, en amplias zonas del territorio
español fueron los trabajadores y militantes de las organizaciones
libertarias los que derrotaron el levantamiento militar y reaccionario a costa
de la vida y la sangre de miles de compañeros. Era evidente que, ya
que se estaba en la calle, no se iba a volver a la situación anterior
a esas fechas: era el momento de dar un paso adelante, de defender lo que
se había conseguido y avanzar en una revolución que instaurase
un régimen de armonía e igualdad entre los humanos.
En esta situación, los anarquistas se encontraron prácticamente
solos frente a todo el aparato estatal republicano. Sólo algunos grupos
del PSOE, unos pocos marxistas independientes, los comunistas antiestalinistas
del pequeño POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y
algunos sectores de la UGT arrastrados por el empuje de la CNT se adhirieron,
más o menos plenamente, al proyecto revolucionario. Enfrente tenían
a todas las fuerzas del Estado republicano que habían sobrevivido al
golpe militar: lo que había quedado del ejército de la República,
los diferentes estamentos gubernamentales o autonómicos junto con sus
cuerpos policiales o militares, todos los partidos burgueses y de izquierdas,
el PSOE y, sobre todo, el Partido Comunista de España (PCE), que fue
adquiriendo cada vez más poder según iba llegándole la
ayuda soviética. Las tesis del PCE, que poco a poco fueron imponiéndose
en el bando republicano, eran: vencer al fascismo con un ejército profesional
y bien disciplinado, defender una república parlamentaria, acabar con
la colectivización y, sobre todo, evitar que los sindicatos tomaran
en sus propias manos las fábricas y explotaciones agrícolas.
Con estas expectativas, no es extraño que, durante el período
de la guerra civil, este partido se convirtiera en refugio de muchos burgueses
en el bando republicano.
Frente a ellos, los libertarios proponían la colectivización
y socialización de la economía, y la defensa de la revolución
por los propios trabajadores: las milicias. De ese modo, además de
asegurar los cambios revolucionarios, se dotaba al pueblo del poder para defender
sus propias conquistas, lo que suponía hacerlo inmensamente más
consciente de lo imprescindible de la derrota de los sublevados y lo hacía
más fuerte para ello.
El sistema de milicias correspondía a la concepción de "pueblo
en armas" proclamada en el Congreso de Zaragoza como medio de defensa
de la revolución. Fueron eficaces en desbaratar el alzamiento militar
en más de la mitad del territorio español. Pero el rápido
avance de las fuerzas de choque de Franco (aterrorizando a la población)
y la detención de los milicianos ante Granada o Zaragoza planteó
las dificultades de las milicias para efectuar maniobras combinadas, a lo
que se unió una crónica falta de armamentos, de artillería,
de cobertura aérea y de ropa y pertrechos en general para los milicianos:
en todo ello tenían mucho que ver tanto los gobernantes republicanos
como el Partido Comunista, que deseaban desacreditar a las milicias.
Las milicias se adaptaban mejor a un tipo de guerra de guerrillas basada en
emboscadas y golpes de mano, y parecían servir menos en una guerra
regular dirigida por otros. En lugar de fomentar lo primero, García
Oliver, uno de los anarquistas más "influyentes" del momento,
abogaba, ya el 10 de agosto, por un ejército de "nuevo tipo"
ante los jóvenes llamados a filas que se resistían a formar
parte del ejército. Esta y otras actitudes, unidas a la cada vez mayor
presión del Estado republicano y a la inclusión de ministros
de la CNT y de la FAI en los gobiernos de la República y la Generalitat
catalana pusieron las bases para la disolución de las milicias por
decreto gubernamental y su integración en el nuevo ejército
republicano, no sin fuertes resistencias por parte de algunas de las columnas
formadas por anarquistas. El 20 de octubre, el gobierno de la Generalitat
decreta la militarización de las columnas de milicias, a lo que Durruti
responde a primeros de noviembre: "Vais equivocados, consejeros, con
el decreto de militarización de las Milicias. Ya que habláis
de disciplina de hierro, os digo que vengáis conmigo al frente. Allí
estamos nosotros que no aceptamos ninguna disciplina, porque somos conscientes
para cumplir con nuestro deber. Y veréis nuestro orden y nuestra organización.
Después vendremos a Barcelona y os preguntaremos por vuestra disciplina,
por vuestro orden y por vuestro control, que no tenéis".
Así, pues, ante la disyuntiva de "revolución o guerra",
el movimiento libertario tenía clara la elección: la revolución
con todo lo que conllevaba y, al mismo tiempo, el pueblo en armas haría
la guerra contra el fascismo y defendería la propia revolución.
Pero, ¿serían capaces los anarquistas en solitario de aguantar
la progresiva presión gubernamental, el alargamiento de la guerra y
la paulatina institucionalización de sus propias organizaciones?
Colectividades y colectivización
La revolución que se produjo en España en julio del 36 como
respuesta al alzamiento militar contra la República estaba muy influida
por las ideas ácratas, dado que las organizaciones libertarias estaban
muy arraigadas en grandes zonas del país después de 70 años
de lucha, y también de formación de la clase trabajadora para
crear el tejido social necesario que les permitiera suplantar al Estado y
llegar al comunismo libertario.
Como decía el luchador y pensador anarquista Errico Malatesta: "Yo
soy comunista, estoy a favor del acuerdo y creo que con una descentralización
inteligente y un intercambio continuo de informaciones podrían llegar
a organizarse los necesarios intercambios de productos y satisfacer las necesidades
de todos sin recurrir al símbolo moneda. Como todo buen comunista aspiro
a la abolición del dinero, y como todo buen revolucionario creo que
será necesario desarmar a la burguesía, desvalorizando todos
los signos de riqueza que puedan servir para vivir sin trabajar."
La idea es conseguir una nueva sociedad sin la explotación del hombre
por el hombre, sustituyendo el odio por amor; la competencia por la solidaridad;
la búsqueda exclusiva del propio bienestar por la cooperación
fraternal para el bienestar de todos; la opresión y la imposición
por la libertad; la mentira religiosa y pseudo-científica por la verdad.
El 19 de julio de 1936 la clase trabajadora se lanza a la realización
de la revolución social que tanto anhelaba. Para ello tomaron medidas
concretas para organizar la economía y la sociedad. El campesinado
revolucionario centró sus esfuerzos en la constitución de colectividades
agrarias, reuniendo las tierras de los facciosos huidos y de las aportaciones
voluntarias de agricultores que prefieren el trabajo colectivo.
Las colectividades demostraron una capacidad constructiva asombrosa, aumentando
la producción agrícola. Se roturaron nuevas tierras y se introdujeron
modernos procedimientos de cultivo. También se hicieron obras para
el regadío y otras mejoras.
Los Consejos se hicieron cargo de los medios de producción, de los
combustibles sólidos y líquidos, iniciando la explotación
de minas de carbón cuya productividad aumentó mucho.
En la provincia de Málaga, el 19 de julio se constituyó un comité
de defensa CNT-UGT para dirigir la lucha. Días más tarde, los
partidos de izquierdas se ponían de acuerdo con las centrales sindicales
para formar un organismo encargado de asegurar el orden, organizar las milicias
y administrar la ciudad. Se le dio el nombre de Comité de Salud Pública.
Su composición comprendía un delegado del Partido Federal, uno
de Unión Republicana, uno de Izquierda Republicana, uno de las Juventudes
Socialistas Unificadas (JSU), dos del PCE, dos del PSOE, dos de la UGT, uno
de la FIJL, uno de la FAI, dos de la CNT.
Ninguno tenía funciones bien definidas. En realidad, dirigía
el Comité la CNT, pues ella proporcionaba la mayoría de los
combatientes, encuadraba las masas y controlaba la economía. Con el
fin de atender necesidades urgentes se crearon otros organismos fundados en
una representación paritaria. Así, el Tribunal Popular se preocupó
de juzgar a los elementos reaccionarios, evitando las injusticias cometidas
por los incontrolados en los primeros momentos de la revolución. Se
creó un Comité de Investigación y Vigilancia, con patrullas
compuestas por milicianos de distintas ideologías para evitar robos,
ejecuciones sumarias...
La gestión de las empresas se transformó radicalmente. Hubo
una apropiación colectiva de los medios de producción pero no
existió un consejo económico. Talleres, fábricas y explotaciones
agrarias se colectivizaron y eran dirigidas por Consejos de trabajadores.
En Ronda, el Comité de Defensa estuvo enteramente en manos de los libertarios.
La Comarcal de la CNT de Ronda se impuso en todos los órdenes. No se
colectivizó ni se repartió, todo se socializó. Se servía
a la revolución organizando la productividad y el consumo. Se formaron
milicias para mantener el orden revolucionario, sin venganzas personales.
Se dictaron penas de muerte para los ladrones y se anularon todas las leyes
al asumir el Comité de Defensa toda la responsabilidad del poder civil,
judicial y militar. Se organizaron municipios libres federados, dándole
a cada pueblo el sistema de vida más acorde con sus necesidades. Los
medios de producción se socializaron, todo pasó a ser propiedad
del pueblo. El dinero fue abolido y se organizaron economatos para el reparto
de alimentos, dándole a cada uno lo bastante como para cubrir sus necesidades.
En las provincias de Huelva y Sevilla, donde la Confederación era fuerte,
se suprimieron los Consejos Municipales y se reemplazaron por Comités
de Defensa. Lo mismo ocurrió en Mérida, donde yunteros y ferroviarios
de la CNT constituyeron el Comité de Defensa, que se encargó
de administrar el municipio, organizar las milicias y mantener el orden público.
En Asturias se formó el Comité de Guerra con sede en Gijón.
Estaba formado por representantes de la CNT, la FAI, el PSOE, la UGT, el PCE
y los partidos republicanos. Controlaba un territorio que se extendía
entre Avilés y Villaviciosa, ya que Oviedo cayó en manos de
los militares facciosos. La industria fue socializada. Las minas, la metalurgia,
los ferrocarriles fueron dirigidos por Congresos obreros y sindicatos (CNT-UGT).
El sector pesquero y el trabajo artesanal también experimentaron una
profunda reorganización. En la agricultura no hubo colectivización,
dado que el campesinado estaba compuesto de pequeños propietarios,
pero la producción estaba regulada por organismos revolucionarios que
llevaban a cabo la distribución de los diferentes productos.
Las colectividades experimentaron su mayor desarrollo en el Aragón
liberado. Allí se formó el Comité Regional de Defensa
de Aragón, fundado como un nuevo órgano correspondiente al desarrollo
de una democracia genuina y libertaria y a un idealismo revolucionario. Su
función era constituir un instrumento de defensa de los cambios económico-sociales
y también la organización y el desarrollo del sistema colectivista.
Paralelamente se fueron organizando asambleas locales en los pueblos con el
fin de reorganizar la vida social y económica. Gradualmente se fue
dotando de un sentido de planificación más amplio al creciente
sistema colectivista. Las primeras experiencias fueron de ámbito comarcal,
pero en los primeros plenos de sindicatos de la CNT después de comenzar
la revolución, se aportaron informes-ponencias para la organización
económica de los pueblos de la retaguardia, y en noviembre se presentó
un guión especial con veintiún puntos para la organización
de las colectividades. A principios de 1937, el Comité Regional de
la CNT de Aragón convocó un pleno extraordinario de representantes
de colectividades para formar una federación regional de colectividades.
En los primeros plenos había representados entre 70.000 y 140.000 colectivistas,
llegando a unos 300.000 en los meses posteriores, ya en 1937. En muchos casos
los pueblos fueron totalmente colectivizados e incluso comarcas enteras fueron
colectivizadas casi por completo. Bujaraloz era un pueblo en tierra de secano
donde la agricultura era el único recurso económico. Las tierras
estaban en manos de cuatro terratenientes. Se encargaba de ellas un administrador,
pero se trabajaban muy poco y no daban provecho al pueblo. Al estallar la
revolución, el pueblo se colectivizó. En asamblea se acordó
que cuatro campesinos fueran los encargados de la administración general,
dos del abastecimiento, dos del transporte y cambios, uno del suministro de
agua, uno del control de milicianos que vigilaban en las carreteras, y uno
del abastecimiento de leche y productos derivados de la agricultura.
La tierra de los terratenientes fue socializada y con la de los pequeños
propietarios constituyó el núcleo de la explotación colectiva.
Las primeras labores fueron las del trillado del trigo con el uso de máquinas
y animales confiscados a los terratenientes. Se hizo una relación de
la mano de obra existente con un total de 457 personas. Con ellas se formaron
distintas secciones, la más numerosa conducía las caballerías
y hacía las faenas más pesadas. Los más fuertes realizaban
los trabajos más duros, y los más ligeros estaban a cargo de
los que pasaban de cincuenta años. Además de treinta pastores,
las otras ocupaciones eran: cinco carniceros, dos sastres, dos albañiles,
ocho carpinteros, dos guarnicioneros, dos barberos, cuatro molineros, dos
zapateros, seis metalúrgicos, once trabajadores de oficios varios y
seis conductores.
La siembra de trigo aumentó en 1937 en 30.000 m2, al igual que el resto
de cereales. El ganado también tuvo mejoras, ya que se utilizaron los
cotos de caza de los terratenientes para pastizales. Para asegurar la producción
de carne, la colectividad compró diez cerdos y los distribuyó
entre los colectivistas hasta la construcción de las porquerizas necesarias.
Estos hechos nos demuestran que algo se ganó con la colectividad y
que la administración de las riquezas naturales por parte de los trabajadores
rindió un provecho mayor y humanizó la sociedad.
En Valencia se formó un Comité Revolucionario que agrupaba a
los partidos del Frente Popular. Mientras, la CNT organizó un Comité
de Huelga encargado de mantener la población en alerta ante un posible
ataque de los militares. A este Comité se asoció la UGT algo
más tarde. Entre ambas organizaciones se ocuparon de las cuestiones
de abastecimiento, temas sociales y administrativos, además del suministro
de armas, etc. Posteriormente, después de contactos y negociaciones
entre partidos políticos y sindicatos, se formó el Comité
Ejecutivo Popular de Levante. Su actividad se limitó a la ciudad de
Valencia, dado que en el resto de la región eran los Comités
Revolucionarios los que controlaban la situación. A finales del mes
de julio se socializaron los astilleros y después el agua, la electricidad,
el gas, los transportes, las fábricas de productos químicos
y de calzado, la construcción, etc., y finalmente los hoteles, bares
y cines, e incluso las funerarias. En Alicante, los servicios públicos
y la vivienda fueron municipalizados, los talleres y las fábricas fueron
colectivizados por los sindicatos, al igual que la industria textil en Alcoy,
y la pesca en Villajoyosa y los altos hornos de Sagunto.
El ámbito donde se consiguieron las mejoras más impresionantes
fue en la agricultura. Los colectivistas trabajaban según las normas
establecidas a escala regional por la Federación Regional de Campesinos,
llevaban una contabilidad estricta, hacían estadísticas, etc.
Su intención era asegurar el cultivo racional y científico de
los terrenos explotados, directamente en los campos comunales, o mediante
el control y la vigilancia en los de propiedad particular. Se preocuparon
de introducir los productos más selectos y adecuados para el terreno,
además de llevar a cabo estudios para la lucha contra las plagas agrícolas.
En el aspecto comercial organizaron la exportación y venta de manera
directa, prescindiendo de intermediarios, poniéndose en contacto con
los mercados consumidores y contemplando las necesidades de cada uno de ellos.
Consiguieron hacer una distribución más equitativa de los productos
de la agricultura, disminuyendo hasta anularla la explotación del hombre
por el hombre. Con los beneficios se realizaban proyectos para mejoras sociales.
Una vez derrotada la sublevación militar en Barcelona y Cataluña,
los trabajadores iniciaron una amplia y profunda transformación revolucionaria
de la sociedad catalana. Al reanudar la actividad productiva, procedieron
a la colectivización, controlando la mayor parte de las empresas y
fábricas. Éste era sólo el punto de partida para el desarrollo
de un proceso de colectivización-socialización que desembocase
en la completa socialización de la economía. Las empresas del
mismo sector económico y un área determinada formaron las llamadas
Agrupaciones, dando lugar a una nueva unidad productiva. Debido a los muchos
problemas y trabas que tuvo la revolución, los trabajadores no pudieron
llegar a la completa socialización de la economía, aunque se
llevaron a cabo experiencias por parte de sindicatos de la CNT para la coordinación
y planificación de la actividad productiva de los diversos grupos industriales.
Con todo, se realizó una importante labor de reestructuración
y racionalización de la economía catalana que se reflejó
en una mayor productividad, en una reducción de los gastos generales
y en la mejora de las condiciones de trabajo. Se suprimieron las rentas no
procedentes del trabajo, desaparecieron o disminuyeron las diferencias salariales,
se mejoraron las prestaciones de asistencia sanitaria, también la jubilación.
Así, se obtuvieron resultados positivos para conseguir una mayor igualdad
social.
La revolución también llegó al campo catalán.
Se crearon colectividades agrícolas en muchas poblaciones: Barcelona,
Vilaboi, Viladecans, Lérida, Pla de Cabra, Amposta, Hospitalet de Llobregat,
Orriols, etc. Este último pueblo, de la provincia de Gerona, contaba
con 44 familias, de las que 23 pusieron sus tierras, su ganado y herramientas
en común, dando lugar a la colectividad. Sus principios eran los siguientes:
1) los socios de la colectividad procurarán no olvidar que con ella
han desaparecido las diferencias económicas que nacían de la
desigualdad de condiciones, 2) la colectividad pasa a ser una gran familia
productora, respetándose la mutua y máxima autonomía
en cada familia en lo que a consumo se refiere, 3) los acuerdos adoptados
en asamblea por la colectividad deberán ser aceptados y cumplidos por
parte de todos, 4) los socios de la colectividad se esforzarán para
asegurar el bienestar económico-social de todos, sin distinción
de familia y edad, 5) la colectividad dispondrá de una caja común
para cubrir las necesidades comunes; también podrán ser atendidos
gastos particulares, pero deben ser justificados y ajustarse a la ética
social, 6) se establece un salario familiar, 7) según la producción
y una vez atendidas las necesidades de la colectividad, el remanente se aplicará
en: a) mejorar las viviendas; b) adquirir nuevo material de trabajo; c) fomentar
e incrementar los productos pecuarios; d) crear una granja avícola;
e) fomentar la cultura, 8) la colectividad se esforzará en mantener
relaciones de solidaridad moral y material con todos los obreros del mundo
sin distinción de clases ni color, 9) las puertas de la colectividad
estarán abiertas a los conciudadanos que quieran participar en ella.
Éste fue uno de tantos ensayos llevados a cabo durante la Revolución
española.
La educación en la revolución
La enseñanza y la educación van a ser un aspecto fundamental,
a la hora de la formación de un espíritu y conciencia racionalista
a lo largo del siglo XX. En España se desarrolla a lo largo de diferentes
experiencias racionalistas y alcanza su época de mayor esplendor durante
la revolución social de 1936-1939, en la que la educación y
la cultura se demostraron imprescindibles para el necesario cambio social
que se fraguaba en aquellos años. Así, el anarquismo, en la
primera mitad del siglo XX, desarrolla un sistema educativo racionalista,
como alternativa a la educación estatal, o privada, que imperaba hasta
entonces. Siguiendo el innovador ejemplo de la Escuela Moderna racionalista
de Francisco Ferrer Guardia, muchos ateneos libertarios, sindicatos y agrupaciones
libertarias, se dedicaron a fundar escuelas racionalistas para educar a los
jóvenes en una enseñanza sin premios ni castigos, igualitaria,
cooperativa, racionalista y autogestionada, la mayoría de ellas muy
heterogéneas entre sí, y que alcanzan su auge en los años
20 y 30, donde se mezclan los ejemplos pedagógicos de Ferrer, con otras
experiencias como el cooperativismo e integración de Tolstoy o Freinet.
Esas escuelas se basaban en los principios de asambleísmo, en la igualdad,
en la integración, en el racionalismo y con la libre cooperación
de todos sus miembros integrantes (pedagogos, alumnos y trabajadores) como
un todo común. Para los anarquistas, educación y revolución
(como más tarde guerra y revolución) iban estrecha e irremediablemente
unidas, y la educación era un arma más para la liberación
del pueblo explotado, desarrollando una ingente labora educativo-cultural,
no solo orientada a los niños, sino también a los adultos (basándose
en la coeducación de mujeres y hombres, algo impensable para la sociedad
patriarcal del momento) organizando clases nocturnas para trabajadores y creando
bibliotecas, asociaciones... para la difusión de la educación
y la cultura para el pueblo.
Ateneos libertarios
La labor de los ateneos libertarios fue muy destacada en la difusión
de la cultura y educación populares, y algunos de ellos fueron herederos
directos del sistema pedagógico racionalista de Ferrer Guardia, considerando
que los ateneos (por su dedicación plena y exclusiva) podían
ser más útiles para la educación y la cultura que cualquier
otra agrupación libertaria. Se articulaban en bibliotecas, charlas,
exposiciones, conferencias, y todo un conjunto de actividades culturales para
la instrucción.
Además, eran centros donde se formaba una identidad y militancia libertaria,
por su cercanía o afinidad con estos proyectos, llegando en los años
20 a servir de apoyo clandestino a los militantes de la CNT durante la dictadura
militar de Primo de Rivera.
En los años 30, y con la II Republica, los ateneos libertarios alcanzan
un gran auge y desarrollo, expandiédose por todo el país.
La labor cultural y educativa de las Juventudes Libertarias
También destaca el papel educativo y cultural desarrollado por las
Juventudes Libertarias, que desarrollan una ingente labor pedagógica,
educativa y cultural a través de charlas, conferencias, exposiciones
y publicaciones para atraer a la juventud al movimiento libertario.
Cabría distinguir por un lado a las Juventudes Libertarias de Cataluña,
muy unidas a la FAI, y por otro a las del resto de España, mucho más
autónomas e independientes de otras organizaciones. Para ello, las
Juventudes Libertarias, potenciaban ateneos libertarios, las famosas excursiones
y también la educación infantil y juvenil (potenciando la creación
de escuelas racionalistas, donde se fomentaba la educación libre y
autogestionada).
Ejemplos de ello son la creación de agrupaciones educativo-culturales
en todo el país, sobre todo en Aragón (con agrupaciones en alrededor
de 50 localidades y hasta 82.000 afiliados). Así, en resumen, la FIJL
desarrolla una muy importante labor educativa y cultural, imprescindible para
el posterior estallido revolucionario de 1936.
El CENU
El Consejo de la Escuela Nueva Unificada (CENU) se creó para coordinar
la enseñanza primaria en Cataluña. Tuvo mucha influencia libertaria:
era un proyecto de contenido educativo antiautoritario, autogestionado, de
cooperación mutua de sus integrantes, que inicialmente contaba con
principios cercanos a la pedagogía racionalista de clara herencia anarquista.
Se basaba en el principio de gratuidad de la enseñanza, coeducación-integración
y laicismo. Entre sus preceptos básicos estaba la formación
del niño desde pequeño a la edad adulta, fomentando la coeducación
de integración de sexos, materias y clases, o la total autonomía
del niño, sin imposiciones del pedagogo.
Algunos historiadores han señalado que el CENU, a pesar de estos planteamientos
cercanos a la pedagogía libertaria, tuvo posturas demasiado moderadas
con relación a otros proyectos educativos libertarios, y más
teniendo en cuenta que la CNT participó activamente, lo que provocó
una dura crítica hacia ella de algunos militantes y pedagogos anarquistas.
Por ello, muchos centros educativos racionalistas se mantuvieron al margen
del CENU, con una escisión interna del movimiento pedagógico,
que cristaliza con la creación de la Federación Regional de
Escuelas Racionalistas de Cataluña, de contenido mucho más cercano
al anarquismo.
El CENU, aunque criticado por algunos sectores del movimiento libertario,
también ha sido ampliamente valorado como un proyecto educativo de
inspiración libertaria, que desarrolló un destacado papel en
la difusión educativo-cultural en la revolución social, y que
sirvió de enlace y coordinación para un destacado numero de
centros escolares racionalistas y antiautoritarios.
La Escuela Natura
Creada en la época de la dictadura primorriverista, la Escuela Natura
(ubicada en el barcelonés barrio del Clot) se basa en los planteamientos
pedagógicos racionalistas de Ferrer Guardia. Además de su proyecto
educativo, publica la revista infantil Floreal.
En época republicana, su importancia crece, y pasa a ser la escuela
racionalista más importante de toda Barcelona, en parte integrada por
hijos de militantes de la CNT (muchos de ellos procedían de los estratos
más bajos de la sociedad obrera barcelonesa). Era un espacio abierto,
donde convivían en coeducación niños de ambos sexos.
Cobraba una cuota mensual casi simbólica. En ella se ofrecía
una enseñanza integral de materias, contenidos y métodos diversos,
como el canto o el estudio, conservando una total autonomía e independencia
de la CNT, ubicada en el mismo edificio y que en ningún momento trato
de influirla. Disponía de un amplio contenido de material pedagógico
para la enseñanza, que combinaba con otras experiencias educativas,
como eran las excursiones al campo; por las noches se daba clases a adultos.
Además, era frecuente también la celebración de exposiciones
publicas de los alumnos, como método de sustitución del sistema
de exámenes, y en las que los alumnos exponían y ponían
en practica sus conocimientos, pero en un ambiente festivo, cooperativo e
integrador, entre padres, pedagogos y alumnos, y todo ello, obviamente, sin
premios, castigos, compensaciones o distinciones de ningún tipo entre
ellos, sino en un entorno de igualdad y apoyo mutuo entre los alumnos. También
era frecuente la celebración de recitales y lecturas publicas de libros
y otros textos.
Por tanto, este fue un proyecto educativo racionalista, pero donde el anticlericalismo
agresivo y excluyente no tenía cabida, sino que se desarrollaba poco
a poco más por sus métodos cotidianos de funcionamiento basados
en la razón y el progreso.
Con todo, la Escuela Natura no se ocupó, a diferencia de otros proyectos,
de hacer proselitismo ni militancia, a pesar de su afinidad con proyectos
libertarios sino que se limitó, y de forma muy exitosa durante estos
años, a su labor pedagógica, llegando a contar en su evolución
cronológica con hasta 300 alumnos, lo cual significaba mucho para esa
época.
La educación y la cultura fueron elementos fundamentales para la gestación
y desarrollo de un espíritu combativo, revolucionario y libertario,
que estalló con toda su fuerza el 19 de julio de 1936, y que desencadenó
una auténtica revolución social en todos los sectores de la
vida económica, social y cultural. Para esto último fue necesario
el cultivo previo de una base social formada e instruida en centros autogestionados
por los propios trabajadores durante decenas de años desde finales
de siglo, que ayudaron a iniciar en el proletariado una conciencia de clase,
de militancia, de reivindicación y de lucha, además de adquirir
una serie de conocimientos básicos en otros aspectos más puramente
culturales e instructivos.
Esta base, con los años, germina en un auténtico estallido revolucionario
cultural durante la revolución social (1936-1939) donde todos los sectores
y proyectos libertarios se lanzaron a una ingente labor educativo-cultural
para poner los cimientos de lo que debía haber sido una nueva sociedad
libre, justa, igualitaria, y cooperativa, que, si al menos no consiguió
florecer por la acción autoritaria dentro y fuera del bando republicano,
sí al menos consiguió dejar una imborrable huella en aquellos
lugares donde se desarrollaron esos proyectos y pusieron la educación
y la cultura en manos del pueblo, siendo, al menos durante aquellos años,
una auténtica arma e instrumento para la liberación del pueblo
trabajador, que intentó, también en el terreno de la educación
y la cultura, forjar una nueva sociedad que tendería a emancipar a
los seres humanos de la ignorancia, de la explotación y de la sumisión.
Las mujeres y la revolución social
Los anarquistas españoles sostenían que un marco adecuado para
la concienciación era la participación en las organizaciones
obreras, sobre todo en los sindicatos. No obstante, siguiendo a Bakunin y
en oposición a Marx, también insistían en que los obreros
industriales de las ciudades no eran los únicos capaces de alcanzar
una conciencia revolucionaria. Los campesinos y los miembros urbanos de la
pequeña burguesía, así como los trabajadores de la industria,
todos podían desarrollar una conciencia de la opresión que padecían
y adherirse a un movimiento revolucionario. Muchas mujeres, en particular,
criticaban el énfasis que ponía el movimiento en el proletariado
masculino urbano. Emma Goldman, que apoyó muy activamente tanto la
Revolución española como a la organización Mujeres Libres,
por ejemplo, ya había afirmado que "los anarquistas están
de acuerdo en el que el mayor mal hoy es el económico, pero mantienen
que la erradicación del mal sólo puede ser llevada a cabo tomando
en consideración cada fase de la vida, las fases tanto individual como
colectiva, tanto interna como externa". Fue obviamente cierto para las
mujeres, pero también para los hombres, que el centro de trabajo no
era el único ámbito en el que se dan las relaciones de dominación,
ni es, por tanto, el único ámbito posible para la concienciación
y la capacitación. Un movimiento íntegramente articulado debe
transformar todas las instituciones jerárquicas, incluyendo al gobierno,
las instituciones religiosas y -quizás más significativamente
para las mujeres- la sexualidad y la vida familiar.
La preparación, por lo tanto, podía y debía tener lugar
en una variedad de ámbitos sociales, además de en el terreno
económico.
Para los que se integraron en el movimiento libertario en etapas más
tardías de sus vidas, el proceso de aprendizaje fue obviamente diferente.
Pepita Carpena, por ejemplo, fue iniciada en las ideas por organizadores sindicales
que frecuentaban las reuniones sociales de la gente joven con la esperanza
de captar nuevos miembros para la causa. Soledad Estorach, que llegaría
a participar muy activamente tanto en la CNT como en Mujeres Libres en Barcelona,
obtuvo inicialmente la mayor parte de la información sobre los "comunistas
libertarios" leyendo periódicos y revistas.
Tanto los que hacían hincapié en una estrategia sindical como
los que insistían en que la subordinación de las mujeres tenía
como base componentes culturales más amplios, reconocían que
las mujeres estaban menospreciadas y discapacitadas cultural y económicamente.
Todos ellos aceptaban que medios y fines estaban íntimamente relacionados.
¿Pero cómo se llevarían a la práctica esos principios
e ideas? ¿Cómo iban las mujeres españolas de principios
de siglo -que se percibían dependientes de los hombres- a empezar a
comportarse de modo que desarrollasen sus capacidades?
La postura oficial de la CNT era la de que las mujeres eran iguales a los
hombres y que debían ser tratadas de igual modo en el hogar y en el
movimiento. El Congreso de Zaragoza de mayo de 1936 formuló claramente
la posición igualitaria. En el Dictamen sobre el concepto confederal
del comunismo libertario encontramos lo siguiente: "Como la primera medida
de la revolución libertaria consiste en asegurar la independencia económica
de todos los seres, sin distinción de sexos, la interdependencia creada,
por razones de inferioridad económica, en el régimen capitalista
entre el hombre y la mujer desaparecerá con él. Se entiende,
por lo tanto, que los dos sexos serán iguales, tanto en derechos como
en deberes".
Estar de acuerdo en el análisis de la realidad de las mujeres no garantizaba
unanimidad sobre lo que supondría en la práctica. De hecho,
la cuestión de cómo abordar, y afrontar, la subordinación
de las mujeres obreras dentro de la sociedad española nunca se resolvió
de forma efectiva en el movimiento libertario. Mujeres Libres fue creada precisamente
por el desacuerdo que existía entre los militantes libertarios de cómo
alcanzar dicha capacitación. De hecho se plantearon dos posturas diferentes:
una se centraba en que los hombres anarquistas tenían la responsabilidad
de tomar la delantera para cambiar los patrones sexistas,ayudarlas en las
tareas domésticas para que pudieran participar en las actividades de
la comunidad. La otra postura radicaba en que la iniciativa debe venir de
las mujeres.
Estas dos posturas vienen claramente reflejadas en los debates que aparecieron
en la prensa durante los primeros años del siglo XX. En 1903, José
Prat instó a las mujeres a tomar las riendas de su propia emancipación.
Unos años más tarde Federica Montseny afirmaba que una forma
de que las mujeres lucharan por la abolición del estándar sexual
era tomándose en serio a sí mismas, dando la cara y castigando
a los que las habían seducido y abandonado, en lugar de, avergonzadas,
retirarse cobardemente. Y Soledad Gustavo, haciéndose eco de las reivindicaciones
de Emma Goldman sobre la emancipación interior, mantenía que
si debía existir un nuevo orden de igualdad sexual, la mujer tendría
que "demostrar con hechos que piensa y que es capaz de concebir ideales,
de sentar principios, de realizar fines".
Las cuestiones que estaban afrontando eran precisamente la capacitación
y la superación de la subordinación, es decir, cómo alcanzarlas
en coherencia con el compromiso de reconocer tanto el impacto del condicionamiento
cultural como el potencial de autonomía de cada persona. No obstante,
el problema de la importancia de la subordinación de las mujeres y
del lugar que debían ocupar en el proyecto anarquista no estaba en
absoluto resuelto, ni en los escritos teóricos de los anarquistas españoles
ni, como veremos, en las actividades del movimiento. Las opiniones iban desde
una aceptación proudhoniana del estatus secundario de las mujeres al
énfasis bakuninista en que las mujeres debían ser iguales a
los hombres y tratadas como tal en las instituciones sociales. Aunque esta
última postura fue adoptada por el movimiento anarquista español
ya en 1872, la contribución efectiva de las mujeres a la lucha social
raras veces era reconocida y la CNT se mostró en el mejor de los casos
negligente en sus empeños por organizar a las obreras. La situación
era peor en el hogar, los anarquistas más comprometidos esperaban ser
los "amos" en sus hogares, queja de la que se hicieron eco muchos
artículos publicados en los periódicos y revistas del movimiento
libertario durante este período.
Parece que la opinión de que el papel adecuado a la mujer era el de
ser madre y esposa era compartida por al menos algunas anarquistas. Matilde
Piller, por ejemplo, en un artículo aparecido en la revista Estudios
en 1934, afirmaba que la emancipación de la mujer era incompatible
con su papel de madre: "No se puede ser una buena madre -en el sentido
estricto de la palabra- y buena abogada o química al mismo tiempo.
Tal vez se pueda ser intelectual y mujer, pero madre, no". Ese punto
de vista era común entre algunos hombres. En 1935, por ejemplo, en
un articulo, Montuenga afirmaba que "la mujer siempre será el
lado bello de la vida, y es lo que en realidad debe ser: compañera
adorable, que en la lucha por la vida, nos consuele y fortifique, y madre
cariñosa de nuestros hijos".
Muchos argumentaban que las mujeres debían contribuir a su propia emancipación
apoyando a los revolucionarios varones. Otros, probablemente representativos
de la mayoría dentro del movimiento, negaban que las mujeres estuvieran
oprimidas en forma que necesitasen una atención particular. Federica
Montseny reconocía que "la emancipación de la mujer era
un máximo problema en los tiempos presentes" pero afirmaba que
la opresión de la mujer era una manifestación de factores culturales
(incluyendo su baja autoestima) que no serían resueltos mediante una
lucha organizativa. Haciéndose eco de los argumentos de Emma Goldman,
hacía hincapié en la naturaleza interna de la lucha, es decir,
sólo cuando las mujeres se respetasen a sí mismas podrían
de forma efectiva exigir un similar respeto por parte de los hombres. Convenía
con otros autores anarquistas, hombres y mujeres por igual, en que el objetivo
apropiado no era la igualdad con los hombres bajo el sistema existente, sino
una reestructuración de la sociedad que liberara a todos. "¿Feminismo?
¡Jamás! ¡Humanismo, siempre!" Éste sostenía
que el feminismo abogaba por la igualdad de las mujeres pero no desafiaba
a las instituciones existentes. Tenía, además, un enfoque muy
estrecho dado que la lucha de los sexos no podía ser separada de la
lucha de clases o del proyecto anarquista en su conjunto (el feminismo representaba,
efectivamente, otra perspectiva de cómo alcanzar mejor la igualdad
para las mujeres, aunque tardó bastante en arraigar en España;
la primera organización feminista independiente no fue fundada hasta
1918 y tuvo muy poco o ningún impacto entre las mujeres de la clase
obrera). Asimismo, Igualdad Ocaña, que era consciente del modo en que
las aportaciones de las mujeres habían sido infravaloradas por las
organizaciones del movimiento, insistía en que "si no vamos en
común acuerdo el hombre y las mujeres, nunca podremos lograr que la
sociedad vaya por el camino recto de la superación. La labor ha de
ser unísona. Debemos luchar para que se nos respete en todos los niveles
y poder luchar en todos los factores al lado del hombre". Se oponían
a que existieran organizaciones aparte para mujeres que tuvieran como objetivo
afrontar tales problemas, y encontraban apoyo a su postura en la máxima
anarquista de la unidad de medios y fines.
Los que se oponían a las organizaciones autónomas de mujeres
alegaban que el anarquismo era incompatible no sólo con formas jerárquicas
de organización, sino también con cualquier organización
independiente que pudiera minar la unidad del movimiento, puesto que la meta
del movimiento anarquista era la creación de una sociedad igualitaria
en la que hombres y mujeres se relacionaran como iguales. Temían que
una organización dedicada específicamente a poner fin a la subordinación
de las mujeres subrayaría las diferencias entres ambos sexos más
que sus similitudes y dificultaría el logro de un objetivo revolucionario
igualitario.
El debate continuó dentro del movimiento libertario durante toda la
década de los treinta y llevó por último a la fundación
de Mujeres Libres.
Las fundadoras de Mujeres Libres eran todas militantes de la CNT. A pesar
de ello, creían que las organizaciones del movimiento eran inadecuadas
para abordar los problemas específicos a los que debían enfrentarse
las mujeres, ya fuera dentro del movimiento mismo o en la sociedad en general.
Se requería el establecimiento de una organización que luchara
de forma directa por la emancipación de las mujeres pues, aunque participaban
en todas las organizaciones -CNT, ateneos, grupos juveniles-, sus compañeros
varones no siempre las trataban con respeto. Por otro lado las mujeres que
se organizaban eran siempre una minoría a pesar de los esfuerzos de
éstas por incorporar a más mujeres, posiblemente por el sexismo
de los hombres y la timidez de las mujeres.
Lentamente las mujeres de diferentes ámbitos del movimiento comenzaron
a dar los primeros pasos para organizarse. En algunos pueblos de Cataluña
empezaron a formarse grupos de mujeres incluso en los últimos años
de la Dictadura. Cuando comenzó la guerra y la revolución en
1936, las mujeres de Tarrasa estaban listas para actuar: montaron una clínica
y una escuela de enfermería durante los primeros días de la
lucha.
En Barcelona a finales de 1934 empezó a formarse un grupo denominado
Grupo Cultural Femenino de la CNT, que tenía como objetivo fomentar
un sentido de solidaridad entre ellas y permitirles adoptar papeles más
activos tanto en el sindicato como en el movimiento. Lucía Sánchez
Saornil, escritora y poeta, y Mercedes Comaposada, abogada, emprendieron una
tarea similar en Madrid.
Estas dos mujeres, junto con Amparo Poch y Gascón, fueron las iniciadoras
de Mujeres Libres y las editoras de su revista. Aunque provenían de
ambientes diferentes y cada una poseía su estilo personal, las tres
estaban profundamente comprometidas con el movimiento y con la educación
de las mujeres.
En Barcelona, Soledad Estorach, que participaba tanto en su ateneo libertario
como en la CNT, también creía que las organizaciones del movimiento
eran inadecuadas para incorporar a las obreras en términos de igualdad
con los hombres. La actividad más concreta en la que se embarcó
el grupo de Barcelona fue la creación de guarderías volantes,
en sus empeños de incorporar a más mujeres a las actividades
sindicales.
En 1936, en un Pleno las mujeres catalanas reconocieron sus afinidades con
Mujeres Libres y votaron afiliarse, cambiando su nombre por Agrupación
de Mujeres Libres. Así empezó lo que llegaría a ser una
federación nacional.
La necesidad de enfrentarse tanto a la revolución como a la guerra
llevó a Mujeres Libres a desarrollar una serie de programas con dos
objetivos separados pero relacionados: la preparación de las mujeres
para el compromiso revolucionario y la captación e incorporación
activa al movimiento libertario. Organizaron programas educativos, de empleo
y aprendizaje, de concienciación y apoyo a la militancia femenina,
referentes a la maternidad, sexualidad para refugiados...
Llegaron a ser unas 20.000 mujeres. La energía, el entusiasmo y el
sentimiento de capacitación personal y colectiva que habían
experimentado se convirtieron en estándares de lo que la vida podía
ser y de lo que las personas podían lograr si trabajaban juntas con
compromiso y esperanza.
El retroceso revolucionario
Cuando se habla del momento en que la Revolución española declina
o pierde la partida, normalmente se hace referencia a los sucesos de mayo
de 1937 como la situación a partir de la cual el proceso revolucionario
se detiene, cae derrotado o es traicionado.
Pero la realidad es que esta interpretación sería bastante reduccionista,
porque lo cierto es que ya desde los primeros momentos posteriores al 19 de
julio se fueron produciendo acontecimientos que invitan a pensar que lo que
podríamos llamar retroceso revolucionario ya se estaba dando.
El 19 de julio de 1936 el anarquismo organizado tuvo, por primera vez desde
la fundación de la CNT y de la FAI, la ocasión de alcanzar la
meta de la abolición del capitalismo y el Estado. Todos los levantamientos
fallidos que se habían realizado durante la Segunda República
pretendían, en definitiva, conseguir ese objetivo e implantar el comunismo
libertario.
Después de esa fecha surgieron comités revolucionarios de ámbito
local que eran portavoces de las masas trabajadoras y para cuya constitución
espontánea fue decisivo el vacío de poder creado por el levantamiento
de los militares y la quiebra del poder del Estado. Así, estos comités
tomaron en sus manos casi todas las cuestiones administrativas; sin embargo,
no aspiraban a la conquista del poder político, sino a su destrucción.
Los comités deberían constituir las células de un sistema
federativo que sustituyese al Estado parlamentario y, en todos ellos, los
anarquistas tuvieron una participación importante, intentando impulsar
la autogestión revolucionaria.
El 20 de julio de 1936, en toda Cataluña el control de la situación
estaba en manos de la CNT y de la FAI, que se vieron ante el dilema de establecer
una organización social anarquista o colaborar con el gobierno -que
en esos momentos sólo existía de derecho, no de hecho- y con
los demás partidos y organizaciones obreras. En las deliberaciones
de la CNT y la FAI entre los días 20 y 23 de julio, la realización
del anarquismo integral era interpretada como la imposición de una
dictadura, viéndose también que esta opción por una Cataluña
anarquista la podría llevar a un boicot nacional e internacional que
dañaría la meta urgente de derrotar el levantamiento militar.
Y en medio de estas discusiones aparece la propuesta de Companys (presidente
de la Generalitat) de colaborar con el gobierno a través de la creación
del Comité Central de Milicias Antifascistas. Así pues, el 21
de julio, acuciados por las circunstancias, por primera vez en su historia,
la CNT y la FAI aceptaron el compromiso con las fuerzas políticas de
Cataluña. Probablemente sin saberlo, el paso que daban suponía
que, en aras de concentrar todas las fuerzas antifascistas contra el alzamiento
militar, paradójicamente, los anarquistas estaban colocando la piedra
angular en la tarea de socavar la influencia extraordinariamente fuerte de
que gozaban entonces.
Aparte del escrúpulo moral de hacerse con todo el poder, en esta decisión
influyeron, además, otros factores, como la imposibilidad de llevar
adelante la revolución anarquista en toda España y la decisión
estratégica de que una cesión de este género en Cataluña
podía asegurar a la CNT y al anarquismo en otras regiones de la zona
republicana, donde era minoritario o no era tan influyente, un trato igualmente
generoso. Es cierto que, a lo largo de todo este proceso, hubo fuertes resistencias
-que en determinados momentos se hicieron muy patentes- en el interior de
las organizaciones, a lo que muchos consideraban, como poco, una dejación
de las ideas, las concepciones y la práctica revolucionarias, pero
no pudieron frenar esa inercia.
En fin, la suerte estaba echada, y esta decisión supuso mantener con
vida los organismos (gobierno y partidos políticos) que, al final,
acabaron con la revolución y arrinconaron al movimiento libertario.
Detrás vinieron, como consecuencia, el aceptar decisiones gubernamentales
o el contemporizar en aras de la "lucha antifascista" que se había
elevado a la categoría de ideología en la España republicana.
Así, las organizaciones libertarias fueron aceptando -con agrado o
desagrado, pero cada vez más en cascada- medidas de corte gubernamental,
militar y político: a fin de cuentas, de colaboración con el
Estado republicano. A modo de ejemplo, citamos algunas de las más conocidas
y que, por su importancia, marcaron el camino de lo que sucedió después:
-6 de agosto de 1936: militarización de las unidades de milicias por
la Generalitat y el Comité de Milicias.
-26 de septiembre: entrada de tres consejeros de la CNT en el gobierno de
la Generalitat.
-21 de octubre: publicación por el gobierno del Frente Popular del
decreto de integración de las milicias en las fuerzas armadas regulares.
-5 de noviembre de 1936: cuatro ministros de la CNT y de la FAI en el gobierno
de la República.
Cierto es que, para aceptar todo esto, había consideraciones de tipo
táctico o estratégico: si la CNT y la FAI no entraban en el
gobierno podrían ser marginadas del devenir de la guerra y sus colectividades
amenazadas y destruidas; si las milicias anarquistas no aceptaban los decretos
de militarización se verían desprovistas de armas y pertrechos...
Pero todo esto que se quería evitar sucedió aun integrándose
en el sistema social y político republicano.
No debemos dejar de señalar, no obstante, que tanto desde el interior
de la CNT, de la FAI y de laFIJL, como desde las milicias anarquistas y de
las colectividades hubo fuertes y constantes protestas contra este proceso
de institucionalización del anarquismo y de la revolución.
Mayo del 37
Lo que sucedió en las jornadas de mayo de 1937 no fue más que
una consecuencia lógica de este proceso de retroceso ideológico
y práctico. Y supuso el último intento importante -y en buena
medida, desesperado- por parte de las organizaciones libertarias de salvar
la revolución y sus conquistas.
A esas alturas, los resortes puestos en marcha por el Estado republicano,
así como los manejos de los estalinistas del PCE y de su sucursal catalana
del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) habían conseguido
frenar, en cierta medida, el avance revolucionario.
La burguesía republicana había ido reconquistando el poder que
el proletariado no había querido o podido tomar. Primero, aceptando
la preponderancia obrera, ya que no tenía más remedio. Después,
mediante la colaboración de clases, reforzando el Estado. Finalmente,
amparándose tras el Partido Comunista que, apoyado en los agentes rusos,
se colocaba a la vanguardia de la contrarrevolución en la República.
El proletariado había perdido la dirección de la guerra y el
mando de sus unidades; sólo faltaba desarmarlo en la retaguardia y
ponerlo a merced de la policía. En Cataluña, el PSUC había
conseguido levantar a todo el mundo contra las fuerzas obreras. Las provocaciones
no cesaban desde que la CNT disolvió el Comité de Milicias.
La policía hostigaba a los obreros...
La Central Telefónica era controlada y gestionada por los trabajadores
desde los primeros días de la revolución. El 3 de mayo de 1937
se presentaron ante sus puertas gran cantidad de guardias de asalto con la
orden del gobierno catalán de arrebatar el edificio a los trabajadores.
A punta de fusil los conminaron a mantenerse con los brazos en alto, pero
los obreros se defendieron y respondieron como pudieron a la agresión.
La noticia se difundió como un relámpago por toda la ciudad.
Los trabajadores trataban de armarse para protegerse de agresiones similares
contra otros edificios. Por la tarde la huelga era general. El día
4 por la mañana, toda Barcelona estaba en manos de los obreros menos
el centro, donde el combate proseguía casa por casa. Los trabajadores
revolucionarios sabían que si esa batalla se perdía sería
el fin de la revolución.
La Agrupación "Los Amigos de Durruti", formada por miembros
de la CNT y la FAI, llamaba a la revolución social y a la destrucción
del orden burgués.
En la calle, también el POUM luchaba al lado de los militantes de las
organizaciones libertarias, pero su influencia en la lucha no fue grande debido
a su escaso número.
En el frente de Aragón, las milicias anarquistas se planteaban seriamente
partir hacia Barcelona para ayudar a sus hermanos. Incluso, algunos grupos
de ellas llegaron a la ciudad.
Las Juventudes Libertarias, por su parte, empujaban a la acción.
El día 5 los grupos de la FAI de Barcelona se reunieron y decidieron
"atacar a fondo pase lo que pase".
El noventa por ciento de los combatientes eran de la CNT y de las organizaciones
anarquistas, y el ardor por llevar adelante la revolución y desarmar
a los traidores era general.
Sin embargo, ya desde ese día 5 los sectores burocratizados de la CNT
y de FAI llamaban constantemente al "orden" y pedían a los
trabajadores el alto el fuego y la vuelta al trabajo, debido a los compromisos
adquiridos con los gobiernos de la República y la Generalitat.
Así, el día 6 la CNT declaraba una tregua y los obreros, antes
que romper en mil pedazos a su organización, permanecieron fieles a
ella, a pesar de reconocer que eso implicaba su derrota.
Durante el día 7 las barricadas de los trabajadores fueron desmontadas,
mientras permanecían las de la policía, las del PSUC y las del
Estat Catalá (partido independentista catalán). Los trabajadores
liberaron a todos sus presos, pero no sucedió lo mismo en el otro bando.
Los obreros eran detenidos por centenares y muchos de ellos eran asesinados
por la policía o por elementos del PSUC y Estat Catalá.
El POUM fue colocado fuera de la ley (el PCE consiguió imponer su tesis
de declarar a este pequeño partido como traidor y colaborador de los
fascistas) y sus miembros eran encarcelados -y torturados- o asesinados cuando
se los encontraba.
Con la CNT, la FAI y la FIJL no pudieron acabar, dada su importancia social
y numérica, pero muchos anarquistas corrieron la misma suerte de persecución
y asesinato.
Las jornadas de mayo del 37 causaron 500 muertos y más de 1.000 heridos,
y supusieron el fin de la esperanza revolucionaria.
El anarquismo a la defensiva
A partir de entonces, los sectores más reaccionarios del Estado republicano,
con el Partido Comunista al frente, se enseñorearon de la situación
política y social, dejando al anarquismo situado en una posición
relegada y a la defensiva.
El ejército republicano quedó en manos del PCE, que se hizo
con la dirección de la guerra, siendo muchos jefes y comisarios políticos
pertenecientes o simpatizantes de dicho partido. El ejército se convirtió
en el lugar idóneo para la perdición de los anarquistas y el
fin de la revolución. Un informe clandestino repasaba el estado de
las tropas militarizadas: "Quienes visiten los distintos frentes de lucha
podrán observar el contraste que ofrecen las fuerzas según la
tendencia social predominante. Los de la CNT, mal de ropa, mal de armamento
y manteniendo las más peligrosas posiciones. Los del Partido Comunista,
casi siempre en segunda línea, bien atendidos en todo y con perfecta
dotación para el combate." Aquí se ve dónde llegaban
los suministros que venían de la Unión Soviética: no
muchos, por cierto, dada la situación militar desesperada en la que
se encontraba la República y la guerra terrorista y de aniquilación
que las tropas fascistas españolas llevaban a cabo, apoyadas por los
regímenes totalitarios de Alemania, Italia y Portugal.
A partir del verano de 1937, muchas colectividades fueron atacadas y disueltas
por ese ejército, que ya era un instrumento de los comunistas estalinistas.
Especial relevancia tiene el ataque y destrucción de multitud de colectividades
en Aragón a manos de las tropas estalinistas de Líster y El
Campesino, con la consiguiente represión de colectivistas.
El Consejo de Aragón (órgano creado para organizar la vida revolucionaria
en el territorio aragonés no ocupado por los fascistas) fue disuelto
el 11 de agosto. Con esta medida, el proceso de restauración del poder
del Estado alcanzó su punto culminante.
En consecuencia, a partir de mayo del 37 la balanza se inclinó definitivamente
a favor del restablecimiento de la autoridad estatal, siendo la revolución
prácticamente vencida y traicionada.
La sensación de derrota de muchos de los colectivistas debió
de ser inmensa, al igual que la convicción de que habían sido
abandonados a su suerte.
Aun así, tras el paso de las tropas estalinistas, muchas de las colectividades
volvieron a crearse de nuevo y subsistieron hasta su caída en poder
de los fascistas o hasta el fin de la guerra, el 1 de abril de 1939.
Conclusión
Incluso con todos sus errores, el proceso revolucionario vivido en España
durante los años 1936 a 1939 no tiene parangón en la historia.
Por primera vez, la clase trabajadora toma en sus manos, de una forma generalizada,
los medios de producción y productos de consumo de un modo colectivo,
sin líderes que la conduzcan, sin vanguardias de partidos que la guíen.
Es ella quien, autónomamente, pone en práctica una revolución
que se sustenta en los principios de libertad, igualdad y fraternidad plenas.
La clase obrera española de los años 30 es, probablemente, la
más concienciada del mundo en ese momento, y en esa concienciación
el anarquismo jugó un papel fundamental, llevando a la sociedad de
la época grandes avances en lo social, lo cultural, lo económico,
lo moral... muchos de ellos aún no superados hoy día.
Y su lucha, además, tiene doble valor, puesto que tuvieron que organizarse
para defenderse de la bestia fascista y, al mismo tiempo, sacar adelante su
proyecto revolucionario teniendo frente a ellos a la práctica totalidad
de los partidos y organizaciones republicanos, así como al aparato
del Estado de la República en sí, con todas sus fuerzas policiales
y militares.
Los hombres y mujeres anarquistas se vieron en multitud de ocasiones en encrucijadas
de difícil resolución y tuvieron que tomar decisiones muchas
veces ahogadas por las circunstancias. Sin embargo, bajo nuestro punto de
vista, las decisiones básicas sobre el devenir de la revolución
se produjeron en los primeros días después del golpe fascista:
en muchos lugares se confió en la lealtad de la Guardia Civil y del
Ejército, confianza que resultó letal. También se confió
en la buena voluntad de los aparatos del Estado republicano y en sus representantes
frente a los facciosos y, así, en muchos lugares, el pueblo quedó
desarmado y fue masacrado. Además, ¿qué hubiera sucedido
si se hubiera proclamado el comunismo libertario en Barcelona y en amplias
zonas de Cataluña y del territorio republicano? Aparte de haber podido
llevar la revolución adelante sin negociar nada con los políticos
y el Estado, es probable que eso se hubiera contagiado a las capas populares
de otras regiones y el fenómeno revolucionario hubiese sido más
extenso y profundo. Otra cuestión: las milicias de trabajadores recién
creadas se adaptaban mal a una guerra clásica de posiciones (lógico
porque no eran, ni querían serlo, un ejército profesional),
y algunos abogaban por el buen resultado que hubiera tenido una amplia estrategia
basada en las guerrillas en la zona controlada por los facciosos, donde, aparte
de distraer fuerzas del enemigo, podrían haber rebelado a parte de
la población contra sus dominadores.
Hay otro factor a tener en cuenta: aunque la CNT era en julio de 1936 la organización
sindical más potente del país y la FAI hacía que el anarquismo
impregnara buena parte de las luchas sociales, no contaban aún con
el número suficiente de militantes para poder asegurar con eficacia
un triunfo revolucionario y en muchas partes tuvieron que adaptarse más
o menos a las circunstancias de no ser la fuerza mayoritaria, lo que les restó
capacidad de acción e influencia.
En muchos pasajes de esta exposición hemos evitado dar nombres propios,
pues consideramos que los procesos que se dieron fueron colectivos y como
tales hay que contemplarlos. Quien quiera conocer quién fue el responsable
de tal o cual actuación tiene los libros de historia donde podrá
informarse fehacientemente. En relación con esto, no hemos pretendido
realizar un trabajo histórico exhaustivo sino una aproximación
hacia un hecho bastante desconocido hoy día, pero que fue de tal amplitud
y profundidad que removió los cimientos de la sociedad española
de la época y fue un ejemplo para millones de personas en el mundo
(algunos miles de ellas acudieron a España para participar en la revolución).
Los anarquistas de hoy día debemos agradecer el esfuerzo titánico
de esos hombres y mujeres que hicieron posible un día la sociedad ideal
que preconizaban, frente a todos los enemigos y todas las dificultades. Desde
aquí, nuestro homenaje para todos ellos, héroes anónimos
de la causa del pueblo.
En esta sociedad de hoy, tan podrida, sometida y manipulada, su ejemplo debe
servirnos para continuar en la lucha sin desmayo, por una sociedad de seres
libres e iguales, sin opresores ni oprimidos, donde impere la justicia social
y en la que la anarquía, que es el orden natural, triunfe y se desenvuelva,
acercando la felicidad a la vida de los seres humanos.
La obra constructiva de la Revolución española
Que en 1936 estalló la guerra civil, ya se sabe. Pero lo que se ignora,
o se pretende ignorar es que, a la par que hacía frente heroicamente
al fascismo, el pueblo español, impulsado principalmente por la CNT
y la FAI, se lanzaba a una revolución autogestionaria, la más
radical de la historia.
Hoy día, cuando la autogestión se impone como única alternativa
valedera a las sociedades capitalistas y burocráticas, queremos restituir,
mediante documentos en gran parte inéditos, lo que se ha querido ocultar,
deformar o esquematizar.
* * *
En 1931, España cuenta con 21 millones de habitantes. Casi la mitad
no sabe leer ni escribir. Es un país principalmente agrícola:
el 52 por 100 de la población activa se dedica a la agricultura. Este
mundo rural vive todavía en unas estructuras sociales arcaicas. Mientras
50.000 terratenientes poseen la mitad de las tierras cultivadas, 2 millones
de campesinos se reparten el 10 por 100 de estas tierras.
La industria, principalmente concentrada en Cataluña, emplea a 2 millones
de obreros. Los principales sectores de esta industria, tan desarrollada como
sus homólogas europeas, están en manos de capital extranjero:
norteamericano, alemán, inglés, belga y francés.
La iglesia cuenta con 80.000 curas, frailes y monjas. Controla la enseñanza
e importantes sectores de la vida económica y social.
El ejército es el segundo pilar de la sociedad española. Con
sus 15.000 oficiales, su papel consiste en mantener, vaciando las cajas del
Estado, a los hijos de la aristocracia, y en preparar la próxima guerra
civil. También viven del presupuesto nacional los 64.000 policías
de diferentes cuerpos, esencialmente encargados de mantener el orden social.
Para luchar en contra de estas fuerzas opresivas, varias fuerzas combativas
se organizan:
-el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), creado en 1888;
-el Partido Comunista de España (PCE), creado en 1921;
-el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), fundado en 1935
por marxistas leninistas no estalinianos.
El movimiento obrero, por su parte, se organiza en 1870 en la Federación
Regional Española, sección de la Primera Internacional, animada
por militantes libertarios. De esta Federación nacen las organizaciones
sindicales:
-Unión General de Trabajadores (UGT), de tendencia socialista, se separa
en 1888. Cae bajo la influencia del PSOE y defiende posiciones reformistas.
-Confederación Nacional del Trabajo (CNT), se crea en 1910. Recoge
la herencia de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT,
Primera Internacional) y adopta las tesis anarcosindicalistas.
Para los anarcosindicalistas son los mismos obreros quienes, mediante la acción
directa y la práctica de la solidaridad, se tienen que emancipar de
la explotación capitalista y de la opresión del Estado. Proponen
la reorganización de la sociedad sobre las bases del comunismo libertario,
es decir, la libre federación de los individuos que han realizado la
colectivización de la producción, apoyándose en el ideal
proclamado por Ricardo Mella: "La libertad como base, la igualdad como
medio, la fraternidad como fin".
La CNT es un blanco constante de la represión. Declarada ilegal en
1911, pasa a la clandestinidad en 1914. Pero su influencia va creciendo, a
pesar del asesinato de su secretario general Evelio Boal, de Salvador Seguí
(el Noi del Sucre) y de centenares de militantes anónimos. La instauración
de la dictadura de Primo de Rivera en 1923 obliga nuevamente a la CNT a pasar
a la clandestinidad hasta 1931.
Durante la Dictadura, en 1927, se crea la Federación Anarquista Ibérica
y en 1932, a principios de la República, aparece la Federación
Ibérica de Juventudes Libertarias.
En el periódico ABC del 27 de diciembre de 1934, los monárquicos
clasifican a sus adversarios de la manera siguiente:
-CNT: 1.577.000 afiliados.
-UGT: 1.444.000 afiliados.
-PSOE: 200.000 afiliados.
-PCE: 13. 000 afiliados.
Cuando abdica Alfonso XIII, en 1931, la proclamación de la República
es acogida con entusiasmo. Para algunos representaba la solución a
todos los problemas de la sociedad española.
En realidad, el nuevo régimen no satisface ninguno de los anhelos profundos
del pueblo. Un ejemplo es la reforma agraria, que fue el tema electoral más
importante de los republicanos: en 1932, en las Cortes, se vota una ley de
distribución de tierras desocupadas, pero la ley no se cumple y todo
sigue igual... y cuando los campesinos, cansados de esperar, pasan a la acción
directa, como en Casas Viejas - Andalucía- en enero del 33, la Guardia
Civil, ahora republicana, reprime con su brutalidad habitual.
En vísperas de las elecciones de 1933, la CNT lanza la consigna: "No
votar, preparaos para la Revolución social" y añade: "si
las derechas ganan las elecciones, en la calle se tendrá que llevar
a cabo la lucha decisiva".
Ganan las derechas. La Confederación asume sus responsabilidades e
inicia una insurrección armada en Aragón, reprimida con la consabida
brutalidad.
Cuando los clerical-fascistas de la CEDA entran en el gobierno, el 5 de octubre
de 1934, la CNT y la UGT, unidas bajo el lema "Unión de Hermanos
Proletarios" inician la insurrección de Asturias. El Tercio interviene
para apoyar a la Guardia Civil contra los trabajadores. Sin embargo, éstos
resisten hasta el día 13 de octubre. Pero ¡qué balance!:
3.000 muertos, 7.000 heridos y decenas de miles de detenidos.
En previsión de las elecciones de 1936, los partidos de izquierdas
se unen en un Frente Popular. Para el movimiento libertario, el único
objetivo es la liberación de los 30.000 presos políticos víctimas
de las insurrecciones precedentes. Casi todos son anarcosindicalistas. Así,
por primera vez, la CNT no lanza su consigna "no votar" y algunos
de sus militantes, por primera y última vez en su vida, van a votar.
Ganan las izquierdas.
El pueblo de Barcelona espera, delante de la cárcel Modelo, la salida
de los presos, ya que el Frente Popular ha prometido su libertad. Los presos
salen, pero sigue la lucha sin ilusiones acerca de las maniobras de los políticos.
En mayo del 36, la CNT se reúne en congreso nacional en Zaragoza. Asisten
649 delegados en representación de 982 sindicatos. Se elabora el "Concepto
confederal del Comunismo Libertario".
Frente al incremento de la combatividad obrera, la reacción -esencialmente
militar y falangista- inicia la preparación de un golpe de Estado,
verdadera contrarrevolución preventiva. Jose Antonio Primo de Rivera,
jefe de la Falange, y los generales Mola, Franco y Goded se preparan para
barrer una república culpable, a su parecer, de no controlar el movimiento
revolucionario. En las Cortes, el monárquico Calvo Sotelo, proclama:
"Si el fascismo es orden, soy fascista".
La CNT no vacila: o fascismo o revolución.
El 18 de julio el levantamientos de los militares y fascistas triunfa en Marruecos,
Burgos, Sevilla, Zaragoza... pero el punto clave es Barcelona. El 19 de julio,
el Comité de Cataluña de la CNT proclama: "¡Pueblo
de Cataluña!. ¡Alerta y en pie de guerra! Es la hora de la acción;
de obrar. Hemos pasado meses y meses haciendo crítica del fascismo,
señalando sus defectos, lanzando las consignas concretas de que el
pueblo había de oponerse, alzarse en armas en el momento en que la
negra reacción de España intentara imponer su asquerosa dictadura.
Ese momento ha llegado, pueblo de Cataluña. La reacción: militares,
civiles, curas y alta banca, armoniosamente fraternizados, han iniciado la
subversión tendente a implantar el fascismo en España por medio
de la dictadura militar. Nosotros, representación genuina de la CNT
en Cataluña, consecuentes con nuestra trayectoria revolucionaria y
antifascista por excelencia, no podemos dudar en estos momentos graves, en
estos momentos de acción. La CNT en Cataluña lanza la consigna
concreta y terminante de que todos deben secundar la huelga general revolucionaria
en el preciso instante en que se alce alguien en Cataluña, sin que
ello implique inhibición a lo que compete al orden nacional, para lo
cual nos atendremos a las consignas del Comité Nacional. Queda pues
bien terminantemente reflejada nuestra posición y señalamos
que la consigna se cursará con rapidez.. Nadie debe secundar ninguna
consigna que no responda a las lanzadas por este Comité como forma
de evitar lo irreparable. Son momentos de serenidad. Hay que actuar, pero
con energía, firmeza y al unísono, a la vez, todos juntos. ¡Que
nadie se aísle! Que se estrechen los contactos. Es hora de estar alerta
y de disponerse a actuar. En Sevilla, el fascismo se adueña de la situación.
En Córdoba hay un alzamiento. El Norte de África está
dominado por ellos. Nosotros, el pueblo de Cataluña, en pie de guerra,
dispuestos a actuar. Que en estos momentos de coincidencia contra el enemigo
común cada cual ocupe un puesto en el combate. Que no haya desgastes
de energías ni luchas fratricidas. ¡Arriba los corazones! Arma
al brazo y dispuestos par el combate. Quien se inhiba es un traidor a la causa
manumisora del pueblo. ¡Viva la CNT!. ¡Viva el comunismo libertario!
¡Ante el fascismo, la huelga general revolucionaria!"
El enfrentamiento directo entre el ejército y el pueblo en armas, se
acaba con la derrota de los militares. Pero ¡cuánto le ha costado
a la CNT este triunfo! Francisco Ascaso ha muerto y, con él, miles
de militantes anónimos y valientes. Los generales vencidos, Goded y
Buriel, son juzgados, condenados a muerte y fusilados. Una imagen simbólica:
la revolución empieza con el derribo de la cárcel de mujeres
de Barcelona.
* * *
La euforia del triunfo en Barcelona no oculta la preocupación por
la derrota de Zaragoza. Ante la ausencia de reacción de la República,
el pueblo sigue haciéndose cargo de la situación. Ya el 24 de
julio, Buenaventura Durruti sale de Barcelona, con una columna de voluntarios,
para arrancar a Aragón de las garras fascistas. Estos trabajadores,
milicianos voluntarios, en mono, sin condecoraciones, obedeciendo a delegados
de centuria que han elegido, disciplinados por ser revolucionarios conscientes,
hacen retroceder a los fascistas. La columna Durruti libera Lérida,
Fraga, Penella, Bujaraloz, Osera, y llega hasta las inmediaciones de Zaragoza.
Los "aguiluchos" de la FAI, por su parte, luchan frente a Huesca
y Teruel.
Cabe señalar que las milicias consiguieron lo que jamás pudo
obtener el ejército regular de la República: ganarle terreno
al fascismo. Los militantes de la CNT-FAI, voluntarios de las milicias, dinámicos,
conscientes, luchan, ante todo, para derribar el viejo mundo de los aristócratas,
de los capitalistas, militares y curas, y para abrir las puertas a la revolución
social, al comunismo libertario, como lo demuestran estas palabras de Durruti:
"Estoy muy satisfecho de mi columna. Mis compañeros están
bien pertrechados y, cuando viene la hora, todo funciona como una buena máquina.
No quiero decir con eso que dejen de ser hombres. No, nuestros compañeros
en el frente saben para quién y por qué luchan. Se sienten revolucionarios.
No luchan para la defensa de nuevas leyes, más o menos prometidas;
luchan para la conquista del mundo, de las fábricas, de los talleres,
de los medios de transporte, de su pan, de la cultura nueva. Saben que su
vida va ligada al triunfo. Hacemos, y esto es mi criterio, porque las circunstancia
así lo exigen, la revolución y la guerra al mismo tiempo. Las
medidas revolucionarias no solo se toman en Barcelona, también se toman
en las líneas de fuego. En todos los pueblos que arrancamos al fascismo
empezamos a desarrollar la revolución social. Es eso lo mejor de nuestra
guerra. Y, cuando pienso en ella, me doy cuenta, más aún, de
mis responsabilidades. Desde las trincheras hasta Barcelona, todos combaten
por nuestra causa. Todos trabajan para la guerra y la revolución".
* * *
Pero mientras empieza la guerra, ¿qué sucede donde los fascistas han sido derrotados? Empieza una vida nueva.
La autogestión industrial
La revolución social que se desarrolla, paralela a la guerra, en España,
a partir de 1936, realiza el gran principio de la Primera Internacional: "La
emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores
mismos". Son los principios libertarios los que prevalecen. Las decisiones
vienen de la base. Son los sindicatos quienes, en las empresas, en las Federaciones
de Industria, se apoderan de los medios de producción y deciden sobre
su nueva utilización.
En julio de 1936, la revolución es inmediata y hay que equipar a las
milicias. Y si empresas metalúrgicas como la Vulcano reanudan su actividad
inmediatamente es porque la vida no se detiene. Los patronos, la mayoría
de los ingenieros y de los técnicos, en general comprometidos con los
fascistas, han sido descartados o han huido.
Los sindicatos, principalmente los de la CNT, se apoderan de las empresas.
Con frecuencia se le concede una participación a la UGT, minoritaria
en Cataluña. La asamblea general de los trabajadores decide sobre la
nueva organización de la fábrica. Se elige un comité
de empresa entre los trabajadores encargados de la producción y todos
se afanan en mejorar la vida colectiva: disminución de las horas de
trabajo, aumentos de salarios, seguridad social, garantía de jubilación,
y todo eso sin dejar de perfeccionar las condiciones de trabajo y de higiene.
Incluso se preocupan del porvenir, creando laboratorios de investigación.
Pero la diversidad de situaciones impone experiencias múltiples. En
algunos sectores en que la CNT es particularmente potente, los obreros administran
una rama industrial entera, desde la materia prima hasta la venta del producto
acabado. Se trata entonces de una socialización, como el caso del Vidrio
de Valencia. A veces, los trabajadores administran una sola empresa; se habla
entonces de colectivización. Es el caso de los productos químicos
Mensa. Puede ocurrir que el antiguo patrón, republicano, se quede en
su puesto; está, entonces, sometido a un control estricto de un consejo
obrero elegido por los trabajdores; es el caso de la empresa José Pal
o el Café Bar Pilar de Valencia. Por fin, en algunas ciudades donde
la CNT es particularmente fuerte y donde todas las empresas están colectivizadas,
es la Federación Local de Sindicatos la que organiza todo, como en
Alcoy, en Levante.
Las condiciones impuestas por la Guerra Civil entorpecen el desarrollo de
la industria colectivizada por falta de materias primas, de capitales, de
técnicos... Sin embargo, esta industria en manos de los trabajadores
hace vivir a la España republicana. Apoyándose en las ideas
libertarias, los trabajadores han sido capaces de producir sin jefes y sin
disciplina de cuartel; han tomado su suert