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El Socialismo
es Posible
Introducción
Sin duda alguna, el siglo XXI es el siglo de la globalización
capitalista. No se trata en modo alguno de un fenómeno nuevo
surgido por generación espontánea, sino de la evolución
de una situación anterior, pero con características
propias.
El siglo XX amenazó desde sus inicios, con la
Iª Guerra Mundial y la Revolución Rusa, la propia supervivencia
del sistema económico capitalista. Fue un siglo marcado por
las guerras y las revoluciones. La abolición del sistema
capitalista en la URSS, después en Europa del Este, en China,
Cuba, Vietnam, Angola... ha marcado la huella de la lucha del movimiento
obrero en la historia.
Las luchas por la liberación de la opresión
colonial de los países del llamado “tercer mundo”
acabaron en muchos casos ligándose al bloque constituido
por la URSS o por China, frente al imperialismo norteamericano y
europeo. Este mundo bipolar caracterizó todo una época
de la humanidad. Pero la historia, como los procesos en la naturaleza
no se desarrolla como una línea recta que traza una sola
dirección. La intervención humana es un factor decisivo,
y cuando esta intervención no es capaz de construir una alternativa
sufrimos retrocesos como los que se han vivido con el cambio de
siglo.
Pero el sistema económico que domina la mayor
parte del planeta, el capitalismo, atraviesa una grave crisis. Su
dominio no se debe a su capacidad para resolver los problemas de
la humanidad, que son cada vez más graves, sino a la ausencia
de una alternativa. La tarea de nuestra época, desde una
perspectiva histórica, es construir esa alternativa: reconstruir
la alternativa de una sociedad distinta, demostrar la incapacidad
del capitalismo, y demostrar que una sociedad socialista es posible.
El fenómeno de la globalización no es
sino el desarrollo natural del capitalismo al haberse quedado como
régimen económico dominante casi en solitario, sin
el contrapeso que suponía la existencia de unos países,
con la URSS al frente, que aunque con un sistema muy lejano del
socialismo, eran la demostración práctica de que caben
alternativas al capitalismo.
Ahora la evolución económica y política
del imperialismo, pues no es otra cosa la globalización,
ha llevado aún más lejos las injusticias y desigualdades
de la sociedad a una escala planetaria. Los países poderosos
no sólo explotan a sus trabajadores, sino que saquean a los
países atrasados, y, además, utilizan la creación
de un mercado mundial de mano de obra, para abaratar los salarios
y endurecer las condiciones de trabajo. Las condiciones sociales
tienden a nivelarse por el nivel más bajo, no por el más
alto.
Durante unos años los capitalistas se han mostrado
eufóricos, llegando a hablar de la superación de las
crisis económicas. Pero la realidad se impone. El capitalismo
sigue, en lo esencial, regido por las mismas leyes que Marx explicó,
y no sólo vemos resurgir las crisis económicas que
destruyen las quimera del capitalismo global y el fin de la historia,
sino que vemos también como vuelve a levantarse el movimiento
obrero, en países como Venezuela, Argentina o Brasil. La
lucha contra el capitalismo y la necesidad de construir una alternativa
socialista vuelven a estar en el orden del día del movimiento
de la juventud por una sociedad distinta.
La caída del muro, fracaso del estalinismo
La caída de los países del este a finales
de los ochenta, supuso un retroceso ideológico para la izquierda,
del que todavía no se ha recuperado. Por parte del movimiento
obrero internacional, especialmente las direcciones del mismo, se
acepta el capitalismo, como el único sistema viable. La caída
del muro ha influido en la actitud ideológica de la clase
obrera, que ha llevado a su desmoralización, pero el cambio
de los sindicatos hacia una la política proburguesa, se debe
a que la clase capitalista ha destinado parte de sus arcas a la
creación de una burocracia sindical, que ha llevado una política
para defender sus “cargos”, de ahí su aceptación
del capitalismo. Pero la caída de la economía planificada
de los países del bloque estalinista, no se debe al fracaso
de la propiedad estatal, sino a un régimen político
inadaptado a esa economía, e incapaz de hacerla progresar,
sino más bien lo contrario, culpable del estrangulamiento
y final desplome de la misma.
Desde el triunfo de la burocracia en la URSS tras la
muerte de Lenin, ésta planificó la economía,
cada vez más en función de sus propios intereses como
casta; militarismo, industria pesada... para mantener su régimen.
Un régimen que dista mucho de la sociedad socialista que
debemos defender, puesto que se aleja a las masas de la participación
en la organización política y económica de
la sociedad, y que en consecuencia produce un desarrollo más
lento y peor de la industria de bienes de consumo, con lo que el
nivel de vida del pueblo, avanza, pero no al ritmo que debería
hacerlo en una economía planificada para y por él.
Además el alejamiento de las masas del poder,
y la represión ejercida por el estado burocrático,
sumado al aumento de las desigualdades entre el pueblo y la casta
privilegiada, hace aumentar el odio de los trabajadores hacia el
régimen.
Por ello la caída del muro, no es fruto del
fracaso del socialismo (al que poco se parecía el régimen
fundado por Stalin), sino a la consecuencia directa de la deformación
del estado obrero, que acaba dilapidando a la economía planificada.
La pobreza, una epidemia mundial
En la época de la globalización el contraste
entre la capacidad técnica alcanzada y las míseras
condiciones de vida de la mayoría de la población
mundial es más evidente que nunca. La ciencia nos ha brindado
un mapa de lo más recóndito del ser humano como es
su genoma –de tan increíbles aplicaciones médicas,
como terroríficas en manos de multinacionales y gobiernos–,
las nuevas tecnologías de la comunicación ponen al
mundo entero en contacto en tiempo real, máquinas cada vez
más perfeccionadas en todos los terrenos, biotecnología…
y sin embargo, seis millones de personas fallecen por desnutrición
todos los años.
En el momento presente, el 80% de la población
del planeta vive en la miseria. Desde 1974 el número de pobres
del planeta se ha duplicado. Unos 3.000 millones de seres humanos,
la mitad de la población mundial tiene que sobrevivir con
menos de 3 euros al día. En 1997, 840 millones de personas
sufrían desnutrición, 880 millones de personas carecían
de acceso a los servicios de salud, 850 millones de adultos eran
analfabetos y más de 260 millones de niños no pueden
asistir a la escuela.
Y la razón de este sufrimiento no radica en
la falta de medios para remediarlo. Bastaría que los 200
individuos más ricos del planeta aportaran un 1% de su fortuna
todos los años para dar acceso a la educación primaria
a toda la población mundial, o un 2% del presupuesto militar
de los Estados Unidos. Porque la miseria tiene su contrapunto en
la insultante riqueza de una minoría. Las grandes fortunas
del mundo, las que superan el millón de dólares en
activos líquidos —excluyendo bienes inmobiliarios—
superaron los 30 billones de euros en el año 2000, experimentando
un crecimiento medio del 375% desde 1986. (Informe de Merrill Linch
y Cap Gemini Ernst & Young, El País 15 de mayo de 2001).
La globalización… capitalista
La pobreza y la desigualdad es el resultado de un sistema
social cuya finalidad es la obtención de ganancias a través
de la explotación del trabajo humano. Por eso, hablamos de
globalización capitalista, porque la esencia del sistema
sigue siendo la misma, la propiedad privada de los medios de producción.
Y esta misma esencia sigue siendo a su vez la raíz de todos
los problemas, la acaparación de la riqueza. Pero esta distribución
desigual es propia de este sistema económico, si los medios
de producción pertenecen a una minoría, será
esta misma, la propietaria, la que en última instancia decidirá
como se distribuyen los productos que generan, y está claro
que no lo hará en función de los intereses de la humanidad,
sino de los suyos propios. El crecimiento de las desigualdades no
es un fenómeno sólo del tercer mundo. El propio Comité
Económico y Social de las Comunidades Europeas dictaminaba
hace poco, que la evolución de las sociedades desarrolladas
se ha caracterizado por “ricos cada vez más ricos y
pobres más pobres y numerosos”. El crecimiento de las
desigualdades ha sido particularmente espectacular en los Estados
Unidos, que “registra la mayor diferencia entre ricos y pobres
de todo el área de la OCDE” (Aquí no puede ocurrir,
Joaquín Estefanía)
¿Qué ha sustentado el auge económico
de la última década en Estados Unidos?, además
del expolio del tercer mundo, la explotación más intensa
de su propia clase obrera. En Estados Unidos, los salarios y bonificaciones
de los ejecutivos mejor pagados aumentaron un 951% entre 1975 y
1995 (cuando la tasa de inflación subió un 183%),
mientras que los salarios de los trabajadores sólo aumentaron
un 142%, lo que descontado el aumento de los precios significa que
los ingresos reales cayeron (Nuevas expresiones de la desigualdad
social, Juan Torres López). De esa manera, en 1996, el salario
medio real se situaba por debajo del de 1989 (Estefanía).
“No existe un milagro estadounidense de creación de
empleo; el puesto de trabajo no es una salida de la pobreza; el
trabajador americano de bajo sueldo vive peor que el trabajador
europeo que está en paro y tiene una cobertura social”
(Estefanía).
Aunque el proceso ha alcanzado en Estados Unidos su
expresión más extrema entre los países desarrollados,
estamos hablando de un fenómeno generalizado. “En todos
los países del mundo, la proporción de las rentas
totales que corresponden al trabajo asalariado han disminuido en
mayor o menor cuantía, mientras que invariablemente ha aumentado
la correspondiente a los beneficios del capital” (Torres).
La explotación más intensiva de los trabajadores
a escala internacional, ha permitido a la burguesía una recuperación
generalizada de la tasa de ganancia. Durante las dos últimas
décadas, por cada euro invertido han ganado más que
en las anteriores. En última instancia, ese ha sido el motor
económico del auge de estos últimos años. A
su vez, las nuevas tecnologías, en manos de los capitalistas,
se han convertido en un arma excelente para acentuar su explotación.
Merced a ellas, la externalización de la producción
de las empresas y la deslocalización, han ampliado el mercado
de la mano de obra, dándole una dimensión mundial
como nunca, y han permitido ir sustituyendo unos empleados con derechos
adquiridos en años de lucha, por trabajadores mucho peor
pagados y sin apenas derechos. Ese proceso se ha dado a escala planetaria.
El mundo ha podido convertirse en un gran taller para las corporaciones
multinacionales, donde cada etapa de producción se llevaba
a cabo en la región del planeta más adecuada desde
el punto de vista de la rentabilidad. Las empresas trasladaban las
etapas de su producción más intensivas en mano de
obra a países donde ésta era más barata y dócil,
normalmente por el régimen político autoritario, o
subcontrataban a otras empresas del mismo país pero con trabajadores
que carecían de idénticos derechos y condiciones salariales.
La acción combinada de las nuevas tecnologías
que abaratan la producción –incluidos los bienes de
equipos, que sustituían al anterior equipamiento productivo–,
un transporte más rápido y económico, materias
primas también a menores precios, y una mano de obra que
ha recibido peores sueldos, obligada a trabajar jornadas más
largas y con menores derechos sociales, han permitido a la burguesía
alcanzar las tasas de ganancia más altas de los últimos
30 años.
El capitalismo necesita parados
La evolución del paro basta para darnos cuenta
de que estamos ante algo consustancial al sistema y que no tiende
a remitir sino a agravarse. Durante los años 50 y 60, el
desempleo afectaba a unos 10 millones de trabajadores en los países
de la OCDE, una cifra que se triplicaría de 1972 a 1982.
La expansión económica de los años 80 redujo
el paro a 25 millones de personas en la OCDE en 1990, sin recuperar
la situación anterior. En 1995 se alcanzó la cifra
de 35 millones de personas sin trabajo, un 8,5% de la población
laboral. La cifra aumentaría entre un 40 y un 50% si se contabilizaran
a quienes ya no buscan trabajo por desánimo, el trabajo a
tiempo parcial involuntario, el subvencionado por el Estado o el
precario.
El argumento habitual de que los subsidios por desempleo
desincentivan la búsqueda de trabajo responde precisamente
a la necesidad del capitalismo –en este caso, sobre todo del
europeo– de reducir el coste de la mano de obra para aumentar
sus ganancias. Es evidente que con 13 millones de trabajadores en
paro, en Europa abunda la mano de obra, pero faltan personas dispuestas
a trabajar por los míseros salarios que quieren pagar los
capitalistas europeos. Para la burguesía es algo vital la
existencia de ese abundante “ejercito de reserva” que
les permite mantener bajo el “precio” de la mano de
obra, el salario.
Por tanto, no estamos ante una tendencia a la reducción
de las desigualdades y la pobreza, sino que a la burguesía
ha emprendido una política que profundizará aún
más las desigualdades sociales. Las intenciones del capitalismo
no son otras que un mayor abaratamiento del precio de la fuerza
de trabajo, algo que ya quedó meridianamente claro en propuestas
como el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), que dejaban plena
libertad de actuación a las multinacionales por encima de
las leyes de cualquier país. Por cierto, es algo que ya tienen
en numerosas partes del mundo. En Malasia, los trabajadores del
sector de la informática tienen prohibida la sindicación
en beneficio de Motorola, Texas Instruments, Hewlet Packard…
Pero en los mismos Estados Unidos, Macdonals y Val-Mart, dos de
las mayores empresas del país, tienen prohibido a sus trabajadores
sindicarse. Y no son las únicas.
En todos los países, vemos como prospera una
política que tiende a “flexibilizar el mercado de trabajo”
–el eufemismo con el que se refieren al abaratamiento del
precio de la mano de obra– todavía más, a recortar
la protección social en todos los frentes y ha restringir
los derechos laborales para dificultar a los trabajadores su defensa
frente al sistema. Ese es el futuro que nos prepara la burguesía.
La economía del "conocimiento"
Es muy común oír hablar de que lo importante
no es la industria sino el conocimiento, y de los profundos cambios
que eso tiene en la economía. Eso se usa de argumento para
resaltar que el capitalismo ha sufrido cambios sustanciales, de
fondo, que invalidan los análisis clásicos el marxismo.
Sin embargo, el avance científico sólo ha puesto más
de relieve los dos grandes obstáculos que el capitalismo
impone a su desarrollo: la propiedad privada y la existencia de
Estados nacionales. Las patentes se han convertido en una muestra
de lo absurdo que es la propiedad privada en nuestra época,
pues si algo debería ser propiedad pública es el conocimiento,
la cultura. Los ejemplos más sangrantes los suele brindar
la industria farmacéutica, pero los podríamos encontrar
en todos los terrenos. Las corporaciones económicas se apropian
del saber científico, muchas veces obtenido en las universidades
con financiación pública o por pequeñas empresas,
y lo utilizan en su estricto beneficio.
“En la definición de los programas de
investigación se impone el dinero, no la necesidad: los medicamentos
cosméticos y los tomates de lenta maduración, ocupan
un lugar superior en las prioridades que los cultivos resistentes
a las sequías o las vacunas contra el paludismo. Desde las
nuevas drogas hasta las mejores semillas, las mejores tecnologías
nuevas tienen un precio orientado a los que puedan pagar…
Los derechos de propiedad más estrictos aumentan el precio
de transferencia de tecnología, excluyendo a los países
en desarrollo de los sectores dinámicos del conocimiento”
(Informe del PNUD 1999)
El peso específico que la ciencia han adquirido
en la economía moderna –algo que tampoco es nuevo,
pues el desarrollo económico del capitalismo siempre ha estado
vinculada a ella– no trastoca el carácter de clase
de las relaciones de propiedad y su efecto en la economía.
La famosa teoría de la “mano invisible” que señalara
Adam Smith, —según la cual cuando un empresario actuaba
buscando el máximo beneficios, al mismo tiempo, actuaba de
la manera más adecuada socialmente–, se ha revelado
cada vez más alejada de la realidad. En la época de
Smith era una deducción importante, que reflejaba el capitalismo
de los primeros tiempos, en los cuales no había otra opción
para el desarrollo económico que el capitalismo. En el momento
presente, lo que es más rentable para las empresas no suele
ser lo más beneficioso socialmente. El expolio de los recursos
naturales nos brinda constantemente ejemplos de regiones, cuando
no países, arrasados para enriquecimiento de determinadas
industrias, donde su población languidece en la miseria después
de haber expoliado todos sus recursos naturales.
Los dueños del planeta
Llegamos aquí al problema de fondo: El mundo
está dominado las multinacionales, que acrecentan su tamaño
y su poder con respecto al pasado. A su manera, la burguesía
trata de superar las limitaciones que el Estado nacional supone
para el desarrollo económico. Mucho se ha hablado del fin
de los estados en la era del capitalismo global. Pero en la práctica,
el resultado es que la mayoría de los países sufren
una dependencia cada vez mayor de las grandes potencias económicas,
Estados Unidos en particular, con lo que se revela que el estado
nacional sigue siendo un factor insuperable para el capitalismo.
Lo que debería ser una planificación coordinada de
los recursos productivos a escala internacional, de forma que permita
superar el atraso de determinadas zonas y obtener un crecimiento
respetuoso con el medio natural, para este sistema capitalista sólo
supone un perfeccionamiento del expolio de la mayoría del
planeta en provecho de las multinacionales de los países
más poderosos.
Sobre el crecimiento de la concentración de
capital baste ver el dato de que la participación de las
multinacionales en las exportaciones mundiales pasó de ser
un 25% a fines de los 80, a un tercio en 1995 (PNUD 1999). Respecto
a su relación con los estados nacionales podemos ver que
un 48% (239) de las 500 firmas mayores son estadounidenses, comparadas
con un 31% (154) de Europa Occidental y sólo un 11% (64)
para Japón. Los continentes combinados del Tercer Mundo,
de Asia, África y América Latina, tienen sólo
un 4% (22) de las mayores corporaciones y la mayor parte de éstas
han sido adquiridas por multinacionales euro- estadounidenses. Entre
1999 y 2000, el porcentaje de firmas estadounidenses aumentó
de un 44% a un 48% (Petras).
Una alternativa socialista
La crisis económica, que ya ha sacudido en mayor
o menor medida a gran parte del mundo y amenaza a la totalidad,
desmiente a quienes anunciaban décadas de crecimiento ininterrumpido.
Ahora, los despidos, cierres, reducciones de salarios… son
la tónica en todo el mundo, mientras se habla de que hay
un "exceso de capacidad productiva". Cómo nos recuerdan
esas palabras a las de Marx y Engels en El Manifiesto Comunista:
"Las relaciones burguesas de producción y de cambio,
las relaciones burguesas de propiedad, toda esa sociedad burguesa
moderna, que ha hecho surgir como por encanto tan potentes medios
de producción y de cambio, se asemeja al mago que ya no es
capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado con
sus conjuros. Desde hace algunas décadas, la historia de
la industria y del comercio no es más que la historia de
la rebelión de las fuerzas productivas modernas contra las
actuales relaciones de producción, contra las relaciones
de propiedad que condicionan la existencia de la burguesía
y su dominación. Basta mencionar las crisis comerciales que,
con su retorno periódico, plantean, de forma cada vez más
amenazante, la cuestión de la existencia de toda la sociedad
burguesa. Durante cada crisis comercial se destruye sistemáticamente,
no sólo una parte considerable de productos elaborados, sino
incluso de las mismas fuerzas productivas ya creadas. Durante las
crisis se extiende sobre la sociedad una epidemia social, que en
cualquier época anterior hubiera parecido absurda: la epidemia
de la superproducción. La sociedad se encuentra repentinamente
retrotraída a un estado de súbita barbarie: diríase
que el hambre, que una guerra devastadora mundial la han privado
de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio
parecen aniquilados. Y todo es, ¿por qué? Porque la
sociedad posee demasiada civilización, demasiados medios
de vida, demasiada industria, demasiado comercio".
Pero, como el propio Marx explicó, no hay demasidos
medios productivos para atender las necesidades de la sociedad:
la mayoría de la población vive en la miseria ¿cómo
se puede decir que hay demasiada capacidad productiva? La realidad
es que hay sobreproducción sólo desde el punto de
los capitalistas, porque podrían elaborar muchos más
bienes necesarios para la sociedad. Pero la finalidad de las empresas
no es atender las necesidades de la sociedad, sino las ganancias
y si se logran más especulando con viviendas no se edifica
un solo hospital. La misma producción en armas es mucho más
rentable para las grandes empresas del ramo, que erradicar la miseria
que sufre todo el continente africano.
La actual situación de la economía internacional,
con la masiva sobreproducción de capital, puede derivar en
un proceso deflacionario como ya se ha vivido en el pasado. La caída
de los precios de los productos, fruto de una oferta muy superior
a la demanda, provoca cierres de empresas —con un fuerte crecimiento
del paro y reducción de los salarios— y una mayor disminución
de la demanda, lo que agudiza la competencia entre los países
por el mercado mundial y alimenta aún mayores caídas
de precios, dejando como consecuencia un empobrecimiento general
de la mayoría de la población. El modelo clásico
de este tipo de crisis lo ofrece la que siguió al famoso
Crack de 1929. Aún así, no son pocos los que siguen
defendiendo que el "mercado" lo arreglará todo:
pero ya hemos podido comprobar como "arregla" las cosas
el mercado en Argentina, entre otros países.
Este riesgo real ha llevado a desempolvar las viejas
recetas de Keynes, siendo cada vez más los que predican una
política de intervención con el gasto público
para sostener la demanda. Sin embargo, esas medidas también
fracasaron en décadas pasadas llevando a la crisis de los
años 70, pues acaban dando lugar a procesos inflacionistas,
es decir, de subida de los precios. Esa es otra vía para
empobrecer a la población, que ve como sus salarios cada
vez tienen menor capacidad adquisitiva.
La izquierda debe plantear claramente que lo que falla
es el sistema y que siguiendo a Marx, la única solución
definitiva para la sociedad es la abolición de la propiedad
privada de los grandes recursos productivos. Esa es la única
forma de sustituir la actual rapiña de las grandes multinacionales,
por una planificación racional de la producción a
escala internacional, respetuosa con el medio ambiente y controlada
democraticamente, destinada a satisfacer las necesidades de todos:
una sociedad socialista.
Otro mundo es necesario y posible
El capitalismo de la globalización, con Estados
Unidos a la cabeza, no sólo nos aboca a un mundo más
inestable económicamente, con más miseria y desigualdad,
sino que además nos lleva hacia una situación más
inestable políticamente y en el que peligran cada vez más
los derechos democráticos que el movimiento obrero fue capaz
de conquistar en años pasados.
Las acciones de los grupos terroristas, que como siempre
son muy útiles a la reacción, han brindado una excelente
excusa para recortar los derechos democráticos a escala internacional.
Además, se han convertido en el camuflaje idóneo para
justificar una política de intervención militar en
donde le convenga al imperialismo. La postura de Bush frente a Irak
es un buen ejemplo de ello: el argumento de suprimir un régimen
–en otro tiempo amigo de la administración americana–
por ser una supuesta amenaza para la población estadounidense
y soporte de los terroristas, encubre la pugna por el control de
las reservas mundiales de petróleo. La administración
Bush ya ha hablado de crear un Protectorado en Irak. Asistimos a
un nuevo impulso de la intervención directa del imperialismo
norteamericano —muy menguada en otra época, tras las
derrotas de Vietnam y otras—, que se plantea un mayor control
del mundo en beneficio de sus grandes empresas, en una pugna por
el reparto del planeta tras el hundimiento de la antigua Unión
Soviética. Pugna que ya se está comenzando a librar
entre las diferentes burguesías nacionales, que a pesar de
la globalización económica, están demostrando
tener todavía intereses diferentes e incluso enfrentados.
La postura de Francia y Alemania en el conflicto contra Irak, no
se debe a su humanitarismo o su apuesta por la paz, se oponen a
la guerra por los mismos motivos que EEUU la hace, simplemente sus
motivos son contrarios y están enfrentados a los de la burguesía
estadounidense.
Todo el teatro que se montó tras la II Guerra Mundial, especialmente
la ONU, tan sólo han durado hasta que los intereses económicos
de las clases dominantes de las grandes potencias han vuelto a chocar.
Esto evidencia que bajo este sistema, cualquier aparente estabilidad
o periodo de paz, es sumamente frágil.
Este nuevo reparto del mundo entre las potencias, augura
una época de nuevos conflictos entre las naciones. La escalada
armamentística de Estados Unidos ya está empezando
a arrastrar al resto de los países, empezando por la propia
Unión Europea.
Sin embargo, la otra cara de la moneda de esta situación
es la recuperación de las luchas del movimiento obrero a
escala internacional. Particularmente significativos son los acontecimientos
de América Latina. En Argentina, Venezuela y, últimamente,
en Brasil, con la aplastante victoria del Partido de los Trabajadores,
son acontecimientos que muestran que ya estamos en una nueva etapa
de la lucha de clases, que ésta no había muerto si
no que resurge espoleada por la necesidad de enfrentarse a las consecuencias
que el capitalismo acarrea para la existencia de las masas. A pesar
de las diferencias, también en Europa hemos sido testidos
de varias huelgas generales en distintos países.
Estas nuevas experiencias también han sacado
a relucir –y seguirán haciéndolo– el mal
estado ideológico y organizativo de las fuerzas políticas
y sindicales de la clase obrera. Los trabajadores argentinos derriban
cuatro gobiernos pero no tienen con qué sustituirlos, en
Venezuela la lucha es encabezada por un exmilitar que ensalza la
Biblia y a Simón Bolívar como inspiradores de su "revolución".
Lula, en Brasil, quiere conciliar los intereses de la mayoría
del pueblo brasileño con los empresarios cariocas y el FMI.
En Europa fuimos testigos de la derrota de la "izquierda plural"
francesa, fruto del desencanto que entre buena parte de los jóvenes
y los trabajadores generó su falta de una política
de izquierdas alternativa a la de la derecha. Sin embargo, los mismos
que daban ese voto de "castigo" a la izquierda se movilizaban
contra Le Pen y, ahora, lo están haciendo contra Chirach
y les llevará, tarde o temprano, a la necesidad de transformar
las actuales organizaciones de la izquierda en fuerzas políticas
capaces de defender sus intereses. Va a ser la experiencia de lucha
la escuela que transformará el actual movimiento obrero y
sus fuerzas políticas.
En esta época, los trabajadores se van a ver
impelidos a adoptar una postura internacionalista y a cuestionar
el sistema, con más fuerza que nunca en el pasado, pues la
globalización pone más al descubierto que en otras
épocas la vinculación internacional de toda la economía.
En la propia Unión Europea, frente a la recua de xenofobia
y otras lindezas que alimenta el sistema, la necesidad de una lucha
común de todos los trabajadores y la juventud frente a problemas
comunes va a ir ganando sitio. Desde nuestras posibilidades debemos
tratar de contribuir a que las ideas del socialismo y del internacionalismo
recuperen el reconocimiento que en otra época tuvieron en
el seno del movimiento obrero.
El Estado español
Después de dos legislaturas del PP, se ve al
fin un cambio en la situación que nos puede llevar a hablar
de la cuenta atrás para los gobiernos de la derecha. Es imprescindible,
ante esta perspectiva, hacer un balance del periodo pasado. En primer
lugar, no podemos olvidar que la llegada del PP al poder fue la
consecuencia directa del fracaso de la política de los gobiernos
del PSOE con Felipe González a la cabeza. Tras obtener la
mayoría absoluta en las elecciones del 28 de octubre de 1982,
orientaron toda su actividad a una política a favor de los
intereses de los capitalistas olvidando a aquellos que les habían
llevado al gobierno. Lanzaron una tremenda agresión contra
la clase trabajadora y la juventud, destruyendo cientos de miles
de puestos de trabajo y obsesionándose por restaurar los
beneficios empresariales, lo que les llevó a recortar derechos
laborales (pensiones, precarización del empleo…) enfrentándose
a una tremenda huelga general, la mayor celebrada desde la dictadura
hasta hoy, el 14 de diciembre de 1988.
Traicionando sus promesas, llevaron a la integración
del Estado español en la OTAN, el instrumento militar del
imperialismo. Su gobierno acabó desmoronándose por
la pérdida de apoyo, la desmoralización, la política
derechista, los escándalos de corrupción y la guerra
sucia de los GAL.
Esto viene a demostrar la incapacidad de un partido
de izquierdas, de transformar la sociedad desde el gobierno de un
estado burgués. La clase trabajadora sacará sus propias
conclusiones, la socialdemocracia es incapaz de ofrecer una sociedad
distinta, sólo la destrucción del estado burgués
y la toma del poder por los trabajadores, permitirá construir
una sociedad distinta.
El PP, el partido heredero directo del franquismo,
llegó al gobierno después de las elecciones del 3
de marzo de 1996 y se vio favorecido por varios factores, que le
han permitido mantenerse dos legislaturas: en primer lugar, la coyuntura
internacional de la economía capitalista con un ciclo alcista,
en segundo lugar, y no menos importante, la crisis de la izquierda
en general y en el Estado español, en particular.
El auge económico internacional del cual se
ha beneficiado, le permitió aplazar algunos ataques contra
el nivel de vida de la población trabajadora, o ir haciéndolos
paulatinamente, pero no ha cesado de hacer recortes en el gasto
público en beneficio de la empresa privada. De esto último,
los ejemplos más claros son la privatización de empresas
públicas, regalando el patrimonio público, y los escandalosos
ataques a la Sanidad y la Enseñanza públicas. En el
último periodo se les ve el plumero cada vez más y
la contestación social crece.
Ha sido precisamente ese cambio en el ambiente social
el que ha llevado a un cambio en el ambiente de la izquierda. Tengamos
en cuenta que, desde que Aznar fue elegido, los sindicatos mayoritarios
no hicieron sino pactar diversas reformas del mercado laboral en
detrimento de los derechos de trabajadores y jóvenes. El
PP, paradógicamente, gozó de más paz social
que los gobiernos del PSOE, y esta paz social ha sido un factor
decisivo para que Aznar volviese a ganar unas segundas elecciones.
El PSOE ha sido incapaz, hasta fechas recientes, de
hacer oposición al PP, con una obsesión enfermiza
por pactar que aún mantiene en diversos ámbitos, pero
que ha empezado a romper en el terreno social debido a la presión
de las movilizaciones. Después de años de descenso
en las luchas del movimiento obrero, la lucha de los trabajadores
de Sintel y la lucha de los estudiantes contra la contra-reforma
educativa, marcó un antes y un después, que con alzas
y bajas, nos llevó hasta la huelga general del 20 de junio
de este año. El éxito de la huelga ha sido la prueba
de que se puede acabar con el ciclo de gobiernos de la derecha,
Un cambio de política en las direcciones sindicales, presionadas
por su base, puede permitirnos afrontar un periodo de luchas contundentes
contra las políticas de derechas, esto hará crecer
la conciencia de clase de los trabajadores. La lucha es la mejor
escuela para preparar al proletariado para un enfrentamiento decisivo
con la burguesía. Estas direcciones son incapaces de dirigir
un proceso revolucionario, hay que derribarlas. Sin embargo un giro
a la izquierda, nos permitiría ir preparándonos para
dicho proceso.
Por tanto, la primera meta de la izquierda en su conjunto
es acabar con el gobierno de la derecha pero, además, para
tener un gobierno con una política de izquierdas. La mejor
manera de lograr eso es que un futuro gobierno del PSOE tenga la
presión de la movilización, por un lado, y que IU
no se integrara en ese gobierno sino que una vez le haya dado el
apoyo en la investidura, presione desde la oposición para
que se aplique una política en beneficio de los trabajadores
y los jóvenes. Tal y como decíamos anteriormente,
no podemos perder de vista las consecuencias de los gobiernos de
Felipe González y debemos poner todos los medios a nuestro
alcance para que no se repitan.
Desde nuestras posibilidades debemos trabajar para
contribuir tanto a esa movilización como a difundir la idea
de que el fin último de la izquierda no ha de ser gestionar
el sistema capitalista, sino ponerle fin mediante una transformación
socialista de la sociedad. Los estudiantes podemos ser un gran estímulo
en esa dirección con nuestro trabajo y nuestro ejemplo. Una
educación pública, democrática y al alcance
de todos no es algo que capitalismo pueda garantizarnos, de la misma
forma que no es capaz de brindar a todas las personas un empleo
estable y dignamente remunerado, una vivienda o una sanidad…
Por eso entendemos nuestra lucha por todo lo que es necesario para
el conjunto de los trabajadores y los jóvenes como parte
de la lucha necesaria por el socialismo.
Anexo
Perspectivas del movimiento estudiantil
Durante todo el curso pasado, hemos asistido al rotundo
fracaso de las organizaciones estudiantiles de izquierdas, de canalizar
la fuerza con la que miles de estudiantes clamaban contra la contra-reforma
educativa del gobierno del Partido Popular.
Después de la victoria del Partido Popular en
las últimas elecciones, donde consiguieron una mayoría
absoluta, que sabíamos íbamos a pagar con creces los
hijos de los trabajadores, su rodillo autoritario ha pasado por
encima de la opinión de toda la comunidad educativa, estudiantes
y trabajadores de la enseñanza, que se posicionaron contundentemente
contra su plan privatizador de la enseñanza pública,
fuimos ridiculizados, aislados, criminalizados y obviados completamente
por el gobierno heredero del franquismo
Este rodillo absoluto del gobierno de la burguesía
ha pasado por encima de la opinión pública en numerosas
ocasiones ( el PHN, el decretazo, las contra reformas educativas,
la guerra imperialista...), todo esto, no nos ha pillado por sorpresa,
puesto que teníamos la certeza, de que su mayoría
absoluta la utilizarían por encima de todo, para hacer realidad
sus leyes reaccionarias y así ha sido. Por eso teníamos
claro cual iba a ser a partir de ese momento uno de nuestros objetivos
claves, derrocar al Partido Popular. Parece que los trabajadores
del Estado Español han tardado en reaccionar ante todos los
ataques de la derecha, pero la guerra imperialista, en la que el
perrito faldero de Bush , Aznar, nos ha metido, ha resultado ser
la gota que colma el vaso y todas las imposiciones chulescas que
nos a propinado este gobierno le están cayendo encima una
detrás de otra. El desgaste del Partido Popular es una realidad
y el objetivo de derrocar a este gobierno parece un hecho.
Por este motivo debemos hacer una reflexión
de cómo hemos llevado a cabo la lucha del movimiento estudiantil,
cuales han sido nuestros errores para tratar de subsanarlos.
Los estudiantes hemos dado una lección de fuerza
y coherencia, saliendo a la calle en masa para reivindicar nuestros
derechos mas fundamentales y en defensa de la educación pública,
pero la descoordinación provocada por el sectarismo de algunas
organizaciones y el afán de protagonismo de otras no han
hecho otra cosa nada más que ayudar a la derecha a cumplir
con sus objetivos reaccionarios, todo esto sumado al aislamiento
del movimiento por parte de las direcciones sindicales, que trataron
de frenar una lucha que sobrepasaba su óptica reformista
hicieron fracasar el intento de frenar la contra-reforma educativa.
De aquí en adelante el movimiento estudiantil
participará de todas las luchas de contestación al
gobierno de la derecha, como lo está haciendo en la lucha
contra la guerra, y en lo que a defensa de la educación pública
se refiere, debe estar preparado para responder ante todos los ataques
que vengan derivados de la aplicación de la contra-reforma
educativa, como el caso de los estatutos de la LOU.
De cara a que las luchas estén coordinadas a
nivel estatal, desde el SEI debemos seguir en nuestro empeño
de formar una confederación, que agrupe a todas las organizaciones
estudiantiles de izquierdas posibles. Sólo la unión
de todos los estudiantes progresistas, al margen de intereses de
organización o protagonismo, permitirá el fortalecimiento
del movimiento estudiantil, de cara a afrontar en mejores condiciones
las luchas que se avecinan.
Desde una óptica revolucionaria, nuestra organización
debe servir para formarnos políticamente. El movimiento estudiantil
debe ser una escuela de militantes, que prepare cuadros para el
movimiento obrero, capaces de defender las ideas revolucionarias
del socialismo, algo imprescindible para transformar la sociedad.
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