PERIODICO ANARQUISTA
Nº 157
             AGOSTO 2001

 

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Cristología

Los apologistas fueron los primeros que rompieron el fuego contra la filosofía que había dado el ser a su religión. Todo conocimiento humano les pareció hereje. Con el pretexto de salvar la pureza del cristianismo, lo encerraron en los estrechos moldes de la fe. Hereje el paganismo por la humanidad de sus dioses; herejes los judíos que negaban la venida del Mesías; hereje el pensamiento que no acataba la unidad de la razón y de la doctrina.
Puede sospecharse de los apologistas que concibieron el propósito de hacer venir al Salvador al mundo, y que escribieron algunos de los escritos que componen el Nuevo Testamento.
Aquí creemos oportuno recordar, aun a trueque de hacernos pesados, la oposición científica que en el campo de la filosofía ha encontrado la existencia de Jesucristo.
Como decimos en otra parte, el asunto por sí solo no tiene importancia; pero la adquiere cuando se pretende hacer de la realidad de Jesús una larga noche de penas para nuestra especie, y una pesada losa de plomo para el pensamiento humano.
En este sentido, todo lo que se haga para llevar a las conciencias el convencimiento de que la existencia de Cristo es una novela escrita por varios autores en colaboración indirecta y recopilada por los magnates de la Iglesia reunidos en el concilio de Nicea del año 325 de nuestra era, nos parece poco y ha de parecerlo a todos los que aprecien la inmensa desgracia que para la dicha humana representa el cristianismo.
Realmente, la índole de nuestra obra no permite reproducir lo mucho que se ha publicado para demostrar que la muerte y pasión de Jesucristo es una leyenda; pero pretendemos poner nuestro grano de arena en este empeño, porque consideramos que si se pudiera convencer a los hombres de que el Nuevo Testamento fue compaginado en Nicea, tomando por modelo los salvadores de las religiones orientales, aprovechando la profecía hebrea y la pretensión de los mesías de carne y hueso que antes y después de nuestra era se presentaron en varios puntos del mundo, y principalmente en Judea y en Egipto, se les haría mucho bien.
Teósofos, protestantes, evangelistas, espiritistas, lucistas, tolstoístas, anarquistas, cristianos… en fin, todas las almas más o menos impregnadas del espíritu de Cristo, llevan en sí la resignación, el pesimismo y la tristeza de la doctrina cristiana, deprimente y amarga cual ninguna. El hombre sinceramente cristiano, mejor aún, el temperamento cristiano, porque el cristianismo entra en el campo de la antropología, como todos los misticismos, aún el anárquico, con el mejor propósito del mundo no puede ser feliz.
Al cristiano que le falte menos para ser dichoso, le faltará el concepto espléndido, hermosamente espléndido, de la naturaleza, la concepción del goce de vivir, sin el cual no es posible interpretar la vida y gozarla, y le faltará también aquel cuerpo y aquel cerebro dispuestos a todas las satisfacciones materiales y a todas las empresas intelectuales.
Los filósofos y hombres de ciencia que se han dado a la tarea de descubrir el misterio que envuelve la conversión de Constantino y el citado concilio, dicen a una que aquel emperador no abrazó a humo de pajas el cristianismo, sino que lo hizo por su cuenta y razón, que veía muy comprometido su cetro y mermado su imperio, y que para fortalecer uno y otro, buscó el apoyo del partido cristiano, apoyo que le fue prestado con la condición de que la espada de Constantino se pusiese de parte de Cristo y en contra de los adversarios del cristianismo, el cual entonces andaba de capa caída y no estaba más seguro que el cetro del emperador de Constantinopla. Así se formó una coalición entre los teólogos cristianos y el fundador del Imperio de Oriente, celebróse el concilio de Nicea, acordándose quemar todas las apologías, novelas, paradojas y leyendas antiguas y modernas que se refirieran al cristianiasmo y que no se compaginasen bien con el criterio de los reunidos, formando con los cuentos y pasajes que se estimaron ortodoxos, corregidos y arreglados por el concilio, el Nuevo Testamento.
Constantino se comprometió a defender a sangre y fuego la nueva obra que tuvo por editores a los obispos y prelados, quienes prometieron a su vez mantener en su nuevo trono al emperador.
Este es el compendio de la obra escrita por los pensadores y sabios citados y que nosotros sintetizamos por lo que pudiera influir en el ánimo del lector.
Publicado parte de este capítulo, llega a nuestras manos la última obra de Pompeyo Gener titulada Inducciones, en la cual hay un trabajo que trata del origen del cristianismo desde un punto de vista diferente del que se acaba de leer. Como el artículo en cuestión es una síntesis de los escritos sobre materia tan delicada, y como viene a ayudar a nuestros propósitos y a fortalecer nuestra idea, incluimos en La evolución de la filosofía en España el escrito del pensador catalán, al objeto de llevar al cerebro de nuestros lectores todos aquellos datos y hechos que puedan descristianizarlo.
Dice así Pompeyo Gener:
"La historia de los orígenes de la religión cristiana ha ocupado a gran número de pensadores, como Strauss, Renan, Havet, Ganeval, Reuss, Clermont-Ganneau, Soury, etc. Toda la escuela de Tubinga le ha dedicado sus estudios. Los primeros orientalistas modernos conságranse a ello. Vamos a intentar resumir la evolución que la idea de Cristo ha sufrido a través de la conciencia de los cristianos, según los documentos que nos quedan de cada época, hoy sabiamente recogidos, seriados, traducidos, interpretados y comparados por los antedichos autores".
Según las últimas investigaciones de Ganeval, Havet y otros, el cristianismo sería anterior a la época en que se fija el nacimiento de Jesucristo; y en lugar de ser judaico resultaría de origen greco-egipcio.
Platón había dado la teoría del logos (la inteligencia), emanación de la divinidad en el Hombre. Los alejandrinos habían formulado la teoría del Dios bien, el ágathos. A lo que parece, los griegos, durante el reinado de Ptolomeo Philadelfo, quisieron transformar la religión de Osiris, llegada ya a la concepción de Serapis, el dios solar, bajo el aspecto de hijo, en religión universalista, para tener una creencia oficial del Imperio que sometiera a todos los pueblos a su gobierno, especialmente los asiáticos y africanos, que no podían prescindir de los mitos. Identificaron, pues, el dios hijo que baja a la tierra con la emanación del dios ágathos: el logos; y le llamaron los helenos el xrestos, es decir, el bueno; y los judíos helenizantes, luego, con Filón, el verbo. Ambos grupos, partidarios de tal teoría, según resulta, fueron los primitivos cristianos. Sábese de ellos que, apoyados por el elemento oficial del imperio griego de los Ptolomeos, partieron en diversas direcciones desde Alejandría a predicar la buena nueva, o sea el Evangelio. Éste, el primitivo, no es ninguno de los cuatro que la Iglesia admite y enseña, sino uno titulado Protoplasta, del cual sólo se conservan trozos citados por Focio.
El Cristo, en esta primitiva época, es impersonal; es la pura emanación de la divinidad en este mundo; luz y vida, que da la inteligencia y produce la generación. Como mito, para el vulgo, era el dios solar que baja a la tierra, vivifica la naturaleza durante la mitad del año en que el día crece, y muere con ella cuando en la otra mitad decrece; que baja a los infiernos, a los lugares subterráneos, cuando el sol se pone y resucita cuando se levanta radiante en el espacio, como los muertos que bajan al profundo, y, según se supone, resucitan con él.
La impersonalidad del Cristo y su esencia filosófica eran enseñadas en unos misterios análogos a los de Eleusis y a los de Isis. En este conocimiento de la divinidad, que se comunicaba sólo a los iniciados, estribaba la Gnosis. Y cada cual escribía su Evangelio según comprendía el Cristo.
Lo que se enseñaba en tales misterios al triunfar los judeo-cristianos, apoyados por el emperador Constantino en Nicea, fue destruido. Se escogieron los cuatro Evangelios que más analogía tuvieran entre sí y que más coincidieran con la personalidad real del Cristo. Se eliminaron de ellos los resabios de la Gnosis. Se sustituyó el nombre de Iesus por la palabra Xrestos. Y se quemaron todos los demás evangeliso divergentes, que eran muchos. Así desapareció este cristianismo primitivo; pero, a pesar de esto, encuéntrase aún en mil escritos de los primeros cristianos. Las destrucciones, mutilaciones e interpolaciones de los católicos no han privado a la crítica exegética moderna el que haya podido reconstruirlos. Los vestigios hállanse hasta en los documentos ortodoxos. El mismo evangelio de San Juan, tal como está hoy, no es más que la relación de un drama ontológico, escrita por un alejandrino del siglo II, partidario de la impersonalidad del Cristo.
Según resulta de los textos de los que después santificó la Iglesia lo mismo que de los que declaró heresiarcas, hasta cerca del siglo IV, el Cristo no tuvo personalidad real. San Pablo dice que el Cristo viene formado por la reunión de todos los cristianos: así, "todos somos miembros del Cristo". Según San Clemente, "el verbo no se ha encarnado, sólo ha aparecido", y lo llama "el que preside la generación". Para Orígenes "no es ni masculino ni femenino", y "su alma es la misma que la de Adán", es decir, él es el que produjo y continúa produciendo el género humano, Xresto impulsore. Ideas análogas tienen de él San Panteno, San Teognoste, San Eulogio, San Metodio y aún San Ireneo. Para todos es el logos, el verbo de Dios, no distinto de él, que en el mundo es sabiduría, razón y vida, que produce la generación de todos los seres y todas las relatividades terrestres que no pueden producir el dios único, el Agathos, por ser uno, inmutable e impasible. Éste no puede nunca descender a la fenomenalidad sin encarnarse y al encarnarse viene a ser el hijo que produce la fuerza reproductriz y la fuerza comprensiva, y que se llama Xrestos, el bueno.
Pero, en esto, una idea de los neoplatónicos coincide con otra idea de los judeo-cristianos: el alma del mundo, el espíritu motor del Universo de los alejandrinos, viene a identificarse con el Espíritu Santo de los Beni-Israel.
El Espíritu Santo no es más que el desdoble de la diosa que antiguamente formaba la sagrada pareja con Jehová, o sea, su hipóstasis femenina. Esta diosa, representada con alas, símbolo de la vida del espíritu, como la Astarté fenicia o la Baalat babilónica, desdoblóse en mujer que baja a la tierra y personifica a la naturaleza pasiva, la tierra fecundada, el mar, en fin, la Venus maría, y su espíritu, que se queda en el cielo y toma la forma alada de la blanca paloma de Judea, símbolo sacro del espíritu puro.
Pues bien: díjose que este espíritu divino, llamado Espíritu Santo, fue la emanacion que había bajado a producir el hijo de Dios sobre la tierra, encarnándose en su desdoble personal, María. Sostuvieron algunos que sólo había bajado para animar y vivificar al mundo, de una manera impersonal; mientras que otros afirmaron que había descendido sobre la cabeza de un hombre predilecto al ser purificado por las aguas de un río sagrado. De las tres opiniones quedan resabios en los evangelios de la Iglesia. El Espíritu Santo engendra al Cristo; produce luz, vida e inteligencia en el mundo; y baja sobre Jesús en el momento del bautismo.
Y aquí aparece ya el hombre Jesús, el cual no es el Cristo en este primer período, sino uno de los que encarnan al Cristo, o sea, la encarnación divina. Para los judeo-cristianos de ciertas sectas, Jesús era hijo de un carpintero de Nazareth; para los elkesaítas un viejo leproso descendiente de Enoch. Los ebionitas le suponían hijo natural de una perfumista samaritana y de un legionario romano. Pero todo esto hállase sólo en documentos de tercera mano, es decir, en refutaciones posteriores de supuestas teorías heterodoxas. ¿Existió Jesús? ¿Qué fue?
Canneval, de Ginebra, opina que no existió; Havet, lo duda; Renan lo afirma. Según Strauss, fue un reformador; según Jules Soury, un enfermo de megalomanía que si no lo crucifican hubiera muerto gracias a la degeneración grasienta de su cerebro. Escritos de Jesús no quedan, pues no escribió. Los romanos no lo mencionan. El pasaje en el que de él habla Flavio Josefo fue interpolado posteriormente. Los evangelios judaicos son Secundum Mateum o Secundum Joannem, es decir, según dice uno que dice que… El mismo San Pablo no lo conoció y habla de él por referencias.
Su personalidad es muy vaga, o mejor, muy contradictoria. En cada uno de los cuatro evangelios ortodoxos la tiene diferente. En uno es puramente un ser ontológico. En otro es un taumaturgo que resucita muertos y echa diablos. En otro es un socialista que incita a las turbas a que atenten contra la propiedad. Y en otro es un predicador místico que va recogiendo almas para un mundo mejor.
En general, su leyenda es la de todos los mitos solares antropomórficos.
Ser real o ideal, la procedencia de Jesús es judaica, así como la de Cristo es helénica.
Los judíos partidarios del Cristo, es decir, de la emanación de la divinidad sobre la tierra, empezaron a propalar que Jesús era el que había obtenido la mayor parte de ella, la mayor suma de Verbo posible. Pronto los más exclusivistas sostuvieron que la había contenido toda, y, por tanto, que el Verbo sólo en Jesús se había encarnado por entero, viniendo a ser dicho Jesús el único Cristo. Sobre la época de la encarnación difirieron también. Según unos, el Espíritu Santo se había encarnado en él sólo en el momento del bautismo. Según otros, en el momento de la generación, siendo consustancial con el Padre, es decir, siendo el propio Verbo que había tomado forma carnal, que se había vuelto espeso y tangible al caer sobre la tierra en el seno de un cuerpo femenino predilecto.
Paralelamente a los judeo-cristianos, los gnósticos sostenían que la emanación Xrestos no era la única de la divinidad; que ésta había tenido varias, y que el Cristo era una de las más imperfectas. Los docetistas añadían que, al bajar al mundo, su personalidad sólo fue una apariencia. "El Cristo es un divino fantasma -decían- que pasó por la tierra y que sufrió pasión y muerte tan sólo de una manera aparente". Aun hoy los musulmanes conservan dicha teoría como dogma.
Según Manés, era la emanación buena del Dios impasible, frente a frente de Satán, desprendido también de éste y soberano señor de la materia.
Pero los judeo-cristianos, y de entre estos los que pretendían que el único Cristo era su Jesús, fueron haciendo prosélitos entre la plebe romana. Mitra, Orus, Atis, Adonis, Orfeo y otras personificaciones del nuevo Sol vivificando la tierra bajo forma humana, prepararon la conciencia de las turbas, que querían un dios hombre. Así en Nicea, ayudados por un emperador, triunfaron frente a sus contrarios, aniquilando por el fuego todo lo que disentía de su creencia. Luego los filósofos fueron pasados a cuchillo; el Serapeo fue destruido; la biblioteca de Alejandría, quemada; los libros de los Padres griegos, expurgados; los paulicianos, asesinados; los eunonianos, deportados; los gnósticos, degollados o estrangulados. Los mismos San Crisóstomo y San Atanasio fueron objeto de persecuciones. El catolicismo nació ya persiguiendo.
Vino luego otra confusión. Xrestos quería decir el bueno; pero los cristianos de la plebe, en los siglos bajos del Imperio, tradujeron Xrestos por Kristos, es decir, el crucificado; y de ahí el que los judeo-cristianos, ignorantes, inventaran la historia de una crucifixión (suplicio romano) para explicar la muerte del dios hijo, que venía en el mito solar. Como los romanos paganos habían sido sus enemigos, les atribuyeron la responsabilidad de toda clase de desastres, y en especial la de la muerte de Jesús, el único Cristo que ellos decían que había existido.
Los cristianos primitivos, para simbolizar la fuerza solar, el fuego divino bajado a la tierra, que era lo que personificaba el bueno, Xrestos, habían empleado, como todos los pueblos de la alta antigüedad, la cruz. La emplearon los hombres de las épocas prehistóricas, maravillados de que con dos maderas cruzadas, frotando la una contra la otra, saliese el fuego y la llama. Creyeron ellos que esto era un milagro hijo de la forma en cruz, que representaba la divinidad en su forma más simplemente esquemática de los rayos solares, y la adoraron sirviéndoles como símbolo del fuego vital, de la luz de la divinidad haciéndose visible sobre la tierra.
Adoraron este símbolo los hombres de la Edad de Bronce, y tras de éstos los arios y sus derivaciones: indos, persas, celtas o galos etruscos, helenos; los sirios, fenicios, caldeos, egipcios; y los chinos; y aún se encuentran vestigios de esta adoración hoy entre los pueblos salvajes1.
Este signo misterioso, pues, ya venerado entre todos los pueblos como imagen de la emanación solar sobre la tierra, fue uno de los símbolos cristianos más extendidos en el imperio de Roma, pero se consideró sólo como un símbolo de significación emblemática, sirviendo para decorar la imagen zoomórfica o antropomórfica del dios hijo del Xrestos, sin que a nadie se le ocurriera el que pudiese significar un instrumento de suplicio, que la leyenda no había inventado aún.
Aquí hay que notar que crux, en latín, no significaba cruz, sino horca, y que por crucificar los romanos entendían ahorcar, o poner atados a los condenados en postes que terminaban con un travesaño en forma de T. Crurefaccio indicaba la horrible función de ir los legionarios a hacer crujir los huesos de los condenados a martillazos para rematarlos al tercer día, cuando estaban condenados a muerte.
Al inventarse la leyenda de la crucifixión del dios hijo, para nada se quiso hacer alusión al que se le clavara en un instrumento de forma de cruz, o sea, tal como el emblema solar. Se quiso decir que se le había hecho morir amarrado a un poste, y esto es todo. El Xrestos volvióse Kristos, el bueno fue traducido por "el crucificado", o sea, el ajusticiado, el muerto en el poste, y nada más. Precisamente en los primeros siglos la imagen del Cristo se representa con la cruz del fuego, ya sea en la cabeza como nimbo crucífero, símbolo solar por excelencia, ya sea sosteniéndola con la mano, ya sea como un cordero (y esta es la forma más primitiva) con esta cruz, signo de los rayos de Sol (agní) o como tradujeron, Agnus Dei qui tollis peccata mundi, lo cual quiere decir: "Fuego divino, fuerza divina, que quitas o soportas los pecados del mundo".
En los tres evangelios de Lucas, Marcos y Mateo, nada se habla de clavos ni de llevar la cruz a cuestas, y mucho menos en los anteriores, que fueron declarados apócrifos en Nicea. Sólo en el evangelio de San Juan, que evidentemente es el posterior y el más alterado e interpolado, aparece la leyenda de la crucifixión con clavos, y la cruz llevada por el propio Cristo, siendo así que los condenados eran colgados o atados en postes fijos, árboles u horcas.
Ni en las catacumbas romanas, ni en ninguna sepultura, ni en otra parte en los siglos primeros del cristianismo aparece la cruz como instrumento de muerte, y el Cristo fijado a ella. La cruz, al contrario, como hemos dicho, significa sólo vida eterna. Al Cristo crucificado no lo encontramos en documento alguno hasta mediados del siglo VIII.
En todo el siglo VIII, y a partir del VI, la cruz acostumbra a hallarse sólo detrás de la cabeza como rayos solares, o como nimbo crucífero, es decir, desde el momento en que Jesús fue declarado el Xrestos, o sea, la emanación divina. Antes su cabeza no está así ornada, ni tiene forma antropomórfica. En el siglo VIII se le fija en la cruz con los brazos abiertos, pero con la túnica larga. En el siglo X, ésta es sólo una falda que le cubre de cintura a rodillas. En los siglos XI y XII empieza a demacrarse, a tener cardenales, a vérsele las costillas, y aparece la herida bajo la tetilla izquierda. Luego se le ponen greñas, barba larga, corona de espinas, etc.; pero aún sus brazos siguen la lineación de la cruz. Sólo en los siglos XIII y XIV aparece como cayéndose, con los brazos clavados, de los que pende el cuerpo, y las manos desgarradas, chorreando sangre.
Aquí, y a propósito de la fijación del Cristo en la cruz, trasladaremos una opinión de un sabio exégeta, y es la siguiente: Puede ser que en el evangelio de San Juan (que, como está probado, fue compuesto con un relato alejandrino, neoplatónico o gnóstico) hubiese influido lo del suplicio de Prometeo, y más que éste, el de Baal, cuya leyenda de la crucifixión era popular en Numidia, tal como lo demuestra una piedra votiva númida, en que el dios fenicio está muerto de pie con los brazos extendidos, como los Cristos modernos.
De todo lo expuesto se induce que la leyenda de Jesucristo, tal como se ha venido venerando desde la Edad Media, es hija de haber confundido:
1º El bueno, con el crucificado y el ungido, por un error de traducción de los judeo-cristianos.
2º De haber tomado la crux, poste u horca, como cruz símbolo del sol bajado a la tierra, y haber dado al instrumento de suplicio esta forma.
Esto es lo que resulta de los concienzudos trabajos exegéticos de los primeros sabios que se han ocupado del asunto. Así, es indudable ya que el cristianismo primitivo no fue más que la última de las religiones solares, en que el hijo bajó a la tierra a dar nueva vida a los mortales, derivando especialmente, según todas las probabilidades, de la última evolución del culto de Serapis en Alejandría.
Creemos que nuestros lectores habrán comprendido la importancia histórica, filosófica y científica de lo que acaban de leer y el móvil que persiguieron los autores del Nuevo Testamento.
Sin duda alguna que el espíritu humano necesita un Calvario que le conmueva para interesarse en favor de una doctrina, y es muy probable que esta idea fuera una de las principales que hicieran escribir el Nuevo Testamento.
En nuestros días tenemos el ejemplo de Montjuich. El relato de lo que sufrieron los anarquistas encerrados en aquella fortaleza ha conmovido muchos corazones y abierto no pocas inteligencias a las doctrinas ácratas. ¡Cuántos filósofos antiguos abrazaron el cristianismo conmovidos por el sufrimiento y la serenidad de los cristianos! Además, el pueblo se interesa siempre por las víctimas de cualquier clase y condición que sean, y esta cualidad, que es general en nuestra especie, le ha salvado de muchos naufragios morales y le ha conducido al puerto de la justicia.
Medítese lo siguiente:
Si de lo que en conjunto sufrieron los martirizados en Monjuich, un gran poeta anarquista escribiera la muerte y pasión de un mártir, joven, bello y desgraciado, dentro de pocas generaciones tendríamos un Anárquico y un anarquismo, como se tuvo un Cristo y un cristianismo. Claro que la prueba no puede hacerse porque lo impide la índole misma de la doctrina que pretenderíamos abonar con el martirologio y con el arte, porque es contraria al santonismo y a la idolatría; pero lo que pretendemos demostrar es la identidad de causas psíquicas y de fenómenos sociales que concurren en ambos hechos.


1.- Ramsey ha hecho notar la existencia de cruces gamadas en el vestido de un personaje de un bajorrelieve de Lyconvesia. Un barro cocido, en el que hay una mujer grabada, totalmente desnuda, llevando encima de las partes genitales un triángulo, cuyo vértice agudo mira hacia abajo, en el centro del cual hay una cruz gamada, como signo de generación y vida, fue descubierto en un túmulo de Tracia, y se conserva en el Museo de Historia Natural de Viena.
En el Museo Guimet, en París, puede verse un Buda chino que lleva en el pecho una cruz esvástica, cuyo centro y extremos tienen pequeños discos. Era el signo místico del emperador Fou Hi, 2.953 años antes de la era cristiana. Algunos primitivos budistas llevaban en la mano un palo terminando en una cruz, tal como ciertos báculos de abades y abadesas de la Edad Media.
En Egipto, todo el mundo que ha estudiado los jeroglíficos ha visto en casi todas las inscripciones la cruz con el aspa, símbolo de la generación. En Asiria y en Persia hállase la cruz en los trajes de los grandes sacerdotes, en la forma que más tarde se llamó cruz griega. Es una especie de broche que sirve para sujetar el manto a la cintura. Véanse las imágenes de Samsi-Bin y de Samsi-Voul, 835 años antes de la era cristiana. Samsi-Voul la llevaba al cuello pendiente de una cinta, tal como ciertas grandes condecoraciones modernas. La Astarté fenicia es a veces representada con una cruz en lo alto de un bastón, como la de las abadesas de la Edad Media.
En México las cruces aparecen grabadas en el templo de Palenque y en el monumento de Cuzco, centro del culto al Sol.
En 1518, el capitán Grijalva, al desembarcar en la costa del Yucatán, quedóse sorprendido de ver el signo de la cruz como emblema divino de los más antiguos templos indigenas.
Los indios wolpi llevaban en sus danzas sagradas un disco, en un palo, que tenía pintado en el centro otro disco radiante dentro del cual había una cruz. Un dios galo, análogo del Júpiter latino, lleva una cota con cuatro cruces sobre el cuerpo. En varias monedas galas se encuentran cruces, tales como las de la Edad Media en las monedas de los reyes (véase la de Choisy-le-Roy). La cruz de uno de los siete jefes de Tebas era de aspas iguales, con el disco solar detrás, como muchas cruces cristianas. Los cinturones de Baco estaban adornados con cruces.
Un monumento a Mercurio y una estela de Tesalia, antes de J.C., afectan a la forma de una gradería encima de la cual hay una cruz alta, como en los cementerios modernos.
La galera pretoriana de Marco Antonio (30 años antes de J.C.) llevaba como insignia una cruz con una banderola, igual a la que llevan hoy los niños disfrazados de San Juan que acuden a la procesión del Corpus (véase la célebre medalla de Marco Antonio). También se encuentra en pinturas murales de Pompeya y de Herculano, puesta sobre la cabeza de Cupido como símbolo del fuego del amor.

Federico Urales Subir


La anarquía y la Iglesia

La conducta del anarquista hacia el hombre de iglesia se halla trazada de antemano en tanto que curas, frailes y toda clase de detentadores de un supuesto poder divino se hallen constituidos en liga de dominación, ha de combatirlos sin descanso, con toda la energía de su voluntad y con todos los recursos de su inteligencia y de su fuerza. Esa lucha no ha de impedir que se guarde el respeto personal y la simpatía humana a cada individuo, cristiano, budista, fetichista, etcétera, en cuanto cese su poder de ataque y dominio. Comencemos por libertarnos y trabajemos después por la libertad del adversario.
Lo que ha de temerse de la Iglesia y de todas las Iglesias nos lo enseña claramente la historia, y sobre este punto no hay excusa: Toda equivocación o interpretación desnaturalizada es inaceptable; es más, es imposible. Somos odiados, execrados, malditos; se nos condena a los suplicios del infierno, lo que para nosotros carece de sentido, y lo que es positivamente peor, se nos señala a la venganza de las leyes temporales, a la venganza especial de los carceleros y de los verdugos y aún a la originalidad de los atormentadores que el Santo Oficio, vivo aún, sostiene en los calabozos. El lenguaje oficial de los papas, fulminado en sus recientes bulas, dirige expresamente la campaña contra los "innovadores insensatos y diabólicos, los orgullosos discípulos de una supuesta ciencia, las gentes delirantes que proclaman la libertad de conciencia, los depreciadores de todas las cosas sagradas, los odiosos corruptores de la juventud, los obreros del crimen y de la iniquidad". Anatemas y maldiciones dirigidas preferentemente a los revolucionarios que se denominan libertarios o anarquistas.
Perfectamente; es lógico que los que se dicen y se consideran consagrados al dominio absoluto del género humano, imaginándose poseedores de las llaves del cielo y del infierno, concentren toda la fuerza de su odio contra los réprobos que niegan sus derechos al poder y condenan todas las manifestaciones de ese poder. "¡Exterminad! ¡Exterminad!" tal es la divisa de la Iglesia, como en los tiempos de Santo Domingo y de Inocencio III.
A la intransigencia católica oponemos igual intransigencia, pero como hombres, y como hombres inspirados en la ciencia, no como taumaturgos y verdugos. Rechazamos por completo la doctrina católica, lo mismo que la de todas las religiones afines; combatimos sus instituciones y sus obras, trabajamos para desvanecer los efectos de todos sus actos. Pero esto sin odio a sus personas, porque no ignoramos que todos los hombres se determinan por el medio en que sus madres y la sociedad los han colocado; sabemos que otra educación y circunstancias menos favorables hubieran podido embrutecernos también, y lo que sobre todo nos proponemos es desarrollar para ellos, si aún es tiempo, y para las generaciones venideras, otras condiciones nuevas que curen a los hombres de la "locura de la cruz" y demás alucinaciones religiosas.
Lejos de nosotros la idea de vengarnos cuando llegue el día en que seamos los más fuertes: los cadalsos y las hogueras serían insuficientes para vengar el número infinito de víctimas que las Iglesias, y la cristiana muy especialmente, han sacrificado en nombre de sus dioses respectivos durante la serie de siglos de su ominosa dominación. Además, la venganza no se cuenta entre nuestros principios, porque el odio llama al odio y nosotros nos sentimos animados del más vivo deseo de entrar en una nueva era de paz social. El firme propósito que nos guía no consiste en emplear "las tripas del último sacerdote para ahorcar al último rey", sino en hacer de modo que no nazcan reyes ni curas en la purificada atmósfera de nuestra nueva sociedad.
Lógicamente, nuestra obra revolucionaria contra la Iglesia comienza por ser destructora antes de que pueda ser constructiva, a pesar de que las dos fases de la acción sean independientes entre sí, aunque bajo diversos aspectos, según los diferentes medios. Sabemos, además, que la fuerza es inaplicable para destruir las creencias sinceras, las cándidas e ingenuas ilusiones, y por lo mismo no tratamos de penetrar en las conciencias para arrancar de ellas las perturbaciones y los sueños fantásticos, pero podemos trabajar con todas nuestras energías para separar del funcionamiento social todo lo que no concuerde con las verdades científicas reconocidas; podemos combatir incesantemente el error de todos los que pretenden haber encontrado fuera de la humanidad y del mundo un punto de apoyo divino que permite a ciertas castas de parásitos erigirse en intermediarios místicos entre el creador ficticio y sus supuestas criaturas.
Puesto que el temor y el espanto fueron en todo tiempo los móviles que subyugaron a los hombres, como reyes, sacerdotes, magos y pedagogos lo han reconocido y repetido bajo diferentes formas, combatamos sin cesar ese vano terror de los dioses y sus intérpretes por el estudio y la serena y clara exposición de las cosas. Persigamos todas las mentiras que los beneficiarios de la antigua necedad teológica han esparcido en la enseñanza, en los libros y en las artes, y no descuidemos la oposición al vil pago de los impuestos directos e indirectos que el clero nos extrae; impidamos la construcción de templos chicos y grandes, de cruces, de estatuas votivas y otras fealdades que deshonran y envilecen poblaciones y campiñas; agotemos el manantial de esos millones que de todas partes afluyen al gran mendigo de Roma y hacia los innumerables submendigos de sus congregaciones y, finalmente, mediante la propaganda diaria, arrebatemos a los curas los niños que se les da a bautizar, los adolescentes de ambos sexos que se confirman en la fe por la ingestión de una hostia, los adultos que se someten a la ceremonia matrimonial, los desgraciados a quienes inician en el vicio por la confesión, los moribundos a quienes aterrorizan en el último momento de la vida. Descristianicémonos y descristianicemos al pueblo.
Pero, se nos objeta, las escuelas en Francia, hasta las que se denominan laicas, cristianizan la infancia, es decir, toda la generación futura, ¿cómo cerraremos esas escuelas, puesto que nos encontramos ante padres de familia que reivindican la "libertad" de la educación escogida por ellos? ¡He aquí que a nosotros, que hablamos siempre de "libertad" y que no comprendemos al individuo digno de ese nombre sino en la plenitud de su fiera independencia, se nos opone también la "libertad"! Si la palabra respondiese a una idea justa, deberíamos bajar la cabeza respetuosamente para ser consecuentes y fieles a nuestros principios; pero esa libertad del padre de familia es el rapto, la sencilla apropiación del hijo, que es dueño de sí mismo, y que se entrega a la Iglesia y al Estado para que le deformen a su antojo. Esa libertad es semejante a la del burgués industrial que dispone, mediante el jornal, de cientos de "brazos" y los emplea como le conviene en trabajos pesados y embrutecedores; una libertad como la del general que hace maniobrar a su antojo las "unidades tácticas" de "bayonetas" o de "sables".
El padre, heredero convencido del pater familias romano, dispone por igual de hijos o hijas para matarlos moralmente o, lo que es peor, para envilecerlos. De estos dos individuos, el padre y el hijo, virtualmente iguales a nuestros ojos, el más débil tiene derecho preferente a nuestro apoyo y defensa, y nuestra decidida solidaridad contra todos los que le dañan, aunque entre ellos se cuenten el padre y hasta la madre que le llevó en su seno.
Si, como sucede en Francia, por una ley especial impuesta por la opinión pública, el Estado niega al padre de familia el derecho a condenar a su hijo a la perpetua ignorancia, los que estamos de corazón con la generación nueva, sin leyes, por la liga de nuestras voluntades, haremos todo lo posible para protegerle contra la mala educación.
Que el niño sea regañado, pegado y atormentado de varias maneras por sus padres; que sea tratado con mimo y envenenado con golosinas y mentiras; que sea catequizado por hermanucos de la doctrina cristiana, o que aprenda en casa de jesuitas una historia pérfida y una falsa moral, compuesta de bajeza y crueldad, el crimen es lo mismo y nos proponemos combatirlo con la misma energía y constancia, solidarios siempre del ser sistemáticamente perjudicado.
No hay duda de que en tanto que subsiste la familia bajo su forma monárquica, modelo de los Estados que nos gobiernan, el ejercicio de nuestra firme voluntad de intervención hacia el niño contra los padres y los curas será de cumplimiento difícil, pero por eso mismo deben dirigirse en ese sentido nuestros esfuerzos, porque no hay término medio: se ha de ser defensor de la justicia o cómplice de la iniquidad.
En este punto se plantea también, como en todos los demás aspectos de la cuestión social, el gran problema que se discute entre Tolstoi y otros anarquistas acerca de la resistencia o no resistencia al mal. Por nuestra parte opinamos que el ofendido que no se resiste entrega de antemano a los humildes y los pobres a los opresores y a los ricos. Resistamos sin odio, sin rencor ni ánimo vengativo, con la suave serenidad del filósofo que reproduce exactamente la profundidad de su pensamiento y su decidida voluntad en cada uno de sus actos. Téngase presente que la escuela actual, tanto si la dirige el sacerdote religioso como el sacerdote laico, va franca y decididamente contra los hombres libres, como si fuera una espada o mejor como millones de espadas, porque se trata de preparar contra todos los innovadores a los hijos de la nueva generación.
Comprendemos la escuela, como la sociedad, "sin dios ni amo" y por consiguiente consideramos como funestos todos esos antros donde se enseña la obediencia a dios y sobre todo a sus supuestos representantes, los amos de todas las clases, curas, reyes, funcionarios, símbolos y leyes. Reprobamos tanto las escuelas en que se enseñan los pretendidos deberes cívicos, es decir, el cumplimiento de las órdenes de los erigidos en mandarines y el odio a los habitantes del otro lado de las fronteras, como aquellas otras en que se repite a los niños que han de ser como "báculos en manos de sacerdotes". Sabemos que ambas clases de escuelas son funestas e igualmente malas, y cuando tengamos la fuerza cerraremos unas y otras.
"¡Vana amenaza!" se dirá con ironía. "No sois los más fuertes y aun dominamos los reyes, los militares, los magistrados y los verdugos". Así parece, mas todo ese aparato de represión no nos espanta, porque también la verdad es una fuerza poderosa que descubre los horrores que se ocultan en las tinieblas de la maldad; lo prueba la historia, que se desarrolla en nuestro favor, porque, si es cierto que "la ciencia ha quebrado" para nuestros adversarios, no por eso ha dejado de ser un solo instante nuestra guía y nuestro apoyo.
La diferencia esencial entre los sostenedores de la Iglesia y sus enemigos, entre los envilecidos y los hombres libres, consiste en que los primeros, privados de iniciativa propia, no existen sino por la masa, carecen de todo valor individual, se debilitan poco a poco y mueren, mientras que la renovación de la vida se hace en nosotros por la acción espontánea de las fuerzas anárquicas. Nuestra naciente sociedad de hombres libres, que trata penosamente de desprenderse de la crisálida burguesa, no podría tener esperanza de triunfo, ni aun hubiese vencido, si hubiera de luchar con hombres de voluntad y energía propias; pero la masa de los devotos y de las devotas, ajada por la sumisión y la obediencia, queda condenada a la indecisión, al desorden volitivo, a una especie de ataxia intelectual. Cualquiera que sea, desde el punto de vista de su oficio, de su arte o de su profesión, el valor del católico creyente y practicante; cualesquiera que sean también sus cualidades de hombre, no es, respecto del pensamiento, más que una materia amorfa y sin consistencia, puesto que ha abdicado completamente su juicio, y por la fe ciega se ha colocado voluntariamente fuera de la humanidad que razona.
Forzoso es reconocer que el ejército de los católicos tiene en su favor el poder de la rutina, el funcionamiento de todas las supervivencias y continúa obrando en función de la fuerza de la inercia. Millones de individuos doblan espontáneamente las rodillas ante el sacerdote resplandeciente de oro y seda; impulsada por una serie de movimientos reflejos, se amontona la multitud en las naves del templo en los días de la fiesta patronal; se celebra la Navidad y la Pascua, porque las generaciones anteriores han celebrado periódicamente esas fiestas; los ídolos llamados la virgen y el niño quedan grabados en las imaginaciones; el escéptico venera sin saber por qué el pedazo de cobre, de marfil o de otra materia tallada en forma de crucifijo; se inclina al hablar de la "moral del Evangelio" y, cuando muestra las estrellas a su hijo, no se olvida de glorificar al divino relojero. Sí, todas esas criaturas de la costumbre, portavoces de la rutina, constituyen un ejército temible por su masa: esa es la materia humana que forma las mayorías y cuyos gritos sin pensamiento resuenan y llenan el espacio como si representaran una opinión. Mas ¡qué importa! Al fin esa misma masa acaba por no obedecer los impulsos atávicos: se la ve volverse indiferente a la palabrería religiosa que ya no comprende; no ve en el cura un representante de Dios para perdonar los pecados, ni un agente del demonio para embrujar hombres y bestias, sino un vividor que desempeña una farsa para vivir sin trabajar: lo mismo el campesino que el obrero no temen ya a su párroco, y ambos tienen alguna idea de la ciencia, sin conocerla aún y, esperando, se forman una especie de paganismo, entregándose vagamente a las fuerzas de la naturaleza.
No hay duda de que una revolución silenciosa que descristianiza lentamente a las masas populares es un acontecimiento capital, pero no ha de olvidarse que los adversarios más terribles, puesto que carecen de sinceridad, no son los infelices rutinarios del pueblo, tampoco los creyentes, pobres suicidas del entendimiento que se ven prosternados en los templos, cubiertos bajo el espeso velo de la fe religiosa que les oculta del mundo real. Los hipócritas ambiciosos que les guían y los indiferentes que sin ser católicos se han unido oficialmente a la Iglesia, los que hacen dinero de la fe, esos son mucho más peligrosos que los cristianos. Por un fenómeno contradictorio en apariencia, el ejército clerical se hace cada vez más numeroso a medida que la creencia se desvanece, debido a que las fuerzas enemigas se agrupan por ambas partes: la Iglesia reúne detrás de sí a todos sus cómplices naturales de los cuales ha hecho esclavos adiestrados para el mando, reyes, militares, funcionarios de todas clases, volterianos arrepentidos y hasta padres de familia que quieren criar hijos modositos, graciosos, cultos, elegantes, pero guardándose con extrema prudencia de cuanto pudiera asemejarse a su pensamiento. "¡Qué decís!", exclamará, sin duda, algún político de esos a quienes apasiona la lucha actual entre las congregaciones y el bloque republicano, especie de fusión del Parlamento francés, "¿no sabéis que el Estado y la Iglesia han roto definitivamente sus relaciones, que los crucifijos y corazones de Jesús y María se quitarán de las escuelas para ser reemplazados por hermosos retratos del presidente de la República? ¿Ignoráis que los niños serán en lo sucesivo preservados cuidadosamente de las supersticiones antiguas, y que los maestros laicos les darán una educación fundada en la ciencia, libre de toda mentira y se mostrarán siempre respetuosos de la libertad humana?" ¡Ah! Harto sabemos que surgen diferencias en las alturas entre los detentadores del poder; no ignoramos que entre las gentes del clero los seculares y los regulares están en desacuerdo sobre la distribución de las prebendas; tenemos por cierto que la antigua querella de las investiduras se continúa de siglo en siglo entre el papa y los Estados laicos; pero eso no impide que las dos categorías de dominadores, religiosos y políticos, estén en el fondo de acuerdo, aun en sus excomuniones recíprocas, y que comprendan de la misma manera su misión divina respecto del pueblo gobernado; unos y otros quieren someter a los pueblos por los mismos medios, dando a la infancia idéntica enseñanza, la de la obediencia.
Ayer aún, bajo la alta protección de lo que se llama "la República", eran los dueños indiscutibles y absolutos. Todos los elementos de la reacción se hallaban unidos bajo el mismo lábaro simbólico, el "signo de la cruz", pero hubiera sido cándido dejarse engañar por la divisa de esa bandera; no se trataba de fe religiosa, sino de dominación: la creencia íntima era sólo un pretexto para la inmensa mayoría de los que quieren conservar el monopolio de los poderes y de las riquezas; para ellos el objeto único consistía en impedir a todo trance la realización del ideal moderno, a saber: el pan, el trabajo y el descanso para todos. Nuestros enemigos, aunque odiándose y despreciándose recíprocamente, necesitaban, no obstante, agruparse en un solo partido. Hallándose aislados, las causas respectivas de las clases dirigentes resultaban demasiado pobres de argumentos, excesivamente ilógicas para intentar defenderse con éxito por sí solas, y por lo mismo les era indispensable coaligarse en nombre de una causa superior, y echaron mano de su Dios, al que denominan "principio de todas las cosas", "gran ordenador del universo". Y por eso, considerando demasiado expuestos los cuerpos de tropas en una batalla, abandonan las fortificaciones exteriores recientemente construidas, y se reúnen en el centro de la posición, en la ciudadela antigua, acomodada por los ingenieros a la guerra moderna.
Pero excesivamente ambiciosos, los curas y los frailes han incurrido en imprudencia notoria: jefes de la conspiración, en posesión de la consigna divina, han exigido una parte harto ventajosa del botín. La Iglesia, insaciable siempre en la rapiña, exigió un derecho de entrada a todos sus nuevos aliados, republicanos y otros, consistente en subvenciones para todas sus misiones extranjeras, en la guerra de China y en el saqueo de los palacios imperiales. De este modo se han acrecentado prodigiosamente las riquezas del clero: sólo en Francia han aumentado mucho más del doble en los veinte últimos años del siglo pasado: se cuenta por miles de millones el valor de las tierras y de las casas que pertenecen declaradamente a los curas y a los frailes; por no hablar de los miles de millones que poseen bajo los nombres de señores aristócratas y viejas rentistas. Los jacobinos ven con buenos ojos que esas propiedades se acumulen en las mismas manos, esperando que un día de un solo golpe se apodere de ellos el Estado; pero ese remedio cambiará la enfermedad sin curarla. Esas propiedades, producto del dolo y del robo, han de volver a la comunidad de donde fueron extraídas; forman parte del gran haber terrestre perteneciente al conjunto de la humanidad.
Por exceso de ambición, las gentes de iglesia han cometido la torpeza, inevitable por otra parte, de no evolucionar con el siglo, y llevando además a cuestas su bagaje de antiguallas, se han retrasado en el camino. Chapurrean el latín, lo que les ha hecho olvidar el francés que se habla en París; deletrean la trilogía de Santo Tomás, pero esa trasnochada fraseología no les sirve gran cosa para discutir con los discípulos de Berthelot. No hay duda de que algunos de ellos, especialmente los clérigos americanos, en lucha con una joven sociedad democrática, sustraída al prestigio de Roma, han tratado de rejuvenecer sus argumentos renovando un poco su antiguo esplendor; pero esa nueva táctica de controversia ha sido desaprobada por la autoridad suprema, y el misoneísmo, el odio a todo lo nuevo ha triunfado: el clero queda rezagado, con toda la horrible banda de magistrados, inquisidores y verdugos, colocándose detrás de los reyes, los príncipes más ricos, no sabiendo respecto de los humildes más que pedir la caridad y no un amplio y hermoso sitio al buen sol que nos ilumina al presente. Ha habido hijos perdidos del catolicismo que han suplicado al Papa que se declare socialista y que se coloque atrevidamente al frente de los niveladores y de los hambrientos, pero ¡ca! los millones de su "dinero de San Pedro" y su Vaticano son lo que priva.
¡Hermoso día fue para nosotros, pensadores libres y revolucionarios aquel en que el Papa se encerró definitivamente en el dogma de la infalibilidad! ¡He ahí al hombre atrapado en una trampa de acero! Ahí está, atado a los viejos dogmas, sin poder desdecirse, renovarse o vivir, obligado a atenerse al Syllabus, a maldecir la sociedad moderna con todos sus descubrimientos y progresos. Ya no es más que un prisionero voluntario encadenado a la orilla que dejamos atrás, y que nos persigue con sus vanas imprecaciones, mientras nosotros surcamos libremente las olas, despreciando a uno de sus lacayos que, por orden de su amo, proclama "la quiebra de la ciencia". ¡Qué alegría para nosotros! Que la Iglesia no quiera aprender ni saber, que permanezca para siempre ignorante, absurda y atada a ese lecho miserable en que yace, que ya San Pablo llamaba su locura: ¡Eso es nuestro triunfo definitivo!
Transportémonos por la imaginación a los futuros tiempos de la irreligión consciente y razonada. ¿En qué consistirá, dadas esas nuevas condiciones, la obra por excelencia de los hombres de buena voluntad? En reemplazar las alucinaciones por observaciones precisas; en sustituir las ilusiones celestes prometidas a los hambrientos por las realidades de una vida de justicia social, de bienestar, de trabajo libre; en el goce por los fieles de la religión humanitaria de una felicidad más sustancial y más moral que aquella con que los cristianos se contentan actualmente. Lo que éstos desean es no tener la penosa tarea de pensar por sí mismos ni haber de buscar en su propia conciencia el móvil de sus acciones; no teniendo ya un fetiche visible como nuestros abuelos salvajes, se empeñan en tener un fetiche secreto que cure las heridas de su amor propio, que les consuele en sus pesares, que les dulcifique la amargura por las horas de la enfermedad y les asegure una vida inmortal exenta de todo cuidado. Pero todo eso de un modo personal: su religiosidad no se cuida de los desgraciados que continúan peligrosamente la dura batalla de la vida; son como aquellos espectadores de la tempestad de quienes habla Lucrecio, que gozan viendo desde la playa la desesperación de los náufragos luchando contra las olas embravecidad; recuerdan de su Evangelio esa vil parábola de Cristo que representa a Lázaro el pobre, "reposando en el seno de Abraham, negándose a humedecer la punta de su dedo en agua para refrescar la lengua del maldito" (Lucas, XVI).
Nuestro ideal de felicidad no es ese egoísmo cristiano del hombre que se salva viendo perecer a su semejante y que niega una gota de agua a su enemigo; nosotros, los anarquistas, que trabajamos por nuestra completa emancipación, colaboramos por esto mismo a la libertad de todos, aún a la de aquel más rico a quien libraremos de sus riquezas y le aseguraremos el beneficio de la solidaridad de cada uno de nuestros esfuerzos.
No se concibe nuestra victoria personal sin que por ella se obtenga al mismo tiempo una victoria colectiva; nuestro anhelo de felicidad no puede colmarse sino con la felicidad de todos, porque la sociedad anarquista, lejos de ser un cuerpo de privilegiados, es una comunidad de iguales, y será para todos una felicidad inmensa, de la que no podemos formarnos idea actualmente, vivir en un mundo en que no se verán niños maltratados por sus padres ni serán obligados a recitar el catecismo, hambrientos que pidan el céntimo de la caridad, mujeres que se prostituyen por un pedazo de pan ni hombres válidos que se dediquen a ser soldados o polizontes faltos de medio mejor de atender a su subsistencia. Reconciliados todos, porque los intereses de dinero, de posición, de casta, no harán enemigos natos a los unos de los otros, los hombres podrán estudiar juntos, tomar parte, según sus aptitudes personales, en las obras colectivas de la transformación planetaria, en la redacción del gran libro de los conocimientos humanos; en una palabra, gozarán de una vida libre, cada vez más amplia, poderosamente consciente y fraternal, librándose así de las alucinaciones, de la religiosidad y de la Iglesia, y por encima de todo, podrán trabajar directamente para el porvenir, ocupándose de los hijos, gozando con ellos de la naturaleza y guiándoles en el estudio de las ciencias, de las artes y de la vida.
Los católicos pueden haberse apoderado oficialmente de la sociedad, pero no son ni serán sus amos, porque no saben más que ahogar, comprimir y empequeñecer: todo lo que es la vida se les escapa. En la mayor parte su fe es muerta: no les queda más que la gesticulación piadosa, las genuflexiones, los oremus, el recuento del rosario y el coronamiento del breviario. Los buenos entre los clérigos se ven obligados a huir de la Iglesia para encontrar un asilo entre los profanos, es decir, entre los confesores de la fe nueva, entre nosotros, anarquistas y revolucionarios, que vamos hacia un ideal y que trabajamos alegremente para realizarla.
Fuera, pues, de la Iglesia, absolutamente fracasada para todas las grandes esperanzas, se cumple todo lo que es grande y generoso. Y fuera de ella y aún a pesar suyo, los pobres, a quienes los clérigos prometían irónicamente todas las riquezas celestiales, conquistarán al fin el bienestar en la vida presente. A pesar de la Iglesia se fundará la verdadera Comuna, la sociedad de los hombres libres, hacia la cual nos han encaminado tantas revoluciones anteriores contra el cura y contra el rey.

Élisée Reclus subir


La peste religiosa

La peor de todas las enfermedades mentales que embrutecen al hombre es la peste religiosa.
Como todo tiene su historia, esta epidemia no deja de tener la suya: solamente tiene de particular que es muy perniciosa, aparte de lo que tiene de bufa. El viejo Zeus y Júpiter tronante eran unos dioses muy decentes y, podemos añadir, esclarecidos si se les compara con la ridícula Trinidad del árbol genealógico del buen Dios, cuyos personajes no son menos crueles, brutales y ridículos que los primeros.
Por otra parte no queremos perder el tiempo con los dioses caducados, puesto que en la actualidad no causan perjuicio alguno, sino que sólo criticaremos a esos charlatanes fabricadores de la tempestad y del buen tiempo, en plena actividad actualmente, y a estos terroristas del infierno.
Los cristianos tienen una Trinidad, es decir, tres dioses; sus antecesores, los judíos, se contentaron con uno solo. Esto aparte, los dos pueblos constituyen una civilización muy divertida. El Antiguo y el Nuevo Testamento son para ellos la fuente de toda sabiduría, y por eso es preciso leer de buen o mal grado estas santas escrituras si se desea ponerlos en ridículo.
Examinemos simplemente la historia de estas divinidades y veremos, desde luego, que suministra materiales suficientes para caracterizar al conjunto. He aquí, pues, la cosa expuesta sucinta y brevemente.
Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. Él se encontró desde luego en medio de la nada, lo cual debía de ser bastante triste para que el mismísimo Dios se aburriera de tal situación. Pero como que es una bagatela para un Dios esto de hacer los mundos de la nada, creó el cielo y la tierra como un charlatán sacude los huevos y las monedas en el interior de su manga. Más tarde se dedica a fabricar el sol, la luna y las estrellas. Ciertos herejes, a los cuales se conoce por astrónomos, han demostrado, hace ya muchísimo tiempo, que la tierra no es ni ha sido jamás el centro del universo; que no ha podido existir antes que el sol, alrededor del cual continuamente da vueltas. Estas gentes han demostrado que es una gran barbaridad esto de hablar de la creación del sol, de la luna y de las estrellas después de la tierra, como si ella, comparada con el sol, la luna y las estrellas, fuese alguna cosa especial y extraordinaria. Hace mucho tiempo que los niños que concurren a las escuelas saben que el sol es un astro, que la tierra es uno de sus satélites y que la luna, para así decirlo, no es más que un subsatélite; saben igualmente que la tierra, en comparación con el universo, está muy lejos de desempeñar un papel superior, antes por el contrario, no es más que un grano de polvo en el espacio. Pero ¿es tal vez que este Dios se dedica a la astronomía? Él hace esto y todavía más, y se burla de la ciencia y de la lógica. Es por esta razón por la que después de fabricar la tierra hizo la luz y, en seguida, el sol.
Un hotentote sabe perfectamente que sin el sol la luna no puede existir; pero Dios… por lo visto, no llega a concebir lo que sabe el hotentote.
Vayamos más al fondo de la cuestión. La creación andaba perfectamente; pero no había todavía vida en ella y, como el Creador deseaba divertirse, hizo al hombre. Solamente haciéndole, prescinde de uno de los aspectos particulares de su manera de proceder. En lugar de hacer esta creación por un simple mandato, se encuentra de sobra perplejo y, tomando un prosaico puñado de barro, modeló al hombre a su imagen y semejanza; luego sopló… y le dio un alma. Como que Dios es todopoderoso, bueno, justo, en una palabra, la complacencia y amabilidad en su esencia, vio en seguida que Adán (con ese nombre bautizó a su escultura de barro) si estaba solo se aburriría desmesuradamente y maldeciría su insoportable existencia; para evitarlo le fabricó entonces una joven, una encantadora Eva.
Seguramente la experiencia le habrá demostrado que lo de fabricar muñecos de barro era ya un trabajo muy impropio para un Dios; así pues, prescindió del barro y empleó otro método. Tal vez se dedicó a otros experimentos, pero debemos hacer constar que la Biblia no nos dice nada sobre este particular. La cuestión principal es que arrancó una costilla a Adán y la convirtió inmediatamente en una hermosa mujer; inmediatamente decimos, porque la velocidad en hacer las cosas no debe de ser un arte de brujería para un dios. Además, tampoco nos cuenta la Biblia si le causó dolor a Adán el que le arrancaran una costilla, ni si ésta fue sustituida posteriormente por otra, o si debió de contentarse con las que le quedaron después de la divina operación quirúrgica.
Las ciencias modernas han demostrado que tanto los animales como las plantas, formadas de un conjunto de simples células, han ido adquiriendo paulatinamente, durante el transcurso de millones de siglos, las formas que actualmente tienen.
Ellas han establecido, además, que el hombre no es más que el producto más perfecto de este larguísimo y continuo desenvolvimiento y que no solamente hace algunos millares de años que el hombre no hablaba todavía y se acercaba mucho al tipo animal, en la verdadera acepción de la palabra, sino que debe descender de los animales más inferiores de la escala zoológica, puesto que toda otra suposición es inadmisible. Partiendo de esta premisa, la historia natural nos hace considerar a Dios, cuando fabrica al hombre, como un charlatán ridículo; pero ¿para qué insistir en esto? Seguramente que esto que decimos no es del agrado de los corifeos de este Dios.
Que sus historias tengan o no un sello científico, no importa; es indispensable creer, si no sucede así, Dios os enviará a buscar por el diablo (su competidor), lo cual supongo que no debe de ser muy agradable, pues en el infierno reinan no solamente las lágrimas y los continuos rechinar de dientes, sino, lo que es peor todavía, quema el fuego eterno, un gusano insaciable os roe y la pez ardiente os envuelve en aquel antro.
Después un hombre sin cuerpo, es decir, un alma, será asada; su carne será tostada, sus dientes rechinarán todavía más, llorará sin ojos y respirará sin pulmones; los gusanos roerán sus huesos enterrados eternamente en la fosa y aspirará su nariz el olor sulfuroso… todo esto eternamente. ¡Maldita historia!
Fuera de esto, Dios, como dijo él mismo en su crónica, la Biblia, especie de autobiografía, es excesivamente caprichoso y ávido de venganza; en fin, un déspota de primer orden.
Apenas Adán y Eva fueron creados, ya fue ya preciso gobernar la raza humana; por esta causa, Dios emitió un código con esta prohibición categórica:
"No comeréis del fruto del árbol de la ciencia".
Desde entonces no ha existido ningún tirano, coronado o sin corona, que no haya lanzado, a su vez, esta prohibición a la faz de los pueblos.
Pero Adán y Eva desobedecieron esta orden y Dios los expulsó del paraíso, condenando a ellos y a sus descendientes para siempre a los más rudos trabajos. Además los derechos de Eva le fueron suprimidos y ella fue declarada sirvienta de Adán, a quien debía prestar obediencia.
La severidad de Dios hacia los hombres no sirvió de nada; al contrario, cuanto más aumentaba más le desobedecían. Se puede uno formar idea de la fuerza de su propaganda cuando se lee la historia de Caín y de Abel, hasta que Caín mató a su hermano. Caín se fue a un país extranjero y tomó mujer. El buen Dios no nos dice ni de dónde venía ni dónde estaba ese país, ni las mujeres que contenía, lo cual no debe asombrarnos si tenemos en cuenta que puede haberlo olvidado cuando estaba sobrecargado de trabajos de toda especie, o se dedicaba a arrancar costillas para hacer mujeres.
En fin, cuando la medida estuvo llena, Dios resolvió el exterminio de todo el género humano por medio del agua.
Solamente escogió una familia para hacer un último ensayo, y debemos hacer constar que anduvo con poco tino en la elección, a pesar de toda su sabiduría, puesto que Noé, el jefe de los supervivientes, se mostró prontamente como un gran calavera, divirtiéndose con sus hijos. ¡Qué podía salir de tal padre de familia!
El género humano se esparció de nuevo y produjo muchos "pobres pecadores". El buen Dios habría hecho bien haciendo estallar su divina cólera al ver que todos sus castigos ejemplares, como la destrucción de ciudades enteras, Sodoma y Gomorra, por el azufre y el fuego, no servían de escarmiento.
Entonces él ya había resuelto exterminar a toda esta canalla, cuando un acontecimiento de los más extraordinarios le hizo variar de intento; sin esto la humanidad ya habría desaparecido.
Un día se apareció cierto "Espíritu Santo" a una joven desposada. El escritor de la Biblia, es decir, Dios, dice que el Espíritu Santo es él mismo. Por consiguiente, en este momento se nos presenta Dios bajo dos formas diversas. Este Espíritu Santo tomó la forma de un pichón y se presentó a una mujer conocida con el nombre de María. En un momento de dulce transporte de gozo, el pichón "cubrió con su sombra" a la mujer y he aquí que ella puso en el mundo un hijo, sin que todo eso fuera en menoscabo de su virginidad. Hay que advertir que esta mujer era ya casada.
Dios, desde entonces, se llamó Dios padre, cuidándose muy bien de hacernos saber que él no tuvo más que un hijo, no solamente bajo la forma del Espíritu Santo, sino también por la parte del hijo. ¡Sublime consideración! El padre es su propio hijo, del mismo modo que el hijo es a la vez su padre, y los dos a la vez son el Espíritu Santo. Con este soberbio galimatías se forma la Santísima Trinidad.
¡Y mientras tanto, pobre cerebro humano, tente quieto, puesto que por el acto de pensar te podrías ganar inmensas penas! Nosotros sabemos por la Biblia que Dios padre había resuelto exterminar a todo el género humano, lo cual causó inmensa pena al Dios hijo. Entonces el hijo (que, como ya sabemos, es uno mismo con su padre), tomó todas las culpas sobre sí (el hijo, como ya sabemos, con el padre son una misma cosa), y para aplacar la cólera de su padre se hizo crucificar por aquellos mismos a los cuales quería salvar del exterminio proyectado por las iras paternas.
Este sacrificio del hijo (que es a la vez su padre) fue tan del agrado del padre, que publicó una amnistía general, la cual está todavía en vigor en los tiempos que corren.
Trataremos también del dogma de las recompensas y del castigo del hombre en el "otro mundo".
Hace ya muchísimo tiempo que está probado científicamente que no hay otra vida que la del cuerpo, y que el alma -lo que los charlatanes religiosos denominan alma- no es otra cosa que el órgano del pensamiento, el cerebro, el cual recibe las impresiones por los órganos de los sentidos y que, por lo tanto, el movimiento del cerebro debe cesar necesariamente con la muerte corporal. Pero los enemigos jurados del progreso y de la libertad humana prescinden de los resultados de los experimentos científicos, los que penetran asaz lentamente en el pueblo.
Es de este modo como predican la vida eterna del alma. ¡Infeliz de ella en el otro mundo si el cuerpo que la aprisionaba no ha seguido puntualmente en esta vida las leyes de Dios! Además, estos buenos sacerdotes nos lo aseguran; Dios, tan bondadoso, tan justo, tan magnánimo, se ocupa de los más mínimos pecadillos de cada uno y los registra en sus libros de actos (aquí, lo que admiro es el trabajo de comprobación y de contabilidad). Al lado de esto, ved el lado cómico de sus exigencias:
Mientras exige que los recién nacidos sean remojados con agua fría (bautizados) en honor suyo, con evidente peligro de que un resfriado los lleve a la tumba; mientras aprueba con gran placer que numerosas ovejas creyentes le canten sus letanías y que los más fanáticos de su partido le canten sin interrupción piadosísimos himnos solicitándole toda suerte de cosas, desde la más sencilla a la más imposible; mientras se mezcla con los guerreros sanguinarios haciéndose inciensar y adorar como "Dios de las batallas", se pone furioso cuando un católico come carne un viernes de cuaresma o no va regularmente a confesarse, y se irrita igualmente cuando un protestante es irreverente con los huesos de los santos, o con las imágenes y otras reliquias de la virgen casada que concibió a su hijo; o por si algún fiel deja de hacer su peregrinación anual con el espinazo doblado, las manos juntas y los ojos entornados hacia el cielo. Si un hombre muere "en pecado", el buen Dios le inflige una pena horrenda, al lado de la cual los azotes, todos los tormentos de las prisiones y destierros, todas las penas sentidas por los condenados a presidio y todos los suplicios inventados por los tiranos aparecen como un agradable entretenimiento. Este buen Dios supera en crueldad bestial a todo lo que pueda concebirse de más malvado sobre la tierra. Su cárcel se denomina infierno, su verdugo es el demonio y sus castigos duran eternamente.
Pero, por ligeras faltas, y a condición de que el delincuente muera católicamente, le concede el perdón de sus pecados mediante una condena más o menos larga en el "purgatorio", que se distingue del infierno como en Rusia se diferencia la cárcel del presidio.
El que está en cuarentena en dicho purgatorio no es transportado sino después de una residencia relativamente corta, disfrutando de una disciplina no muy despótica. Los supuestos "pecados mortales" no son castigados en el purgatorio; lo son en el infierno. Entre estos últimos es preciso incluir los blasfemos de palabras, en pensamiento y en escrito. Dios no tolera no sólo la libertad de prensa y de expresión, sino que impide y prescribe los pensamientos e ideas en ciernes que pudieran disgustarle.
Vencidos los déspotas de todos los países y de todos los tiempos, superados dichos tiranos por escogimiento y duración del castigo, este Dios, pues, es el monstruo más horroroso que uno pueda llegar a figurarse. Su conducta es aún más infame si se tiene en cuenta que en el mundo entero, toda la humanidad, tiene reguladas sus acciones por su divina providencia.
En consecuencia, él castiga las acciones de los hombres, de los cuales es el único inspirador. Los tiranos de la tierra de todos los tiempos, tanto pasados como presentes, son buenos y amables comparados con este monstruo. Pero si place a este Dios que alguien viva en su gracia, entonces le castiga antes y después de su muerte, puesto que el paraíso prometido es todavía más infernal que el infierno. No se tiene allá ninguna necesidad, antes al contrario, todos los deseos son satisfechos antes que la necesidad sea sentida.
Mas, como no puede haber ninguna satisfacción sin que haya deseo de algo, seguido del cumplimiento de éste, el cielo ha de ser bien monótono e insípido. Se está en el cielo eternamente ocupado en contemplar a Dios; se oyen siempre las mismas melodías tocadas con las mismas arpas; allí se canta continuamente el mismo cántico, que de tanto repetirse ha de hacer el efecto monótono del Mambrú se fue a la guerra. En fin, es la sosería y fastidio llegados al grado máximo. La estancia en una celda aislada, a nuestro modo de ver, sería preferible.
Nada de extraño hay en que los ricos y los poderosos se procuren el paraíso en la tierra y, burlándose del cielo digan, como el poeta Heine: Nosotros dejamos el paraíso a los ángeles y a los payasos.
Y, sin embargo, son justamente los ricos y los poderosos los que dan mayor brillo a la religión. Seguramente ésta forma parte de su oficio. Al mismo tiempo es una cuestión de vida o muerte para la clase explotadora, la burguesía, que el pueblo sea embrutecido por la religión; su poder aumenta o decrece según aumenta o disminuye la locura religiosa.
Cuanto más partidario de la religión es el hombre, más creyente es. Cuanto más cree, menos sabe. Cuanto menos sabe, es más bestia, y cuanto más bestia, más fácilmente se deja gobernar.
Esta lógica fue conocida por los tiranos de todos los tiempos y por eso hicieron alianza con el cura. Algunas divergencias ha habido entre estos enemigos de la libertad del género humano por recabar cada uno para sí la mayor suma del despotismo, pero no ha sido esto obstáculo para que vivieran unidos para embrutecer, oprimir y explotar el linaje humano.
Los curas saben perfectamente que su dominio sobre las conciencias se acabaría el día en que no le prestasen ayuda los tiranos y los ricos. Y los ricos y los poderosos no ignoran que su imperio desaparecería el día en que los curas no embruteciesen moral e intelectualmente a las multitudes. Todos los curas indistintamente, no importa la secta a que pertenezcan, han sembrado con feliz éxito en el seno de las masas la idea de que este mundo es un valle de lágrimas, le han infiltrado al mismo tiempo la idea de respetar y someterse a la autoridad, con la expectativa de una vida más feliz en el otro mundo.
Wendhorst, el jesuita por excelencia, dio a entender muy claramente, en el calor del debate parlamentario, lo que los fulleros y los charlatanes representan a este respecto. "Cuando la fe disminuye en el pueblo -dice- éste se da cuenta de que no puede soportar su miseria y se subleva". Esta frase fue clara y terminante, y debería hacer reflexionar mucho a los trabajadores. Pero ¡qué esperanza! ¡Hay tantos estúpidos, gracias a la ignorancia y al fanatismo, que oyen las cosas sin llegarlas jamás a comprender!
No es en vano que los curas, es decir, los sayones negros del despotismo, se vean obligados a emplear todo su poder para oponerse a la decadencia religiosa aunque, como se sabe ya, se ríen entre ellos y sus amigos de las necesidades y tonterías que van a predicar en pago de la buena remuneración que cobran.
Durante el curso de los siglos, estos relajadores de la inteligencia han gobernado a las masas por el terror, puesto que sin éste, hace muchísimo tiempo que la locura religiosa habría desaparecido. Los calabozos y las cadenas, el veneno y el puñal, el sable y la fuerza, el látigo y el asesinato, puestos en uso en nombre de su Dios y de su justicia, han sido los medios empleados para el sostenimiento de esta locura, lo cual será un negro borrón para la historia de la humanidad. ¡Cuántos millares de individuos han sido quemados en las hogueras de la Inquisición "en nombre de Dios" por haber osado poner en duda el contenido de la Biblia! ¡Cuántos millones de hombres se vieron obligados durante las guerras a matarse entre ellos, a devastar comarcas enteras, dejando luego como rastro la miseria y la peste, después de haber robado e incendiado, para sostener la religión! Los suplicios más refinados fueron inventados por los curas y sus secuaces para mantener el temor de Dios en los que no tenían temor de ninguna clase.
Llamamos criminal al que intenta destruir a un semejante. ¿Cómo llamaremos, pues, a los que atrofian el cerebro de los demás y cuando no se dejan embrutecer los destruyen por el hierro y el fuego, y con la crueldad refinada con que lo hacía la Inquisición?
Es bien cierto que estos malvados no pueden hoy día entregarse a sus innobles instintos de destrucción como otras veces, pero hoy todavía abundan los procesos por blasfemia. En cambio, ellos saben, mientras tanto, introducirse dentro del seno de las familias y embaucar a las mujeres y a los niños, y acaparar y abusar de la enseñanza que se da en las escuelas. Su hipocresía va más en aumento que en disminución. Ellos se apoderaron de la prensa cuando se dieron cuenta de que les era imposible destruir la imprenta.
Hay un antiguo proverbio que dice: "Donde un cura pone el pie, tarda diez años en crecer la hierba", lo cual significa que cuando un hombre se halla bajo el dominio de un cura, su cerebro ha perdido la facultad de pensar, los engranajes de su inteligencia son inservibles y las arañas tejen espesas telas. Entonces el hombre parece un carnero que es presa del vértigo. Estos desgraciados han perdido lo más hermoso de la vida, y lo que es peor todavía, estos infelices son los que forman la masa de los contrarios a la ciencia y la luz, a la revolución y la libertad. Se les encuentra siempre a punto, a causa de su obtusa bestialidad, de ayudar a los que quieren forjar nuevas cadenas para la humanidad y trabajar con los que ponen obstáculos para el progreso cada vez más creciente de la especie humana.
Cuando alguien intenta curar estas enfermedades, no sólo realiza una hermosa obra consigo mismo, sino que contribuye a curar un horroroso cáncer que corroe las entrañas del pueblo, y que ha de ser total y radicalmente destruido si queremos que brille el día en que el hombre sea libre, en vez de ser juguete de los dioses y de los diablos, como ha venido sucediendo hasta el presente.
Por consiguiente, arranquemos de los cerebros las ideas religiosas, y abominemos de los curas. Estos dicen que "el fin justifica los medios". ¡Bien, muy bien! Nuestro deber es desenmascararlos y presentarlos tales como son.
Nuestro objeto es librar a la humanidad de toda clase de esclavitud, es emanciparla del yugo, de la servidumbre y de la tiranía política y económica, y para lograr todo esto se ha de sacudir antes el yugo tenebroso de las supersticiones y las creencias religiosas. Todos los medios que tengamos al alcance debemos emplearlos para conseguir este gran fin, reconocido como justo por todos los amigos de la humanidad, y debe ser puesto en práctica en las ocasiones propicias.
Todo hombre emancipado de la religión comete una falta en sus deberes cuando no hace siempre todo lo que puede para destruir la religión. Todo hombre libre de la "fe" que descuida combatir a los cuervos (curas) es un traidor a su partido.
Propaguemos contra los corruptores y alumbremos a las ovejas que les siguen. No desdeñemos arma de ninguna clase en su contra. Desde la burla más acerba hasta la discusión científica, y si estas armas no producen todo su efecto, empleemos argumentos más decisivos.
Que no se dejen pasar sin poner de manifiesto todas las alusiones a Dios y a la religión que se hagan en las asambleas, en donde sean discutidos los intereses del pueblo. Del mismo modo que el principio de autoridad y su sanción armada, el Estado, no puede encontrar gracia entre los partidarios de la revolución social -lo que está fuera de nuestro campo es naturalmente reaccionario- del mismo modo que la religión, o lo que la representa, no tiene ni puede tener lugar entre nosotros.
Téngase bien en cuenta que todos aquellos que quieren meter su charlatanería religiosa entre las opiniones de los trabajadores, por más que se presenten bajo el aspecto de la mayor respetabilidad y hombría de bien, son peligrosos personajes. Todos los que predican la religión, cualquiera que sea su forma, no pueden ser más que bobos o pícaros. Estas dos clases de individuos no sirven absolutamente para nada para el progreso de nuestras ideas. Éstas, para su realización, precisan de hombres sinceros y convencidos.
La política oportunista en este caso, es no sólo perjuicio, sino un crimen. Si los trabajadores permiten a un cura mezclarse en sus asuntos, no sólo se verán engañados, sino también traicionados y vendidos.
Mientras tanto es lógico que el pueblo dirija sus principales esfuerzos a combatir el capitalismo que le ex y al Estado que le subyuga por la fuerza, pero es necesario también que no se olvide de la Iglesia. Hace falta que la religión sea destruida sistemáticamente, si se quiere que el pueblo venga a razón, puesto que sin esto no podría jamás conquistar su libertad.
Vamos a proponer algunas cuestiones para los que siendo tontos, mejor dicho, embrutecidos por la religión, tengan ganas de corregirse. Por ejemplo:
Si Dios quiere que se le conozca, que se le tema y que se le crea ¿por qué no se presenta?
Si es tan bueno y justo como dicen los curas ¿qué razón hay para temerle?
Si él lo sabe todo ¿qué necesidad hay de molestarle con nuestras plegarias y con nuestros asuntos particulares?
Si Dios está en todas partes ¿para qué fin se levantan las iglesias?
Si Dios es justo ¿para qué pensar en castigar a los hombres que él mismo ha creado cargados de debilidades?
Si los hombres sólo hacen el bien por una gracia particular de Dios ¿qué razón hay para que éste les recompense?
Si es todopoderoso ¿cómo permite que se blasfeme?
Si él es inconcebible e imponderable ¿por qué permite que nos ocupemos de él?
Si el conocimiento de Dios es necesario ¿por qué razón es un misterio?
Y así podríamos seguir hasta llenar extensos volúmenes. La verdad es que ante tales cuestiones el creyente de buena fe se queda sin saber qué contestar, y el hombre que piensa debe demostrarle que no existe necesidad de la divinidad. Un Dios fuera de la naturaleza no es de ninguna utilidad cuando se conocen las leyes y las relaciones armónicas y variadas de la naturaleza. Y su valor moral no es menos nulo que el material.
No existe ningún país gobernado por cualquier soberano donde su manera de proceder no acarree el desorden y la confusión en el espíritu de sus vasallos. Ellos quieren ser conocidos, estimados, honrados, y el todo contribuye a embrollar las ideas que se pueden formar a su respecto. Los individuos sometidos a la dependencia y a las leyes de la divinidad no tienen, respecto al carácter y a las leyes de su soberano, otras ideas que las que les suministran los charlatanes religiosos, y éstos, a su vez, han de confesar que no se pueden formar ninguna idea clara de su amo, puesto que su voluntad es impenetrable; sus miradas e ideas son inaccesibles; sus lacayos no han llegado jamás a ponerse de acuerdo respecto a las leyes que debían dar de su parte, y ellos las anuncian de una manera diferente dentro de varias comarcas de cada país. Lo cual da por resultado inmediato que se peleen continuamente y se acusen de embusteros.
Los edictos y las leyes que sensatamente promulgan no son más que un puro embrollamiento; son juegos de palabras que no pueden llegar a ser comprendidas por los individuos que deben hacer de ellas su educación y su bandera. Las leyes de este tirano invisible necesitan ser aclaradas y sucede siempre que los mismos que las explican no logran jamás ponerse de acuerdo; todo lo que saben explicar de este tirano invisible es un caos de contradicciones, de manera que no dicen una palabra que no sea o bien una calumnia o bien una mentira.
Se le llama infinitamente bueno y mientras tanto no hay nadie que maldiga sus decretos.
Se le llama infinitamente sabio y sucede que su administración está organizada al revés de los que dicen la razón y el buen sentido. Se glorifica su justicia, y los actos que más se le glorifican sólo son feroces venganzas. Se asegura que lo ve todo, y sin embargo, todo está en el más espantoso desorden. ¿Y por qué, viéndolo todo, permite confusión tanta entre sus lacayos y tantas infamias como a diario cometen? Además, lo hace todo por sí mismo y así ocurre que los acontecimientos se suceden todos perfectamente al contrario de los planes que se le atribuyen, lo cual dice muy poco a favor de su omnisciencia (facultad de verlo y de saberlo todo; de "omnia", que quiere decir todo y "sciencia", conocimiento positivo), y más aún de su facultad de ver lo que sucederá mañana. Y, finalmente, no se deja ofender en vano y se ve obligado a sufrir, sin enojo, las ofensas que a cada cual le viene en gana dirigirle.
Se admira su saber y la protección de sus obras, y sin embargo, sus obras son imperfectas y de corta duración. Y crea, destruye y corrige sin llegar jamás a estar satisfecho de sus obras, no buscando en sus empresas más que su propia gloria, sin aguardar el objeto de ser alabado en todo y por todo. Él trabaja para el bienestar y la felicidad de los mortales, y a la mayor parte nos hace falta lo más necesario. Los que él parece favorecer son, precisamente, los más descontentos de su suerte, y se les ve a menudo sublevarse contra un amo del cual admiran la grandeza, alaban la sabiduría, honran la bondad, temen la justicia y cuyos mandamientos santifican sin cumplirlos jamás.
Este reino es el mundo; este soberano es Dios; sus lacayos son los curas; los hombres son sus esclavos. ¡Hermoso país! El Dios de los cristianos, especialmente, es un Dios que, como ya lo hemos visto, hace las promesas sólo por el gusto de no cumplirlas; envía las pestes y las enfermedades a los hombres para curarlos; un Dios que creó a los hombres a su imagen y que no quiere responsabilidad del mal que él mismo creó; que vio que todas sus obras eran buenas, y luego se dio cuenta de que no valían nada; que sabía de antemano que Adán y Eva comerían del fruto prohibido y no supo evitarlo, por lo cual castigó luego al género humano, un Dios débil que se deja engañar por el diablo, y tan cruel que ningún tirano de la tierra puede comparársele. Tal es el Dios de la mitología judaico-cristiana.
El que crea a los hombres perfectos sin advertir a los que no lo son; el que creó al diablo, sin conseguir dominarlo, es un pastelero, que la religión califica de extraordinariamente sabio; por ella es omnipotente y soberanamente justo, y castiga a millones de inocentes por las faltas de uno solo; que exterminó por medio del diluvio a toda la raza humana, excepción hecha de unos cuantos que constituyeron otra raza peor todavía que la destruida, y que creó el cielo para los tontos de capirote y un infierno para que allí ardieran los sabios que no creen en él.
Es el que se creó él mismo por medio del Espíritu Santo; que se envió como mediador entre él mismo y los otros, quien despreciado y burlado por sus enemigos, se dejó clavar en la cruz como un malhechor cualquiera en la cúspide de una montaña; que se dejó enterrar y resucitó después de muerto y que bajó a los infiernos, y luego subió al cielo, donde está sentado a la derecha de sí mismo para juzgar a los vivos y a los muertos cuando ya no haya más vivos… En fin, el que ha hecho todo esto no es más que un charlatán divino. Es un espantoso tirano cuya horrorosa historia debe ser escrita en letras de sangre, pues ella es la religión y es terror. Lejos, pues, de nosotros, esta horripilante mitología. Abominemos de este Dios de una fe sangrienta y terrorista, inventado por los curas, los cuales, sin su cinismo y ambición no hubieran alcanzado nadar en la abundancia, y no predicarían por más tiempo la humildad de los que han sabido esconder su orgullo con la máscara de la hipocresía. Lejos de nosotros esta cruel trinidad compuesta de padre asesino, de hijo concebido y dado a luz contra natura y de Espíritu Santo sensual que se dedica a hacer concebir hijos a mujeres casadas. Lejos de nosotros todos estos fantoches deshonrosos, en nombre de los cuales se quiere rebajar a la humanidad al nivel de miserables esclavos y que nos quieren mandar, en toda la potencia del embuste, de las penas de esta tierra a las inefables delicias del cielo. Lejos de nosotros todos aquellos que con su demencia religiosa son un estorbo para el bienestar y la libertad… Dios no es otra cosa que un fantasma inventado por el charlatanismo de unos cuantos malvados refinados, los cuales han torturado y tiranizado a la humanidad hasta el presente.
Afortunadamente, este fantasma va desapareciendo a medida que es examinado por la razón a la luz de la ciencia, y las masas desengañadas, después de haberse emancipado de tales aberraciones, arrojan indignadas a la faz de los curas, esta estrofa del poeta: Seas maldito Dios a quien hemos rogado durante el frío del invierno y los tormentos del hambre; pues en vano te hemos esperado largo tiempo y nos has escarnecido, engañado y manteado.
Esperamos que el pueblo no se dejará burlar y mantear más, y que pronto llegará el día en el que los santos y los crucifijos serán convertidos en astillas para encender el fuego en las cocinas, los cálices y joyas convertidos en utensilios de utilidad general, las iglesias convertidas en salones de conciertos, teatros y locales para asambleas, y en el caso de que no pudieran servir para este objeto, en graneros o cuadras para caballos. Y esto sucederá forzosamente cuando el pueblo esté ya cansado de soportar tanta maldad e infamia. Esta manera de proceder, sencilla y eficaz será, naturalmente, la que producirá la revolución social y acabará, a la par que con los curas y sus mentiras, con los príncipes y burócratas y sus privilegios, y con los burgueses y su inicua explotación.
El día en que el pueblo consiga barrer a Dios y a sus lacayos, a los gobiernos y a sus sayones y a los burgueses y a sus perros, ese día será libre y podrá ocupar el puesto que le corresponde en la sociedad y en la naturaleza.

Johann Most Subir


AGRESIÓN FASCISTA CONTRA
EL SECRETARIO GENERAL DE
LA FEDERACION LOCAL DE C.N.T. DE MADRID

El martes 31 de julio por la noche, el Secretario de la Federación Local de la CNT de Madrid recibió en el buzón de su casa una nota en la que le amenazaban de muerte diciendo "muerte al rojo...sabemos dónde trabajas, dónde vives, dónde encontrar a la puta de tu novia...vigila tus espaldas, toda nuestra fuerza caerá sobre ti...primer aviso y último", etc (todo ello escrito con alguna notable falta de ortografía). La única referencia que tenemos es la firma de esta nota: "patria o muerte" sobre el dibujo de una bandera de España. Hay que resaltar que las iniciales de nombre y apellidos del compañero estaban escritas a mano en la parte baja de la nota (JPF), y esto nos hace pensar que pueda tratarse de una ofensiva contra más personas, bien de este sindicato, bien de otros colectivos u organizaciones; el resto de la nota estaba escrita a ordenador y era el original, no una fotocopia.En la mañana del jueves 2 de agosto, hacia las 6:40 de la mañana, cuando el compañero se disponía a salir hacia el trabajo, dos personas le han agredido dentro del portal de su casa, de lo que se deduce que previo a esto ha sido vigilado y conocen sus movimientos rutinarios. Una de las personas le ha atacado por la espalda con un objeto contundente, golpeándole en la cabeza, causándole, además, contusiones en la espalda; la otra, que parecía estar esperando en la puerta del portal ha accedido al descansillo y le ha propinado varias patadas y puñetazos en las costillas, nuestro compañero ha intentado salir a la calle pero en ese momento le han tirado al suelo y al intentar agarrar a uno de ellos por los pies, le han pillado el antebrazo con la puerta del portal causándole heridas y una fuerte contusión.Parece ser que un ruido, provocado por un vecino, les ha asustado y rápidamente han huido gritando "te vamos a matar, mañana mataremos a tu novia". Lo único que el compañero ha podido identificar es que uno de los agresores vestía unos zapatos de cuero y unos pantalones de pinzas, el otro llevaba botas y pantalones vaqueros, porque enseguida le han tirado al suelo y se ha tenido que proteger la cabeza.Todos estos hechos han sido denunciados pero ni la policía ni el/la juez de guardia se han puesto en contacto con el compañero ni con este sindicato. De momento no se descarta ningún móvil pero todo apunta a ser el comienzo de una ofensiva, no sabemos si se trata de un grupo nazi o si todo está enmascarado para que lo parezca y venga este ataque de grupos especializados en la represión de los movimientos sociales anarquistas. Esperamos que todos los grupos o personas que sufran alguna agresión o amenaza se pongan en contacto con nosotras para tener más datos y, llegado el caso, establecer una estrategia conjunta.

¡NINGUNA AGRESIÓN SIN RESPUESTA!
¡NADIE NI NADA NOS VA A CALLAR!

C.N.T. de Madrid Subir


 

Cristología

La peste religiosa

 

La anarquía y la Iglesia

AGRESIÓN FASCISTA CONTRA
EL S. GENERAL DE LA FED. LOCAL DE C.N.T. DE MADRID