
SECCIONES
Los apologistas fueron los primeros que rompieron el fuego contra la filosofía
que había dado el ser a su religión. Todo conocimiento humano
les pareció hereje. Con el pretexto de salvar la pureza del cristianismo,
lo encerraron en los estrechos moldes de la fe. Hereje el paganismo por la
humanidad de sus dioses; herejes los judíos que negaban la venida del
Mesías; hereje el pensamiento que no acataba la unidad de la razón
y de la doctrina.
Puede sospecharse de los apologistas que concibieron el propósito de
hacer venir al Salvador al mundo, y que escribieron algunos de los escritos
que componen el Nuevo Testamento.
Aquí creemos oportuno recordar, aun a trueque de hacernos pesados,
la oposición científica que en el campo de la filosofía
ha encontrado la existencia de Jesucristo.
Como decimos en otra parte, el asunto por sí solo no tiene importancia;
pero la adquiere cuando se pretende hacer de la realidad de Jesús una
larga noche de penas para nuestra especie, y una pesada losa de plomo para
el pensamiento humano.
En este sentido, todo lo que se haga para llevar a las conciencias el convencimiento
de que la existencia de Cristo es una novela escrita por varios autores en
colaboración indirecta y recopilada por los magnates de la Iglesia
reunidos en el concilio de Nicea del año 325 de nuestra era, nos parece
poco y ha de parecerlo a todos los que aprecien la inmensa desgracia que para
la dicha humana representa el cristianismo.
Realmente, la índole de nuestra obra no permite reproducir lo mucho
que se ha publicado para demostrar que la muerte y pasión de Jesucristo
es una leyenda; pero pretendemos poner nuestro grano de arena en este empeño,
porque consideramos que si se pudiera convencer a los hombres de que el Nuevo
Testamento fue compaginado en Nicea, tomando por modelo los salvadores de
las religiones orientales, aprovechando la profecía hebrea y la pretensión
de los mesías de carne y hueso que antes y después de nuestra
era se presentaron en varios puntos del mundo, y principalmente en Judea y
en Egipto, se les haría mucho bien.
Teósofos, protestantes, evangelistas, espiritistas, lucistas, tolstoístas,
anarquistas, cristianos
en fin, todas las almas más o menos impregnadas
del espíritu de Cristo, llevan en sí la resignación,
el pesimismo y la tristeza de la doctrina cristiana, deprimente y amarga cual
ninguna. El hombre sinceramente cristiano, mejor aún, el temperamento
cristiano, porque el cristianismo entra en el campo de la antropología,
como todos los misticismos, aún el anárquico, con el mejor propósito
del mundo no puede ser feliz.
Al cristiano que le falte menos para ser dichoso, le faltará el concepto
espléndido, hermosamente espléndido, de la naturaleza, la concepción
del goce de vivir, sin el cual no es posible interpretar la vida y gozarla,
y le faltará también aquel cuerpo y aquel cerebro dispuestos
a todas las satisfacciones materiales y a todas las empresas intelectuales.
Los filósofos y hombres de ciencia que se han dado a la tarea de descubrir
el misterio que envuelve la conversión de Constantino y el citado concilio,
dicen a una que aquel emperador no abrazó a humo de pajas el cristianismo,
sino que lo hizo por su cuenta y razón, que veía muy comprometido
su cetro y mermado su imperio, y que para fortalecer uno y otro, buscó
el apoyo del partido cristiano, apoyo que le fue prestado con la condición
de que la espada de Constantino se pusiese de parte de Cristo y en contra
de los adversarios del cristianismo, el cual entonces andaba de capa caída
y no estaba más seguro que el cetro del emperador de Constantinopla.
Así se formó una coalición entre los teólogos
cristianos y el fundador del Imperio de Oriente, celebróse el concilio
de Nicea, acordándose quemar todas las apologías, novelas, paradojas
y leyendas antiguas y modernas que se refirieran al cristianiasmo y que no
se compaginasen bien con el criterio de los reunidos, formando con los cuentos
y pasajes que se estimaron ortodoxos, corregidos y arreglados por el concilio,
el Nuevo Testamento.
Constantino se comprometió a defender a sangre y fuego la nueva obra
que tuvo por editores a los obispos y prelados, quienes prometieron a su vez
mantener en su nuevo trono al emperador.
Este es el compendio de la obra escrita por los pensadores y sabios citados
y que nosotros sintetizamos por lo que pudiera influir en el ánimo
del lector.
Publicado parte de este capítulo, llega a nuestras manos la última
obra de Pompeyo Gener titulada Inducciones, en la cual hay un trabajo que
trata del origen del cristianismo desde un punto de vista diferente del que
se acaba de leer. Como el artículo en cuestión es una síntesis
de los escritos sobre materia tan delicada, y como viene a ayudar a nuestros
propósitos y a fortalecer nuestra idea, incluimos en La evolución
de la filosofía en España el escrito del pensador catalán,
al objeto de llevar al cerebro de nuestros lectores todos aquellos datos y
hechos que puedan descristianizarlo.
Dice así Pompeyo Gener:
"La historia de los orígenes de la religión cristiana ha
ocupado a gran número de pensadores, como Strauss, Renan, Havet, Ganeval,
Reuss, Clermont-Ganneau, Soury, etc. Toda la escuela de Tubinga le ha dedicado
sus estudios. Los primeros orientalistas modernos conságranse a ello.
Vamos a intentar resumir la evolución que la idea de Cristo ha sufrido
a través de la conciencia de los cristianos, según los documentos
que nos quedan de cada época, hoy sabiamente recogidos, seriados, traducidos,
interpretados y comparados por los antedichos autores".
Según las últimas investigaciones de Ganeval, Havet y otros,
el cristianismo sería anterior a la época en que se fija el
nacimiento de Jesucristo; y en lugar de ser judaico resultaría de origen
greco-egipcio.
Platón había dado la teoría del logos (la inteligencia),
emanación de la divinidad en el Hombre. Los alejandrinos habían
formulado la teoría del Dios bien, el ágathos. A lo que parece,
los griegos, durante el reinado de Ptolomeo Philadelfo, quisieron transformar
la religión de Osiris, llegada ya a la concepción de Serapis,
el dios solar, bajo el aspecto de hijo, en religión universalista,
para tener una creencia oficial del Imperio que sometiera a todos los pueblos
a su gobierno, especialmente los asiáticos y africanos, que no podían
prescindir de los mitos. Identificaron, pues, el dios hijo que baja a la tierra
con la emanación del dios ágathos: el logos; y le llamaron los
helenos el xrestos, es decir, el bueno; y los judíos helenizantes,
luego, con Filón, el verbo. Ambos grupos, partidarios de tal teoría,
según resulta, fueron los primitivos cristianos. Sábese de ellos
que, apoyados por el elemento oficial del imperio griego de los Ptolomeos,
partieron en diversas direcciones desde Alejandría a predicar la buena
nueva, o sea el Evangelio. Éste, el primitivo, no es ninguno de los
cuatro que la Iglesia admite y enseña, sino uno titulado Protoplasta,
del cual sólo se conservan trozos citados por Focio.
El Cristo, en esta primitiva época, es impersonal; es la pura emanación
de la divinidad en este mundo; luz y vida, que da la inteligencia y produce
la generación. Como mito, para el vulgo, era el dios solar que baja
a la tierra, vivifica la naturaleza durante la mitad del año en que
el día crece, y muere con ella cuando en la otra mitad decrece; que
baja a los infiernos, a los lugares subterráneos, cuando el sol se
pone y resucita cuando se levanta radiante en el espacio, como los muertos
que bajan al profundo, y, según se supone, resucitan con él.
La impersonalidad del Cristo y su esencia filosófica eran enseñadas
en unos misterios análogos a los de Eleusis y a los de Isis. En este
conocimiento de la divinidad, que se comunicaba sólo a los iniciados,
estribaba la Gnosis. Y cada cual escribía su Evangelio según
comprendía el Cristo.
Lo que se enseñaba en tales misterios al triunfar los judeo-cristianos,
apoyados por el emperador Constantino en Nicea, fue destruido. Se escogieron
los cuatro Evangelios que más analogía tuvieran entre sí
y que más coincidieran con la personalidad real del Cristo. Se eliminaron
de ellos los resabios de la Gnosis. Se sustituyó el nombre de Iesus
por la palabra Xrestos. Y se quemaron todos los demás evangeliso divergentes,
que eran muchos. Así desapareció este cristianismo primitivo;
pero, a pesar de esto, encuéntrase aún en mil escritos de los
primeros cristianos. Las destrucciones, mutilaciones e interpolaciones de
los católicos no han privado a la crítica exegética moderna
el que haya podido reconstruirlos. Los vestigios hállanse hasta en
los documentos ortodoxos. El mismo evangelio de San Juan, tal como está
hoy, no es más que la relación de un drama ontológico,
escrita por un alejandrino del siglo II, partidario de la impersonalidad del
Cristo.
Según resulta de los textos de los que después santificó
la Iglesia lo mismo que de los que declaró heresiarcas, hasta cerca
del siglo IV, el Cristo no tuvo personalidad real. San Pablo dice que el Cristo
viene formado por la reunión de todos los cristianos: así, "todos
somos miembros del Cristo". Según San Clemente, "el verbo
no se ha encarnado, sólo ha aparecido", y lo llama "el que
preside la generación". Para Orígenes "no es ni masculino
ni femenino", y "su alma es la misma que la de Adán",
es decir, él es el que produjo y continúa produciendo el género
humano, Xresto impulsore. Ideas análogas tienen de él San Panteno,
San Teognoste, San Eulogio, San Metodio y aún San Ireneo. Para todos
es el logos, el verbo de Dios, no distinto de él, que en el mundo es
sabiduría, razón y vida, que produce la generación de
todos los seres y todas las relatividades terrestres que no pueden producir
el dios único, el Agathos, por ser uno, inmutable e impasible. Éste
no puede nunca descender a la fenomenalidad sin encarnarse y al encarnarse
viene a ser el hijo que produce la fuerza reproductriz y la fuerza comprensiva,
y que se llama Xrestos, el bueno.
Pero, en esto, una idea de los neoplatónicos coincide con otra idea
de los judeo-cristianos: el alma del mundo, el espíritu motor del Universo
de los alejandrinos, viene a identificarse con el Espíritu Santo de
los Beni-Israel.
El Espíritu Santo no es más que el desdoble de la diosa que
antiguamente formaba la sagrada pareja con Jehová, o sea, su hipóstasis
femenina. Esta diosa, representada con alas, símbolo de la vida del
espíritu, como la Astarté fenicia o la Baalat babilónica,
desdoblóse en mujer que baja a la tierra y personifica a la naturaleza
pasiva, la tierra fecundada, el mar, en fin, la Venus maría, y su espíritu,
que se queda en el cielo y toma la forma alada de la blanca paloma de Judea,
símbolo sacro del espíritu puro.
Pues bien: díjose que este espíritu divino, llamado Espíritu
Santo, fue la emanacion que había bajado a producir el hijo de Dios
sobre la tierra, encarnándose en su desdoble personal, María.
Sostuvieron algunos que sólo había bajado para animar y vivificar
al mundo, de una manera impersonal; mientras que otros afirmaron que había
descendido sobre la cabeza de un hombre predilecto al ser purificado por las
aguas de un río sagrado. De las tres opiniones quedan resabios en los
evangelios de la Iglesia. El Espíritu Santo engendra al Cristo; produce
luz, vida e inteligencia en el mundo; y baja sobre Jesús en el momento
del bautismo.
Y aquí aparece ya el hombre Jesús, el cual no es el Cristo en
este primer período, sino uno de los que encarnan al Cristo, o sea,
la encarnación divina. Para los judeo-cristianos de ciertas sectas,
Jesús era hijo de un carpintero de Nazareth; para los elkesaítas
un viejo leproso descendiente de Enoch. Los ebionitas le suponían hijo
natural de una perfumista samaritana y de un legionario romano. Pero todo
esto hállase sólo en documentos de tercera mano, es decir, en
refutaciones posteriores de supuestas teorías heterodoxas. ¿Existió
Jesús? ¿Qué fue?
Canneval, de Ginebra, opina que no existió; Havet, lo duda; Renan lo
afirma. Según Strauss, fue un reformador; según Jules Soury,
un enfermo de megalomanía que si no lo crucifican hubiera muerto gracias
a la degeneración grasienta de su cerebro. Escritos de Jesús
no quedan, pues no escribió. Los romanos no lo mencionan. El pasaje
en el que de él habla Flavio Josefo fue interpolado posteriormente.
Los evangelios judaicos son Secundum Mateum o Secundum Joannem, es decir,
según dice uno que dice que
El mismo San Pablo no lo conoció
y habla de él por referencias.
Su personalidad es muy vaga, o mejor, muy contradictoria. En cada uno de los
cuatro evangelios ortodoxos la tiene diferente. En uno es puramente un ser
ontológico. En otro es un taumaturgo que resucita muertos y echa diablos.
En otro es un socialista que incita a las turbas a que atenten contra la propiedad.
Y en otro es un predicador místico que va recogiendo almas para un
mundo mejor.
En general, su leyenda es la de todos los mitos solares antropomórficos.
Ser real o ideal, la procedencia de Jesús es judaica, así como
la de Cristo es helénica.
Los judíos partidarios del Cristo, es decir, de la emanación
de la divinidad sobre la tierra, empezaron a propalar que Jesús era
el que había obtenido la mayor parte de ella, la mayor suma de Verbo
posible. Pronto los más exclusivistas sostuvieron que la había
contenido toda, y, por tanto, que el Verbo sólo en Jesús se
había encarnado por entero, viniendo a ser dicho Jesús el único
Cristo. Sobre la época de la encarnación difirieron también.
Según unos, el Espíritu Santo se había encarnado en él
sólo en el momento del bautismo. Según otros, en el momento
de la generación, siendo consustancial con el Padre, es decir, siendo
el propio Verbo que había tomado forma carnal, que se había
vuelto espeso y tangible al caer sobre la tierra en el seno de un cuerpo femenino
predilecto.
Paralelamente a los judeo-cristianos, los gnósticos sostenían
que la emanación Xrestos no era la única de la divinidad; que
ésta había tenido varias, y que el Cristo era una de las más
imperfectas. Los docetistas añadían que, al bajar al mundo,
su personalidad sólo fue una apariencia. "El Cristo es un divino
fantasma -decían- que pasó por la tierra y que sufrió
pasión y muerte tan sólo de una manera aparente". Aun hoy
los musulmanes conservan dicha teoría como dogma.
Según Manés, era la emanación buena del Dios impasible,
frente a frente de Satán, desprendido también de éste
y soberano señor de la materia.
Pero los judeo-cristianos, y de entre estos los que pretendían que
el único Cristo era su Jesús, fueron haciendo prosélitos
entre la plebe romana. Mitra, Orus, Atis, Adonis, Orfeo y otras personificaciones
del nuevo Sol vivificando la tierra bajo forma humana, prepararon la conciencia
de las turbas, que querían un dios hombre. Así en Nicea, ayudados
por un emperador, triunfaron frente a sus contrarios, aniquilando por el fuego
todo lo que disentía de su creencia. Luego los filósofos fueron
pasados a cuchillo; el Serapeo fue destruido; la biblioteca de Alejandría,
quemada; los libros de los Padres griegos, expurgados; los paulicianos, asesinados;
los eunonianos, deportados; los gnósticos, degollados o estrangulados.
Los mismos San Crisóstomo y San Atanasio fueron objeto de persecuciones.
El catolicismo nació ya persiguiendo.
Vino luego otra confusión. Xrestos quería decir el bueno; pero
los cristianos de la plebe, en los siglos bajos del Imperio, tradujeron Xrestos
por Kristos, es decir, el crucificado; y de ahí el que los judeo-cristianos,
ignorantes, inventaran la historia de una crucifixión (suplicio romano)
para explicar la muerte del dios hijo, que venía en el mito solar.
Como los romanos paganos habían sido sus enemigos, les atribuyeron
la responsabilidad de toda clase de desastres, y en especial la de la muerte
de Jesús, el único Cristo que ellos decían que había
existido.
Los cristianos primitivos, para simbolizar la fuerza solar, el fuego divino
bajado a la tierra, que era lo que personificaba el bueno, Xrestos, habían
empleado, como todos los pueblos de la alta antigüedad, la cruz. La emplearon
los hombres de las épocas prehistóricas, maravillados de que
con dos maderas cruzadas, frotando la una contra la otra, saliese el fuego
y la llama. Creyeron ellos que esto era un milagro hijo de la forma en cruz,
que representaba la divinidad en su forma más simplemente esquemática
de los rayos solares, y la adoraron sirviéndoles como símbolo
del fuego vital, de la luz de la divinidad haciéndose visible sobre
la tierra.
Adoraron este símbolo los hombres de la Edad de Bronce, y tras de éstos
los arios y sus derivaciones: indos, persas, celtas o galos etruscos, helenos;
los sirios, fenicios, caldeos, egipcios; y los chinos; y aún se encuentran
vestigios de esta adoración hoy entre los pueblos salvajes1.
Este signo misterioso, pues, ya venerado entre todos los pueblos como imagen
de la emanación solar sobre la tierra, fue uno de los símbolos
cristianos más extendidos en el imperio de Roma, pero se consideró
sólo como un símbolo de significación emblemática,
sirviendo para decorar la imagen zoomórfica o antropomórfica
del dios hijo del Xrestos, sin que a nadie se le ocurriera el que pudiese
significar un instrumento de suplicio, que la leyenda no había inventado
aún.
Aquí hay que notar que crux, en latín, no significaba cruz,
sino horca, y que por crucificar los romanos entendían ahorcar, o poner
atados a los condenados en postes que terminaban con un travesaño en
forma de T. Crurefaccio indicaba la horrible función de ir los legionarios
a hacer crujir los huesos de los condenados a martillazos para rematarlos
al tercer día, cuando estaban condenados a muerte.
Al inventarse la leyenda de la crucifixión del dios hijo, para nada
se quiso hacer alusión al que se le clavara en un instrumento de forma
de cruz, o sea, tal como el emblema solar. Se quiso decir que se le había
hecho morir amarrado a un poste, y esto es todo. El Xrestos volvióse
Kristos, el bueno fue traducido por "el crucificado", o sea, el
ajusticiado, el muerto en el poste, y nada más. Precisamente en los
primeros siglos la imagen del Cristo se representa con la cruz del fuego,
ya sea en la cabeza como nimbo crucífero, símbolo solar por
excelencia, ya sea sosteniéndola con la mano, ya sea como un cordero
(y esta es la forma más primitiva) con esta cruz, signo de los rayos
de Sol (agní) o como tradujeron, Agnus Dei qui tollis peccata mundi,
lo cual quiere decir: "Fuego divino, fuerza divina, que quitas o soportas
los pecados del mundo".
En los tres evangelios de Lucas, Marcos y Mateo, nada se habla de clavos ni
de llevar la cruz a cuestas, y mucho menos en los anteriores, que fueron declarados
apócrifos en Nicea. Sólo en el evangelio de San Juan, que evidentemente
es el posterior y el más alterado e interpolado, aparece la leyenda
de la crucifixión con clavos, y la cruz llevada por el propio Cristo,
siendo así que los condenados eran colgados o atados en postes fijos,
árboles u horcas.
Ni en las catacumbas romanas, ni en ninguna sepultura, ni en otra parte en
los siglos primeros del cristianismo aparece la cruz como instrumento de muerte,
y el Cristo fijado a ella. La cruz, al contrario, como hemos dicho, significa
sólo vida eterna. Al Cristo crucificado no lo encontramos en documento
alguno hasta mediados del siglo VIII.
En todo el siglo VIII, y a partir del VI, la cruz acostumbra a hallarse sólo
detrás de la cabeza como rayos solares, o como nimbo crucífero,
es decir, desde el momento en que Jesús fue declarado el Xrestos, o
sea, la emanación divina. Antes su cabeza no está así
ornada, ni tiene forma antropomórfica. En el siglo VIII se le fija
en la cruz con los brazos abiertos, pero con la túnica larga. En el
siglo X, ésta es sólo una falda que le cubre de cintura a rodillas.
En los siglos XI y XII empieza a demacrarse, a tener cardenales, a vérsele
las costillas, y aparece la herida bajo la tetilla izquierda. Luego se le
ponen greñas, barba larga, corona de espinas, etc.; pero aún
sus brazos siguen la lineación de la cruz. Sólo en los siglos
XIII y XIV aparece como cayéndose, con los brazos clavados, de los
que pende el cuerpo, y las manos desgarradas, chorreando sangre.
Aquí, y a propósito de la fijación del Cristo en la cruz,
trasladaremos una opinión de un sabio exégeta, y es la siguiente:
Puede ser que en el evangelio de San Juan (que, como está probado,
fue compuesto con un relato alejandrino, neoplatónico o gnóstico)
hubiese influido lo del suplicio de Prometeo, y más que éste,
el de Baal, cuya leyenda de la crucifixión era popular en Numidia,
tal como lo demuestra una piedra votiva númida, en que el dios fenicio
está muerto de pie con los brazos extendidos, como los Cristos modernos.
De todo lo expuesto se induce que la leyenda de Jesucristo, tal como se ha
venido venerando desde la Edad Media, es hija de haber confundido:
1º El bueno, con el crucificado y el ungido, por un error de traducción
de los judeo-cristianos.
2º De haber tomado la crux, poste u horca, como cruz símbolo del
sol bajado a la tierra, y haber dado al instrumento de suplicio esta forma.
Esto es lo que resulta de los concienzudos trabajos exegéticos de los
primeros sabios que se han ocupado del asunto. Así, es indudable ya
que el cristianismo primitivo no fue más que la última de las
religiones solares, en que el hijo bajó a la tierra a dar nueva vida
a los mortales, derivando especialmente, según todas las probabilidades,
de la última evolución del culto de Serapis en Alejandría.
Creemos que nuestros lectores habrán comprendido la importancia histórica,
filosófica y científica de lo que acaban de leer y el móvil
que persiguieron los autores del Nuevo Testamento.
Sin duda alguna que el espíritu humano necesita un Calvario que le
conmueva para interesarse en favor de una doctrina, y es muy probable que
esta idea fuera una de las principales que hicieran escribir el Nuevo Testamento.
En nuestros días tenemos el ejemplo de Montjuich. El relato de lo que
sufrieron los anarquistas encerrados en aquella fortaleza ha conmovido muchos
corazones y abierto no pocas inteligencias a las doctrinas ácratas.
¡Cuántos filósofos antiguos abrazaron el cristianismo
conmovidos por el sufrimiento y la serenidad de los cristianos! Además,
el pueblo se interesa siempre por las víctimas de cualquier clase y
condición que sean, y esta cualidad, que es general en nuestra especie,
le ha salvado de muchos naufragios morales y le ha conducido al puerto de
la justicia.
Medítese lo siguiente:
Si de lo que en conjunto sufrieron los martirizados en Monjuich, un gran poeta
anarquista escribiera la muerte y pasión de un mártir, joven,
bello y desgraciado, dentro de pocas generaciones tendríamos un Anárquico
y un anarquismo, como se tuvo un Cristo y un cristianismo. Claro que la prueba
no puede hacerse porque lo impide la índole misma de la doctrina que
pretenderíamos abonar con el martirologio y con el arte, porque es
contraria al santonismo y a la idolatría; pero lo que pretendemos demostrar
es la identidad de causas psíquicas y de fenómenos sociales
que concurren en ambos hechos.
1.- Ramsey ha hecho notar la existencia de cruces gamadas en
el vestido de un personaje de un bajorrelieve de Lyconvesia. Un barro cocido,
en el que hay una mujer grabada, totalmente desnuda, llevando encima de las
partes genitales un triángulo, cuyo vértice agudo mira hacia
abajo, en el centro del cual hay una cruz gamada, como signo de generación
y vida, fue descubierto en un túmulo de Tracia, y se conserva en el
Museo de Historia Natural de Viena.
En el Museo Guimet, en París, puede verse un Buda chino que lleva en
el pecho una cruz esvástica, cuyo centro y extremos tienen pequeños
discos. Era el signo místico del emperador Fou Hi, 2.953 años
antes de la era cristiana. Algunos primitivos budistas llevaban en la mano
un palo terminando en una cruz, tal como ciertos báculos de abades
y abadesas de la Edad Media.
En Egipto, todo el mundo que ha estudiado los jeroglíficos ha visto
en casi todas las inscripciones la cruz con el aspa, símbolo de la
generación. En Asiria y en Persia hállase la cruz en los trajes
de los grandes sacerdotes, en la forma que más tarde se llamó
cruz griega. Es una especie de broche que sirve para sujetar el manto a la
cintura. Véanse las imágenes de Samsi-Bin y de Samsi-Voul, 835
años antes de la era cristiana. Samsi-Voul la llevaba al cuello pendiente
de una cinta, tal como ciertas grandes condecoraciones modernas. La Astarté
fenicia es a veces representada con una cruz en lo alto de un bastón,
como la de las abadesas de la Edad Media.
En México las cruces aparecen grabadas en el templo de Palenque y en
el monumento de Cuzco, centro del culto al Sol.
En 1518, el capitán Grijalva, al desembarcar en la costa del Yucatán,
quedóse sorprendido de ver el signo de la cruz como emblema divino
de los más antiguos templos indigenas.
Los indios wolpi llevaban en sus danzas sagradas un disco, en un palo, que
tenía pintado en el centro otro disco radiante dentro del cual había
una cruz. Un dios galo, análogo del Júpiter latino, lleva una
cota con cuatro cruces sobre el cuerpo. En varias monedas galas se encuentran
cruces, tales como las de la Edad Media en las monedas de los reyes (véase
la de Choisy-le-Roy). La cruz de uno de los siete jefes de Tebas era de aspas
iguales, con el disco solar detrás, como muchas cruces cristianas.
Los cinturones de Baco estaban adornados con cruces.
Un monumento a Mercurio y una estela de Tesalia, antes de J.C., afectan a
la forma de una gradería encima de la cual hay una cruz alta, como
en los cementerios modernos.
La galera pretoriana de Marco Antonio (30 años antes de J.C.) llevaba
como insignia una cruz con una banderola, igual a la que llevan hoy los niños
disfrazados de San Juan que acuden a la procesión del Corpus (véase
la célebre medalla de Marco Antonio). También se encuentra en
pinturas murales de Pompeya y de Herculano, puesta sobre la cabeza de Cupido
como símbolo del fuego del amor.
La conducta del anarquista hacia el hombre de iglesia se halla trazada de
antemano en tanto que curas, frailes y toda clase de detentadores de un supuesto
poder divino se hallen constituidos en liga de dominación, ha de combatirlos
sin descanso, con toda la energía de su voluntad y con todos los recursos
de su inteligencia y de su fuerza. Esa lucha no ha de impedir que se guarde
el respeto personal y la simpatía humana a cada individuo, cristiano,
budista, fetichista, etcétera, en cuanto cese su poder de ataque y
dominio. Comencemos por libertarnos y trabajemos después por la libertad
del adversario.
Lo que ha de temerse de la Iglesia y de todas las Iglesias nos lo enseña
claramente la historia, y sobre este punto no hay excusa: Toda equivocación
o interpretación desnaturalizada es inaceptable; es más, es
imposible. Somos odiados, execrados, malditos; se nos condena a los suplicios
del infierno, lo que para nosotros carece de sentido, y lo que es positivamente
peor, se nos señala a la venganza de las leyes temporales, a la venganza
especial de los carceleros y de los verdugos y aún a la originalidad
de los atormentadores que el Santo Oficio, vivo aún, sostiene en los
calabozos. El lenguaje oficial de los papas, fulminado en sus recientes bulas,
dirige expresamente la campaña contra los "innovadores insensatos
y diabólicos, los orgullosos discípulos de una supuesta ciencia,
las gentes delirantes que proclaman la libertad de conciencia, los depreciadores
de todas las cosas sagradas, los odiosos corruptores de la juventud, los obreros
del crimen y de la iniquidad". Anatemas y maldiciones dirigidas preferentemente
a los revolucionarios que se denominan libertarios o anarquistas.
Perfectamente; es lógico que los que se dicen y se consideran consagrados
al dominio absoluto del género humano, imaginándose poseedores
de las llaves del cielo y del infierno, concentren toda la fuerza de su odio
contra los réprobos que niegan sus derechos al poder y condenan todas
las manifestaciones de ese poder. "¡Exterminad! ¡Exterminad!"
tal es la divisa de la Iglesia, como en los tiempos de Santo Domingo y de
Inocencio III.
A la intransigencia católica oponemos igual intransigencia, pero como
hombres, y como hombres inspirados en la ciencia, no como taumaturgos y verdugos.
Rechazamos por completo la doctrina católica, lo mismo que la de todas
las religiones afines; combatimos sus instituciones y sus obras, trabajamos
para desvanecer los efectos de todos sus actos. Pero esto sin odio a sus personas,
porque no ignoramos que todos los hombres se determinan por el medio en que
sus madres y la sociedad los han colocado; sabemos que otra educación
y circunstancias menos favorables hubieran podido embrutecernos también,
y lo que sobre todo nos proponemos es desarrollar para ellos, si aún
es tiempo, y para las generaciones venideras, otras condiciones nuevas que
curen a los hombres de la "locura de la cruz" y demás alucinaciones
religiosas.
Lejos de nosotros la idea de vengarnos cuando llegue el día en que
seamos los más fuertes: los cadalsos y las hogueras serían insuficientes
para vengar el número infinito de víctimas que las Iglesias,
y la cristiana muy especialmente, han sacrificado en nombre de sus dioses
respectivos durante la serie de siglos de su ominosa dominación. Además,
la venganza no se cuenta entre nuestros principios, porque el odio llama al
odio y nosotros nos sentimos animados del más vivo deseo de entrar
en una nueva era de paz social. El firme propósito que nos guía
no consiste en emplear "las tripas del último sacerdote para ahorcar
al último rey", sino en hacer de modo que no nazcan reyes ni curas
en la purificada atmósfera de nuestra nueva sociedad.
Lógicamente, nuestra obra revolucionaria contra la Iglesia comienza
por ser destructora antes de que pueda ser constructiva, a pesar de que las
dos fases de la acción sean independientes entre sí, aunque
bajo diversos aspectos, según los diferentes medios. Sabemos, además,
que la fuerza es inaplicable para destruir las creencias sinceras, las cándidas
e ingenuas ilusiones, y por lo mismo no tratamos de penetrar en las conciencias
para arrancar de ellas las perturbaciones y los sueños fantásticos,
pero podemos trabajar con todas nuestras energías para separar del
funcionamiento social todo lo que no concuerde con las verdades científicas
reconocidas; podemos combatir incesantemente el error de todos los que pretenden
haber encontrado fuera de la humanidad y del mundo un punto de apoyo divino
que permite a ciertas castas de parásitos erigirse en intermediarios
místicos entre el creador ficticio y sus supuestas criaturas.
Puesto que el temor y el espanto fueron en todo tiempo los móviles
que subyugaron a los hombres, como reyes, sacerdotes, magos y pedagogos lo
han reconocido y repetido bajo diferentes formas, combatamos sin cesar ese
vano terror de los dioses y sus intérpretes por el estudio y la serena
y clara exposición de las cosas. Persigamos todas las mentiras que
los beneficiarios de la antigua necedad teológica han esparcido en
la enseñanza, en los libros y en las artes, y no descuidemos la oposición
al vil pago de los impuestos directos e indirectos que el clero nos extrae;
impidamos la construcción de templos chicos y grandes, de cruces, de
estatuas votivas y otras fealdades que deshonran y envilecen poblaciones y
campiñas; agotemos el manantial de esos millones que de todas partes
afluyen al gran mendigo de Roma y hacia los innumerables submendigos de sus
congregaciones y, finalmente, mediante la propaganda diaria, arrebatemos a
los curas los niños que se les da a bautizar, los adolescentes de ambos
sexos que se confirman en la fe por la ingestión de una hostia, los
adultos que se someten a la ceremonia matrimonial, los desgraciados a quienes
inician en el vicio por la confesión, los moribundos a quienes aterrorizan
en el último momento de la vida. Descristianicémonos y descristianicemos
al pueblo.
Pero, se nos objeta, las escuelas en Francia, hasta las que se denominan laicas,
cristianizan la infancia, es decir, toda la generación futura, ¿cómo
cerraremos esas escuelas, puesto que nos encontramos ante padres de familia
que reivindican la "libertad" de la educación escogida por
ellos? ¡He aquí que a nosotros, que hablamos siempre de "libertad"
y que no comprendemos al individuo digno de ese nombre sino en la plenitud
de su fiera independencia, se nos opone también la "libertad"!
Si la palabra respondiese a una idea justa, deberíamos bajar la cabeza
respetuosamente para ser consecuentes y fieles a nuestros principios; pero
esa libertad del padre de familia es el rapto, la sencilla apropiación
del hijo, que es dueño de sí mismo, y que se entrega a la Iglesia
y al Estado para que le deformen a su antojo. Esa libertad es semejante a
la del burgués industrial que dispone, mediante el jornal, de cientos
de "brazos" y los emplea como le conviene en trabajos pesados y
embrutecedores; una libertad como la del general que hace maniobrar a su antojo
las "unidades tácticas" de "bayonetas" o de "sables".
El padre, heredero convencido del pater familias romano, dispone por igual
de hijos o hijas para matarlos moralmente o, lo que es peor, para envilecerlos.
De estos dos individuos, el padre y el hijo, virtualmente iguales a nuestros
ojos, el más débil tiene derecho preferente a nuestro apoyo
y defensa, y nuestra decidida solidaridad contra todos los que le dañan,
aunque entre ellos se cuenten el padre y hasta la madre que le llevó
en su seno.
Si, como sucede en Francia, por una ley especial impuesta por la opinión
pública, el Estado niega al padre de familia el derecho a condenar
a su hijo a la perpetua ignorancia, los que estamos de corazón con
la generación nueva, sin leyes, por la liga de nuestras voluntades,
haremos todo lo posible para protegerle contra la mala educación.
Que el niño sea regañado, pegado y atormentado de varias maneras
por sus padres; que sea tratado con mimo y envenenado con golosinas y mentiras;
que sea catequizado por hermanucos de la doctrina cristiana, o que aprenda
en casa de jesuitas una historia pérfida y una falsa moral, compuesta
de bajeza y crueldad, el crimen es lo mismo y nos proponemos combatirlo con
la misma energía y constancia, solidarios siempre del ser sistemáticamente
perjudicado.
No hay duda de que en tanto que subsiste la familia bajo su forma monárquica,
modelo de los Estados que nos gobiernan, el ejercicio de nuestra firme voluntad
de intervención hacia el niño contra los padres y los curas
será de cumplimiento difícil, pero por eso mismo deben dirigirse
en ese sentido nuestros esfuerzos, porque no hay término medio: se
ha de ser defensor de la justicia o cómplice de la iniquidad.
En este punto se plantea también, como en todos los demás aspectos
de la cuestión social, el gran problema que se discute entre Tolstoi
y otros anarquistas acerca de la resistencia o no resistencia al mal. Por
nuestra parte opinamos que el ofendido que no se resiste entrega de antemano
a los humildes y los pobres a los opresores y a los ricos. Resistamos sin
odio, sin rencor ni ánimo vengativo, con la suave serenidad del filósofo
que reproduce exactamente la profundidad de su pensamiento y su decidida voluntad
en cada uno de sus actos. Téngase presente que la escuela actual, tanto
si la dirige el sacerdote religioso como el sacerdote laico, va franca y decididamente
contra los hombres libres, como si fuera una espada o mejor como millones
de espadas, porque se trata de preparar contra todos los innovadores a los
hijos de la nueva generación.
Comprendemos la escuela, como la sociedad, "sin dios ni amo" y por
consiguiente consideramos como funestos todos esos antros donde se enseña
la obediencia a dios y sobre todo a sus supuestos representantes, los amos
de todas las clases, curas, reyes, funcionarios, símbolos y leyes.
Reprobamos tanto las escuelas en que se enseñan los pretendidos deberes
cívicos, es decir, el cumplimiento de las órdenes de los erigidos
en mandarines y el odio a los habitantes del otro lado de las fronteras, como
aquellas otras en que se repite a los niños que han de ser como "báculos
en manos de sacerdotes". Sabemos que ambas clases de escuelas son funestas
e igualmente malas, y cuando tengamos la fuerza cerraremos unas y otras.
"¡Vana amenaza!" se dirá con ironía. "No
sois los más fuertes y aun dominamos los reyes, los militares, los
magistrados y los verdugos". Así parece, mas todo ese aparato
de represión no nos espanta, porque también la verdad es una
fuerza poderosa que descubre los horrores que se ocultan en las tinieblas
de la maldad; lo prueba la historia, que se desarrolla en nuestro favor, porque,
si es cierto que "la ciencia ha quebrado" para nuestros adversarios,
no por eso ha dejado de ser un solo instante nuestra guía y nuestro
apoyo.
La diferencia esencial entre los sostenedores de la Iglesia y sus enemigos,
entre los envilecidos y los hombres libres, consiste en que los primeros,
privados de iniciativa propia, no existen sino por la masa, carecen de todo
valor individual, se debilitan poco a poco y mueren, mientras que la renovación
de la vida se hace en nosotros por la acción espontánea de las
fuerzas anárquicas. Nuestra naciente sociedad de hombres libres, que
trata penosamente de desprenderse de la crisálida burguesa, no podría
tener esperanza de triunfo, ni aun hubiese vencido, si hubiera de luchar con
hombres de voluntad y energía propias; pero la masa de los devotos
y de las devotas, ajada por la sumisión y la obediencia, queda condenada
a la indecisión, al desorden volitivo, a una especie de ataxia intelectual.
Cualquiera que sea, desde el punto de vista de su oficio, de su arte o de
su profesión, el valor del católico creyente y practicante;
cualesquiera que sean también sus cualidades de hombre, no es, respecto
del pensamiento, más que una materia amorfa y sin consistencia, puesto
que ha abdicado completamente su juicio, y por la fe ciega se ha colocado
voluntariamente fuera de la humanidad que razona.
Forzoso es reconocer que el ejército de los católicos tiene
en su favor el poder de la rutina, el funcionamiento de todas las supervivencias
y continúa obrando en función de la fuerza de la inercia. Millones
de individuos doblan espontáneamente las rodillas ante el sacerdote
resplandeciente de oro y seda; impulsada por una serie de movimientos reflejos,
se amontona la multitud en las naves del templo en los días de la fiesta
patronal; se celebra la Navidad y la Pascua, porque las generaciones anteriores
han celebrado periódicamente esas fiestas; los ídolos llamados
la virgen y el niño quedan grabados en las imaginaciones; el escéptico
venera sin saber por qué el pedazo de cobre, de marfil o de otra materia
tallada en forma de crucifijo; se inclina al hablar de la "moral del
Evangelio" y, cuando muestra las estrellas a su hijo, no se olvida de
glorificar al divino relojero. Sí, todas esas criaturas de la costumbre,
portavoces de la rutina, constituyen un ejército temible por su masa:
esa es la materia humana que forma las mayorías y cuyos gritos sin
pensamiento resuenan y llenan el espacio como si representaran una opinión.
Mas ¡qué importa! Al fin esa misma masa acaba por no obedecer
los impulsos atávicos: se la ve volverse indiferente a la palabrería
religiosa que ya no comprende; no ve en el cura un representante de Dios para
perdonar los pecados, ni un agente del demonio para embrujar hombres y bestias,
sino un vividor que desempeña una farsa para vivir sin trabajar: lo
mismo el campesino que el obrero no temen ya a su párroco, y ambos
tienen alguna idea de la ciencia, sin conocerla aún y, esperando, se
forman una especie de paganismo, entregándose vagamente a las fuerzas
de la naturaleza.
No hay duda de que una revolución silenciosa que descristianiza lentamente
a las masas populares es un acontecimiento capital, pero no ha de olvidarse
que los adversarios más terribles, puesto que carecen de sinceridad,
no son los infelices rutinarios del pueblo, tampoco los creyentes, pobres
suicidas del entendimiento que se ven prosternados en los templos, cubiertos
bajo el espeso velo de la fe religiosa que les oculta del mundo real. Los
hipócritas ambiciosos que les guían y los indiferentes que sin
ser católicos se han unido oficialmente a la Iglesia, los que hacen
dinero de la fe, esos son mucho más peligrosos que los cristianos.
Por un fenómeno contradictorio en apariencia, el ejército clerical
se hace cada vez más numeroso a medida que la creencia se desvanece,
debido a que las fuerzas enemigas se agrupan por ambas partes: la Iglesia
reúne detrás de sí a todos sus cómplices naturales
de los cuales ha hecho esclavos adiestrados para el mando, reyes, militares,
funcionarios de todas clases, volterianos arrepentidos y hasta padres de familia
que quieren criar hijos modositos, graciosos, cultos, elegantes, pero guardándose
con extrema prudencia de cuanto pudiera asemejarse a su pensamiento. "¡Qué
decís!", exclamará, sin duda, algún político
de esos a quienes apasiona la lucha actual entre las congregaciones y el bloque
republicano, especie de fusión del Parlamento francés, "¿no
sabéis que el Estado y la Iglesia han roto definitivamente sus relaciones,
que los crucifijos y corazones de Jesús y María se quitarán
de las escuelas para ser reemplazados por hermosos retratos del presidente
de la República? ¿Ignoráis que los niños serán
en lo sucesivo preservados cuidadosamente de las supersticiones antiguas,
y que los maestros laicos les darán una educación fundada en
la ciencia, libre de toda mentira y se mostrarán siempre respetuosos
de la libertad humana?" ¡Ah! Harto sabemos que surgen diferencias
en las alturas entre los detentadores del poder; no ignoramos que entre las
gentes del clero los seculares y los regulares están en desacuerdo
sobre la distribución de las prebendas; tenemos por cierto que la antigua
querella de las investiduras se continúa de siglo en siglo entre el
papa y los Estados laicos; pero eso no impide que las dos categorías
de dominadores, religiosos y políticos, estén en el fondo de
acuerdo, aun en sus excomuniones recíprocas, y que comprendan de la
misma manera su misión divina respecto del pueblo gobernado; unos y
otros quieren someter a los pueblos por los mismos medios, dando a la infancia
idéntica enseñanza, la de la obediencia.
Ayer aún, bajo la alta protección de lo que se llama "la
República", eran los dueños indiscutibles y absolutos.
Todos los elementos de la reacción se hallaban unidos bajo el mismo
lábaro simbólico, el "signo de la cruz", pero hubiera
sido cándido dejarse engañar por la divisa de esa bandera; no
se trataba de fe religiosa, sino de dominación: la creencia íntima
era sólo un pretexto para la inmensa mayoría de los que quieren
conservar el monopolio de los poderes y de las riquezas; para ellos el objeto
único consistía en impedir a todo trance la realización
del ideal moderno, a saber: el pan, el trabajo y el descanso para todos. Nuestros
enemigos, aunque odiándose y despreciándose recíprocamente,
necesitaban, no obstante, agruparse en un solo partido. Hallándose
aislados, las causas respectivas de las clases dirigentes resultaban demasiado
pobres de argumentos, excesivamente ilógicas para intentar defenderse
con éxito por sí solas, y por lo mismo les era indispensable
coaligarse en nombre de una causa superior, y echaron mano de su Dios, al
que denominan "principio de todas las cosas", "gran ordenador
del universo". Y por eso, considerando demasiado expuestos los cuerpos
de tropas en una batalla, abandonan las fortificaciones exteriores recientemente
construidas, y se reúnen en el centro de la posición, en la
ciudadela antigua, acomodada por los ingenieros a la guerra moderna.
Pero excesivamente ambiciosos, los curas y los frailes han incurrido en imprudencia
notoria: jefes de la conspiración, en posesión de la consigna
divina, han exigido una parte harto ventajosa del botín. La Iglesia,
insaciable siempre en la rapiña, exigió un derecho de entrada
a todos sus nuevos aliados, republicanos y otros, consistente en subvenciones
para todas sus misiones extranjeras, en la guerra de China y en el saqueo
de los palacios imperiales. De este modo se han acrecentado prodigiosamente
las riquezas del clero: sólo en Francia han aumentado mucho más
del doble en los veinte últimos años del siglo pasado: se cuenta
por miles de millones el valor de las tierras y de las casas que pertenecen
declaradamente a los curas y a los frailes; por no hablar de los miles de
millones que poseen bajo los nombres de señores aristócratas
y viejas rentistas. Los jacobinos ven con buenos ojos que esas propiedades
se acumulen en las mismas manos, esperando que un día de un solo golpe
se apodere de ellos el Estado; pero ese remedio cambiará la enfermedad
sin curarla. Esas propiedades, producto del dolo y del robo, han de volver
a la comunidad de donde fueron extraídas; forman parte del gran haber
terrestre perteneciente al conjunto de la humanidad.
Por exceso de ambición, las gentes de iglesia han cometido la torpeza,
inevitable por otra parte, de no evolucionar con el siglo, y llevando además
a cuestas su bagaje de antiguallas, se han retrasado en el camino. Chapurrean
el latín, lo que les ha hecho olvidar el francés que se habla
en París; deletrean la trilogía de Santo Tomás, pero
esa trasnochada fraseología no les sirve gran cosa para discutir con
los discípulos de Berthelot. No hay duda de que algunos de ellos, especialmente
los clérigos americanos, en lucha con una joven sociedad democrática,
sustraída al prestigio de Roma, han tratado de rejuvenecer sus argumentos
renovando un poco su antiguo esplendor; pero esa nueva táctica de controversia
ha sido desaprobada por la autoridad suprema, y el misoneísmo, el odio
a todo lo nuevo ha triunfado: el clero queda rezagado, con toda la horrible
banda de magistrados, inquisidores y verdugos, colocándose detrás
de los reyes, los príncipes más ricos, no sabiendo respecto
de los humildes más que pedir la caridad y no un amplio y hermoso sitio
al buen sol que nos ilumina al presente. Ha habido hijos perdidos del catolicismo
que han suplicado al Papa que se declare socialista y que se coloque atrevidamente
al frente de los niveladores y de los hambrientos, pero ¡ca! los millones
de su "dinero de San Pedro" y su Vaticano son lo que priva.
¡Hermoso día fue para nosotros, pensadores libres y revolucionarios
aquel en que el Papa se encerró definitivamente en el dogma de la infalibilidad!
¡He ahí al hombre atrapado en una trampa de acero! Ahí
está, atado a los viejos dogmas, sin poder desdecirse, renovarse o
vivir, obligado a atenerse al Syllabus, a maldecir la sociedad moderna con
todos sus descubrimientos y progresos. Ya no es más que un prisionero
voluntario encadenado a la orilla que dejamos atrás, y que nos persigue
con sus vanas imprecaciones, mientras nosotros surcamos libremente las olas,
despreciando a uno de sus lacayos que, por orden de su amo, proclama "la
quiebra de la ciencia". ¡Qué alegría para nosotros!
Que la Iglesia no quiera aprender ni saber, que permanezca para siempre ignorante,
absurda y atada a ese lecho miserable en que yace, que ya San Pablo llamaba
su locura: ¡Eso es nuestro triunfo definitivo!
Transportémonos por la imaginación a los futuros tiempos de
la irreligión consciente y razonada. ¿En qué consistirá,
dadas esas nuevas condiciones, la obra por excelencia de los hombres de buena
voluntad? En reemplazar las alucinaciones por observaciones precisas; en sustituir
las ilusiones celestes prometidas a los hambrientos por las realidades de
una vida de justicia social, de bienestar, de trabajo libre; en el goce por
los fieles de la religión humanitaria de una felicidad más sustancial
y más moral que aquella con que los cristianos se contentan actualmente.
Lo que éstos desean es no tener la penosa tarea de pensar por sí
mismos ni haber de buscar en su propia conciencia el móvil de sus acciones;
no teniendo ya un fetiche visible como nuestros abuelos salvajes, se empeñan
en tener un fetiche secreto que cure las heridas de su amor propio, que les
consuele en sus pesares, que les dulcifique la amargura por las horas de la
enfermedad y les asegure una vida inmortal exenta de todo cuidado. Pero todo
eso de un modo personal: su religiosidad no se cuida de los desgraciados que
continúan peligrosamente la dura batalla de la vida; son como aquellos
espectadores de la tempestad de quienes habla Lucrecio, que gozan viendo desde
la playa la desesperación de los náufragos luchando contra las
olas embravecidad; recuerdan de su Evangelio esa vil parábola de Cristo
que representa a Lázaro el pobre, "reposando en el seno de Abraham,
negándose a humedecer la punta de su dedo en agua para refrescar la
lengua del maldito" (Lucas, XVI).
Nuestro ideal de felicidad no es ese egoísmo cristiano del hombre que
se salva viendo perecer a su semejante y que niega una gota de agua a su enemigo;
nosotros, los anarquistas, que trabajamos por nuestra completa emancipación,
colaboramos por esto mismo a la libertad de todos, aún a la de aquel
más rico a quien libraremos de sus riquezas y le aseguraremos el beneficio
de la solidaridad de cada uno de nuestros esfuerzos.
No se concibe nuestra victoria personal sin que por ella se obtenga al mismo
tiempo una victoria colectiva; nuestro anhelo de felicidad no puede colmarse
sino con la felicidad de todos, porque la sociedad anarquista, lejos de ser
un cuerpo de privilegiados, es una comunidad de iguales, y será para
todos una felicidad inmensa, de la que no podemos formarnos idea actualmente,
vivir en un mundo en que no se verán niños maltratados por sus
padres ni serán obligados a recitar el catecismo, hambrientos que pidan
el céntimo de la caridad, mujeres que se prostituyen por un pedazo
de pan ni hombres válidos que se dediquen a ser soldados o polizontes
faltos de medio mejor de atender a su subsistencia. Reconciliados todos, porque
los intereses de dinero, de posición, de casta, no harán enemigos
natos a los unos de los otros, los hombres podrán estudiar juntos,
tomar parte, según sus aptitudes personales, en las obras colectivas
de la transformación planetaria, en la redacción del gran libro
de los conocimientos humanos; en una palabra, gozarán de una vida libre,
cada vez más amplia, poderosamente consciente y fraternal, librándose
así de las alucinaciones, de la religiosidad y de la Iglesia, y por
encima de todo, podrán trabajar directamente para el porvenir, ocupándose
de los hijos, gozando con ellos de la naturaleza y guiándoles en el
estudio de las ciencias, de las artes y de la vida.
Los católicos pueden haberse apoderado oficialmente de la sociedad,
pero no son ni serán sus amos, porque no saben más que ahogar,
comprimir y empequeñecer: todo lo que es la vida se les escapa. En
la mayor parte su fe es muerta: no les queda más que la gesticulación
piadosa, las genuflexiones, los oremus, el recuento del rosario y el coronamiento
del breviario. Los buenos entre los clérigos se ven obligados a huir
de la Iglesia para encontrar un asilo entre los profanos, es decir, entre
los confesores de la fe nueva, entre nosotros, anarquistas y revolucionarios,
que vamos hacia un ideal y que trabajamos alegremente para realizarla.
Fuera, pues, de la Iglesia, absolutamente fracasada para todas las grandes
esperanzas, se cumple todo lo que es grande y generoso. Y fuera de ella y
aún a pesar suyo, los pobres, a quienes los clérigos prometían
irónicamente todas las riquezas celestiales, conquistarán al
fin el bienestar en la vida presente. A pesar de la Iglesia se fundará
la verdadera Comuna, la sociedad de los hombres libres, hacia la cual nos
han encaminado tantas revoluciones anteriores contra el cura y contra el rey.
La peor de todas las enfermedades mentales que embrutecen al hombre es la
peste religiosa.
Como todo tiene su historia, esta epidemia no deja de tener la suya: solamente
tiene de particular que es muy perniciosa, aparte de lo que tiene de bufa.
El viejo Zeus y Júpiter tronante eran unos dioses muy decentes y, podemos
añadir, esclarecidos si se les compara con la ridícula Trinidad
del árbol genealógico del buen Dios, cuyos personajes no son
menos crueles, brutales y ridículos que los primeros.
Por otra parte no queremos perder el tiempo con los dioses caducados, puesto
que en la actualidad no causan perjuicio alguno, sino que sólo criticaremos
a esos charlatanes fabricadores de la tempestad y del buen tiempo, en plena
actividad actualmente, y a estos terroristas del infierno.
Los cristianos tienen una Trinidad, es decir, tres dioses; sus antecesores,
los judíos, se contentaron con uno solo. Esto aparte, los dos pueblos
constituyen una civilización muy divertida. El Antiguo y el Nuevo Testamento
son para ellos la fuente de toda sabiduría, y por eso es preciso leer
de buen o mal grado estas santas escrituras si se desea ponerlos en ridículo.
Examinemos simplemente la historia de estas divinidades y veremos, desde luego,
que suministra materiales suficientes para caracterizar al conjunto. He aquí,
pues, la cosa expuesta sucinta y brevemente.
Al principio, Dios creó el cielo y la tierra. Él se encontró
desde luego en medio de la nada, lo cual debía de ser bastante triste
para que el mismísimo Dios se aburriera de tal situación. Pero
como que es una bagatela para un Dios esto de hacer los mundos de la nada,
creó el cielo y la tierra como un charlatán sacude los huevos
y las monedas en el interior de su manga. Más tarde se dedica a fabricar
el sol, la luna y las estrellas. Ciertos herejes, a los cuales se conoce por
astrónomos, han demostrado, hace ya muchísimo tiempo, que la
tierra no es ni ha sido jamás el centro del universo; que no ha podido
existir antes que el sol, alrededor del cual continuamente da vueltas. Estas
gentes han demostrado que es una gran barbaridad esto de hablar de la creación
del sol, de la luna y de las estrellas después de la tierra, como si
ella, comparada con el sol, la luna y las estrellas, fuese alguna cosa especial
y extraordinaria. Hace mucho tiempo que los niños que concurren a las
escuelas saben que el sol es un astro, que la tierra es uno de sus satélites
y que la luna, para así decirlo, no es más que un subsatélite;
saben igualmente que la tierra, en comparación con el universo, está
muy lejos de desempeñar un papel superior, antes por el contrario,
no es más que un grano de polvo en el espacio. Pero ¿es tal
vez que este Dios se dedica a la astronomía? Él hace esto y
todavía más, y se burla de la ciencia y de la lógica.
Es por esta razón por la que después de fabricar la tierra hizo
la luz y, en seguida, el sol.
Un hotentote sabe perfectamente que sin el sol la luna no puede existir; pero
Dios
por lo visto, no llega a concebir lo que sabe el hotentote.
Vayamos más al fondo de la cuestión. La creación andaba
perfectamente; pero no había todavía vida en ella y, como el
Creador deseaba divertirse, hizo al hombre. Solamente haciéndole, prescinde
de uno de los aspectos particulares de su manera de proceder. En lugar de
hacer esta creación por un simple mandato, se encuentra de sobra perplejo
y, tomando un prosaico puñado de barro, modeló al hombre a su
imagen y semejanza; luego sopló
y le dio un alma. Como que Dios
es todopoderoso, bueno, justo, en una palabra, la complacencia y amabilidad
en su esencia, vio en seguida que Adán (con ese nombre bautizó
a su escultura de barro) si estaba solo se aburriría desmesuradamente
y maldeciría su insoportable existencia; para evitarlo le fabricó
entonces una joven, una encantadora Eva.
Seguramente la experiencia le habrá demostrado que lo de fabricar muñecos
de barro era ya un trabajo muy impropio para un Dios; así pues, prescindió
del barro y empleó otro método. Tal vez se dedicó a otros
experimentos, pero debemos hacer constar que la Biblia no nos dice nada sobre
este particular. La cuestión principal es que arrancó una costilla
a Adán y la convirtió inmediatamente en una hermosa mujer; inmediatamente
decimos, porque la velocidad en hacer las cosas no debe de ser un arte de
brujería para un dios. Además, tampoco nos cuenta la Biblia
si le causó dolor a Adán el que le arrancaran una costilla,
ni si ésta fue sustituida posteriormente por otra, o si debió
de contentarse con las que le quedaron después de la divina operación
quirúrgica.
Las ciencias modernas han demostrado que tanto los animales como las plantas,
formadas de un conjunto de simples células, han ido adquiriendo paulatinamente,
durante el transcurso de millones de siglos, las formas que actualmente tienen.
Ellas han establecido, además, que el hombre no es más que el
producto más perfecto de este larguísimo y continuo desenvolvimiento
y que no solamente hace algunos millares de años que el hombre no hablaba
todavía y se acercaba mucho al tipo animal, en la verdadera acepción
de la palabra, sino que debe descender de los animales más inferiores
de la escala zoológica, puesto que toda otra suposición es inadmisible.
Partiendo de esta premisa, la historia natural nos hace considerar a Dios,
cuando fabrica al hombre, como un charlatán ridículo; pero ¿para
qué insistir en esto? Seguramente que esto que decimos no es del agrado
de los corifeos de este Dios.
Que sus historias tengan o no un sello científico, no importa; es indispensable
creer, si no sucede así, Dios os enviará a buscar por el diablo
(su competidor), lo cual supongo que no debe de ser muy agradable, pues en
el infierno reinan no solamente las lágrimas y los continuos rechinar
de dientes, sino, lo que es peor todavía, quema el fuego eterno, un
gusano insaciable os roe y la pez ardiente os envuelve en aquel antro.
Después un hombre sin cuerpo, es decir, un alma, será asada;
su carne será tostada, sus dientes rechinarán todavía
más, llorará sin ojos y respirará sin pulmones; los gusanos
roerán sus huesos enterrados eternamente en la fosa y aspirará
su nariz el olor sulfuroso
todo esto eternamente. ¡Maldita historia!
Fuera de esto, Dios, como dijo él mismo en su crónica, la Biblia,
especie de autobiografía, es excesivamente caprichoso y ávido
de venganza; en fin, un déspota de primer orden.
Apenas Adán y Eva fueron creados, ya fue ya preciso gobernar la raza
humana; por esta causa, Dios emitió un código con esta prohibición
categórica:
"No comeréis del fruto del árbol de la ciencia".
Desde entonces no ha existido ningún tirano, coronado o sin corona,
que no haya lanzado, a su vez, esta prohibición a la faz de los pueblos.
Pero Adán y Eva desobedecieron esta orden y Dios los expulsó
del paraíso, condenando a ellos y a sus descendientes para siempre
a los más rudos trabajos. Además los derechos de Eva le fueron
suprimidos y ella fue declarada sirvienta de Adán, a quien debía
prestar obediencia.
La severidad de Dios hacia los hombres no sirvió de nada; al contrario,
cuanto más aumentaba más le desobedecían. Se puede uno
formar idea de la fuerza de su propaganda cuando se lee la historia de Caín
y de Abel, hasta que Caín mató a su hermano. Caín se
fue a un país extranjero y tomó mujer. El buen Dios no nos dice
ni de dónde venía ni dónde estaba ese país, ni
las mujeres que contenía, lo cual no debe asombrarnos si tenemos en
cuenta que puede haberlo olvidado cuando estaba sobrecargado de trabajos de
toda especie, o se dedicaba a arrancar costillas para hacer mujeres.
En fin, cuando la medida estuvo llena, Dios resolvió el exterminio
de todo el género humano por medio del agua.
Solamente escogió una familia para hacer un último ensayo, y
debemos hacer constar que anduvo con poco tino en la elección, a pesar
de toda su sabiduría, puesto que Noé, el jefe de los supervivientes,
se mostró prontamente como un gran calavera, divirtiéndose con
sus hijos. ¡Qué podía salir de tal padre de familia!
El género humano se esparció de nuevo y produjo muchos "pobres
pecadores". El buen Dios habría hecho bien haciendo estallar su
divina cólera al ver que todos sus castigos ejemplares, como la destrucción
de ciudades enteras, Sodoma y Gomorra, por el azufre y el fuego, no servían
de escarmiento.
Entonces él ya había resuelto exterminar a toda esta canalla,
cuando un acontecimiento de los más extraordinarios le hizo variar
de intento; sin esto la humanidad ya habría desaparecido.
Un día se apareció cierto "Espíritu Santo"
a una joven desposada. El escritor de la Biblia, es decir, Dios, dice que
el Espíritu Santo es él mismo. Por consiguiente, en este momento
se nos presenta Dios bajo dos formas diversas. Este Espíritu Santo
tomó la forma de un pichón y se presentó a una mujer
conocida con el nombre de María. En un momento de dulce transporte
de gozo, el pichón "cubrió con su sombra" a la mujer
y he aquí que ella puso en el mundo un hijo, sin que todo eso fuera
en menoscabo de su virginidad. Hay que advertir que esta mujer era ya casada.
Dios, desde entonces, se llamó Dios padre, cuidándose muy bien
de hacernos saber que él no tuvo más que un hijo, no solamente
bajo la forma del Espíritu Santo, sino también por la parte
del hijo. ¡Sublime consideración! El padre es su propio hijo,
del mismo modo que el hijo es a la vez su padre, y los dos a la vez son el
Espíritu Santo. Con este soberbio galimatías se forma la Santísima
Trinidad.
¡Y mientras tanto, pobre cerebro humano, tente quieto, puesto que por
el acto de pensar te podrías ganar inmensas penas! Nosotros sabemos
por la Biblia que Dios padre había resuelto exterminar a todo el género
humano, lo cual causó inmensa pena al Dios hijo. Entonces el hijo (que,
como ya sabemos, es uno mismo con su padre), tomó todas las culpas
sobre sí (el hijo, como ya sabemos, con el padre son una misma cosa),
y para aplacar la cólera de su padre se hizo crucificar por aquellos
mismos a los cuales quería salvar del exterminio proyectado por las
iras paternas.
Este sacrificio del hijo (que es a la vez su padre) fue tan del agrado del
padre, que publicó una amnistía general, la cual está
todavía en vigor en los tiempos que corren.
Trataremos también del dogma de las recompensas y del castigo del hombre
en el "otro mundo".
Hace ya muchísimo tiempo que está probado científicamente
que no hay otra vida que la del cuerpo, y que el alma -lo que los charlatanes
religiosos denominan alma- no es otra cosa que el órgano del pensamiento,
el cerebro, el cual recibe las impresiones por los órganos de los sentidos
y que, por lo tanto, el movimiento del cerebro debe cesar necesariamente con
la muerte corporal. Pero los enemigos jurados del progreso y de la libertad
humana prescinden de los resultados de los experimentos científicos,
los que penetran asaz lentamente en el pueblo.
Es de este modo como predican la vida eterna del alma. ¡Infeliz de ella
en el otro mundo si el cuerpo que la aprisionaba no ha seguido puntualmente
en esta vida las leyes de Dios! Además, estos buenos sacerdotes nos
lo aseguran; Dios, tan bondadoso, tan justo, tan magnánimo, se ocupa
de los más mínimos pecadillos de cada uno y los registra en
sus libros de actos (aquí, lo que admiro es el trabajo de comprobación
y de contabilidad). Al lado de esto, ved el lado cómico de sus exigencias:
Mientras exige que los recién nacidos sean remojados con agua fría
(bautizados) en honor suyo, con evidente peligro de que un resfriado los lleve
a la tumba; mientras aprueba con gran placer que numerosas ovejas creyentes
le canten sus letanías y que los más fanáticos de su
partido le canten sin interrupción piadosísimos himnos solicitándole
toda suerte de cosas, desde la más sencilla a la más imposible;
mientras se mezcla con los guerreros sanguinarios haciéndose inciensar
y adorar como "Dios de las batallas", se pone furioso cuando un
católico come carne un viernes de cuaresma o no va regularmente a confesarse,
y se irrita igualmente cuando un protestante es irreverente con los huesos
de los santos, o con las imágenes y otras reliquias de la virgen casada
que concibió a su hijo; o por si algún fiel deja de hacer su
peregrinación anual con el espinazo doblado, las manos juntas y los
ojos entornados hacia el cielo. Si un hombre muere "en pecado",
el buen Dios le inflige una pena horrenda, al lado de la cual los azotes,
todos los tormentos de las prisiones y destierros, todas las penas sentidas
por los condenados a presidio y todos los suplicios inventados por los tiranos
aparecen como un agradable entretenimiento. Este buen Dios supera en crueldad
bestial a todo lo que pueda concebirse de más malvado sobre la tierra.
Su cárcel se denomina infierno, su verdugo es el demonio y sus castigos
duran eternamente.
Pero, por ligeras faltas, y a condición de que el delincuente muera
católicamente, le concede el perdón de sus pecados mediante
una condena más o menos larga en el "purgatorio", que se
distingue del infierno como en Rusia se diferencia la cárcel del presidio.
El que está en cuarentena en dicho purgatorio no es transportado sino
después de una residencia relativamente corta, disfrutando de una disciplina
no muy despótica. Los supuestos "pecados mortales" no son
castigados en el purgatorio; lo son en el infierno. Entre estos últimos
es preciso incluir los blasfemos de palabras, en pensamiento y en escrito.
Dios no tolera no sólo la libertad de prensa y de expresión,
sino que impide y prescribe los pensamientos e ideas en ciernes que pudieran
disgustarle.
Vencidos los déspotas de todos los países y de todos los tiempos,
superados dichos tiranos por escogimiento y duración del castigo, este
Dios, pues, es el monstruo más horroroso que uno pueda llegar a figurarse.
Su conducta es aún más infame si se tiene en cuenta que en el
mundo entero, toda la humanidad, tiene reguladas sus acciones por su divina
providencia.
En consecuencia, él castiga las acciones de los hombres, de los cuales
es el único inspirador. Los tiranos de la tierra de todos los tiempos,
tanto pasados como presentes, son buenos y amables comparados con este monstruo.
Pero si place a este Dios que alguien viva en su gracia, entonces le castiga
antes y después de su muerte, puesto que el paraíso prometido
es todavía más infernal que el infierno. No se tiene allá
ninguna necesidad, antes al contrario, todos los deseos son satisfechos antes
que la necesidad sea sentida.
Mas, como no puede haber ninguna satisfacción sin que haya deseo de
algo, seguido del cumplimiento de éste, el cielo ha de ser bien monótono
e insípido. Se está en el cielo eternamente ocupado en contemplar
a Dios; se oyen siempre las mismas melodías tocadas con las mismas
arpas; allí se canta continuamente el mismo cántico, que de
tanto repetirse ha de hacer el efecto monótono del Mambrú se
fue a la guerra. En fin, es la sosería y fastidio llegados al grado
máximo. La estancia en una celda aislada, a nuestro modo de ver, sería
preferible.
Nada de extraño hay en que los ricos y los poderosos se procuren el
paraíso en la tierra y, burlándose del cielo digan, como el
poeta Heine: Nosotros dejamos el paraíso a los ángeles y a los
payasos.
Y, sin embargo, son justamente los ricos y los poderosos los que dan mayor
brillo a la religión. Seguramente ésta forma parte de su oficio.
Al mismo tiempo es una cuestión de vida o muerte para la clase explotadora,
la burguesía, que el pueblo sea embrutecido por la religión;
su poder aumenta o decrece según aumenta o disminuye la locura religiosa.
Cuanto más partidario de la religión es el hombre, más
creyente es. Cuanto más cree, menos sabe. Cuanto menos sabe, es más
bestia, y cuanto más bestia, más fácilmente se deja gobernar.
Esta lógica fue conocida por los tiranos de todos los tiempos y por
eso hicieron alianza con el cura. Algunas divergencias ha habido entre estos
enemigos de la libertad del género humano por recabar cada uno para
sí la mayor suma del despotismo, pero no ha sido esto obstáculo
para que vivieran unidos para embrutecer, oprimir y explotar el linaje humano.
Los curas saben perfectamente que su dominio sobre las conciencias se acabaría
el día en que no le prestasen ayuda los tiranos y los ricos. Y los
ricos y los poderosos no ignoran que su imperio desaparecería el día
en que los curas no embruteciesen moral e intelectualmente a las multitudes.
Todos los curas indistintamente, no importa la secta a que pertenezcan, han
sembrado con feliz éxito en el seno de las masas la idea de que este
mundo es un valle de lágrimas, le han infiltrado al mismo tiempo la
idea de respetar y someterse a la autoridad, con la expectativa de una vida
más feliz en el otro mundo.
Wendhorst, el jesuita por excelencia, dio a entender muy claramente, en el
calor del debate parlamentario, lo que los fulleros y los charlatanes representan
a este respecto. "Cuando la fe disminuye en el pueblo -dice- éste
se da cuenta de que no puede soportar su miseria y se subleva". Esta
frase fue clara y terminante, y debería hacer reflexionar mucho a los
trabajadores. Pero ¡qué esperanza! ¡Hay tantos estúpidos,
gracias a la ignorancia y al fanatismo, que oyen las cosas sin llegarlas jamás
a comprender!
No es en vano que los curas, es decir, los sayones negros del despotismo,
se vean obligados a emplear todo su poder para oponerse a la decadencia religiosa
aunque, como se sabe ya, se ríen entre ellos y sus amigos de las necesidades
y tonterías que van a predicar en pago de la buena remuneración
que cobran.
Durante el curso de los siglos, estos relajadores de la inteligencia han gobernado
a las masas por el terror, puesto que sin éste, hace muchísimo
tiempo que la locura religiosa habría desaparecido. Los calabozos y
las cadenas, el veneno y el puñal, el sable y la fuerza, el látigo
y el asesinato, puestos en uso en nombre de su Dios y de su justicia, han
sido los medios empleados para el sostenimiento de esta locura, lo cual será
un negro borrón para la historia de la humanidad. ¡Cuántos
millares de individuos han sido quemados en las hogueras de la Inquisición
"en nombre de Dios" por haber osado poner en duda el contenido de
la Biblia! ¡Cuántos millones de hombres se vieron obligados durante
las guerras a matarse entre ellos, a devastar comarcas enteras, dejando luego
como rastro la miseria y la peste, después de haber robado e incendiado,
para sostener la religión! Los suplicios más refinados fueron
inventados por los curas y sus secuaces para mantener el temor de Dios en
los que no tenían temor de ninguna clase.
Llamamos criminal al que intenta destruir a un semejante. ¿Cómo
llamaremos, pues, a los que atrofian el cerebro de los demás y cuando
no se dejan embrutecer los destruyen por el hierro y el fuego, y con la crueldad
refinada con que lo hacía la Inquisición?
Es bien cierto que estos malvados no pueden hoy día entregarse a sus
innobles instintos de destrucción como otras veces, pero hoy todavía
abundan los procesos por blasfemia. En cambio, ellos saben, mientras tanto,
introducirse dentro del seno de las familias y embaucar a las mujeres y a
los niños, y acaparar y abusar de la enseñanza que se da en
las escuelas. Su hipocresía va más en aumento que en disminución.
Ellos se apoderaron de la prensa cuando se dieron cuenta de que les era imposible
destruir la imprenta.
Hay un antiguo proverbio que dice: "Donde un cura pone el pie, tarda
diez años en crecer la hierba", lo cual significa que cuando un
hombre se halla bajo el dominio de un cura, su cerebro ha perdido la facultad
de pensar, los engranajes de su inteligencia son inservibles y las arañas
tejen espesas telas. Entonces el hombre parece un carnero que es presa del
vértigo. Estos desgraciados han perdido lo más hermoso de la
vida, y lo que es peor todavía, estos infelices son los que forman
la masa de los contrarios a la ciencia y la luz, a la revolución y
la libertad. Se les encuentra siempre a punto, a causa de su obtusa bestialidad,
de ayudar a los que quieren forjar nuevas cadenas para la humanidad y trabajar
con los que ponen obstáculos para el progreso cada vez más creciente
de la especie humana.
Cuando alguien intenta curar estas enfermedades, no sólo realiza una
hermosa obra consigo mismo, sino que contribuye a curar un horroroso cáncer
que corroe las entrañas del pueblo, y que ha de ser total y radicalmente
destruido si queremos que brille el día en que el hombre sea libre,
en vez de ser juguete de los dioses y de los diablos, como ha venido sucediendo
hasta el presente.
Por consiguiente, arranquemos de los cerebros las ideas religiosas, y abominemos
de los curas. Estos dicen que "el fin justifica los medios". ¡Bien,
muy bien! Nuestro deber es desenmascararlos y presentarlos tales como son.
Nuestro objeto es librar a la humanidad de toda clase de esclavitud, es emanciparla
del yugo, de la servidumbre y de la tiranía política y económica,
y para lograr todo esto se ha de sacudir antes el yugo tenebroso de las supersticiones
y las creencias religiosas. Todos los medios que tengamos al alcance debemos
emplearlos para conseguir este gran fin, reconocido como justo por todos los
amigos de la humanidad, y debe ser puesto en práctica en las ocasiones
propicias.
Todo hombre emancipado de la religión comete una falta en sus deberes
cuando no hace siempre todo lo que puede para destruir la religión.
Todo hombre libre de la "fe" que descuida combatir a los cuervos
(curas) es un traidor a su partido.
Propaguemos contra los corruptores y alumbremos a las ovejas que les siguen.
No desdeñemos arma de ninguna clase en su contra. Desde la burla más
acerba hasta la discusión científica, y si estas armas no producen
todo su efecto, empleemos argumentos más decisivos.
Que no se dejen pasar sin poner de manifiesto todas las alusiones a Dios y
a la religión que se hagan en las asambleas, en donde sean discutidos
los intereses del pueblo. Del mismo modo que el principio de autoridad y su
sanción armada, el Estado, no puede encontrar gracia entre los partidarios
de la revolución social -lo que está fuera de nuestro campo
es naturalmente reaccionario- del mismo modo que la religión, o lo
que la representa, no tiene ni puede tener lugar entre nosotros.
Téngase bien en cuenta que todos aquellos que quieren meter su charlatanería
religiosa entre las opiniones de los trabajadores, por más que se presenten
bajo el aspecto de la mayor respetabilidad y hombría de bien, son peligrosos
personajes. Todos los que predican la religión, cualquiera que sea
su forma, no pueden ser más que bobos o pícaros. Estas dos clases
de individuos no sirven absolutamente para nada para el progreso de nuestras
ideas. Éstas, para su realización, precisan de hombres sinceros
y convencidos.
La política oportunista en este caso, es no sólo perjuicio,
sino un crimen. Si los trabajadores permiten a un cura mezclarse en sus asuntos,
no sólo se verán engañados, sino también traicionados
y vendidos.
Mientras tanto es lógico que el pueblo dirija sus principales esfuerzos
a combatir el capitalismo que le ex y al Estado que le subyuga por la fuerza,
pero es necesario también que no se olvide de la Iglesia. Hace falta
que la religión sea destruida sistemáticamente, si se quiere
que el pueblo venga a razón, puesto que sin esto no podría jamás
conquistar su libertad.
Vamos a proponer algunas cuestiones para los que siendo tontos, mejor dicho,
embrutecidos por la religión, tengan ganas de corregirse. Por ejemplo:
Si Dios quiere que se le conozca, que se le tema y que se le crea ¿por
qué no se presenta?
Si es tan bueno y justo como dicen los curas ¿qué razón
hay para temerle?
Si él lo sabe todo ¿qué necesidad hay de molestarle con
nuestras plegarias y con nuestros asuntos particulares?
Si Dios está en todas partes ¿para qué fin se levantan
las iglesias?
Si Dios es justo ¿para qué pensar en castigar a los hombres
que él mismo ha creado cargados de debilidades?
Si los hombres sólo hacen el bien por una gracia particular de Dios
¿qué razón hay para que éste les recompense?
Si es todopoderoso ¿cómo permite que se blasfeme?
Si él es inconcebible e imponderable ¿por qué permite
que nos ocupemos de él?
Si el conocimiento de Dios es necesario ¿por qué razón
es un misterio?
Y así podríamos seguir hasta llenar extensos volúmenes.
La verdad es que ante tales cuestiones el creyente de buena fe se queda sin
saber qué contestar, y el hombre que piensa debe demostrarle que no
existe necesidad de la divinidad. Un Dios fuera de la naturaleza no es de
ninguna utilidad cuando se conocen las leyes y las relaciones armónicas
y variadas de la naturaleza. Y su valor moral no es menos nulo que el material.
No existe ningún país gobernado por cualquier soberano donde
su manera de proceder no acarree el desorden y la confusión en el espíritu
de sus vasallos. Ellos quieren ser conocidos, estimados, honrados, y el todo
contribuye a embrollar las ideas que se pueden formar a su respecto. Los individuos
sometidos a la dependencia y a las leyes de la divinidad no tienen, respecto
al carácter y a las leyes de su soberano, otras ideas que las que les
suministran los charlatanes religiosos, y éstos, a su vez, han de confesar
que no se pueden formar ninguna idea clara de su amo, puesto que su voluntad
es impenetrable; sus miradas e ideas son inaccesibles; sus lacayos no han
llegado jamás a ponerse de acuerdo respecto a las leyes que debían
dar de su parte, y ellos las anuncian de una manera diferente dentro de varias
comarcas de cada país. Lo cual da por resultado inmediato que se peleen
continuamente y se acusen de embusteros.
Los edictos y las leyes que sensatamente promulgan no son más que un
puro embrollamiento; son juegos de palabras que no pueden llegar a ser comprendidas
por los individuos que deben hacer de ellas su educación y su bandera.
Las leyes de este tirano invisible necesitan ser aclaradas y sucede siempre
que los mismos que las explican no logran jamás ponerse de acuerdo;
todo lo que saben explicar de este tirano invisible es un caos de contradicciones,
de manera que no dicen una palabra que no sea o bien una calumnia o bien una
mentira.
Se le llama infinitamente bueno y mientras tanto no hay nadie que maldiga
sus decretos.
Se le llama infinitamente sabio y sucede que su administración está
organizada al revés de los que dicen la razón y el buen sentido.
Se glorifica su justicia, y los actos que más se le glorifican sólo
son feroces venganzas. Se asegura que lo ve todo, y sin embargo, todo está
en el más espantoso desorden. ¿Y por qué, viéndolo
todo, permite confusión tanta entre sus lacayos y tantas infamias como
a diario cometen? Además, lo hace todo por sí mismo y así
ocurre que los acontecimientos se suceden todos perfectamente al contrario
de los planes que se le atribuyen, lo cual dice muy poco a favor de su omnisciencia
(facultad de verlo y de saberlo todo; de "omnia", que quiere decir
todo y "sciencia", conocimiento positivo), y más aún
de su facultad de ver lo que sucederá mañana. Y, finalmente,
no se deja ofender en vano y se ve obligado a sufrir, sin enojo, las ofensas
que a cada cual le viene en gana dirigirle.
Se admira su saber y la protección de sus obras, y sin embargo, sus
obras son imperfectas y de corta duración. Y crea, destruye y corrige
sin llegar jamás a estar satisfecho de sus obras, no buscando en sus
empresas más que su propia gloria, sin aguardar el objeto de ser alabado
en todo y por todo. Él trabaja para el bienestar y la felicidad de
los mortales, y a la mayor parte nos hace falta lo más necesario. Los
que él parece favorecer son, precisamente, los más descontentos
de su suerte, y se les ve a menudo sublevarse contra un amo del cual admiran
la grandeza, alaban la sabiduría, honran la bondad, temen la justicia
y cuyos mandamientos santifican sin cumplirlos jamás.
Este reino es el mundo; este soberano es Dios; sus lacayos son los curas;
los hombres son sus esclavos. ¡Hermoso país! El Dios de los cristianos,
especialmente, es un Dios que, como ya lo hemos visto, hace las promesas sólo
por el gusto de no cumplirlas; envía las pestes y las enfermedades
a los hombres para curarlos; un Dios que creó a los hombres a su imagen
y que no quiere responsabilidad del mal que él mismo creó; que
vio que todas sus obras eran buenas, y luego se dio cuenta de que no valían
nada; que sabía de antemano que Adán y Eva comerían del
fruto prohibido y no supo evitarlo, por lo cual castigó luego al género
humano, un Dios débil que se deja engañar por el diablo, y tan
cruel que ningún tirano de la tierra puede comparársele. Tal
es el Dios de la mitología judaico-cristiana.
El que crea a los hombres perfectos sin advertir a los que no lo son; el que
creó al diablo, sin conseguir dominarlo, es un pastelero, que la religión
califica de extraordinariamente sabio; por ella es omnipotente y soberanamente
justo, y castiga a millones de inocentes por las faltas de uno solo; que exterminó
por medio del diluvio a toda la raza humana, excepción hecha de unos
cuantos que constituyeron otra raza peor todavía que la destruida,
y que creó el cielo para los tontos de capirote y un infierno para
que allí ardieran los sabios que no creen en él.
Es el que se creó él mismo por medio del Espíritu Santo;
que se envió como mediador entre él mismo y los otros, quien
despreciado y burlado por sus enemigos, se dejó clavar en la cruz como
un malhechor cualquiera en la cúspide de una montaña; que se
dejó enterrar y resucitó después de muerto y que bajó
a los infiernos, y luego subió al cielo, donde está sentado
a la derecha de sí mismo para juzgar a los vivos y a los muertos cuando
ya no haya más vivos
En fin, el que ha hecho todo esto no es
más que un charlatán divino. Es un espantoso tirano cuya horrorosa
historia debe ser escrita en letras de sangre, pues ella es la religión
y es terror. Lejos, pues, de nosotros, esta horripilante mitología.
Abominemos de este Dios de una fe sangrienta y terrorista, inventado por los
curas, los cuales, sin su cinismo y ambición no hubieran alcanzado
nadar en la abundancia, y no predicarían por más tiempo la humildad
de los que han sabido esconder su orgullo con la máscara de la hipocresía.
Lejos de nosotros esta cruel trinidad compuesta de padre asesino, de hijo
concebido y dado a luz contra natura y de Espíritu Santo sensual que
se dedica a hacer concebir hijos a mujeres casadas. Lejos de nosotros todos
estos fantoches deshonrosos, en nombre de los cuales se quiere rebajar a la
humanidad al nivel de miserables esclavos y que nos quieren mandar, en toda
la potencia del embuste, de las penas de esta tierra a las inefables delicias
del cielo. Lejos de nosotros todos aquellos que con su demencia religiosa
son un estorbo para el bienestar y la libertad
Dios no es otra cosa
que un fantasma inventado por el charlatanismo de unos cuantos malvados refinados,
los cuales han torturado y tiranizado a la humanidad hasta el presente.
Afortunadamente, este fantasma va desapareciendo a medida que es examinado
por la razón a la luz de la ciencia, y las masas desengañadas,
después de haberse emancipado de tales aberraciones, arrojan indignadas
a la faz de los curas, esta estrofa del poeta: Seas maldito Dios a quien hemos
rogado durante el frío del invierno y los tormentos del hambre; pues
en vano te hemos esperado largo tiempo y nos has escarnecido, engañado
y manteado.
Esperamos que el pueblo no se dejará burlar y mantear más, y
que pronto llegará el día en el que los santos y los crucifijos
serán convertidos en astillas para encender el fuego en las cocinas,
los cálices y joyas convertidos en utensilios de utilidad general,
las iglesias convertidas en salones de conciertos, teatros y locales para
asambleas, y en el caso de que no pudieran servir para este objeto, en graneros
o cuadras para caballos. Y esto sucederá forzosamente cuando el pueblo
esté ya cansado de soportar tanta maldad e infamia. Esta manera de
proceder, sencilla y eficaz será, naturalmente, la que producirá
la revolución social y acabará, a la par que con los curas y
sus mentiras, con los príncipes y burócratas y sus privilegios,
y con los burgueses y su inicua explotación.
El día en que el pueblo consiga barrer a Dios y a sus lacayos, a los
gobiernos y a sus sayones y a los burgueses y a sus perros, ese día
será libre y podrá ocupar el puesto que le corresponde en la
sociedad y en la naturaleza.
AGRESIÓN
FASCISTA CONTRA
EL SECRETARIO GENERAL DE
LA FEDERACION LOCAL DE C.N.T. DE MADRID
El martes 31 de julio por la noche, el Secretario de la Federación Local de la CNT de Madrid recibió en el buzón de su casa una nota en la que le amenazaban de muerte diciendo "muerte al rojo...sabemos dónde trabajas, dónde vives, dónde encontrar a la puta de tu novia...vigila tus espaldas, toda nuestra fuerza caerá sobre ti...primer aviso y último", etc (todo ello escrito con alguna notable falta de ortografía). La única referencia que tenemos es la firma de esta nota: "patria o muerte" sobre el dibujo de una bandera de España. Hay que resaltar que las iniciales de nombre y apellidos del compañero estaban escritas a mano en la parte baja de la nota (JPF), y esto nos hace pensar que pueda tratarse de una ofensiva contra más personas, bien de este sindicato, bien de otros colectivos u organizaciones; el resto de la nota estaba escrita a ordenador y era el original, no una fotocopia.En la mañana del jueves 2 de agosto, hacia las 6:40 de la mañana, cuando el compañero se disponía a salir hacia el trabajo, dos personas le han agredido dentro del portal de su casa, de lo que se deduce que previo a esto ha sido vigilado y conocen sus movimientos rutinarios. Una de las personas le ha atacado por la espalda con un objeto contundente, golpeándole en la cabeza, causándole, además, contusiones en la espalda; la otra, que parecía estar esperando en la puerta del portal ha accedido al descansillo y le ha propinado varias patadas y puñetazos en las costillas, nuestro compañero ha intentado salir a la calle pero en ese momento le han tirado al suelo y al intentar agarrar a uno de ellos por los pies, le han pillado el antebrazo con la puerta del portal causándole heridas y una fuerte contusión.Parece ser que un ruido, provocado por un vecino, les ha asustado y rápidamente han huido gritando "te vamos a matar, mañana mataremos a tu novia". Lo único que el compañero ha podido identificar es que uno de los agresores vestía unos zapatos de cuero y unos pantalones de pinzas, el otro llevaba botas y pantalones vaqueros, porque enseguida le han tirado al suelo y se ha tenido que proteger la cabeza.Todos estos hechos han sido denunciados pero ni la policía ni el/la juez de guardia se han puesto en contacto con el compañero ni con este sindicato. De momento no se descarta ningún móvil pero todo apunta a ser el comienzo de una ofensiva, no sabemos si se trata de un grupo nazi o si todo está enmascarado para que lo parezca y venga este ataque de grupos especializados en la represión de los movimientos sociales anarquistas. Esperamos que todos los grupos o personas que sufran alguna agresión o amenaza se pongan en contacto con nosotras para tener más datos y, llegado el caso, establecer una estrategia conjunta.
¡NINGUNA AGRESIÓN SIN RESPUESTA!
¡NADIE NI NADA NOS VA A CALLAR!