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>> Envío especial para los suscriptores
argentinos,
y organismos de solidaridad.-
SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa
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>> ILUSIONES. ( Hacia otro país posible )
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Aviso:
Muchas fuentes de información están envenenadas.
Pruebe las noticias antes de tragarlas.
( De una viñeta de "El Roto", humorista español
)
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Amigas, amigos,
La única certeza, es que no hay certezas. Aunque hay quienes
resucitan viejos catecismos y recetas, los sectores sociales que
desde hace un tiempo han comenzado la construcción de nuevas
formas de organización prefieren hacer su propio camino.
Y si bien no reniegan de la experiencia, recelan de todo aquello
que se presenta como "fórmula mágica". Saben
que están ante un desafío inédito:
un país desvertebrado, la acumulación de frustraciones,
un terrible período represivo, la destrucción de valores
éticos, la entrega de recursos básicos, el endeudamiento
tramposo, la impunidad de los represores y de los delincuentes económicos,
una clase política donde predomina la corrupción y
la ineficacia, y lo que es peor, una contaminación de la
falta de escrúpulos y del "vale-todo" hacia amplias
capas de la sociedad. Sin este último elemento, no hubiera
sido posible este largo período de descomposición
ni la persistencia de personajes y metodologías que van desde
lo frívolo a lo mafioso.
Entre aquellos sectores que intentan nuevos caminos, están
las asambleas barriales, que apenas tienen un año de vida.
Y aunque como era previsible, la participación no es tan
numerosa como en el comienzo, muchas han logrado consolidarse y
madurar con sus propias experiencias. Ahora afrontan las urgencias
de la situación social, y a ello, se sumará la presión
de la coyuntura electoral. Eso ayudará a que el proceso popular
no se detenga o pierda fuerza. Pero exigirá prudencia para
evitar la tentación de saltar etapas o de buscar supuestos
atajos ya fracasados. Habrá que seguir contrastando la acción
con la discusión; hacer y valorar. En esa búsqueda
y diseño de las alternativas políticas sociales y
económicas, la palabra, las razones y el debate serán
las herramientas imprescindibles. Y se autoeliminarán aquellos
que siempre tienen todas las respuestas. La nota de Pasquini Durán
que incluímos en este envío, sugiere reflexiones,
comparte algunos datos interesantes, promueve nuevos debates y además,
nos recuerda que apenas se han dado unos pasos hacia ese horizonte
todavía impreciso y distante.
Un abrazo.
Carlos
Redacción de SERPAL
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>> ILUSIONES ( Hacia otro país posible
)
Por J. M. Pasquini Durán
Mientras los personeros de la vieja
política sigue instalados en la estratosfera de las maquinaciones
electorales, hay organizaciones sociales y políticas dedicadas
a encontrar formas nuevas de participación. Por tercer año
consecutivo, el Foro Social Mundial en Porto Alegre trata de organizar
una concepción distinta de la globalización, basada
en la libertad, la justicia y la paz. Deliberaciones multitudinarias
y plurisectoriales son incapaces de elaborar recetas detalladas,
tampoco nadie las busca, pero n pueden confeccionar, por vía
del intercambio de experiencias y opiniones, una manera distinta
de habitar el planeta, hacerse cargo de las necesidades y aspiraciones
de sus pobladores y, sobre todo, fijar las pautas generales que
hagan posible otro mundo. Hay que tener en cuenta que el Foro no
es una superestructura vertical sino un espacio de encuentro, al
que llegan delegados y voluntarios de movimientos de base y de organizaciones
no gubernamentales de distintos tipos, tamaños y geografías,
que realizan su actividad principal en los ámbitos específicos
de sus vidas cotidianas. O sea que sus resultados expresan los avances,
retrocesos, triunfos y frustraciones del conjunto, cargado además
por las incertidumbres y angustias de la época.
El Foro ofrece la posibilidad, entre otras, de echar una mirada
global sobre el estado de situación de los movimientos populares,
ya que los grandes canales de información suelen ocuparse
más de las ocurrencias en la estratosfera, la mayoría
subyugados por la convicción que los destinos colectivos
no serán decididos desde las bases. Algunos están
interesados en descalificar o en ignorar lo que sucede por debajo
del poder establecido, aunque sea para evitar su propagación,
y otros, sin esas ataduras, tienen que vencer grandes dificultades
para reunir los datos dispersos en sociedades cada vez más
fragmentadas y compartimentadas. Así, salvo en momentos excepcionales,
las porciones organizadas de la sociedad escapan a la mirada de
los demás. Es el caso de las asambleas vecinales, cuya existencia
o vitalidad es puesta en duda, después de la euforia por
su existencia en las semanas posteriores a diciembre de 2001.
Quienes siguen de cerca esas trayectorias reconocen que no tienen
ya la asistencia de sus primeros tiempos, pero un recuento informal
revela que siguen funcionando, con distinta suerte y envergadura,
alrededor de un centenar de asambleas en todo el país. La
mayoría cumple tareas comunitarias y de solidaridad en sus
territorios barriales, pero en un número impreciso también
se dedican a pensar sobre las posibles reformas políticas
que le den otra calidad al sistema democrático. Es un esfuerzo
difícil, porque no hay recetarios ni manuales de referencia
para elaborar las hipótesis de la renovación, pero
es preferible el tanteo inseguro a la resignación o el mero
desprecio generalizado por los partidos de la vieja política.
Allí donde estos temas son abordados por la reflexión
colectiva, las discrepancias afloran lo mismo que los interrogantes
sin respuestas definitivas. Entre los extremos de los que imaginan
una próxima toma del Palacio de Invierno, a la manera de
la revolución de los soviets, o la fundación de falansterios,
comunidades cerradas y puras, típicas de la etapa romántica
del socialismo primitivo, hay una oferta considerable de variantes.
La mayoría tropieza con dos dificultades principales: definir
los roles del Estado y de los partidos políticos, por un
lado, y las maneras de organizar una democracia de participación,
por el otro.
Quienes trabajan sobre estos tópicos suelen partir del supuesto
de mantener la democracia como sistema, en lugar de suspirar por
salvadores providenciales o liderazgos verticales. Esta semana,
por ejemplo, circuló por Internet un anteproyecto de reforma
política, cuya elaboración se atribuye a la asamblea
popular de Plaza Bélgica en Rosario, que propone "un
sistema de representación mixto y equilibrado, donde coexistanpolíticos
partidarios y apartidarios, donde los gobernantes tradicionales
convivan con el control ciudadano". El texto rechaza "cambiar
la representación partidaria por la no partidaria -un monopolio
por otro, con el agravante de que la ausencia de partidos siempre
deriva en el partido o facción única- ni menos aún
eliminar la representación", aunque reclaman "algún
Plan Fénix" que remueva el anacrónico modelo
de partidos en el país. Para sus autores el futuro modelo
institucional deberá combinar el verticalismo partidario
con la horizontalidad de las representaciones comunitarias, en primer
lugar en el nivel municipal mediante la elección de concejos
vecinales -citan la experiencia de los dieciocho concejos de Montevideo-
y abarcar después los otros andariveles del Estado, a partir
de la sustitución del actual artículo 22 de la Constitución
-el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes-
por otro texto que podría decir así: "Los representantes
y autoridades del pueblo no gobiernan sino de rigurosa conformidad
con los instrumentos de control ciudadano creados ad hoc. Toda autoridad
constituida que ignore o conculque estos mecanismos incurre en acto
de insanable nulidad". (La versión completa puede encontrarse
en www.plazabelgica.com.ar )
Por supuesto que estas ideas son una incitación a la polémica
y a la reflexión compartida antes que una propuesta terminada,
pero su difusión apunta también a incentivar a las
fuerzas políticas que manifiestan voluntad de cambio para
que avancen por ese rumbo de transformaciones, en lugar de seguir
estancados en la mezquina disputa por los cargos y los espacios
de poder en estructuras institucionales que están vaciadas
de contenidos y ajenas al sentimiento de la ciudadanía. Sin
necesidad de análisis refinados ni artes de adivinación,
el sentido común indica que candidatos elegidos a dedo, congresos
de aparatos partidarios o recursos leguleyos manejados con tráfico
de influencias, tal vez podrán instalar boletas en el cuarto
oscuro, pero el gobierno que surja de las urnas será insanablemente
débil para afrontar la complejidad y el número de
asuntos públicos que requieren soluciones equitativas o innovadoras
a fin de terminar con el ciclo de la decadencia insoportable.
Tampoco es factible desplegar un plan de desarrollo sustentable
mientras los parámetros sean los que establecen las técnicas
del Fondo Monetario Internacional (FMI), cuya incompetencia ha sido
comprobada hasta el hartazgo en todo el planeta. No existe un solo
ejemplo en el Norte o en el Sur del mundo que ese organismo pueda
mostrar como un modelo cierto de progreso para las mayorías.
Cada vez que el gobierno celebra, como ahora, la firma de una carta
de intención, los ciudadanos tienen motivos equivalentes
para lamentarse. En esta ocasión, aún antes de firmar
el acuerdo transitorio, ya estaba listo el decreto presidencial
que allanará el camino para el aumento de tarifas de los
servicios públicos privatizados, cuya prestación actual
emula la tan criticada gestión estatal del pasado, con cortes
de energía eléctrica, agua potable que no se puede
ingerir, déficit en los servicios cloacales, y la enumeración
podría seguir del mismo modo que lo hacían en su tiempo
los propagandistas de la privatización. No se trata, por
supuesto, de volver a las deficiencias del pasado pero tampoco existe
razón alguna para soportar las del presente a un costo que
sigue midiéndose en dólares como en los momentos de
jolgorio de la convertibilidad.
El movimiento popular tuvo que hacerse cargo de múltiples
obligaciones que el Estado ignora, en primer lugar las más
elementales de alimentación y subsistencia que millones de
personas reciben por obra de la solidaridad o de las organizaciones
civiles básicas. A pesar de ese cuadro, hay voces de elogio
para el ministro de Economía, Roberto Lavagna, al que se
adjudican méritos de comportamiento, pero sin contrastarlos
con los resultados concretos. Una de las características
de la decadencia consiste, precisamente, en bajar los estándares
de referencia a dimensiones menos que módicas.
Parece suficiente con que no haya muertos por hambre en las calles
-todavía fallecen en los hospitales- o que la paz social
dependa de los aportes del BID o del Banco Mundial para financiar
los programas asistenciales. La trascendencia del Foro y de los
esfuerzos por encontrar un camino a partir de las asambleas, los
piquetes, las fábricas recuperadas y tantas otras muestras
de organización de base atienden y resuelven muchos problemas,
pero ante todo son un recordatorio constante de que otro mundo y
otro país son posibles.
Fuente: J.M. Pasquini Durán, "P 12 "
SERPAL,
Servicio de Prensa Alternativa
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28 de enero de 2003
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