
SECCIONES
El geógrafo anarquista Elisée Reclus decía que
"el hombre es la naturaleza que toma conciencia de sí". Considerar
seriamente esta afirmación significa también sostener que nosotros,
en cuanto seres humanos, tenemos la capacidad de comprender el mundo que nos
circunda y del que formamos parte. Y, obviamente, deberemos obrar en consecuencia.
Hoy parece banal rebatir la idea de que el ecocidio equivale al suicidio en
masa. Al mismo tiempo, sin embargo, es también evidente que nuestra
civilización no coexiste armoniosamente con la naturaleza. A pesar
de todo, no me parece que se pueda concluir que la única via de escape
sea la "vuelta a los orígenes". Este es el camino que propone
el "anarquismo verde" (www.greenanarchy.org).
Objetivo del anarquismo verde es la demolición de la "civilización".
Por civilización se entiende el proceso, iniciado hace 10.000 años,
caracterizado por el dominio del pensamiento simbólico (lenguaje, números,
arte, etc., que separa al ser humano del contacto directo con la naturaleza
instaurando con ella una relación mediada) del recorrido que llevó
a las poblaciones a convertirse en sedentarias, a la domesticación
de la naturaleza, e incluso a su dominio (con el proceso que culminó
primero en la agricultura y después en la industrialización),
de la acumulación de los recursos y de los productos, del aumento demográfico,
del patriarcado, de la ciencia, de la tecnología y de la división
del trabajo. Consecuentemente, se quiere recrear una sociedad constituida
por grupos de cazadores-recolectores en contacto directo (no mediado) con
la naturaleza, propugnando que una condición de vida así acabaría
con todas las plagas sociales citadas más arriba.
Dicho esto, hay que recordar que, como señala la revista Green Anarchy,
"no todos los anarquistas verdes se definen específicamente como
primitivistas", y también es cierto que apuntando a la destrucción
completa de la civilización y al fin del dominio-control de los seres
humanos sobre la vida (cualquier forma de vida), no se puede coherentemente
alejarse mucho de la concepción "específicamente"
primitivista.
Sacralización de la naturaleza
Se pueden hacer dos observaciones fundamentales sobre los análisis
propuestos por el anarquismo verde.
Ante todo es dificil obviar cierto determinismo de fondo. En efecto, los anarquistas
verdes sostienen que la "cultura simbólica", el abandono
del nomadismo, la agricultura, la industria y la tecnología no pueden
llevar a otra cosa que no sea la devastación de la naturaleza, la jerarquía,
la opresión, la explotación. Pero, si bien estas plagas existen,
no se puede afirmar en modo alguno que son la consecuencia necesaria de las
"causas" citadas.
De manera que, en el énfasis puesto sobre el biocetrismo (que deberá
reemplazar al antropocentrismo) es facil notar una sacralización de
la naturaleza, por la que los seres humanos, no siendo capaces de comprenderla
con los medios actualmente utilizados, deberán únicamente adaptarse
entrando en comunión pasional e "instintiva" con ella.
Se puede discutir cuanto se quiera, pero si se asume como principio fundamental
el hecho de que la naturaleza no puede ser tocada, en cuanto que cualquier
forma de control sobre la vida/naturaleza es una forma de dominio incompatible
con el anarquismo, y que, entre otras cosas, el control sobre la vida/naturaleza
comporta irremediablemente todas las nefastas consecuencias de que se ha hablado;
ahora el contraste con quien no concuerda con esta afirmación será
un poco difícil.
Si por una parte es indudablemente indispensable mantener en el orden del
día de las luchas sociales la lucha ecologista/ambientalista, por otra
es también importante no caer en el "misticismo verde". Contra
esta última tendencia es esencial redefinir las causas no sólo
económicas sino también sociales y culturales que llevan a la
destrucción ambiental y a la alienación del ser humano con respecto
al ambiente en que está inserto. Con este propósito, contra
las tesis del anarquismo verde, me parece lícito apoyar no sola y banalmente
que el impacto negativo de la tecnología depende del modo en que se
usa, sino también del tipo de relación cultural que se adopta
en el desarrollo o en el uso de la tecnología. Obviamente, el paradigma
cultural sobre el que se basa la acción humana es fundamental, y la
base cultural debe proporcionar el conocimiento adecuado de las inescindibles
relaciones que ligan a las personas con el ambiente en que viven y actúan
cotidianamente. No me parece que sea necesario "volver a los orígenes"
para resolver estos problemas.
Edén primitivista
Tampoco me parece necesario luchar para refundar una sociedad de cazadores-recolectores
con el fin de eliminar la jerarquía, la explotación, la opresión,
el dominio sobre cuerpos y mentes, etc. Sigo convencido del hecho de que la
inteligencia y el conocimiento (poseído y adquirible) pueden hacer
frente a estas plagas a través de transformaciones sociales revolucionarias.
Admitido y no concedido que en grupos humanos de cazadores-recolectores todo
el sistema de dominio contra el que luchamos en cuanto anarquistas no emergería
de ninguna forma, pienso que la cuestión de capital importancia no
está en tratar de crear condiciones de vida que impidan "hacer
daño", sino en tomar conciencia de las condiciones en que vivimos,
de que algo no funciona y de cómo podría funcionar. Y, además
de esto, en el asumir responsabilidades individuales y colectivas con objeto
de crear y mantener con vida sociedades libres y no alienadas.
El hecho de que las cosas, en la historia de la considerada civilización,
no vayan como era previsible que fuesen no significa que no pueda ser de otra
forma, ni significa que sea necesario volver a un pasado remoto.
Aparte de esto, los anarquistas verdes acusan a los herederos del "anarquismo
clásico" de estar muy cerrados en rígidos esquemas trasladados
del pasado al presente y de estar todavía demasiado ligados a una "cultura
de izquierdas" que, entre otras cosas, está todavía transida
de amor por la organización, lo cual es incompatible con el anarquismo.
Más allá de estas acusaciones, es importante hacer algunas reflexiones.
Estando convencido de que el anarquismo organizado no es incompatible con
el anarquismo, ni con la capacidad de renovación continua y la vivacidad
de los debates y los análisis, me parece oportuno subrayar que resulta
deseable no sólo tratar de alcanzar nuestros objetivos en coherencia
con los medios que utilizamos, sino que también los medios, además
de coherentes, deben ser eficaces. Y la eficacia de los medios depende de
la calidad y de la viveza del debate, de la capacidad de renovar y profundizar
constantemente el análisis de las condiciones en que vivimos, además
de la constancia y de la radicalidad de las luchas. Estos planteamientos podrían
parecer únicamente retórica vacía, pero no tener siempre
en consideración estos factores significa caminar hacia el fracaso.
Para que todo esto no resulte papel mojado, y para no caer en la retórica
vacía por esconder las dificultades haciendo autocrítica, es
indispensable dejarse de augurios y ser concretos en la práctica cotidiana.
El Movimiento Libertario Cubano responde al intento de justificar al régimen castrista en base a una fraudulenta interpretación de autores y propuestas anarquistas.
Luego de 46 años, 9 meses, 4 días y algunas horas de irrefutable
apostolado por parte de Fidel Castro y su séquito cubano y ecuménico
de incondicionales seguidores, deberíamos estar curados de espanto
y sobradamente convencidos de que ya habíamos escuchado prácticamente
todas las devotas sandeces que había para escuchar. ¡Pero no!:
así como persisten sin solución de continuidad los cultos a
las vírgenes de Guadalupe, de Regla, del Socavón o de Caacupé,
también se mantiene -algo desvencijada y mohosa con el paso del tiempo
y de los acontecimientos, pero mantenida al fin- la muy poco ingeniosa costumbre
de producir rezos "nuevos" y plañideras letanías mirando
a La Habana, ya que no a La Meca. Es así que el último 5 de
octubre le tocó el turno a Diego Farpón, notorio militante de
Corriente Roja, quien seguramente resolvió resarcirse de las frustraciones
contumaces que le produjeron el Partido Comunista de España e Izquierda
Unida, dedicando parte de su valioso tiempo a propinarnos a los anarquistas
-siempre refractarios, poco crédulos y agudamente críticos respecto
al gobierno cubano como a cualquier otro gobierno- una rotunda "lección"
de cultura pretendidamente revolucionaria. Su texto más reciente -Hay
otro mundo posible: Cuba-, publicado originalmente en la página web
de Kaos en la Red el 5 de octubre y recogido dos días después
en La Haine, parece que estuviera especialmente dirigido a persuadirnos de
nuestros repetidos errores y se ha hecho ampliamente acreedor a una respuesta
inmediata; respuesta ésta que, además, quiere ser de especial
reconocimiento a la actitud digna y solidaria demostrada por los compañeros
de la CNT de Salamanca, en quienes, probablemente, Diego Farpón haya
encontrado su más directa inspiración.
Diego Farpón organiza sus notas siguiendo un procedimiento que se ha
vuelto habitual: "Aquellos que critican a Cuba desde el sectarismo, el
dogmatismo y la información que les da el capitalismo cada día,
por ateos, por materialistas o por anarquistas que se digan, razonan exactamente
como razonaban los padres de la Iglesia o los fundadores del budismo, usando
palabras de Kropotkin". Y es por eso que las encabeza trazando a ritmo
de vértigo el campo más conveniente a sus intereses con una
frase de Daniel Guérin, cuarentona, desgajada de su contexto y largamente
pasada de moda: "Al quemar etapas, Cuba se inscribe, desde luego que
quizá sin saberlo, en la línea del comunismo libertario de Kropotkin".
Es decir; para Diego Farpón hay dos clases de anarquistas: los primeros
son sectarios, dogmáticos, budistas y, por añadidura, refuerzan
sus convicciones ideológicas leyendo informes del Pentágono;
mientras que los segundos -los "verdaderos" anarquistas- se han
percatado con impar lucidez de que el gobierno cubano ¡se inscribe en
la línea del comunismo libertario!; incluso aunque ese mismo gobierno
no lo sepa y tampoco muestre mayores indicios de querer "inscribirse"
en él. En otras palabras: los "verdaderos" anarquistas piensan
lo mismo que Diego Farpón y se los verá en actitud juiciosa,
serena y condescendiente respecto al gobierno cubano, al tiempo que los otros
sólo serán acreedores a una ejemplarizante lección de
ciencia política que inmediatamente nos dará este kropotkiniano
de última generación.
Dejemos de lado, por harto sabida y compartible, su descripción del
desguace neoliberal de los Estados benefactores y vayamos directamente al
núcleo que más nos atañe de los divagues farponianos.
Diego comienza con un guiño bakuninista: "El Estado es la negación
de la humanidad, decía Bakunin, y, desde luego, razón no le
faltaba". Más aún, pese a advertirnos, en un momento especialmente
intrépido de su desarrollo teórico, que "mucho ha ocurrido
desde entonces", luego nos dice que "el tiempo, juez insobornable,
no tardaría en darle la razón a Bakunin" en lo que al Estado
soviético respecta. Pero Farpón no se detiene demasiado en estos
halagos y en un santiamén acaba mostrando las patas de la sota: "Cuba
no es un Estado a la vieja usanza. Ni a la moderna, porque hoy como ayer los
Estados sólo sirven a los intereses de las clases dominantes. Cuba
no es como el resto de Estados, en los que los más poderosos son los
beneficiados por el sistema. Cuba ha demostrado que otro tipo de Estado es
posible: un Estado que defienda a los débiles, a los trabajadores,
que somos quienes lo necesitamos. No nos confundamos: necesitamos este tipo
de Estados, no los tradicionales". Y remata estos exabruptos con un final
a toda orquesta: "Es Cuba, como decía Guérin, quien contribuye
a la formación de una mentalidad comunista, de un hombre nuevo liberado
de la mentalidad de la economía mercantil. Bakunin, a buen seguro,
tomaría buena nota de esta experiencia y no tiraría piedras
contra esta Cuba. No al menos para hundirla". Sépanlo, pues, anarquistas
de aquí y de allá: si Bakunin viviera, estaría afiliado
al Partido Comunista Cubano o habría abdicado de sus antiguas convicciones
o contemplaría perplejo la primera y más prodigiosa excepción
a la lógica estatista.
Conviene analizar estas afirmaciones de Farpón con especial detenimiento.
Por un lado, es importante reconocer que, efectivamente, no todos los Estados
son iguales: los hay grandes y pequeños, tradicionales y modernos,
débiles y poderosos, burgueses y "proletarios" y también
multi-étnicos, liberales, fascistas, benefactores, pastoriles, burocráticos,
"democráticos", totalitarios, belicistas, neutrales, monárquicos,
republicanos, laicos, integristas, etc., etc. No alcanza, entonces, con localizar
la existencia de un Estado para saber con entera certeza cuál habrá
de ser la dinámica política que tiene lugar en su seno. Pero
sí es posible contar con la seguridad más completa de que, sea
cual sea la adjetivación del Estado en cuestión, estaremos en
presencia de una estructura jerárquica compleja, de una distribución
asimétrica de poder altamente codificada y de un conjunto de posiciones
institucionalizadas de dominación; precisamente por cuanto ello es
la definición misma del Estado. Y a tal punto lo es que, sin perjuicio
de las muchas diferencias que siempre es preciso distinguir, esas características
se encuentran en la Rusia de los zares, en la de Lenin, en la de Yeltsin y
en la de Putin; y también, por supuesto -aunque para admitirlo haya
que dejar las mitografías a un lado-, en la Cuba de Machado, en la
de Prío Socarrás, en la de Batista y en la de Fidel Castro.
Es por eso que las revoluciones en serio sólo pueden estar animadas,
sin excepción alguna, desde fuera del Estado y es por eso que dejan
de ser revoluciones cuando quedan amarradas al mismo.
Tal como Diego Farpón lo reconoce, Bakunin tenía razón
respecto a estas cosas en 1872, cuando la división de la Primera Internacional;
pero lo más interesante es concluir que esas razones siguen siendo
perfectamente válidas en este triste año 2005. Sólo con
un muy alto grado de exaltación religiosa es posible sostener que "Cuba
ha demostrado que otro tipo de Estado es posible": como si Cuba fuera
una suerte de Estado mágico; una excepción mayúscula
entre todas las excepciones producidas y por producir; un territorio de fábulas,
mitos e irracionalidades donde todos los conceptos habrían de encontrar
el sublime momento de su interrupción.
Y, sin embargo, por mucho que la fe lo espere en pleno éxtasis "revolucionario",
las excepciones no acaban de aparecer. El gobierno cubano, a través
de la propaganda oficial, podrá seguir insistiendo hasta las calendas
griegas en su fraudulenta identificación entre el Estado, el pueblo,
la revolución y Fidel Castro, pero ello no empaña en absoluto
la imperiosa necesidad del pensamiento crítico por discernir meticulosamente
entre cada una de esas instancias y las condiciones en que se desenvuelven.
El Estado cubano podrá mostrar mayor preocupación que otros
por la salud, la educación, la alimentación y la vivienda de
sus habitantes pero eso no puede impedir la rigurosa constatación de
que las prestaciones de esas necesidades básicas están muy venidas
a menos y tampoco que las mismas se satisfacen antes y en muy superiores niveles
de calidad cuando se trata de la clase dominante y no del pueblo llano. El
gobierno cubano podrá seguir haciendo gárgaras sobre la soberanía,
la independencia y la dignidad "nacional" pero nada de eso ocultará
su fenomenal ineficacia en la materia, la existencia del viejo subsidio soviético
y del actual subsidio venezolano o el hecho de que buena parte de su respiración
se explica, entre otras cosas, por las remesas de divisas desde el exterior
o por su apertura a la inversión extranjera directa que hoy se compone,
según datos oficiales, de 392 empresas transnacionales.
Diego Farpón seguirá fantaseando las cosas que se le antojen
y perorando respecto a Cuba como "ejemplo" y como "modelo"
que, además, ha hecho "imposible la explotación de algún
trabajador", pero nada de eso quita que los trabajadores cubanos estén
sujetos a penosísimas condiciones, a salarios misérrimos y a
un estado de radical ajenidad respecto a las decisiones productivas. ¿O
acaso el buen Diego ignora que el gobierno cubano ha hecho una opción
definitiva e inmodificable por la planificación centralizada y por
la hegemonía buro-tecnocrática, militar y caudillista en detrimento
de las alternativas autogestionarias? Diego Farpón continuará
sosteniendo cosas como ésta: "Cuba, desde luego, no es el fin,
pero es un camino al socialismo. Y, de momento, el único camino que
ha demostrado ser viable" . Pero habrá de esperar otros 46 años,
9 meses, 4 días y algunas horas y sólo podrá percatarse
que el camino recorrido y caprichosamente confirmado conduce a cualquier parte
menos a una sociedad socialista. ¿O es que el ferviente y confiado
Farpón jamás se dará cuenta de que no hay ningún
camino de construcción socialista hasta tanto no se erradiquen las
nociones "vanguardistas", el exclusivismo partidista y las estrategias
estatales de represión y coacción?
Diego Farpón no se percata en ningún momento de que, si de Cuba
se trata, es necesario recurrir a la realidad y no proceder a un etéreo
ejercicio nostágico que invoca una revolución desviada de sus
objetivos originales por el monopolio partidista y caudillista y extraviada
hace rato largo en los laberintos estatales. ¿Cómo es posible
que trate de "dogmáticos" y "sectarios" a los críticos
en profundidad y no a la organización estatal sobre la cual esas críticas
recaen? Por lo visto, Diego Farpón no considera que dogmático
es construir un Estado guiado, según el propio preámbulo constitucional,
por una concepción teórica determinada; lo cual, directa e indirectamente,
equivale a estrechar el debate de ideas a través de un régimen
cerrado de producción de verdades indiscutibles. Por lo visto, Diego
Farpón tampoco considera que sectario es aquel que elimina primero
e impide después toda forma de organización autónoma
y fuera de su control; estableciendo por los siglos de los siglos que el partido
único es la "vanguardia organizada de la nación cubana"
y "la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado". ¿Quiénes
son, entonces, los dogmáticos y los sectarios? ¿Será
que en Cuba, y solamente en Cuba, los presos se confinan voluntariamente y
los carceleros son víctimas de la situación? ¿Acaso Farpón
nos está proponiendo discutir en el mundo del revés, allí
donde las palabras significan exactamente lo contrario de lo que pretenden
significar?
De nuestra parte, es claro que no aceptamos ser encerrados en ese corral de
ramas. No somos budistas ni confiamos nuestro futuro a los Padres de la Iglesia:
somos anarquistas y, precisamente por eso, estamos radicalmente convencidos
que la Revolución cubana no es un objeto de culto a mistificar ni la
identificamos con la estructura estatal en la que ha desembocado de mucho
tiempo a esta parte; sino que, al contrario, es para nosotros un movimiento
social a recuperar y un conjunto de pasiones a desatar desde ahora mismo.
No creemos en los "comandantes" ni en los "jefes", por
muy iluminados que se pretendan a sí mismos y por mucho que hayan sido
ungidos como tales por su grey de creyentes cosmopolitas; sino que, de modo
bien distinto, depositamos nuestras esperanzas en la autonomía de las
gentes más humildes y de las organizaciones que libremente sepan darse
en su empuje emancipatorio. Y, naturalmente, no olvidamos, como le preocupa
a Farpón, "la presión exterior, la influencia del mundo
capitalista y de los estadounidenses". Las conocemos de sobra y en carne
propia así como conocemos el desgaste interior de la burocracia y sus
específicas formas de explotación capitalista, "tan cubanas
como las palmas". No queremos para Cuba el futuro de Rumanía,
de Polonia o de Nicaragua pero tampoco el de China, Vietnam o Corea del Norte:
lo que sí queremos -aunque Diego Farpón quede por el camino-
es transitar junto al pueblo cubano y al resto de los pueblos del mundo por
el ancho cauce del socialismo, que es uno y el mismo que el ancho cauce de
la libertad.
Referencias: "Hay otro mundo posible: Cuba" de Diego
Farpón, en Kaos en la Red el 5 de octubre de 2005 (http://kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=12293)
y en La Haine, dos días después
(http://www.lahaine.org/index.php?p=10062&more=1&c=1).
"La gran mentira de Cuba y Venezuela" de la Secretaría de
Prensa y Propaganda de la CNT-Salamanca el 30 de septiembre de 2005 (http://www.cnt.es/salamanca/article.php3?id_article=11).
Necesidades naturales
o sobre las bases teóricas del capitalismo
Este título tan rimbombante y pedante pretende invitarnos a pensar
y reflexionar unos minutos acerca del andamiaje teórico del capitalismo
en que todos estamos inmersos.
Si ojeamos un manual de economía, uno cualquiera, al azar, encontraríamos
algo parecido a esto: "Economía es la ciencia que estudia y se
ocupa de las cuestiones que se generan en relación con la satisfacción
de las necesidades de los individuos y de la sociedad, las cuales obligan
a la sociedad y a sus miembros a llevar a cabo determinadas actividades productivas
mediante las que se obtienen los bienes y los servicios que se necesitan"(*).
A continuación se suele diferenciar entre las llamadas necesidades
naturales y las necesidades sociales que se tienen por vivir en sociedad.
Las necesidades pueden ser además individuales y comunales, dentro
de estas últimas se dan las necesidades colectivas y las públicas:
las primeras nacen en el individuo y pasan a ser de la sociedad, sirva de
ejemplo el transporte; mientras las segundas surgen de la misma sociedad,
por ejemplo el orden público. La economía quedaría así
como la disciplina encargada de la satisfacción de las necesidades
tanto materiales como no materiales de una sociedad y de sus individuos.
Aquí el término relevante es el de necesidad. Si nos detenemos
en él por un momento podemos preguntarnos ¿qué significa
necesidad?, ¿qué diferencia existe realmente entre las necesidades
naturales y sociales?, ¿son esencialmente distintas las necesidades
individuales de las colectivas?, ¿es la economía un estudio
de nuestras necesidades?, ¿por qué se compra y se vende?, ¿por
qué en la historia siempre se han dado relaciones económicas?
Según la definición anterior la respuesta es sencilla: porque
no somos capaces de satisfacer nuestras necesidades, ya que no somos autosuficientes,
dado que no podemos realizar nuestras necesidades naturales. Las personas
necesitan alimentarse, vestirse, recibir educación... Aunque si lo
pensamos un poco todo esto es falso, es una gran y enorme mentira, es un cuento.
En nuestros días cuando se habla de economía se habla sólo
y exclusivamente de otra cosa, todo este discurso tan sólo hace mención
y quiere decir mercancías, no necesidades humanas. La ciencia económica
no se basa en las necesidades humanas, sino en el mercado. No hay mercado
porque tenemos necesidades, más bien lo que solemos llamar necesidades
es fruto y se genera en y por el mercado. ¿Qué es si no el conocido
"problema del consumo" -cuestión que además en nuestra
sociedad tardocapitalista se dirime en el ámbito de la política-?
Destapemos, descubramos y hagamos público el sentido ideológico
que lleva a identificar las necesidades naturales con los intereses del capitalismo.
Llamemos a las cosas por su nombre, las necesidades no se refieren a la supervivencia
de las personas dentro de una sociedad no expansiva y no productiva, sino
que lo que encubre el término se va refiriendo cada vez menos a las
personas y cada vez más al mercado. La economía responde a las
necesidades del mercado, en nuestros días su dios es el capital.
La historia humana es el avance y el progreso en el ámbito de las necesidades.
Los humanos cada vez más ocupados en proveerse de lo necesario para
subsistir han llegado a construir un mundo en el que al fin todos somos iguales:
igualmente serviles y mercenarios. Ya no existen ciudadanos libres. Todos
nos hemos igualado a través de la expansión y de la generalización
de la tiranía y de la dictadura del intercambio que reduce nuestras
vidas a la esclavitud por el trabajo.
Esta neurosis aguda nos ha conducido a identificar el interés de los
individuos con el del mercado y viceversa. Puesto que son idénticos,
este imaginario hedonista nos promete la absoluta satisfacción aquí,
ahora, y fácilmente, la segura obtención de todas las necesidades.
No nos engañemos, las necesidades estructuran, son la base, el punto
de apoyo fundamental de toda la sociedad y de la construcción de la
subjetividad. Nos movemos al son de la constante multiplicación y amplificación
de las necesidades.
Desde luego, no niego que los humanos tengamos necesidades, pero quizás
sean de otro tipo, y a lo mejor no pueden ser asimiladas por el mercado. Necesidades
es el término clave, tal vez necesitaríamos pensar y cuestionarnos
la realidad un poco más.
(*) Tomado casi literalmente del manual Economía: teoría y política, de Francisco Mochón, McGraw-Hill, Madrid 1992.
Algunos apuntes sobre autogestión
Hay en la historia numerosos ejemplos de tendencias autogestionarias siendo
las más mencionadas, por aquellos que aman la auténtica emancipación,
la Comuna de París, influenciada en gran medida por el pensamiento
de Proudhon, y las colectividades libertarias de la Revolución española.
Si nos remontamos a la antigüedad, el pueblo chino solucionó sus
conflictos sociales o personales sin intervención de autoridad alguna;
la cultura taoísta, propiciadora de cierta armonía natural y
sobriedad, rechazaba el poder, los cargos públicos y la legitimidad
de un hombre para juzgar a otro. Pero la auténtica cuna del pensamiento
autogestionario hay que buscarla en el mundo griego. Max Nettlau consideró
que, mientras los grandes despotismos orientales no llevaron progreso intelectual
alguno, el ambiente del mundo griego, compuesto de autonomías más
locales, permitió el florecer del pensamiento libre; siempre en tensión
con los despotismos vecinos, el territorio griego fundó una vida cívica,
autonomías, federaciones, centros de cultura y numerosos pensadores
se elevaron, con ciertos límites, sobre el pasado. Heleno Saña
considera el humanismo griego el punto de partida de un socialismo virtuoso,
democrático y antiautoritario. La democracia ateniense, con todos sus
defectos, pudo ser el primer modelo de praxis política basado en la
gestión directa del pueblo. Hay que destacar a Zenón (342-270
a. C.), fundador de la escuela estoica y creador de una gran obra que resulta
un precedente del pensamiento libertario al rechazar la coacción externa
y valorar el impulso moral del individuo. El cristianismo, influenciado por
la filosofía griega -y en especial, el estoicismo-, se organizó
en origen en pequeñas comunidades autónomas que rechazaban la
propiedad privada y la esclavitud y practicaban el pacifismo y el reparto
equitativo; con el tiempo, las comunidades cristianas pactaron con el Estado
traicionando su origen autónomo y libre.
Algunos movimientos religiosos durante la Edad Media, como los anabaptistas,
postulaban ya ciertos principios autogestionarios, antiautoritarios y de igualdad
de clases. Las ciudades libres del Medievo, tan mencionadas por Kropotkin,
no estaban sometidas a ninguno de los grandes poderes -el feudal, el real
y el eclesiástico- y defendían el derecho a vivir de su trabajo
al margen de la rapiña de los señores feudales; aunque su estructura
y funcionamiento eran jerárquicos, se regían por ciertos principios
democráticos con asambleas públicas y gozaban de una amplio
margen de autonomía para sus asuntos internos, independientemente de
los poderes públicos.
Con el Renacimiento llegó una potenciación de la creatividad
humana y una mayor concienciación sobre la libertad; de esta manera,
el principio autogestionario encontró una base para su crecimiento.
Se revalorizó la cultura greco-latina y se combatió el dogmatismo
religioso asentándose las bases para el humanismo. Entre los siglos
XVI y XVII, pensadores como Tomás Moro, Tomaso Campanella y Francis
Bacon indagaron en la sociedad autónoma ideal, de espíritu emancipador
aunque con algunos elementos represivos e irracionales. Moro se anticipó
a Proudhon en señalar la propiedad privada como un robo, un acto de
expropiación por parte de los nobles o ricos a los pobres. Desgraciadamente,
estas utopías, al igual que la de Platón en el mundo griego,
no primaban la libertad y el valor del individuo sino que contemplaban el
todo sacrificado a las partes; era el germen del socialismo autoritario, aunque
como elementos positivos hay que señalar el intento de dar una visión
racional y la confianza en la ciencia. Pensadores como Grotinzs y Spinoza,
en la primera mitad del siglo XVII, superaron la visión feudal y la
monarquía absoluta y asentaron la idea de la soberanía del pueblo,
del pacto social basado en el derecho y la razón. Serán los
ingleses los que darán forma al liberalismo y a la democracia moderna,
especialmente John Locke a quién corresponde la siguiente frase: "Todos
los hombres son por naturaleza libres, iguales e independientes". Esta
visión de Locke, la que considera el gobierno como un producto del
contrato o pacto voluntario suscrito por una comunidad de hombres libres y
considerando la vida, la libertad y la propiedad como inalienables, dominará
el siglo XVII. Pensadores como Montesquieu, Rousseau o David Hume y revoluciones
como la americana (1776) o la francesa (1789) pueden considerarse resultantes
del pensamiento liberal-democrático. La ilustración francesa
prestará más atención a la igualdad y a lo social que
la tradición inglesa, más atenta a la libertad individual del
hombre. Rousseau describió una sociedad política basada en la
igualdad y libertad de los ciudadanos y asentó los principios de una
pedagogía racional basada en la potenciación y desarrollo de
los buenos instintos inherentes al ser humano. El viejo mundo encontró
una fuerte proyección en norteamérica, que fue fecunda durante
los siglos XVIII y XIX en espíritus inconformistas como Jefferson,
Thoreau y otros muchos. Sería injusto criticar a todos estos autores
mencionados como lacayos de la burguesía, que se convertiría
muy pronto en clase dominante, y hay que situar su pensamiento en el momento
como representante del progreso y la libertad. Es inevitable mencionar también
a Emmanuel Kant (1724-1804), uno de los grandes filósofos de la historia,
pensador influenciado por la Ilustración y que tanto legado dejó
en aras de una libertad integral del hombre, una libertad que supone la emancipación
definitiva basada en la igualdad y la autonomía.
Nace el anarquismo
La autogestión y el socialismo libertario son de total asimilación
por el anarquismo y pueden considerarse complementarios, o resultados, el
uno del otro. La tradición del socialismo antiestatista podemos iniciarla
con William Godwin (1756-1836), autor del primer gran libro libertario, así
considerado por Nettlau: "An Enquiry concerning Political Justice",
en 1793. En él está presente el espíritu de autogestión
al considerar que todo miembro de la comunidad deberá participar en
su administración y decidir sobre las cuestiones que les afectan. El
también inglés Robert Owen (1771-1858) fue continuador en este
afán autogestionador y consagró su vida a la proyección
de formas de organización social que respondieran a las necesidades
racionales del hombre y fomentaran sus instintos comunitarios y cooperativos.
Otro gran precursor es Charles Fourier (1772-1837), el cual poseía
una gran confianza en la fuerza de las ideas y en la racionalización
de la pasión humana. La asociación ideal concebida por Fourier
es el falansterio, formado por 1.500 personas, con características
eclécticas, pero esencialmente cooperativas, socialistas y antiautoritarias,
y apoyada en la gestión voluntaria y autónoma de los grupos
de base; la producción es, a la vez, industrial y agraria con predominio
de ésta última. Confiaba Fourier en que el espíritu societario
se elevaría por encima del individualista y se reprimirían,
de esta manera, los instintos egoístas.
Proudhon (1809-1865) es el gran teórico, y puede ser considerado el
verdadero creador del principio autogestionario. Sus principales características
serán el federalismo, el anticentralismo, el mutualismo y el cooperativismo;
postulaba por talleres autogestores a nivel productivo y por el federalismo
a nivel político. Consideraba la sociedad como un equilibrio entre
fuerzas libres con iguales derechos y deberes y en donde la iniciativa y responsabilidad
individual será primordial. La concepción autogestionaria de
Proudhon está apoyada, como lo está en la visión anarquista
general, en su amor por la libertad y pasión por la justicia social
y sentido de la igualdad. La apropiación de los instrumentos de producción
industrial debían ser realizadas por cooperativas obreras que tomarían
decisiones democráticamente y asegurarían a sus miembros una
participación de beneficios proporcional a la contribución que
hiciesen por medio de vales de trabajo; las cooperativas estarían relacionadas
entre sí en base al intercambio y a la libre concurrencia y se regularían
mediante pactos que darían lugar a una gran federación. Las
asociaciones obreras de producción, brotadas espontáneamente
en Francia a lo largo de 1848, eran para Proudhon el auténtico "hecho
revolucionario". La inspiración cooperativa, tan del gusto de
Proudhon, se remonta a Owen y su más entusiasta seguidor en España
fue Fernando Garrido; en los años de la llamada Gloriosa Revolución
-que derrocó a la monarquía de Isabel II- se fundaron varios
centenares de cooperativas que funcionaron con éxito. En la Primera
Internacional, a pesar de la desconfianza marxista y gracias a la influencia
de los seguidores de Proudhon, se aceptó la cooperativa no como medio
revolucionario sino como ensayos obreros para aprender a dirigir sus asuntos
y conveniente para la preparación de la clase trabajadora así
cómo refuerzo de sus lazos de solidaridad.
Discípulo de Proudhon, en gran medida, es el gran pensador anarquista
y hombre de acción Mijail Bakunin (1814-1876). Consideraba el Estado
como la objetivación del principio de mando, fuente de la injusticia
y la deformación moral. Apostaba por la organización de abajo
arriba por medio de la libre federación de individuos, asociaciones,
comunas, distritos, provincias y naciones de la humanidad. Continuador de
Proudhon y Bakunin y gran exponente del socialismo antiautoritario es Piotr
Kropotkin (1842-1921), partidario de la abolición de la propiedad y
el salario que darían lugar al comunismo libertario, reino de la abundancia
en manos de toda la sociedad, donde se dará satisfacción a las
necesidades subjetivas de todos los individuos. La base ética de esta
sociedad está expuesta en su obra "El apoyo mutuo", donde
trató de demostrar científicamente que el instinto de solidaridad
está, entre todas las especies incluida la humana, tan desarrollado
como el instinto de competencia o destrucción. Creía Kropotkin
en la capacidad del hombre para organizar racionalmente su vida en unión
de otros hombres sin intervención externa alguna; atribuía a
prejuicios, producto de la educación e instrucción, la necesidad
de gobierno, legislación y magistratura por doquier.
Al inglés Willliam Morris (1834-1896) se le pueden encontrar algunos
puntos de unión con el anarquismo. Polifacético artista de gran
influencia en la sociedad victoriana, ensayista y activista político,
rechazaba la acción parlamentaria y abogaba por un sindicalismo de
base libertaria, mezclado con elementos medievalistas -consideraba que los
artesanos medievales debían ser elevados a la categoría de artistas-.
Odiaba el capitalismo como sinónimo de explotación y consideraba
-al igual que el crítico John Ruskin- que la felicidad solo puede partir
del trabajo no alienado; combatiría la especialización y la
división entre trabajo manual e intelectual, actitud suscrita también
por los anarquistas.
En la Asociación Internacional de los Trabajadores -creada en 1864-,
el espíritu autogestionario estuvo representado por los seguidores
de Proudhon y Bakunin. Los españoles acogieron este espíritu
plenamente, aunque empleando el nombre de federalismo, con la socialización
de todo medio de producción y plena autonomía de los productores;
una enseñanza integral para ambos sexos era fundamental para terminar
con los desigualdades intelectuales así como acabar con la división
del trabajo.
La tradición autogestionaria de Proudhon y los internacionalistas libertarios
hizo nacer el movimiento sindical denominado anarcosindicalismo, con gran
repercusión en Francia (CGT) y España (CNT). Fernand Pelloutier
(1867-1901) fue un gran teórico del anarcosindicalismo al que veía
como laboratorio de las luchas económicas, alejado de las competiciones
electorales y partidario de la huelga sin límites; una organización
libertaria y revolucionaria alternativa a los partidos colectivistas, destructora
de su influencia, propiciadora de la adecuada formación moral, administrativa
y técnica de los trabajadores y dispuesta, al fin, para asumir los
instrumentos de producción y crear la sociedad de hombres libres. La
concepción autogestionaria es, así, parte de la dimensión
anarcosindicalista. En el congreso fundacional de la CNT, en 1910, ya se admite
el sindicalismo como organización capaz de contrarrestar la potencia
de las diversas clases poseedoras asociadas pero no como finalidad social
ni ideal sino como medio de lucha en el presente para continuar hasta la emancipación
de toda la clase obrera cuando su fuerza numérica fuese suficiente
y existiese la adecuada preparación intelectual. Estas premisas del
anarcosindicalismo, autogestionarias y emancipatorias, no han perdido su validez
en absoluto; desgraciadamente, las circunstancias actuales son muy diferentes
a aquellas en que la clase obrera engrosaba las filas anarcosindicalistas
de manera masiva y es perentorio analizar al máximo la sociedad actual
para buscar nuevas vías y respuestas.
El primer tercio del agitado siglo XX
En 1910, un grupo de intelectuales situados en torno a la revista New Age,
de 1907, empezaron a exponer un nuevo tipo de socialismo antiautoritario llamado
"Guild Socialism" o socialismo gremial, versión sajona del
sindicalismo latino con algunos elementos medievales -idealización
del artesanado y de los gremios- y pacifistas. Gracias a su tradición
liberal, la desconfianza inglesa de toda dirección gubernamental dio
lugar a esta forma de socialismo donde la producción debía estar
controlada por los trabajadores en sus diferentes ramas organizadas en gremios.
Rechazaban toda burocratización de los servicios sociales, apostando
por la descentralización, el pluralismo así como la alegría
del trabajo y la participación. Sin embargo, la emancipación
total del Estado no se daba ya que éste, en última instancia,
cuidaba las funciones de interés general; aunque se ha definido como
un federalismo económico, el socialismo gremial no parecía apostar,
hasta sus últimas consecuencias, por la plena autonomía de las
cooperativas de producción.
En la Revolución rusa, los soviets o consejos de fábrica tuvieron
en origen un fin autogestionario que podía responder, en gran medida,
a la tradición comunitaria del mir -comunidad rural-. Ya en 1918, los
bolcheviques habían convertido los soviets en instrumentos de partido
en su proceso de centralización y burocratización. El movimiento
insurreccional de Ucrania -1918-1921-, inspirado por libertarios, creó
comunidades agrarias libres, basadas en la autogestión, el apoyo mutuo
y el espíritu igualitario; cada miembro de la comunidad trabajaba según
sus fuerzas y las funciones de organización eran confiadas a quien
tuviera capacidad para ello y, una vez cumplida esta tarea, estos camaradas
se reincorporaban al trabajo común. Kronstadt -1 al 18 de marzo de
1921- fue dirigido por anarquistas y comunistas de izquierda desengañados
por el nuevo régimen bolchevique que había supuesto una nueva
forma de despotismo; en su primera asamblea, se exigió libertad de
prensa, de reunión, amnistía para los presos políticos,
abolición de la policía política, supresión de
los privilegios bolcheviques y una práctica democrática a todos
los niveles; en una asamblea posterior, se eligió un Comité
Revolucionario Provisional, con 15 miembros, cada uno de los cuáles
se hizo cargo de la dirección de una de las ramas de actividades de
forma parecida a la Comuna de París. Otro foco antiautoritario en la
revolución rusa fue la llamada "oposición obrera"
-con Alejandra Kollontai como una de sus figuras-, corriente democrática
opuesta al centralismo y partidaria de la autonomía sindical; se exigió
que la economía rusa pasara a ser dirigida por los propios trabajadores
a través de los sindicatos. Huelga decir que todos estos movimientos
fueron aplastados por la apisonadora bolchevique.
En los años 20 y 30, se asiste a cierto eclipse del pensamiento autogestionario
debido al auge del fascismo y a la estalinización del comunismo internacional.
Las colectividades libertarias españolas
Durante la Guerra Civil, tuvo lugar en la zona republicana -especialmente,
en Cataluña, Levante y Aragón- un magno ensayo autogestionario
que demostró que la vida económica y social puede desarrollarse
sin las instituciones gubernamentales. Abad de Santillán afirmó
que, al principio, fue un acto espontáneo por parte de obreros y campesinos
sin que ninguna organización libertaria marcara las directrices. En
cada lugar de trabajo se constituyó un comité administrativo
y directivo, integrado por los hombres más capaces y de mayor confianza:
obreros, expertos, ingenieros, etc. A las pocas semanas, existía en
pleno funcionamiento una economía vigorosa, social y comunitaria, una
primera regulación del trabajo y de la producción auténticamente
obrera y campesina. Gaston Leval atribuye la experiencia autogestionaria a
la fuerza del movimiento libertario y en especial a la CNT, que supieron crear,
junto a las masas, las nuevas formas de organización económica;
otras experiencias, con presencia mayoritaria de otras tendencias, al comprobar
que los locos sueños anarquistas se hacían realidad, no hicieron
más que copiar el modelo libertario. Daniel Guérin negó
cualquier represión o adhesión forzosa a las colectividades;
la preocupación anarquista por la libertad individual así lo
demandaba. En general, los campesinos reticentes a la revolución iban
uniéndose a ella al comprobar los beneficios de la economía
autogestionaria. No existió uniformización general en la forma
de organización, algunas colectividades practicaban el comunismo integral
y otras el colectivismo. Gracias a una Caja de Compensación regional
o comarcal, donde se contabilizaba los respectivos ingresos de las colectividades,
las comunidades ricas ayudaban a las más pobres; los administradores
de la Caja eran nombrados por la asamblea general de delegados de las colectividades.
Los equipos de utensilios, maquinaria, así como los técnicos,
eran usados en común y prestados por las diferentes colectividades;
grupos de expertos técnicos -contables, agricultores, veterinarios,
ingenieros, arquitectos, peritos comerciales para las exportaciones...- estaban
al servicio de todos los pueblos. Santillán insistió en la diferencia
con otras experiencias autogestionarias en la historia ya que las colectividades
españolas entrelazaban su existencia, sus intereses, sus aspiraciones,
con los de la masa campesina entera y con la industria en las ciudades, resultando
el vehículo idóneo de cohesión entre campo y ciudad.
En el ámbito de la cultura y la instrucción, se fundaron miles
de escuelas e, incluso, en Moncada (Valencia) se creó una Universidad
para la formación de técnicos agrícolas. Muchas zonas
quedaron al margen de la autogestión pero, al menos, existió
control obrero en bancos y empresas extranjeras o con fuerte capital foráneo.
Los días 14 y 15 de febrero de 1937 se creó la Federación
de Colectividades de Aragón con cientos de pueblos colectivizados;
el auge aragonés de la revolución pudo producirse gracias a
la presencia de milicianos catalanes de la CNT-FAI que acudieron a defender
la zona. En la zona de Levante, gracias a los recursos naturales y al gran
espíritu creador, la obra autogestionaria fue sólida y perpetuada
en el tiempo. Hay que resaltar el carácter integral de la colectivización
agraria comparada con las urbanas e industriales llevada a cabo por los sindicatos;
en las zonas agrícolas, el sindicato pierde su razón de ser
al no existir el patrono. La colectivización industrial tuvo su foco
en Cataluña donde fueron socializadas las fábricas de más
de 100 obreros; las de más de 50 podían socializarse si así
lo pedían las 3/4 partes de la plantilla. Los ingenieros y el personal
técnico administrativo colaboraron por lo general. En cada fábrica,
taller o lugar de trabajo se crearon organismos administrativos elegidos por
el personal obrero, administrativo y técnico. Las fábricas de
la misma industria se asociaban en el orden local y formaban la federación
local de industria; la vinculación de éstas formaban la federación
regional y éstas pasaban a la nacional. La vinculación de las
federaciones daba creación a un consejo nacional de economía.
A pesar de su éxito, la desconfianza y final boicot se produjo en gran
parte del bando republicano. La hostilidad más encarnizada vino por
parte de los comunistas y el ministro de Agricultura, Uribe, boicoteó
la obra autogestionaria desde el gobierno; la legalización de las colectividades
no persiguió otra cosa que arrebatar a la autonomía obrera el
control de las mismas.
Otras experiencias afines
Kibutz significa en hebreo "reunión" o "unión";
se designaba así a las colectividades agrarias de cierta envergadura.
Este ensayo comunitario se desarrolló parejo al movimiento sionista
al estar extendida la idea del colectivismo agrario en cuya tradición
de influencia cabe citar al mismo Tolstoi e incluso, hay quien sostiene, que
el pensamiento de Kropotkin pudo tener influencia en la construcción
del primer kibutz siendo, incluso, intensificada durante los años 20;
a partir de la década siguiente, con la integración de los kibutzim
en la construcción y asentamiento de la comunidad judía en la
tierra de Israel, influyó mayormente el marxismo y la socialdemocracia.
En el kibutz, la propiedad y los medios de producción son comunes,
a excepción de los objetos de consumo; aunque la base es agrícola
también se genera la producción artesana y fabril. No existe
el salario -aunque se acabaron aceptando voluntarios del exterior con retribución-
recibiendo cada miembro lo que necesite del fondo común; la instrucción
es, a la vez, intelectual y manual procurando que haya una potenciación
de la vocación y actitudes profesionales de cada persona. La organización
se basa en la asamblea general, el órgano ejecutivo nombrado por ella
y las comisiones encargadas de atender cada respectiva rama de actividades.
Hay que mencionar su trabazón, en origen, con la construcción
del Estado de Israel por lo que la identificación con los valores anarquistas
fue debilitándose con el tiempo. Hoy en día es un tanto por
ciento muy pequeño de la población israelí la que vive
en los kibutzim aunque su aportación económica es proporcionalmente
mayor; su influencia política es prácticamente nula y poco queda,
con algunas excepciones, de los principios autogestionarios que los originaron.
En Yugoslavia, y como parte de la lucha de Tito contra Stalin, se introdujo
en los años 50 un modelo que sólo se puede considerar como cogestión
entre el Estado y la clase trabajadora; aunque las empresas y la organización
económica eran, a priori, jurídica, económica y productivamente
independientes, estaban, en última instancia, subordinadas a las directrices
de la Liga de los Comunistas y del Estado.
En 1951, Acharya Vinoba Bhave -amigo y discípulo de Gandhi- crea en
la India el movimiento "Gramdan", antiautoritario y no violento,
basado en comunidades autónomas agrarias al margen del Estado, regidas
por asambleas generales que solventaban los conflictos sin autoridad gubernamental
alguna. Otras experiencias autogestionarias limitadas, y finalmente anuladas,
que a menudo se mencionan, son las de Argelia, decretada por ley después
de la descolonización francesa y muy pronto controlada por el Estado,
la de Checoslovaquia, en los primeros meses de 1968, que sería aplastada
por los tanques del Pacto de Varsovia, o el desarrollo que tuvo la revolución
cultural china, muy diferente a la rusa, pero en la que, a pesar de cierta
tradición comunal y antiautoritaria, hubo numerosos atropellos y coacciones
y la consiguiente sumisión a los intereses del Estado y del partido.
Para finalizar este recorrido por un tema que abarcaría demasiadas
páginas, decir que no es la autogestión un concepto exclusivo
del anarquismo pero sí ha sido el movimiento libertario el que con
más fuerza ha dado sentido al principio autogestionario de manera integral,
en el campo político, económico o social. Para que términos
como libertad y democracia no se conviertan en conceptos y hechos relativizados
-no puede haber definición más completa para ambos términos
que la gestión directa de las personas en los asuntos que les atañen-,
como se esfuerzan en que asimilemos las estructuras jerarquizadas, resulta
urgente la renovación del principio autogestionario en estos tiempos
de progresiva globalización.
Proletarios: al grito de guerra
por ideales luchad con valor,
y expropiad, atrevidos, la tierra
que detenta vuestro explotador.
Proletarios: precisa que unidos
derrumbemos la vil construcción
del sistema burgués que oprimidos
nos sujeta con la explotación.
Que ya es tiempo que libres seamos
y dejemos también de sufrir,
siendo todos iguales y hermanos
con el mismo derecho a vivir.
Proletarios: al grito...
Demostremos que somos conscientes,
y que amamos la idea de verdad,
combatiendo tenaces de frente
al rico, al fraile y a la autoridad.
Pues si libres queremos, hermanos,
encontrarnos algún bello día,
es preciso apretar nuestras manos
en los cuellos de tal trilogía.
Proletarios: al grito...
Al que sufra en los duros presidios
por la causa de la humanidad
demos pruebas de ser sus amigos
y luchemos por su libertad.
Que es deber arrancar de las garras
de los buitres del dios Capital,
a los buenos que, tras de las barras,
amenaza una pena mortal.
Proletarios: al grito...
Si en la lucha emprendida queremos
conquistar nuestra emancipación,
ningún jefe imponerse dejemos
e impidamos así una traición.
Pues los hombres que adquieren un puesto,
en el cual ejercen un poder,
se transforman en tiranos bien presto
porque el medio los echa a perder
Proletarios...
Proletarios: alzad vuestras frentes,
las cadenas de esclavos romped,
despejaos de prejuicios las mentes
y las nuevas ideas aprended.
Y al llamar del clarín a la guerra,
con arrojo al combate marchad,
¡a tomar para siempre la tierra
y también a ganar libertad!
En 1854 se presentó oficialmente el Himno Nacional Mexicano. Tanto la letra (original de Francisco González Bocanegra) como la música (compuesta por Jaime Nunó) se eligieron por concurso. El himno es un canto a la patria y, sobre todo, a la guerra. Con la llegada a tierras mexicanas de las ideas emancipadoras del anarquismo, Enrique Flores Magón compone la letra que presentamos. Habla de lo que realmente interesa a los trabajadores: la destrucción del sistema burgués.