
SECCIONES
Los anarquistas no presentan candidatos a las elecciones y, en principio,
no votan. Es una perogrullada escribirlo aquí. Se evocan a menudo razones
inmediatas y muy válidas: rechazo de los políticos, de sus partidos
y sus falsas promesas, rechazo del "dar motivos" al sistema existente,
etc. Se trata de posiciones morales porque afectan a la dignidad del abstencionista
principalmente, más que una intervención práctica sobre
el devenir del mundo.
Sin embargo, la insumisión abre puertas al futuro. No como un arma,
sino porque es testimonio de un proyecto social del que somos los portadores:
el federalismo, y del Estado que rechazamos: la democracia. La propaganda
abstencionista debería ser, ante todo, la del mundo nuevo contra el
antiguo.
La democracia, como sistema político, parte del principio de que todos
los habitantes de un sector determinado pueden y debe hacer conocer sus opiniones,
y decidir en todo lo que sucede en la esfera pública. Por razones evidentes
hay que pasar por unos elegidos, unos representantes. Pero los electores no
votan por lo que debe hacerse, sobre un contenido, sino sobre quién
va a decidir qué es lo que debe hacerse.
Así, el sistema parlamentario se ve perfectamente duplicado en un sistema
administrativo: prefectos y altos funcionarios de toda clase. Y, en la práctica,
la aplicación de las decisiones tomadas se basa en su buena voluntad.
Un proyecto que no conviene a la administración puede hacerse fracasar
desde más arriba, según el modo en que se presente la información
necesaria para su ejecución. Y como garantía, por la inercia
legendaria del cuerpo de funcionarios. Las próximas elecciones nunca
están lejos...
Por último, los elegidos son conducidos a relacionarse asiduamente
con una multitud que no tiene nada de popular, toda una banda de notables.
Ello contribuye a que, aunque procedan de medios proletarios, esta influencia
se vea reducida en beneficio de los ricos y poderosos.
Observemos que, desde el momento en que se alcanza cierto nivel en el que
exista un pequeño principio de poder, la lucha interna de los partidos
políticos y las tensiones de las campañas electorales dan ventajas
a las bajezas, las traiciones, las amistades dudosas, etc. Los "puros"
no llegan a las cabezas de lista y no son elegidos. Quedan los crápulas...
El federalismo libertario plantea el principio: cada uno se mete en lo que
le importa, y en la medida en que le importe. Eso implica, en lugar de una
amplia consulta cada cinco o seis años seguida de cierta opacidad,
una multiplicidad de decisiones en común y a pequeña escala
tomadas por los interesados.
Las atribuciones de las instituciones de amplia competencia, como las asambleas
regionales, nacionales o europeas -si subsisten- se ven muy reducidas a sesiones
episódicas.
De ello resulta inevitable que los delegados estén provistos de un
mandato imperativo: no se vota a un individuo que sepa lo que hay que decidir
sino, con un contenido preciso, al hombre que tiene la obligacion de defender
ese mandato durante las discusiones y los votos. De ello se desprende la revocabilidad
de los elegidos, evidentemente.
Por otra parte, la sociedad federal reposa sobre la noción de contrato,
y no sobre la de ley. No hay separación de poderes, legislativo y ejecutivo
(que ya no existen). Los que aplican las decisiones, a todos los niveles,
son los que las toman. No existe una alta administración permanente,
ni Estado. El verdadero federalismo no se concibe sin igualdad económica,
y al haber desaparecido el poder ligado a la función y a su permanencia,
se puede establecer una rotación rápida de los elegidos, lo
que limita la corrupción.
Se ve claramente que nuestro proyecto va mucho más allá de la
cuestión del voto. Se trata de un cambio muy profundo de las instituciones
o, más exactamente, de la sustitución de lo que es institucional
por una organización fluctuante, en la que cada construcción
no dure más que el tiempo necesario. Nuestro mensaje no puede reducirse
al rechazo de las elecciones: queremos hacer partícipe al mayor número
posible de personas de nuestro proyecto de liberación. La abstención
es una consecuencia natural, lógica.
La transformación de la sociedad será el resultado de la insurrección
de los trabajadores contra los poderosos. Nuestra tarea urgente es pues destilar
la idea federalista e igualitaria a las grandes masas, e impulsar la práctica
autogestionaria.
Así pues, mantener la costumbre de la delegación democrática
es ir contra nuestros propios fines. Presentar o defender candidatos es echar
a perder la confianza, tan necesaria y rara hoy en día, que las clases
obreras pueden tener en sí mismas. Es negarles su capacidad política.
El arma del proletariado es la acción directa; su Constitución
es el federalismo. Toda política electoral es enemiga de la emancipación
humana.
Max Lhourson
(Le monde libertaire) ![]()
La influencia de Proudhon en España
Como cualquier otra figura de la historia del anarquismo, Proudhon tiene
una influencia sustancial sobre el movimiento obrero español, en especial,
como no podía ser de otra manera, en el anarquismo.
Las primeras lecturas que se hace de Proudhon en España son muy tempranas,
y casi todas a través de prensa de raigambre fourierista, como el Pensil
de Iberia, donde escribían personajes tan carismáticos para
el pensamiento progresista español como Francisco Pi y Margall. La
figura de Pi y Margall es capital para entender la influencia de Proudhon
en España, pues él es su gran traductor. Se ha querido malinterpretar
este acontecimiento, y muchos han tergiversado las influencias decisivas del
proudhonismo en Pi y Margall.
Lo primero sería decir que Pi y Margall no era anarquista. Procedía
de los núcleos más radicales del liberalismo y será uno
de los promotores de las corrientes republicanas federales. Esto es importante
en dos factores:
-La gran cantidad de lectores que podía tener Proudhon.
-De las filas de los republicanos federales salieron mucho de los primeros
internacionalistas que desembocarían definitivamente en el anarquismo
organizado.
Las influencias pimargalianas son tanto de Proudhon como de Hegel, pero al
respecto del primero Pi dice: "Si desea apreciarse en su justo valor
fije lo visto sobre Proudhon, sobre este coloso de la época, que hoy
es el verdadero representante de la revolución del siglo XIX. No se
espante ante sus formas audaces: lea los libros que ha consagrado a su explicación
y estoy convencido de que su razón cederá ante la ley de su
inflexible lógica. Proudhon es la dialéctica personificada,
el tamiz de la ciencia moderna, el gigante de la razón humana. Es atrevido,
duro, terrible, vehemente, metafísico, profundo, de difícil
compresión, árido, quiero decir antipoético, y apenas
existe algún hombre pensador que no devore sus obras con afán.
Las he leído casi todas y no precisamente una vez: las he explicado,
las explico y puedo responder del mérito inmenso que contienen. Cada
día las veo más grandes. Este hombre cada día se nos
va presentando más y más como el Hércules de la economía
política".
Las obras que mas influyen en Pi y Margall de Proudhon son "La idea general
de la revolución del siglo XIX" escrita en 1851 que motiva la
escritura de "La reacción y la revolución" (1854)
de Pi, donde defiende un anarquismo muy próximo al de Proudhon. Y "El
principio federativo" de 1863 que motiva tiempo después a Pi y
Margall escribir "Las nacionalidades", 1876, con la experiencia
republicano-federal ya fracasada.
Pero la influencia proudhoniana sobre el campo socialista español no
se queda en la figura de Pi y Margall. Los primeros núcleos de las
organizaciones obreras españolas están más en la línea
fourierista u owenista, pero ya desde la segunda mitad del siglo XIX se empieza
a notar la influencia de Proudhon. Así, muchas sociedades de socorros
mutuos ya recurren al mutualismo de Proudhon y el periódico La Asociación
ya plantea las soluciones de Proudhon, como el Banco de Pueblo, como fin fundamental.
Pero aparte de estas experiencias organizativas embrionarias y previas a la
instauración de la Internacional en España, lo que queda de
Proudhon es sobre todo el federalismo. Entendido éste como organización
de abajo a arriba. El federalismo que penetra en España es fundamentalmente
proudhoniano, pero merced al triunfo de las tesis bakuninistas en España,
ese federalismo pasa por el tamiz de Bakunin. Es decir, el federalismo de
Proudhon es perfeccionado por el internacionalismo español, gracias
a las aportaciones del anarquista ruso de Torjok.
La idea federal defendida por los internacionales españoles es aquella
que defiende que la estructura de la Internacional tenga una organización
de abajo a arriba, donde cada una de las secciones funcionara de manera asamblearia.
Esto chocó de manera frontal con la idea centralista que los marxistas
presentaban en el seno de la Internacional.
La ruptura de la Internacional llegó a España en 1872, y aunque
el movimiento anarquista quedó atomizado merced a la represión
generada por las políticas conservadoras y caciquiles del Estado español,
siguió defendiendo la idea de federalismo. No en vano casi todas las
organizaciones que surgían en España llevaba el titulo de federación:
Federación Regional Española, Federación de Trabajadores
de la Región Española, Federación de Sociedades de Resistencia
de la Región Española o Federación de Resistencia al
Capital. Todo hasta desembocar en la Confederación Nacional del Trabajo
y la Federación Anarquista Ibérica. También muchos periódicos
llevaron el titulo de Federación, como en el de las sociedades obreras
de Barcelona, donde la figura de Rafael Farga Pellicer destacaba en el movimiento
anarquista.
Este convencimiento de que sólo la federación horizontal era
la solución a los problemas llevó a considerar que el proyecto
que las organizaciones anarquistas y anarcosindicalista ibéricas perseguían
eran la Federación de Autonomías Ibéricas, donde se solucionarían
todas las cuestiones de todos los ámbitos de la vida. Es el modelo
y el ejemplo que se exportaba. Está muy influido por el texto de Isaac
Puente "El comunismo libertario".
Por fortuna, todo lo que España recoge de Proudhon es esa parte constructiva
que le hace una de las figuras singulares del anarquismo. En su parte más
negativa, como su machismo y misoginia, las organizaciones anarquistas españolas
se quedaron mucho más con el discurso de Bakunin de igualdad humana
sin distinción de sexos. Pero este es otro debate. También digno
de mención sería el europeismo de Proudhon, que ha llevado a
tergiversaciones, pues corrientes del liberalismo español como el krausismo
también reivindicaron en algunos escritos a Proudhon en este aspecto.
Todo esto está muy lejos de la realidad de quien fue uno de los pensadores
socialistas más importante de la historia, y al que tanto debe el nuestro
movimiento anarquista internacional.
(Este texto es el resumen de la conferencia pronunciada por nuestro compañero en el acto de presentación previo a la celebración del Congreso Anarquista Internacional de Besançon, el pasado mes de abril.)
A menudo solemos escuchar en los medios de comunicación, como la televisión
o la radio, la utilización de la palabra anarquía haciendo referencia
a algo caótico, algo destructivo y peligroso. Siempre que aparece suele
ser reflejada como el desorden y la desorganización más absoluta.
Simplemente con prestar un poco de atención al entorno podemos observar
que la anarquía es considerada como algo terrorífico y perjudicial.
Esta falacia no es nada nuevo: el poder y sus estructuras vienen desde antaño
patrocinando y divulgando este falso concepto de la anarquía y del
anarquismo, con el fin de que no germine en la sociedad un pensamiento anarquista
organizado. El porqué es evidente: la esencia de la anarquía
es la consecución de la libertad del individuo y, por tanto, supone
la inexistencia de cualquier estructura que limite e impida dicha consecución.
Para ser exactos, la anarquía es el orden sin gobierno, lo que implica
la desaparición de toda autoridad y lleva a la abolición del
Estado, de la propiedad, de las leyes, etc. Y es su objetivo de generar una
sociedad nueva, formada por individuos libres que convivan en armonía
y basen sus relaciones en el respeto, en el apoyo mutuo y la solidaridad,
llegando a acabar con cualquier tipo de esclavitud, ya sea física,
moral o económica. Por tanto, la llegada de la revolución social
hacia la anarquía supondría el desastre para el sistema opresor
vigente; significaría el fin de la desigualdad y, por lo tanto, el
fin de los valores burgueses, que sostienen los pilares del sistema económico,
social y cultural en los que reposa el Estado.
Cualquier persona que pueda leer esto podrá pensar que la sociedad
actual tiene cosas positivas en diversos ámbitos de la vida social,
que posee la virtud de ofrecer cierto bienestar al pueblo a pesar de las injusticias
que pueda generar. Podría pensar que la organización de las
sociedades no es perfecta pero es lo menos perjudicial posible para la humanidad.
Nosotros, los anarquistas, no somos amantes del caos y la destrucción;
no somos terroristas violentos con ansias de aniquilar todo lo que se nos
ponga por delante, sino todo lo contrario. Pensamos que la sociedad actual
y su sistema del llamado "bienestar" del que "disfrutamos"
es la representación en sí del caos y la destrucción.
Sabemos que a cualquiera le podría sonar extraño, pero sólo
es necesario observar detenidamente el mundo y ver qué es lo que sucede,
abrir el horizonte de nuestra mente y dejar a un lado los valores inculcados
desde nuestra infancia, para sentir la violencia con la que se rigen nuestras
vidas, la insolidaridad, la desigualdad, el desorden, el hambre, la muerte,
la esclavitud, la aniquilación del planeta y la libertad de cualquier
individuo. Conformarse con la dosis de consumismo de un Estado capitalista
no supone algo positivo para nuestras vidas y resignarse a creer que la muerte
de millones de seres a causa del hambre o la guerra es "lo menos malo"
atiende a un posicionamiento pasivo, que siempre aflora bajo la excusa del
"progreso".
Los anarquistas defendemos la idea de que todo el planeta tiene un enemigo
común, un enemigo feroz, que impide el libre desarrollo de la humanidad,
el asesino más violento y despiadado: el Estado.
Sea del signo que sea, su autoridad, sus valores patrióticos, su religión
de turno y su correspondiente cuerpo político, legislativo y judicial
no son más que la esencia de la tiranía y la negación
de la libertad individual.
(El pasado mes de mayo moría nuestro compañero Fernando Montero. Aunque apartado de la militancia desde hace unos años, el recuerdo de su buen hacer siempre está presente. Hemos querido rendirle un pequeño homenaje con la reproducción de este artículo, publicado en 1980 en la revista Adarga)
Hace unos catorce años, los Who titularon así una de sus más
conocidas canciones; hace unos catorce años, la efervescencia del mundo
joven se aupaba exultante; hace unos catorce años, en España
existía una dictadura, y hace unos catorce años hacían
sus primeros escarceos los antecedentes del pasota.
Hay una diferencia sustancial entre los muchachos que dejaban de romperse
los zapatos jugando a la pelota y aquellos otros muchachos de hace cuarenta
y tantos años que ya iban bien si tenían zapatos. Estos últimos
se metieron en un proceso revolucionario, quizá porque las inmediatas
condiciones sociales les llevaron a ello, y estos otros hemos brujuleado entre
la contestación, la rebeldía, el hastío y el pasotismo.
Unos reivindicaban trabajar y los otros, el no hacerlo. Unos soñaban
con un cambio social y los otros con que les dejen en paz.
Sin embargo, nadie se resigna a dejar de contar sus vicisitudes. Todo el que
piensa que tiene historia no suele escribirla en un libro; se la cuenta insistentemente
a todos los que tiene a su alrededor. ¡Qué distintas efemérides
y cuánto pegote notorio! De las aventuras excitantes de la revolución
a las no menos atrayentes de los ácidos en Nochebuena, los canutos
en el parque, las comunicaciones comunitarias o los viernes por la tarde en
los conciertos del MM. Y aunque se dice que el hombre es el único animal
capaz de superar sus circunstancias, quien más y quien menos anda a
cuestas con el orteguiano "yo soy yo y mis circunstancias". Los
que ahora tenemos más de veinte y aún no llegamos a los cuarenta
tuvimos una represión distinta a la del hambre. Nuestra represión
fue cultural y sociológica más que política. Lo político
era muy sencillo, tanto, que suena a maximalista: había que cepillarse
al régimen.
Hoy no está aquel régimen, pero hay una generación, casi
toda una generación, que se debate entre la decepción y la desesperanza.
Pomposamente se les llama pasotas. A mí me parece que los pasotas son
algo contradictorio y complejo, porque ante todo son un producto de su tiempo.
En potencia resultan una gente de derechas, porque con la inhibición
no se cuestiona el sistema; pero yo diría que tienen una fina sensibilidad
izquierdosa, propia de esa innata rebeldía ante todo lo que suene a
autoridad. Los pasotas son esa especie de acracia feliz, o libertarios de
derechas, que dicho así suena raro; pero las definiciones tienen el
problema de complicar a veces lo definido. La lucha real, que no dialéctica,
de estos dos componentes lleva a esa calle de en medio que no tiene salida.
Me parece, cada día más, que el movimiento anarquista desperdició
o está a punto de desperdiciar todo ese potencial de insatisfacción
que está en la calle. No se trataba de capitalizarlo al modo de los
partidos políticos, sin inculcar la necesidad de la lucha estructural.
De hecho, no ha habido sintonía entre la calle y los libertarios organizados.
Ha habido, eso sí, incomprensión, sectarismo y, sobre todo,
falta de paciencia. Porque hay mucho pasota que, rebotado de partidos políticos,
se pone en ascuas cada vez que se le habla de una organización; porque
hay mucho pasota que se da cuenta de que en realidad no pasa nada; porque
hay mucho pasota que desea ver una perspectiva clara de lucha; porque hay
mucho pasota que está harto de que le conviertan en moda progre; porque
hay mucho pasota al que damos un cierto retufo a "nueva iglesia";
porque hay mucho pasota que curra para comer y no ve posibilidades de lucha
en las confrontaciones laborales; porque hay demasiados porqués que
no se han analizado.
En este juego de la sucia política de cara a los jóvenes parece
que vale todo. Se pueden inventar autonomías, se puede legalizar la
hierba, se puede jugar a modernos desde las Diputaciones, hasta que llega
un fulano que dice: "Yo ejerzo de pasota con algún desliz inconexo".
¿Y qué? Pues a darle a la bolita, que esto es como rizar el
rizo de las falacias. Por ejemplo, en Andalucía, donde más parados
y pasotas se ubican, han tratado de sustituir la conciencia social por una
supuesta conciencia nacional. ¡Vaya un bisnes que han hecho los andaluces
con el estatuto! Pero en las manifestaciones proautonómicas de los
partidos de la izquierda no se han escuchado consignas como "un porro,
una tía y Estatuto de Autonomía" o "Ácidos,
canutos, queremos un estatuto". Mi generación les está
fallando.
Es que todo es aburrido, me dice un porrero amigo: -Pongo la tele y escucho:
"Se han entrevistado el secretario general del partido tal, con el ministro
cual. Ambos estadistas pasaron revista a los temas de actualidad y manifestaron,
una vez concluida la entrevista, que ésta se había desarrollado
en un clima de cordialidad y con enorme sentido constructivo". Un día
sí y otro también. Pongo la radio y hasta la FM se ha vuelto
un coñazo. La "nueva ola" esa no hay quien la aguante y yo
soy como la canción de los Jethro Tull "demasiado viejo para el
rock and roll, demasiado joven para morir". Voy al parque y si no hay
peta no te enrollas, tío. El cine es un muermazo, y a mí las
discotecas nunca me han ido: mal rollo, música mangui, ¡que paranoia,
colega! El tate está caro y cada día es más chungalí.
Me flipa el jazz, pero viene alguien farde y te clavan casi un talego, tronco
¡que es demasiao! Y encima la madera to el día en la calle. No
te puedes pegar una movida tranquilo. Los picotazos tienen unas subidas chungas
y además hay un golfeo macarra que alucina, hermano. Luego planto un
tiesto en la Kell (sic) y leo en un libro que el rock mata la maría.
¡Qué mogollón, tío, qué mogollón!
Le dejo al pobre, porque está a punto de coger un complejo de carroza,
aunque no es tarra el amiguete. Otro colega que va para sexólogo o
algo parecido me dice que la lotería y las quinielas son un factor
importante en los países capitalistas. La sublimación de la
suerte para combatir la miseria de la vida cotidiana. Los pasotas ya ni hacen
quinielas. Un tercero, que va para sociólogo, me divide a los pasotas
en: macarrillas, intelectualoides, justificacionistas e idealistas. "¿Hay
filosofía pasota?" le pregunto. "Bueno, pues teniendo en
cuenta que los pasotas tienen una mezcla de existencialismo a lo Kierkegaard
y nihilismo de Nietszche unido a un vitalismo esperpéntico con atisbos
comunales y rituales orientalistas..." Este hombre no ha entendido nada.
Yo, tampoco.
Seguimos la ruta, estoy dispuesto a escribir lo que sea con la condición
de que no tenga un ápice de moralina. Un supuesto anarquista ha arremetido
contra esta gente como no lo hubiera hecho el tipo más retrógrado.
La incomprensión a la que aludíamos, porque de esa guisa no
es extraño que gane la partida hasta el cura de la parroquia. Los curas
son listos, los políticos son listos y los que deberíamos agudizar
el ingenio nos metemos en las torres de marfil y esperamos que caiga el maná;
traducido: que la gente venga, se conciencie sola, perdón, comparta
nuestros puntos de vista.
Mi generación continúa deambulando por las calles a la búsqueda
de todo o de nada. Una más de las generaciones perdidas que han pululado
por la Historia en una etapa de cambios. Es la juventud de la era de la tecnología
y la informática. Pensando en la bomba atómica y el humor de
Woody Allen.
El parque cada vez es más sombrío; otoño y las hojas
secas suenan al son de las pisadas. Paseo despacio con mi amigo el porrero.
El tibio sol no nos llega a calentar el coco. La cerveza de las dos de la
tarde, la charla habitual, las mismas caras y las mismas gentes.
Comemos juntos, el café humea y hablamos de viejas cosas. Esas efemérides
nuestras. Los viajes de saco y macuto, las grandes bascas de principios de
los setenta, la música que ya debe sonar un poco vieja. Nostalgia,
nostalgia, nostalgia. En la calle, la extravangancia política hace
estragos. "Impotencia para impedirlo" sería un epitafio menos
necio que el "passo de todo" crispante. Los días van pasando
a ritmo a veces vertiginoso, a veces desesperante. "Un colocón,
que no lo soporto", apostilla mi amigo. Es edificante observar cómo
se pasa de líderes, y a los que no quieren líderes es difícil
acoplarles sucedáneos.
Estuve dándole vueltas al tema, conversé con los socios de mi
generación y se fueron desvanenciendo los halos mágicos. El
sueño ha sido largo y por ahí es irrealizable. Una revista marginal
decía que sólo quedan dos caminos, la esquizofrenia o las barricadas.
El desvaído sol se apaga y los colegas en su mayoría han elegido
o les han hecho elegir, que es más doloroso, la esquizofrenia. ¿Quién
le pone el cascabel a ese gato.
Análisis de la situación mundial
(Reproducimos el acuerdo alcanzado en el punto 3º del orden del día del Congreso de la Internacional de Federaciones Anarquistas -IFA- celebrado el pasado mes de mayo en la ciudad francesa de Besançon.)
La guerra permanente como
paradigma del dominio estatal y capitalista
Hoy, la lógica del dominio y del lucro constata el enfrentamiento de
todos los poderes entre sí, unidos sólo por la voluntad de empobrecer,
humillar y masacrar a las clases bajas. Por lo demás, los mecanismos
ideológicos de un tiempo -incluso el neoliberalismo imperante por todas
partes- son relativamente secundarios ante el escenario de una feroz confrontación
por el predominio mundial, donde los objetivos son la supervivencia inmediata
y la anulación del enemigo a cualquier precio, llegando incluso a la
destrucción de las posibilidades de vida en el planeta.
En estos últimos años hemos asistido a la confirmación
del paradigma de la "guerra permanente". Enunciado tras los espectaculares
atentados contra el pentágono y las Torres Gemelas, se ha perfeccionado
en el período sucesivo definiendo un esquema que coloca la guerra como
elemento constante del panorama político. El pretexto de la "guerra
al terrorismo" se ha convertido en la llave maestra de una política
belicista dirigida a imponer las razones del más fuerte en detrimento
de las "reglas" del derecho internacional, llegando hasta las últimas
consecuencias al desautorizar cualquier función residual de mediación
de la ONU.
La guerra permanente, preventiva, global, no es más la última
fórmula para asegurar el dominio del más fuerte, confirmando
las "razones" de quien explota, esclaviza y oprime a la mayor parte
de la población del planeta. Estas "razones" se definen en
función de los espacios en juego, evidentes aunque desconocidos en
el ámbito propagandístico. El principal es el control de las
fuentes energéticas (no sólo petróleo; también
agua y los minerales necesarios para las tecnologías de control de
los satélites civiles y militares) y las vías de comunicación
que garantizan el aprovisionamiento.
El instrumento bélico empleado en las áreas cruciales para los
intereses estadounidenses les garantiza una primacía, en el plano económico
en Europa, Japón, Rusia, India y China que, por el contrario, no disponen
ni de dispositivos bélicos ni de la autonomía necesaria para
confrontar las pretensiones hegemónicas de Washington. En efecto, una
posible clave para la comprensión de la escalada bélica de los
últimos diez años pasa por la transformación de las ambiciones
de los "aliados" históricos de EE UU entre los nada secundarios
objetivos de la locura belicista de la administración norteamericana.
Los países europeos han asumido en los últimos años el
papel, cada vez más dificil y ambiguo, de "aliado-competidor"
de los EE UU y de su política belicista. Carentes de fuerza bélica
de choque y de capacidad de coordinación política eficaz, los
países de la Unión Europea se debaten entre crear un polo militar
y el acompañamiento, en clave de competencia, a la política
belicista de EE UU. Aparece ridícula la pretensión propagandística
del europeísmo democrático de construir un polo alternativo
al imperialismo norteamericano.
De la guerra humanitaria
a la guerra permanente
El fin de la Guerra Fría ha representado un cambio importante, no sólo
porque de un mundo bipolar se ha pasado a otro monopolar, sino porque se ha
impuesto la obligación de redibujar la imagen del enemigo. En efecto,
la disgregación del "imperio del mal" hace imposible ver
al enemigo como alguien que amenaza tu existencia, capaz de desplegar una
potencia bélica que provoque la destrucción del planeta y el
fin de la especie humana. De las dos caractrísticas peculiares de la
imagen del enemigo, ser malo y ser una amenaza directa, la segunda había
disminuido ya que no parecía amenazar ningún peligro a la única
superpotencia. No era posible para los EE UU y sus países aliados prefigurar
la guerra como excusa defensiva contra una amenaza mortal. En esta perspectiva
se rediseña progresivamente un nuevo paradigma bélico, una concepción
renovada del papel y de la función de la maquinaria militar, que de
ninguna otra forma se podría ver, si no exactamente desautorizada,
sí redimensionada su función propia.
Se esboza así la lógica de la ingerencia humanitaria que, al
chocar con el viejo principio de la no ingerencia en los asuntos internos
de un país, curiosamente lo arrincona. De manera que la ingerencia
humanitaria se convierte en la coartada perfecta, siempre disponible aunque
nunca definida de modo preciso en el derecho internacional. A la ingerencia
humanitaria que se invoca para justificar la guerra en Kosovo sirve de contrapunto
la aplicación del principio de la no ingerencia en los asuntos internos
para casos como la masacre de Chechenia o la guerra contra la población
kurda, por no hablar del cada vez más cruel conflicto de Palestina
e Israel. El paradigma de la "guerra humanitaria" hace resurgir
el tema de la guerra "justa", la guerra desencadenada para imponer
una verdad, un orden, una visión del mundo. Una guerra sucia porque
su coartada son las víctimas y los refugiados entre la población
civil y porque tal coartada exige cada vez más personas asesinadas,
torturadas, violadas, cada vez más gente sin hogar y sin esperanza,
peones atónitos de una partida decidida lejos.
Este esquema era todavía escasamente útil porque la necesaria
motivación para cosechar el consenso entre la población de los
países occidentales, particularmente la estadounidense, para la realización
de empresas bélicas "humanitarias" encontraba limitaciones
por el fracaso evidente de los objetivos declarados del conflicto.
La guerra "humanitaria" ha mostrado con pruebas fehacientes ser
un perverso mecanismo que acentúa los males que pretende curar, poniendo
en escena un drama real, en el que el dolor, la sangre y la destrucción
son la escenografía obscena que esconde a los ojos de los espectadores
lo que hay detrás del escenario, el espacio oscuro tras las bambalinas
del espectáculo.
El 11 de Septiembre representó la ocasión, poco importa si directamente
favorecida o indignamente explotada, para ejecutar el salto cualitativo necesario
que diera alas a la vocación imperialista de los EE UU, siempre decididos
a arrojar sobre la balanza de las relaciones internacionales su indiscutible
superioridad militar. Viene nuevamente rediseñada la imagen del enemigo:
malo, incluso malísimo, y con posibilidades de golpear directa y gravemente
el territorio de los Estados Unidos y el de sus aliados. No coincide con una
organización estatal, pero tiene posibilidades de infiltrar, dirigir,
contaminar y aliarse con todos los Estados que no estén dispuestos
a aceptar el liderazgo de los EE UU. Tal enemigo abre la puerta de la guerra
permanente contra los Estados considerados "perversos" y contra
quienes, incluso desde el interior, amenazan el orden mundial. Este enemigo
asume la imagen del integrismo islámico. El integrismo islámico
permite redimensionar, según la clásica contraposición
amigo-enemigo, el concepto de civilización occidental. Es un concepto
"vacío" que se define por oposición, ya que carece
de sentido e identidad propios. Cristaliza de hecho en torno al cristianismo
conservador tanto católico como protestante, al liberalismo más
nihilista, a todas las formas tradicionales de nacionalismo, racismo, populismo
y cultura democrática.
En esta guerra, que en su versión más reciente puede ser incluso
"preventiva", el enemigo no debe "demostrar" con los hechos
su propia naturaleza perversa, sino que debe ser combatido porque "es"
perverso. La cuestión en torno a la que se ha construido la "justificación"
del ataque a Iraq es en ese sentido ejemplar. La presunta posesión
de armas de destrucción masiva se convierte en razón suficiente
para que se desencadene la guerra. El desequilibrio entre quien ataca (y seguramente
posee armas de destrucción masiva) y quien es atacado se lleva al terreno
de la "guerra justa", que se hace porque el enemigo es malo y, potencialmente,
peligroso. Es malo y, por ello, aliado natural del terrorismo que mata a mujeres,
niños, personas indefensas. Poco importa que la misma definición
se pueda aplicar a la política de EE UU y sus aliados. ¿Acaso
no es el objetivo de la guerra instaurar el terror entre la población
del Estado enemigo para debilitar la resistencia? La naturaleza inmoral de
la guerra nos recuerda la naturaleza inmoral de los Estados y la imposibilidad
de pensar en un orden realmente justo del mundo simplemente reformando la
estructura.
Guerra externa y guerra interna
El paradigma de la "guerra permanente" provoca víctimas no
sólo entre la población de los Estados "perversos"
de turno, sino también entre los opositores al orden constituido. Los
pacifistas, los antimilitaristas, los trabajadores en lucha, los antirracistas,
son equiparados con los terroristas en una operación propagandística
que recuerda de cerca las acusaciones de "colaboracionismo" con
el enemigo promulgadas el siglo pasado contra quienes no aceptasen la lógica
de la guerra, del militarismo, de los Estados.
En Estados Unidos la promulgación de la Patriot Act (que ha permitido
la detención extrajudicial de simples sospechosos, aparte de una militarización
de la vida social americana) es el signo inequívoco de que la política
de guerra infinita acaba impregnando incluso al corazón mismo de la
mayor potencia.
Las políticas preventivas de los últimos años han visto
crecer a escala mundial las medidas represivas en el ámbito del "frente
interno", que se traduce en la disciplina forzada de los trabajadores,
indigentes e inmigrantes y en el enmudecimiento de toda oposición.
Guerra interna
Los términos de la guerra interna han cambiado como resultado de la
desintegración del comunismo soviético. La desaparición
de una "alternativa" al capitalismo privado permite al Estado presentar
al capitalismo como único camino para el futuro, con la consiguiente
minimización de la amenaza de revuelta popular. El capitalismo, siempre
con el apoyo de los Estados, ha empezado un ataque progresivo a las modestas
conquistas de los trabajadores que caracterizaban el modelo socialdemócrata.
El thacherismo y el reaganismo deliberadamente atacaron estas conquistas,
y esto se transformó en un síntoma permanente del sistema tras
la caída del régimen soviético. La ofensiva neoliberal
se desencadena en muchos frentes. La precarización de las relaciones
laborales ha destruido la relación estable de los trabajadores que
permitía el desarrollo de formas colectivas de autoorganización
y de lucha. Con el pretexto de la modernización y de los gastos, sectores
tradicionalmente sustraidos a la lógica capitalista fueron abiertos
a la explotación. La salud, la educación, los transportes, las
comunicaciones, en general los servicios públicos, empezaron a ser
privatizados. La reacción a este frente abierto por el capital contra
la humanidad ha provocado una gran respuesta a nivel global de la clase trabajadora,
con un incremento general de las huelgas y de las luchas. El movimiento anarquista
ha estado siempre presente en estas luchas y su influencia se refuerza manteniendo
vivas las iniciativas y aclarando la naturaleza global del proceso en curso.
Nuestra resistencia debe ser tan global como es el capital.
Guerra interna y guerra externa tienen un mismo frente y son entabladas con
la misma determinación y ferocidad. La militarización de la
vida social a través de procedimientos que trasgreden los límites
de la "normalidad" democrática, sin excesivas repercusiones
en el ámbito de la conflictividad interna, ha sido posible gracias
a la gigantesca operación de anestesia detonada por el "brote"
terrorista. El miedo representa un potente vector que favorece la criminalización
de toda forma de efervescencia social, por pequeña que sea. Los recientes
paquetes de medidas preventivas aprobados en Francia y Gran Bretaña
representan un claro ejemplo, del que hace de oportuno contrapeso la equiparación
entre terrorismo y luchas sociales desarrolladas en diferentes países
hace tiempo.
Globalización de las luchas
La mal llamada globalización económica es sólo una fase
más del capitalismo que intenta extender sus tentáculos de explotación
y hacerlo de manera más eficaz a nivel planetario.
Para nosotros globalización debe significar una extensión de
la lucha de clases a todos los rincones del mundo.
Dentro del movimiento antiglobalización, como viene expuesto por los
medios de comunicación de masas, se encuentran integrados, entre otros,
grupos reformistas, cristianos, marxistas, socialdemócratas... que
en muchas ocasiones colaboran con el capitalismo. Son los mismos grupos que
trabajan para desarrollar el capitalismo en el Tercer Mundo. Así encontramos
a socialdemócratas, a católicos y a otros grupos reformistas
entrando en comunidades del llamado Tercer Mundo, encaminándoles hacia
la destrucción de su identidad y de sus medios económicos de
autoabastecimiento. La consecuente emigración de las comunidades autóctonas
más pobres hace que sirvan de mano de obra barata en el mercado de
trabajo del Primer Mundo. Un mundo en el que a los inmigrantes les es negada
cualquier libertad y dignidad humana porque la falta de documentos les convierte
en clandestinos. Frente a esto la IFA debe confirmar su identidad y mantener
sus propios objetivos: autogestión generalizada de la sociedad, abolición
de la propiedad privada y construcción de una sociedad anarquista.
Es por ello importante apoyar los movimientos anarquistas de los países
pobres, abriendo canales de comunicación y conocimiento como primer
paso para un más amplio enraizamiento del anarquismo.
Medio ambiente
La producción capitalista ha desembocado en una declaración
de guerra a la vida misma, una guerra que amenaza al planeta entero. Hay dos
áreas principales alrededor de las cuales el movimiento anarquista
debe movilizarse:
Primeramente, el pirateo de los recursos, la contaminación y la destrucción
del medio ambiente fruto de un modo de producción que sólo ve
los beneficios e ignora el hecho de que el ser humano forma parte del medio
ambiente y no está separado de él. Después de todo nadie
puede comer o respirar dinero.
El segundo aspecto es el desarrollo tecnológico en la línea
de servidumbre del poder. Tecnología nuclear tanto militar como civil,
nos destruyen con una lenta muerte radioactiva o una total aniquilación.
El reciente desarrollo de la ingeniería genética está
colonizando la vida y saqueando el conocimiento tradicional.
El esfuerzo anarquista está junto a las poblaciones que luchan contra
la devastación ambiental.
Religión y orden moral
Como anarquistas nos oponemos con fuerza a cualquier forma institucionalizada
de creencias por ser una forma jerárquica y autoritaria que impone
sus preceptos morales a las personas.
Pretendiendo encarnar un inexistente monopolio sobre los valores morales,
las religiones intentan interferir sutilmente en la vida privada de las personas.
Las religiones debilitan la autonomía de los individuos, negando su
capacidad de resolver de manera directa sus propios problemas: quien cree
en un paraíso que vendrá no hace nada para mejorar sus condiciones
de vida aquí y ahora.
Se siguen pruduciendo guerras en nombre de un dios, ocultando los objetivos
de dominio y conquista, muy evidentes en la estrecha ligazón entre
las iglesias y los Estados.
Como anarquistas continuamos luchando contra todas las religiones, ya sea
la cristiana, islámica u otra. Como anarquistas tenemos gran respeto
por todas las creencias personales pero nos oponemos a cualquier fe religiosa,
a su base filosófica y luchamos contra cualquier forma de organización
jerárquica.
Hoy nos encontramos con integrismos religiosos, ataques a las libertades individuales,
de modo especial a los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales
que están siendo devorados por normas familiares y religiosas que coaccionan
al ser humano en el ámbito privado, llevándole a tomar una actitud
conformista. Estos ataques provienen incluso de sectores que se autodefinen
como laicos.
Esta situación favorece el patriarcado, al que los anarquistas se oponen
como a cualquier otra forma de dominio.
No es mi pretensión desmontar de raíz la doctrina marxista,
no tengo ni cultura, ni un mínimo intelecto para ello. Pero si quiero
hacer constar que el pensamiento de este hombre -quizá la influencia
más importante en el siglo XX, eso no se puede negar- tomado como dogma,
con sus concepciones mesiánicas y, al mismo tiempo, clasistas del proletariado
-ya que consideraba que debía existir una jerarquía en el mismo-,
estaba abonando el terreno para la existencia de una nueva elite explotadora
y finalmente el mayor de los horrores. Es decir, se puede considerar que Marx,
y posteriormente Lenin adecuándolo a las circunstancias, consideraban
que una brillante vanguardia llevaría a las ignorantes masas al paraíso
proletario.
Si algo pretenden estas líneas es señalar lo obvio, la obviedad
de una ideología convertida en posiblemente el mayor cataclismo político
y cultural del siglo XX, en la forma más perversa de totalitarismo
disfrazada de emancipación obrera con el consentimiento de tantas y
tantas personas que se decían comprometidas con la "nación
de la clase obrera" que constituía la URSS, coetáneos del
dictador Stalin y por lo tanto cómplices de la eliminación de
multitud de voces disidentes, incluyendo a los anarquistas ucranianos, quizá
de los pocos merecedores del calificativo de revolucionarios.
Observando la materialización de las formas más perfectas de
totalitarismo -es decir, el control absoluto por parte del Estado de la vida
de los ciudadanos, un control que, exista en mayor o menor medida, aspiran
los anarquistas destruir de forma definitiva, en su aspiración de máxima
libertad-, del que ya nos advirtió una de las pocas mentes lúcidas
y honestas de su tiempo, George Orwell, resulta como una terrorífica
cebolla en la que vas eliminando capas y capas plagadas de horror y solo es
posible encontrar más y más mentiras maquilladas de ideología
emancipadora: como ya he tratado de señalar al principio, difícilmente
se sostiene, como muchos hoy en día se empecinan en seguir afirmando,
que la idea marxista siga siendo válida a pesar del fracaso de su praxis,
cuando dentro de su propia doctrina se exige que, para demostrar su validez
científica, la teoría debe demostrarse con la práctica,
pues bien, la práctica del marxismo ha sido el totalitarismo y el campo
de exterminio, sin más lecturas; Stalin fue un digno sucesor de Lenin
que ya preparó el terreno para la dictadura de un sólo partido
(1), adueñándose y eliminando toda posible revolución
democrática y socialista (2); Trotski, que posteriormente sería
un recurso de los marxistas disidentes del estalinismo con su revolución
permanente (3), y su ejercito rojo acabaron con los intentos autogestionarios
de Kronstand -cuya comuna reclamaba total independencia- así como la
revolución anarquista ucraniana promovida por Nestor Majnó (4).
En los primeros años de la revolución soviética muchos
fueron los que se entusiasmaron con la misma -gran parte de ellos quizá
de manera honesta, algunos supieron rectificar-, con esa materialización
de los "sueños revolucionarios de la humanidad", la sociedad
sin clases, sin olvidar, eso sí, que habría que atravesar primero
el "mal trago" de la dictadura del proletariado, naturalmente la
dictadura se convirtió primero en la de un solo partido y, muy pronto,
en la de una sola persona. Los medios de comunicación europeos no se
hacían eco del absolutismo bolchevique, con la excepción de
los anarquistas que estaban al corriente de lo sucedido en Ucrania y, además,
una delegación de la CNT efectuó una visita a la URSS a principios
de los años veinte realizando un informe muy crítico. Hay que
mencionar también que dentro de las fuerzas revolucionarias de oposición
al bolchevismo en el mismo seno de la revolución, posteriormente a
los anarquistas ucranianos y a la comuna de Kronstandt, existió la
llamada "oposición obrera" que trató de que los soviets
-consejos que funcionaban o deberían funcionar como órganos
de gobierno locales- llevaran a la autogestión económica enfrentada
a la centralización burocrática y jerarquizada del Estado.
Los posteriores Procesos de Moscú nunca estuvieron basados en la verdad,
es decir, divergencias políticas, sino creando las mentiras más
disparatadas, aplicadas incluso a antiguos dirigentes bolcheviques caídos
en desgracia, acusados de espionaje, sabotaje o traición de cualquier
otra índole. En la mejor tradición proveniente de la URSS, los
estalinistas españoles durante la Guerra Civil emplearon dicha táctica
para acabar con el POUM, llegando a publicar un libro relatando las actividades
de espionaje franco-fascistas de ese partido, con un prólogo del prestigioso
escritor católico José Bergamín. A colación de
este episodio, que acabó finalmente con todo conato auténticamente
revolucionario en España, hay que mencionar la actitud de los partidos
comunistas europeos como ejecutores de los designios de Stalin, ya que otra
de las grandes falacias históricas es la de negar responsabilidades
en tantos dirigentes comunistas -alabados en este país gracias a su
supuesta lucha antifranquista- así como intelectuales que brindaron
su apoyo al Estado soviético, cuyos horrores no solo tenían
que ser conocidos sino en muchos casos terroríficamente justificados
por tanto pseudorrevolucionario como algo necesario para la construcción
del socialismo. Podemos buscar muchas semejanzas entre los sistemas totalitarios
que han ensombrecido el siglo XX y una de ellas es la perfección de
sus aparatos de espionaje y policiales, hay que recordar el pacto nazi-soviético
que llevó a los partidos comunistas a una táctica de propaganda
anti-burguesa en contra de las democracias occidentales dejando de lado la
expansión nazi que estaba teniendo lugar. Solo con el ataque sorpresa
de Hitler a la URSS en 1941 y la consiguiente entrada del Estado soviético
en la Segunda Guerra Mundial, Alemania se convirtió para la propaganda
oficial comunista en un Estado agresor fascista. En Francia, el Partido Comunista
supo venderse muy bien posteriormente como el gran y casi único partido
de la Resistencia. En España ocurriría algo similar en la lucha
contra el régimen franquista y a la muerte del dictador, el partido
que lideraba Carrillo se las arregló para aparecer como el auténtico
garante de la democracia de las masas. La historia ha colocado al PCE tan
solo parcialmente en su lugar, ya que el olvido histórico toma diferentes
formas según los intereses de los que lo traten, sea por parte de aquellos
que quisieron aplastar totalmente la libertad mediante la construcción
del Estado totalitario o por éstos que no se sonrojan al afirmar esa
estupidez de que hemos llegado al fin de la historia, que no solo sostienen
que la lucha de clases forma parte ya de otra existencia sino que niegan a
tantos hombres y mujeres que quisieron crear un mundo donde no hubiera cabida
para la injusticia, que no sustituyera una forma de represión y explotación
por otra, como sí hicieron los comunistas.
Soy bastante joven y me cuesta bastante hablar tan categóricamente
de todo esto, pero me siento obligado a señalar a aquellos dirigentes
comunistas españoles que se las han arreglado para pasar a la historia
como defensores a ultranza de las libertades. La realidad fue otra bien distinta.
La realidad es que a estas alturas no se puede sostener que los horrores eran
cosa del régimen estalinista con el desconocimiento por parte de estas
figuras. Por cierto, ahora que por tristes caprichos del dios mercado el asunto
de los maquis está en el candelero, hay que hablar de esa terrorífica
historia tan poco divulgada que habla del cansancio de Stalin respecto a los
guerrilleros españoles y su orden de acabar con los mismos dirigida
a una delegación del PCE encabezada por Carrillo e Ibárruri,
que acataron su deseo de manera inmediata, llegando incluso por parte de Carrillo
a ordenar la liquidación de las últimas guerrillas (5).
La historia se escribe de manera insultantemente maniquea. Durante la mayor
parte del tumultuoso siglo que acabamos de abandonar, ese siglo dominado por
esa pandemia llamada ideología que, parafraseando a Bakunin, ahoga
en cualquier caso el pensamiento, muchos se resistieron a manifestarse en
contra del comunismo ante el temor de ser tildados de fascistas, cuando en
la práctica hay mínimas diferencias entre estos sistemas totalitarios.
Hoy todavía sobrevive gracias a la perpetuación de la mentira
en las mentes de tantos izquierdistas el mito de la Cuba comunista, esa maravillosa
isla tan maltratada por la historia, atenazada por ese híbrido de dictador
bananero y guerrillero pseudorrevolucionario que es Fidel Castro. He tenido
ocasión de visitar la isla en un par de ocasiones y he podido comprobar
-es presuntuoso quizá utilizar este verbo por respeto a tantas personas
víctimas del régimen castrista, emplearé el de intuir-
el horror de la mejor tradición estalinista: culto a la personalidad
del líder, Estado policial en toda regla, burocracia y centralización
llevadas al límite... escuché relatos estremecedores sobre torturas
y delaciones promovidas por un sistema que ha llevado a la gente a no tener
ninguna esperanza en la mayor parte de los casos, o a alimentarse de la gran
mentira en muchos otros. Hubo también quien me preguntó cómo
era posible que se siguiera teniendo desde fuera esa imagen "amable"
de todo un dictador. La respuesta hay que buscarla en esa gran mentira que
es el comunismo.
1-Hay quien sostiene que la auténtica revolución
antizarista, democrática y popular se produjo en febrero de 1917 y
lo que ocurrió en octubre en realidad fue un golpe de Estado bolchevique;
la situación en los años posteriores con un cruenta guerra civil
y las intervenciones militares extranjeras hacían que fuera muy difícil
analizar todo el desarrollo contrarrevolucionario que estaba teniendo lugar.
Las primeras deportaciones tuvieron lugar en 1919. Las primeras víctimas
fueron los socialistas revolucionarios que tenían en sus manos la Duma
(parlamento) tras las primeras elecciones democráticas, muy pronto
les siguieron los nacionalistas demócratas y socialistas, ucranianos,
georgianos, armenios... y, por supuesto, los anarquistas.
2-Términos que me gustaría pensar que son reconciliables e incluso
indisociables, acabando por un lado con el débil concepto de democracia
que tienen los "liberales" actuales y por otro con el carácter
peyorativo que pretenden darle algunos supuestos revolucionarios. Lo criticabble
a mi parecer es la aplicación práctica y el lenguaje que nos
impone el sistema, no la propia palabra en sí. Si la definición
de democracia es complicada a estas alturas, sin añadirle ningún
apelativo podríamos definirla como aquel sistema donde los individuos
eligen sobre los asuntos que les atañen con pleno acceso a toda información
y cultura, uscando reducir la delegación política a su mínima
expresión. Podemos comprobar que en la práctica poco tiene que
ver con ello, reduciéndose a ese objeto tan colorista que es una urna
y que legitima a determinadas personas -ya tengan uno u otro collar- a decidir
sobre nuestros designios sobre determinado período de tiempo.
3-Dicha teoría abogaba por la construcción del socialismo extendida
a otros países, idea que ya se encontraba en Lenin y los primeros dirigentes
bolcheviques; la idea del "socialismo en un solo país" llegaría
posteriormente con Stalin.
4-Dicha epopeya se conoció gracias a los medios anarquistas europeos.
Fue un importante movimiento guerrillero y social, en el que dos millones
de campesinos ucranianos se organizaron en colectividades y comunas libres
inmediatamente después de la revolución; la tradición
revolucionaria de la región encontró en la organización
libertaria su mejor opción. Dicho movimiento fue ocasionalmente aliado
del ejercito rojo ante la amenaza de los ejércitos blancos; naturalmente,
tenían poco que ver con los bolcheviques que, bajo las ordenes de Trotski
y Lenin y visto el éxito de la gesta majnovista, comenzaron a masacrarlos
a partir de 1921. De haberse desarrollado este movimiento habría cambiado
la historia de Rusia y, quizá, de la humanidad. Para conocer en su
totalidad los hechos hay que remitirse al libro de Volin -otro de los promotores
de la gesta- "La Revolución desconocida" (Editorial Proyección,
1977) y una novelización reciente de Héctor Schujman llamada
"La Revolución desconocida. Ukrania 1917-1921, la gesta Majnovista"
(Nossa y Jara Editores, 1999).
5-Este episodio lo menciona de pasada Carlos Semprún Maura en su libro
"Vida y mentira de Jean-Paul Sartre" y cita unas fuentes tan poco
sospechosas como Enrique Líster y Federico Sánchez (Jorge Semprún).
Los combates de Octave Mirbeau
Octave Mirbeau nació en una familia de la pequeña burguesía normanda en 1848, y enseguida se hizo anticlerical tras su estancia en un colegio jesuita, y luego antimilitarista tras la guerra de 1870. Como periodista, escribió por primera vez en en un folleto bonapartista, después en Gaulois, de tendencia monárquica, antes de lanzar su propio periódico, Les Grimaces, en cierto modo antecedente de Le Canard enchaîné. Tras haber leído a Kropotkin, Mirbeau se declaró anarquista: publicó su famosa carta titulada "La huelga de los electores", incitando a los ciudadanos a hacer "la huelga del sufragio universal". Durante el Proceso de los Treinta fue citado a menudo como propagador de las ideas anarquistas. Hubo incluso un periodista que habló de una "escuela literaria" a propósito de la anarquía: "El auditorio parece haberse sorprendido al ver a escritores como Octave Mirbeau, Paul Adam, Bernard Lazare, etc, por no hablar de Élisée Reclus, formar una especie de escuela literaria en torno a la anarquía", escribió un periodista del Gaulois que asistió al proceso de Jean Grave en 1894. Y Mirbeau se hace conocido: a la vez que colabora en numerosos periódicos y revistas anarquistas, sigue escribiendo en los periódicos más leídos del momento (Figaro, Gaulois, Journal, etc.). Apodado "el millonario rojo", es efectivamente uno de los periodistas mejor pagados de su tiempo, y se sirve de su notoriedad para denunciar el colonialismo, para combatir a Boulanger, defender a Dreyfus y apoyar las vanguardias artísticas (Jarry, Ibsen, Maeterlinck, Wagner y muchos otros).
Periodista, novelista, cuentista y dramaturgo
Autor de numerosas novelas, cuentos y relatos cortos, Octave Mirbeau escribió
también teatro. En Les mauvais bergers (Los malos pastores, 1897),
"drama obrero", describe la gestación de una huelga y su
represión, inspirándose en los acontecimientos de 1870. El título
designa claramente a todos los que se alejan o aniquilan a la clase obrera:
patronos, diputados, delegados obreros sin energía ni coraje. El personaje
de Jean Roule, líder anarquista inspirado sin duda por Jean Grave,
designa claramente a los enemigos de la clase obrera:
"Ustedes, diputados... ¡ah! Yo no los he visto en el tajo! ¡Y
vosotros mismos, ya habéis olvidado el papel infame... la comedia piadosamente
siniestra que representaron en la última huelga... y cómo...
después de haber empujado a los obreros a una resistencia desesperada,
los han liberado... disminuidos... despojados... atados de pies y manos...
al patrón... el mismo día en que un último esfuerzo...
un último impulso... los hubiera obligado a capitular... quizás!...
Pues bien ¡no!... Yo no quiero que, bajo el pretexto de defenderos,
lleguen los intrigantes a imponeros combinaciones en las que vosotros no seríais
-entendedlo bien- sino un medio para mantener e incrementar su fuerza electoral...
y una presa para satisfacer sus apetitos políticos! ¡No tenéis
nada en común con esas gentes! ¡Sus intereses no se confunden
con los de otros... que no sean los del usurero y su deudor... o los del asesino
y su víctima!"
La obra tuvo un éxito considerable, con Sarah Bernhardt y Lucien Guitry
en los papeles principales: cada escena iba seguida de aplausos, los bravos
eran reivindicaciones obreras. Los espectadores del cuarto palco gritaron:
"¡Viva la anarquía! ¡Muerte al burgués!"
Diez llamadas a escena marcaron el fin del espectáculo. En L'épidemie
(La epidemia, 1898), Mirbeau se sigue burlando de los representantes del pueblo
que actúan únicamente para defender sus propios intereses. Esta
"farsa" se representó en la Casa del Pueblo, en París,
en una chabola de madera. Se levanta el telón con Laurent Tailhade,
que lee su conferencia haciéndose un lío con las hojas. El público
se ríe, luego canta con la musa revolucionaria de pañuelo rojo.
Llegan entonces los actores, entre ellos Louis Lumet y Octave Mirbeau. Al
final de la representación, los espectadores salen cantando La Internacional.
Así, cuando Sébastien Faure va a describir la vida después
de la revolución en Mi comunismo, la felicidad universal, aparecido
en 1921, no se olvidará de Octave Mirbeau, que dará su nombre
al teatro de la ciudad de Burdeos. En esta novela utópica, vemos que
el "teatro Mirbeau" ha adoptado la comedia y cuenta con 2.500 butacas,
de las que nadie tiene plaza por adelantado: "En el teatro Mirbeau había
butacas para todos, la visión del escenario era la misma para todos,
y las leyes de la acústica habían sido bien observadas de modo
que, se ocupara el puesto que se ocupara, se pudiera entender perfectamente".
Intelectual comprometido con las luchas de su tiempo
El ejemplo de Octave Mirbeau es revelador de los vínculos que existían
a finales del siglo XIX entre los escritores y los militantes anarquistas.
La correspondencia que mantuvo Mirbeau con Jean Grave (aparecida en la edición
de Fourneau en 1944) muestra su preocupación por la opinión
del "papa de la anarquía". Jean Grave se interesó
por las obras de Mirbeau, le dio consejos y le hizo críticas (a veces
encontraba la conclusión demasiado pesimista). El escritor testificó
a favor de Jean Grave cuando éste fue perseguido por su libro, en 1894,
libro que había prologado Mirbeau, y a propósito del cual había
escrito al autor: "Lo que encuentro excepcional de su libro es que es
imposible encontrar en él falta de lógica; y su absoluta claridad".
Octave Mirbeau es el ejemplo típico de escritor anarquista comprometido,
que combinaba literatura y política. A finales del siglo XIX, los literatos
anarquistas son numerosos, y un informe policial de 1891 designa sin errores
los nuevos factores de esta preocupación: "No es entre la clase
obrera donde hay que buscar a los nuevos anarquistas sino entre la clase de
los escritores jóvenes e incluso de los maduros: ¡el señor
Octave Mirbeau es un anarquista más peligroso en sus artículos
que el propio Père Peinard!
¿Peligrosos los escritores? Proudhon, en 1848, lamentaba que la literatura
no fuera en su tiempo "el arte de armonizar las palabras con las épocas".
Octave Mirbeau, que probablemente lo leyera, deplora en 1890 (en una carta
a Claude Monet) que, al contrario que las ciencias naturales, que descubren
los mundos, "¡la literatura siga todavía sollozando por
dos o tres estúpidos sentimientos artificiales y convencionales, siempre
los mismos, empantanada en sus errores metafísicos, embrutecida por
la falsa poesía del panteísmo idiota y bárbaro!"
Y sigue: "He llegado a la convicción de que no hay nada más
vacío, nada más estúpido, nada más perfectamente
abyecto que la literatura. Ya no creo en Balzac, y Flaubert no es más
que una ilusión de palabras vacías".
Y para que la literatura no sea esa suma de "palabras vacías",
es necesario que se comprometa plenamente con las luchas de su tiempo. ¿Es
el escritor algo más que un "proletario de las letras"?,
nos pregunta Octave Mirbeau (que ejerció de "negro" al comienzo
de su carrera literaria), apelando a todos los literatos para que "persigan
sin tregua sus reivindicaciones contra los representantes del infame capital
literario" (Grimaces, 15 de diciembre de 1883).
Hoy las obras de Octave Mirbeau no han envejecido y seguimos encontrando en
ellas el mismo placer por "la impetuosidad de su falta de respeto, la
violencia de sus ataques contra las ideas convencionales, la ferocidad de
su desprecio hacia ciertos hombres, ciertas clases y ciertas instituciones"
en palabras de Bernard Lazare.
Caroline Granier
(Le monde libertaire) ![]()
Una cosa que me asombra prodigiosamente -me atrevería a decir que
estoy estupefacto- es que en el momento científico en que estoy escribiendo,
tras las innumerables experiencias y los escándalos periodísticos,
pueda todavía existir en nuestra querida Francia (como dicen en la
Comisión presupuestaria) un elector, un solo elector, ese animal irracional,
inorgánico, alucinante, que consienta abandonar sus negocios, sus ilusiones
o sus placeres, para votar a favor de alguien o de algo. Si se piensa un solo
momento, ¿no está ese sorprendente fenómeno hecho para
despistar a los filósofos más sutiles y confundir la razón?
¿Dónde está ese Balzac que nos ofrezca la psicología
del elector moderno? ¿Y el Charcot que nos explique la anatomía
y mentalidades de ese demente incurable?
Lo estamos esperando. Comprendo que un estafador encuentre siempre accionista,
que la Censura encuentre defensores, la ópera cómica a su público,
el Constitucional a sus abonados, el señor Carnot a pintores que celebren
su triunfal y rígida entrada en una ciudad languedociana; comprendo
también que Chantavoine se empeñe en buscar rimas; lo comprendo
todo. Pero que un diputado, o un senador, o un presidente de la República,
o el que sea, entre todos los farsantes que reclaman una función electiva,
cualquiera que sea, encuentre a un elector, es decir, a un ser fantástico,
al mártir improbable que os alimenta con su pan, os viste con su lana,
os engorda con su carne, os enriquece con su dinero, con la sola perspectiva
de recibir, a cambio de esas prodigalidades, golpes en la cabeza o patadas
en el culo, cuando no son golpes de fusil en el pecho, verdaderamente, todo
eso supera las nociones, ya muy pesimistas, que tengo sobre la estupidez humana
en general, y la estupidez francesa en particular, nuestra querida e inmortal
estupidez.
Esta claro que hablo en este caso del elector avisado, convencido, del elector
teórico, del que se imagina, pobre diablo, que actúa como un
ciudadano libre, expresando su soberanía, sus opiniones, o imponiendo
-locura admirable y desconcertante- programas políticos y reivindicaciones
sociales; no me refiero pues al elector "que se las sabe" y que
se burla, al que ve en "los resultados de su omnipontencia" nada
más que una burla a la charcutería monárquica, o una
francachela al vino republicano. Su soberanía consiste en emborracharse
a costa del sufragio universal. Él conoce la verdad, porque sólo
a él le importa, y se despreocupa del resto. Sabe lo que se hace. Pero
¿y los demás?
¡Ah, sí! ¡Los demás! Los serios, los austeros, el
pueblo soberano, los que sienten una embriaguez al mirarse y decirse : "¡Soy
elector!" Todo se hace por mi. Yo soy la base de la sociedad moderna.
Por mi propia voluntad, Floquet hace las leyes a las que se ciñen treinta
y seis millones de hombres, y Baudry d'Asson también, y Pierre Alype
igualmente". ¿Cómo hay todavía gente de esta calaña?
¿Cómo, tan orgullosos, cabezotas y paradójicos como son,
no se han sentido, después de tanto tiempo, descorazonados y avergonzados
de su obra? ¿Cómo puede ser que exista en cualquier parte, incluso
en el fondo de las landas más perdidas de Bretaña, o en las
inaccesibles cavernas de Cévennes y de los Pirineos, un bonachón
tan tonto, tan poco razonable, tan ciego ante lo que ve y tan sordo ante lo
que se dice, que vote azul, blanco o rojo, sin que nadie le obligue, sin que
nadie le haya pagado o le haya emborrachado?
¿A qué barroco sentimiento, a qué misteriosa sugestión
puede obedecer ese bípedo pensante, dotado de una voluntad, orgulloso
de su derecho, seguro de cumplir con un deber, cuando deposita en una urna
electoral cualquiera una papeleta cualquiera, igual da el nombre que lleve
escrito en ella? ¿Qué se dirá a sí mismo, para
sí, que justifique o simplemente explique ese acto tan extravagante?
¿Qué es lo que espera? Porque, en fin, para consentir que se
le entregue a dueños tan ávidos, que le engañan y golpean,
será necesario que se le diga y que espere algo extraordinario que
nosotros no nos imaginamos. Será necesario que, gracias a poderosos
desvíos cerebrales, las ideas del diputado se traduzcan en él
como ideas de ciencia, de justicia, de entrega, de trabajo y de probidad;
será neceario que en los nombres de Barbe y Baïhaut, no menos
que en los de Rouvier y Wilson, descubra una magia especial y que vea, a través
de un espejismo, florecer y expandirse en Vergoin y en Hubbard promesas de
felicidad futura y de consuelo inmediato. Y esto es lo verdaderamente horrible.
Nada le sirve de lección, ni las comedias más burlescas, ni
las más siniestras tragedias.
Sin embargo, por muchos siglos que dure el mundo y que se desarrollen y sucedan
las sociedades, iguales unas a otras, un hecho único domina todas las
historias: la protección de los grandes y el aplastamiento de los pequeños.
No puede llegar a comprender que hay una razón de ser histórica,
la de pagar por un montón de cosas de las que no disfrutará
jamás, y morir por unas combinaciones políticas que no le atañen
en absoluto.
¿Qué importa que sea Pedro o Juan el que le pida el dinero o
la vida, si está obligado a desprenderse de uno y entregar la otra?
¡Pues, vaya! Entre sus ladrones y sus verdugos, él tiene sus
preferencias, y vota a los más rapaces y feroces. Ha votado ayer y
votará mañana y siempre. Los corderos van al matadero. No se
dicen nada ni esperan nada. Pero al menos no votan por el matarife que los
sacrificará ni por el burgués que se los comerá. Más
bestia que las bestias, más cordero que los corderos, el elector designa
a su matarife y elige a su burgués. Ha hecho revoluciones para conquistar
ese derecho.
Oh, buen elector, incomprensible imbécil, pobre desgraciado, si en
lugar de dejarte engañar por las cantinelas absurdas que te cantan
cada mañana, a cambio de un céntimo, los periódicos grandes
o pequeños, azules o negros, blancos o rojos, pagados para conseguir
tu pellejo; si en lugar de creer en esos quiméricos halagos que acarician
tu vanidad, que rodean tu lamentable soberanía andrajosa; si en lugar
de pararte, papanatas, ante las burdas engañifas de los programas;
si leyeras alguna vez al amor de la lumbre a Schopenhauer y a Max Nordau,
dos filósofos que saben mucho sobre tus dueños y sobre ti, puede
que aprendieras cosas asombrosas y útiles. Puede ser también
que, después de haberlos leído, te vieras menos obligado a adoptar
ese aire grave y esa elegante levita para correr hacia las urnas homicidas
en las que, metas el nombre que metas, estás dando el nombre de tu
más mortal enemigo. Los filósofos te dirían, como buenos
conocedores de la humanidad, que la política es una mentira abominable,
que todo va contra el buen sentido, contra la justicia y el derecho, y que
tú no tienes nada que ver, pues tus cuentas ya están ajustadas
en el gran libro de los destinos humanos.
Sueña después de esto, si así lo deseas, con paraísos
de luces y perfumes, con fraternidades imposibles, con felicidades irreales.
Es bueno soñar, y calma el sufrimiento. Pero no mezcles nunca al hombre
en tus sueños, porque allí donde está el hombre está
el dolor, el odio y la muerte. Sobre todo, acuérdate de que el hombre
que solicita tu voto es, por ese hecho, un hombre deshonesto, porque a cambio
de la situación y la fortuna a la que tú lo lanzas, él
te promete un montón de cosas maravillosas que no te dará y
que, por otra parte, tampoco podría darte. El hombre al que tu elevas
no representa ni a tu miseria, ni tus aspiraciones, ni a nada tuyo; no representa
más que a sus propias pasiones y sus propios intereses, que son contrarios
a los tuyos. Para reconfortarte y animarte con esperanzas que pronto se verán
defraudadas, no vayas a imaginarte que el espectáculo desolador al
que asistes hoy día es propio de una época o de un régimen,
y que todo pasará. Todas las épocas y todos los regímenes
son equiparables, es decir, que no valen nada. Así que, vuelve a tu
casa, buen hombre, y ponte en huelga contra el sufragio universal. No tienes
nada que perder, te lo digo yo; y eso podrá divertirte por algún
tiempo. En el umbral de tu puerta, cerrada a los solicitantes de limosnas
políticas, verás desfilar a la muchedumbre, mientras te fumas
tranquilamente una pipa.
Y si existiera, en algún lugar desconocido, un hombre honrado capaz
de gobernarte y amarte, no lo eches en falta. Sería demasiado celoso
de su dignidad como para enfangarse en una lucha de partidos, demasiado orgulloso
para recibir cualquier orden de ti si no la diriges a la audacia cínica,
el insulto y la mentira.
Ya te lo he dicho, buen hombre, vete a casa y ponte en huelga.
-Una millonada gastada en lujo, fasto y cuestiones superfluas.
-Una celebración casposa con invitados que son los sátrapas
de sus países.
-Una falta de respeto inmensa hacia los muertos y los heridos en los atentados
del 11-M.
-Un encubrimiento de un sistema feudal-la monarquía y todos los aristócratas-más
típico de la Edad Media que de la época actual.
-Un desprecio absoluto por todos los que, en realidad, pagamos el evento:
los trabajadores.
-Un desastre de ciudad con el tráfico colapsado y con los cuerpos represivos
tomando las calles, campando a sus anchas y molestando a la ciudadanía.
-Un insulto a la inteligencia humana, al intentar hacernos creer que vivimos
en un mundo feliz, cuando es todo lo contrario.
-Una tapadera de las barbaridades y las injusticias que los poderosos cometen
en este país y en el mundo.
-Un acto de alienación colectiva basado en el simple hecho de que dos
personas van a vivir juntas.
-Un ejercicio inmenso de hipocresía de los que se casan y de los acompañantes:
aparentan ser la "flor y nata" de la sociedad cuando, en verdad,
son los saqueadores del planeta.
-Otro ejercicio absolutamente hipócrita de la Iglesia católica,
que está casando a dos elementos de los que sabe que pasan totalmente
de la "fe católica" (incluso la novia lo ha dicho).
-Un montaje nacional-católico que nos recuerda épocas ya pasadas
y que, lamentablemente, parece que aún no nos hemos quitado de encima.
-Un ensalzamiento de todos los pilares que sustentan este podrido sistema:
ejércitos, Iglesia, gobernantes, monarcas, banqueros, aristócratas,
policías...
-Un peloteo salvaje de todos los estamentos sociales, empezando por los "medios
de comunicación".
-Un espectáculo antieducativo bestial.
-En fin, un horror.
-Y dos preguntas: ¿Por qué tenemos que mantener a esta panda
de vagos y sus vicios? ¿Por qué no apagamos la televisión
y nos damos cuenta de que no los necesitamos para vivir?