
SECCIONES
"Víctima"
y "verdugo" se escriben con "v",
pero no son lo mismo
Habría que felicitar al artífice de la campaña de imagen
que la Iglesia Católica S. A., desarrolla de un tiempo a esta parte.
Es verdaderamente difícil conseguir que los verdugos aparezcan ante
la opinión pública como víctimas y las víctimas
como verdugos, pero parece que si fracasan no será por no haberse esforzado.
Estupefacto leo en la prensa burguesa que se están dedicando a recoger
testimonios y fotografías de la pasada Marcha del Orgullo Gay elaborando
con ello un dossier para documentar el gravísimo ataque que están
sufriendo. Como ejemplo citan el lema de una pancarta que decía: "Se
busca obispo para formar familia". Se nos puede desdibujar la sonrisa
si nos paramos a pensar en más de un católico empresario que
habrá despedido a algún que otro hereje trabajador tras identificarlo
en el referido dossier. Puede que además de por su "oscura"
finalidad, las listas negras reciban su nombre del color de las sotanas, pues
no pocas veces fueron promotores, redactores y usuarios de las mismas.
Pero ya basta. El victimismo verbal y su ceño arqueado no resisten
el menor ejercicio de memoria, sobre todo porque una semana antes hemos podido
ver cómo el vampiro Rouco Varela defendía las declaraciones
de Aquilino Polaino, catedrático de psicopatología en la Universidad
San Pablo-CEU, en las que se volvía a insultar a los homosexuales tachándolos
de enfermos y de ser el resultado educativo de la hostilidad y el alcoholismo.
Empezando por insultos permanentes como este, podemos pasar a las agresiones
y abusos sexuales a menores, siendo el caso del cura de Peñarroya (Córdoba)
un botón de muestra. Acusado de abusar sexualmente de seis niñas,
tuvo el apoyo incondicional de su obispo en todo momento (Juan José
Asenjo Pelegrina, que continúa en el cargo como obispo de Córdoba,
y es Presidente de la Comisión Episcopal de Patrimonio Cultural) y
hubo que esperar hasta el ingreso en prisión del cura para que le destituyese
(12 de febrero de 2004). Todo el mundo sabe que desde un módulo penitenciario
es difícil oficiar la misa del pueblo. Pero no siempre es así.
El obispado de Alcalá de Henares, hizo pública una nota de prensa
el 15 de mayo del año anterior con motivo de la condena de José
Martín de la Peña (sacerdote de esa diócesis) por abusar
durante nueve años de una niña de tan solo cuatro, en la que
decían que la condena a un cura pederasta no mostraba su culpabilidad.
Lo que no dice la nota es que antes de acudir a los tribunales, en 1996 la
familia acudió a informar a Rouco Varela, quien no hizo absolutamente
nada. Hoy sigue perteneciendo a la diócesis y no ha ingresado en prisión
por tener 72 años. Y es que la fe es ciega, como lo muestran las declaraciones
del alcalde de Casar de las Hurdes (Cáceres), Olegario Rodríguez,
que el 14 de febrero de 2002 dice tener la intención de recoger firmas
de apoyo a Ignacio Lajas Obregón, sacerdote del pueblo de 29 años,
detenido tras una intervención de la Brigada de Delitos Tecnológicos
de la Policía Nacional por pertenecer a una red de pornografía
infantil. Un vecino declaraba: "es un hombre correcto, pero tiene un
tremendo vicio con el ordenador". Y tanto. Por último no me resisto
a incluir aquí también los "tocamientos, masturbaciones
e incluso penetraciones a dos niños que tenían 10 y 12 años",
denunciados por dos catequistas madrileños a Rouco Varela como titular
del arzobispado de Madrid el 9 de marzo de 2004. La denuncia de estos hechos
solo tuvo como respuesta del obispo el traslado y la protección del
criminal, el sacerdote Rafael Sanz, en un convento.
¿Pero es que sólo se dedican a los niños? Por supuesto
que no. Las inversiones multimillonarias en bolsa eludiendo cualquier control
fiscal es otro de sus crímenes. El caso más famoso fue el de
la sociedad de valores Gescartera en el que, según sus propias declaraciones,
habían invertido algo más de 600.000 euros, recuperados casi
totalmente gracias a un soplo del Espíritu Santo una semana antes del
desfalco. Pero nos encontramos el último día de marzo de este
año con que el obispado de Castellón reduce los sueldos a sus
curas como medida de contención de una deuda que asciende a cerca de
6 millones de euros. El obispo declara que por lo menos 800.000 euros desaparecieron
en fallidas operaciones bursátiles. Habría que investigar si
ese dinero no ha seguido el mismo camino que el del Instituto para Obras de
Religión (IOR), encargado de blanquear dinero procedente del tráfico
de armas, drogas y material radiactivo, con el fin de financiar los ejércitos
de los países con influencia católica de la ex Yugoslavia (Croacia
y Eslovenia). Esta operación, conocida en octubre de 1995 por una intervención
policial italiana, señalaba directamente a otro alto cargo de la curia
española, el cardenal Ricard Maria Carles, que había sido promotor
de la operación y al mismo tiempo encargado de "avalarla"
ante el Vaticano. La protección de la clase política impedirá
su extradición como reclamaba la justicia italiana. Actualmente, este
otro criminal es cardenal arzobispo emérito de Barcelona y pertenece
al Consejo de Presidencia de la Conferencia Episcopal Española.
Puestos a relatar crímenes, no se puede olvidar el secuestro de adolescentes
que se está llevando a cabo en el convento de la "Fraternidad
Reparadora Apostólica en el Corazón de Cristo Sacerdote"
instalado en Oropesa de Toledo (esta secta católica tiene otros 32
centros repartidos por toda la geografía española). Dedicada
a aparentes obras sociales con enfermos, ancianos y sobre todo niñas,
enseguida cobra un tremendo auge y comienza a realizar retiros espirituales
y reuniones en el interior del convento, unas veces con el consentimiento
de los padres y otras a sus espaldas, sacando a las niñas del colegio
en horas lectivas. El 29 se septiembre de 1984 un diario local informa de
flagelaciones y castigos corporales con cilicios que están realizando
niñas de 15 y 16 años, en lo que llaman "acercamiento al
sacrificio de la cruz". Al parecer lo llevaban practicando desde los
8 ó 9 años. Una tal madre "Josefina" las había
proporcionado los instrumentos y convencido de la bondad de su utilización.
La denuncia en el juzgado de instrucción no prospera porque los jueces
lo consideran costumbre o tradición. Y en el momento de cumplir los
18 años, con el proceso de captación realizado, las chicas ingresan
como mayores de edad en el convento y las familias no vuelven a saber nada
de ellas o tienen visitas contadas. En el interior hacen ayunos constantes,
no se protegen del frío ni tienen calefacción, se autoflagelan
y se imponen cilicios, se les rapa el pelo, se intercambian la ropa interior,
viven incomunicadas, duermen en el suelo sobre cartones, desde que entraron
en el convento no hay ningún tipo de informe de asistencia sanitaria,
sufren desmayos, anemia, amenorrea (falta de menstruación), y las despiertan
cada poco tiempo interrumpiendo el sueño para rezar. La protesta de
muchos padres a las autoridades religiosas se saldó en su día
con un apoyo incondicional al convento por parte de Antonio Cañizares
Llovera, arzobispo de Toledo y hoy vicepresidente de la Conferencia Episcopal
(CEE), así como de Juan José Asenjo (obispo de Córdoba
citado más arriba) que entonces era secretario de la CEE. Declararon
que "cualquier ataque al convento es un ataque a toda la Iglesia Católica".
Sea pues.
Es imposible pensar en cualquier otra institución o asociación
de cualquier tipo que con la mitad de crímenes sobre sus espaldas logre
sobrevivir una semana. Pero la mafia vaticana puede esto y mucho más.
Su aparente debilidad, deducida del relajamiento de su moral sexual que observamos
en nuestro entorno, no es más que un espejismo que se desvanece cuando
rascando la superficie detectamos como siempre sus tentáculos en colegios,
universidades, bancos y cajas de ahorro, empresas y sociedades, partidos políticos,
sindicatos y asociaciones variopintas. Más aún cuando su rostro
más oscuro se manifiesta en la mayoría de los países
empobrecidos adoctrinando masivamente en su moral, conspirando en el quita
y pon de regímenes dictatoriales y sus matanzas respectivas (véase
el caso de Ruanda o del recientemente difunto cardenal Jaime Sin, arzobispo
de Manila), solidarios a un tiempo con los pobres y con los ricos. Misterio
tan grande e imposible de explicar como el de la Santísima Trinidad.
No nos cansaremos nunca de denunciar las actividades, el comportamiento y
la esencia de la Iglesia ultramontana, pero no seamos menos duros con aquellos
"Teólogos Juan XXIII" o "Somos Iglesia" que son
capaces de asistir al día del Orgullo Gay o pedir el sacerdocio para
las mujeres. Esta Iglesia a quien algunos denominan "progresista"
es eso, parte de la Iglesia obligada a rendir cuentas al ex hitleriano que
hoy se sienta en el trono de Pedro en Roma. Iglesia que es el ejército
defensor de una religión alienadora del ser humano hasta hacerlo esclavo
como la que más. Y en definitiva religión y progreso son términos
contradictorios, pues lejos de avanzar en el pan y la instrucción para
todos los seres humanos (si se me permite parafrasear al gran Reclus) nos
devuelve a la caverna de la que aún ahora comenzamos a asomar la cabeza.
Un día que no fue como otro día
Como todos los días cogí mi mochila, en la que llevaba el bocadillo
y los papeles necesarios, y salí hacia el trabajo. A los pocos metros
de mi casa me metí en la boca del Metro, bajé las escaleras
y fue en ese momento cuando a lo lejos oí una tremenda explosión,
seguí mi camino y me paré en el andén esperando el tren
que me debía dejar cerca del trabajo. Normalmente tengo que esperar
entre dos y cinco minutos, ese día se estaba demorando más de
la cuenta, pasaban ya cerca de diez minutos y no había pasado composición
del tren subterráneo alguna, en ninguna de las dos direcciones. Aquello
era extraño pero nadie parecía saber nada de lo que pocos minutos
después nos anunciaban por la megafonía:
-Señores viajeros la línea azul ha quedado bloqueada por una
explosión. Queda suspendido su funcionamiento hasta nuevo aviso. Si
son tan amables, abandonen la estación y salgan a la superficie.
Aquello me alarmó bastante, ¿qué habría pasado?
Delante de mí, escaleras arriba, iba un hombre de mediana edad que
andaba escuchando la radio y me dijo que había estallado una bomba
en el Metro; menos mal que estabamos alcanzando la superficie porque las piernas
espezaron a flojearme y un sudor frío recorrió todo mi cuerpo.
Durante varios minutos no fui capaz de reaccionar, cuando me percaté
vi que ya llegaba tarde al trabajo, así que decidí correr hasta
la parada del autobús más cercana; me encontraba esperando cuando
le vi aparecer cerca de la parada anterior, bueno, parecía que al final
podría llegar al trabajo sin más demora. Yo miraba el vehículo
con impaciencia, como diciéndole: -Acelera, venga, no tardes tanto.
De repente una llamarada unida a un tremendo ruido salió del vehículo,
las llamas lo llenaron todo, el autobús desapareció y los gritos
de la gente se hacían inaguantables.
Me quedé paralizado unos segundos, pero inmediatamente me abalancé
corriendo hacía el sitio donde se produjo la explosión; había
sido a unos trescientos metros de donde me encontraba, justo a la altura de
la parada anterior.
Al llegar allí las imágenes eran dantescas, personas con mutilaciones
de todo tipo, miembros amputados por los suelos, trozos de carne y huesos
y el olor, el tremendo olor a carne quemada junto al inmenso caos que se había
organizado. Estuve intentando ayudar hasta que nos echaron de allí
los policías.
Después, con la ropa todavía manchada de sangre y caminando
me dirigí al trabajo y el jefe me recibió de uñas por
haber llegado tarde, me recomendó, el muy cabrón, que otro día
que fuera a llegar tarde, por lo menos, utilizara mi móvil para avisar.
Aquello me dejó con ganas de mandarle a la mierda, pero el trabajo
me hacía falta y no tenía otra solución que tragar con
su maldita inhumanidad.
Los días pasaron y todo iba volviendo a la normalidad, una normalidad
anormal como era normal, después de que más de 90 personas muriesen
a consecuencia de los atentados de aquel día. De esas 90 personas más
del 80 por 100 eran trabajadores que se dirigían a sus lugares de trabajo,
como siempre los más desfavorecidos eran las víctimas de algo
que no iba con ellos. Todos habían sido víctimas de la irracionalidad
religiosa, del fanatismo humano por conseguir que todos comulguen con una
misma fe, da igual qué religión estuviese detrás de aquellos
crímenes, puesto que todos los dirigentes mundiales hablaban utilizando
el nombre de un dios inexistente para justificar sus barbaridades y nosotros
pagábamos las consecuencias de sus repudiables actos.
Justo una semana más tarde me dirigía al trabajo y llegaba tarde,
empecé a correr por el andén de la estación del Metro;
de repente vi a otro hombre que también corría para no perder
el tren, oí unos gritos que decían: -¡Alto! ¡Al
suelo!
Ya no recuerdo nada más, hasta el día de hoy, tres años
más tarde, cuando he despertado de un estado de coma en el que entré
debido a un disparo que me dió en la cabeza. Hoy me he enterado de
que la policía me disparó porque corría y llevaba una
mochila, al parecer era un posible terrorista, un suicida que podía
activar su bomba con el móvil que llevaba en la mano. También
he sabido que el otro hombre, de piel negra, que aquel día corría
como yo, fue abatido de un disparo en la cabeza y muerto en el acto. Ni él
ni yo llevábamos bomba alguna, simplemente éramos dos ciudadanos
que nos dirigíamos al trabajo diario llevando en nuestras espaldas
la mochila con nuestro sustento y los papeles de nuestro trabajo.
Al parecer todo este incidente, como le llamó la policía y algunos
jueces y políticos, provocó una psicosis general y a partir
de aquel momento la gente sale a la calle y no se atreve a correr, a consecuencia
de ello se ha incrementado el número de despidos por llegar tarde al
trabajo y han aumentado los suicidios de trabajadores, pero también
los atentados y muertes violentas de empresarios que han despedido a sus trabajadores.
Todo ello ha llevado a un incremento del control policial y ahora no puedes
salir de casa sin que te detengan cada doscientos metros para cachearte y
comprobar tu identidad.
La verdad es que no sé si ha merecido la pena despertar de mi letargo,
lo cierto es que el mundo ha entrado en la dinámica que muchos denunciábamos
hace unos años, cuando decíamos que la violencia guerrera de
los Estados y las sectas religiosas no podía llevarnos a otro sitio
que no fuese la dictadura o la tiranía, lo malo es que además
está disfrazada de democrática, ya que toda la represión
se ejerce en defensa de la libertad y de la democracia.
Los perseguidos y los vigilados somos los de siempre, los trabajadores, los
desheredados de la fortuna, además, para identificarnos nos han colocado
un "chip" en el cuerpo que manda una señal a unos sofisticados
aparatos que llevan los cuerpos de "seguridad" para poder discriminar
entre posibles terroristas (trabajadores) y personas respetables (empresarios,
brokers, especuladores, policías, militares, curas y políticos).
Y pensar que esto me recuerda otra etapa de la humanidad donde unos tiranos
marcaban a los judios para tenerlos controlados y también les disparaban
si les veían correr o creían que estaban realizando algún
acto que podía perjudicar a los que mandaban
Es injustificable que en nombre de la libertad, de la tolerancia, de la democracia,
del orden , del bienestar, del sentido común, etc., se dispare a las
personas porque corran con una mochila colgada a la espalda y un móvil
en la mano. Si el móvil es tan peligroso que lo dejen de fabricar,
al fin y al cabo es un producto de la sociedad de consumo que ha sido introducido
para tener más controlada a la población, pero esto no ocurrirá,
el móvil, al igual que los coches, se seguirán vendiendo con
fruición porque es mejor, para el sistema, que mueran cada fin semana
medio centenar de personas víctimas de los accidentes de tráfico
antes de facilitar o de proporcionar unos servicios de transporte público,
entre todas las ciudades y pueblos, que hiciera, prácticamente, innecesaria
la utilización de vehículos privados para desplazarse.
Esto, según ellos, es una utopía. Y yo digo: bendita sea la
utopía si ella lleva consigo la desaparición de las muertes
violentas, sean estas debidas a los accidentes, a los atentados, a las guerras,
al celo policial, a las discriminaciones sociales, raciales o religiosas,
etc.
Una sociedad que justifica el tiro en la cabeza, sin preguntar e indiscriminadamente,
por parte de los llamados cuerpos de seguridad, es una sociedad enferma, paranoica
e irracional.
Un mundo que reniega de la libertad en favor de la seguridad es un mundo condenado
a la destrucción y a la desaparición.
En nombre de la seguridad se han realizado los actos más abominables
de la humanidad, además de crear y fabricar los objetos más
inútiles y los más contrarios a la naturaleza humana, sólo
hace falta que recordemos aquí las guerras iniciadas teniendo como
excusa la seguridad, si profundizamos, todas o casi todas y, cómo no,
para poder librar esas guerras se han creado todas las armas, artilugios y
explosivos que se utilizan, en ellas, contra los seres humanos y que también
sirven a los terroristas religiosos para sembrar el dolor y el pánico
entre los humanos. Como siempre en nombre de Dios y de la seguridad, dos inventos
de los que necesitan la jerarquía y la desigualdad, se mata a los hombres
y mujeres del pueblo para mantener los privilegios de los poderosos.
En manos de todos nosostros está el denunciar y acabar con estas situaciones
hasta que sea insostenible seguir justificándolas. Si no lo hacemos,
casi es mejor seguir en coma que vivir enjaulados y perseguidos.
En su voluntad de igualitarismo furibundo y trascendental, las feministas
radicales, defensoras del antinaturalismo, están en contradicción
consigo mismas por pretender a toda costa, y a través de toda una serie
de argumentos especiales e irracionales, demostrar que las mujeres y los hombres
son estrictamente iguales desde su nacimiento, y que sólo la cultura
y la educación determinan el género. En eso, caen en un determinismo
de la naturaleza.
Sus esfuerzos son patéticos y vanos porque para invalidar su dogma
basta con un solo hecho que lo contradiga. En efecto, para demostrar que una
hipótesis es falsa, basta con un contraejemplo. Y los hay en abundancia.
Pero a ellas no les estorba la lógica, henchidas como están
de su ideología, deseosas de adaptar la realidad a su catecismo. Incluyen
en éste también el concepto de género, que, entendido
como una discriminación social superpuesta a una diferencia de la naturaleza,
constituye una explicación pertinente de la opresión de las
mujeres y un medio de forjar los instrumentos de lucha.
Otra falta de lógica consiste en confrontar diferencia y jerarquía.
Dos objetos diferentes no implican forzosamente la inferioridad de uno respecto
a otro. Ese es el mismo tipo de razonamiento que justifica el racismo o la
homofobia.
Cometen además una falta política al situar la igualdad en el
terreno de lo psicológico, puesto que la igualdad es una conquista
social promulgada (declarada) gracias a nuestra libertad, y una condición
para esa libertad. Es una voluntad política surgida de nuestra búsqueda
de justicia social. La igualdad no nos es innata, la queremos y la defendemos,
social y económicamente, porque es el objetivo de nuestra necesidad
de justicia y de la buena comprensión de nuestros intereses sociales.
Pero el fondo del debate es la propia concepción que tenemos de lo
humano. Porque esta concepción determina las luchas de emancipación.
Por una lado, el de las feministas radicales, se apoya la teoría de
la página en blanco. Según ellas, nosotros seríamos únicamente
el producto de nuestra educación y, como los perros de Pavlov, reaccionaríamos
en función de nuestro condicionamiento social. Eso significaría
abandonar la antropología y los millones de años de evolución
que llevamos encima, sobre este cerebro reptil que dirige nuestros instintos
y nuestras emociones. Es desdeñar los instintos y reflejos que hemos
desarrollado a lo largo de nuestra evolución y que aún hoy condicionan
nuestra supervivencia. Es negar la diferencia sexual que aparece en el reino
vegetal y animal antes del surgimiento de los mamíferos. Es sobre todo
pensar que el niño es una pasta maleable que se puede modelar a nuestro
antojo. Los sabios soviéticos, con Lyssenko a la cabeza, han teorizado
sobre la transmisibilidad de los caracteres adquiridos, y preconizado la creación
de un hombre nuevo, el homo sovieticus. Esas teorías conductistas (behavioristas)
han quedado invalidadas. ¿Queremos inventar hoy el homo anarchicus?
La teoría de la página en blanco ignora la realidad biopsicológica
e histórica. El hombre es social desde su prehumanidad. El gregarismo
le ha sido transmitido por sus ancestros primates. Se puede hablar de un instinto
social en el hombre, y de que esa sociabilidad, anterior incluso a la evolución,
ha dejado en nosotros restos de animalidad que vemos en los comportamientos
contemporáneos; por ejemplo, las reacciones de miedo, la huida o los
modos de seducción. Esta animalidad es a veces vital para salvaguardar
nuestra integridad. Es peligroso e ingenuo negar nuestar parte animal, que
es nuestro fundamento, porque eso nos conduciría individualmente a
la neurosis, y colectivamente a moralismos inquisitoriales y redentores. No
se puede uno deshacer de un golpe de la teoría de cuatro millones de
años de evolución. Yo creo más juicioso tratar de comprender
y aceptar nuestra animalidad, que está grabada en el fondo de nuestro
incosciente, para poderla manejar, e integrarla en un funcionamiento social
positivo para el individuo. Toda inhibición conduce a la neurosis.
Toda renuncia conduce a psicosis autoritarias, moralistas o educacionales.
No se trata de cambiar al ser humano, sino de crear una sociedad en libertad,
igualdad y fraternidad. Es por tanto primordial conocerlo lo más objetivamente
posible y no caer en el defecto de crear un arquetipo humano siguiendo nuestras
aspiraciones idealistas. En ese caso, a semejanza de las religiones, construiríamos
un infierno "castrador", enlosado de buenas intenciones.
Nuestra concepción del ser humano condiciona la forma de la sociedad
que deseamos y, por tanto, nuestras decisiones políticas y la definición
de nuestras luchas. Todo el esfuerzo de la civilización consiste en
socializar nuestras pulsiones.
Las mujeres y los hombres no son iguales por principio, sino porque nosotros
lo hemos decidido y declarado (Declaración de los derechos del hombre).
Es una voluntad política que afirma la igualdad como factor esencial
para el desarrollo del individuo y de la sociedad. La formulación "Los
hombres nacen libres e iguales" se presta a confusión. Deberíamos
decir: "La sociedad decide y garantiza que al nacer los hombres y mujeres
sean libres e iguales". Porque, como dicen en Los hermanos Karamazov,
de Dostoievsky, "todo está permitido", la condición
humana no responde a ninguna trascendencia, y ningún principio superior
se opone a una sociedad desigualitaria, totalitaria o esclavista, excepto
nuestra decisión política.
Si el concepto de género es una buena descripción de la realidad,
que permite definir los ejes de acción pertinentes, está muy
mal defendido por ciertas feministas que sostienen un discurso irracional,
y a menudo anticientífico (los científicos son secuaces del
patriarcado y sus métodos están marcados por sus prejuicios
sexistas). Por ejemplo, tomar como referencia a los niños salvajes
para definir la naturaleza humana es una imbecilidad. Por dos razones. La
primera, porque no constituyen una muestra representativa debido a su rareza.
La segunda, porque el hombre es un animal social "por naturaleza"
(por la selección natural de la sociabilidad), y esos niños
sufren carencias psicológicas y emocionales que les impiden hacerse
hombres a pesar de todas las tentativas de educación. Es como si se
tomara como ejemplo un pastel quemado para afirmar que todos los pasteles
saben a carbón.
Las afirmaciones de ciertas feministas radicales tienen un deje teológico,
porque tratan de demostrar que Dios ha creado a hombres y mujeres iguales.
Pero la igualdad no existe en la naturaleza. Es un concepto político.
Buscarla en el nacimiento es puro esencialismo. Los seres humanos no nacen
ni iguales ni desiguales.
Para terminar, os propongo que meditéis sobre estas citas que ponen
de manifiesto la oposición entre las conclusiones burguesas de Freud
(bajo la presión de su medio) y las libertarias de Reich.
"La cultura debe su existencia a la inhibición del instinto y
a la renuncia al instinto" (S. Freud).
"La represión crea la base psicológica colectiva de una
cierta cultura, la cultura patriarcal" (W. Reich).
Daniel T.
(Le Monde libertaire) ![]()
El horizonte superable del capitalismo
Los primeros pasos de la humanidad se desarrollaron ante la hostilidad de
los elementos naturales. La Tierra apenas les proporcionaba productos directamente
utilizables. Será la actividad económica, es decir, el trabajo,
la que va a permitir al hombre luchar contra esa dificultad. Gracias a los
descubrimientos e invenciones, irán surgiendo nuevas necesidades
y los medios para satisfacerlas. El desarrollo de las llamadas "fuerzas
productivas" contribuye a favorecer la marcha de la humanidad hacia días
mejores, siguiendo un proceso irreversible.
El establecimiento de relaciones sociales de producción basadas en
la explotación -las últimas conocidas son el capitalismo- no
alterará esta "creencia". El interés de la patronal
y el del asalariado parecen identificarse en muchos aspectos, y el crecimiento
económico aparece como un objetivo común, sobre todo a partir
de la II Guerra Mundial. Durante los "Treinta gloriosos", en lo
que atañe a Francia el aumento de los beneficios, la "redistribución",
aseguran una mejora constante de las condiciones de vida, del nivel de protección
social. No importa que el sistema jamás haya realizado una redistribución
justa de los frutos del trabajo: el aumento de la exclusión prueba
que la prioridad del mercado no es el bienestar del hombre sino el aumento
del beneficio.
Pero va a surgir el truco. Esta mejora del nivel de vida, esta "paz social"
comprada por los dirigentes, se efectúa sobre las espaldas de las poblaciones
del tercer mundo, absorbidas en la infernal espiral del endeudamiento, y sobre
todo sobre las espaldas de las generaciones futuras y el agotamiento progresivo
de los recursos naturales y las perturbaciones cada vez mayores de los complejos
equilibrios de los ecosistemas. Con raras excepciones, todo el mundo cierra
los ojos, fascinado por el brillo de la tecnología, anestesia para
un confort ilusorio, cegado por el aumento del Producto Nacional Bruto, imperativo
máximo y único criterio de juicio. La ecuación "más
= mejor" simboliza el progreso
a la occidental. Frente al espejismo
de la "dominación proletaria de las fuerzas productivas",
la política del avestruz aumenta sus adeptos.
M. Joyeux escribía en La Rue: "El proletariado cree en una evolución
continua de su condición, asegurada por el desarrollo de la técnica,
y al mismo tiempo teme que un incidente pueda frenar o destruir esa evolución
continua. Es partidario del inmovilismo, excepto en el terreno de la ciencia
y de la técnica, porque ese inmovilismo económico, político
y social le garantiza el desarrollo armonioso de ese juguete técnico
del que se espera todo".
Servida por el imperativo de velocidad y productividad que impone la "modernidad"
capitalista, la sacralidad del progreso técnico modifica nuestra relación
con el tiempo, el espacio y el medio ambiente, trastoca nuestro imaginario
social. Insensiblemente, de descubrimiento científico a proeza técnica,
la artificialización de los medios nos impide interrogarnos precisamente
sobre la noción de progreso, sobre tener en cuenta la dimensión
cultural del cambio, percibir el "horror mecánico del mundo industrial".
Así surge hoy la realidad a plena luz; proliferan las desilusiones.
No sólo el crecimiento no colma nuestras esperanzas en bienestar social
(contraproductividades, malestar), no sólo no genera empleo suficiente
para resolver el problema del paro, no sólo no regula la cuestión
de las desigualdades sociales (todo lo contrario), sino que se revela desastroso
desde el punto de vista estrictamente ecológico.
Enfrentado a sus contradicciones fundamenatales, el "sistema" está
acorralado. Para preservar el empleo (o intentarlo), la economía mantiene
actividades inútiles, e incluso perjudiciales para el bienestar colectivo,
abandonando otras indispensables para la sociedad bajo el pretexto de que
los beneficios son insuficientes. Porque si la satisfacción de las
necesidades artificiales solventes interesa al capitalismo, la de las necesidades
vitales no solventes le deja indiferente. El mito de la edad de oro para todos
ha muerto.
Patrón y asalariado, ¿la misma lucha?
Cruel ironía del destino, el discurso patronal y el análisis
sindical parecen converger. Por un lado, llevando hasta el paroxismo una ideología
que proclama la inefabilidad de su propio dogma, la patronal propone a sus
asalariados "trabajar más para ganar más". Incluso
sabiendo que los salarios no aumentarán (es más probable que
sigan bajando ante la competencia de la mano de obra a nivel mundial, y los
intentos sistemáticos de reducir los costes del trabajo), se trata
de producir cada vez más para aumentar los beneficios. Porque algunos,
ellos, pueden comprar: los ricos (en los diferentes sectores, los productos
de alta gama prosperan, y el mercado de yates de lujo se duplica cada diez
años).
Por el otro lado, los sindicatos reclaman el crecimiento para garantizar el
aumento del poder adquisitivo. El obstáculo se hace insalvable, porque
el sistema no puede compartir (se concentra cada vez más), está
obligado a un crecimiento sin fin; pero ¡el crecimiento no es ya ecológicamente
posible!
El consenso es impresionante: M. Aubry, J. Lang y D. Strauss-Kahn han dicho:
"Sin crecimiento no hay medios suficientes para la solidaridad. Sin solidaridad
no puede haber verdadera cohesión social". El 18 de octubre, M.
Camdessus, antiguo director del Fondo Monetario Internacional, envió
al ministro de Economía un informe titulado: "El arranque hacia
un nuevo crecimiento para Francia". En las "21 exigencias de Attac
para el tratado constitucional" se dice: "Attac exige que el pleno
empleo y el crecimiento figuren como objetivos principales". Chirac,
dirigiéndose al público, dijo: "Construyamos (
) una
sociedad de crecimiento, volcada hacia la actividad, hacia el empleo".
Y un sindicato reformista: "La moderación salarial, mantenida
tanto por empresas como por el Estado, acentúa el impacto de la subida
de los precios e impide el aumento del consumo, del crecimiento y de la creación
de empleo".
Apropiarse de la producción
La obra reivindicativa cotidiana ha alcanzado sus límites. El crecimiento
del bienestar en los trabajadores mediante la realización de las mejoras
inmediatas necesarias necesita otro marco. Gracias a la masa monetaria inyectada
en el circuito, el asalariado regula la producción, la distribución
y el consumo. El círculo vicioso "poder adquisitivo = crecimiento"
alimenta la explotación, la injusticia y la miseria, a la vez que se
sabe con plena consciencia que los escasos aumentos obtenidos son absorbidos
a los pocos meses por el aumento equivalente de los precios
lo que justificará
una nueva demanda.
En lo sucesivo, las exigencias de los asalariados dentro del sistema capitalista
no podrán satisfacerse más que en detrimento de las generaciones
futuras por medio de un crecimiento infinito
que se sabe imposible.
La única conclusión aceptable es que el compromiso llevado a
cabo por la ilusión reformadora no es posible, que hay que hacer estallar
ese marco, que superar el capitalismo (un sistema que ya no es capaz de asegurar
la cohesión social, incluyendo la represión) está más
que nunca a la orden del día. Ya se ha perdido demasiado tiempo: no
tenemos otra elección. Pero la perspectiva de una "emancipación
total" adquiere otra dimensión: no ya una cuestión de dignidad,
sino una cuestión de supervivencia, para evitar el caos ecológico
y social engendrado por el capitalismo.
No se trata de abandonar las exigencias sindicales de mantenimiento e incluso
de mejora del poder adquisitivo (siempre es mejor que dejar volar la remuneración
de los accionistas), sino que hay que poner todo el esfuerzo en la batalla
para, paralelamente y con rapidez, construir otra sociedad, liberada de toda
forma de opresión moral y de explotación económica. Reformista
de diario, revolucionario en el objetivo (y el objetivo está a punto
de ser alcanzado, no por el sueño de las conciencias, como sería
deseable, sino por las presiones inexorables de la realidad, especialmente
las ecológicas). Convencer al conjunto de la población de que
no hay ninguna esperanza en la actual organización de la sociedad,
que cada paso avanzado es un freno, que los verdaderos retos son otros, que
se debe aceptar cuestionar la finalidad de lo que se produce, que hay que
orientarse hacia otros valores, que hay que pasar de una reivindicación
de cantidad a una exigencia de calidad, y razonar en términos de ruptura.
Toda la dificultad reside en las modalidades de paso entre los dos modos de
organización: será la madurez política de las poblaciones
la que decidirá.
Sin excluir otros medios, y reconociendo que el sindicalismo no basta, ¿no
será precisamente la huelga general, expropiadora y autogestionaria,
el medio más adecuado para llevar a cabo esa ruptura? Para realizarla,
el camino sigue lleno de obstáculos: necesitamos (re)encontrar el sentido
de la Historia, vencer esa mutiladora servidumbre voluntaria que nos lleva
a sufrir las estrategias de desmovilización de las jerarquías
políticas y sindicales, a tomar conciencia de las ventajas que podrían
resultar de la cooperación y de la solidaridad, de la convergencia
de las luchas, minimizar las diferencias, olvidar las discusiones infantiles
y las palabras casi siempre estériles
Tenemos al alcance de la
mano otra sociedad
si reunimos la energía de todos los que estén
dispuestos a trabajar en equipo.
Dominar la producción, no para hacer crecer indefinidamente una producción
generadora de contaminación, de desigualdades, injusticias y frustraciones,
sino para aligerar y compartir el esfuerzo del hombre: poner en marcha sólo
el trabajo económicamente necesario para la satisfacción de
las necesidades esenciales definidas por las poblaciones. "La emancipación
de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos".
Lugares comunes
en los prejuicios
sobre el anarquismo
Son muchas las opiniones vertidas sobre el anarquismo y yo mismo entro en
un tópico si digo que, gran parte de ellas, desvirtuadas bien por ignorancia,
bien por manipulación ideológica o, directamente, claros intereses
políticos. Tampoco quisiera caer en un victimismo, también demasiado
habitual, sobre el constante ninguneo que sufre por la mayor parte de la historiografía
oficial o la negación del papel que le corresponde en los estudios
sobre los movimientos sociales. A nosotros nos corresponde, desde la honestidad
y el trabajo, arrojar luz sobre un movimiento esforzado, como ningún
otro, en dar respuesta a los problemas sociales y en profundizar en los diferentes
ámbitos que abarca la capacidad humana. Voy a comentar a continuación,
sin una profundización científica de la que adolezco y con el
filtro añadido de mis propias experiencias que también hay que
tener muy en cuenta, algunas opiniones claramente ligeras y esquemáticas,
pero hechas por personas corrientes, creo que sin demasiados ánimos
de desprestigiar pero con todos los prejuicios que se quiera, y que puede
corresponder a gran parte de las nuevas generaciones. Es por esto que pienso
que, lejos de acusar o despreciar lo que sólo conduce a la marginalidad,
merece la pena seguir combatiendo los numerosos prejuicios que existen sobre
el anarquismo; si una de las premisas fundamentales del mismo es el culto
al conocimiento y cómo conduciría a la autoconsciencia y a la
emancipación, es nuestra obligación ser coherentes y establecer
una dinámica de aprendizaje mutuo con todos y cada uno de los seres
humanos. De esta manera, con un conocimiento sólido de la materia que
nos ocupe y con el añadido de nuestras continuas experiencias personales,
es imposible mantenerse inmóviles en opiniones que pronto quedarán
atrás.
Hace poco, en un chat con Irene Lozano, autora de una biografía reciente
sobre Federica Montseny, alguien le preguntó qué opinaba sobre
el anarquismo, "una ideología que resultaba ridícula hoy
día" (sic). Especialmente triste resulta el comentario, para empezar
este modesto recorrido por el imaginario colectivo, y difícil es encontrar
el lugar por dónde empezar a refutarlo. Diré que existe un indudable
triunfo moral -que se va reafirmando a medida que avanza la sociedad- para
el anarquismo y los anarquistas y son los que han demostrado mayor justeza
en sus juicios y acciones. Su búsqueda de la libertad, de la justicia
y del conocimiento, profundizando y superando el dogma y los convencionalismos
hace que, al menos, merezcan un respeto a la hora de establecer un juicio
serio.
Otro comentario muy extendido, aquí tal vez más habitual en
personas de mentalidad progresista -aunque habría que tratar de dar
una definición sólida a dicho término-, es el de que
"el anarquismo es un ideal bello pero resulta una utopía".
El argumento, quizás contaminado por lo habitual que resulta, no da
lugar a una conversación demasiado seria; históricamente, no
hay un solo anarquismo y, así, se puede opinar e incluso tener una
bonita discusión científica o económica sobre que, por
ejemplo, una concreción anarquista como es el colectivismo bakuniniano
resulta irrealizable -que es el significado que se le quiere dar a la palabra
utopía la mayor parte de las veces- o anacrónica pero hablar,
así en general, sobre si una sociedad sin Estado es posible, y que
tenga continuidad en el tiempo, requiere una preparación que nos sobrepasa
-incluso, probablemente estando dotado de precognitivas que no tenemos las
personas normales-. Una sociedad sin Estado pero, claro está, mucho
más. Las sociedades sin Estado han existido durante gran parte de la
historia de la humanidad pero la cuestión estriba en la construcción
de una sociedad donde no exista una clase dirigente y el mínimo de
delegación, una sociedad libertaria con todo lo que conlleva la tradición
ácrata -aquí, el cientificismo y heterodoxia del anarquismo
resulta de vital importancia- sujeto, por supuesto, a una constante evolución,
a nuevas respuestas que da la misma experiencia -otro punto de vista importantísimo
en el anarquismo es su negación de una teoría cerrada dejando
un campo libre para lo empírico-. ¿Resulta esto una utopía?
Está claro que no es esa la cuestión sino el grado de dificultad
que suponga su construcción y no creo que nadie afirme que resulte
sencillo incluso ante un supuesto vacío de Estado; y no se trata sólo
de lamentarse por las circunstancias actuales y los numerosos enemigos que
tiene el anarquismo sino, también, tratar de confirmar que la forma
de ser más libres y más felices, de asentar la base de la sociedad
libertaria, es combatiendo las instituciones y superestructuras con sus diferentes
formas de dominación, sí, pero también huyendo, a nivel
personal, del tutelaje, buscando el máximo de autonomía y aceptando
que esa capacidad de progreso es posible en cada persona, sean cuales fueren
sus circunstancias. Esto deben ser más que palabras bonitas y quizá
pueda calar algo en todas esas personas prejuiciosas con el anarquismo que
lo niegan como algo ridículo o irrealizable; si tratamos de no verlo
como una ideología o, mucho menos, una doctrina y más como una
filosofía o una moral, con su praxis cotidiana, el campo puede estar
abonado para una sociedad mejor.
"Anacrónico", es otra palabra atribuida con frecuencia al
ideal ácrata y, sin embargo, no puede estar, en mi opinión,
más cargado de futuro; su búsqueda de justicia social y conciliación
con la máxima libertad individual no tiene parangón con ninguna
otra forma de organización social. Todo lo bueno que tiene nuestra
democracia liberal -entendiendo esta palabra como una actitud de libertad
y tolerancia en las relaciones humanas y dejando a un lado el sistema económico
del que hablaré más adelante- ya lo propugnó el anarquismo
décadas antes de que los elementos reaccionarios fueran cediendo lentamente
ante el progreso. ¿Dónde reside, pues, la extemporaneidad del
anarquismo? Quizá vaya demasiado lejos al pensar que las teorías
del milenarismo o de los rebeldes primitivos -como explicación a la
fuerza del movimiento libertario, por ejemplo, en España- puede que
tengan algo de culpa de esta nueva caricaturización o reduccionismo
en la que se entra sin demasiada dificultad por parte de la opinión
popular. La explicación más sencilla puede estar en ese razonamiento,
al que se llega vía pensamiento único, de "el fin de la
historia y de las ideologías"; es decir, no hay otra respuesta
a la cuestión social o económica, vivimos en el mejor de los
mundos posibles. Afortunadamente, el tiempo actúa como un perfecto
erosionador de la estulticia y quiero percibir ya un soplo de aire fresco
para estos nuevos dogmas que produce la adoración al llamado mercado
libre. El anarcosindicalismo puede ser objeto también de este juicio
negativo al considerarse el proletariado un concepto difuso en la modernidad;
discutible es esto, por supuesto, pero de nuevo tomamos una parte por el todo.
La sindical es otra forma más de emancipación que traslada las
herramientas de lucha del anarquismo -plena autonomía, asambleísmo,
acción directa...- a la organización obrera y cuyo afán
revolucionario es incuestionable sobre el papel pero que, en la práctica,
ha dado lugar a conflictos y polémicas a los que no ha sido ajena la
historia; se puede confiar, actualmente, en la fuerza o viabilidad de la opción
anarcosindicalista pero contemplo el anarquismo como liberador de una manera
más amplia superando la visión histórica de que una clase
social concreta será la protagonista de la deseada revolución.
No obstante, resultan indudables la precariedad laboral -que marca la plenitud
de la vida de una persona- y la indefensión del trabajador frente al
sistema capitalista por lo que resulta primordial la labor de un sindicato
combativo y transformador.
Otro lugar común en las opiniones populares sobre anarquismo es considerarlo
algo similar a otras ideologías "radicales" como el comunismo
-o, concretando, a la praxis marxista ya que existe un comunismo libertario-,
confirmado en muchas ocasiones por movimientos sociales que utilizan con alegría
una iconografía perfectamente intercambiable a gusto del consumidor.
Hay que decir que los anarquistas ya denunciaron y combatieron los regímenes
totalitarios mucho antes de su caída definitiva; si la acción
libertaria es la lucha contra el poder y su meta la destrucción definitiva
del Estado, con mayor motivo se va a abominar de sistemas donde se confía
en un poder totalizador magnánimo, por mucho que asegurara Marx que
la perfección del Estado haría innecesaria su existencia. La
historia esta ahí, y dejando a un lado las perversiones o desviaciones
en las que algunos insisten todavía, es para pensar en el germen autoritario
que puede llevar en su seno la doctrina marxista y en el despotismo al que
conduce su concreción política, cosa que ya vislumbró
Bakunin en la I Internacional dando lugar a la corriente antiautoritaria del
socialismo. Como se ve, desde un principio resulta imposible confundir ideas
que son antitéticas y que dieron lugar a una bifurcación difícil
de reconciliar; si algunos pensadores han hablado de un "marxismo libertario"
es, quizá, por apertura y acercamiento de una doctrina cerrada y científica
al anarquismo que siempre tendió al análisis y a hacerse preguntas
antes que a dar respuestas definitivas. Hoy en día, insisto, el anarquismo
posee un indiscutible -aunque resulte difuso y pocos lo acepten- triunfo moral
al haber colocado la libertad como valor primordial y puede mirar con orgullo
hacia adelante; el comunismo, agoniza patéticamente con la mirada puesta
en referencias como la Revolución cubana que constituye, todavía,
una triste realidad.
Superado el desastre que supusieron los sistemas totalitarios, el anarquismo
debe dar respuestas en su afán socializador antiestatalista; otra gran
preocupación en las personas es la de una propuesta sólida y
moderna de economía que garantice el bienestar -las propuestas históricas
libertarias pueden resultar un estupendo referente pero sería bueno
estudiar las complejidades de la actual globalización capitalista para
combatirla en profundidad, cosa que también realizaron los grandes
pensadores libertarios en su momento-. Esto constituye, quizás, una
gran asignatura pendiente para convencer de que es posible una alternativa
liberadora frente a un sistema que, entre sus grandes capacidades, además
de mantener las relaciones de poder, está la inculcación de
que no es posible cuestionar el estado de las cosas. Es fácil denunciar
que seguimos siendo, en gran medida, esclavos de un sistema económico
desigualitario, depredador, alienante, capaz de fabricar mentes sumisas gracias
a constantes "opios del pueblo" y "pan y circo" que han
demostrado tener muchos más recursos y lugares que los tradicionales
de la iglesia y la taberna, gracias, en gran medida, a una revolución
tecnológica que, lejos de desestimarla como alienadora como manifiestan
algunos, debe ser puesta al servicio de las premisas libertarias.
José María Fernández Paniagua
La caricatura o el desprestigio se han volcado en la tesis y el prurito anarquistas pero, como ya he mencionado en el texto, hay que tratar de superar esta actitud de lamentación constante, siempre apoyada en las perversidades del sistema y de tantas personas, que no es más que otra forma de aceptar una derrota que puede que, técnicamente, se haya dado en la historia pero que resulta inasumible a efectos morales. El anarquismo, para seguir resultando coherente consigo mismo, debe mirar hacia delante y someterse a una renovación constante en su, supuesto, armazón teórico -ya he mencionado mi rechazo a la palabra ideología pero es indudable que resulta un conjunto de ideas y valores, con unas premisas antiautoritarias básicas y todo lo flexible que se quiera-. Yo pediría que, si bien la tradición ácrata es de una riqueza incuestionable a la que se puede acudir por muchos motivos, tratáramos de ser críticos también con la visión anarquista clásica, que nace y se desarrolla en el siglo XIX, debido, no a su anacronismo, sino a la necesidad de nuevos análisis y respuestas. El estudio y la divulgación histórica me parece fundamental pero hay que eludir el peligro de que ello suponga un obstáculo para el progreso dentro de la heterodoxia del anarquismo.
Lo que pretenden los revolucionarios anarquistas
El pasado mes de julio murió nuestro compañero Gabriel, de Camarate (Portugal). Como homenaje a su figura militante, reproducimos un artículo que escribió en 1994 para la revista "Acçâo directa", publicación que animó durante toda su existencia.
Los revolucionarios anarquistas luchan, en todas las regiones, por una revolución
social mundial, igualitaria y libertaria.
Los revolucionarios anarquistas luchan por la destrucción total de
la sociedad autoritario-capitalista, es decir, por la liberación completa
de los explotados y oprimidos por el yugo del poder, el dominio de la producción
mercantil, y la esclavitud del trabajo asalariado. Combaten todas las formas
de represión y la totalidad de estructuras e instituciones (gubernativas,
burocráticas, políticas, militares, policiales, judiciales,
carcelarias, económicas, financieras, académicas, religiosas,
etc.) que integran la sociedad autoritaria.
A la sociedad estatal y capitalista, asentada en el principio metafísico
de autoridad, es decir, en la esclavitud intelectual de los seres humanos,
en la propiedad legal -privada o estatal-, en la desigualdad social, en la
explotación del hombre por el hombre, en el trabajo forzado, en la
dependencia absoluta de los individuos y en la mutilación de la personalidad
de cada ser humano; los revolucionarios anarquistas oponen la anarquía,
una vida basada en la autonomía individual, en la igualdad social,
en el libre acuerdo, en la cooperación voluntaria, en el apoyo mutuo
y en la solidaridad; una vida humana basada en condiciones sociales que posibiliten
a cada individuo, hombre o mujer, actuar de acuerdo consigo mismo y desarrollar
plenamente sus facultades físicas, mentales y morales; en resumen,
una vida humana basada en la libertad.
A la vida social regulada por los centros dirigentes, la sociedad organizada
de "arriba a abajo", legitimada o no por el sufragio universal,
los revolucionarios anarquistas oponen el federalismo anárquico, la
unión por el libre acuerdo, de "abajo a arriba", de los individuos
y sus asociaciones (asociaciones de productores-consumidores, científicas,
artísticas, de autodefensa, etc.); la unión determinada por
los intereses reales y por la voluntad libre de los individuos y sus asociaciones.
Los revolucionarios anarquistas preconizan la unión de los individuos
y sus asociaciones libres en comunas locales, autónomas, libertarias
e igualitarias; la unión, por medio del pacto libre, de las comunas
en la región; la federación de las regiones en el país;
por último, la unión federativa, libre y solidaria, de los pueblos
del mundo entero.
Al "comunismo" autoritario, a la presunta construcción de
la sociedad comunista por vía estatal, a la bancarrota del marxismo
y del nacional-bolchevismo, los revolucionarios anarquistas oponen el único
comunismo posible: el comunismo de las comunas anarquistas federadas o comunismo
libertario.
A los despojados y mutilados consumidores pasivos de mentiras, de las denominadas
sociedades de consumo, y a las masasa o argamasas de los Estados nazis o nacional-bolcheviques,
los revolucionarios anarquistas oponen el individuo auténtico, el individuo
no adaptable a los moldes de la jerarquía social, el individuo que
rechaza ser no sólo un mero imitador o seguidor de las diferentes "vedettes"
sociales, sino también demócrata de éxito o jefe de masas
regimentadas, obedientes y serviles.
Contrariamente a los marxistas, a los nacional-bolcheviques, a los nazis,
a los fascistas, a los demócratas, a los teólogos de la "liberación"
y demás adoradores de divinidades celestes o terrenales, los revolucionarios
anarquistas, como decía Durruti, llevan un mundo nuevo en sus corazones.
Estado (del latin status; de stare, estar de pie). Situación duradera
de una cosa. Esa es la significación genérica de la palabra,
que se usa con acepciones muy variadas. Se dice, en efecto: el estado de salud
de nuestro amigo inspira inquietud. Su estado de ánimo es satisfactorio.
Esa población vive en estado salvaje. Hemos encontrado la casa en buen
estado. Esa persona tan escrupulosa hace estadillo de los menores detalles.
Desde el punto de vista social, que es el que más nos interesa, es
útil, en primer lugar, citar, explicándolas, dos locuciones
que han tenido su lugar en la historia: Los Estados Generales son una asamblea
nacional extraordinaria, compuesta de representantes de diversos órdenes
o clases sociales, reunidos para deliberar sobre intereses comunes. El Tercer
Estado era, con la antigua monarquía francesa, el tercer orden de la
sociedad, compuesto por el pueblo y la burguesía, estando contituidos
los dos primeros estados por el clero y la nobleza.
Mencionamos también, para recordarlo, que un estado mayor es el cuerpo
de oficiales generales que dirige un ejército; que el estado civil
(en España, registro civil) es un servicio público que tiene
por objeto registrar oficialmente el nacimiento, matrimonios o divorcios y
la muerte de los habitantes de un país. Y llegamos entonces a los dos
sentidos de la palabra Estado que mejor debemos recordar:
Políticamente hablando, un Estado es una importante colectividad de
individuos que ocupa un territorio claramente delimitado, regido por leyes
particulares y con una autoridad encargada de su aplicación.
Una sociedad, incluso si es numerosa, no constituye forzosamente un Estado.
Las naciones modernas organizadas son Estados. Las hordas primitivas, las
tribus nómadas o salvajes no son sino sociedades rudimentarias.
Sería un error, sin embargo, creer que toda sociedad organizada bajo
la forma de Estado representa a un pueblo de esclavos, dotado de aspiraciones
sociales más generales, y capaz de llevar a cabo espontáneamente
el orden más fraternal, pero oprimido bajo el yugo de una minoría
tiránica, que reprime por la fuerza todos sus deseos.
En las repúblicas democráticas, como Francia, Estados Unidos
o Suiza, el proletariado industrial y agrícola constituye la mayor
parte de la población. Las libertades de prensa, de expresión
y de asociación no son apenas violadas. Todos los ciudadanos, o casi,
son admitidos para votar y, cuando votan, nada les impide pronunciarse a favor
de un programa o de otro.
Ahora bien, en esos países de mayoría proletaria, donde no es
ciudadano el que no haya sido tocado -ocasionalmente al menos- por una propaganda
revolucionaria, en la que pueda interesarse, resulta que los programas más
favorables son de un reformismo muy moderado. Que haya numerosas abstenciones
no modifica apenas el resultado; basta, en efecto, con ver las débiles
tiradas de la prensa anarquista -la única que es abstencionista- para
darse cuenta de que la abstención electoral es fruto, por lo general,
de la indiferencia y la volubilidad, más que de una voluntad de acción
sistemática. En Francia misma, hogar de la Gran Revolución de
1789-1793, la experiencia de más de medio siglo de tercera república
nos ofrece el espectáculo de las consultas populares, en el que la
balanza oscila del conservadurismo social prerreaccionario al radicalismo
más sólido. El proletariado insurrecto, en el seno de la propia
clase proletaria, no es más que una minoría de oposición,
y el colectivismo, que se declara "a favor del progreso en el orden y
la legalidad" es acogido con reservas.
Estas constataciones no invalidan este dato evidente: que las ideas socialistas,
comunistas, sindicalistas y anarquistas se han desarrollado en el mundo, desde
la fundación de la Primera Internacional en 1865, de una manera considerable.
Pero llevan a concluir que el pueblo obrero y campesino, en su conjunto, no
es tan enemigo como se podría pensar de las formas sociales actuales
y que, si se ve obstaculizado en su emancipación, es más debido
a su ignorancia y prejuicios tenaces que a las exacciones de las clases dirigentes.
Sin embargo, incluso en las repúblicas democráticas, el Estado
no es el conjunto de la nación. En las tribus primitivas, los hombres
tienen un consejo para tomar las decisiones, y las aplican ellos mismos buscando
lo que creen el interés común. Abstracción hecha de la
oposición, siempre posible, del jefe o del hechicero, es el régimen
directo, con todas sus ventajas, lo que no quiere decir que se inspire necesariamente
en la sabiduría y la delicadeza. Pero eso sólo es posible en
aglomeraciones poco numerosas, con medios de producción y de consumo
elementales, sobre porciones de terreno limitadas. Con las múltiples
actividades de una capital del siglo XX, que agrupan a varios millones de
habitantes, resulta prácticamente imposible para toda la población
-necesitaría un espacio enorme- reunirse en congreso todos los días,
o casi todos, para discutir y sacar conclusiones para las cuestiones tan numerosas
y diversas que comporta la intensa vida de una ciudad moderna. No tendría
ni la capacidad ni el tiempo libre, e iría dejando esa labor a merced
de las exigencias de la población. Por fuerza debe actuar la división
del trabajo, la creación de especialistas, el nombramiento de delegados,
provistos de poderes, para la defensa de los intereses de los grupos de ciudadanos
que les han encargado que les representen en las asambleas en las que se tratan
los asuntos públicos.
Y lo que es verdad para una gran ciudad, lo es con más razón
para un país, que cuenta con decenas de millones de habitantes, a la
vez sólidamente asociados por las necesidades más variadas,
y repartidos por cientos de miles de kilómetros cuadrados. Las centralizaciones
administrativas se imponen pues, del mismo modo que ocurre con el abastecimiento,
el correo, las comunicaciones telefónicas o la correspondencia de las
vías férreas.
Pero eso tiene sus inconvenientes, los administrados pierden de vista a su
delegados, agrupados a partir de ahora en un punto central del territorio.
Estos, absorbidos por su función, se ven obligados a abandonar sus
labores, y a dejar su antigua profesión. Formarán a partir de
ahora una casta aparte, con sus intereses particulares, sujetos a todas las
tentaciones que confiere el poder. Porque su mandato dura varios años,
durante los cuales podrán realizar todo tipo de arbitrariedades sin
que sus electores puedan sancionarlos; su función no es en realidad
la de delegados, sino de gobernantes, o dicho de otro modo, de tutores, provistos
de un cheque en blanco que les permite disponer no sólo de los fondos
y propiedades nacionales sino también, en gran medida, de la persona
y de los bienes de sus pupilos: los ciudadanos corrientes.
Por esta situación y por todos los abusos que ha desencadenado es por
lo que la palabra Estado que, al menos en las repúblicas democráticas,
debería haber servido para designar, políticamente hablando,
la nación organizada, ha servido sobre todo para designar algo bien
distinto a eso que no sirve más que para oprimir: la autoridad legislativa.
Pero los inconvenientes no son inevitables. Si la vida de una gran nación
moderna hace necesaria la centralización administrativa y los delegados
permanentes, eso no significa que deban beneficiarse de unos derechos de carácter
monárquico sobre las colectividades que los han designado. Nada se
opone a que sean elegidos entre los que representan a las federaciones de
trabajo y de consumo, pero sí a que no sean revocables y responsables,
del mismo modo que los gerentes de una empresa comercial o de una industria.
En esas condiciones, el Estado dejaría de ser un organismo superpuesto
a la nación, cuyo poder arbitrario se basa en la abdicación
de ésta. En estas condiciones, el Estado representaría bien
a la sociedad organizada por sí misma y para ella y, aunque se mantengan
algunas reglas impuestas por la necesidad, al menos no serían emanación
de las concepciones particulares de unos pocos.
Con el Estado así considerado, parece que se llena en gran parte el
abismo que separa a las tesis socialistas de las anarquistas, al menos en
lo relativo a los planes de una nueva sociedad. Con la condición, en
cualquier caso, de que el socialismo deje que entre un poco más del
sol y del aire de la libertad en sus sólidos edificios en forma de
cuarteles y de conventos. Con la condición también de que el
anarquismo renuncie a ciertos esquemas, un poco pueriles, según los
cuales el futuro y la prehistoria se confunden, y el comunismo de la gran
civilización de las ciudades del mañana se asienta en bases
análogas a las de cualquier ciudad hotentote en la que, de una cabaña
a otra, se hacen benévolamente pequeños favores.
Jean Marestan
(Encyclopédie Anarchiste, 1934) ![]()
Ya es vencida la ruin tiranía,
ya se apaga su antiguo esplendor...
y se alza la bella anarquía
junto al siervo de ayer, vencedor.
¡Cuántos siglos de heroica pelea
por romper las cadenas del mal,
por sacar del silencio la idea
y oponerla al feroz capital!
Libertad es el grito sonoro
que resuena en los aires doquier.
Le cantaron las aves en coro
y el obrero le oyó en el taller.
Alza, obrero, sin miedo la frente
ante déspota avaro patrón.
Ya tu hueste pujante y valiente
enarbolando su rojo pendón.
No más hambres, cadalsos ni leyes;
que levante el gañán su cerviz,
que se acaben los amos, los reyes
y veamos al hombre feliz.
Libertad es el grito...
Nuestros mártires llenos de gloria,
al morir como Cristo en la Cruz,
señalaron la gran trayectoria
con sus rastros de sangre y de luz.
Cada uno ha abierto una brecha
en los flancos del monstruo social...
y es su hazaña gigante una mecha
que hará arder la hecatombe final.
Libertad es el grito...
Si pretende el patrón usurero
nuestro rudo trabajo explotar
que levante su puño el obrero
y que sepa al ladrón castigar.
Que recoja el servil campesino
su picota, su pala y su hoz,
que deserte su barco el marino,
que levante el humilde su voz.
Libertad es el grito...
Pobre pueblo, es tu patria una fiera,
es tu ruina el parásito vil,
es tu madre la triste miseria
y tu lecho un infecto cubil.
Afrentosa es la ruin servidumbre
en que yacen tus hijos sin pan,
mientras gasta y derrocha la cumbre
a su antojo... ¡el feliz holgazán!
Libertad es el grito...
Esos grandes, ¡oh pueblo!, esos bravos
que murieron cumpliendo el deber,
han legado a tus hijos esclavos
la bandera sagrada del bien.
Y han seguido sus fúlgidas huellas
en su trágica lucha sin fin,
a la luz de las altas estrellas
por todo un período, sin fin.
Libertad es el grito...
Versión libertaria del Himno Nacional de Chile. De autor desconocido, parodia la letra (original de Eusebio Lillo) cambiando un texto patriótico por versos reivindicativos de la emancipación obrera. La música fue compuesta por Ramón Carnicer.
"Víctima" y "verdugo" se escriben con "v", pero no son lo mismo
Un día que no fue como otro día
Lugares
comunes en los
prejuicios sobre el anarquismo