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* Envío de
SERPAL 221 - 03
Amigas, amigos,
Mientras la estrategia militar de los Estados Unidos sigue cumpliendo
sus propios plazos de despliegue y logística, el campo diplomático
es el escenario donde se debate que porción de "legitimidad"
internacional tendrá el ataque imperial que se prepara.
Eso lo deciden los gobiernos de cinco países "grandes",
que además disfrutan de escaño permanente y derecho
de veto, y otros 10 cuya presencia es coyuntural ya que son asignaciones
rotativas cada dos años. En esta trascendente decisión
no participa la Asamblea General de las Naciones Unidas, o sea,
los restantes 165 países del planeta. El mecanismo bélico
lo activó el gobierno de George Bush.
Y la decisión, al márgen de lo que haga Sadam o suceda
con los inspectores, estaba tomada desde hace tiempo. "No importa
que no nos apoyen. Una vez que empecemos nosotros, todos nos seguirán"
afirmaba Don Rumsfeld el 28 de agosto del año pasado.
Y es oportuno cuestionarse: ¿ Que credibilidad y solidaridad
merecen hoy los Estados Unidos ?
La pregunta la formula nuestro compañero Miguel Soler Roca,
y le sirve para recordar - y de paso recordarnos - los antecedentes
de intervenciones norteamericanas ilegales y motivadas por sus propios
intereses económicos, o de dominio y control geo-estratégico.
Sus reflexiones nos plantean que hegemonía militar no quiere
decir razón ni autoridad moral.
Miguel Soler es un educador de extensa trayectoria, que vivió
muchos años en América Latina, y que mantiene un sólido
y coherente compromiso social y humano. Les invitamos a leer detenidamente
el artículo que nos envía: "Nosotros, los pueblos..."
Un abrazo, Carlos,
Redacción de SERPAL.
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>> CRÓNICAS DE LA PRE-GUERRA DE AGRESIÓN
Nosotros, los pueblos...
por Miguel Soler Roca
** La compleja situación que
plantea la llamada Crisis de Irak tiene como antecedente innegable
la tenaz y casi siempre funesta contienda por el poder que durante
milenios han venido librando personas, grupos, etnias, religiones
y estados. Con una diferencia: que mientras las guerras del pasado
tenían lugar en general al margen de toda codificación,
predominando la ley del más fuerte, los conflictos del último
medio siglo se enmarcaron (o debieron haber sido enmarcados) por
instrumentos jurídicos de adopción y de acatamiento
universales, en particular la Carta de las Naciones Unidas.
Dicha Carta, adoptada en San Francisco en 1945, comienza con la
conocida frase "Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas,
resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de
la guerra...". Tras más de medio siglo de funcionamiento
de las NN.UU. y sus Organismos Especializados (yo he trabajado en
uno de éstos durante más de veinte años) tengo
la sensación de que en la comunidad internacional institucionalizada
crece incesantemente la distancia entre los Pueblos y los Gobiernos.
Éstos, representando a aquéllos con mayor o menor
legitimidad, son en definitiva los que toman las decisiones. La
abismal discrepancia entre la posición de los Pueblos de
España y la del Gobierno del Estado Español respecto
al caso de Irak ilustra con claridad este alejamiento que reduce
de manera drástica la calidad de nuestra aún novel
democracia.
Es notorio que el conflicto gira fundamentalmente en torno al eje
Washington-Bagdad y que el Presidente Bush procura por todos los
medios que sus actuaciones estén refrendadas, gracias a una
postura favorable de las NN.UU., por un elevado grado de legitimidad
internacional, por un supuesto fortalecimiento de la credibilidad
del Consejo de Seguridad, en definitiva, por la comprensión
y si es posible el beneplácito y cooperación de la
comunidad internacional, a través de apoyos gubernamentales,
ya que los populares le son categóricamente negados.
Hay dos maneras de actuar en los organismos internacionales: conforme
al espíritu que les dio origen o conforme a un juego de relaciones
de poder de quienes procuran instrumentalizarlos en beneficio de
intereses rara vez confesables. Me atrevo a afirmar que el Gobierno
de los Estados Unidos no tiene ninguna autoridad moral para invocar,
en este caso, el espíritu de la Carta de las NN.UU. y de
las disposiciones que rigen el funcionamiento del Consejo de Seguridad.
En efecto. Durante decenios, Estados Unidos ha adeudado proporciones
considerables de sus cuotas a las NN.UU., dificultando, por no decir
saboteando, el cumplimiento de las misiones de la Organización.
En el Consejo de Seguridad la representación de los Estados
Unidos es la que ha hecho uso más frecuente de su derecho
a veto, impidiendo el cumplimiento de decisiones que contaban con
respaldo mayoritario. En variadas cumbres planetarias convocadas
por las NN.UU., los representantes oficiales de los Estados Unidos
se han opuesto a la adopción de medidas que la comunidad
internacional reclamaba como indispensables para el progreso humano.
Pese a su inmenso poder, los Estados Unidos no han hecho nada por
obligar al Gobierno de Israel a cumplir las resoluciones de la Asamblea
General y los mandatos del Consejo de Seguridad relativos a su conflicto
con el Pueblo Palestino. En 1984 el Gobierno presidido por el Sr.
Reagan, pretextando razones insostenibles, decidió abandonar
la UNESCO, que se ocupa de la educación, la ciencia, la cultura
y la comunicación. Los Organismos del Sistema de las NN.UU.
cumplen una importante función normativa, adoptando declaraciones,
recomendaciones, pactos, convenciones, etc. Estos dos últimos,
son de cumplimiento obligado para todo Estado Miembro que los haya
ratificado, generalmente por vía parlamentaria. Estados Unidos
omite frecuentemente hacerlo, quedando así liberado del compromiso
de dar acatamiento a lo estipulado en estas convenciones y pactos.
Algunos ejemplos: nada más que en el área de los Derechos
Humanos, selecciono de una lista mayor cuatro acuerdos fundamentales
que hasta el 9 de diciembre de 2002, según la Oficina del
Alto Comisionado de las NN.UU. para los Derechos Humanos, no habían
sido ratificados por los Estados Unidos: el Pacto internacional
relativo a los derechos económicos, sociales y culturales
(1966), la Convención internacional sobre la protección
de los derechos de los trabajadores inmigrantes y los miembros de
sus familias (1990), la Convención sobre la eliminación
de todas las formas de discriminación contra las mujeres
(1979) y la Convención sobre los derechos del niño
(1989), esta última, asómbrese el lector, ratificada
según dicha Oficina por todos los Estados Miembros de las
NN.UU., con sólo dos excepciones: Somalia y Estados Unidos.
Son apenas cuatro ejemplos entre decenas de casos de cómo
se comporta este Estado fundador de las NN.UU. y sede de su Secretaría.
Ejemplos que revelan su desprecio por la legalidad internacional
y por el consenso, a los que ahora hace enfáticos llamados.
No voy a enumerar la cantidad de veces que los sucesivos gobiernos
estadounidenses han intervenido por vías múltiples
en los países de América Latina: usurpación
territorial, invasiones de sus marines y bombardeos, derrocamiento
efectivo de autoridades legítimamente constituidas, cuyo
ejemplo más dramático, aunque no el único,
es el del Presidente Allende, tentativa de derrocamiento en otros
casos, intervenciones descaradas en procesos electorales, respaldo
oficial a la acción expoliadora de sus multinacionales, imposición
de doctrinas militares que, como la de la seguridad nacional, dieron
cobertura a prolongadas y sangrientas dictaduras, todo ello violando
sin el menor escrúpulo la mención que el Artículo
1 de la Carta de las NN.UU. hace a relaciones de amistad entre las
naciones "basadas en el respeto al principio de la igualdad
de derechos y al de la libre determinación de los pueblos".
El episodio que culmina esta reseña -que podría ser
mucho más extensa- se refiere a Nicaragua. Todos recordamos
que el Presidente Reagan vio en el Gobierno Sandinista, partidario
del pluralismo político, la economía mixta y el no
alineamiento internacional y ratificado por las elecciones democráticas
de 1984 en las que el FSLN obtuvo el 67 % de los votos, un mal ejemplo
para los demás pueblos de América Latina y un riesgo
para su patio trasero, que era preciso combatir mediante múltiples
formas de ataque directo e indirecto, desalentando así todo
proyecto liberador en la región. La manifestación
más notoria de esta política intervencionista fue
la organización y el financiamiento explícito de la
Contra, cuyas criminales acciones habían ocasionado hasta
junio de 1987 más de 40.000 víctimas, la mitad de
ellos muertos, incluyendo entre éstos 2.210 niños
y 179 maestros.
La República de Nicaragua denunció estos gravísimos
hechos ante la Corte Internacional de Justicia, creada en el Capítulo
XIV de la Carta de las NN.UU. como su órgano judicial principal.
El Artículo 94 de la Carta estipula que "cada Miembro
de las Naciones Unidas se compromete a cumplir la decisión
de la Corte Internacional de Justicia en todo litigio en que sea
parte". La sentencia de 27 de junio de 1986 de la Corte fue
terminantemente favorable al derecho del Pueblo Nicaragüense
a vivir en paz. Dice el punto 3: (La Corte) decide que los Estados
Unidos de América, al entrenar, armar, equipar, financiar
y abastecer a las fuerzas de la Contra, (...) ha actuado contra
la República de Nicaragua, en violación de su obligación
según el derecho internacional consuetudinario de no intervenir
en los asuntos de otro Estado". Por el Punto 6 (la Corte) "decide
que al colocar minas en las aguas internas o territoriales de la
República de Nicaragua (...) los Estados Unidos de América
han actuado en contra de la República de Nicaragua en violación
de sus obligaciones (...) de no usar la fuerza contra otro Estado,
de no intervenir en sus asuntos, de no violar su soberanía
y de no interrumpir el comercio marítimo pacífico".
En su Punto 12 la Corte "decide que los Estados Unidos de América
están en la obligación inmediata de cesar y de abstenerse
de todos aquellos actos que puedan constituir violaciones a las
obligaciones jurídicas indicadas". Otros puntos de la
sentencia detallan aun más, censurándolas, las violaciones
cometidas, entre ellas el bloqueo comercial sistemático,
para llegar a la conclusión en el Punto 13 de que "los
Estados Unidos de América están en la obligación
de indemnizar a la República de Nicaragua por todos los daños
causados a Nicaragua por las violaciones de las obligaciones de
conformidad con el Derecho Internacional".
El Gobierno del Sr. Reagan no acató la sentencia de la Corte,
no interrumpió sus agresiones, al contrario, las intensificó,
y jamás indemnizó al Pueblo Nicaragüense por
los daños que le había causado. Por otra parte, no
hace falta agregar que el derecho a veto de los Estados Unidos en
el Consejo de Seguridad imposibilitó que éste diera
paso alguno en favor de la paz que el Pueblo de Nicaragua tanto
necesitaba..
¿Qué credibilidad y solidaridad merecen hoy los Estados
Unidos? ¿Por qué el Consejo de Seguridad tendría
que autorizar el uso del supremo recurso de la guerra para resolver
un problema -cuya gravedad no pongo en duda- a pedido de un Estado
Miembro con estos antecedentes que han venido minando los esfuerzos
por edificar el mundo justo y pacífico soñado en 1945?
Quisiera equivocarme. En los próximos días el Presidente
Bush -no su Pueblo, parte del cual resiste valientemente la embestida
belicista- hará un daño irreparable a las NN.UU. "Haré
la guerra -dice- con o sin las NN.UU.". En ambos casos los
daños humanos, materiales e institucionales serán
mayúsculos. Si arrastra a los miembros de la Organización
a su desproporcionada aventura armada, caerá por los suelos
la finalidad de "practicar la tolerancia y convivir en paz",
que estipula el Preámbulo de la Carta. Si los votos o los
vetos le son desfavorables en el Consejo de Seguridad y emprende
la guerra en soledad o desde una posición minoritaria e ilegal,
habrá confirmado que los Estados Unidos son un país
marginal a la voluntad planetaria de superar todas las formas de
violencia.
Caído el muro de Berlín, con todas sus connotaciones
políticas, los Estados Unidos están ahora en condiciones
de ejercer una indiscutible hegemonía militar, económica
y, por ende, política. Esta guerra puede servirle para probar
sobre el terreno nuevas armas, para remodelar las estructuras geopolíticas
de esa parte del Mundo, para dominar aún más la producción
y venta del petróleo, para incrementar la gravitación
de una cultura y una cosmovisión que muchos de nosotros no
deseamos compartir. Pero no le servirá, como lo pretende,
para liderar éticamente el Mundo ni para aliviar la suerte
de los ciudadanos iraquíes, ni para liberar a la Humanidad
de nuevas guerras y viejas pobrezas.
En este contexto, siento una gran tristeza y una infinita vergüenza
por el hecho de que el Gobierno de España comparta con el
de Estados Unidos tan siniestros propósitos. Sólo
la movilización popular nos puede exonerar de semejante destino
histórico. NOSOTROS, LOS PUEBLOS, desconociendo a nuestros
equivocados e infatuados representantes, debemos seguir emitiendo
nuestro grito: NO A LA GUERRA.
Miguel Soler Roca para SERPAL.
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SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa.
serpal@wanadoo.es
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Enviado por SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa.
e-mail: serpal@wanadoo.es
12 de marzo de 2003.
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