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SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa
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Muchas fuentes de información están envenenadas.
Pruebe las noticias antes de tragarlas.
( De una viñeta de "El Roto", humorista español
)
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Amigas, amigos,
Los grandes medios de comunicación suelen esgrimir la "libertad
de expresión" como una de sus banderas irrenunciables.
Pero a la hora de la verdad, tienen una peculiar forma de entender
ese principio. Uno de esos casos, es la supresión de la columna
de Fernando Garavito en el diario "El Espectador". Para
la dirección del periódico se trató de una
"renovación" y en ningún caso supone un
ejercicio de censura. Las cartas de lectores y las opiniones de
algunos colegas del periodista parece que no coinciden con este
argumento. Quizás mejor encaminado iba otro columnista del
mismo diario, Alfredo Molano, cuando en su columna escribía..."
Creo que El Espectador debe darnos a los lectores de Garavito una
explicación que impida pensar que el motivo está vinculado
a las opiniones que El Señor de las Moscas expresó
en una memorable y valiente columna sobre el entonces señor
Uribe Vélez, y que, en última instancia, le acarrearon
el exilio."
Les adjuntamos una carta del propio Fernando Garavito.
Un abrazo.
Carlos
Redacción de SERPAL
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>> Censor y piltrafa
Fernando Garavito
El domingo anterior, cuando estaba seguro
de haber pasado definitivamente al olvido, el director de "El
Espectador" resolvió rescatarme del anonimato y devolverme
al chaleco y corbata de las letras de molde. De esa manera vine
a saber, y vinieron a saber sus lectores, que la decisión
de prescindir de mi columna, que él había presentado
ocho días atrás como una "renovación editorial
en las páginas de
opinión", era simple y llanamente una censura. Ese laberinto
no lo podría sustentar nadie que no utilizara la difícil
prosa del director.
Después de romperme lo poco que
me queda de cabeza, yo, que soy el primer interesado, le saqué
el sentido. Es este: yo no censuro, pero censuro, por lo cual si
censuro, no censuro. De esa manera, debió pensar él,
quedarían incólumes los sagrados principios de la
libertad de
prensa, la actitud democrática del censor, el prestigio del
periódico, el sabor de la cerveza, y el futuro de una actividad
sobre la cual se ha dado un sonoro campanazo que por ahora sólo
le ha roto los tímpanos al directamente involucrado.
Pero el periódico respeta la
opinión de los demás. Para demostrarlo, ahí
estuvieron las cartas de los lectores, y el artículo de Alfredo
Molano y el equilibrio de Lisandro Duque y la addenda de Ramiro
Bejarano. A todos muchas gracias. A pesar de lo cual haré
aquí, por una única vez, unas
ligeras aclaraciones.
En efecto, hablamos de algo mucho más
complejo que el derecho de un individuo a expresar su opinión
en un medio del que no es accionista. A los señores de Bavaria
les tiene sin cuidado que el artículo de marras sea rigurosamente
exacto en lo que dice. A ellos lo que les importa es
que el reajuste del precio de la cerveza no se vea afectado por
la actitud libertaria de un individuo indeseable. Al precio se le
sacrifica todo, y en primer término la verdad. ¿O
me quieren decir ustedes que el negociado del Banco del Pacífico
no fue como quedó dicho en ese
artículo, y que los principales implicados, que deberían
estar en la cárcel, no son hoy los ministros y embajadores
más destacados del régimen? Si yo llamé a esos
individuos "delincuentes de cuello blanco" es porque lo
son.
La denominación, con base en
la cual Bavaria censuró mi artículo y prescindió
de mi columna, se ajusta en un todo a la verdad. Por lo menos a
mi verdad. Y era mi verdad la que yo decía en mi espacio
y mi verdad la que hubiera podido ser demandada por cualquiera de
los implicados. Me
gustaría que hubiéramos llegado a esa instancia.
Que el poderoso mininjusticia o Morenito
resolvieran llevarme ante los tribunales. Todavía hay jueces
honorables en este país y ante uno cualquiera de ellos podrían
aclararse muchas dudas, muchos malos pasos, muchas iniquidades.
Pero Bavaria resolvió que no, y en el seno de su
junta directiva señaló hasta qué punto llegaba
la libertad de un periódico que, según cree, es de
su propiedad. Como la tercera parte del país, porque las
otras dos terceras se la reparten los otros dos
poderosos grupos económicos, dado que el resto ("y el
resto vale menos") pertenece a los paramilitares y el resto
a los guerrilleros, y lo que sobra a los políticos. Para
nosotros sólo el silencio. Y el exilio. Y el hambre.
Delincuentes de cuello blanco. Porque
si fueran de ruana y pulga tampoco estarían en la cárcel.
¡Si en este país no condenan absolutamente a nadie!
Por eso aquí todos somos "presuntos". Pongamos
un ejemplo cualquiera: el de los violadores sexuales. ¿Cómo
se les diría a los
incriminados por ese delito? ¿Presuntos señores violadores
sexuales? Pablo Escobar, el peor criminal que haya conocido la América
Latina en toda su historia (en el norte está Kissinger),
murió sin que un solo tribunal hubiera dictado contra él
una sentencia condenatori
Entonces, según el director,
¿tendría que decirle "don Pablo"? Pues no.
Como no es "comandante" el próximo senador Castaño,
que a pesar de la reinserción, del diálogo, del beneplácito
del estrato 6, y del cómplice proceso de paz del gobierno,
siempre será un criminal desalmado, un
narcotraficante confeso y un psicópata absurdo. Y como los
violadores sexuales no son "señores violadores sexuales"
sino sujetos despreciables. Ahora, me pregunto, si yo hubiera calificado
a Morenito y a sus secuaces como "presuntos criminales de cuello
blanco",
¿conservaría mi columna? Y, en tal caso, ¿el
director conservaría su prestigio?
Les puedo asegurar que no. En todo esto
importa la libertad de opinión pero también importa
la verdad. El plinio tenía una opinión, pero ¿a
alguien le importaba la opinión del plinio? A muy pocos,
que yo sepa. Tal vez a los generales Millán y Del Río,
y a Pedro Juan Moreno y a
Marulanda y al chapetón Aguirre. La sola enumeración
muestra algo oscuro: esa es la sociedad de la mentira. Es necesario
señalar que los medios de información tienen que mantener
una distancia sideral respecto de los grupos económicos,
sin que ellos mismos lleguen a convertirse en
grupos económicos.
Un medio de información, pertenezca
a quien pertenezca, es únicamente de sus usuarios. Colombia
entera se escandalizó cuando El Espectador fue vendido al
mejor postor. En ese momento, Bavaria creyó comprar una tensión
espiritual, una forma de ser, una historia escrita con
sacrificio y con verdad. Pero no. Eso no se compra jamás.
El grupo compró, tal vez, unas instalaciones, y es posible
que hoy sea dueño del edificio, y que el director sea tal
vez el director de un señor de apellido Lesmes.
Sin embargo El Espectador de verdad,
ese que se grita por la calle y se recuerda como una antorcha encendida
en los días aciagos, es tan nuestro como pueden serlo el
aire o las tormentas. Lo leeremos o no lo leeremos, ese es otro
problema. Pero no queremos que lo sigan convirtiendo en la
última piltrafa del país que ellos emborrachan cada
día.
Enero de 2003
* Fuente: Grupo Nizkor
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6 de febrero de 2003
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