
SECCIONES
Las otras caras del eje del mal
Nada de lo que ocurre es casualidad y menos en el panorama internacional.
Desde hace unos sesenta años, el club de Roma, formado por los siete
países más ricos, elaboró un informe que en resumidas
cuentas venía a decir que los recursos naturales se estaban agotando
debido al gran despilfarro de los países industrializados. A lo largo
de este tiempo se ha ido repitiendo esta idea. De tal manera, que hoy los
gobiernos hablan de economía sostenible refiriéndose a dicha
realidad. Los recursos naturales se acaban y el petróleo también.
En la era contemporánea los países europeos tienen una gran
obsesión, controlar los mercados mundiales bajo la idea del imperio.
Idea vieja pero renovada con los tiempos que corren. Gran Bretaña y
Francia eran, a finales del siglo XIX y principios del XX, quienes encabezaban
esta lucha frente el resto del mundo. Finalizada la II Guerra Mundial, esos
grandes imperios no se pueden mantener ni económica ni militarmente.
Se da paso así a la descolonización pero, al mismo tiempo, se
da una nueva noción de imperialismo, el imperialismo financiero. En
la escena mundial aparecen Estados Unidos y la Unión Soviética
como países hegemónicos y con ellos la famosa Guerra Fría.
Nuevo reparto de influencias. Tanto uno como el otro van cubriendo los huecos
que los europeos van dejando.
Actualmente, EE.UU. ha derrotado al único gigante que le hacía
sombra y se ha quedado solo. Con sus viejos y nuevos amigos ha creado un bloque.
En este tiempo, se está construyendo un nuevo panorama internacional,
pero esta vez duradero. Para ello hay que controlar los puntos estratégicos
tanto militar como económicamente, además, cuanto antes, porque
los recursos se agotan y sobre todo el petróleo. Hace un año,
aproximadamente, George Bush, magnate financiero y vocero de los grandes empresarios,
empezó su cruzada contra los que él denominó terroristas
internacionales. No es casualidad que los dos países a los que ha echado
el ojo, son estratégicos tanto para el trasvase del fuel como para
su extracción. Con la falsa idea de acabar con dicho terrorismo ha
metido, en tan heroica gesta, a sus aliados, y entre ellos estamos nosotros.
Enarbolando la bandera de la democracia y de las libertades va señalando
quiénes son los terroristas y quiénes son los dictadores, es
decir, los malos.
Ahora que somos democráticos vamos a contar mentiras tralará,
vamos a contar mentiras. Efectivamente, la canción se repite. El presidente
americano junto con sus colegas europeos, bajo la legalidad que le otorga
la democracia, modelo que no compartimos, pues creemos en otra más
directa y libre, va haciendo y deshaciendo a su antojo. ¿No es lo que
hizo Hitler? Nos cuentan que Sadam Hussein es un dictador y un asesino que
acribilló a los kurdos. ¿Quién le vendió las armas?
¿Quién le puso en el poder? ¿Por qué después
de veinte años se preocupan de los pobres kurdos? ¿Por qué
nos tenemos que creer las pruebas que ha presentado Colin Powell, cuando sabemos
que la falsificación de la mismas puede ser como un juego de críos?
Nos dicen que son terroristas porque tienen armas de destrucción masiva
y ellos, ¿no las tienen? ¿No las tiene el resto de los países
europeos? Acaso, ¿no es terrorismo bombardear diariamente un país?
Debe ser que la población civil iraquí no padece ni sufre terror.
Lo penoso de todo el embrollo, no es toda la mentira que corre, sino cómo
el lucrativo negocio armamentístico se beneficia a costa del horror
del ciudadano. Cómo el hambre del mundo no se palia por la ambición
de unos pocos. Hoy en día, con todo lo que se gasta en seguridad todos
los países del mundo, se podrían cubrir todas las necesidades
de la población. Nuestra negativa a la guerra lo es también
al sistema productivo capitalista, culpable de este problema. Abogamos por
un mundo libre, sin amos ni siervos. Un mundo sin gobernantes ni gobernados.
Seguimos siendo en lo económico comunistas libertarios, en lo religioso
ateos y en lo político anarquistas.
Grupos N. Majno,
Tierra y Albatros ![]()
Galicia: marea negra,
negro futuro
Galicia vive, una vez más, la pesadilla de la marea negra producida
esta vez por el petrolero Prestige, un barco que hace muchos años que
debería estado fuera de servicio, este petrolero, es un barco monocasco
y dicha circunstancia le hace inseguro para transportar materias tóxicas
y altamente contaminantes como fueloil o petróleo. A pesar de todo
esto, este barco ha navegado desde su salida del puerto de Ventspils en Letonia
(donde, por cierto, cargó su mercancía en alta mar a diez millas
del puerto) hasta la Costa da Morte en Galicia con 77.000 toneladas de fuel
en sus bodegas sin las más mínimas medidas de seguridad hasta
que una colisión con no se sabe qué produjo una rotura en el
casco y la consabida situación de emergencia que amenazaba al petrolero
con partirse en dos mientras el presidente de la Xunta galega, demócrata
de toda la vida, Manuel Fraga Iribarne se encontraba en Toledo con su consellero
de Medio Ambiente cazando rebecos y otros bichos sin preocuparles lo más
mínimo las 27.000 toneladas que el Prestige vertía sobre aguas
gallegas antes y después de hundirse a 3.600 metros de profundidad
y con varias grietas en su casco por donde salen a razón de 30 toneladas
de fuel al día. El gobierno español tampoco se lució
que digamos en el tratamiento de esta catástrofe pues hicieron caso
omiso de ella hasta que fue inevitable y después también minimizando
las consecuencias del naufragio y mintiendo a la opinión pública
sobre estas. Así las cosas mientras los marineros, mariscadores, mejilloneros,
perceberos y voluntarios gallegos y de otras comunidades autónomas
luchaban a brazo partido con sus propias manos para recoger el tóxico
chapapote del agua o las playas del litoral gallego o se desplegaban para
evitar que el fuel entrase en las Rías Bajas acabando con toda la riqueza
marisquera y mejillonera que éstas acogen, los próceres de los
gobiernos gallego y español por ahí fuera de holganza o acudiendo
a cutres programas de la televisión italiana, ¿verdad señor
Aznar? O yéndose a Andalucía a recoger importantes galardones
como el premio Chirimoyo concedido, merecidamente sin duda, al "sin par"
Álvarez Cascos. Sólo Mariano Rajoy y Juancar 1º pasaron
por la zona afectada, el uno a mentir tergiversando la realidad y el otro
a mancharse los zapatos mientras le inmortalizaban llorando la desgracia ajena;
Aznar estuvo tres horas y ni siquiera echó un vistazo a las playas
y costas, y el principísimo no se diferenció gran cosa de lo
hecho por su padre.
No nos olvidamos tampoco de la oposición socialista encarnada por el
intrépido Zapatero el cual, cual carroñero buitre político
electoralista, ofrecía su falsa solidaridad al pueblo gallego echando
pestes contra los gobiernos del PP. Mucha solidaridad pero no le vieron los
gallegos mancharse la ropa de fuel, por lo que decidieron manchársela
de huevos y tomates.
Después de casi dos meses de la catástrofe del Prestige la situación,
aunque ha cambiado levemente, no ha mejorado gran cosa, pues a pesar de que
ahora se cuenta con la participación tardía del ejército
con todos sus medios logísticos, sigue saliendo fuel de las numerosas
grietas del petrolero hundido, a razón de 125 toneladas al día
y existe la amenaza de que por las numerosas grietas de su casco se libere
el resto de su tóxica carga provocando una tercera marea negra aún
más grande que las anteriores, las cuales se han extendido, no sólo
por la costa gallega sino por toda la costa cantábrica hasta llegar
a playas vascas de la zona bizkaitarra (playa de La Arena en Somorrostro).
Es el momento ahora para el gobierno de dar explicaciones en el Parlamento
y la imagen que dan los políticos es realmente patética; la
oposición culpando al gobierno de las consecuencias de la marea negra
pero sin proponer soluciones y el gobierno ha acusado a la oposición
de desleales, insolidarios, demagogos, electoralistas, etc. y recurriendo,
como siempre al pasado, con la famosa táctica del "y vosotros
más". Ante este panorama, los sufridos y escarmentados gallegos
siguen luchando contra el chapapote apretando los dientes de rabia y haciéndose
infinidad de preguntas sobre lo que ha sucedido, ¿por qué?,
¿quién es el responsable?, ¿cuál será su
futuro? y muchas más, pero la que seguramente más se han planteado
en todo este tiempo de desamparo por parte de las instituciones es esta: ¿Para
qué nos sirve el Estado?
Enseñanzas que no debemos olvidar
En esta catástrofe, como en todas, no todo es negativo, pues podemos
entresacar del negro chapapote una serie de enseñanzas que es necesario
no olvidar si deseamos de verdad evitar futuras catástrofes o, por
lo menos, sus devastadores efectos.
De todos es conocida la nula implicación y eficacia de los gobiernos
gallego y español en todo este asunto, no sólo por la pasividad
de los elegidos para gobernar, sino también por la desinformación
y la mentira a la que se ha sometido al pueblo gallego y del resto del Estado
español con la más absoluta premeditación y alevosía,
la rapiña política practicada por la oposición, más
para obtener réditos electorales que por otra cuestión, utilizando
la manipulación de documentos en una patética sesión
parlamentaria que dejó al descubierto la catadura ética y moral
de nuestros políticos profesionales, los cuales nos demostraron, una
vez más, que el ejercicio del voto siempre cae en saco roto.
La enorme implicación solidaria de los ciudadanos de a pie, que lejos
de desentenderse del problema del pueblo gallego han opuesto a la tóxica
marea negra una gran marea solidaria que no tiene parangón y que demuestra
que el pueblo siempre marcha a millones de años luz de cualquier forma
de Estado, dicho lo cual se concluye que las instituciones estatales nos son
totalmente innecesarias e incluso suponen un importante estorbo en el camino
hacia la resolución de los problemas que nos afectan y la consecución
de la libertad individual y colectiva.
Tras lo anteriormente escrito solo nos queda concluir que el pueblo está
perfectamente capacitado para solucionar por sí solo los problemas
que puedan surgirle con sólo organizarse para asumirlos al margen de
jefecillos, gobernantes, militares, clérigos, políticos profesionales
y demás vagos improductivos, los cuales ya han demostrado sobradamente
su inutilidad. Sólo con un mínimo de responsabilidad militante,
podremos conseguir ser dueños de nuestras vidas con nuestros errores
y aciertos, lo bueno y lo malo, lo fácil y lo difícil, lo grande
y lo pequeño, lo importante y lo intrascendente, etc., etc. Pero siempre
con la seguridad de que somos nosotros los que decidimos y los que actuamos,
sin intermediarios.
Caminemos pues, escarmentados, como si de una inmensa "marea negra"
se tratase hacia la autogestión de la vida, la acción directa
y no delegada, la solidaridad y el apoyo mutuo, hacia la libertad. La anarquía.
Parece que a las sotanas no les ha sentado nada bien que un director de cine
haya querido recordar uno de los más evidentes y vergonzosos escándalos
vaticanos. La película lleva por título Amén, y rescata
la permisiva actuación de Pío XII y el resto de la Iglesia católica
ante el exterminio de miles de personas en los campos de concentración
nazis durante la II Guerra Mundial. Su autor, Costa-Gavras, nos obsequió
hace tiempo con otra proyección llamada Missing en la que su ojo sensible
a la injusticia se centraba en las "desapariciones" en Chile durante
la dictadura de Pinochet.
La nueva cinta, presentada en la Semana Internacional de Cine de Valladolid
el pasado otoño y estrenada ahora comercialmente, pone de manifiesto
que la alta jerarquía católica sabía lo que estaba pasando
y no hizo nada por impedirlo. Una visión incluso generosa diría
yo a juzgar por el papel desarrollado en Ucrania donde realizaron miles de
conversiones forzosas de la mano de oficiales de las SS, o en Croacia donde,
por poner un ejemplo, el "padre" franciscano Miroslav Filipovic,
mantuvo la comandancia del campo de concentración de Jasenovac en donde
40.000 hombres, mujeres y niños fueron asesinados.
Lo que no se deja en el tintero Costa-Gavras es la ayuda solidaria que prestaron
a cientos de asesinos nazis para escapar de la escasa justicia y poder emigrar
a salvo a Sudamérica (Argentina, Chile, Brasil...) o a los EE.UU. para
trabajar a las órdenes de sus servicios de inteligencia. Pero a pesar
de todo hay quien tiene fe.
Que los curas y las monjas protagonizasen en Francia fervorosas protestas
por la película es algo en cierta medida lógico. Vivimos en
la época de lo políticamente correcto y si hay que negar la
evidencia en defensa del credo, pues se niega. Ya se confesarán. Viven
de ello. Lo que hiela la sangre es la reacción de los pseudointelectuales
del momento. En esta ocasión el artista que se ha cubierto de gloria
ha sido el infame Carlos Semprún, que tildando la denuncia de "mentira
comunista" hizo un alegato electrónico (Internet) por la inocencia
de Pío XII. Eso sí, diferenciando los buenos católicos
de esos curas rojos de la teología de la liberación.
Desde estas páginas verdaderamente ateas, y dejando claro que ninguna
teología es liberadora sino esclavizante, quiero recomendar el excelente
trabajo que se nos brinda en Amén, por mucho que les duela a esos renegados
de la lucha que han encontrado mejor asiento en los despachos del dinero que
en las filas de quienes no se resignan a aceptar la miseria moral de unos
pocos y la económica de muchos.
No hacen ruido, pero avanzan. La Iglesia católica domina este país
como en los peores tiempos del malnacido Fernando VII. En los últimos
años se ha puesto en sus manos de manera más evidente que nunca
la educación, la economía y la política, tres pilares
fundamentales copados por sus órdenes y sociedades. Controlan prácticamente
el cien por cien de los colegios privados y concertados, sin contar las clases
de religión en los públicos y universidades. Tienen las riendas
de prácticamente todas las cajas de ahorros del país y una buena
camada de fervientes católicos ordenados en los puestos directivos
de los principales bancos. Necesitaría el resto de las páginas
de esta publicación para ofrecer la lista completa de miembros del
Opus Dei en estructuras de responsabilidad política. Hay que tomar
conciencia del peligro que esto supone por la influencia de este Poder en
el recorte de libertades individuales y colectivas.
He oído que Juan Pablo II está concertando una visita a Madrid
en los próximos meses, al parecer para elevar a los altares a religiosos
"mártires" de nuestra guerra civil. Fascistas, vamos. Supongo
que es la respuesta al tibio aunque saludable intento de recuperación
de la memoria de las víctimas reales del conflicto que últimamente
se ha materializado en reportajes, exposiciones, documentales, etc. Le estaremos
esperando.
25 años de
democracia
25 años de falacia
Hemos vivido los acontecimientos conmemorativos que han rodeado la celebración
de los 25 años de la democracia en España. Han pasado cinco
lustros desde que los españoles acuden de nuevo a las urnas, tras casi
cuarenta años de dictadura, que purgó al pueblo español
hasta la extenuación. Hoy nos presentan un Estado democrático
lleno de valores y de lucha por las libertades. Pero tras 25 años y
a raíz de que todo el mundo está haciendo valoraciones, nosotros
hemos de hacer la nuestra.
Nos han repetido que aquella transición "pacifica" ha simbolizado
la estabilización de un pueblo y la adopción de determinados
valores que eran necesarios para la sociedad. Pero lo que hemos encontrado
ha sido un franco retroceso en las aspiraciones diarias de la clase trabajadora.
Lo hemos vivido no hace mucho con la convocatoria de una huelga general, por
parte de sindicatos vendeobreros como CC.OO. y UGT. Pero aunque la huelga
se ha convocado, y muchos la secundamos a favor de los intereses obreros,
ha tenido un claro tinte político y ha sido una oportunidad para las
burocracias sindicales de desempolvar sus banderas y lavar su cara. La verdad
es que los derechos de los trabajadores han sido mermados, no sólo
con el decretazo, que ha sido la gota que colmó el vaso, sino por una
serie de medidas que han sido negativas a lo largo del tiempo. Podemos enumerar
y poner el inicio en octubre de 1977 cuando se firma los llamados "Pactos
de la Moncloa", por los que el Estado y todos sus acólitos burgueses
consiguen domesticar el sindicalismo y arrastrarlo hacia las posturas que
a ellos les interesa, que distan muy poco del rancio sindicalismo corporativo
y vertical emanado de las instituciones franquistas. Después, por medio
de negociaciones se llega a las reformas laborales como el AMI, el AES, el
AI, etc., que no significan sino vueltas de tuerca para exprimir más
a la clase obrera. Durante la etapa del gobierno socialista asistimos a una
vertiginosa desmovilización de los movimientos sociales y a unas brutales
reconversiones laborales en determinados sectores. El propósito era
claro se trataba de sustituir a la plantilla laboral con enormes derechos
por una mano de obra barata, con reducción de derechos y abaratamiento
del despido. Por esta cuestión el gobierno socialista y los sindicatos
legalizan las Empresas de Trabajo Temporal (ETT). Por medio de estas agencias
los trabajadores se convierten tan sólo en unas mercancías de
compra-venta. Pero si ha esta situación precaria se une la mano de
obra semiesclava que la inmigración les ofrece, el panorama actual
de la clase trabajadora es realmente patético. Por si fuera poco, se
promulgan unas leyes de extranjería que no son otra cosa que un acuerdo
tácito entre el Estado y el capital para que esa mano de obra barata
no se les vaya de las manos. Así queda una ingente masa de inmigrantes
no regularizados y sin derechos, que le sirve al capital para explotarlos
a su antojo. Igualmente van introduciendo propaganda subliminal, para que
el odio hacia el extranjero vaya allanando el terreno a los movimientos xenófobos
y nazi-fascistas, que también les vale al capital y al neoliberalismo
para afianzar su poder (el caso de Francia lo tenemos muy reciente).
En otros ámbitos, esta democracia también ha sido realmente
nefasta. En materia de pensiones se ve un auténtico retroceso de los
derechos de los pensionistas y sus prestaciones. Acuerdos como el "Pacto
de Toledo", que todas las fuerzas políticas aceptan junto con
las burocracias sindicales, son un ejemplo de ello. Las subidas de las pensiones
son ínfimas o inexistentes y a veces hasta se bajan. Pero sin embargo
después no tienen ningún problema a la hora de subirse los sueldos
los diputados. Es curioso que no haya fondos para algunas cosas y para otras
sí.
En materia de educación se vuelve igualmente a atentar contra los derechos
de los ciudadanos. La educación es la base primordial de cualquier
estructura social y el sistema liberal lo que está haciendo es elitizar
ese sistema educativo, para que no se convierta en lo que realmente tiene
que ser la educación, la base del conocimiento, y lo desvía
hacia el beneficio y la especulación, para que los estudios sean también
rentables al capitalismo. La LOGSE ha sido un fracaso y ahora con el gobierno
conservador y de derechas se fomenta todavía más una educación
elitista con reformas como la LOU (Ley Orgánica de Universidades) y
la LOCE (Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza).
En 1977 se consideró un gran logro que todas las organizaciones políticas
y sindicales pudieran ser legales. Hace poco se aprobó una Ley de Partido
y Asociaciones, por la cual las asociaciones que combatan la Constitución
con métodos terroristas pueden ser ilegalizadas. Evidentemente nosotros
no estamos a favor del terrorismo por ser un procedimiento deleznable y antiobrero.
Pero esta ley no tiene que hacer demasiado, porque quien calibra qué
es y qué no es terrorismo son las altas cúpulas del Estado y
las magistraturas. Esto quiere decir que grupos que apoyan claramente el terrorismo
como Batasuna pueden ser ilegalizados, pero tras el último congreso
del Partido Popular, en el que se aprueba una ponencia con el título
de "Patriotismo Constitucional", se establece que todos los grupos
que combaten y están en contra de la Constitución, están
en contra del Estado y sus instituciones y por lo tanto son terroristas. Sólo
hay que atar un cabo y otro para ver cómo pueden discurrir los acontecimientos.
Nosotros somos anarquistas y no podemos estar a favor de ninguna organización
política y menos de Batasuna, partidaria del deleznable nacionalismo
rancio y opresor y defensora de medios de lucha a años luz de los nuestros.
Pero evidentemente tampoco podemos estar a favor que se ilegalicen organizaciones
por la parte que nos puede tocar a nosotros. Condenamos igualmente que Batasuna
se coloque de víctima en este contexto, pues si alguna organización
ha sido perseguida hasta la extenuación esa ha sido la CNT, que aparte
de sufrir acoso del Estado con el "Caso Scala", el propio Estado
ha patrocinado sus escisiones con el fin de anular el último reducto
combativo del proletariado. Afortunadamente aún no lo han conseguido
y se seguirá trabajando para que tal circuns-tancia no se produzca.
Estas son entre otras muchas las cuestiones que la maravillosa democracia
ha dado al pueblo. Evidentemente los medios de comunicación del poder
nos han dado otra cara, pero se hace necesario que nosotros, desde nuestra
modesta posición, desmontemos esto. No vamos a entrar a valorar ahora
las aportaciones de cada organización política y sindical al
compendio de retrocesos de los derechos. Pero lo que sí vamos a reivindicar
es el funcionamiento de nuestras organizaciones, porque hoy más que
nunca necesitamos que vuelva a emerger el modelo de lucha que la CNT y la
FAI proponen. Los valores de la solidaridad tienen que ser rescatados, volver
a implantar un sindicalismo revolucionario y los criterios del anarquismo.
Aquí entra en juego la mejor arma que el sindicalismo revolucionario
ha tomado de la tradición anarquista, la propaganda. La concienciación
de la clase trabajadora sólo puede venir a través de esa propaganda
que resucite los valores del movimiento obrero y muestre lo alienada y erosionada
que está la clase trabajadora. Y esto no por gusto, sino por necesidad,
porque ya va siendo hora de que los explotados de este cruel sistema capitalista
nos demos la mano para derribarlo y establecer un mejor modo de vida que tenga
al anarquismo como valor fundamental.
Van unas líneas para recordar que, en la primera semana de febrero
de 1997, este foro virtual comenzó su andadura por el ciberespacio.
Midiéndonos con el veloz tiempo de Internet y en comparación
con experiencias similares - de dentro y de fuera del ámbito latinoamericano
- ha sido un caso de longevidad, resistencia y dinamismo con pocos paralelos.
De aquellos 26 compas de 6 países a quienes pude convencer para impulsar
junto conmigo la iniciativa una lista de correo electrónico del anarquismo
latinoamericano, aprovechando la oportunidad que ofrecía el servidor
de listas que entonces comenzaba a operar en la Universidad Central de Venezuela
en Caracas, hemos llegado a los 132 que somos ahora mismo, provenientes de
20 países.
La historia de anarqlat ha sido movida en diversos aspectos: mucha gente ha
venido y se ha ido, pero luego que superamos el centenar de suscriptores en
1998 nunca hemos estado bajo esa cifra; por bastante tiempo los inconvenientes
técnicos fueron tan fastidiosos que parecía lo mejor que cerráramos
este foro y lo reabriésemos en otro servidor, pero en el último
año la situación en este sentido ha mejorado mucho; y entre
quienes han participado hemos tenido personas bastante ajenas a los propósitos
de anarqlat, pero en términos generales no han afectado la marcha de
la lista.
Con todo, hemos podido evitar la trayectoria fugaz de tantas iniciativas semejantes
en Internet, que tras inicios muy auspiciosos se han consumido en lapsos que
generalmente no llegan a los 2 años, lo cual creo que ha sido posible
en nuestro caso gracias a haber construido en anarqlat un espacio de intercambio
solidario que ha ido mucho más lejos de lo puramente teórico,
informativo o académico, pues en verdad ha sido una valiosa herramienta
para que en todo sentido nos relacionemos quienes nos interesamos en el anarquismo
latinoamericano. Por eso ha sido posible que anarqlat continúe hoy
con la vitalidad de siempre, y no tengo que señalarles los repetidos
ejemplos de esa utilidad en múltiples formas que este foro ha traído
para todos.
Como "Maestro de Ceremonias" (título que en buena hora se
le ocurrió a Pascual adjudicarme) les felicito a tod@s por seguir adelante
con esta cabalgata, cuyo porvenir espero que seamos capaces de seguir edificando
en esta tónica de ¡salud, alegría y (A)!.
En 1871 Francia fue derrotada en la guerra con Prusia. La cabeza del gobierno
nacional era Adolphe Thiers, él tuvo que negociar los detalles de la
paz con Prusia. Después de hacer esto tuvo que afrontar el problema
de volver a controlar Paris, de convencer a la ciudad de que la guerra con
Prusia había terminado y del desarme de la Guardia Nacional. A Thiers
sólo se le permitían 12.000 soldados después de la tregua,
y con ellos tuvo que hacer frente a varios cientos de miles de guardias nacionales.
No tenía tiempo. La mayoría rural de la Asamblea se trasladó
desde Burdeos, donde mantuvo un primer encuentro para sacar del país
a las tropas prusianas, a Versalles, cerca de París.
Los prusianos todavía ocupaban el norte de Francia, como seguro para
el pago de las indemnizaciones de guerra que Francia había aceptado
pagar como condición para la paz. Para hacer frente al primer pago
de las indemnizaciones y asegurar la evacuación de las tropas prusianas
del norte de Francia, el gobierno francés necesitaba elevar los impuestos.
El principal problema de Thiers era la restauración de la confianza.
El orden tenía que ser restablecido, los comercios reabiertos, y la
vida tenía que volver a la normalidad. Y por encima de todo, como París
era el corazón de la nación, tenía que ser puesta bajo
el control del gobierno nacional.
París, sin embargo, permaneció desafiante. No aceptaría
una victoria prusiana. Esto quería decir que no le había gustado
nada que el gobierno hubiera capitulado ante los prusianos. La resistencia
patriótica a la derrota de Francia inevitablemente tendría consecuencias
en el nuevo gobierno de Versalles. La Guardia Nacional de París permaneció
alerta, lista para resistir cualquier intento de los prusianos para entrar
en París. Los cañones abandonados en el fallido asedio a París
se llevaron a varias partes de la ciudad. Fueron aquellos cañones traídos
a los distritos de la clase obrera los que se convirtieron en el asunto crítico.
Como dijo Thiers tiempo después: "Los hombres de negocios iban
por ahí repitiendo constantemente que las operaciones financieras sólo
comenzarían otra vez cuando los miserables fueran aniquilados y los
cañones recuperados".
Y fue el intento del gobierno por capturar las armas de la Guardia Nacional,
el sábado muy temprano, lo que detonó la revolución.
El plan era ocupar los puntos estratégicos de la ciudad, capturar las
armas y arrestar a los revolucionarios conocidos. El mismo Thiers y algunos
ministros fueron a París para supervisar la operación. Al principio,
la ciudad estaba dormida y todo iba bien. Pero pronto las masas despertaron
y comenzaron a enfrentarse a los soldados. La Guardia Nacional comenzó
a ceder, pero no porque apoyara a las tropas del gobierno, sino porque no
sabían qué hacer. Las tropas regulares que todavía estaban
esperando a que llegaran los transportes para cargar las armas, se vieron
pronto superadas en número. Los sucesos dieron un giro serio en Montmartre
cuando las tropas se negaron a disparar a la muchedumbre y en vez de eso arrestaron
a su propio comandante, quien fue más tarde fusilado. Pronto en toda
la ciudad los oficiales se dieron cuenta de que ya no podían confiar
en sus hombres. Por la tarde Thiers decidió abandonar la capital. Saltando
a una diligencia que le estaba esperando dictó la orden de evacuación
del ejército a Versalles e instó a todos los ministros a seguirle.
La retirada del ejército a Versalles fue caótica. Las tropas
se insubordinaban y sólo los gendarmes podían mantener algo
de orden. Tan apresurada fue la retirada que varios regimientos fueron olvidados
en París (unos 20.000 soldados). Los oficiales fueron cogidos prisioneros,
mientras que unos 1.500 hombres, dejados atrás sin órdenes,
se sentaron a esperar el período de la Comuna. El gobierno había
abandonado la ciudad.
A las once de la noche el comité central de la Guardia Nacional reunido
en asamblea decidió tomar el abandonado edificio del ayuntamiento,
mientras que otros oficiales y hombres de la Guardia Nacional ocupaban los
restantes edificios públicos de la capital.
Fueron los blanquistas quienes tomaron la iniciativa cuando Brunell llevó
al dubitativo Bellevois (cabeza del comité de la Guardia Nacional)
al abandonado ayuntamiento. Cuando el comité central llegó al
fin a la alcaldía, reinaba la más absoluta confusión,
la Guardia Nacional y los soldados erraban por la ciudad y nadie tenía
autoridad para mandarles. Esta revolución fue una insurrección
espontánea en toda la capital, sin que hubiera una dirección
central ni ningún comité de la Guardia Nacional.
Los comités de Duval, Eudes, Brunel y todos los de Montmartre estaban
a favor de marchar sobre Versalles, sin embargo los blanquistas no fueron
escuchados. Los insurgentes encontraron París listo para la toma de
Versalles, pero la principal preocupación del comité central
de la Guardia Nacional era la de "legalizar" su situación
invistiéndose con el poder que tan inesperadamente había caído
en sus manos. En lugar de seguir el camino por el que el ejército había
escapado a Versalles, como los blanquistas urgían al comité,
entraron en negociaciones con el único cuerpo constitucional que quedaba
en la ciudad, la alcaldía, para solicitar la convocatoria de elecciones.
Como un comunero preguntó el día de las votaciones: "¿Qué
significa la legalidad en tiempos de revolución?" Este intento
por volver a la legalidad trajo moderación a los revolucionarios. Muchos
miembros del comité central sentían que los acontecimientos
les habían sobrepasado. Como uno de ellos dijo: "Aquella noche
no sabíamos qué hacer; no queríamos la posesión
del ayuntamiento, queríamos construir barricadas. Estábamos
desconcertados por nuestra autoridad". Se dejó a la figura literaria
bohemia de Edourard Moreau, la tarea de persuadir al comité central,
entre los gritos de "Viva la Comuna", de que siguiera ocupando el
ayuntamiento al menos durante unos días hasta que las elecciones municipales
tuvieran lugar.
Ocho días después París tuvo unas elecciones con 227.000
votos emitidos. Esto sólo era la mitad del total del censo, pero este
censo se remontaba a antes de la guerra, desde entonces había habido
una gran reducción de población. Este éxodo benefició
a las áreas de "clase obrera", ya que eran las que menos
se habían reducido. También se adoptó un sistema proporcional
de representación que dio más representación a los densamente
poblados barrios obreros que el sistema anterior. Los resultados marcaron
un enorme giro a la izquierda, sólo se eligieron entre quince y veinte
republicanos moderados, que pronto dimitieron.
Los distritos de las clases populares eran los que más apoyaban a la
Comuna. La lista de comités de vigilancia que había atraído
pocos votos en las elecciones nacionales de hacía un mes se encontró
con la mayoría. Esto no ocurrió por una repentina conversión
a la posición socialista revolucionaria sino debido a que la mayoría
republicana de París quería ahora votar por la Comuna como voto
defensivo contra Thiers y la monárquica Asamblea Nacional de Versalles.
En los distritos de clase obrera la victoria tenía un significado más
preciso, se esperaba que ahora se hiciera un trabajo más serio para
favorecer a los excluidos por los gobiernos anteriores.
La Comuna se instaló formalmente en el ayuntamiento dos días
después del glorioso levantamiento de primavera, el 28 de marzo. Los
batallones de la Guardia Nacional se reunieron en asamblea, se leyeron los
nombres de los elegidos en las votaciones y, vestidos de rojo, subieron los
escalones del Hôtel de Ville (ayuntamiento) bajo un toldo presidido
por un busto de la República. En lo alto ondeaba la bandera roja, como
lo había hecho desde el 18 de marzo, y los cañones saludaron
la proclamación de la Comuna de París.
La composición de la Comuna
La Comuna se compuso finalmente de 81 miembros, la media de edad era de 38
años, 5 miembros eran mayores de 60. Raoul Rigault, el jefe de la policía
de la Comuna, tenía 25, era el más joven de los 15 veinteañeros,
8 más acababan de cumplir los 30.
Los miembros de la Comuna carecían de experiencia política.
Sus debates eran a menudo dispersos, se proponían y aceptaban asuntos
que se dejaban caer antes que expuestos con decisión. Muchas veces
se desataban agrias discusiones personales que llevaban a una disputa mayor.
La Comuna, como todo, carecía de dirección política.
Esto era especialmente serio porque había que ganar una guerra civil
para sobrevivir. Fue en cuestiones tales como la educación o la reforma
de las condiciones laborales, debido a la experiencia sindical de varios de
sus miembros, donde la Comuna mostró sus efectos positivos.
Blanqui, como revolucionario experimentado, podía haber provisto a
la Comuna de más cohesión política, pero fue detenido
por la policía y pasó la segunda revolución de su vida
en prisión.
Charles Deleschulz fue la figura más notable del pasado en sentarse
en la Comuna. Él había sido un jacobino radical en la revolución
de 1848 hasta que fue forzado a exiliarse y fue apresado cuando intentó
volver secretamente. Sin embargo, los años de cárcel en la Isla
del Diablo habían arruinado su salud. Sólo podía hablar
con una voz graznante y permanecer por encima de las peleas personales y disputas
en la Comuna hasta que se vio llamado a desempeñar un digno pero trágico
papel al final, caminando deliberadamente hacia la muerte en una barricada
donde hoy está la plaza de la República.
18 miembros de la Comuna provenían de los barrios de clase media. En
total unos 30 miembros de la Comuna se podrían clasificar como de provincias,
la mitad de ellos eran periodistas de la prensa republicana. El resto incluía
a tres médicos, sólo tres abogados, tres maestros, un veterinario,
un arquitecto y once relacionados con el comercio.
Unos 35 miembros eran trabajadores manuales o estaban implicados en la política
revolucionaria. Eran artesanos de pequeños talleres que instauraron
las asociaciones obreras de la capital. Típicos de este grupo eran
los trabajadores del cobre, carpinteros, decoradores y libreros. Puede resultar
chocante la falta de representantes de las grandes industrias que habían
proliferado a las afueras de París. En realidad los obreros de las
grandes fábricas de los suburbios no habían formado aún
organizaciones ni medios de combate. Parecía que el liderazgo local
se había desarrollado muy inseguro de sí mismo y de sus posibilidades,
demasiado inadecuado como para jugar un papel a una escala mayor. Esto dejó
vía libre para los representantes de los distritos pequeño-burgueses.
Unos 40 miembros habían estado implicados en el movimiento obrero francés
y la mayoría de ellos se habían unido a la Internacional. Su
experiencia en las asociaciones obreras les había vuelto recelosos
hacia el poder político y habían orientado su pensamiento hacia
las tendencias anarquistas (llevaban más de la tradición de
Proudhon que de la de Bakunin). Unos 12 miembros de la Comuna eran blanquistas.
Su principal esperanza para salvar la revolución era liberar a Blanqui,
o intercambiarle por algún rehén... de los que el arzobispo
de París era el más notable.
La Comuna se instauró el 28 de marzo y el 2 de abril las tropas de
Thiers comenzaron su ataque. Al principio la Comuna se reunía en secreto
en un "Consejo de Guerra", sin embargo el secretismo no era lo que
se esperaba de una asamblea general. El comité central de 20 distritos,
la International y algunos de los clubes populares presionaron a la Comuna
para que hicieran públicas sus sesiones. Cediendo a estas presiones,
la Comuna aceptó publicar sus debates en el Diario Oficial. Sin embargo,
se hizo difícil encontrar suficiente espacio para tanta gente (los
espectadores) y el problema nunca se resolvió del todo.
Las teorías que se formularon en 1871 estaban basadas en las ideas
de 1793, en la soberanía popular: Aquellos que fuesen elegidos para
representar al pueblo iban a actuar como delegados, no como miembros del Parlamento.
En particular los clubes populares reclamaron que la soberanía tenía
que recaer en ellos tanto como en él. Aquellos que habían sido
elegidos por el pueblo estaban sujetos a la revocación de su cargo
por parte del pueblo y era una obligación de los elegidos permanecer
en constante contacto con las fuentes de soberanía popular. En algunos
clubes se hacían charlas sobre cómo meter más presión
a la Comuna, y a partir de ahí se hicieron intentos para unir las fuerzas
de los clubes para hacerlo mejor. Algunos miembros de la Comuna permanecieron
en estrecho contacto con las fuerzas que les llevaron al poder (el pueblo)
frecuentando los clubes.
La política de la Comuna.
La auténtica legislación social aprobada por la Comuna parecía
más reformista que revolucionaria, tomando las demandas que habían
sido formuladas en los veinte años precedentes. Se cancelaron los alquileres
de propiedad durante el período de asedio, pero la propiedad privada
nunca fue cuestionada. Después de muchos debates se dio un plazo de
tres años para pagar las facturas pendientes. Estas medidas impactaron
a la opinión burguesa de fuera de París. La Comuna instauró
una bolsa de desempleo en cada ayuntamiento (cada distrito de París
tiene un ayuntamiento, que se juntan en el Hôtel de Ville) y abolió
el trabajo nocturno de los panaderos con la oposición de los patronos.
La cuestión social más urgente a la que se enfrentó la
Comuna fue la del desempleo y adoptó el paso radical de permitir la
libre asociación de trabajadores y las cooperativas obreras para tomar
las fábricas y hacerlas funcionar otra vez. Sin embargo, las sugerencias
más extremas de que los trabajadores tomaran "todas las grandes
fábricas de los monopolistas" fueron rechazadas. Para el 14 de
mayo se habían formado 43 cooperativas productoras entre las industrias
artesanales de la ciudad.
En el campo de la educación, el principal esfuerzo se puso en dar educación
elemental para todos. El movimiento de reformas estaba totalmente en contra
de las escuelas de la Iglesia, que representaban más de la mitad de
las escuelas de París. La Guardia Nacional se empleó para desahuciar
a los curas y a las monjas y reemplazarlos por republicanos. Se dio una atención
especial a la educación de la mujer, que habían sido olvidadas
hasta entonces. Se formó una comisión especial, todas mujeres,
para supervisar el establecimiento de escuelas para chicas. Se propusieron
guarderías de día situadas cerca de las fábricas para
ayudar a la mujer trabajadora. Ninguno de estos esquemas -de organización
industrial cooperativa o la reforma educativa- pudieron dar muchos frutos.
Hubo demasiado poco tiempo y había que ganar la guerra.
Más importante que cualquier medida articular era la propia existencia
de la Comuna como un gobierno que incluía una proporción importante
de trabajadores y que se esforzaba seriamente para mejorar la vida de la mayoría
de la población.
Thiers y sus ministros de Versalles no tenían ninguna duda de que la
Comuna de París era una declaración de cambio social que debía
ser aplastada por la guerra civil. Este punto de vista era compartido fuera
de Francia, la existencia de la Comuna encolerizó a la burguesía
europea. El 29 de marzo el London Times describió la revolución
como "predominio del proletariado sobre las clases pudientes, del artesano
sobre el oficial, del trabajo sobre el capital". El emperador ruso presionó
al gobierno alemán para que no estorbase la represión de la
comuna porque el gobierno de Versalles era "una salvaguarda para Francia
y Europa" y Bismarck amenazó con emplear al ejército prusiano
si Thiers no se daba prisa. La naturaleza socialista de la Comuna se puede
ver tanto desde la derecha como desde la izquierda.
Festival de los oprimidos
El aspecto más sorprendente de la Comuna era la naturaleza festiva
de París; era el festival de los oprimidos. La atmósfera de
la capital no era la de una ciudad en guerra; la ciudad tenía todos
los signos de estar simplemente de vacaciones.
Pero pronto el buen ambiente se volvió funesto. Los funerales de los
guardias nacionales muertos en combate se convirtieron en grandes manifestaciones
por toda la ciudad, solían estar encabezados por miembros de la Comuna
y cualquiera que se atreviera a levantar la cabeza era forzado a bajarla por
los susurros de la muchedumbre. Otro momento dramático fue cuando los
masones se reunieron en la Comuna y marcharon con sus estandartes, nunca se
habían visto antes dentro de los muros de la ciudad, luego enviaron
una delegación para ver a Thiers (quien rechazó verles y tuvieron
que volver a París). Fueron enormes ceremonias de masas la quema de
una guillotina y la demolición de la Columna de Vendôme (un símbolo
del imperio). "La excitación era tan intensa -observó un
escritor inglés- que la gente caminaba como en sueños".
Incluso en el mismo día en el que las fuerzas de Versalles entraron
en París, domingo 21 de mayo, había una enorme muchedumbre en
los jardines de las Tullerías escuchando una serie de conciertos en
ayuda de las viudas y huérfanos de la guerra.
La Comuna significaba la reconquista de la ciudad por la mayor parte del pueblo
que había sido dejada de lado en los esquemas urbanísticos de
Haussman. Durante un tiempo la mayoría de la población se implicó
activamente en los asuntos públicos, ya fuera en el ámbito del
distrito o en el de toda la ciudad.
El fin de la Comuna
La Comuna se fortificó contundentemente y tenía dispuestas fuerzas
suficientes como para subsistir durante otros dos meses, y sin embargo las
fuerzas del gobierno entraron en París. A partir de ese día
siguió una semana de amargas y sangrientas luchas callejeras, aún
más amargas si cabe porque ya los parisinos no podían pensar
en la victoria.
Se habían hecho pocos preparativos para la eventualidad de que las
tropas del ejército entraran en París y la muy comentada segunda
línea de defensa no existía. Los encargados de levantar las
barricadas habían sido tan metódicos, y lentos, que existían
muy pocas en la ciudad. Durante la noche y el lunes por la mañana,
las tropas del gobierno entraron en París por cinco puertas diferentes.
Ocuparon rápidamente dos distritos burgueses del sudeste de la ciudad.
Desde ahí se hizo un ataque por las dos orillas del Sena simultáneamente.
Los bulevares de Haussman mostraron su valor al posibilitar un movimiento
rápido de un gran número de hombres para dirigirse a los distritos
revolucionarios y sus barricadas. Para la mañana del 22 de mayo el
tercio oeste de París estaba en manos del gobierno, después
de una ardua lucha se habían rendido 1.500 guardias nacionales.
La Comuna se reunió a las nueve de la mañana, se encontraban
veinte miembros en el Hôtel de Ville, se mandó poner carteles
instando a los ciudadanos a tomar las armas en las barricadas.
Se levantaron barricadas muy rápidamente en el centro de París.
En la calle de Rivoli, cincuenta masones construyeron en unas pocas horas
una barricada de seis metros de anchura y varios de altura. Bandadas de niños
traían carretadas de tierra y las prostitutas de Les Halles ayudaban
a llenar los sacos. Se levantaron más de 160 barricadas en el primer
día, más de 600 en total. La mayoría eran de dos metros
de alto y estaban construidas con piedras del pavimento sacadas de las calles
con palancas de metal, una base de madera, un cañón o una ametralladora
y una bandera roja ondeando en lo alto.
Las barricadas de la calle Gaubourg estaban hechas de colchones de un almacén
cercano, traídos por mujeres. Otras eran simplemente obstrucciones
de la calle con carretas cruzadas, ladrillos, bolsas de arena o cualquier
cosa. Todo el que pasaba por ahí era obligado a echar una mano. En
la plaza Blanch un batallón de 120 mujeres levantó la legendaria
barricada que defenderían vigorosamente el martes hasta ser masacradas
después de su caída. Aquellos federales que se habían
retirado del frente se iban a sus hogares diciendo que preferían morir
en sus propios barrios.
Las duras críticas que Blanqui había hecho en 1868 del levantamiento
de junio de 1848 eran también aplicables a las barricadas de la Comuna.
La táctica de combatir cada uno en su propia área sin organización
central hizo fácil la toma de las barricadas una a una.
La mañana del martes las tropas de Versalles atravesaron la zona neutral
de las afueras de París, los prusianos miraron para otro lado, y entraron
en París por otra puerta capturando otros dos barrios de la ciudad.
Las masacres empezaron a sucederse según avanzaba la semana, 42 hombres,
3 mujeres y 4 niños fueron fusilados en una pared, se improvisó
un tribunal militar en una casa de la calle de Rosiers y durante el resto
de la semana centenares de prisioneros fueron fusilados. El martes por la
noche los comuneros comenzaron a quemar algunos edificios que amenazaban la
seguridad de las barricadas, podían apostarse tiradores en ellos. Toda
la calle Rivoli fue pasto de las llamas, el Palacio de Tuluise y el Ministerio
de Finanzas también ardieron. Se enviaron equipos de bomberos para
extinguirlos pero no tuvieron éxito, y montones de documentos ardieron
extendiendo por toda la ciudad una fina lluvia de papel chamuscado. El viento
llevó fragmentos hasta Saint Germain, a 15 Km., y la gente se agolpaba
para ver el espectáculo de París ardiendo. La barricada no fue
tomada hasta la mañana del miércoles, una de las últimas
en caer fue una mujer que desafió a las tropas con una bandera roja.
Unos 30 defensores fueron cogidos prisioneros y fusilados, y sus cuerpos tirados
enfrente de la barricada. El miércoles a las ocho de la mañana
se decidió abandonar el Hôtel de Ville y se le prendió
fuego para cubrir la retirada. París en llamas era y todavía
es la imagen más característica que fue propagada de la Comuna,
la lista de edificios destruidos era enorme, comprensiblemente algunos edificios,
como la prefectura de policía y el Palacio de Justicia fueron incendiados
por la Comuna, otros lo fueron por los obuses de Versalles. Se extendieron
rumores, infundados o malintencionados, sobre mujeres que incendiaban los
sótanos, debido a estos rumores muchas mujeres inocentes fueron fusiladas.
Sin embargo muchos comuneros sabían que iba a ser su último
suspiro y querían llevarse París con ellos. El miércoles
un oficial de la Guardia Nacional intentó persuadir a sus hombres para
que se le unieran en la voladura de un depósito de municiones (y de
paso volarse a sí mismos). "Subiremos juntos, hijos míos",
les dijo.
Según se extendían las noticias de la masacre, la gente comenzaba
a presionar para que se ejecutara a los rehenes, en venganza por las masacres
que se estaban sucediendo en París. Ferres aceptó firmar la
orden para entregar a seis. El gobernador de la prisión no firmó
la orden para entregar al arzobispo, que era el que pedía el pueblo
y no estaba en la lista. El secretario de Ferres se dio prisa y Ferres añadió
a la lista: "Y particularmente el arzobispo", y finalmente fue fusilado.
Mientras tanto, en las calles de París estaba ocurriendo una matanza
más indiscriminada; cada vez que caía una barricada, los defensores
eran puestos contra una pared y fusilados; 300 cayeron así en el santuario
de la Madeleine. El seminario junto a Saint-Suplice había sido convertido
en hospital, las tropas de Versalles llegaron y se pusieron a disparar a todos
los médicos, enfermeras y pacientes dejando 80 cadáveres, lo
mismo pasó en el hospital Beaujon. La batalla por el Barrio Latino
duró dos días, el martes y el miércoles. Durante el jueves
y el viernes los comuneros se retiraron, perdiendo el control de la ciudad.
El sábado por la mañana amaneció con niebla y lloviendo
por segundo día consecutivo. Una de las últimas luchas tuvo
lugar en el cementerio Père-Lachaise, donde unos 200 guardias nacionales
habían fallado en establecer un sistema de defensa adecuado. El ejército
abrió la puerta y hubo un duro cuerpo a cuerpo alrededor de las tumbas,
bajo una pesada lluvia y una luz agonizante. Aquellos que no murieron en la
lucha fueron alineados en la esquina este del cementerio y fusilados. Las
matanzas continuaron durante varios días más. La última
barricada, construida en un cuarto de hora, estaba defendida por un sólo
hombre. Disparó su último cartucho y murió como todos,
fusilado. Para el domingo 28 de mayo la Comuna había desaparecido.
Si la batalla había terminado, los fusilamientos no. La victoria de
Versalles se convirtió rápidamente en un baño de sangre,
cualquiera que había estado conectado con la Comuna de alguna forma,
o que estaba en el lugar equivocado en el momento más inoportuno, fue
fusilado. Todos los parisinos estaban bajo sospecha, de hecho eran culpables.
Esta reacción de los oficiales muestra el movimiento hacia la derecha
que había tenido lugar en el ejército francés.
Murieron más personas durante la última semana de mayo que durante
todas las batallas de la guerra franco-prusiana, y que en ninguna masacre
anterior de la historia francesa. El Terror de la Revolución Francesa
había provocado unos 19.000 muertos en año y medio. No hay cifras
exactas, pero en la región unos 30.000 parisinos murieron en esos días,
comparados con las pérdidas de Versalles de 900 muertos y 6.500 heridos...
Hubo alrededor de 50.000 detenidos, entre ellos Louise Michel. En su juicio
pidió ser fusilada diciendo: "Parece que cada corazón que
late por la libertad sólo tiene derecho al plomo, pido mi parte".
En vez de eso fue deportada a Nueva Caledonia, colonia francesa cerca de las
costas de Australia, junto con otros 4.500. Muchos murieron en prisión
o en los traslados. Los que escaparon fueron al exilio de Suiza, Bélgica,
Gran Bretaña o más lejos. Dos de ellos terminaron casándose
con las hijas de Marx en Gran Bretaña. Como Marx escribió a
Engels: "Longuet es el último proudhoniano, Lafargue es el último
bakuninista. Que el diablo se los lleve".
Nueve años después se concedió una amnistía general.
Fue como resultado de una victoria electoral republicana y "socialista",
culminando con la elección de un zapatero, ex-miembro de la Comuna
de París, como diputado socialista por Belleville. Justo antes, 25.000
personas habían respondido a la llamada de los socialistas y, a pesar
de los ataques de la policía, se había conmemorado por primera
vez la Comuna en el Muro de los federados del cementerio Père-Lachaise.
Las consecuencias inmediatas de la derrota de la Comuna fueron desastrosas
para el movimiento obrero francés, ya que a la masacre siguió
un período de severa represión. París permaneció
bajo la ley marcial durante cinco años y la Internacional fue puesta
fuera de la ley. Armados con nuevos poderes políticos, los policías
estuvieron muy activos acosando y deteniendo a los activistas, que eran condenados
a duras penas de prisión por nimiedades. La Internacional dejó
virtualmente de existir. Los líderes más activos de la clase
obrera estaban muertos, presos o en el exilio.
Siempre encontramos en toda historia, antigua o más moderna, un trozo
que señale un momento de ese pasado que nos haga sentirnos con razón
dentro de este ideario anarquista que hemos tomado como guía y batalla
de lucha para lograr un mundo mejor. Ya desde la Antigüedad más
remota, nos dice Ling Yutang, filósofo chino que vivió hacia
el año 4000 a. C., en su libro La importancia de vivir: "La obra
de Dios no es perfecta porque le hizo estómago al hombre". Esta
frase lapidaria fue expresada al comprobar que en la vida diaria eran muchos
los que tenían que sufrir innumerables miserias por esa razón
elemental de la necesidad de lograr el sustento para mantenerse con vida.
Algo más tarde, en Tebas (hoy Luxor), de la época en que se
construía el templo de Amenofis III, según nos lo cuenta el
profesor inglés J.A. Wilson en su obra La cultura egipcia, se conservan
unas tablillas en donde se nos habla del primer paro obrero por no haber recibido
el pago correspondiente a dos semanas de trabajo. Aquellos hombres que construían
aquella belleza, que aún hoy nos maravilla, se encontraron con que
un fin de semana no llegó el trigo con el que se pagaban las jornadas
de trabajo. A la semana siguiente reemprendieron la labor, pero tampoco llegó
el grano. Al inicio de la semana siguiente se produjo un paro general a la
espera de cobrar los días trabajados. Los jefes de obra debieron de
moverse, pues buscaron y hallaron el trigo, y así continuó el
trabajo.
Si este trabajo de investigación se dirigiera a todos los pueblos de
la tierra, encontraríamos que en la mayoría de ellos, si no
en todos, por una causa o por otra, han ocurridos hechos similares a los reseñados.
Del aragonés Miguel Servet, nos cuenta Claudio Sánchez Albornoz
en su libro, España, un enigma histórico, que intervino en las
luchas religiosas de su tiempo y fue condenado a morir en la hoguera por Calvino.
En uno de sus escritos, llega a decir: "A medida que pase el tiempo,
el Estado desaparecerá cuando no haya necesidad de él".
Esta breve alusión en el siglo XVI a la desaparición del Estado,
quiere decir que en aquellos años existían quejas contra el
Estado y su razón de ser. Unos 300 años más tarde, Marx,
en su Manifiesto comunista llegará a decir: "Cuando la burguesía
haya desaparecido, desaparecerá el Estado". En las palabras de
Servet hay un algo que mantiene la razón de Estado, y esa razón
hace factible su desaparición. Marx comete un error de interpretación
cuando dice que "el socialismo será una realidad cuando la clase
proletaria expropie a la clase poseedora de los medios productivos, haciendo
suyos los medios de producción". Una vez la clase proletaria tenga
en sus manos los medios de producción por la expropiación realizada,
por lo cual ha dado por hecho el socialismo, ya ha desaparecido la clase burguesa,
ya puede establecerse la sociedad sin Estado. Pero en el siglo XX hemos visto
un régimen nacido e impulsado por las ideas de Marx, en el que, después
de más de 70 años de régimen llamado socialista, no había
un asomo de la desaparición del Estado (al contrario, cada vez más
poder, cada vez más autoridad, más centralismo, el Estado más
fuerte).
Los anarquistas estamos claros en esto; la expropiación de los medios
de producción a la clase propietaria nos lleva a un socialismo libertario
que haría desaparecer a la burguesía, porque ese acto de expropiación
lleva por acción directa a la desaparición del Estado que, al
dejar de existir, hará desaparecer también todos los privilegios
por él generados.
Alguien a quien el pueblo español combatió con rabia, odio y
furia enloquecida, escribiría al final de sus días unas líneas
así: "Esta desgraciada guerra me ha perdido... Pero, de otro modo
¿podría dejarse abandonada la Península a las maquinaciones
de los ingleses, a las intrigas, a la esperanza, a los pretextos de los Borbones?
La nación despreciaba a su Gobierno, pedía a gritos una regeneración...
Les di una constitución liberal; creí necesario, quizá
demasiado precipitadamente, cambiar su dinastía. Coloqué a uno
de mis hermanos al frente, pero fue el único extranjero en medio de
ellos. Respeté la integridad de su territorio, su independencia, sus
costumbres, el resto de sus leyes. El nuevo monarca entró en la capital
no teniendo otros ministros, consejeros y cortesanos que los de la última
Corte. Mis tropas iban a retirarse: yo cumplía el mayor beneficio que
haya sido derramado nunca sobre un pueblo, me dije y lo digo todavía.
Los mismos españoles, se me ha asegurado, lo pensaban en el fondo y
no estaban quejosos más que de las formas. Yo esperaba sus bendiciones,
pero sucedió algo bien distinto: desdeñaron el interés
para no ocuparse más que del agravio, se indignaron ante la idea de
la ofensa, se sublevaron a la vista de la fuerza, corrieron a las armas. Los
españoles en masa se comportaron como un hombre de honor. Yo no tengo
nada que decir ante esto, sino que ha sido cruelmente castigado, que quizá
se lamentarán de ello ¡merecían algo mejor! (Napoleón
Bonaparte, Memorias de Santa Elena).
Los pretextos de buenas intenciones no sirven para nada. Son los hechos concretos,
tangibles por reales, los que cuentan. Ningún pueblo acepta verse pisado
por las botas de un ejército extranjero, que a cualquier cambio de
aire puede cambiar la fuerza de sus botas sobre la garganta de la población.
Muy posiblemente ninguna otra cosa fue peor que lo que vino: aquel cobarde
reinado de Fernando VII en el que la Iglesia reinó con un poder absolutista
sobre todo y sobre todos. Aquella invasión de los llamados Cien mil
hijos de San Luis, aplaudidos por la Iglesia y sus curas y obispos, que por
más de cien años dominaron la vida social, cultural y espiritual
de la nación. Y tiene en su haber aquellas guerras carlistas que tanta
ruina trajeron por la torpeza y locura de anular la Ley Sálica para
hacer de su hija una reina mula, como ya era su padre: un asno hecho Rey.
Alguien con mucho saber nos lo dice así: "Sobre España
había pasado un siglo entero de miseria y rebajamiento moral, de despotismo
administrativo sin grandeza ni gloria, de impiedad vergonzante, de paces desastrosas,
de guerras en provecho de niños de la familia real o de codiciosos
vecinos nuestros... Para que rompiéramos aquel sopor indigno, para
que de nuevo resplandeciesen con majestad no usada las condiciones de la raza,
aletargadas pero no extintas, por algo peor que la tiranía, por el
achatamiento de gobernantes y gobernados; para recobrar, en suma, la conciencia
nacional, atrofiada largos días por el fetichismo covachuelista, era
preciso que un mar de sangre corriera desde Fuenterrabía hasta el seno
gaditano, y que en esas aguas nos regenerásemos, después de
abandonados y vendidos a nuestros reyes" (Menéndez Pelayo, Sobre
la Guerra de la Independencia).
Ese monstruo de sapiencia no siempre se había expresado tan claro como
aquí. Hijo de su tiempo, vivió encerrado en el laberinto de
su catolicismo y no percibió que todos los males que padecía
España, y sobre todo los españoles, tenían su origen
en ese catolicismo chato y corto de vista impuesto por esa Iglesia que sólo
quería poder y riqueza.
Pero el cambio profundo de mentalidad, el despegue de la sumisión tradicional
al señor, la actitud de lucha y la lucha violenta contra las instituciones
sociales, arranca del hecho de que unos hombres hablasen por primera vez a
los campesinos andaluces como a otros hombres de la dignidad humana, de la
necesidad de reformarse moralmente, de abandonar el vicio, la prostitución,
la taberna y el juego, de educarse individual y colectivamente para llegar
a ser mejores.
"De esta manera, el anarquismo romántico domina en Andalucía
durante cuatro decenios. Córdoba acogerá en diciembre de 1872
el congreso obrero que debía convertirse en el primer congreso anarquista
del mundo. Luego, a lo largo de 1873, asistimos a los porfiados intentos de
federalistas y anarquistas para proclamar el cantón andaluz. Sevilla,
Málaga, Granada, Cádiz y Jerez se declaran cantones independientes,
con unas medidas legislativas de marcada tendencia colectivista en lo relativo
a la propiedad de la tierra. El federalismo andaluz sucumbió ante las
fuerzas del gobierno de la República, acaudilladas por monárquicos
o monarquizantes. Pero subsistió en forma de sociedades secretas, que
evolucionaron en sentido cada día más radical. Desde 1874, el
campo de Andalucía vivió una época de inseguridad, con
incendio de cosechas, destrucción de vides y otros atentados a la propiedad.
En este clima se fraguó la asociación denominada Mano Negra,
a la que se atribuyeron una serie de crímenes que culminaron en 1882."
(Vicens Vives, Historia de España).
Pero nada se menciona de la tremenda represión ejercida por la policía
rural ni la de la Guardia Civil, que segaba vidas como la peste. Más
tarde se supo que muchos hechos eran amañados por los propios policías
para sembrar el terror.
Todos estos retazos que van avalados por la firma de sus autores, están
tomados del libro de Bernardo Gil Mugaza, España en llamas: 1936. No
son las numerosas fotos, "estampas de la guerra" incivil que se
nos impuso al pueblo español por unos militares obedientes a una Iglesia,
y éstos y los amos de las finanzas y los amos de las tierras contra
el pueblo trabajador que estaba cansado de ese odioso "orden" establecido,
que sólo proporcionaba hambre y miseria a los desposeídos. Ya
el cardenal Tarancón, en nombre de la Conferencia Episcopal, pedía
perdón. Porque la Iglesia tuvo momentos en que se puso de parte de
unos y en contra de otros. Aunque el reproche fue tardío, Carrero Blanco
(el volador) respondió diciéndole que el Gobierno había
dado a la Iglesia muchos millones de pesetas para sus obras sociales y evangélicas.
Quiso decir: "la ayuda de la Iglesia a la causa de Franco fue largamente
pagada por éste y la Iglesia la recibió en su momento con beneplácito".
Hace un año de la quiebra económica, política y social
en Argentina que llevó a ésta a una crisis llena de confusión,
represión y hambruna, en la que el capitalismo financiero del Fondo
Monetario Internacional y el Banco Mundial siguen luchando por la quiebra
del Estado para el control social y económico. Las multinacionales
extorsionan al gobierno para aumentar el costo del producto y, mientras, el
gobierno de turno sigue luchando para que nadie le arrebate el poder sin importarle
el hambre y el crimen masivo como medios para obtener sus fines económicos;
utilizando la macabra represión a manos de una policía corrupta,
asesina, que viola, extorsiona y tortura a trabajadores; colectividades indígenas
son salvajemente masacradas y expulsadas de sus tierras; desalojos con enormes
operativos de viviendas; fábricas que por quiebra fueron abandonadas
por sus patronos y convertidas en cooperativas han salido adelante con las
manos de sus trabajadores a pesar de las detenciones y muertes.
Todo esto trae como respuesta la organización de las barriadas, desintegración
del mercado, crisis del capital, movimiento de trabajadores desocupados, reivindicación
de puestos de trabajo, cientos de fábricas recuperadas por los trabajadores,
obreros sin patrón, agotamiento del Estado.
Si no somos capaces de sentir que somos una clase oprimida, de salir adelante
por nosotros mismos, no nos quitaremos este lastre de politicuchos que nos
esclavizan con sus partidos políticos y plataformas.
Pedimos justicia, no venganza, porque no odiamos.
Pedimos libertad porque somos capaces de crear un mundo diferente donde haya
para todos igualdad, pan, libertad, amor y ciencia.
¡Por el comunismo libertario!
La librería
"Ler divagar" censuró a
la revista anarquista Acçao directa
"A pesar de la curiosidad y simpatía que ya nos despertaban
expresiones heterodoxas como anarcocapitalismo..."
"...la crisis del Golfo, en 1990-91, constituyó una prueba de
superioridad moral y humana del campo occidental, y de los EE.UU. en particular..."
(Extractos de los escritos, publicados en A Ideia, por el jefe de los "neolibertarios",
el profesor Dr. Joâo Freire)
Después de que los servicios carceleros de la prisión Pinheiro
da Cruz secuestraran un ejemplar de Acçao directa destinado
a un preso social, he aquí que los gerentes y propietarios de la librería
"Ler divagar", una librería autodenominada de marxistas situacionistas
y de "neolibertarios" o reformistas "libertarios" de la
revista Utopía, decidieron hacer lo mismo que los carceleros
con el número 20 de Acçao directa, lo que habría
hecho la Policía Judicial en el caso de que esta revista hubiese sido
ilegalizada. No se limitaron a decir que se negaban a vender la revista ni
se decidieron a devolver los ejemplares del citado número que poseían
al grupo editor. Escondieron los ejemplares y dijeron a los clientes que ya
no les quedaban. Se comportaron como auténticos censores y policías.
Estos hechos, que constituyen objetivamente un gran elogio al esfuerzo que
estamos desarrollando, no son para nosotros una sorpresa, ya que sabemos que
todos los marxistas tienen una mentalidad autoritaria y que la librería
en cuestión tiene como socio a uno de los grandes accionistas del BCP
y a la vez dirigente de la revista Utopía, el profesor Dr. José
María Carvalho Ferreira, del ISEG, es decir, el individuo que organizó
una conferencia sobre "municipalismo libertario" financiada por
la Fundación Luso-Americana para el Desarrollo.
Grupo editor anarquista
"Acçao directa" ![]()
Razones para un anarcofeminismo
Hay sustantivos que no se pueden maquillar por mucho que les añadamos
adjetivos suaves. Discriminación entraña una buena dosis de
marginación, desigualdad e injusticia. Cuando es calificada de positiva,
en un dudoso deseo de beneficiar a la mujer, sólo consigue dejar patente
el paternalismo de esta sociedad regida por normas patriarcales.
He repetido en numerosas ocasiones que la emancipación de la mujer
es una tarea personal de las mujeres y esta afirmación, que antes que
yo sostuvieron Flora Tristán, Lucia Sánchez Saornil y tantas
otras luchadoras denomináranse o no feministas, no es bien comprendida
por algunos hombres. Cuando en el siglo XIX los esclavos que cultivaban los
algodonales del sur de EE.UU. fueron liberados, se dio la terrible circunstancia
de que muchos de ellos regresaron junto a sus amos para pedirles que les permitieran
continuar en la esclavitud. Ellos no habían hecho su revolución,
no habían tomado conciencia de su falta de libertad ni habían
participado directamente en un hecho que les concernía directamente
sólo a ellos.
Para lograr la emancipación femenina, es necesario que las mujeres
nos demos cuenta de que estamos en un segundo plano social, que debemos situarnos
junto al hombre en igualdad de condiciones y que tenemos que luchar por nosotras
mismas, sin tutelas ni delegaciones.
No se trata de rechazar la colaboración de los varones, especialmente
de aquellos que desean como nosotras un cambio social, sino de permitirnos
caminar sin muletas, de dejarnos hacer hacer nuestro propio trabajo, de poder
crecer todo lo que hubiésemos crecido si la religión y las buenas
costumbres no nos hubiesen colocado a la espalda ese rótulo de seres
débiles e indefensos siglo tras siglo.
Ser feminista es reconocer la existencia de ese escalón vital que dificulta
las relaciones de género y estar dispuesta a derribarlo para que ningún
obstáculo nos impida avanzar al ritmo de nuestros compañeros.
Ser feminista no es un orgullo ni un capricho, es una necesidad cuando se
es mujer; más aún si se tienen ideas libertarias. Pero también
ser feminista es una carga. Al ser rechazado el sexismo por un amplio sector
de nuestra población, se ha producido un fenómeno de hipocresía
patriarcal. Se intenta duplicar el lenguaje, los varones participan más
en las tareas domésticas y se nos ha "permitido" acceder
al mercado laboral, pero el sexismo sigue enterrado en lo más profundo
de muchas conciencias. A veces, los anuncios, que nos presentan al hombre
planchando, acunando al niño o lavando la vajilla, son más peligrosos
por su sutileza que los que le mostraban como dueño y soberano.
Probablemente por nuestra educación ancestral o porque se han transmitido
los roles de madres a hijas con una exactitud aplastante, a las mujeres nos
cuesta mucho encontrar nuestra posición. Amamos la libertad, pero a
la vez nos produce miedo. No sabemos cómo utilizarla y debemos aprender
a hacerlo. Pero ese aprendizaje es un esfuerzo que debemos realizar en solitario,
enfrentadas a nosotras mismas.
Somos mucho más fuertes, más valiosas y más capaces de
lo que siempre nos han hecho creer. Conocer nuestra capacidad de lucha es
el primer paso para comenzar a luchar.
Es difícil navegar contra corriente, escuchar que se nos considera
absurdas por pedir la utilización de un lenguaje que no nos excluya
(y es verdad que lo somos si nuestras reivindicaciones se limitan a eso) o
esperar que nuestra sensibilidad sea comprendida en determinadas ocasiones.
Pero también, si queremos ser objetivas, debemos pensar que para ellos
puede resultar dolorosa la soledad de algunos de nuestros silencios, la falta
de comunicación que surge en nuestras relaciones.
El problema de la emancipación femenina no tiene nada que ver con nuestra
situación o vivencias particulares, seamos hombres o mujeres. "Yo
conozco tales o cuales casos, las mujeres o los hombres me han hecho daño",
acostumbro a oír con frecuencia. Ni la sociedad termina en nuestro
entorno ni los seres humanos se limitan al pequeño número que
la vida va poniendo en nuestro camino.
Es verdad que muchas mujeres ejercen el poder y oprimen con mayor dureza que
los hombres y también que muchos hombres son solidarios e igualitarios
con las mujeres; pero en ninguno de los casos se trata de la mayoría.
De todos modos ¿qué importa el número? Aunque hubiese
una sola mujer discriminada, vejada o humillada por el único "delito"
de serlo, merecería la lucha y la comprensión de cualquier persona
con un ápice de sensibilidad, especialmente de sus compañeras
de género.
He podido escuchar en ocasiones, al enumerar las muertes anuales que produce
la violencia de género: "mueren más obreros por accidentes
laborales".Y es posible que tal afirmación sea cierta, pero esas
defunciones tienen motivaciones económicas, no de género y afectarían
tanto a hombres como a mujeres si a estas últimas se les permitiese
acceder a ciertos puestos laborales.
"No sé por qué os quejáis, habéis conseguido
muchas libertades de las que carecían vuestras abuelas", escuchamos
también con demasiada frecuencia. Olvidan, quienes esto dicen, que
nadie tiene que darnos lo que nos pertenece por derecho, que toda situación
de desigualdad, sea de género o de cualquier otro tipo, está
basada en la injusticia y es contra la Naturaleza.
Las mujeres no tenemos que conquistar derechos que ya son nuestros, tenemos
que hacer que se respeten. Conseguir un trabajo con supervisión masculina
y cobrando un sueldo inferior a nuestros compañeros, no es haber conseguido
la igualdad de género. Protagonizar chistes en los que la situación
de la mujer es ridiculizada, no es igualdad. Utilizarnos como instrumento
de placer sin tener en cuenta nuestros sentimientos, no es igualdad. Que los
hombres compartan las tareas domésticas y dupliquen las terminaciones
para englobar el femenino y el masculino, no es igualdad si ese hecho no va
acompañado de un compartir los problemas y los proyectos.
Hoy hace falta el feminismo, y más aún si lo consideramos bajo
un prisma anarquista. Por eso, sin ser abanderada de nada, como algunas personas
han dicho irónicamente de mí, no tengo más remedio que
denominarme feminista.
Como Luther King, yo también he tenido un sueño. He soñado
que hombres y mujeres caminábamos juntos, sin reticencias, respetándonos
en nuestras diferencias y unidos en un único deseo, una sociedad en
anarquía.
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