
SECCIONES
Ante la ley que regula las uniones entre homosexuales como matrimonio y las protestas en defensa de la familia que el Gobierno ha obtenido como respuesta, queremos manifestar:
1.- Que esta ley no significa ninguna meta para la liberación sexual. Es un avance en la igualdad, pero no nos engañemos: que el sistema burocrático permita burocratizar otro tipo de uniones afectivas sólo significa eso, que a algunos ya nos estará permitido también figurar como matrimonio en un archivo. Esta ley nos iguala, sí, pero nosotros no queremos que nos case ni el Estado ni la Iglesia, sino simplemente unirnos a quien queramos de mutuo acuerdo.
2.- Que si los detractores de esta ley explican que el matrimonio sólo es lo que es si es entre un hombre y una mujer, nosotros afirmamos que el término "matrimonio" así entendido proviene históricamente del rechazo de la Iglesia a las personas homosexuales. Lo mismo puede decirse del concepto de familia, fundada en el matrimonio. Algunos éramos apartados, y esto es lo que los pro-familia pretenden: que sigamos siendo excluidos.
3.- Que, al decirse que la manifestación del pasado 18 de junio no fue una protesta contra los homosexuales sino contra una medida legislativa concreta del Gobierno, lo único que se está haciendo es democratizar la homofobia. Detrás del rechazo al matrimonio homosexual sólo existe rechazo a los homosexuales y, por mucho que se maquillen y hagan declaraciones y hablen de la ley, de la Constitución y del derecho a tener un padre y una madre, aquí todos sabemos que para ellos ser gay o lesbiana es contranatura porque no encaja con la ley de Dios.
4.- Que detrás de quienes convocaron la manifestación y detrás de quienes la apoyaron y dieron difusión, detrás de la movilización de este sector de la población (que no es otra cosa que la derecha en todos sus grados) tan sólo hay homofobia.
Estamos por el amor libre y no regulado, por el derecho a tener una madre y otra madre o un padre y otro padre, porque la familia no importa.
Del próximo 5 al 8 de julio tendrá lugar en Gleneagles (Escocia)
la reunión anual de los 8 Estados económica y militarmente más
poderosos del mundo: Estados Unidos, Alemania, Japón, Gran Bretaña,
Francia, Italia, Canadá y Rusia. Y le adjudicamos el poder en esos
dos campos solamente, puesto que, si descontamos a Rusia, de reciente incorporación,
el resto no representa sino el 10 por 100 de la población mundial y
únicamente el 16 por 100 de la superficie del planeta. Sin embargo,
controlan cerca del 50 por 100 de la economía y el comercio global,
así como el 75 por 100 de la inversión mundial en armas y ejércitos.
Claro que, sólo EE UU, gasta la mitad de lo que gasta el mundo entero.
En un primer momento, los ministros de finanzas de Inglaterra, Estados Unidos,
Francia, Alemania y Japón comenzaron a reunirse a iniciativa del entonces
secretario del tesoro estadounidense George Shultz. Estas reuniones comenzaron
en marzo de 1973 y se realizaban en la biblioteca de la Casa Blanca, de ahí
que el grupo fuera llamado "The Library Group". Posteriormente,
durante la cumbre anual del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Banco
Mundial (BM), que tuvo lugar en Nairobi, el grupo de los cinco (G5) fue instaurado
formalmente. La cumbre de Rambouillet (Francia) llevada a cabo del 15 al 17
de noviembre de 1975, marcó la entrada de Italia al grupo y, posteriormente,
durante la cumbre de San Juan, Puerto Rico, en 1976, Canadá se unió,
formando el Grupo de los Siete (G7). La entrada del miembro más reciente
-Rusia- se hizo de manera paulatina. Ésta comenzó en la cumbre
de Nápoles de 1994 y, a partir de entonces, este país fue invitado
a cada cumbre que se llevó a cabo. Finalmente, Rusia se integró
de manera formal al Grupo de los Ocho (G8) en la cumbre de Birmingham en 1998.
A pesar de ser reuniones "informales", en las que no se hacen públicos
los debates ni las conclusiones, parece ser que uno de los temas que les preocupa
es el desarrollo económico del continente negro. Noticia nada tranquilizadora
para nuestros hermanos africanos, puesto que cuando estos criminales han manifestado
preocupaciones por la libertad, la democracia o la paz de alguna región
del globo, lo han resuelto rápidamente con cadenas y bombas, dedicándose
a continuación a la rapiña de los recursos económicos,
con especial predilección por la energía (carbón, gas,
petróleo
), o la ocupación de zonas geoestratégicamente
importantes.
Parece que tampoco se han privado de hacer público el interés
estadounidense de hablar de nuevo de la amenaza terrorista. Por supuesto de
la de los demás, porque esta gente es muy educada y nunca hablan de
sí mismos. En el último año la inversión mundial
en armamento fue de 956 mil millones de dólares, doce veces mayor de
lo que están destinando como ayuda al desarrollo. Aunque esa "ayuda
al desarrollo" es 3/4 partes de la que se ofrecía en los años
70. Eso sin contar que los fines a los que se destina esa "ayuda"
son más que dudosos (recomendamos fervientemente la película
"Estado de Sitio", de Costa Gavras).
Y en tanto que no tomemos conciencia de la necesidad de vivir en igualdad,
en paz y en libertad, mientras más de medio mundo se muere y gran parte
del otro es silenciado, asistiremos una vez tras otra a este tipo de representaciones
teatrales repletas de buenas palabras de estos criminales de entrañas
tan retorcidas como los grafismos que los representan: G8.
Los peligros de la extrema derecha
No es una paranoia la preocupación por el avance que está tomando
la extrema derecha en muchos de los países europeos. La elección
de un antiguo miembro de las juventudes hitlerianas como jefe del Vaticano,
el país más pequeño del mundo, pero también uno
de los más poderosos, ha sido el colofón.
En Francia, el partido de Jean-Marie Le Pen consiguió cinco millones
y medio de votos en las elecciones presidenciales de 2002. En el Reino Unido,
aunque mínima todavía, ya existe representación del Partido
Nacional Británico en algunos ayuntamientos. En Grecia, en las legislativas
de 2004, el voto para la extrema derecha fue del 2,2 por 100. En la Federación
Rusa, Vladimir Zhirinovski, que lidera el Partido Liberal Democrático
(de marcada tendencia fascista), consiguió en las legislativas de 2003
el 11,5 por 100 de los votos y 36 escaños en el Parlamento. En Holanda
cuentan también con la Lista Pim Fortuyn, liderada por Matt Herben,
que forma gobierno con democristianos y liberales. Y así podríamos
seguir con Rumanía, Austria, Suiza, Bélgica o Dinamarca donde,
como en la corte de Hamlet, huelen a podrido los 24 escaños de que
goza el partido que lidera Pia Kjaersgaard.
En Italia, Alianza Nacional, el partido liderado por Gianfranco Fini, fue
integrado en el profascista Movimiento Social Italiano, que consiguió
en 2001, 99 escaños parlamentarios y formó coalición
de gobierno consiguiendo para Fini la vicepresidencia, que cambió en
2004 por la cartera de Exteriores. También el partido fascista Liga
Norte (cuyo dirigente fue hasta el pasado año Umberto Bossi), ha tenido
responsabilidades de gobierno en las coaliciones lideradas por Berlusconi,
cuyo talante ultraderechista es proverbial.
Ahora el Vaticano, a cuyo frente estuvo casi 27 años un polaco, cuya
hazaña más importante fue impedir el uso del preservativo en
los países con mayor índice de casos de sida, apuesta por un
antiguo admirador de Hitler, Ratzinger. Esto no tendría ninguna importancia
si la Iglesia Católica se limitase a influir en el plano espiritual,
como quiere hacernos creer, pero el Papa de Roma es uno de los gobernantes
más influyentes del mundo. La Iglesia Católica no es ese remanso
de oración y caridad cristiana de que hablan los curas. Lidera una
élite mundial que impone por el temor supersticioso al castigo divino
y por la fuerza, cuando este falla, una sociedad de privilegios, desigualdades
e injusticias.
Si Juan Pablo II fue un conservador a ultranza incapaz de respetar los derechos
de los homosexuales, las mujeres y cualquier ser humano capaz de pensar libremente,
Benedicto XVI no le va a la zaga. Fue presidente de la Congregación
para la doctrina de la fe, heredera de la antigua Inquisición que,
si ya no usa los expeditivos métodos de convicción que la caracterizaban,
sigue siendo una organización altamente represiva.
Los últimos discursos pronunciados por el nuevo Papa han sido un ataque
a todo pensamiento racional, a cualquier conato de libertad, al más
pequeño atisbo de poner en duda las creencias que son la base de su
poder y bienestar, no precisamente espirituales.
Las personas que en Madrid lamentaban la retirada de las estatuas del genocida
Franco extendiendo el brazo y cantando el "Cara al Sol", los votantes
del Partido del Progreso en Noruega, de Corneliu Vadin en Rumanía o
del servio Tomislav Nikolic, son virus que pueden crear una espantosa plaga,
Ratzinger como jefe del Vaticano un anticuerpo que intentará impedir
cualquier vacuna exterior que procure introducir un cambio en el tejido social.
Sólo queda una esperanza, que la opresión que ejerza la iglesia
católica con su Papa a la cabeza sea tan grande y sus actuaciones tan
intransigentemente claras, que nadie pueda llamarse a engaño.
Es difícil, sin ser politóloga, analizar lo que está
sucediendo. Mirar la situación en que se encuentran los diferentes
países del mundo me permite ver el intrincado camino que debemos recorrer
hasta lograr esa sociedad que soñamos los anarquistas. No quedan muchas
oportunidades para el optimismo. Los políticos intentan distraernos
con todos los medios de que disponen para que no estropeemos sus planes En
el Imperio Romano se mantenía al pueblo en la ingnorancia con pan y
circo, Franco nos entretenía con fútbol y toros, actualmente
nuestro opio son las bodas y los nacimientos reales y la intromisión
en las vidas ajenas. Todo sirve para frivolizar los hechos preocupantes que
suceden a nuestro alrededor. Ratzinger, Benedicto XVI o como quiera que le
llamen es un eslabón más de la cadena que pretende atar a tanta
gente a la ignorancia y el fanatismo, pero es un eslabón muy fuerte
y nos va a resultar muy difícil limarle. La experiencia del pasado
reciente no debe ser olvidada ni minusvalorada. Millones de muertos que quedaron
entre las páginas de la Historia nos piden que abramos los ojos y permanezcamos
alerta. Que la extrema derecha avanza peligrosamente no es el cuento de Caperucita
y el Lobo
Ciudad Juárez es una población mexicana en la frontera con
EE UU. Podía ser conocida por sus sabrosas enchiladas, por sus bailes
o por sus trabajos de cestería. Pero desgraciadamente, Ciudad Juárez
se está haciendo famosa por la desaparición de sus mujeres,
algunas de ellas adolescentes. En los últimos diez años doscientas
treinta mujeres han sido raptadas, violadas torturadas y abandonados sus cadáveres
en ciénagas, vertederos o escombreras.
Las desaparecidas pertenecen siempre a familias con escasos recursos económicos
que no pueden pagar investigadores y abogados que se ocupen de descubrir a
los culpables y las autoridades se limitan a tapar tales atrocidades con su
silencio. Los asesinos siguen actuando porque sus crímenes quedan impunes.
En Sudáfrica cientos de jóvenes y niñas, incluso bebés,
están siendo violadas por hombres que portan los anticuerpos del sida.
Les mueve la supersticiosa creencia de que los contactos sexuales con mujeres
vírgenes pueden sanarles. Y, cuanto más joven es la víctima
elegida, más eficaz resultará el tratamiento.
En muchos países musulmanes las mujeres siguen siendo lapidadas ante
la simple sospecha de adulterio.
Y en España, donde mucha gente se llena la boca con los avances que
hemos conseguido, continúa muriendo una mujer a la semana a manos de
su compañero sentimental.
Somos conscientes de que todas estas noticias han aparecido con anterioridad
en los medios de comunicación, pero siguen repitiéndose y por
eso las reiteramos y las reiteraremos cuantas veces sea necesario. Nos siguen
causando el mismo dolor y la misma vergüenza aunque ya no escandalizan
a nadie.
Las gritamos porque la prensa tiene que ocuparse de John Bolton, el hombre
elegido por George W. Bush para ser embajador de EE UU ante la ONU, de los
tropiezos del Real Madrid, de las ganancias de la Caixa, que han sido de 380
millones de euros en el primer trimestre de este año...
El mundo está loco y nos llama locos y locas a los anarquistas.
La sociedad necesita un chivo expiatorio sobre el que volcar sus miserias
y ¿quién mejor que ese grupo de personas que no se quieren doblegar
ni con prebendas ni con amenazas?
Los ciegos de poder y de avaricia dicen que no vemos. Quienes convierten los
Parlamentos en patios de recreo con "tú más" y lanzan
insultos bien medidos para conseguir el aplauso de sus seguidores, pretenden
ignorarnos. Los hombres y mujeres que están deshaciendo este planeta
por intereses económicos, gritan a los cuatro vientos que la anarquía
no es posible.
Mientras tanto, las mujeres seguimos siendo ciudadanas de segunda regional
y los homosexuales un bonito florero que aparece en el BOE para dejar patente
que el gobierno es muy progresista. Ahora les permiten casarse, es decir,
someterse al control del Estado escribiendo en un libro el nombre de la persona
con quien desean dormir por las noches.
No es un triunfo el matrimonio gay o lésbico ni tampoco lo son ese
aparatito que detecta la presencia de la pareja acosadora a cien metros de
la acosada, o las firmas que nos piden por Internet para protestar contra
las violaciones en Sudáfrica, los asesinatos en México o las
lapidaciones.
Lo único eficaz es la concienciación social de los problemas,
que nuestra idea llegue a los más escondidos rincones, que quienes
somos tachados de utópicos e ilusos demostremos que los únicos
irracionales son ellos. ¿Hay mayor irracionalidad que sacar a pasear
estatuas o decir que una oblea de pan se convierte en el cuerpo de alguien?
Si buscar la libertad y la justicia es ser iluso, estamos orgullosos de serlo.
Si consideramos a todos los hombres y mujeres iguales sin distinción
de lengua, raza o etnia es una utopía ¡viva la utopía!
Si la violencia consiste en la agresividad de nuestra palabra y en negarnos
a la resignación o la sumisión, ¡quiero ser violenta!
¿Eran los dioses griegos anarquistas?
El autor de La República, defensor del gobierno de los filósofos,
en su época de juventud escribió un bellísimo diálogo
titulado Protágoras dedicado a este conocido sofista originario de
Abdera (en la costa tracia) cuyo pensamiento quedó ejemplificado en
la frase: "el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son
en cuanto son y de las que no son en cuanto no son".
Esta obra refleja, de algún modo, el respeto que Platón siente
hacia uno de los mejores sofistas que fue, a su vez, uno de los defensores
e ideólogos de la democracia ateniense. La famosa democracia participativa
ateniense que Platón tanto desprecia (según la clasificación
de La República es el penúltimo de los sistemas políticos,
sólo la tiranía es una forma de gobierno aún más
degenerada). Por eso, en este diálogo aparece claramente la posición
de Protagóras, el cual, da razones a Sócrates de por qué
los atenienses dejan hablar a cualquiera en las asambleas sobre cuestiones
políticas, el motivo no es otro que: los humanos participan todos por
igual de la virtud política ya que es un don divino.
Protagóras da una magnifica demostración de su elocuencia por
medio de un largo discurso que comienza con el mito de Prometeo y los orígenes
de la civilización, que le sirven como referente narrativo y explicativo
de su tesis: todos los hombres están dotados y deben participar de
la política.
Escuchemos su conversación:
Oímos como Sócrates afirma la sabiduría de los atenienses
ya que cuando la ciudad debe hacer algo, por ejemplo, una edificación
pública, se manda llamar a los constructores, arquitectos o profesionales
específicos como consejeros en la Asamblea. En cualquier otra materia
el procedimiento es el mismo, sólo el conocimiento de los profesionales
es aceptado, Platón llega incluso a afirmar que si los ricos o personas
de familia noble quisieran por su rango usurpar esta función, la Asamblea
no se lo permitiría sino que se burlarían de ellos y los abuchearían.
Pero, la conversación continua, cuando se trata de algo que atañe
al gobierno de la ciudad, entonces es diferente por que aconseja lo mismo
un carpintero que un herrero, un rico o que un pobre, el noble o el de oscuro
origen.
En este momento Protágoras interviene narrando el mito de Prometeo:
hubo una vez un tiempo en que existían los dioses pero no había
mortales, cuando llegó el tiempo destinado de su nacimiento los dioses
los forjaron dentro de la tierra con una mezcla de tierra y fuego. Se les
ordenó a Epimeteo y Prometeo que distribuyeran las capacidades, destrezas
y habilidades entre todos los seres mortales. Epimeteo se encargó del
reparto y Prometeo inspeccionó su labor. Así, Epimeteo comenzó
la distribución con equilibrio y mucha precaución para que ningún
animal fuera más poderoso que todos los demás y para que ninguna
especie fuera aniquilada, pero como no era del todo sabio no se dio cuenta
que había gastado las capacidades en los animales y quedaba sin dotar
la especie humana. Prometeo al darse cuenta y muy apurado decidió solucionar
y dar protección a los humanos con el famosísimo robo del fuego.
Los humanos eran seres muy débiles, que vivían aislados, cuando
se reunían acababan atacándose unos a otros, de nuevo se dispersaban,
lo que suponía terminar inexorablemente destruidos por los animales
por ser más fuertes y mejor dotados.
Zeus entonces temió que sucumbiera toda nuestra especie (asunto que
no deseaba en absoluto) y envío a Hermes que trajera a los hombres
el sentido moral y la justicia (poseer el arte de la política). Hermes
le preguntó a Zeus de qué modo daría este don a los hombres,
si debía repartirlos como están repartidos los demás
conocimientos, esto es: sólo entre algunos humanos. Por ejemplo, con
uno sólo que sepa de medicina vale para muchos, habrá salud
en una comunidad con unos pocos que dominen este saber, no necesitan este
conocimiento todos sino sólo algunos, una minoría. No es imprescindible
que todos dominemos todas las artes y conocimientos (arquitectura, biología,
fontanería...) la comunidad se reparte estas funciones y todos disfrutamos
de ellas.
El sabio Zeus respondió a Hermes: no se repartiría como los
demás conocimientos, sino dijo que a todos, que todos sean participes
del arte de la política pues no habría ciudades si sólo
algunos de ellos poseyera el sentido moral y de la justicia como de hecho
ocurre con los otros conocimientos. Esto es: una ciudad no se hará
justa por un buen gobernante, sino que en una comunidad sólo habrá
justicia cuando todos y cada uno de los ciudadanos participen en el arte de
la política, cuando el sentido de lo que debe hacerse sea repartido
y decidido entre todos. Además, continua diciendo Zeus, impón
una ley de mi parte: "que al incapaz de participar del honor y la justicia
lo eliminen como a una enfermedad de la ciudad. Que nadie deje de participar
en ella bajo pena de dejar de existir entre los humanos".
El trasfondo de este diálogo es si la virtud es o no enseñable,
desde luego, Protágoras cree que sí, y pretende enseñar
la ciencia política para hacer a los hombres mejores ciudadanos.
Élisée
Reclus: la pervivencia de la obra
de un sabio justo y rebelde
Veo surgir nuevamente ante mis ojos el amado perfil de los montes, vuelvo a entrar con el pensamiento en las umbrosas cañadas, y durante algunos instantes puedo disfrutar apaciblemente de la intimidad con la roca, el insecto y el tallo de hierba.
(E. Reclus: "La Montaña")
Entre la ingente producción bibliográfica anarquista hay autores
y obras que parecen soportar magníficamente el paso del tiempo. Un
buen ejemplo de ello es Jean Jacques Élisée Reclus, el geógrafo
y revolucionario francés fallecido hace este año un siglo en
Torhout (Bélgica). La monumental obra de Élisée ha sido
profusamente editada por los más diversos países del mundo y
continúa siendo leída y estudiada cien años después
de su fallecimiento. Y entre los personajes que se han confesado admiradores
de su obra están figuras de la talla de Jules Verne, Manuel González
Prada o Vicente Blasco Ibáñez.
Desde el final de la dictadura franquista han sido reeditados numerosos trabajos
suyos como "El Hombre y la Tierra" (Madrid: Doncel, 1975), "El
porvenir de nuestros hijos" (Madrid: Núñez, 1977), "Evolución
y revolución" (Madrid: Júcar, 1979) "Viaje a la Sierra
Nevada de Santa Marta" (Barcelona: Laertes, 1990), "La Montaña"
(Salamanca: Amarú, 1998), o "El Arroyo" (Valencia: Mediavaca,
2001), en una edición especial para el público infantil. Y su
obra ha sido estudiada en trabajos como la antología "Eliseo Reclús:
La geografía al servicio de la vida" (Barcelona: 7 ½ Editorial,
1980) o el libro "Eliseo Reclus, la geografía de un anarquista"
(Barcelona: Los Libros de La Frontera, 1983), de María Teresa Vicente
Mosquete.
Signo de la vitalidad y pervivencia de su obra es, sin ir más lejos,
la celebración en septiembre de este año 2005 del Coloquio Internacional
"Élisée Reclus y nuestras geografías. Textos y pretextos",
organizado por el Institut de Recherche en Géographie de la Université
Lyon-2. Este coloquio irá acompañado del Concurso de Jóvenes
Geógrafos titulado "A la manera de
"; un certamen en
el que se reta a las jóvenes generaciones de geógrafos a presentar
investigaciones en el área de los estudios geográficos que recuperen
aquel estilo científico, pero a la vez atractivo, que caracterizó
a la obra de Reclus.
Porque en su venturosa vida, la defensa del ideal anarquista y los estudios
geográficos se mezclaron a partes iguales, dando como resultado una
obra singular y heterodoxa, que alcanzó una enorme popularidad. A falta
de un ranking mundial de ventas de obras de "no ficción",
no es arriesgado pronosticar que los trabajos de Reclus estuvieron entre los
más leídos en todo el mundo en un siglo XX en el que apenas
llegó a vivir. En España, los trabajos de Reclus fueron profusamente
editados a comienzos del siglo XX y aún ahora es relativamente sencillo
encontrarse con alguna de sus obras en rastrillos y librerías de viejo.
Al contrario que en el caso de su colega, correligionario y amigo Piotr Kropotkin,
la obra de Reclus ha sido infinitamente más conocida en su vertiente
de geógrafo que en la de militante anarquista. Pero en la publicación
y difusión de la obra de Élisée Reclus (sobre todo en
España) ha tenido mucho que ver la ideología anarquista de su
autor; no en vano alguna de sus obras fue adoptada como libro de texto en
la Escuela Moderna, y entre sus editores están algunos tan significativos
como Maucci, F. Sempere y Cía, Vértice, Estudios o agrupaciones
libertarias como las Juventudes Libertarias de Cataluña, Ateneo Libertario
y Juventudes Libertarias de Cuatro Caminos (Madrid), etc. Resulta significativo
el caso del controvertido anarquista insurrecionalista Severino di Giovanni,
que utilizó el producto de alguno de sus atracos para emprender la
edición de "El Hombre y la Tierra" en Argentina; y no fue
en una de sus acciones como cayó en manos de la policía, sino
llevando unas pruebas de imprenta del libro de Reclus
Hay autores que incluso se sorprenden de la notoriedad de Reclus como pensador
anarquista, cuando su obra teórica libertaria es muy reducida: en castellano
sólo tenemos conocimiento de la publicación de varias ediciones
de "Evolución y Revolución", "El porvenir de
nuestros hijos" y los folletos "A mi hermano el campesino",
"El ideal y la juventud" y "La anarquía". La única
explicación posible es que su influencia como pensador libertario proviene
de la enorme difusión de su obra como geógrafo, lo que le convierte
en un caso único en la historia del anarquismo.
Quizá sea útil para explicar la popularidad de la obra Reclus
el dar un repaso a su biografía y a la vez intentar comprender la influencia
que su trayectoria vital tuvo en la formación de sus ideas. Élisée
Reclus nació el 15 de marzo de 1830 en la localidad francesa de Saint-Foy-La-Grande
(Dordoña), en el seno de una familia profundamente religiosa. Su padre
era pastor protestante y Élisée fue el segundo de los catorce
hijos que tuvo.
Reclus recibió una magnífica formación intelectual en
Alemania y hacia 1847 regresó a Francia con la intención de
seguir sus estudios en la Facultad de Teología de Montauban, pero fue
sorprendido por la revolución de 1848, y comenzó a dirigir sus
preocupaciones hacia las doctrinas socialistas. Después de recorrer
la Francia mediterránea, mezclado en agitaciones de signo socialista,
su padre intentó que volviera a los estudios de teología en
Berlín. Fue allí donde se operó una transformación
decisiva en el joven Reclus: abandonó definitivamente los estudios
religiosos a la vez que comenzaba a asistir a las clases de geografía
de Karl Ritter.
Aunque cierto poso religioso nunca le abandonó (según Bakunin,
Reclus era el vivo ejemplo de "cómo se podía ser profundamente
religioso siendo, a la vez, ateo"), Reclus enfocó su vida hacia
la geografía. Durante una breve estancia en Francia, en el verano de
1851, Élisée y su hermano Élie vivieron el golpe de Estado
de Luis Bonaparte. Como consecuencia de su participación en la resistencia
republicana, los hermanos Reclus tuvieron que exiliarse, a Londres primero
y a Irlanda después. Y fue así como sus dos pasiones, geografía
y socialismo quedaron indisolublemente unidas. En Reclus el amor a la naturaleza,
y a las personas, se manifiesta como una misma cosa; por ello una de sus grandes
obras posteriores se titularía precisamente "El hombre y la tierra".
Después de Irlanda, su destino fue Estados Unidos. Allí descubrió
la esclavitud y se indignó por el régimen a que se sometía
a las personas de color; luego viajó a Colombia, donde participó
en proyectos agrícolas de escaso rendimiento económico, hasta
que una amnistía permitió su regreso a Francia, a la altura
de 1857. Fue en esta nueva época de su vida cuando Reclus conoció
a Karl Marx (1862) y Mijaíl Bakunin (1865), tomando partido por el
anarquismo de este último. Su hermano Élie abrazó también
las ideas anarquistas y en 1868 viajó por España y tomó
contacto con los primeros núcleos internacionalistas, coincidiendo
en su viaje con la misión fundacional de Giuseppe Fanelli.
Hacia 1870 Reclus era ya un respetado geógrafo, y había publicado
dos de sus más famosas obras, inspiradas en sus viajes de años
anteriores: "Historia de un arroyo" e "Historia de una montaña".
Pero también era un militante libertario que participaba activamente
en la Comuna de París, siendo por ello encarcelado en 1871. La presión
de la comunidad científica internacional (entre algunos de los personajes
que pidió su libertad estaba Charles Darwin), hizo que la pena de prisión
fuera conmutada por la de destierro, y fue así como Reclus partió
para Suiza a comienzos de 1872. Una vez allí ingresó en la recién
formada Federación Jurasiana, en la que militó junto a Bakunin
y James Guillaume.
Su vida en Suiza transcurrió en una relativa estabilidad, pues Reclus,
embarcado en el proyecto de una "Nueva Geografía Universal"
de 19 tomos, trabaja incansablemente y viaja por todo el mundo completando
sus observaciones entre 1873 y 1893. Fue en esta etapa de su vida cuando Reclus
trabó conocimiento y amistad con el geógrafo y anarquista ruso
Piotr Kropotkin, que colaboró con Reclus escribiendo la parte rusa
de aquel tratado geográfico.
El tramo final de su vida transcurrió en Bélgica, donde colaboró
en la fundación de la Universidad Libre y escribió la más
conocida de sus obras, "El Hombre y la Tierra"; en Bruselas impartió
clases de geografía hasta su muerte, el 4 de julio de 1905, a los 75
años.
Los años que siguieron a su muerte no significaron el ocaso de su
obra, sino que fueron, por el contrario, de renacimiento y difusión
masiva de la misma. Veamos el caso de España: solo un año después
del fallecimiento de Reclus, Francisco Ferrer Guardia publicaba en Barcelona
a través de las Publicaciones de la Escuela Moderna el primero de los
seis tomos de "El hombre y la tierra", traducido por Anselmo Lorenzo;
la obra se ponía también al alcance de las clases populares
mediante una edición en fascículos. Y al mismo tiempo, Vicente
Blasco Ibáñez emprendía la publicación en Valencia
de su "Novísima Geografía Universal", traducida y
prologada por el propio escritor valenciano.
Tanto "El hombre y la tierra" y la "Novísima Geografía
Universal", como las posteriores ediciones de "El arroyo",
"La montaña", "Las fuerzas subterráneas",
"La atmósfera", "Mis exploraciones en América",
"Nieves, ríos y lagos" o "Nuestro planeta" en la
valenciana editorial Estudios (con artísticas cubiertas de Monleón),
poblaron los anaqueles de las bibliotecas de centros obreros, sindicatos y
ateneos de todo signo. Se puede afirmar que eran muy escasas las bibliotecas
progresistas que no tenían alguna obra de Reclus.
La obra de Reclus pervivió incluso después del golpe militar
de 1936 y durante los años del franquismo. La aparente inocencia de
la mayor parte de sus títulos permitió que sus obras se salvaran
de la quema y que algunas corrieran de mano en mano entre la vieja y la nueva
disidencia. Y así ha llegado a nuestros días la obra de este
sabio justo y rebelde (como le denominó Max Nettlau en el título
de su biografía); a partir de los años 70 fueron apareciendo
los viejos volúmenes escondidos en los desvanes, disimulados en algunas
bibliotecas públicas o reencarnados en nuevas reediciones.
Y también ahora se han renovado los lectores, llegados desde el ámbito
de los estudios geográficos o desde el anarquismo, interesados en unos
trabajos que no perdían actualidad. No sólo eso, sino que a
medida que iban pasando los años, su obra se iba revelando cada vez
más como precursora del pensamiento ecologista y uno de sus libros,
"La montaña", se convertía en libro de cabecera de
montañeros y grupos excursionistas.
Entre los muchos ejemplares de las obras de Reclus que han pasado por mis
manos, tengo especial debilidad por aquél que se conserva en la Biblioteca
del Ateneu Libertário Ricardo Mella de Coruña. Es el primer
tomo de la "Novísima Geografía Universal" de Onésime
y Élisée Reclus, enriquecido con anotaciones manuscritas de
un religioso vigués de los años de posguerra; el celoso comentarista
advertía a los lectores que no se dejasen engatusar por el contenido
aparentemente inofensivo de la obra, ya que tanto su autor como su prologuista
y traductor (Vicente Blasco Ibáñez), eran masones, ateos, hugonotes
y no sé cuántas barbaridades más. En cierto modo, el
"censor" tenía razón, ya que la obra de los Reclus
estimula a los lectores y transmite valores que trascienden a su valioso contenido
científico. Es por ello, precisamente, por lo que admiramos a su autor
y le homenajeamos con este modesto trabajo
Creo que fue Buñuel quien dijo que el arte era la utilización
de la mentira para desvelar una verdad oculta. La diferencia entre arte y
falacia estriba en que el artista nos hace cómplices de su creación
para llevarnos allí donde lo establecido como cierto se desvanece.
El embaucador quiere que los artificios que construye sustituyan a la realidad,
quiere encerrarnos en una caverna donde sólo percibamos las sombras
que él proyecte.
El poeta que habla de la 'soledad sonora' o de la 'música callada'
no nos engaña, nos muestra una realidad más compleja. Cuando
el falsario nos engatusa con la 'música militar' quiere llevarnos a
la guerra. La 'música militar' es una antinomia, o es música
o es militar. El mendaz quiere que su embuste lo tomemos al pie de la letra
con intención de manipular nuestra conciencia.
La 'tiranía del relativismo' es otra antinomia. Lo relativo carece
de capacidad coactiva, no se puede imponer a nadie. Descubrir una antinomia
es poner en evidencia el infundio, analizarla es revelar las intenciones del
impostor.
Precisamente ahora que estamos en el año del Quijote deberíamos
celebrar la relatividad: La realidad se manifiesta de forma diferente en función
del estado del observador. Antes que Einstein encontrara la demostración
matemática, Cervantes nos la mostró. Quien transita por ella
sabe lo fecunda que es. Algo tan inexorable como el tiempo transcurre de forma
diferente en función del estado del observador, hasta el punto de que
un observador que pudiera alcanzar la velocidad de la luz, viajaría
en el tiempo. Don Quijote abraza un ideal que convierte en fundamento de su
existencia, y entonces toda la realidad se le aparece transformada en consonancia
con ese ideal. Cuanto más empeño pone en perseguir ese ideal,
más difícil se le vuelve la vida. El fundamentalismo es la locura
que consiste en dar validez universal a una ilusión particular.
Cuando alguien se encastilla en el fundamentalismo, lo relativo se le aparece
como el enemigo que le sumerge en la confusión. La tiranía siempre
se construye desde un fundamentalismo. La tiranía es la locura de un
fundamentalista que ha tenido éxito en la tarea de imponer su particular
visión a una sociedad. Quien habla de la 'tiranía del relativismo',
ha construido la antinomia perfecta, porque ha hecho el diagnóstico
exacto de la causa que acabará con las tiranías. El conocimiento
de lo relativo es la negación de todos los fundamentalismos, la imposibilidad
de la tiranía.
Cuentan que Siddharta salió de viaje, encontró un caminante
que le habló que venía del lugar más justo del mundo,
aquél que tenía leyes tan perfectas que cuando un hijo comete
un delito, el padre le denuncia. Cuando es el padre el que comete el delito,
su hijo es el denunciante. Siddharta le contestó que él también
podía imaginar el lugar más justo, en el que cuando un hijo
es perseguido por la justicia el padre le protege, y cuando es el padre el
perseguido, el hijo le encubre.
El relativismo no es como lo presentan los fundamentalistas: Que todo es igual,
que lo mismo da blanco que negro, malo que bueno. El relativismo es darse
cuenta del complejo entramado de vínculos de interdependencia, de cómo
la alteración de un fenómeno produce una modificación
en el resto a los que está vinculado. Desde un fundamentalismo siempre
se podrá optar entre la justicia de Siddharta o la del viajero. Desde
el relativismo no. En la educación de los niños podemos utilizar
el método de Siddharta. Cuando el niño tropieza y cae se le
abraza y justifica, se echa la culpa al mueble con el que ha tropezado. Utilizando
el método del viajero, cuando el niño cae se le reprende por
no tener cuidado. En estos sistemas no se tiene en cuenta la personalidad
del niño. Si estamos ante un niño con carácter fuerte,
extrovertido, una educación a lo Siddharta le hará un egoísta
irresponsable. Si el niño es tímido, esa misma educación
fortalecerá su autoestima, le hará seguro, confiado y solidario.
Por el contrario, la educación del viajero hará de un niño
extrovertido un adulto serio, disciplinado y de un niño tímido
hará un adulto inseguro, atormentado. Pero esto es sólo el primer
estadio de complejidad, ningún niño recibe un solo tipo de educación,
la madre puede comportarse como Siddharta, o como el viajero, y el padre también
tiene las mismas opciones. Ni siquiera un mismo progenitor se comporta siempre
con su hijo como Siddharta o como el viajero. Desde el relativismo se multiplican
exponencialmente las opciones y aparece lo real transfigurado con el manto
de la complejidad. Ojalá fuera todo tan sencillo como lo ven los fundamentalistas,
que la misma receta sirviera en cualquier situación.
Desde el fundamentalismo de cualquier cosa se puede predicar algo y su contrario
y ser los dos enunciados ciertos. Desde el relativismo de cualquier cosa se
puede predicar algo y su contrario y ser los dos enunciados falsos. Esto explica
el permanente estado de guerra de la humanidad. Siempre que surge un fundamentalismo
que afirma un dogma, aparece otro con un principio que lo contradice, como
ambas posturas son irreconciliables, el conflicto se soluciona con la liquidación
del contrario. No debemos olvidar la fuerza que tiene el fundamentalismo.
Precisamente porque la realidad es relativa, para un fundamentalista la realidad
se le aparece siempre significativa en función del ideal al que se
ha consagrado. Por eso el idealista se ve compelido al proselitismo, a imponer
a los demás su visión. Cuanto a más vence, más
se convence de su razón, iniciándose un círculo vicioso
que concluye con la implantación de la tiranía.
Todo cambia, nada permanece, las verdades de hoy se convierten en los errores
de mañana, nadie se puede bañar dos veces en el mismo río,
la vida es del color del cristal con que se mira, cualquier afirmación
contiene proporciones mudables de cierto y de falso. Por eso el relativismo
nos obliga a un ejercicio continuo de la conciencia, a no dar nunca nada por
supuesto, a cambiar continuamente el punto de vista. El relativismo va más
allá de la mera ilustración, ya que no basta con el uso de la
razón para conocer la complejidad de las relaciones que nos vinculan
con la realidad, hay que utilizar también los sentidos y las emociones.
Y es así, en ese ejercicio de agudización permanente, como la
realidad se nos aparece con colores más vívidos, la vida adquiere
sentido y se encuentra el sosiego necesario para gozar en plenitud.
El relativismo también va más allá de una cómoda
actitud contemplativa, el relativismo es acción en estado puro. Cuando
el observador comprende que la realidad se le aparece de forma distinta en
función del punto de vista que adopta, comprende su importancia como
sujeto activo, la necesidad que tiene de moverse, cambiar, transformarse.
No es sólo que la realidad se le aparezca de forma distinta, es que
al cambiar él, la realidad se transforma, porque cambian los vínculos
que le relacionan con otros sujetos. Este saber de la interdependencia produce
una alteración del estado de conciencia, por la cual el sujeto llega
a identificarse, a comulgar con la realidad. El sujeto puede llegar a adoptar
el punto de vista de otro observador, y empatizar con su estado de ánimo,
de conciencia, así comparten una vivencia común que les enlaza
íntimamente. A esto, cuando se dirige a un sujeto concreto, se le suele
llamar amor. Amor a una persona, a un animal, a un paisaje. La razón
de existir es dirigir activa, voluntariamente, ese procedimiento cognitivo
hacia toda la realidad. Romper con los límites de una conciencia arrojada
en el cuerpo, reconocerse en el Todo, conocerse como el Todo. Romper con la
disociación entre Yo y Realidad.
Aquí el arte abre camino, y nos sirve de ejemplo. El arte abstracto
cuenta con la transformación del observador. No pretende describirnos
una realidad concreta, pretende que cambiemos nuestra forma de mirar, y entonces
el cuadro se nos aparece significativo. En la medida en que modulamos nuestra
visión, el cuadro nos sonríe de forma diferente, nos abarca
e integra.
No debiéramos extrañarnos de la lucha del totalitarismo contra
el arte. El arte es el medio que mejor muestra lo relativo. Cualquier expresión
de relativismo es arte/vida. El dogmatismo soviético persiguió
toda manifestación de relativismo en el arte, así que el arte
soviético quedó reducido a un burdo realismo que no mostraba
más que la falsificación de la realidad. Ese empeño soviético
es simétrico al afán nazi de destrucción del arte. Lo
que ratifica nuestro postulado, que la descalificación del arte abstracto
por el comunismo soviético y por el nazismo, siendo distintas, eran
ambas falsas. La libertad consiste en impedir que nos obliguen a elegir entre
los fundamentalismos que se nos ofrecen en el bazar de las ilusiones.
Por eso cuando el nuevo papa Benedicto dice que el objetivo de su pontificado
es acabar con la tiranía del relativismo no puedo evitar que un escalofrío
me deje la frente perlada de sudor.
Nota: La mención a Siddharta la realizo a título de ejemplo. Es posible que Siddharta fuera un relativista, o no.
Sí, la Iglesia no ha podido faltar a lo que constituye la esencia
de su existencia: el dinero y el poder. Al constituirse el gobierno que en
la actualidad hay en España, tenía dos caminos: callar y aceptar,
cosa que nunca ha hecho, o estar siempre a la greña respecto a una
serie de factores. Habiendo constatado que algunas cosicas no van como ellos
consideran que deben ir, los demás no contamos para nada y han echado
las campanas al vuelo. Sus eminencias no están contentos. Obedeciendo
al funesto y reaccionario concepto que de siempre los constituyera, han creído
poder intervenir en defensa de los intereses de un colectivo parasaitario,
reaccionario y depredador.
No podía quedar indiferente la Iglesia ante un poder que no fuera el
suyo o el de sus amiguitos, para poder disfrutar plenamente de todas las prebendas
que les aporta la miseria de nuestra economía. Esta nefasta conducta
no viene de ayer. Cuando más misería hemos sufrido en España,
más ha querido la Iglesia para sí. Ha sido, es y será
así mientras exista. Nunca se encontrará satisfecha por mucho
que reciba: sus conceptos sobre dominación y apropiación universal
han salido de sus entrañas desde los primeros días de su creación,
haciéndola creerse dueña absoluta de lo habido y lo por haber.
Dueña absoluta de todo, como lo anunciaban los profetas antes de su
nacimiento. Como han hecho después los denominados "comunistas",
que tan excelentes discípulos suyos fueron, diciendo: "Todo el
poder para el Partido, porque el Partido nunca se equivoca". Como la
Iglesia, nunca aceptaron otro poder que el suyo propio. De tal palo, tal astilla,
y entre el palo y la astilla hemos tenido que soportar durante veinte siglos
las dramáticas consecuencias con los primeros, y un siglo con los otros
que, afortunadamente, ya han desaparecido como "representantes del proletariado".
Pero la Iglesia, el palo que tan malas astillas diera siempre, tiene las raíces
más profundas y ha demostrado muchas veces -no siempre, como ocurre
ahora- ser más cuca, aunque no por ello menos perversa. Las astillas
desprendidas de ella han desaparecido por falta de sustancia moral y humana,
y ella va dejando algunos de sus viejos y arcaicos vestigios, impuestos por
la propia evolución de la especie. Nuestra muy "santa" Iglesia
no se muestra satisfecha con el rumbo que va tomando una parte de la juventud,
que ya no visita tanto las iglesias, que no obedece ciegamente las órdenes
draconianas de otras épocas. Sí, la Iglesia es menos visitada
y las vocaciones menores. Es lógico, todo eso no puede tener aceptación
en las mentes jóvenes del tercer milenio, por muchos "milagros"
que sus santidades quieran hacer. La Iglesia lo sabe, y hace lo posible para
evitar que los pasos sean demasiado rápidos; pero también sabe
que no los podrá frenar. Que el proceso evolutivo de la especie no
se puede detener, y esa es la rabieta que permanentemente sostienen contra
todo lo que les parece peligroso. La Iglesia no está contenta, como
nunca lo estuvo cuando no conseguía lo que deseaba. Está para
ordenar y recibir, pero no para dar. El cuento que llevan explotando tanto
tiempo no puede concordar con los tiempos que vivimos, y por eso la vieja
zorra trata de no perder mucho en poco tiempo, planteándonos todo tipo
de dificultades antes de ceder a lo imposible de mantener.
La conducta manifestada por la Iglesia era de esperar. No puede aceptar que
los demás no la sigamos. Ya sabíamos, por desgracia desde hace
muchos años, que al perder a sus amiguitos del poder, intentaría
lo de siempre: una feroz oposición a todos los adelantos morales y
humanos. Para ella, siempre imbuida de ese "derecho" de dominación
universal del que se cree poseída, los gobiernos tienen siempre que
pedir permiso antes de pensar en hacer el más pequeño gesto.
Sin su autorización no debemos mover un dedo. Ella, y sólo ella,
tiene la potestad que a los demás nos niega.
Zapatero va a tener no pocas dificultades con esta gente, como siempre las
han tenido todos los que no se han plegado a sus órdenes. La Iglesia
no acepta a quien se le oponga. Quiere sumisión, como deben portarse
los humanos ante lo que representa la divinidad. La conciencia, la personalidad
y la propia dignidad de los otros son cosas carentes de valor para ella, como
en los tiempos primitivos a los que quisieran regresar, en los que la palabra
"dios" exigía obediencia inmediata. Lo "divino"
antes que lo humano. La Iglesia antes y por encima de toda representacion
nacional, fuese la que fuese.
Las cosas tienen que permanece como Dios manda, pues según dicen los
profetas de turno, fue Dios quien dejó hechas las cosas para los tiempos
infinitos y, en consecuencia, inmutables, inmóviles, como la funeraria.
El pasado tan lejano y que tanto placer les daba, no ha cambiado; el "cree
y no pienses" está cada día más presente en sus
mentes maquiavélicas. Enemigos del pensamiento, de la libertad y de
la ciencia, han considerado siempre que con la sola creencia dictada por ellos
tenemos más que suficiente. Esta realidad me trae a la mente mi ya
lejana infancia y lo poquito que pudimos ir a la escuela porque la miseria
nos obligaba a trabajar en las minas cuando apenas sabíamos andar;
al terminar la clase de mediodía, antes de ir a jugar como desean los
niños, y antes de ir a casa, debíamos pasar por la iglesia sin
saber el porqué. Apenas sabíamos leer ni escribir, pero teníamos
que saber rezar las monsergas de todos los días. Lo que de siempre
deseaba la Iglesia, sigue deseándolo hoy y no lo dejará nunca:
la posibilidad de dominar, moldear y domesticar las mentes infantiles. Observemos
lo que defiende en todas partes: la posesión de la escuela.
La mente infantil, inocente, se domina y moldea con suma facilidad, y donde
algo hay, algo quedará. El sentido jesuítico que de siempre
ha acompañado a la Iglesia le aporta convicción. No han sido
pocos los que han deseado no saber nada. El saber que debemos poseer en la
medida de nuestras escasas posibilidades, ha sido siempre la pesadilla de
esa gente. De ahí su odio al saber, a la ciencia que demuestra las
falacias que ellos representan. Esa ciencia que ellos intentan desacreditar,
si no destruir, aunque hayan tenido que soportar sus verdades que no han podido
desmentir.
La Iglesia está "triste", sumamente apenada porque sus cachorros
no están en el poder y tiene miedo de no poder seguir sangrándonos.
Pero no está sola: tiene sus discípulos, y pronto oiremos los
gruñidos del PP en defensa de los "sagrados" intereses de
la santa Iglesia, esa Iglesia de los "pobres" que es la colectividad
más millonaria de la tierra.
Ahora podemos estar tranquilos y satisfechos: ya tenemos nuevo Papa. Espero
que lo sepáis, porque son tan sencillos y discretos y hacen las cosas
con tanta modestia para que nadie lo sepa
Al mismo tiempo que sucede
este hecho tan trascendental para los humanos, Zapatero ha tenido la mala
idea del llevar al Parlamento la ley del matrimonio entre homosexuales. Eso
no está permitido, no se ha pedido permiso al Vaticano. Debido a esta
indelicadeza, nos sale un cínico de esos que llaman "cardenales",
que no ha tenido otra intuición mejor que decir a los alcaldes del
PP que se nieguen a celebrar esos matrimonios, que se nieguen a obedecer las
leyes de su país porque su misión es obedecer las leyes de Dios,
al que jamás han visto ni verán.
He aquí que la voz de su amo ya ha tenido repercusión en nuestro
país. Ya hemos podido constatar que algunos alcaldes del PP, como buenos
frailes, han hecho saber que se niegan a casar a quienes no son "gratos"
a la Santa Sede. Sería indispensable que Rajoy nos dijera al servicio
de quién están y, si algún día llegara a legislar,
debería informarnos de si antes someterá al Vaticano las leyes
que vaya a presentar al país, una vez sancionadas por su "santidad".
Rajoy tiene el deber de hacernos saber lo qué piensa hacer, para que
sepamos a qué atenernos y conozcamos sus disposiciones futuras. Hable,
señor Rajoy, que necesitamos saber lo que piensa y cómo va a
llevar a término un pensamiento que se encuentra hipotecado antes de
que se haya iniciado su gestación. Hable, pero hable usted, no deje
que lo haga Acebes, porque de hacerlo, no llegará usted al puesto que
tanto desea ¿de acuerdo?
Futuros reconocibles, utopías y distopías en el cine
En cartelera debe estar aún "Código 66", la última
película del prolífico y heterodoxo realizador británico
Michael Winterbottom. Se trata de una curiosa producción ambientada
en un futuro, presumiblemente cercano, y que, aunque puede que sólo
satisfaga por completo a los aficionados al género, resulta una interesante
historia que adopta una posición crítica sobre temas que no
resultan tan lejanos -ni tan futuribles- como son: el sutil y progresivo control
estatal -o por parte de grandes compañías especializadas en
bio-genética- de la ciudadanía, incluso mediante una punición
tan sutilmente aberrante como es la extirpación de la memoria; el cierre
de fronteras a la inmigración -la protagonista es una falsificadora
de "seguros" para poder viajar a otros lugares-; las intolerables
desigualdades, con multitud de seres humanos condenados a vivir en un, literal,
desierto, tratando de acceder a la sociedad del bienestar. Todo ello envuelto
en una curiosa historia de amor que el sistema ha decidido imposible por lo
que, finalmente, el abismo entre clases resultará prácticamente
imposible de franquear; este aspecto de la historia, subjetivizado en sus
dos protagonistas, merece otro tipo de análisis no menos interesante.
Algunos elementos de la película -que, según creo, no tiene
ninguna base literaria pero parece ecléctica en su inspiración-
harían las delicias de uno de los más grandes escritores de
ciencia ficción como es Philiph K. Dick; sus obsesiones personales,
repetidas en la mayor parte de sus novelas, parecen homenajeadas en "Código
96" al reflexionar sobre la verdadera identidad del ser humano, manipulado
por elementos ajenos a él como son la tecnología, puesta al
servicio de sistemas de control, o la drogas, perfeccionadas para sustituir
a las emociones humanas, con la consecuente fabricación de realidades
virtuales.
El interesante universo de K. Dick encontró su mejor adaptación
cinematográfica en "Blade Runner" (Ridley Scott, 1982), historia
donde unos seres, creados por la tecnología humana para servir de esclavos,
se rebelan contra la mano opresora del hombre -o, concretando, contra el despótico
"creador"- y son policialmente perseguidos durante toda la película
por la autoritaria maquinaria estatal, de cuyo engranaje han decidido no formar
parte en un proceso progresivo de humanización y autoconciencia. Los
autores de la adaptación fueron incluso más allá de la
novela original e insinuaron que el policía protagonista -cuya feroz
labor represiva es admitida por su propia voz en off al comienzo, eliminada
en un montaje posterior- podía ser, igualmente, un "replicante"
-término con el que se conoce a los seres creados gracias a los avances
en bio-genética-.
Otras costosas producciones de Hollywood, inspiradas en relatos de K. Dick,
han tenido desiguales resultados como "Desafío total" (Total
Recall, Paul Verhoeven, 1990), donde la manipulación de la memoria
hace que el protagonista pase de héroe a villano en un interesante
juego de identidades que escapa al maniqueísmo habitual de estas producciones,
o "Minority report" (Steven Spielberg, 2002) que, sobre una premisa
argumental interesantísima como es una sociedad futura donde se juzga
a las personas antes de que cometan los delitos -acciones preventivas podrían
llamarse para buscar la identificación con la bélica realidad
de nuestros Estados-, el director patina lamentablemente en un, habitual en
su filmografía, moralizante y falso final feliz que puede resultar,
quizá, tranquilizador para las conciencias norteamericanas más
pueriles que confían, finalmente y a pesar de todo, en el sistema por
muchos errores que cometa. El mencionado Paul Verhoeven dirigió también
en 1997 "Las brigadas del espacio" (Starship troopers), curiosa
e infravalorada película que, traicionando con fortuna el clásico
de la literatura de ciencia-ficción en que se inspira, resulta una
perfecta sátira anti-militarista; no fue entendida por muchos que acusaron
a Verhoeven de reaccionario y ultraviolento cuando resultan diáfanas
las intenciones de situar a unos jóvenes protagonistas en una sociedad,
de clara inspiración fascista, que adoctrina para unos valores jerarquizadores
y beligerantes. Del mismo realizador es "Robocop" (1987), otra violenta
producción que muestra un futuro cercano donde el crimen se ha disparado
-es curiosa la crítica implícita que se muestra, en la mayor
parte de estas producciones, a un sistema económico tremendamente desigualitario
que no depara nada bueno- por lo que las técnicas policiales buscan
perfección y, al mismo tiempo, rentabilidad al caer en manos privadas;
es interesante tanto la denuncia de la perversión de la tecnología
para un uso paliativo de aquellos males que provoca el mismo sistema, como
la mirada crítica hacia la acaparación del poder en grandes
corporaciones. Tanto en esta película como en "Mad max" (George
Miller, 1978), mirada pesimista hacia la civilización humana con la
situación de su trama en un escenario desértico post-apocalíptico,
y a pesar del envoltorio violento y efectista, se equiparan las actitudes
policiales y criminales en una interdependencia -la represión genera
violencia- que parece suponer, finalmente, más de lo mismo para la
raza humana. Uno de los grandes éxitos de los últimos años,
ya en plena era digital, lo constituye "Matrix" (hermanos Wachowski,
1999); otra visión negra del devenir de la conducta humana al haber
sido devastados los recursos naturales; la película juega con reflexiones
filosóficas tremendamente interesantes centradas en unos protagonistas
que renuncian a una cómoda vida virtual -planificada por una inteligencia
artificial que utiliza a los seres humanos como fuente de energía-
demandando libertad y, consecuentemente, una vida real -una línea de
diálogo dice: "cuando vayas al trabajo o la iglesia, desconocerás
que es porque Matrix así lo ha decidido"-.
Pero dejemos a un lado estas producciones recientes que, aunque con elementos
sociológicos y políticos tremendamente interesantes, finalmente
se sumergen en un mercado que termina por fagocitar todo elemento cultural
y envolverlo de una industria del entretenimiento cada vez más banalizada.
Algunos imprescindibles clásicos
Ya en el cine mudo se creó una anti-utopía como "Metrópolis"
(Fritz Lang, 1926), considerada hoy una obra maestra, en la que se muestra
la pesadilla de un futuro dominado por las máquinas y en el que la
clase trabajadora ha sido aún más esclavizada. Se trata de un
claro precedente de "El mundo feliz" escrito por Aldoux Huxley en
1931, el cual no ha tenido ninguna adaptación fílmica de enjundia
-recuerdo una serie televisiva a comienzos de los ochenta que me impactó
aunque era yo un chaval- pero resulta una obra de referencia y su influencia
es clara en multitud de relatos literarios o cinematográficos que reflejan
los temores de una sociedad futura hipertecnificada donde no hay cabida para
el libre albedrío. Curiosamente, años después de ser
escrita, Huxley escribió un prólogo donde se mostraba más
optimista y querría haber mostrado la posibilidad para la humanidad
de construir una sociedad cooperativa, de economía descentralizada
-al modo kropotkiniano- y donde la ciencia y tecnología tuvieran un
fin humanista y no acabaran convirtiendo en esclavo al ser humano. Es curioso,
como Huxley, y más tarde Orwell, tuvieron una mentalidad claramente
progresista y, a pesar de ello o puede que por ello, mostraran su temor a
la perversión de la tecnología y el socialismo -la Unión
Soviética era ya una triste realidad- con la construcción ficticia
de utopías pesimistas que eran el resultado del tiempo que les tocó
vivir con sus grandes sistemas totalitarios.
George Orwell, que simpatizó con el anarquismo al combatir en España,
a pesar de considerarse socialista pero sin dejar a un lado su amor por la
libertad, escribió su "1984" en 1948. Existen dos adaptaciones
al cine: una de 1956, dirigida por Michael Anderson, de escaso presupuesto
y ambiciones, y otra de 1984, preparada para ser estrenada el año en
que el escritor situó su ficción con unas claras intenciones
de denuncia no demasiado alejadas en el tiempo -"Un mundo feliz"
transcurría seis siglos en el futuro-. "1984" puede que resulte
la más realista de las utopías pesimistas jamás creadas,
muy bien comprendido en la película de Radford con una estética
nada futurista sino, muy al contrario, más propia de los años
en que fue gestada la novela. Los temores de Orwell pueden parecer exagerados
pero su crítica va más allá del totalitarismo y muestra
cómo el poder se alimenta de sí mismo, anula al individuo negándole
-o transformando- la información y muestra una sociedad constantemente
amenazada -algo que nos resultará reconocible en la actualidad- donde
difícilmente tienen cabida la libertad de expresión o, incluso,
de pensamiento -así se llama un cuerpo policial del Estado-. Muy deudora
de la obra de Orwell es "Brazil" (Terry Gilliam, 1985), aunque con
una estética muy diferente e intenciones algo satíricas, muestra
una sociedad perfectamente ordenada gracias a la permanente presencia del
Estado -una estructura de vigilancia más sutil que en la pesadilla
orwelliana, similar a la establecida por el filósofo Foucault, que
garantiza la pasividad y el control del individuo- con un peculiar combatiente
anti-sistema, interpretado por Robert De Niro, y un tranquilo burócrata
que acabará, por amor, enfrentándose al Estado y negando su
condición de gris pieza del sistema. "Farenheit 451" (François
Truffaut, 1966) es una fiel adaptación de la novela homónima
de Ray Bradbury; publicada pocos años después de "1984",
resulta una digna continuadora en la descripción de utopías
terribles que suponen un desesperado canto a la libertad, realizado de nuevo
con asombrosas predicciones: una sociedad conformista, con grandes pantallas
de televisión en los hogares que buscan un placer inmediato que anule
toda capacidad de reflexión, y proporcionan una información
adecuada a los intereses del poder; los libros, como fuente de sabiduría,
están proscritos por lo que existe un cuerpo del Estado -"firemen",
que se traduciría como bomberos, pero en su versión original
en inglés tiene el doble sentido adecuado: "hombres del fuego"-
que se dedica a la persecución y posterior quema del material literario.
Otra obra del celuloide que da imágenes a un clásico de la literatura
de ciencia ficción es "La naranja mecánica", del excesivamente
encumbrado Stanley Kubrick aunque con obras imprescindibles para la historia
del cine; el futuro cercano que se plantea en la historia -por cierto, que
parece que su traducción parte de un error, el original era el mucho
más explícito de "El hombre mecánico"-, no
por excesiva resulta menos temible, retrata una juventud nihilista, violenta,
racista, con plena inmunidad ante la indiferencia moral de la mayor parte
de los ciudadanos que viven aislados en sus torres de marfil; el protagonista
Alex, exponente de un comportamiento criminal, es detenido y utilizado en
un proyecto científico-estatal que pretende, en una suerte de terapia
conductista, controlar a los individuos para eliminar acciones indeseables;
dicho proyecto resultará un fracaso y en un irónico final, Alex
será víctima de sus antiguos compañeros de banda convertidos
ahora en policías. En nuestras manos está el combatir la ausencia
de valores -o valores negativos-, que supondrían caldo de cultivo para
una generación de Alex kubrickianos, y estructuras de poder -muchas
veces, llamadas democráticas- que pretenden anular el libre albedrío
del individuo -cuyos límites, admitiendo la complejidad del asunto,
sólo deben estar en los del prójimo- conforme a intereses muy,
muy sospechosos.
José María Fernández Paniagua
Los desposeídos
Pendiente de una jugosa adaptación cinematográfica está la novela de 1974, de la gran escritora Ursula K. Le Guin, "Los desposeídos". Supone, como ya se ha dicho en alguna ocasión, una visión alentadora de la tradición utópica que transpira humanismo en cada uno de sus planteamientos y simpatiza con las ideas libertarias de forma inteligente y nada acomodaticia. En el planeta Anarres, una colonia de voluntarios exiliados ha creado una sociedad donde no existe gobierno ni autoridad coercitiva y los asuntos humanos se rigen por la solidaridad; naturalmente, dicha sociedad no está exenta de conflictos como es lógico y deseable dada la complejidad de las relaciones humanas. A unos cuantos años luz de Anarres, está el planeta Urras donde continúan con sistemas estatales como los nuestros y las desigualdades son cada vez mayores; el protagonista Shevek, brillante científico de Anarres, visita Urras, cuya clase dirigente desea aprovechar sus conocimientos para perpetuar sus privilegios; sin embargo, se encontrarán que Shevek resulta peligroso ya que representa una idea y una esperanza para las clases humilladas, la idea del anarquismo. A la novela de Le Guin, a pesar de plantear una gran esperanza para la humanidad, no le faltan advertencias sobre la conducta humana; en el planeta Urras se están repitiendo los errores que acabaron con la Tierra: explotación, odio, desconfianza, guerra, devastación... La escritora no deja de analizar en su novela la posición de la mujer en las distintas estructuras sociales y hace una brillante reflexión, en suma, sobre las posibilidades del socialismo y el anarquismo.
A la revuelta proletariado;
ya brilla el día de la redención,
que el sublime ideal libertario
sea el norte de la rebelión. (bis)
Dignifiquemos del hombre la vida
en un nuevo organismo social,
destruyendo las causas del mal
de esta vil sociedad maldecida.
¡Obreros, a luchar!
¡A la revolución!
Con decisión a conquistar
nuestra emancipación.
No más al amo gobernante
por vil salario queremos servir;
ya no más la limosna humillante,
ya no más suplicar ni pedir. (bis)
Que al pedir pan, por hambre acosado,
al proletario con potente voz,
le contesta mortífero y feroz
el fusil del verdugo uniformado.
¡Obreros...
Los privilegios de la burguesía
aniquilemos con brazo tenaz,
y los antros de la tiranía
sean pasto de fuego voraz. (bis)
No quede en pie el Estado y sus leyes,
que siempre al pueblo, feroz esclavizó,
y la ignorancia caduca conservó
con sus patrias, sus dioses y sus reyes.
¡Obreros...
Compañeros, viva la anarquía,
que pronto acabe esta vil sociedad
y la infame y cruel burguesía
que termine por fin de mandar. (bis)
No queremos tener holgazanes
que se chupen nuestra producción;
igualdad para todos queremos,
reine pronto la sana razón.
¡Obreros...
En 1792, Claude-Joseph Rouget de L´Isle compuso el Chant de guerre de l´Armée du Rhin (Canto de guerra del Ejército del Rin), más conocido como La Marsellesa, que pronto se convertiría en el himno más conocido de la Revolución francesa. Traducido posteriormente a varios idiomas, antes de ser adoptado como himno oficial de Francia (1873), fue cantado por los revolucionarios progresistas de todo el mundo. No hay que olvidar que los Mártires de Chicago lo entonaron mientras caminaban hacia el patíbulo. Los republicanos españoles compusieron versiones en castellano y en catalán. Los anarquistas de lengua española, con la versión que presentamos, radicalizaron los ideales expuestos en la canción original.
Élisée Reclus: la pervivencia de la obra de un sabio justo y rebelde