NORTE Y SUR
Por: Dolores Romera Morón
EL viejo buque fue virando lentamente. Ya no llegaba hasta mí, desde la lejanía del muelle, el calor que desprendían los besos de mi madre, ni la sonrisa de mi hermano agitando los brazos sin descanso, ni la mirada triste de mi padre. Sentí la soledad aún rodeada de gente desbordante de alegría pero indiferente a mi dolor.
Permanecí un rato más en cubierta. No podía negar que era mi primer viaje en barco. Contemplar cómo las olas morían al chocar con el buque fue la terapia perfecta y poco a poco mi desazón desapareció. Una joven camarera me indicó cómo volver al camarote, al percibir mi indecisión. Las maletas seguían junto a una de las camas, donde reposaba mi bolsa de viaje, en la misma posición que las dejara el mozo, todo fibra, que había acarreado con ellas desde la estación de embarque hasta el camarote. Hice ademán de tumbarme sobre la otra cama, con el ojo de buey a mis espaldas, no sin antes quitar la colcha, lanzando ésta sobre la bolsa. Me quedé mirando las sábanas. ¿Cuántos cuerpos habrán pasado por ellas?, me pregunté, escapándoseme un pequeño mohín. Se veían planchadas así que olvidé mis escrúpulos metiéndome bajo las transparentes y amarillentas sábanas. No deseaba dormir pero necesitaba sosegarme y, solo allí, en la soledad de mi camarote, ¡pasado el furor de mis jóvenes vecinos!, rodeada de grafismos, ingeniosos unos, mediocres otros y, los más, simples fechas que venían a indicar los años que la pintura faltaba a su cita, recordé el abrazo emocionado que mi madre me diera la noche anterior. Sabía de mis ilusiones y también de mis miedos… A cambio del respaldo familiar frente a cualquier contratiempo, me acercaba a una ciudad donde todo y todos me eran desconocidos, donde tendría que empezar de cero, desoyendo viejas ideas que vivían en la mente de una
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gran mayoría, fruto de un desconocimiento brutal de la Historia. Asumiría el reto porque así lo deseaba.
Minutos antes de las siete de la tarde, la gente fue saliendo a cubierta, corrida la voz entre el pasaje de que ya se vislumbraba la costa. Familias enteras, grupos de jóvenes, algún que otro despistado como yo, tomamos posiciones. Casi la totalidad de viajeros volvían de disfrutar las vacaciones estivales. Pude palpar en el ambiente, y hasta sentir, la emoción del regreso a la Tierra Chica.
En el hall, ya no cabía un alfiler, deseosos todos de pisar tierra firme. Durante el tiempo de espera, tuve oportunidad de observar detenidamente a los más cercanos a mí, de una manera especial a las mujeres musulmanas. Bajo el pañuelo que les cubría la cabeza imaginaba un cabello negro y rizado, tan fino y brillante como el de sus hijas. Para éstas, pensé, aún no ha llegado el momento de ocultarlo. Una chilaba les impedía mostrar la piel morena de sus brazos y piernas. Rechacé automáticamente, por el carácter novedoso que representaba para mí, el color rojizo, henna, con el que algunas mujeres habían pintado las palmas de sus manos y las plantas de sus pies. A su vez, me chocó que los hombres musulmanes no guardasen ningún tipo de tradición en su vestuario. Las chicas jóvenes no musulmanas contrastábamos enormemente junto a ellas con nuestros atuendos veraniegos, donde los pantalones cortos y las camisetas de finos tirantes resaltaban aún más. Me costó trabajo entender, (tal vez por mi juventud y, sobre todo, por mi desconocimiento de la cultura musulmana), pero bonito de descubrir, que todos, incluidos ellos, fuésemos al mismo lugar, dentro del mismo barco, en la misma época, hacia la misma ciudad.
A mi llegada, un mozo solucionó nuevamente mi problema de equipaje, cargando con él desde el interior del buque hasta la parada de taxis. Por su tez morena y el cabello ligeramente ondulado deduje su origen
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bereber. Me despedí de él con una sonrisa mientras el taxista, sumamente amable, metía mis bultos en el maletero. Alce la vista hacia la muralla. Es bonita, pensé. El taxista, puntualizó: Melilla La Vieja. Debe verla… ¿Viene para mucho tiempo?... ¿Sacó la conclusión solo o tuvieron algo que ver las pesadas maletas?... El buen hombre debió tomarme por una mal educada pues no recuerdo haber contestado a sus preguntas, centrándome únicamente en todo cuanto me rodeaba. De Melilla conocía, gracias a la televisión y su chica del tiempo, su situación geográfica y las suaves temperaturas que solía gozar la ciudad, exceptuando las informaciones de los trágicos accidentes aéreos que además de enorme tristeza me ayudaron a decidirme por el barco…
Subí al coche radiante, dispuesta a descubrir la maravilla que se elevaba a mis pies. ¡Me gusta esto!, me dije para mis adentros, al rodear la Plaza de España. ¡Y pensar que más de uno se piensa que los camellos andan a sus anchas por la ciudad! Creencia o exageración, el caso es que, más de una vez, tuve que escuchar frases como ésta entre las personas de mi entorno, más o menos cercano, al enterarse que venía.
Desde la habitación del hotel, llamé a casa. Mi madre cogió al vuelo el teléfono, no dándole tiempo a una segunda llamada. …¿El viaje?... Muy bien. Aún no he visto ningún camello, me burlé. Eh, de veras, esto es estupendo.
Me di una ducha y salí a dar un paseo por los alrededores. Tomé una pizza en una concurrida cafetería, retornando al hotel posteriormente.
Aquella tarde, quince días después de mi llegada, un aire suave recorría de punta a punta la avenida de Juan Carlos I. La Avenida, como se conoce coloquialmente, alcanzaba su mayor esplendor por las tardes, durante las horas de comercio. Se salía a pasear al tiempo que se compraba;
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se compraba al tiempo que se paseaba. Para el melillense, visto desde mi punto de vista, recorrer la avenida está lejos de ser una aburrida rutina aunque se encuentre asiduamente con las mismas personas, convirtiéndose este hecho en una monotonía positiva pues rara vez no se encontrará con algún amigo del que hace tiempo no sabe nada. Para casos extremos, le bastará un simple: disculpa, no te he visto. Una ciudad irrepetible pero demasiado pequeña para el que llega de fuera, donde no hay carreteras que lleven a otras ciudades, a otros pueblos... El mar a un lado, la frontera a otro, y en el centro de ambos extremos: Melilla. En ella se combina el pasado y el presente, lo antiguo y lo moderno… Mientras unos se sienten acogidos desde el principio, otros perciben una sensación de opresión a las pocas semanas de llegar. ¿A qué grupo pertenecía yo? Aún no lo había descubierto, ¿o, sí?… Temía encariñarme en exceso de ella para después, pasados cuatro o cinco meses, tener que decirle adiós. Cuando en la Delegación de Córdoba me propusieron la posibilidad de trabajar en Melilla durante unos meses, el tiempo suficiente para ayudar a mis compañeros a poner al día el trabajo, me pareció una idea sugestiva cien por cien. Se abrió a mis pies un mundo excitante, -producto, tal vez, de mi corta experiencia laboral y personal-, al que me arrojé con los ojos cerrados, con la plena seguridad del que lleva en sus manos la felicidad garantizada.
Ciertamente, me sentía feliz. Paseé hasta el parque infantil. Niños de corta edad disfrutaban columpiándose, tirándose por el tobogán, haciendo mil diabluras, mientras sus madres o las señoras que los cuidaban conversaban entre ellas, intentando pasar el rato lo más distraídas posible . La diferencia de culturas en la ciudad se me hacía semejante a un árbol fuerte de cuyo tronco brotan infinidad de ramas: todas distintas, todas igual de bellas. También es verdad, pensaba yo, que esa misma diferencia puede
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llegar a desunir pero para eso están los niños, la sabia nueva, que a través de la complicidad en sus juegos, nos enseñan cómo la religión, la cultura, las ideas políticas aún no han entrado a formar parte de su mundo. A todos les hacen felices los mismos caramelos, las mismas golosinas, las mismas travesuras…, haciendo amistades entre ellos sin importarles si se llaman: Carlos, Ilias, Simón o Ana.
Por la noche, vinieron a buscarme dos chicas de la oficina. Acostumbraban a salir, junto a varios amigos más, todos los fines de semana. El punto de encuentro: Puerto Noray. Un puerto deportivo guapo donde los haya. Con pocos años a sus espaldas, goza de gran prestigio entre los amantes de la vela. Durante todo el año tienes oportunidad de gastar la pintura de los yates a fuerza de mirarlos…
Con las terrazas a tope, se nos hizo difícil dar con una mesa vacía. A poco de estar sentados, una niña de unos catorce años, de aspecto descuidado y ojos cansados, se acercó a nosotros. Uno de los chicos, antes de que la desconocida, al menos para mí, tuviese tiempo de abrir la boca, le dijo enojado:
- Vete. No seas pesada.
La niña, sin hacer caso, fue ofreciendo sus chicles a todos los componentes de la mesa, uno por uno. Al llegar a mí, nos miramos unos segundos. Ella se dio cuenta de mi debilidad e insistió de nuevo, a pesar de que volvieron a arremeter contra ella.
- ¿Cuánto vale? -le pregunté.
- Si le compras hoy, no te dejará en paz ninguna noche.
- Déjala que haga lo que quiera, a ti qué más te da…
- La culpa es de su madre que no se preocupa…
- Venga, Nadia. Toma, -Víctor, le entregó un euro- vete a dormir.
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Miré el reloj. Algo más de las tres de la mañana. Víctor me ofreció los chicles. Segundos después, otro niño, rondando los siete años, se acercó también. Pero fue Nadia, ésta vez, la que echándole el brazo por los hombros se lo llevó. Por separado, se recorrieron el resto de las mesas, ofreciendo su mercancía a cambio de poder librarse de la paliza de sus respectivas madres, según me aseguró Marina. Pequeños personajes trabajando por conseguir lo que para el resto de nosotros carecía de valor. Chicos como estos, algunos más pequeños, pasan la frontera y durante meses se dedican a vender chicles, viviendo en las calles y comiendo poco y malamente. Suelen ser muchos hermanos. Un día, sin saber porqué, dejas de verlos. Pero siempre vuelven. No tienen otro lugar mejor. Me consta que son conscientes de que jamás saldrán de la miseria que les rodea pero pocas veces te niegan una sonrisa. La situación que les ha tocado vivir les hace ser avispados… -concluyó Víctor, con el semblante grave.
Apelando a su sensibilidad, le rogué que me hablara de Nadia.
- Su situación no es muy diferente a la de cualquier otro chico o chica de los que ves por las calles vendiendo… Asegura que cruzó la frontera, por primera vez, con seis años. Lo hizo mezclándose entre las miles de personas que todos los días pasan a Melilla: unas, para trabajar como asistentas; la mayoría, como porteadoras, usando su cuerpo como única herramienta de trabajo.
- Sí, los he visto. Parecen mulos de carga. No se cómo lo soportan, un día y otro…
- …por dinero. El dinero mueve el mundo, ¿aún no te has enterado? –Sonrió.- ¿Porqué sino iban a venir los chicos?… La primera noche que Nadia durmió en la calle -me confesó Víctor-, los cartones la protegieron
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del frío pero no del miedo a la oscuridad. Después…, a todo se acostumbra uno, ¿no dicen eso?...
- Espero que no sea así, ni por ellos ni por nosotros -comenté bajito.
- No tiene más estudios que los que le ofrece la calle. -Continuó, haciéndome sentir cómplice de sus pensamientos.- No tiene amigos ni tiempo para jugar. Quizá te sorprenda saber, a mí me ocurrió, que sus verdaderos amigos creen que viene a Melilla a pasear, de visita a casa de parientes… Todos, sin excepción, sienten vergüenza de lo que hacen y aún tienen capacidad para soñar en llegar a ser policías, médicos, profesores… A eso se le llama niñez, ¿no crees?...
Los amigos de Víctor, aburridos de su casi exclusivo monólogo, cambiaron radicalmente de tercio, ridiculizando sus palabras. Nada recuerdo del resto; para mí, lo más importante ya se había dicho. Puede que solo yo, de los reunidos aquella noche, entendiese el sentir de Víctor; de lo que no me cabe duda es de que él sí comprendió el mío. De ahí que no me cogiera desprevenida su llamada, al día siguiente. Me esperó en la cafetería del hotel cerca de veinte minutos. Fuimos a desayunar (por decirlo de alguna manera, tratándose de la una de la tarde) a una cafetería, con decoración íntegramente moruna. No pillaba lejos del hotel y a mí me gustaba horrores. Pedí un té moruno con churros para mí y una cerveza para él.
- Debí parecerte un sentimental barato…
- ¡Vaya! Desconocía que también los sentimientos se midiesen con moneda de cambio… -ironicé- Si te soy sincera, cuando nos presentaron me pareciste un tío creído.
- ¿Por qué? -esbozó una sonrisa.
- Todos los guapos son creídos.
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Recuerdo con cariño su sonrojo y el mío. Pasados esos segundos donde no hay lugar posible para esconderse, por mucho que lo desees, Víctor me invitó a dar un paseo por lo que él llamaba el Sur de Melilla. Hasta ahora solo había conocido el Norte.
Dejamos atrás la empinada cuesta, que en otras ocasiones ya había subido, haciendo un pequeño recorrido turístico por el barrio que quedaba a nuestra derecha, sintiéndome observada por las vecinas que, movidas por la curiosidad, asomaban sus cabezas por las puertas entreabiertas, con niños pequeños en los brazos, algunas de ellas. Víctor paró el coche junto a una de esas puertas. Bajemos, me rogó, llamando por su nombre a una niña pequeña, sucia y mal vestida, que correteaba por la acera. Una mujer, bastante más joven de lo que en un principio me pareció, salió a nuestro encuentro con la sonrisa en los labios, y los gritos de varios de sus hijos que jugaban en la minúscula entrada. No tengo palabras para describir toda la miseria que mis ojos vieron, ni el olor a podredumbre que se respiraba, ya antes de entrar. Una cama plegable abierta velaba el sueño de uno bebé envuelto en una toalla. Varias vigas de la techumbre amenazaban con caer tras un invierno de fuertes lluvias. Sin otro grifo de agua potable que el de la ducha, robada de la tubería general, en ésta se lavaban, fregaban los platos y hasta bebían. Solo una televisión antigua les recordaba cada día todo lo que no tenían. Ocho personas, siete niños pequeños, pues el mayor no tenía más de dieciséis años, y su madre, vivían encarceladas en dos cuartuchos, victimas de la indiferencia; el tercero, lo dedicaban para alquilarlo a cualquier persona sin techo que les proporcionara un poco de dinero, por mínimo que fuese. De lunes a viernes, la madre se acercaba al comedor social donde le daban la comida del medio día. Los fines de semana, bocadillos para todos… -me dijo Víctor, entre dientes. Fadma, me contó, conoció a su marido una semana antes de la boda. No hubo
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amor entonces ni lo hubo después, solo intereses económicos entre dos familias, a cuál más pobre. Pasados unos años se quedó sola, al cuidado de sus hijos. Nadie, que no fueran sus vecinas más cercanas, teniendo en cuenta que era extranjera, se preocupó de sus necesidades más primarias hasta que llegó la etapa escolar y el aspecto descuidado de los niños encendió la voz de alarma entre los profesores. Fadma, nunca tuvo claro si por humanidad o por asco. Alá es Grande, se dirigió a mí con el rostro relajado y optimista. Lo es, pensé mientras me despedía de todos ellos. Víctor arrancó el coche en silencio. Seguía tan impresionada que, por una vez, no sentí la angustia que me producía bajar las estrechas y empinadas curvas hasta Aguadú; de igual modo, el alucinante paisaje, mezcla de mar y cielo, me pasó inadvertido.
- No debí traerte. Todas las ciudades tienen su Sur, no lo olvides. Solo que, en Melilla, con sus 12km2, Norte y Sur viven estrechamente unidos.
- Ha sido como vivir en directo un documental sobre la pobreza, en el otro extremo del mundo, lejos de la zona Norte... –intenté explicarle, ¡a él, a la persona que me había abierto los ojos!… Víctor apretó mi mano con fuerza, transmitiéndome su energía positiva.
- Respira fuerte y alegra esa cara. Te invito a comer espaguetis. Nada tienen que ver con los suculentos langostinos que preparan en el restaurante de mi amigo, pero en estos momentos me temo que nos atragantaríamos comiéndolos.
Su casa, en la misma placeta del barrio, desde donde se contemplaban unas casas de colores chillones, a lo largo y ancho de la ladera del monte frente al que estábamos, era pequeña y cargada de libros por todas partes.
- ¡Qué se puede esperar de un maestro! -exclamó, a modo de excusa.- ¿Te ha gustado la vista?... El barrio es de mayoría musulmana, de ahí
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el peculiar estilo de sus casas.
Me gustó, aunque no el color de sus casas, sí el hecho de que formaran parte del paisaje global de una ciudad diferente.
Dentro del avión, a punto de despegar rumbo a la Península, pienso en los niños que me han enseñado a mirar hacia atrás, a tener la valentía de reconocer que la pobreza forma parte de nuestra existencia, y que es necesario combatirla, sin desprecios ni olvidos… Que no hay más frontera que la de nuestros sentimientos. Consciente de que es una ciudad que necesita desarrollar su infraestructura, he aprendido que se puede vivir con el otro sin que éste comulgue contigo, y, a su vez, me ha recordado que hay niños por doquier que pasarán su infancia sin haber vivido su niñez.
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