
SECCIONES
La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.
Cervantes
(Quijote, II, capítulo 58) ![]()
Bajo la dictadura de Sadam Hussein los trabajadores no tenían el derecho
de asociación ni de huelga. Había, es cierto, sindicatos, pero
sus líderes eran leales colaboradores del régimen y los trabajadores
eran automáticamente perseguidos si los líderes sindicales les
denunciaban a las autoridades baasistas [del Partido Baas, en el poder]. Todos
los sindicatos aplicaban las reglas impuestas por el régimen baasista
y los obreros no podían siquiera protestar. Esta situación ha
durado treinta años y la segregación de los trabajadores iraquíes
del resto del mundo ha dañado gravemente sus luchas en Iraq. Ahora
la guerra de los Estados Unidos en Iraq, seguida de la ocupación, ha
creado un desempleo masivo y ha destruido la sociedad civil.
El futuro no parece muy prometedor, con la instalación -contra la voluntad
de la población- de un gobierno títere que agrupa a los jefes
de tribu, las fuerzas más reaccionarias, la mafia religiosa y las fuerzas
nacionalistas y etnocéntricas. Por otro lado, el avance multiforme
del Islam político ha dado como resultado la creciente falta de seguridad
y el aumento de la actividad terrorista, incluidos los raptos, las decapitaciones,
la imposición del velo y la privación para las mujeres del trabajo
y la educación. Los centros de trabajo han sido transformados en campos
de batalla. En abril de 2004, los trabajadores de la fábrica de aluminio
y los trabajadores de la fábrica de material sanitario de Nasiriya
han rechazado apoyar al grupo terrorista de Moqtada al-Sadr, que quería
convertir los talleres en lugar de litigio con las fuerzas norteamericanas.
En Esmara los trabajadores en paro han defendido igualmente sus derechos menoscabados
por las fuerzas islamistas.
La ocupación y el Islam político han llevado el caos y la incertidumbre
a Iraq. La ocupación da a los islamistas el pretexto para continuar
su terrorismo en Iraq con el lema de que ellos combaten "a los enemigos
del Islam" o defienden la "tierra de los árabes". En
realidad, esto no tiene nada que ver con las verdaderas expectativas de la
población y sus deseos de igualdad y libertad reales. Ayudar y apoyar
a estas fuerzas reaccionarias con la ilusión de que se trata de "fuerzas
de resistencia", conducirá únicamente a favorecer su terror
y su violencia contra las masas iraquíes, particularmente contra los
trabajadores y las mujeres.
A pesar de todo esto, la clase obrera se ha organizado y está luchando
para defender sus derechos. Se ha constituido un sindicato de desempleados,
la Unión de Parados (UUI), porque como consecuencia de la guerra y
de la ocupación, la mayor parte de los trabajadores se ha quedado sin
trabajo. Ellos han montado las mayores protestas en Bagdad y en otras ciudades
y han organizado 45 días de sentada frente a las oficinas del actual
administrador civil para Iraq, Paul Bremer. Los dirigentes de la UUI han sido
detenidos por las fuerzas americanas en Bagdad por haber defendido los derechos
de los trabajadores en paro.
La Federación de Consejos Obreros y Sindicatos de Iraq (FWCTUI), de
la que la UUI es miembro, ha sido fundada para organizar a los trabajadores
en los sindicatos y en las fábricas en torno a un programa absolutamente
laico y progresista. Estos sindicatos y consejos obreros se han popularizado
enseguida en Iraq y muchas confederaciones sindicales han decidido aliarse
con ellos. Celebrarán una conferencia el 25 de noviembre [pasado] en
Basora. Se prevé que estarán presentes al menos 25 sindicatos
en representación sobre todo de los trabajadores del sur de Iraq.
El gobierno provisional, con el artículo 16 promulgado el 28 de enero
de 2004, ha impuesto ilegalmente al pueblo de Iraq el hecho de que la Federación
Iraquí de Sindicatos (IFTU) sea el único sindicato legal y la
representante única de los trabajadores de Iraq. Esto viola los derechos
de los demás sindicatos como la UUI y la FWCTUI, que han organizado
tantas protestas laborales. Por el contrario, la IFTU no ha propuesto nada
y ha sido reconocida por el gobierno provisional porque sirve mejor a los
planes americanos de privatización en Iraq.
Es un momento crucial para los trabajadores que se enfrentan a los dos pilares
del terrorismo: la ocupación de EE UU y el islamismo político.
El apoyo y la solidaridad internacionales de todas las organizaciones de trabajadores,
de los sindicatos, de los grupos de izquierda y de todas las personas son
necesarios para quienes defienden el humanismo, la laicidad y el igualitarismo
en Iraq. Ayudadnos en nuestra lucha por la libertad y la igualdad en Iraq.
Libertad sin cargos
para
los detenidos de Salónica
En junio de 2003 se celebraba la Cumbre Europea de Jefes de Estado en Salónica
(Grecia). Durante los días (del 19 al 21) que se desarrolló
la cumbre, muchas personas salieron a la calle a mostrar su rechazo hacia
esta política neoliberal y este orden mundial al que nos tiene sometidos
a los ciudadanos de a pie.
Fue una jornada de lucha dura e intensa. El objetivo era claro, impedir que
una minoría decidiera el futuro de toda la población mundial.
Los manifestantes con sus pancartas y gritos, y el Estado con su policía
dispuesta a usar todo su armamento, se encontraron en las calles de Salónica
defendiendo sus intereses contrapuestos. El día 21 de junio de 2003,
la manifestación que había sido convocada finalizó con
130 personas detenidas. Muchas fueron identificadas, intimidadas y puestas
en libertad. Veintinueve salieron con cargos de delitos graves de daños,
resistencia a la autoridad, desordenes públicos, alteración
de la paz pública, incendios y posesión y uso de armas.
Ocho fueron conducidos a prisión. Uno de ellos de origen estadounidense
fue puesto en libertad a los pocos días debido a que EE UU medió
para que esto fuera así. El resto de compañeros, Carlos y Fernando
de origen español, Simón de origen inglés, Castro de
origen sirio, y Tsitas, Jonathan, Michalis y Dimitris de origen griego, fueron
llevados a prisión.
Montaje
En un principio todo apuntaba a que en tres días la policía
los soltaría. Pero el Estado griego a través de sus medios de
comunicación utilizó estos días para engañar a
la población mediante falsas acusaciones, y así elaborar un
montaje mediático, policial y jurídico. Los siete compañeros
fueron acusados de posesión y uso de explosivos, daños, resistencia
a la autoridad, desordenes públicos, posesión y uso de armas
de incendio y llevados a prisión debido a que la policía afirmaba
que portaban mochilas con tirachinas, tuercas y cócteles molotov, a
pesar de que en un vídeo grabado durante la cumbre donde se veía
claramente como a Simón le cambiaba un policía su mochila por
otra que contenía cócteles molotov y demás. Pronto el
resto de Estados se hicieron eco de la versión creada por el Estado
griego.
Este montaje pretendía por un lado frenar el movimiento antiglobalización,
para futuras cumbres, y por otro que el Estado griego aplicara por primera
vez su ley antiterrorista. Una ley que se creo bajo presión Europea,
poniéndola como condición para que se pudieran celebrar en Atenas
los Juegos Olímpicos del 2004. Con estos hechos el estado griego ya
disponía de cobayas para poner a prueba está ley, antes de los
Juegos Olímpicos.
La lucha por la libertad
Las acciones de solidaridad no se hicieron esperar. Se convocaron concentraciones,
manifestaciones, acciones de protestas, charlas, jornadas, conciertos... en
diferentes ciudades europeas. El 21 de julio se convocó una jornada
de lucha internacional exigiendo la libertad de nuestros compañeros.
Paralelamente, el abogado de los siete reos del Estado griego también
hacia lo propio para que estas personas volvieran lo antes posible a sus casas
con sus amigos, compañeros y familiares.
El día 30 de junio se presentó un recurso que pedía la
libertad sin cargos, por las irregularidades que se habían cometido
en las detenciones y por las declaraciones contradictorias y confusas que
dio la policía. En septiembre de ese mismo año se rechazó
este recurso. Se siguieron presentando recursos sucesivamente que de igual
manera eran rechazados.
Ante la negativa reiterada de la justicia griega, y la presentación
de un recurso ante el Tribunal Supremo, los siete compañeros iniciaron
una huelga de hambre. Castro comenzó la huelga el 21 de septiembre
y el resto el 5 de octubre. Esta huelga duró 53 días, en los
que nuestros compañeros fueron tratados de manera inhumana por parte
de la fuerzas de seguridad del Estado y por parte de funcionarios de la cárcel
de Diabata donde cumplían prisión preventiva. Los propios médicos
de los hospitales denunciaron públicamente las vejaciones y abusos
a los que estaban expuestas estas siete personas.
Desde fuera, sus compañeros, amigos y familiares apoyamos con acciones
solidarias esta huelga. El 26 de noviembre la salud de los compañeros
era bastante delicada, la fiscalía dio orden de que se les pusieran
a los huelguistas suero en vena, a lo que ellos se negaron de la misma manera
que se les habían denegado los recursos anteriormente presentados,
y ese mismo día alrededor de las 15:00 horas conocíamos la noticia
de la puesta en libertad de los siete compañeros.
Su situación quedaba así:
-Simón y el compañero de procedencia estadounidense quedaban
absueltos.
-Carlos a la espera de juicio por delito menor, que tiene como máximo
cinco años de prisión.
-Fernando, Castro, Tsitas, Jonathan, Michalis y Dimitris, se abriría
una investigación sobre las detenciones.
Situación actual
La situación de nuestros compañeros en estos momentos es la
siguiente: La investigación que se abrió para las detenciones
no ha aportado ningún dato nuevo, aun así puede que a Fernando,
Castro, Jonathan, Tsitas, Michalis, Dimitris, les bajen los cargos también
a delito menor (pena máxima cinco años). Carlos y seis compañeros
más, de los veintinueve que fueron liberados tras las detenciones con
cargos, serán juzgados el día 13 de enero de 2005, su pena puede
ascender a cinco años.
El día 26 de noviembre la alegría nos invadió, como no
podía ser de otra manera, pero la realidad cruel del sistema nos vuelve
a sacar a la calle a exigir la libertad sin cargos para nuestros compañeros:
el próximo 8 de enero se convocan movilizaciones internacionales de
solidaridad.
Jean-Marc Raynaud y Thyde Rosell, de la Federación Anarquista francófona,
son miembros fundadores de la escuela Bonaventure: un importante y creativo
experimento de educación libertaria, una alternativa a los métodos
educativos que todos hemos recibido en la escuela tradicional, habitualmente
aburrida y demasiado represiva. Su objetivo y el de Bonaventure es educar
a los niños de forma que puedan crecer como individuos responsables
y libres, en lugar de como fuerza de trabajo domesticada. El martes 30 de
noviembre fueron arrestados. ¿Por qué?
Varios años antes una pareja les pidió que admitieran a su hijo
de cerca de 4 años, diciendo que debían viajar a menudo y no
podían ofrecerle la estabilidad necesaria en una educación como
es debido. Nuestros compañeros no investigaron a fondo la identidad
de los padres: consideraron que el derecho del niño a una educación
y su deseo de atención, estabilidad y amor estaban por encima de los
documentos de los padres, estuvieran o no en regla. Le acogieron en su casa-escuela,
donde vivía con ellos y aprendía a encontrar su camino en la
vida en un ambiente favorable, mientras que sus padres le visitaban de vez
en cuando. Después, sus padres resultaron ser miembros del movimiento
separatista vasco ETA, y de esta manera nuestros compañeros fueron
detenidos gracias a la legislación antiterrorista y encerrados durante
96 horas como sospechosos de complicidad con los padres del niño. Han
sido interrogados de forma extenuante, privados del sueño, amenazados
e incluso vejados, cuando la policía dejó entender que se ensañaría
con su hija si no confesaban.
No se entiende bien qué es lo que la policía quería que
confesasen. Su única supuesta relación con el terrorismo podría
ser vagamente asociativa, ya que nuestros compañeros rechazan las ideologías
nacionalistas y sólo se preocupan de garantizar una educación
libertaria a un niño que les había sido confiado.
Cada día está más claro que para las fuerzas represivas
del Estado cualquier disidente es un terrorista, particularmente en su línea
de guerra al terror. Los Estados Unidos han utilizado la guerra al terrorismo
para imponer severas restricciones a cualquier forma de oposición.
De golpe, todos los inconformistas están "contra nosotros",
por lo que son terroristas. Esto está llegando ahora también
a Europa, como demuestra el caso que nos ocupa. Son anarquistas; animan una
de esas escuelas en las que pueden ser admitidos los hijos de alguien acusado
de ser terrorista, por lo que deben ser terroristas ellos también,
sobre todo por ajustarse al perfil de la gente que no gusta al Estado. Todo
esto es muy preocupante, sobre todo porque nos puede ocurrir a cualquiera
de nosotros.
Debemos oponernos a este Estado cada vez más represivo porque, como
demuestra el caso de nuestros compañeros, nunca se puede saber en qué
preciso instante llamarán a tu puerta para acusarte de "terrorismo".
No tenemos intención de dejarnos intimidar y vamos a continuar oponiéndonos
a la represión y a los intentos de limitar nuestra libertad, sea cuando
sea y venga de donde venga. A su terror oponemos la libertad, el apoyo mutuo,
la solidaridad, por encima de cualquier frontera de los Estados nacionales.
Nuestros compañeros han sido liberados al superar el tiempo de detención
regulado en las leyes antiterroristas, sin ninguna acusación, porque
finalmente la policía no ha podido obtener ninguna prueba. Se ha producido
una oleada de de protestas y mensajes de solidaridad, sobre todo de las organizaciones
adheridas a la Internacional de Federaciones Anarquistas (IFA). Si bien el
Estado ha tenido que reconocer la estupidez de las acusaciones, nos tememos
que vuelva a suceder un hecho similar, por lo que debemos permanecer en estado
de alerta.
Anarchists Against the Wall (Anarquistas contra el Muro) es un grupo abierto
cuyo principal interés es la acción directa no violenta conjunta
israelo-palestina en los territorios palestinos ocupados. Su objetivo principal
es colaborar con la sociedad civil palestina en prácticas de desobediencia
civil a la ocupación, utilizando la insurrección popular desde
abajo como alternativa a las políticas basadas, por el contrario, en
las diferentes facciones y partidos; crear una alternativa a la violencia
en la lucha de resistencia y lograr que israelíes y palestinos resistan
codo con codo a la ocupación.
Aunque no es imprescindible ser anarquista para unirse al grupo, la mayoría
de los activistas israelíes se identifican con el anarquismo y el grupo
opera basándose en principios libertarios.
Desde su nacimiento en marzo de 2003, el grupo se ha concentrado fundamentalmente
en la resistencia contra la construcción del muro del apartheid en
West Bank.
Cuando comenzó a ser evidente que la construcción del muro se
iba a transformar en un enorme instrumento de opresión, un grupo anarquista
israelí ha decidido usar la cuestión del muro como catalizador
para acciones directas conjuntas israelo-palestinas. Desde el inicio del conflicto
esta ha sido la primera vez en la que israelíes y palestinos se han
encontrado hombro con hombro en acciones de resistencia a la ocupación.
Las zonas donde se desarrollan actualmente las labores de construcción
han sido protagonistas de momentos difusos de insurrección popular,
sobre todo con la presencia y apoyo de activistas internacionales e israelíes,
entre ellos Anarchists Against the Wall.
La violencia de la represión ha añadido más tragedia
a la dramática realidad cotidiana de asesinatos de civiles palestinos;
también han resultado heridos graves dos compañeros israelíes:
Gil Naamati, en diciembre de 2003, e Itay Levinsky, en marzo de 2004.
Este pasado mes de diciembre se han celebrado, sin pena ni gloria, los 25
años del V Congreso de la Confederación Nacional del Trabajo
que supuso la normalización orgánica de la histórica
central anarcosindicalista y la ruptura entre los dos sectores que se habían
ido conformando en el seno de sus sindicatos. Una escisión tan traumática
y tan antigua debería estar definitivamente arrinconada en la letra
pequeña de los libros de Historia, pero parece haberse convertido en
nuestro particular eterno retorno, noria -que ya marea- a la que seguimos
atados, condenados a mirarnos el ombligo mientras el capitalismo hace de las
suyas en campos, fábricas y talleres.
A estas alturas, debatir sobre las relaciones entre la CNT y la CGT tiene,
salvando las distancias, el mismo sentido que discutir sobre la reunificación
entre la CNT y la UGT, pues socialistas y anarquistas también estuvieron
juntos en su día en la misma organización sindical, la Federación
Regional Española de la AIT. Desde el Congreso cenetista de la Casa
de Campo madrileña aún no han pasado ciento veinticinco años,
pero sí ha transcurrido el tiempo suficiente para que podamos mirar
atrás sin ira y con nostalgia.
Porque parece olvidarse que las organizaciones tienen vida propia, evolucionan,
cambian, se transforman; parece olvidarse que la inmensa mayoría de
los actuales militantes de la CNT no pertenecían a esta organización
ni en 1979 (cuando sufrió la primera escisión) ni en 1984 (cuando
convocó su Congreso extraordinario en Torrejón de Ardoz); parece
olvidarse que más de el 90 por 100 de los cenetistas se afiliaron a
este sindicato pudiendo hacerlo a la CGT o a la mal llamada CNT-renovada y
que no lo hicieron; parece olvidarse que a la mayor parte de la militancia
confederal estas historias empiezan a sonarles a batallitas de los abuelos.
Y lo mismo cabe decir de la CGT, que en estos 25 años no ha nutrido
sus filas con la incorporación de nuevos sindicalistas de raíz
libertaria o con la integración de grupos de tendencia ácrata;
ni tan siquiera ha absorbido a los sindicatos desfederados de la CNT (¡menudas
joyas se habría llevado!) y por el contrario ha sufrido escisiones
por su escaso espíritu libertario.
La CGT se ha convertido en el destino forzado para muchos núcleos de
ideología comunista (lo que antes llamábamos la extrema izquierda)
a los que la caída del Muro de Berlín no sólo les cogió
desprevenidos sino que incluso les pilló debajo. Pero, sobre todo,
conviene recordar que las asociaciones no son anarquistas porque haya muchos
o pocos libertarios en su interior (¿cuántos?, ¿basta
el 25 por 100?, ¿son suficientes el 50 por 100?, ¿quizás
el 65 por 100?) o porque lo digan muchos o pocos de sus socios (¿podría
ser anarquista el Atlético de Madrid?, ¿y la Real Academia de
Ciencias Morales y Políticas?), sino por su práctica cotidiana.
Y hoy en día, la CGT tiene una práctica sindical más
próxima a las centrales mayoritarias (¡ahora dice ser la tercera
fuerza sindical!) y sus referencias a la CNT o a su pretendido origen anarcosindicalista
son mitos fundacionales que tienen la misma credibilidad que la Ilíada,
la Eneida o el Génesis.
Además, si las diferencias parecían insalvables hace más
de dos décadas (suficientemente insuperables como para justificar una
dolorosa escisión), tenemos que convencernos de que, desde entonces,
las distancias no han hecho más que aumentar y que nuestros caminos
no han dejado de alejarse, como pasó hace más de un siglo con
la UGT. Únicamente la accidentada biografía de la CNT, que ha
pasado en la clandestinidad más de la mitad de su vida, explica esta
larga historia de encuentros y desencuentros que desde el manifiesto de Pestaña
y los trentistas vive el anarcosindicalismo hispano: el nacimiento del Partido
Sindicalista y los Sindicatos de Oposición y su posterior vuelta al
sindicato, la escisión de una CNT política en el exilio confederal
y su reincorporación en los momentos finales del franquismo, etc. En
condiciones normales la ruptura hubiese cristalizado en dos organizaciones
diferentes hace setenta años.
Miremos hacia atrás sin ira pero miremos, sobre todo, hacia adelante.
Si un lejano día fuimos más de un millón de afiliados
y si hace 25 años éramos centenares de miles de compañeras
y compañeros no fue por la especial conjunción de los astros
o por la directa intervención divina: antes fueron solamente unos centenares
o unos miles. El mejor camino para la CNT no está fuera de nuestras
filas sino que pasa exclusivamente por la organización y el compromiso
de lo que tenemos en casa. ¡A la calle, qué ya es hora!
Al cumplirse el 9 de enero cien años de la muerte de Louise Michel, hemos considerado oportuno reproducir el artículo que entonces dedicó a glosar su vida Rudolf Rocker.
Louise Michel, la heroína de la Comuna de París, la luchadora
y propagandista incansable de la revolución social, ha muerto repentina,
inesperadamente. La férrea mano de la Parca detuvo de un modo brusco
su vida rica y agitada; y el corazón, que amaba tan honda y sinceramente
y odiaba con tanta vehemencia, ya no late en el frío pecho. Y los labios
febriles que fueron capaces de pronunciar tantas palabras entusiastas y rebeldes
han enmudecido para siempre.
¡Qué vida magnífica, abundante en detalles dramáticos,
en hechos maravillosos y extraordinarios fue la existencia de la "buena
Louise"! Ha sido toda una novela, mas no una novela vulgar, común,
sino un romance escrito con la sangre del corazón de su autora, una
novela vivida y sufrida por ella.
El movimiento revolucionario ha dado origen a muchos tipos de mujeres notables,
mujeres que merecen el amor y la admiración de las épocas venideras,
pero no ha producido aún y es dudoso que lo ofrezca en el porvenir,
una figura semejante a la de Louise Michel. La "buena Louise" fue
sin duda uno de los personajes más sorprendentes de la época
moderna; algunos de sus historiadores la han llamado la Juana de Arco revolucionaria,
la moderna Virgen de Orléans; esta comparación es ciertamente
feliz porque se observa en ella el mismo entusiasmo poético e idealista,
la fe inquebrantable en la justicia de sus convicciones y el heroico valor
que le ha proporcionado fuerzas para soportar todos los peligros y obstáculos
de su vida de mártir. Constituía Louise Michel el verdadero
tipo de mártir, pero no del que se ve obligado a serlo en virtud de
las circunstancias; había nacido mártir, el martirologio fue
para ella una necesidad natural y en la satisfacción de esa necesidad
estribó la dicha de su vida, toda su alegría. Juzgaba la vida
con un criterio distinto al de sus contemporáneos; lo que era para
otros motivo de dolor fue para ella un placer, una satisfacción interior.
Este rasgo psicológico de su idiosincrasia lo comprendió perfectamente
el editor de sus Memorias al decir que si Louise Michel hubiese vivido 1900
años antes hubiera sido tratada como los primeros mártires del
cristianismo: su cuerpo endeble habría sido destrozado por las bestias
en la arena imperial; y si hubiese vivido en la Edad Media habría muerto,
sin duda alguna, en la hoguera de la Inquisición.
Esa fe de mártir ha sido la verdadera fuerzas interior de la "buena
Louise", la razón por la cual el cuerpo enclenque no se extinguió
antes, aniquilado por los sufrimientos indescriptibles que esa mujer admirable
tuvo que padecer en su vida tan fecunda en hechos. Louise Michel fue feliz
en todo el sentido de la palabra porque su alma jamás fue invadida
por el escepticismo suicida del presente; su corazón generoso no se
sintió torturado nunca por esos problemas oscuros de la duda que hacen
tan difícil e insoportable la vida del hombre moderno. Era dichosa
hasta cuando la aquejaban crueles dolores, pues jamás perdió
el equilibrio moral de su alma y todos sus pensamientos y acciones giraron
siempre en torno al centro de su existencia de mártir: la esperanza
absoluta en el triunfo inevitable de la revolución social y la fe profunda
e iluminada en un porvenir mejor. Esa armonía interior la defendía
contra toda duda; era una coraza contra el llamado "dolor universal",
el inmenso mal de la generación contemporánea. ¡El dolor
universal! La "buena Louise" nunca supo lo que era eso. Estando
sus actos de acuerdo con sus opiniones ¿por qué había
de tener piedad del mundo? ¡El dolor universal! Invención de
una época débil, palabra bajo la cual se quiere ocultar la cobardía
personal y la servidumbre del alma. Hemos perdido la armonía entre
nuestras ideas y nuestras acciones, viven en nuestros corazones dos personajes
distintos y nuestro espíritu está dominado por dos pensamientos
diferentes. Amamos lo nuevo sin tener el valor de llevarlo a la práctica;
odiamos lo viejo, mas nos falta la fuerza de voluntad para romper con el pasado.
En una palabra, obramos contrariamente a lo que pensamos y por eso hablamos
del "dolor universal"; sentimos compasión del mundo cuando
sería mejor que tuviésemos piedad de nosotros mismos...
Louise Michel no conocía estas debilidades. Cuando abandonó
el castillo donde pasara su juventud y entró en el mundo como maestra
de escuela, estaba imbuída de ideas radicales y anticlericales. Pero
esas ideas no estaban de acuerdo con la enseñanza que se impartía
en las escuelas de Napoleón III. ¿Qué importaba? Louise
instruye a los chicos conforme a sus convicciones y no como lo exige el gobierno
imperial. Refiere a los niños que Napoleón es un criminal, un
tirano, un traidor a la República, les enseña cantos revolucionarios
y otras cosas. Los pequeños se muestran muy contentos con la extraña
maestra, pero el director llega bien pronto a la conclusión de que
ella no sirve para el magisterio. Louise se dirige entonces a París
y ante sus ojos se abre un nuevo mundo. Intima con los jefes de la democracia
radical, al mismo tiempo que frecuenta las asambleas de la Internacional y
los centros clandestinos de los comunistas. Trabaja día y noche, olvidando
completamente su existencia material, y un solo deseo anima su corazón:
la ruina del Segundo Imperio. Participa en todas las tentativas revolucionarias
contra Napoleón III y, cuando el trono imperial cae destruido en la
vorágine de la guerra franco-alemana, ella es la primera en atacar
a la llamada República de Septiembre, la república de la burguesía
francesa. Viene después el 18 de marzo de 1871; la capital sublevada
proclama la Comuna. Louise Michel adquiere fuerzas gigantescas, es la encarnación
del temperamento revolucionario, la personificación del entusiasmo
rebelde. Es incansable en su actividad. Habla a las multitudes y publica sus
artículos fragorosos en Le cri du Peuple. Luego viene la catástrofe,
el último acto de la Revolución Francesa: la Comuna lucha a
vida o muerte contra la reacción combinada del Estado y el Capital.
En las barricadas, vistiendo el uniforme de la guardia nacional, fusil en
mano, Louise es herida en el asalto de Port-Ivry y, antes de que la herida
se cure, se halla nuevamente en el campo de batalla. Cuida a los heridos,
besa los labios agonizantes de los hermanos caídos y lucha en las barricadas.
La Comuna cae; en el cementerioPére-Lachaise y en el sangriento combate
de Sartori mueren sus últimos defensores. Louise Michel halló
en ese momento un refugio seguro. Pero de pronto llega a saber que la reacción
se prepara a acusar de sus actos a su madre querida. En vano sus amigos tratan
de demostrarle que la noticia es inexacta; Louise no se deja convencer y se
entrega en manos de los verdugos sanguinarios. El 16 de diciembre de 1871
aparece ante los jueces pidiendo para sí la muerte. Su actitud ante
el tribunal es heroica, censura en términos apasionados a los asesinos
de la Comuna llamándolos perros cobardes y jura que, de ser absuelta,
no cesará de sublevar al pueblo contra sus verdugos. El consejo de
guerra la condena a reclusión en Nueva Caledonia. Sus parientes se
valen de todas sus influencias para libertarla, pero Louise declarará
que sólo volverá junto con todos los demás. Durante nueve
años arrastró las cadenas del presidio, hasta que finalmente
fue puesta en libertad en 1880. El proletariado francés recibió
con ruidoso entusiasmo a su "buena Louise". Alguno que otro de los
comuneros condenados perdió el valor en el encierro, mas Louise siguió
siendo la misma de siempre. En 1882 fue condenada a dos semanas de prisión
por ofensas inferidas a la policía, y en esa misma época se
adhirió a la tendencia anárquica del socialismo.
Al celebrarse en 1883 las grandes manifestaciones de los desocupados, Louise
se hallaba a la cabeza del movimiento. Veía el hambre de sus hijos,
los proletarios de París, y sabía que nada podía remediarse
con palabras bonitas. "Venid, hijos, yo os daré de comer",
dijo a la multitud hambrienta. Y levantando la bandera negra rompió
las ventanas de algunas panaderías y carnicerías con el objeto
de proveer a los pobres y miserables. Fue condenada a seis años de
cárcel, pero salió en libertad por la amnistía de 1886.
Ese mismo año fue nuevamente condenada por agravios al gobierno; después
la obligaron a abandonar Francia, pues las autoridades tenían la intención
de recluirla en un manicomio. En el transcurso de los muchos años que
vivió en Inglaterra escribió algunas novelas y dos pequeñas
colecciones de versos. Sus novelas La miseria, Los malditos, La hija del pueblo
y sobre todo Los microbios humanos y El nuevo mundo son principalmente descripciones
de la miseria del proletariado y acusaciones vehementes contra la sociedad
moderna. En ellas se refleja toda la riqueza de su carácter extraordinario,
sus sentimientos hondos y nobles hacia los humildes y explotados, y en particular
esas relaciones misteriosas, casi místicas, que existían entre
ella y las multitudes obreras de París. Antes aún de abandonar
Francia editó el primer tomo de sus Memorias. Su último trabajo
de carácter literario fue un exelente libro sobre la Comuna de París.
En los últimos años de su vida fecunda hizo algunas giras de
propaganda por toda Francia; hallábase en Marsella para predicar la
idea de la liberación general por medio de la revolución social
cuando la muerte interrumpió bruscamente su actividad incansable.
Esta es en pocas palabras la biografía maravillosa de Louise Michel,
heroína y luchadora. Todas sus acciones estuvieron siempre en concordancia
con sus ideas. Obedeció en todo momento a la voz de sus sentimientos
íntimos, y esa voz jamás la traicionó. Fue una figura
de una pieza y su corazón ignoró el dualismo desesperante que
tan fuertemente domina a la generación actual.
Louise ha tenido una muerte hermosa. Tres meses antes de su fallecimiento,
cuando todo el mundo creyó que moriría irremisiblemente, ella
venció, a pesar de todo, su cruel enfermedad. Y hasta tuvo la rara
dicha de leer su propia necrología. Vio las lágrimas ardientes
de los humildes y explotados del mundo entero, para quienes ella había
sido siempre la "buena Louise". Y esas lágrimas, ese amor
ilimitado y esa veneración de los oprimidos han sido la mayor recompensa
que pudo recibir. Era demasiado buena, y por eso la muerte le concedió
un privilegio especial. Pero su nombre vivirá eternamente en todos
los corazones amantes de la libertad.
La no violencia como técnica de liberación
"En Francia, la Revolución es un combatiente que corta las dificultades
con la espada; para Godwin, el progreso es un educador que desata poco a poco
las ataduras de las mentes y prepara tranquilamente la evolución de
las instituciones" (J. Jaurès, Histoire socialiste de la Revolution
française)
Si bien rechazaba los métodos violentos de las revoluciones, Godwin
no pretendía servirse de la reacción inglesa de su época;
por el contrario, la denunciaba con una virulencia nunca vista hasta entonces.
Siempre tuvo pleno respeto por esa "fuerza soberana" que es la persuasión.
Ella sola puede conseguir la realización de los cambios reclamados
por la humanidad sufriente, como los que expone concretamente en su obra:
"Búsqueda de la justicia en política y su influencia basadas
en la virtud y la bondad de todos". Los hombres que reconocen la verdad,
piensa Godwin, deben contribuir al bienestar universal ayudando a los demás
a comprender a su vez la necesidad de profundos cambios. Podrán recurrir
para ello a la fuerza de la persuasión y no a la de las armas o las
leyes. No se puede obligar a nadie a ser libre y justo.
"La fuerza de las armas será siempre sospechosa a nuestro parecer,
porque las dos partes la pueden utilizar con las mismas probabilidades de
éxito. Por eso hay que aborrecer la fuerza. Si bajamos a la arena,
dejamos el terreno seguro de la verdad y nos abandonamos al resultado del
capricho o del azar.
La falange de la razón es invulnerable: avanza a paso lento y seguro,
y nadie puede resistirse a ella. Pero si dejamos de lado nuestras tesis y
tomamos las armas, nuestra situación cambia. ¿Quién podrá,
entonces, en medio del ruido y el tumulto de la guerra civil, pretender un
éxito o un fracaso para su causa? ¡Hay que distinguir entre instrucción
y excitación del pueblo! Lejos de nosotros la instigación, el
odio, la pasión; hace falta reflexión tranquila, juicio sobrio
y discusión leal".
Así pues, para Godwin lo esencial no es derrocar violentamente al tirano.
Tras haber visto con sus propios ojos las convulsiones y los abusos de autoridad
del terror revolucionario, comprueba que los "tiranicidas" no han
hecho sino instaurar nuevas formas de tiranía, desde el primer año
de Libertad.
En efecto, la conquista y, de paso, la reafirmación de los poderes
del Antiguo Régimen suscitaron muy pronto nuevos dictadores, que se
apresuraron a usar y abusar a su vez del entusiasmo, del servilismo y de la
indiferencia de las masas. Más tarde, los marxistas han pretendido
justificar y codificar esos métodos en nombre del interés de
clases y del devenir colectivo, y han bautizado pomposamente como "dictadura
del proletariado" eso que no es sino una tiranía de camarillas
o de partido. Su fin es el poder; el de Godwin, como el de todo anarquista,
es combatir los desmanes de la autoridad. Para lograrlo, tratará de
destruir, mediante la razón crítica, la ciega sumisión
de las mentes.
Sobre este plan, Godwin se mantiene con entereza. Al no incitar a la revuelta
armada de los ciudadanos contra los nobles, curas y reyes, está demostrando
firmemente que toda superioridad de rango y poder atenta contra la justicia
y es desenmascarada por la razón.
La idolatría de la fuerza, y no la propia fuerza, le parece la guardiana
del statu quo social; y con ella la idolatría del "saber".
Así, no vacila en añadir que no hay por qué dar por hecho
en el hombre el respeto hacia los que son superiores en sabiduría y
en ciencia. No debe el hombre dejarse abrumar por las élites reconocidas,
sino, al contrario, mantener su franqueza ante ellos y no dejarse imponer
ni por la espada, ni por el libro o la palabra, ni por la riqueza o el dinero.
No obstante, Godwin no es un nihilista impulsivo que arremete contra todo
y a propósito de todo. Sabe reconocer la superioridad del mérito
y de la competencia demostrados en sus funciones, cualidades y conocimientos
especiales. Se inclina de buen grado y no sin fervor ante la actividad de
los constructores y los educadores. Pero para todo lo que atañe al
sentido común humano, ya sea la justicia, el derecho o la política,
Godwin cree que cada uno se esfuerza ejerciendo sus propias facultades de
análisis y de crítica, sin que haya que acudir a ninguna casta
de clérigos y notables, ni a ninguna delegación de representantes,
de jefes o legisladores.
Los anarquistas, siguiéndole, retomarán las enseñanzas
godwinianas, que resumirán en esta declaración lacónica
que contiene la experiencia sintetizada de todos los esfuerzos tendentes a
la liberación social: "La emancipación de la clase trabajadora
será obra de los propios trabajadores". Efectivamente, por haber
dejado en manos de los dioses, los césares y los tribunos el cuidado
de los liberados, individual o colectivamente, los trabajadores han seguido
siendo esclavos eternos del trabajo asalariado. Y por haber delegado sus "poderes",
los ciudadanos siguen siendo, bajo el yugo del Estado, una masa manejable,
doblegable... y movilizable a voluntad.
Que se esfuercen los hombres, pues, despiertos y atentos a sus propios asuntos,
y que hagan del juicio y la actividad su trabajo privado; los Estados y los
privilegiados no podrán mantenerse contra esa voluntad arraigada, entre
los hombres ponderados y firmes, de dirigir ellos su propia vida. La violencia
no podrá reemplazar el aprendizaje de las responsabilidades y de la
iniciativa; pero, una vez hayan adquirido esas costumbres los trabajadores,
no será políticamente necesaria violencia alguna porque las
ciudadelas del poder, al no tener ningún asidero, se hundirán
como castillos de naipes.
Godwin recupera aquí el pensamiento anteriormente expresado por Etienne
de La Boétie en su admirable obra Discurso de la servidumbre voluntaria,
libro extraordinariamente educativo y no menos liberador, que merecería
ser leído con mucha más atención por todos los que reivindican
la anarquía. Veamos aquí cómo se expresa Godwin sobre
la no cooperación del hombre con los imperativos de la autoridad:
"Es bien sabido hoy que el imperio del gobierno está basado en
la opinión; para que subsista no basta con que nos abstengamos, por
nuestra parte, de derribarlo violentamente; hace falta que la opinión
nos determine a proporcionarle un apoyo permanente".
Al hablar de "la opinión", Godwin se refiere a la conciencia
individual. Rechaza las incitaciones de las asambleas y de las masas siempre
dispuestas a convertirse en verdugos o víctimas y a recaer en ese afán
de autoridad que se podría anular con la simple no cooperación
con los opresores:
"Ningún gobierno puede subsistir en una nación si los todos
los individuos, absteniéndose con una resistencia tumultuosa, censuran
desde el fondo de su corazón, y desprecian la institución gubernamental".
Godwin plantea también las premisas de una técnica de la no
violencia aplicadas a la liberación de las sociedades. Es significativo
constatar que Proudhon, "el padre de la anarquía", se basa
también en la inanidad de las revoluciones políticas violentas.
A Marx, que le propuso en 1846 la creación de una especie de comité
internacional para coordinar "la acción", le respondió
señalando el carácter fundamentalmente reaccionario de los "golpes
de mano" dirigidos desde arriba y la inanidad de un socialismo basado
en una "Noche de San Bartolomé de los propietarios".
Para Godwin, el fracaso de los métodos violentos ya se advirtió
en 1793; los excesos, la arbitrariedad después de cada revuelta, restablecen
bajo nuevas formas la autoridad, el poder, el dominio del hombre sobre el
hombre.
Una vez realizada por Godwin y Proudhon la crítica de las insurrecciones
armadas, ¡cuántas guerras civiles han estallado aquí y
allá! Todas ellas han venido a confirmar la verdad de la cautela contra
los métodos que no pueden sino dar preeminencia a los nuevos partidos
políticos ávidos de poder, y a los tiranos por medio de milicias
o de ejércitos.
Sin duda, en un mundo como este en el que vivimos, donde la violencia, el
asesinato, el crimen y la explotación son moneda corriente, no se puede
conseguir que el hombre se despoje de un manotazo de todo un pasado de brutalidad
ancestral. Pero ¿es esa una razón para encerrarlo a sabiendas
en unas formas caducas de luchas pretendidamente liberadoras y para dejarse
sojuzgar por esa mística de violencia, sin saber a dónde nos
lleva?
Porque no basta con denunciar la violencia y el autoritarismo de los demás;
hay que saber por uno mismo no hacer uso y organizar una resistencia de las
mentes a la opresión y a la tiranía.
Que no se nos venga a invocar razones que nuestra razón se niega a
aceptar: que no se nos argumente, por ejemplo, la falta de preparación
de las mentes, como causa de fracasos probables y posibles. Ya hemos soportado
bastantes fracasos con los antiguos métodos destinados a cambiar el
curso de los acontecimientos para que no tengamos derecho a buscar otros nuevos.
El día en que las mejores mentes sean conscientes de la inmoralidad
del poder, de la inutilidad del Estado, de la nocividad de los códigos
y los usos, ese día, los nefastos principios de autoridad habrán
fracasado y la revolución pacífica estará en vías
de realización.
Guglielmo Ferrero ha distinguido dos revoluciones diferentes en los movimientos
de 1789 en Francia y en los hechos que los sucedieron; pero, se puede remontar
a Godwin esta distinción necesaria, olvidada por falta de "objetividad"
histórica entre mentes como las de Jaurès, Kropotkin, etc.,
que han enfocado la Gran Revolución francesa como un único bloque.
Por una parte, en efecto, nada puede autorizar el rechazo de este admirable
conjunto de pensamientos, que trataron de precisarse en hechos, y actuaron
en la proyección en el futuro de los principios esenciales que proclamó
la revolución creadora: "Libertad, Igualdad y Fraternidad".
Pero, por otra parte, la dictadura jacobina, guerrera y terrorista, no dejó
de negar y derribar todo lo que edificaba el humanismo enciclopédico,
y de restablecer lo que éste anulaba.
Ahora bien, Godwin, observador atento, ha sopesado la extraña contradicción
que se iba insinuando a lo largo de los años entre las causas superficiales
y los problemas profundos que llevaron a los hombres a la revuelta. Su conclusión
fue que había que confiar en la verdad, esperar a que ésta llegara
a las mentes, trazando en profundidad su cauce; y por ello hay que dirigirse
y entregarse a la obra de la autoeducación, rechazando las tentaciones
de la violencia, para regular mediante la confianza los problemas humanos.
De hecho, la verdad lucha en dos frentes:
"La gran causa de la humanidad, por la que se aboga frente al universo,
tiene dos clases de enemigos, los amigos de la autoridad y los amigos de lo
nuevo que, impacientes ante cualquier retraso, son proclives a interrumpir
violentamente el lento, incesante, rápido y feliz progreso que el pensamiento
y la reflexión realizan de forma manifiesta en el mundo. La humanidad
sería feliz si las personas que se interesan con gran celo en estas
cuestiones limitaran su acción a difundir, de todas las formas posibles,
el espíritu de búsqueda, y a aprovechar toda ocasión
para extender el conjunto de conocimientos políticos y extender la
comunicación".
Se ha querido tratar a Godwin de utópico, pero los pretendidos científicos
no se sienten apenas incómodos por desdeñar los datos esenciales
de la ciencia, proclamando a los cuatro vientos las imperiosas y fatales necesidades
revolucionarias -"la lucha sangrienta o la nada"- sin siquiera referirse
a las formas de vida de acción o contenido real. Por el contrario,
qué clarividente nos parece este texto de Godwin:
"Después de todo, no se puede olvidar que si revolución
y violencia no están necesariamente en conexión, la revolución
y la violencia han sido demasiado a menudo contemporáneas de los grandes
cambios del sistema social. Lo que se ha producido a menudo en el pasado puede,
sin duda, producirse en el futuro. Así pues, el deber de los hombres
esclarecidos es retrasar la revolución cuando no puedan impedirla.
Es razonable creer que, cuanto más tarde se produzca, antes podrán
crearse las verdaderas naciones políticas y menores serán los
inconvenientes relacionados con la revolución. El amigo de la felicidad
humana deberá tratar de prevenir la violencia, pero eso podría
ser señal de un temperamento débil y senil que nos haría
volver la vista con disgusto ante los asuntos humanos y no contribuir con
nuestros esfuerzos y nuestra atención a la felicidad general porque,
tal vez, al final, intervendría la violencia. Estas cosas no concuerdan
con nuestra idea de perfección. Los hombres que se irritan contra la
corrupción y se impacientan ante la injusticia y que por su estado
mental favorecen a los hacedores de la revolución, tienen siempre una
excusa para sus errores: son los excesos de un sentimiento virtuoso".
Como puede verse en este largo extracto, Godwin, aunque es no violento, rechaza
condenar ex cátedra el ardor revolucionario de los pueblos. Esta mezcla
de prudencia, de sabiduría y de generosidad es quizá lo mejor
y más profundo en la exposición de las ideas godwinianas. Llevan
consigo las meditaciones de un sociólogo y de un filósofo que
el espíritu científico (no dogmático) no deja de guiar.
En Godwin, el sentido de lo humano no se ha perdido en su ardiente deseo de
transformación social, y eso es lo más importante.
Por mi parte, no conozco ningún pensamiento anarquista expresado con
mayor claridad, fervor y nobleza que el de Godwin, que encontramos desarrollado
entre nuestros mejores teóricos y hombres de acción, especialmente
P.J. Proudhon, Elisée Reclus y Errico Malatesta.
¿Por qué después de tantas experiencias vividas y tantas
enseñanzas recibidas, los revolucionarios siguen pretendiendo conceder
a la violencia un valor mesiánico?
¡Qué de años perdidos tratando de atrapar la luna para
derrocar el poder en su propio terreno, mientras que lo que hacía falta
era tener una visión clara de la realidad y dar una paliza a la autoridad
rechazando servirla o servirse de ella! Se impone una necesidad imperiosa,
la de fomentar esa huelga de mentes, esa objeción de conciencias que
se niegan a consagrar y sostener el privilegio y la tiranía garantizando
su inevitable derrota. ¿No es esta la urgente tarea a la que deberían
dedicarse todos los movimientos anarquistas en lugar de vivir demasiado a
menudo de quimeras llamadas revolucionarias?
No se puede negar que las revueltas individuales, salvajes, a veces inconscientes,
y los actos de represalia directa han hecho temblar a los tiranos e inquietado
a los gobiernos quizá más profundamente de lo que hubiéramos
imaginado; pero hemos constatado también que los levantamientos en
masa han sido más perjudiciales que útiles, y han encontrado
siempre un canalizador hábil que ha logrado que el río volviera
a su cauce normal.
No quiero con esto enunciar una regla inamovible de los acontecimientos; pero
¿qué valen los mítines y los debates de los partidos
políticos que pretenden defender la paz? Mediante su rechazo tranquilo,
los objetores de conciencia hacen más por la paz constructiva, más
contra la guerra, que todos esos miles de pretendidos pacifistas que continúan
sirviendo al Ejército y al Estado. ¡Ah, pero los gobiernos saben
bien a qué se expondrían si la lucha contra el militarismo se
orientara por los caminos de la desobediencia civil! Esta es la actualidad
del pensamiento de Godwin. Ese retorno a las fuentes primeras y fundamentales
de la anarquía acude a los medios anarquistas no sin razón.
Nos iremos dando cuenta de que, cada vez más, el futuro hará
justicia a los que entrevieron la verdad de prevenir del peligro. Otros menos
inspirados se pusieron a remolque de esos partidos autoritarios de doctrinas
pretendidamente científicas, para los que el alfa y omega del conocimiento
reside únicamente en la conquista del poder.
¿Habrá que perseguir por los caminos de la ilusión la
esperanza de un mundo mejor? ¿No habrá más bien que tratar
de utopistas a esos "científicos" tan alejados de la realidad
como el día de la noche?
¿No será preferible proponer a los hombres que aspiren a una
transformación profunda de las relaciones entre individuos?
Ante los repetidos fracasos de la violencia, mitificada por la constante violencia
de la conciencia humana ¿no es urgente reaccionar?
Tener confianza en esta fuerza que es la verdad no es esencial. Pero eso no
implica rechazar toda acción, al contrario, necesita una constante
actividad de rechazo por una parte y de creación por la otra.
"Es un error suponer que, porque no produzcamos conmoción popular
y violencia, la generación en la que vivimos no se vaya a beneficiar
de la mejora de nuestros principios políticos", escribe Godwin.
Rechacemos, pues, unirnos a las formas de privilegio y de tiranía,
rechacemos servir o contribuir a todo lo que pueda poner trabas a la liberación
humana; pero, por otra parte, inauguremos desde ahora el día de las
formas de vida libre que perfeccionará la experiencia, y hagamos realidad,
entre nosotros, un poco de esta anarquía de la que se nos ha estado
hablando, esforzándonos por vivir el pensamiento creador.
Hem Day
(febrero-marzo de 1953) ![]()
Decrecimiento y vegetarianismo
Ha llegado el momento de abordar la cuestión de nuestra actitud, de
nuestro comportamiento en un sistema económico desarrollado enteramente
en la lógica suicida del crecimiento, pero más en nuestros actos
más corrientes, más rutinarios, que tienen un peso considerable
en la maquinaria destructora del capitalismo. Empecemos por la alimentación,
parte esencial del consumo mundial, que responde a los mismos principios de
oferta (industrializada) y de demanda (condicionada) y permanece sometida
a los mismos desequilibrios entre potencias nacionales, pues la mayor parte
de las mercancías se intercambian por todo el mundo. Y, para ser del
todo preciso, nos referimos a la producción y el consumo de carne,
parte fundamental de la carrera despreocupada hacia el abismo.
El propósito no es estigmatizar gratuitamente a quienes comen carne,
esgrimir principios morales (algunos de los cuales pueden ser ciertos) y asentar
en algunas mentes la sola idea de que el vegetarianismo, o el veganismo, tiene
valor de obligación moral. El movimiento anarquista conserva sobre
esta cuestión penosos recuerdos de una época en la que algunos
militantes de la causa animal se han atrevido a establecer dudosas similitudes
entre consumo de carne y fascismo, no sin escándalo. No fue necesario
nada más para que los enemigos fomentaran una desconfianza duradera
(suave eufemismo) hacia el vegetarianismo y hacia las organizaciones libertarias.
Si las discusiones son ya lejanas, lo cierto es que la cuestión de
la abolición de la carne no ha progresado apenas en los medios anarquistas.
Comparativamente con otras épocas, en las que el problema se abordaba
apasionadamente en las columnas de nuestros periódicos y en las páginas
de nuestros folletos, la indigencia de nuestras reflexiones al respecto es
patente. Por algo los medios anarcopunk y ecologistas radicales se han adueñado
del problema y han llevado, a fuerza de debates y de la conciencia individual,
a una amplia franja de sus activistas a hacerse vegetarianos o veganos.
Al margen de toda consideración moral, hay una cuestión que
debe plantearse, honradamante, todo individuo sensible a los estragos de esta
sociedad de superproducción y sobreconsumo, y decidido a poner no sólo
un freno, sino un final: ¿se puede en el siglo XXI seguir consumiendo
carne?
Empecemos por advertir que desde el punto de vista industrial la producción
de carne constituye un derroche de energía. El teorema es sencillo:
se cultivan cereales para alimentar y engordar al ganado. ¿Por qué
no comer directamente los cereales producidos?
Esto parece una nimiedad, pero hay que pensar en el grado de paroxismo a que
esta aberración energética puede llegar por el apetito carnívoro
de millones de individuos. El cuidado de los animales, basado en la demanda
del mercado de la carne (en pleno crecimiento, especialmente en los países
del Norte) implica buscar cada vez más tierras de pasto y de cultivo.
Trágica demostración de esta huida hacia delante, la cubierta
forestal tropical y subtropical se ha reducido considerablemente desde que
las diferentes oficinas mundiales con la ayuda del "progreso" estimulan,
y eso es decir poco, la instalación de establecimientos de cria de
varios millones de cabezas de ganado. Y la razia continúa cuando, después
de haber devastado los bosques, arruinado las tierras conseguidas por una
explotación desmesuradamente intensiva -los explotadores siguen sometidos
a las mismas exigencias de rendimiento- hay que utilizar la excavadora más
lejos todavía, conquistar nuevas tierras, continuar la obra de muerte.
Los animales no necesitan una alimentación variada. Algunos cereales
o incluso un solo tipo, bastan para su crecimiento. En particular la soja,
cuya prodigiosa producción está destinada fundamentalmente al
ganado, dando lugar a un modelo de cultura inédito para las comunidades
campesinas tradicionalmente vinculadas a una agricultura de subsistencia,
más variada, que hoy apenas tiene peso en la balanza económica
regulada por los países del Norte. Para sobrevivir, estas comunidades
apenas tienen otra elección que lanzarse al monocultivo, dependiendo
cada vez más de las fluctuaciones del mercado, y participando sin recoger
beneficios en la destrucción de su entorno, que es también el
nuestro.
Estos son los más directamente afectados por los desequilibrios engendrados:
éxodos masivos, desaparición de los referentes sociales y culturales,
pero también efectos directos e indirectos de la deforestación.
Se habla poco de ello, pero la destrucción del bosque ecuatorial es
también la destrucción del hábitat natural de una multitud
de animales que mueren o no encuentran su sitio en la compleja organización
de la cadena alimentaria. Se señalan numerosos casos de animales salvajes
que, enloquecidos, hambrientos, atacan al hombre y a veces lo matan. Porque
la desorganización generalizada de los equilibrios naturales afecta
a innumerables componentes de los medios vegetal y animal, solidarios entre
sí, acabando con toda esperanza.
El hombre que sufre, el que muere, no es el empresario que calculadoramente
decreta las muertes económicas y ecológicas, ni el tecnócrata
que sin ningún ánimo especial administra el remedio, ni tampoco
los políticos que justifican todo, incluso lo favorecen, sin olvidar
sus pequeñas comisiones. Los que sufren y mueren son los pobres, los
artesanos inconscientes de su propia destrucción. Son por ejemplo los
criadores de pollos, que en ciertos países de Asia viven y trabajan
mezclados con sus animales, en unas condiciones de higiene espantosas que
no son ajenas a la aparición y propagación de virus cada vez
más resistentes. Las epidemias así desarrolladas causan más
estragos cuanto menos informadas están las poblaciones afectadas, los
gobiernos parecen más preocupados por los desafíos económicos
que por la situación sanitaria. Podríamos también hablar
de la contaminación devastadora que ha cubierto ciertas regiones de
la Indonesia a causa del fuego utilizado para las roturaciones. O de los efectos
de los pesticidas pulverizados en exceso sobre ciertos cultivos, envenenando
la tierra y también a los trabajadores que la manipulan. O de las inundaciones
trágicas que son consecuencia directa de la deforestación y
de la mala permeabilidad de los suelos cultivados, como sucedió en
la región de Santa Fe, en Argentina, a finales de 2003.
Verdaderamente, podríamos continuar con esta siniestra enumeración.
Pero vamos a detenernos. A cambio, y para llegar a lo que nos preocupa, no
creemos que los efectos perversos de la producción de carne sean observables
únicamente en los países del Sur. En nuestras comarcas consideradas
"ricas" y "desarrolladas", el cuadro tampoco es brillante.
Una oleada de militantes salidos del medio agrario, seguida hoy por un número
de ciudadanos, estigmatiza la "comida basura" encarnada por ciertas
cadenas de comida rápida muy conocidas. Éstas tienen, sin duda,
una gran parte en la responsabilidad del saqueo planetario, especialmente
en el proceso de deforestación iniciado para producir la pasta de las
hamburguesas. Pero no son las únicas. La gastronomía de los
países del Norte, con Francia a la cabeza, se basa esencialmente en
la carne. Este modelo de alimentación, instalado en lo más profundo
de los cerebros y de los estómagos, conduce a las poblaciones pobres
o ricas a comprar, a diario o casi, su lote de carne más o menos fresca.
Pero la precariedad, es decir, el empobrecimiento generalizado de los consumidores,
lleva a reducir el presupuesto de alimentación y buscar lo menos caro.
Eso constituye la oportunidad de otras cadenas de descuento alimentario, que
proponen una carne barata recurriendo a las hormonas de crecimiento, los diversos
anabolizantes, los antibióticos y, en ocasiones, las harinas animales.
Y los efectos sobre la salud son los mismos que sobre los que están
acostumbrados a la comida rápida: obesidad, problemas dentales, riesgo
de enfermedades cardiovasculares o de cáncer, etc.
Es cierto que el vegetarianismo, si no generalizado al menos masivamente adoptado,
no solucionará por sí solo el problema de la sobreexplotación
de los recursos naturales y de las consecuencias desastrosas que trae consigo.
El escándalo de los OGM (organismos genéticamente modificados)
ha mostrado hasta qué punto los aprendices de brujo de la industria
agroalimentaria están a merced de todas las manipulaciones irreversibles
para incrementar los rendimientos y los dividendos. Una agricultura para el
hombre y no para el ganado podría ser el origen de nuevos saqueos si
sigue sometida a la lógica destructora del capitalismo. A ese respecto,
la producción actual de aceite de palma, o de frutas exóticas
como el plátano por ejemplo, contribuye igualmente a la deforestación,
a la destrucción de comunidades autóctonas, a la sobreexplotación
y al envenenamiento de los suelos.
Pero el vegetarianismo es una primera ruptura concreta con el sistema capitalista.
El vegetariano asume, en su comportamiento alimentario, su rechazo a sostener
la aberración de la industria cárnica y a tener una parte de
la responsabilidad, aunque sea mínima. Más que un simple boicot,
en un mundo en el que la carne domina la gastronomía de los países
del Norte, el vegetarianismo es también una actitud de resistencia,
que lleva frecuentemente a interrogarse sobre la alimentación, la composición
de los productos, su origen, su valor nutritivo, etc. Porque comemos todos
los días y todos los días nos enfrentamos al espectáculo
de un cadáver en el plato, el vegetarianismo cuestiona permanentemente
los comportamientos alimentarios y sus consecuencias, en una dialéctica
que se renueva sin cesar.
Se me puede decir que el vegetarianismo es la elección de los privilegiados
que, en la abundancia, tienen la posibilidad de seleccionar sus alimentos.
Es cierto. Se puede decir lo mismo de los que tienen los medios intelectuales,
sociales y económicos para controlar su fecundidad y participar así
en el proceso de regulación de los nacimientos. Los desafíos
demográficos han apasionado desde siempre a los anarquistas, que nunca
han sentido escrúpulos a la hora de militar a favor del control de
la natalidad. Los desastres de la industria agroalimentaria, especialmente
a través de la producción de carne, deben conducirnos a la misma
honestidad intelectual y militante.
Terminemos con esta doble pregunta: la humanidad cuenta hoy con casi seis
mil millones de individuos. En cincuenta años, serán de ocho
a diez mil millones (según las previsiones) los que poblarán
la Tierra. ¿Semejante población podrá sobrevivir si sigue
consumiendo carne? Y nosotros, los "privilegiados" del Occidente
industrializado, ¿podremos contener nuestra inconsciencia carnívora
ante lo que quede de recursos naturales, animales y humanos?
André Sulfide
(Le Monde libertaire) ![]()
Son muchos y variados los sistemas de control de las diversas formas de relación
y expresión dentro de las sociedades humanas. Unos son más directos
y brutales, otros más indirectos y sutiles. El más importante
es el control del pensamiento y la voluntad de las personas.
Desde que el ser humano empezó a hacerse preguntas de sí mismo,
de su existencia y del desarrollo de todo lo que le rodeaba, aparecieron toda
clase de iluminados que creían poseer la verdad suprema y daban solución
a todas las preguntas que le planteaba su existencia.
Una de sus principales aliadas para empezar a ejercer la dominación
de las mentes era la ignorancia en la que estaban sumidos los seres humanos.
A grandes rasgos, este es el principio de las religiones.
Las religiones suponen una coacción a la libre expresión humana,
su yugo mantuvo a la humanidad en la oscuridad durante muchos siglos. Los
autoproclamados representantes de Dios en la tierra -los curas, los imanes,
los rabinos- mantienen a la humanidad en la ignorancia utilizando los medios
que les ofrecen sus diferentes religiones.
Pero los seres humanos siguieron haciéndose preguntas y encontraron
en la ciencia a su mayor aliada para salir de la ignorancia. Enfrentaron a
la ciencia con la fe, para, por medio del estudio y la razón, dar una
respuesta a las incógnitas planteadas por la vida; superando las verdades
supremas impuestas por las diferentes religiones.
La religión se institucionalizó, y sus acólitos, organizados
en la Iglesia católica y otras semejantes, para no perder el poder
y el privilegio que les concedía tener a la humanidad bajo su control,
enfrentaron a la ciencia y a la razón con la fe y la ignorancia. Mostraron
a científicos y racionalistas como personas peligrosas para la humanidad,
a los que había que combatir con la persecución y la muerte.
Para ello se sirvieron de la indispensable ayuda de su aliado y defensor:
el Estado.
Muchas luchas se han producido por la emancipación de la humanidad,
pero el enemigo es poderoso y aún se dan muchas de las condiciones
expuestas hasta ahora.
Para la Iglesia es fundamental controlar y manejar el pensamiento de la sociedad
que domina, y lo intenta por todos los medios. Durante mucho tiempo (Edad
Media) se apropiaron de la cultura y del saber de la época, sin dudar
en destruir todo lo que contraviniera su línea de pensamiento. Los
científicos y pensadores sufrieron todo tipo de persecuciones y hasta
la muerte en la hoguera por salirse del camino marcado por la religión
e impuesto por la Iglesia.
El empuje de la humanidad por conseguir una formación lo más
elevada posible obligó a la Iglesia a reconocer ciertos avances de
la ciencia y de la razón y a rebajar el dominio que ejercía
sobre todas las ramas del saber. Pero todavía mantenía el poder
necesario para manejar la formación intelectual de los hombres, controlando
que la educación no se saliera de los dogmas religiosos, y también
qué clases sociales iban a tener acceso a dicha formación (nobleza
y burguesía).
De igual manera, intentaron controlar los focos culturales, sin dudar en atacar
los medios alternativos de formación que no estuvieran bajo su control.
En España, la Escuela Moderna fundada por Francisco Ferrer Guardia,
sufrió el ataque y la persecución por parte de la Iglesia y
el Estado hasta que acabaron con ella y con la vida de uno de los mayores
pedagogos que han salido de esta tierra nuestra.
Ferrer pensaba que por encima de todo estaba la libertad individual de los
niños y las niñas. Las clases eran mixtas, en contraposición
a la educación sexista impartida por la Iglesia. La educación
se apoyaba en el racionalismo y la ciencia y su meta era conseguir que niños
y niñas formaran su personalidad desde la libertad, la solidaridad
y el respeto mutuo, huyendo de dogmas establecidos con oscuros propósitos.
Acabaron con Ferrer y con todas las corrientes librepensadoras que pudieron.
Tampoco dudaron, años más tarde, en ponerse del lado del ejército
reaccionario para poner fin a todas las reivindicaciones y expresiones culturales,
sociales... que no consideraban adecuadas.
Llegaron largos años de oscuridad de los que todavía no hemos
salido. Aún en nuestros días la Iglesia está muy presente
en el ámbito educativo. Son muchos los colegios controlados por curas
de las diferentes sectas católicas (Opus Dei, Legionarios de Cristo)
y todavía mantienen las clases de religión y tienen la capacidad
de nombrar a los profesores.
Ahora bien, ¿cómo puede la Iglesia estar tan presente en la
sociedad? Gracias a la ayuda y manutención que le ofrece su viejo amigo
el Estado.
La Iglesia católica negoció en 1987, con el gobierno de Felipe
González, un régimen transitorio de financiación directa
mediante el IRPF (los fieles de esta religión le adjudicarían
una parte de ese impuesto: aproximadamente el 0,52 por ciento). Los obispos
aceptaban, a cambio, un período transitorio de tres años para
llegar a la autofinanciación. Pues bien, 17 años más
tarde, aquel régimen transitorio persiste. Las cantidades destinadas
a la Iglesia por sus fieles descienden año tras año y el Estado
se ve obligado a completar esas cantidades con decenas de millones a fondo
perdido, además de cientos de millones más en sueldos del profesorado
de esa religión y otras ventajas económicas.
Ante esta situación debemos dar una respuesta personal, absteniéndonos
de participar en las organizaciones religiosas, organizaciones caritativas
(ONG), así como en todo tipo de actos religiosos.
A la mayoría de nosotros no nos preguntaron si queríamos ser
o no católicos. Queremos decidir por nosotros mismos lo que vamos a
ser en adelante, en completa libertad, sin coacciones ni engaños.
No queremos seguir formando parte de la Iglesia católica.
Hijo del pueblo, te oprimen cadenas
y esa injusticia no puede seguir,
si tu existencia es un mundo de penas
antes que esclavo prefiere morir.
Esos burgueses, asaz egoístas,
que así desprecian la Humanidad,
serán barridos por los anarquistas
al fuerte grito de libertad.
Rojo pendón,
no más sufrir,
la explotación
ha de sucumbir.
Levántate, pueblo leal,
al grito de revolución social.
Vindicación
no hay que pedir;
sólo la unión
la podrá exigir.
Nuestro pavés
no romperás.
Torpe burgués.
¡Atrás! ¡Atrás!
Los corazones obreros que laten
por nuestra causa, felices serán;
si entusiasmados y unidos combaten,
de la victoria la palma obtendrán.
Los proletarios a la burguesía
han de tratarla con altivez,
y combatirla también a porfía
por su malvada estupidez.
Rojo pendón,
no más sufrir,
la explotación
ha de sucumbir.
Levántate, pueblo leal,
al grito de revolución social.
Vindicación
no hay que pedir;
sólo la unión
la podrá exigir.
Nuestro pavés
no romperás.
Torpe burgués.
¡Atrás! ¡Atrás!
Este himno fue presentado al Segundo Certamen Socialista (Barcelona, 1889)
por su autor, que ocultó su nombre tras las siglas R.C.R. El Certamen
fue muy importante para la evolución y enriquecimiento teórico
del anarquismo hispano. Hijos del Pueblo se convertiría en el himno
favorito de los anarquistas de lengua española.
Años más tarde, alguien lo dota de una nueva letra, por considerar
que la anterior "es poco revolucionaria": Salud, proletarios: llegó
el gran día; / dejemos los antros de la explotación, / no ser
más esclavos de la burguesía, / dejemos suspensa la producción.
/ ¡Iguales derechos e iguales deberes / tenga por norma la sociedad,
/ y sobre la Tierra los humanos seres / vivan felices en fraternidad! // Trabajador,
/ no más sufrir. / El opresor / ha de sucumbir. / A derrocar / al capital,
/ al grito de revolución social. / Acracia al fin / triunfará.
/ Bello jardín / la Tierra será. / Todo lo vil / a eliminar.
/ Pueblo viril, / ¡Luchar! ¡Luchar! // No más supremacía
de dioses y reyes, / no más de tiranos la vil opresión; / y
vallas, fronteras, gobiernos y leyes / derrúmbense al paso de la rebelión.
/ Formemos un mundo de paz y armonía / do libres imperen artes y amor,
/ viviendo la libre anarquía... / Natura brinda en su rica labor. //
Trabajador, (etc.)
En los años de la Segunda República se compuso una nueva letra:
Hijo del pueblo, te oprimen cadenas, / y esa injusticia no puede seguir; /
si tu existencia es un mundo de penas / antes que esclavo prefiere morir.
/ En la batalla, la hiena fascista / por nuestro esfuerzo sucumbirá;
y el pueblo entero, con los anarquistas, / hará que triunfe la libertad.
// Trabajador, no más sufrir, / el opresor ha de sucumbir. / Levántate,
pueblo leal, / al grito de revolución social. / Fuerte unidad de fe
y de acción / producirá la revolución. / Nuestro pendón
uno ha de ser: / sólo en la unión está el vencer.