El Socialismo es Posible

Introducción

Sin duda alguna, el siglo XXI es el siglo de la globalización capitalista. No se trata en modo alguno de un fenómeno nuevo surgido por generación espontánea, sino de la evolución de una situación anterior, pero con características propias.

El siglo XX amenazó desde sus inicios, con la Iª Guerra Mundial y la Revolución Rusa, la propia supervivencia del sistema económico capitalista. Fue un siglo marcado por las guerras y las revoluciones. La abolición del sistema capitalista en la URSS, después en Europa del Este, en China, Cuba, Vietnam, Angola... ha marcado la huella de la lucha del movimiento obrero en la historia.

Las luchas por la liberación de la opresión colonial de los países del llamado “tercer mundo” acabaron en muchos casos ligándose al bloque constituido por la URSS o por China, frente al imperialismo norteamericano y europeo. Este mundo bipolar caracterizó todo una época de la humanidad. Pero la historia, como los procesos en la naturaleza no se desarrolla como una línea recta que traza una sola dirección. La intervención humana es un factor decisivo, y cuando esta intervención no es capaz de construir una alternativa sufrimos retrocesos como los que se han vivido con el cambio de siglo.

Pero el sistema económico que domina la mayor parte del planeta, el capitalismo, atraviesa una grave crisis. Su dominio no se debe a su capacidad para resolver los problemas de la humanidad, que son cada vez más graves, sino a la ausencia de una alternativa. La tarea de nuestra época, desde una perspectiva histórica, es construir esa alternativa: reconstruir la alternativa de una sociedad distinta, demostrar la incapacidad del capitalismo, y demostrar que una sociedad socialista es posible.

El fenómeno de la globalización no es sino el desarrollo natural del capitalismo al haberse quedado como régimen económico dominante casi en solitario, sin el contrapeso que suponía la existencia de unos países, con la URSS al frente, que aunque con un sistema muy lejano del socialismo, eran la demostración práctica de que caben alternativas al capitalismo.

Ahora la evolución económica y política del imperialismo, pues no es otra cosa la globalización, ha llevado aún más lejos las injusticias y desigualdades de la sociedad a una escala planetaria. Los países poderosos no sólo explotan a sus trabajadores, sino que saquean a los países atrasados, y, además, utilizan la creación de un mercado mundial de mano de obra, para abaratar los salarios y endurecer las condiciones de trabajo. Las condiciones sociales tienden a nivelarse por el nivel más bajo, no por el más alto.

Durante unos años los capitalistas se han mostrado eufóricos, llegando a hablar de la superación de las crisis económicas. Pero la realidad se impone. El capitalismo sigue, en lo esencial, regido por las mismas leyes que Marx explicó, y no sólo vemos resurgir las crisis económicas que destruyen las quimera del capitalismo global y el fin de la historia, sino que vemos también como vuelve a levantarse el movimiento obrero, en países como Venezuela, Argentina o Brasil. La lucha contra el capitalismo y la necesidad de construir una alternativa socialista vuelven a estar en el orden del día del movimiento de la juventud por una sociedad distinta.

La caída del muro, fracaso del estalinismo

La caída de los países del este a finales de los ochenta, supuso un retroceso ideológico para la izquierda, del que todavía no se ha recuperado. Por parte del movimiento obrero internacional, especialmente las direcciones del mismo, se acepta el capitalismo, como el único sistema viable. La caída del muro ha influido en la actitud ideológica de la clase obrera, que ha llevado a su desmoralización, pero el cambio de los sindicatos hacia una la política proburguesa, se debe a que la clase capitalista ha destinado parte de sus arcas a la creación de una burocracia sindical, que ha llevado una política para defender sus “cargos”, de ahí su aceptación del capitalismo. Pero la caída de la economía planificada de los países del bloque estalinista, no se debe al fracaso de la propiedad estatal, sino a un régimen político inadaptado a esa economía, e incapaz de hacerla progresar, sino más bien lo contrario, culpable del estrangulamiento y final desplome de la misma.

Desde el triunfo de la burocracia en la URSS tras la muerte de Lenin, ésta planificó la economía, cada vez más en función de sus propios intereses como casta; militarismo, industria pesada... para mantener su régimen. Un régimen que dista mucho de la sociedad socialista que debemos defender, puesto que se aleja a las masas de la participación en la organización política y económica de la sociedad, y que en consecuencia produce un desarrollo más lento y peor de la industria de bienes de consumo, con lo que el nivel de vida del pueblo, avanza, pero no al ritmo que debería hacerlo en una economía planificada para y por él.

Además el alejamiento de las masas del poder, y la represión ejercida por el estado burocrático, sumado al aumento de las desigualdades entre el pueblo y la casta privilegiada, hace aumentar el odio de los trabajadores hacia el régimen.

Por ello la caída del muro, no es fruto del fracaso del socialismo (al que poco se parecía el régimen fundado por Stalin), sino a la consecuencia directa de la deformación del estado obrero, que acaba dilapidando a la economía planificada.

La pobreza, una epidemia mundial

En la época de la globalización el contraste entre la capacidad técnica alcanzada y las míseras condiciones de vida de la mayoría de la población mundial es más evidente que nunca. La ciencia nos ha brindado un mapa de lo más recóndito del ser humano como es su genoma –de tan increíbles aplicaciones médicas, como terroríficas en manos de multinacionales y gobiernos–, las nuevas tecnologías de la comunicación ponen al mundo entero en contacto en tiempo real, máquinas cada vez más perfeccionadas en todos los terrenos, biotecnología… y sin embargo, seis millones de personas fallecen por desnutrición todos los años.

En el momento presente, el 80% de la población del planeta vive en la miseria. Desde 1974 el número de pobres del planeta se ha duplicado. Unos 3.000 millones de seres humanos, la mitad de la población mundial tiene que sobrevivir con menos de 3 euros al día. En 1997, 840 millones de personas sufrían desnutrición, 880 millones de personas carecían de acceso a los servicios de salud, 850 millones de adultos eran analfabetos y más de 260 millones de niños no pueden asistir a la escuela.

Y la razón de este sufrimiento no radica en la falta de medios para remediarlo. Bastaría que los 200 individuos más ricos del planeta aportaran un 1% de su fortuna todos los años para dar acceso a la educación primaria a toda la población mundial, o un 2% del presupuesto militar de los Estados Unidos. Porque la miseria tiene su contrapunto en la insultante riqueza de una minoría. Las grandes fortunas del mundo, las que superan el millón de dólares en activos líquidos —excluyendo bienes inmobiliarios— superaron los 30 billones de euros en el año 2000, experimentando un crecimiento medio del 375% desde 1986. (Informe de Merrill Linch y Cap Gemini Ernst & Young, El País 15 de mayo de 2001).

La globalización… capitalista

La pobreza y la desigualdad es el resultado de un sistema social cuya finalidad es la obtención de ganancias a través de la explotación del trabajo humano. Por eso, hablamos de globalización capitalista, porque la esencia del sistema sigue siendo la misma, la propiedad privada de los medios de producción. Y esta misma esencia sigue siendo a su vez la raíz de todos los problemas, la acaparación de la riqueza. Pero esta distribución desigual es propia de este sistema económico, si los medios de producción pertenecen a una minoría, será esta misma, la propietaria, la que en última instancia decidirá como se distribuyen los productos que generan, y está claro que no lo hará en función de los intereses de la humanidad, sino de los suyos propios. El crecimiento de las desigualdades no es un fenómeno sólo del tercer mundo. El propio Comité Económico y Social de las Comunidades Europeas dictaminaba hace poco, que la evolución de las sociedades desarrolladas se ha caracterizado por “ricos cada vez más ricos y pobres más pobres y numerosos”. El crecimiento de las desigualdades ha sido particularmente espectacular en los Estados Unidos, que “registra la mayor diferencia entre ricos y pobres de todo el área de la OCDE” (Aquí no puede ocurrir, Joaquín Estefanía)

¿Qué ha sustentado el auge económico de la última década en Estados Unidos?, además del expolio del tercer mundo, la explotación más intensa de su propia clase obrera. En Estados Unidos, los salarios y bonificaciones de los ejecutivos mejor pagados aumentaron un 951% entre 1975 y 1995 (cuando la tasa de inflación subió un 183%), mientras que los salarios de los trabajadores sólo aumentaron un 142%, lo que descontado el aumento de los precios significa que los ingresos reales cayeron (Nuevas expresiones de la desigualdad social, Juan Torres López). De esa manera, en 1996, el salario medio real se situaba por debajo del de 1989 (Estefanía). “No existe un milagro estadounidense de creación de empleo; el puesto de trabajo no es una salida de la pobreza; el trabajador americano de bajo sueldo vive peor que el trabajador europeo que está en paro y tiene una cobertura social” (Estefanía).

Aunque el proceso ha alcanzado en Estados Unidos su expresión más extrema entre los países desarrollados, estamos hablando de un fenómeno generalizado. “En todos los países del mundo, la proporción de las rentas totales que corresponden al trabajo asalariado han disminuido en mayor o menor cuantía, mientras que invariablemente ha aumentado la correspondiente a los beneficios del capital” (Torres).

La explotación más intensiva de los trabajadores a escala internacional, ha permitido a la burguesía una recuperación generalizada de la tasa de ganancia. Durante las dos últimas décadas, por cada euro invertido han ganado más que en las anteriores. En última instancia, ese ha sido el motor económico del auge de estos últimos años. A su vez, las nuevas tecnologías, en manos de los capitalistas, se han convertido en un arma excelente para acentuar su explotación. Merced a ellas, la externalización de la producción de las empresas y la deslocalización, han ampliado el mercado de la mano de obra, dándole una dimensión mundial como nunca, y han permitido ir sustituyendo unos empleados con derechos adquiridos en años de lucha, por trabajadores mucho peor pagados y sin apenas derechos. Ese proceso se ha dado a escala planetaria. El mundo ha podido convertirse en un gran taller para las corporaciones multinacionales, donde cada etapa de producción se llevaba a cabo en la región del planeta más adecuada desde el punto de vista de la rentabilidad. Las empresas trasladaban las etapas de su producción más intensivas en mano de obra a países donde ésta era más barata y dócil, normalmente por el régimen político autoritario, o subcontrataban a otras empresas del mismo país pero con trabajadores que carecían de idénticos derechos y condiciones salariales.

La acción combinada de las nuevas tecnologías que abaratan la producción –incluidos los bienes de equipos, que sustituían al anterior equipamiento productivo–, un transporte más rápido y económico, materias primas también a menores precios, y una mano de obra que ha recibido peores sueldos, obligada a trabajar jornadas más largas y con menores derechos sociales, han permitido a la burguesía alcanzar las tasas de ganancia más altas de los últimos 30 años.

El capitalismo necesita parados

La evolución del paro basta para darnos cuenta de que estamos ante algo consustancial al sistema y que no tiende a remitir sino a agravarse. Durante los años 50 y 60, el desempleo afectaba a unos 10 millones de trabajadores en los países de la OCDE, una cifra que se triplicaría de 1972 a 1982. La expansión económica de los años 80 redujo el paro a 25 millones de personas en la OCDE en 1990, sin recuperar la situación anterior. En 1995 se alcanzó la cifra de 35 millones de personas sin trabajo, un 8,5% de la población laboral. La cifra aumentaría entre un 40 y un 50% si se contabilizaran a quienes ya no buscan trabajo por desánimo, el trabajo a tiempo parcial involuntario, el subvencionado por el Estado o el precario.

El argumento habitual de que los subsidios por desempleo desincentivan la búsqueda de trabajo responde precisamente a la necesidad del capitalismo –en este caso, sobre todo del europeo– de reducir el coste de la mano de obra para aumentar sus ganancias. Es evidente que con 13 millones de trabajadores en paro, en Europa abunda la mano de obra, pero faltan personas dispuestas a trabajar por los míseros salarios que quieren pagar los capitalistas europeos. Para la burguesía es algo vital la existencia de ese abundante “ejercito de reserva” que les permite mantener bajo el “precio” de la mano de obra, el salario.

Por tanto, no estamos ante una tendencia a la reducción de las desigualdades y la pobreza, sino que a la burguesía ha emprendido una política que profundizará aún más las desigualdades sociales. Las intenciones del capitalismo no son otras que un mayor abaratamiento del precio de la fuerza de trabajo, algo que ya quedó meridianamente claro en propuestas como el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), que dejaban plena libertad de actuación a las multinacionales por encima de las leyes de cualquier país. Por cierto, es algo que ya tienen en numerosas partes del mundo. En Malasia, los trabajadores del sector de la informática tienen prohibida la sindicación en beneficio de Motorola, Texas Instruments, Hewlet Packard… Pero en los mismos Estados Unidos, Macdonals y Val-Mart, dos de las mayores empresas del país, tienen prohibido a sus trabajadores sindicarse. Y no son las únicas.

En todos los países, vemos como prospera una política que tiende a “flexibilizar el mercado de trabajo” –el eufemismo con el que se refieren al abaratamiento del precio de la mano de obra– todavía más, a recortar la protección social en todos los frentes y ha restringir los derechos laborales para dificultar a los trabajadores su defensa frente al sistema. Ese es el futuro que nos prepara la burguesía.

La economía del "conocimiento"

Es muy común oír hablar de que lo importante no es la industria sino el conocimiento, y de los profundos cambios que eso tiene en la economía. Eso se usa de argumento para resaltar que el capitalismo ha sufrido cambios sustanciales, de fondo, que invalidan los análisis clásicos el marxismo. Sin embargo, el avance científico sólo ha puesto más de relieve los dos grandes obstáculos que el capitalismo impone a su desarrollo: la propiedad privada y la existencia de Estados nacionales. Las patentes se han convertido en una muestra de lo absurdo que es la propiedad privada en nuestra época, pues si algo debería ser propiedad pública es el conocimiento, la cultura. Los ejemplos más sangrantes los suele brindar la industria farmacéutica, pero los podríamos encontrar en todos los terrenos. Las corporaciones económicas se apropian del saber científico, muchas veces obtenido en las universidades con financiación pública o por pequeñas empresas, y lo utilizan en su estricto beneficio.

“En la definición de los programas de investigación se impone el dinero, no la necesidad: los medicamentos cosméticos y los tomates de lenta maduración, ocupan un lugar superior en las prioridades que los cultivos resistentes a las sequías o las vacunas contra el paludismo. Desde las nuevas drogas hasta las mejores semillas, las mejores tecnologías nuevas tienen un precio orientado a los que puedan pagar… Los derechos de propiedad más estrictos aumentan el precio de transferencia de tecnología, excluyendo a los países en desarrollo de los sectores dinámicos del conocimiento” (Informe del PNUD 1999)

El peso específico que la ciencia han adquirido en la economía moderna –algo que tampoco es nuevo, pues el desarrollo económico del capitalismo siempre ha estado vinculada a ella– no trastoca el carácter de clase de las relaciones de propiedad y su efecto en la economía. La famosa teoría de la “mano invisible” que señalara Adam Smith, —según la cual cuando un empresario actuaba buscando el máximo beneficios, al mismo tiempo, actuaba de la manera más adecuada socialmente–, se ha revelado cada vez más alejada de la realidad. En la época de Smith era una deducción importante, que reflejaba el capitalismo de los primeros tiempos, en los cuales no había otra opción para el desarrollo económico que el capitalismo. En el momento presente, lo que es más rentable para las empresas no suele ser lo más beneficioso socialmente. El expolio de los recursos naturales nos brinda constantemente ejemplos de regiones, cuando no países, arrasados para enriquecimiento de determinadas industrias, donde su población languidece en la miseria después de haber expoliado todos sus recursos naturales.

Los dueños del planeta

Llegamos aquí al problema de fondo: El mundo está dominado las multinacionales, que acrecentan su tamaño y su poder con respecto al pasado. A su manera, la burguesía trata de superar las limitaciones que el Estado nacional supone para el desarrollo económico. Mucho se ha hablado del fin de los estados en la era del capitalismo global. Pero en la práctica, el resultado es que la mayoría de los países sufren una dependencia cada vez mayor de las grandes potencias económicas, Estados Unidos en particular, con lo que se revela que el estado nacional sigue siendo un factor insuperable para el capitalismo. Lo que debería ser una planificación coordinada de los recursos productivos a escala internacional, de forma que permita superar el atraso de determinadas zonas y obtener un crecimiento respetuoso con el medio natural, para este sistema capitalista sólo supone un perfeccionamiento del expolio de la mayoría del planeta en provecho de las multinacionales de los países más poderosos.

Sobre el crecimiento de la concentración de capital baste ver el dato de que la participación de las multinacionales en las exportaciones mundiales pasó de ser un 25% a fines de los 80, a un tercio en 1995 (PNUD 1999). Respecto a su relación con los estados nacionales podemos ver que un 48% (239) de las 500 firmas mayores son estadounidenses, comparadas con un 31% (154) de Europa Occidental y sólo un 11% (64) para Japón. Los continentes combinados del Tercer Mundo, de Asia, África y América Latina, tienen sólo un 4% (22) de las mayores corporaciones y la mayor parte de éstas han sido adquiridas por multinacionales euro- estadounidenses. Entre 1999 y 2000, el porcentaje de firmas estadounidenses aumentó de un 44% a un 48% (Petras).

Una alternativa socialista

La crisis económica, que ya ha sacudido en mayor o menor medida a gran parte del mundo y amenaza a la totalidad, desmiente a quienes anunciaban décadas de crecimiento ininterrumpido. Ahora, los despidos, cierres, reducciones de salarios… son la tónica en todo el mundo, mientras se habla de que hay un "exceso de capacidad productiva". Cómo nos recuerdan esas palabras a las de Marx y Engels en El Manifiesto Comunista:
"Las relaciones burguesas de producción y de cambio, las relaciones burguesas de propiedad, toda esa sociedad burguesa moderna, que ha hecho surgir como por encanto tan potentes medios de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las actuales relaciones de producción, contra las relaciones de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que, con su retorno periódico, plantean, de forma cada vez más amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad burguesa. Durante cada crisis comercial se destruye sistemáticamente, no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las crisis se extiende sobre la sociedad una epidemia social, que en cualquier época anterior hubiera parecido absurda: la epidemia de la superproducción. La sociedad se encuentra repentinamente retrotraída a un estado de súbita barbarie: diríase que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. Y todo es, ¿por qué? Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios de vida, demasiada industria, demasiado comercio".

Pero, como el propio Marx explicó, no hay demasidos medios productivos para atender las necesidades de la sociedad: la mayoría de la población vive en la miseria ¿cómo se puede decir que hay demasiada capacidad productiva? La realidad es que hay sobreproducción sólo desde el punto de los capitalistas, porque podrían elaborar muchos más bienes necesarios para la sociedad. Pero la finalidad de las empresas no es atender las necesidades de la sociedad, sino las ganancias y si se logran más especulando con viviendas no se edifica un solo hospital. La misma producción en armas es mucho más rentable para las grandes empresas del ramo, que erradicar la miseria que sufre todo el continente africano.

La actual situación de la economía internacional, con la masiva sobreproducción de capital, puede derivar en un proceso deflacionario como ya se ha vivido en el pasado. La caída de los precios de los productos, fruto de una oferta muy superior a la demanda, provoca cierres de empresas —con un fuerte crecimiento del paro y reducción de los salarios— y una mayor disminución de la demanda, lo que agudiza la competencia entre los países por el mercado mundial y alimenta aún mayores caídas de precios, dejando como consecuencia un empobrecimiento general de la mayoría de la población. El modelo clásico de este tipo de crisis lo ofrece la que siguió al famoso Crack de 1929. Aún así, no son pocos los que siguen defendiendo que el "mercado" lo arreglará todo: pero ya hemos podido comprobar como "arregla" las cosas el mercado en Argentina, entre otros países.

Este riesgo real ha llevado a desempolvar las viejas recetas de Keynes, siendo cada vez más los que predican una política de intervención con el gasto público para sostener la demanda. Sin embargo, esas medidas también fracasaron en décadas pasadas llevando a la crisis de los años 70, pues acaban dando lugar a procesos inflacionistas, es decir, de subida de los precios. Esa es otra vía para empobrecer a la población, que ve como sus salarios cada vez tienen menor capacidad adquisitiva.

La izquierda debe plantear claramente que lo que falla es el sistema y que siguiendo a Marx, la única solución definitiva para la sociedad es la abolición de la propiedad privada de los grandes recursos productivos. Esa es la única forma de sustituir la actual rapiña de las grandes multinacionales, por una planificación racional de la producción a escala internacional, respetuosa con el medio ambiente y controlada democraticamente, destinada a satisfacer las necesidades de todos: una sociedad socialista.

Otro mundo es necesario y posible

El capitalismo de la globalización, con Estados Unidos a la cabeza, no sólo nos aboca a un mundo más inestable económicamente, con más miseria y desigualdad, sino que además nos lleva hacia una situación más inestable políticamente y en el que peligran cada vez más los derechos democráticos que el movimiento obrero fue capaz de conquistar en años pasados.

Las acciones de los grupos terroristas, que como siempre son muy útiles a la reacción, han brindado una excelente excusa para recortar los derechos democráticos a escala internacional. Además, se han convertido en el camuflaje idóneo para justificar una política de intervención militar en donde le convenga al imperialismo. La postura de Bush frente a Irak es un buen ejemplo de ello: el argumento de suprimir un régimen –en otro tiempo amigo de la administración americana– por ser una supuesta amenaza para la población estadounidense y soporte de los terroristas, encubre la pugna por el control de las reservas mundiales de petróleo. La administración Bush ya ha hablado de crear un Protectorado en Irak. Asistimos a un nuevo impulso de la intervención directa del imperialismo norteamericano —muy menguada en otra época, tras las derrotas de Vietnam y otras—, que se plantea un mayor control del mundo en beneficio de sus grandes empresas, en una pugna por el reparto del planeta tras el hundimiento de la antigua Unión Soviética. Pugna que ya se está comenzando a librar entre las diferentes burguesías nacionales, que a pesar de la globalización económica, están demostrando tener todavía intereses diferentes e incluso enfrentados. La postura de Francia y Alemania en el conflicto contra Irak, no se debe a su humanitarismo o su apuesta por la paz, se oponen a la guerra por los mismos motivos que EEUU la hace, simplemente sus motivos son contrarios y están enfrentados a los de la burguesía estadounidense.
Todo el teatro que se montó tras la II Guerra Mundial, especialmente la ONU, tan sólo han durado hasta que los intereses económicos de las clases dominantes de las grandes potencias han vuelto a chocar. Esto evidencia que bajo este sistema, cualquier aparente estabilidad o periodo de paz, es sumamente frágil.

Este nuevo reparto del mundo entre las potencias, augura una época de nuevos conflictos entre las naciones. La escalada armamentística de Estados Unidos ya está empezando a arrastrar al resto de los países, empezando por la propia Unión Europea.

Sin embargo, la otra cara de la moneda de esta situación es la recuperación de las luchas del movimiento obrero a escala internacional. Particularmente significativos son los acontecimientos de América Latina. En Argentina, Venezuela y, últimamente, en Brasil, con la aplastante victoria del Partido de los Trabajadores, son acontecimientos que muestran que ya estamos en una nueva etapa de la lucha de clases, que ésta no había muerto si no que resurge espoleada por la necesidad de enfrentarse a las consecuencias que el capitalismo acarrea para la existencia de las masas. A pesar de las diferencias, también en Europa hemos sido testidos de varias huelgas generales en distintos países.

Estas nuevas experiencias también han sacado a relucir –y seguirán haciéndolo– el mal estado ideológico y organizativo de las fuerzas políticas y sindicales de la clase obrera. Los trabajadores argentinos derriban cuatro gobiernos pero no tienen con qué sustituirlos, en Venezuela la lucha es encabezada por un exmilitar que ensalza la Biblia y a Simón Bolívar como inspiradores de su "revolución". Lula, en Brasil, quiere conciliar los intereses de la mayoría del pueblo brasileño con los empresarios cariocas y el FMI. En Europa fuimos testigos de la derrota de la "izquierda plural" francesa, fruto del desencanto que entre buena parte de los jóvenes y los trabajadores generó su falta de una política de izquierdas alternativa a la de la derecha. Sin embargo, los mismos que daban ese voto de "castigo" a la izquierda se movilizaban contra Le Pen y, ahora, lo están haciendo contra Chirach y les llevará, tarde o temprano, a la necesidad de transformar las actuales organizaciones de la izquierda en fuerzas políticas capaces de defender sus intereses. Va a ser la experiencia de lucha la escuela que transformará el actual movimiento obrero y sus fuerzas políticas.

En esta época, los trabajadores se van a ver impelidos a adoptar una postura internacionalista y a cuestionar el sistema, con más fuerza que nunca en el pasado, pues la globalización pone más al descubierto que en otras épocas la vinculación internacional de toda la economía. En la propia Unión Europea, frente a la recua de xenofobia y otras lindezas que alimenta el sistema, la necesidad de una lucha común de todos los trabajadores y la juventud frente a problemas comunes va a ir ganando sitio. Desde nuestras posibilidades debemos tratar de contribuir a que las ideas del socialismo y del internacionalismo recuperen el reconocimiento que en otra época tuvieron en el seno del movimiento obrero.

El Estado español

Después de dos legislaturas del PP, se ve al fin un cambio en la situación que nos puede llevar a hablar de la cuenta atrás para los gobiernos de la derecha. Es imprescindible, ante esta perspectiva, hacer un balance del periodo pasado. En primer lugar, no podemos olvidar que la llegada del PP al poder fue la consecuencia directa del fracaso de la política de los gobiernos del PSOE con Felipe González a la cabeza. Tras obtener la mayoría absoluta en las elecciones del 28 de octubre de 1982, orientaron toda su actividad a una política a favor de los intereses de los capitalistas olvidando a aquellos que les habían llevado al gobierno. Lanzaron una tremenda agresión contra la clase trabajadora y la juventud, destruyendo cientos de miles de puestos de trabajo y obsesionándose por restaurar los beneficios empresariales, lo que les llevó a recortar derechos laborales (pensiones, precarización del empleo…) enfrentándose a una tremenda huelga general, la mayor celebrada desde la dictadura hasta hoy, el 14 de diciembre de 1988.

Traicionando sus promesas, llevaron a la integración del Estado español en la OTAN, el instrumento militar del imperialismo. Su gobierno acabó desmoronándose por la pérdida de apoyo, la desmoralización, la política derechista, los escándalos de corrupción y la guerra sucia de los GAL.

Esto viene a demostrar la incapacidad de un partido de izquierdas, de transformar la sociedad desde el gobierno de un estado burgués. La clase trabajadora sacará sus propias conclusiones, la socialdemocracia es incapaz de ofrecer una sociedad distinta, sólo la destrucción del estado burgués y la toma del poder por los trabajadores, permitirá construir una sociedad distinta.

El PP, el partido heredero directo del franquismo, llegó al gobierno después de las elecciones del 3 de marzo de 1996 y se vio favorecido por varios factores, que le han permitido mantenerse dos legislaturas: en primer lugar, la coyuntura internacional de la economía capitalista con un ciclo alcista, en segundo lugar, y no menos importante, la crisis de la izquierda en general y en el Estado español, en particular.

El auge económico internacional del cual se ha beneficiado, le permitió aplazar algunos ataques contra el nivel de vida de la población trabajadora, o ir haciéndolos paulatinamente, pero no ha cesado de hacer recortes en el gasto público en beneficio de la empresa privada. De esto último, los ejemplos más claros son la privatización de empresas públicas, regalando el patrimonio público, y los escandalosos ataques a la Sanidad y la Enseñanza públicas. En el último periodo se les ve el plumero cada vez más y la contestación social crece.

Ha sido precisamente ese cambio en el ambiente social el que ha llevado a un cambio en el ambiente de la izquierda. Tengamos en cuenta que, desde que Aznar fue elegido, los sindicatos mayoritarios no hicieron sino pactar diversas reformas del mercado laboral en detrimento de los derechos de trabajadores y jóvenes. El PP, paradógicamente, gozó de más paz social que los gobiernos del PSOE, y esta paz social ha sido un factor decisivo para que Aznar volviese a ganar unas segundas elecciones.

El PSOE ha sido incapaz, hasta fechas recientes, de hacer oposición al PP, con una obsesión enfermiza por pactar que aún mantiene en diversos ámbitos, pero que ha empezado a romper en el terreno social debido a la presión de las movilizaciones. Después de años de descenso en las luchas del movimiento obrero, la lucha de los trabajadores de Sintel y la lucha de los estudiantes contra la contra-reforma educativa, marcó un antes y un después, que con alzas y bajas, nos llevó hasta la huelga general del 20 de junio de este año. El éxito de la huelga ha sido la prueba de que se puede acabar con el ciclo de gobiernos de la derecha, Un cambio de política en las direcciones sindicales, presionadas por su base, puede permitirnos afrontar un periodo de luchas contundentes contra las políticas de derechas, esto hará crecer la conciencia de clase de los trabajadores. La lucha es la mejor escuela para preparar al proletariado para un enfrentamiento decisivo con la burguesía. Estas direcciones son incapaces de dirigir un proceso revolucionario, hay que derribarlas. Sin embargo un giro a la izquierda, nos permitiría ir preparándonos para dicho proceso.

Por tanto, la primera meta de la izquierda en su conjunto es acabar con el gobierno de la derecha pero, además, para tener un gobierno con una política de izquierdas. La mejor manera de lograr eso es que un futuro gobierno del PSOE tenga la presión de la movilización, por un lado, y que IU no se integrara en ese gobierno sino que una vez le haya dado el apoyo en la investidura, presione desde la oposición para que se aplique una política en beneficio de los trabajadores y los jóvenes. Tal y como decíamos anteriormente, no podemos perder de vista las consecuencias de los gobiernos de Felipe González y debemos poner todos los medios a nuestro alcance para que no se repitan.

Desde nuestras posibilidades debemos trabajar para contribuir tanto a esa movilización como a difundir la idea de que el fin último de la izquierda no ha de ser gestionar el sistema capitalista, sino ponerle fin mediante una transformación socialista de la sociedad. Los estudiantes podemos ser un gran estímulo en esa dirección con nuestro trabajo y nuestro ejemplo. Una educación pública, democrática y al alcance de todos no es algo que capitalismo pueda garantizarnos, de la misma forma que no es capaz de brindar a todas las personas un empleo estable y dignamente remunerado, una vivienda o una sanidad… Por eso entendemos nuestra lucha por todo lo que es necesario para el conjunto de los trabajadores y los jóvenes como parte de la lucha necesaria por el socialismo.

Anexo
Perspectivas del movimiento estudiantil

Durante todo el curso pasado, hemos asistido al rotundo fracaso de las organizaciones estudiantiles de izquierdas, de canalizar la fuerza con la que miles de estudiantes clamaban contra la contra-reforma educativa del gobierno del Partido Popular.

Después de la victoria del Partido Popular en las últimas elecciones, donde consiguieron una mayoría absoluta, que sabíamos íbamos a pagar con creces los hijos de los trabajadores, su rodillo autoritario ha pasado por encima de la opinión de toda la comunidad educativa, estudiantes y trabajadores de la enseñanza, que se posicionaron contundentemente contra su plan privatizador de la enseñanza pública, fuimos ridiculizados, aislados, criminalizados y obviados completamente por el gobierno heredero del franquismo

Este rodillo absoluto del gobierno de la burguesía ha pasado por encima de la opinión pública en numerosas ocasiones ( el PHN, el decretazo, las contra reformas educativas, la guerra imperialista...), todo esto, no nos ha pillado por sorpresa, puesto que teníamos la certeza, de que su mayoría absoluta la utilizarían por encima de todo, para hacer realidad sus leyes reaccionarias y así ha sido. Por eso teníamos claro cual iba a ser a partir de ese momento uno de nuestros objetivos claves, derrocar al Partido Popular. Parece que los trabajadores del Estado Español han tardado en reaccionar ante todos los ataques de la derecha, pero la guerra imperialista, en la que el perrito faldero de Bush , Aznar, nos ha metido, ha resultado ser la gota que colma el vaso y todas las imposiciones chulescas que nos a propinado este gobierno le están cayendo encima una detrás de otra. El desgaste del Partido Popular es una realidad y el objetivo de derrocar a este gobierno parece un hecho.

Por este motivo debemos hacer una reflexión de cómo hemos llevado a cabo la lucha del movimiento estudiantil, cuales han sido nuestros errores para tratar de subsanarlos.

Los estudiantes hemos dado una lección de fuerza y coherencia, saliendo a la calle en masa para reivindicar nuestros derechos mas fundamentales y en defensa de la educación pública, pero la descoordinación provocada por el sectarismo de algunas organizaciones y el afán de protagonismo de otras no han hecho otra cosa nada más que ayudar a la derecha a cumplir con sus objetivos reaccionarios, todo esto sumado al aislamiento del movimiento por parte de las direcciones sindicales, que trataron de frenar una lucha que sobrepasaba su óptica reformista hicieron fracasar el intento de frenar la contra-reforma educativa.

De aquí en adelante el movimiento estudiantil participará de todas las luchas de contestación al gobierno de la derecha, como lo está haciendo en la lucha contra la guerra, y en lo que a defensa de la educación pública se refiere, debe estar preparado para responder ante todos los ataques que vengan derivados de la aplicación de la contra-reforma educativa, como el caso de los estatutos de la LOU.

De cara a que las luchas estén coordinadas a nivel estatal, desde el SEI debemos seguir en nuestro empeño de formar una confederación, que agrupe a todas las organizaciones estudiantiles de izquierdas posibles. Sólo la unión de todos los estudiantes progresistas, al margen de intereses de organización o protagonismo, permitirá el fortalecimiento del movimiento estudiantil, de cara a afrontar en mejores condiciones las luchas que se avecinan.

Desde una óptica revolucionaria, nuestra organización debe servir para formarnos políticamente. El movimiento estudiantil debe ser una escuela de militantes, que prepare cuadros para el movimiento obrero, capaces de defender las ideas revolucionarias del socialismo, algo imprescindible para transformar la sociedad.