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>> Envío
especial para los suscriptores mexicanos
y organismos de solidaridad.-
SERPAL, Servicio de Prensa Alternativa
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Aviso:
Muchas fuentes de información están envenenadas.
Pruebe las noticias antes de tragarlas.
( De una viñeta de "El Roto", humorista español
)
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Amigas, amigos,
Aquellos que suponen que la ola neocapitalista terminará
por doblegar todas las voluntades y que cederán rebeldías
y resistencias ante los supuestos beneficios de la "modernización",
se sorprenden con la vitalidad que los movimientos sociales han
puesto en marcha para reclamar derechos y justicia. Aquellos que
sobre el mapa diseñan un mundo a su conveniencia, "borraron"
a los agricultores. Pero la empecinada realidad demuestra la presencia
y la lucha campesina contra este "nuevo orden" que los
ignora y que los excluye.
Tiempo de que estos reclamos confluyan con los de otros sectores
sociales, "apretados" por un mismo sistema que solo vela
por su poder y sus ganancias.
Un abrazo,
Carlos
Redacción de SERPAL
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>> Del campo viene el rumor
Armando Bartra
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El campo se nos vino encima. Los rústicos
se volcaron sobre la ciudad. El 31 de enero de 2003, 100 mil personas,
entre agricultores y manifestantes solidarios, tomaron el Centro
Histórico de la capital de la esperanza exigiendo un espacio
digno en el futuro de México. Venían de todos los
rincones del país. Y para los campesinos manifestarse en
el vórtice político de la nación es cuesta
arriba. Muchos habían empezado la marcha una semana antes,
cuando salieron del rancho, por la brecha, a la cabecera municipal,
para de ahí agarrar camino a la capital del estado y luego
en camiones rentados hasta el Distrito Federal. Todo para desfilar
cinco horas con un solo grito: ¡El campo no aguanta más!
Porque, en verdad, el campo no aguanta más. Manotea el maizal.
Airados murmullos agitan las milpas, donde asambleas de mazorcas
maduran su coraje apretando los dientes. Se secó la paciencia
del México profundo.
Hace 20 años los teólogos del neoliberalismo tuvieron
la revelación de que los campesinos estaban de más.
Y armados con la espada del libre comercio y la cruz de las ventajas
comparativas emprendieron una cruzada contra las comunidades rurales.
A golpes de mercado se impusieron, vaciaron el campo de los rústicos
sobrantes. En una nación de milpas, traspatios fecundos,
huertas y acahuales, los tecnócratas se propusieron barrer
con la dizque ineficiente agricultura campesina desatando el éxodo
rural. Pero acabar con la pequeña y mediana producción
agropecuaria es sacrificar la seguridad alimentaria y renunciar
a la autosuficiencia laboral, y en un país con una población
rural de 25 millones garantizar la comida y el empleo en el campo
es asunto de seguridad nacional. Sin olvidar que los campesinos
no sólo nos alimentan a todos, reproducen socialmente la
diversidad biológica sociocultural.
Y en el tercer lustro el movimiento campesino se levantó
de entre los muertos. Cuando ya muchos las daban por difuntas y
enterradas, las organizaciones gremiales se alzaron de sus cenizas.
Los incontables agrupamientos campesinos que el viernes 31 marcharon
por las calles de la capital, mostraron su fuerza a la nación
y al gobierno rejego. Pero sobre todo se convencieron a sí
mismos de que son muchos, de que no están solos y de que
el triunfo es posible. Y de pasada mostraron a los chilangos los
incontables méxicos que todavía somos. Porque los
campesinos están ahí, en el micro y en el Metro, en
los altos y en el camellón, comprando y vendiendo. Están
ahí, pero no se les ve. Hasta que por fin deciden marchar
juntos y pisando fuerte. Hasta que resuelven gritarnos en la cara
que el campo no aguanta más, que hace falta un nuevo pacto
entre el México urbano y el México rural, que otro
futuro es posible. Explicarnos que el país no necesita un
cambio de nombre -como propuso Felipe Calderón-, sino que
el país necesita un cambio de rumbo.
La presencia de numerosas mujeres muestra que la lucha es de los
campesinos y de las campesinas. Frase políticamente correcta
y sociológicamente exacta. Porque en los ámbitos de
la milpa, el traspatio y la huerta, la separación entre el
trabajo doméstico y el "productivo" siempre fue
borrosa; además, las mujeres se incorporan masivamente al
mercado laboral agropecuario -hay más de un millón
de jornaleras- y en los tiempos de diáspora entre 35 y 50
por ciento de los hogares rurales los encabezan señoras,
las nuevas "quedadas" del exilio masculino. Llama la atención
también que la mayoría de los manifestantes fueran
hombres y mujeres que no se cuecen al primer hervor. Y es que el
campo, desertado por los jóvenes, se feminiza y envejece.
No será fácil revertir el síndrome migratorio.
Pero la lucha actual es también porque el agro sea de nueva
cuenta reto y oportunidad, no cárcel y condena.
Un fantasma rural recorre las pesadillas de nuestros tecnócratas
neoliberales. Pero el reciente movimiento campesino se desató
también contra las predicciones de académicos y analistas,
que diagnosticaban su declive y sustitución por movimientos
novedosos como la lucha autonómica indígena, los estallidos
reactivos como el de Atenco y campañas rurales de la sociedad
civil como el repudio a los transgénicos y la biopiratería.
Pero no. Cuando se les daba por muertas reaparecen las traqueteadas
organizaciones gremiales, tanto las buenas como las malas y las
feas. No son las "clases medias rurales", como pontificaron
sin sonrojo algunos clasemedieros urbanos. Los que desfilaron el
31 de enero son los pobres del campo. Los viejos pobres y los nuevos
pobres. Los que nunca la hicieron y los que creyeron que la iban
a hacer pero están tronados. Los caficultores nahuas de la
sierra de Puebla con menos de una hectárea, los zapotecos
del istmo que tienen dos y los de Guerrero que llegan a cinco. Los
milperos de ladera que siembran "al piquete" para comer,
los que cultivan algunos surcos y venden el excedente y los comerciales
que si no lo pagan van a perder su tractor. Los que aún pelean
la tierra y los que trajinan por el crédito. Los indios y
los mestizos.
Estaban ahí tanto los que clasificaciones en desuso llamarían
campesinos pobres, como los campesinos medios, los de subsistencia
y los presuntamente "transicionales". Y estaban ahí
-debiéramos saberlo- porque ese es el efecto de la exclusión:
convergencias de múltiples sectores en un mismo movimiento
de resistencia. Porque cuando los embates marginadores emparejan
a los diversos en la pobreza y la desesperanza, las diferencias
pasan a segundo plano. Esa es la lección de Argentina, donde
confluyen desempleados y ahorradores, y del reciente movimiento
campesino mexicano, que reivindica la tierra y los derechos indios,
pero también otras políticas agrícolas y distintos
tratados comerciales.
Sea cual fuere su desenlace, es difícil exagerar la importancia
social, política y simbólica de un movimiento rural
que ha roto todos los récords:
La marcha del 31 de enero fue la mayor manifestación campesina
en la historia de México. Fue también la más
grande movilización contra el modelo basado en la globalización
salvaje y el libre comercio. Al concitar el apoyo de la Unión
Nacional de Trabajadores y del Frente Sindical Mexicano prefigura
una posible alianza campesino-obrera. En dos meses los campesinos
sentaron al gobierno a discutir cuestiones cruciales, como la soberanía
alimentaria y laboral, la revisión del TLCAN y la propuesta
de dejar maíz y frijol fuera de los tratados, cuando para
los Diálogos de San Andrés hizo falta una guerra.
Es también la primera movilización conducida por "los
buenos", en la que participan casi todas las organizaciones,
desde las charras y gangsteriles hasta las de tradición combativa.
Y es, por último, una movilización en la que las resistencias
parciales devienen resistencia general y las demandas particulares
se integran en un planteamiento común y estratégico.
Sin embargo, es una lucha que no se puede ganar así nomás.
El movimiento por hacer constitucional la ley Cocopa fracasó,
mientras que el combate de Atenco triunfó. La confrontación
actual no es de ésas. Su causa multidimensional no se resume
en un sí o un no, ni siquiera en lo tocante a la revisión
del capítulo agropecuario del TLCAN. En este primer llegue
posiblemente se logrará algo, no todo. Porque un buen Acuerdo
Nacional por el Campo sería decisivo, pero importa aún
más la capacidad de hacerlo cumplir. Y es que impulsar un
viraje en el modelo de desarrollo mediante movilizaciones y negociación
demanda visión estratégica, alianzas y perseverancia.
Fuente: "La Jornada", México.
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22 de febrero de 2003
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