|

La Economia Académica.
Juan Torres López *
La Organización Internacional del Trabajo señalaba
hace poco que en 2003 había casi 190 millones de desempleados en
todo el mundo, "el nivel más alto conocido hasta la fecha",
y que unos 500 millones de trabajadores percibían salarios inferiores
a un dólar diario. El Programa para el Desarrollo de las Naciones
Unidas viene mostrando que las diferencias entre el mundo rico y el mundo
pobre casi se han duplicado en los últimos treinta años.
Los ritmos de crecimiento económico son ahora más bajos
y cada vez hay más países, territorios, grupos sociales
o personas literalmente excluidos del progreso económico. A esa
situación no es ajena, ni puede serlo, la ciencia económica
que se crea y se difunde en nuestras universidades y centros de investigación.
No se puede generalizar al ciento por ciento pero sí puede establecerse
que la economía académica de nuestro tiempo gira casi exclusivamente
en torno al modelo neoclásico, en sus versiones más o menos
renovadas, que entronizan al mercado y al comportamiento individual como
ejes inexcusables de la vida económica.
Los estudiantes franceses de economía impulsaron hace cinco años
un movimiento de crítica a la enseñanza que recibían
y denunciaron el autismo que, en su opinión, padece la disciplina.
En sus manifiestos originarios denunciaban sobre todo que la economía
convencional que les obligaban a estudiar tenía algunas características
significativas. En primer lugar, decían que se excluía permanentemente
la enseñanza de todo aquello que no tuviera que ver con el modelo
neoclásico. En segundo lugar, afirmaban que se confunde habitualmente
la economía que se enseña con la economía real. En
tercer lugar se denunciaba que la economía convencional había
convertido a las matemáticas y en general a los métodos
cuantitativos en un fin en sí mismo en lugar de utilizarlos como
instrumentos para conocer con auténtico rigor la verdad de las
cosas.
En cuarto, señalaban que en sus facultades se excluían permanentemente
todo lo que fuese pensamiento crítico y la reflexión dedicada
a poner en cuestión el estados de cosas establecido y los poderes
dominantes. Esas ideas reflejan con claridad lo que hoy día se
están enseñando a los jóvenes y el tipo de pensamiento
económico que se está divulgando. Incluso la selección
de los temas que se consideran más importantes se define de forma
que al final terminan por desaparecer las grandes cuestiones de las que
depende el bienestar y la felicidad de la gente. Las disciplinas que fomentan
la perspectiva interdisciplinar y el espíritu crítico tienden
a desaparecer o sencillamente han desaparecido de los curricula. Cuando
se desprecian las ideas y los enfoques diferentes a los del paradigma
que se defiende la ciencia se hace efectivamente autista y encerrada en
sí misma. O lo que es peor, como le ocurre a la economía
convencional, se convierte en un auténtico pensamiento único,
en un dogmatismo. Este suele caracterizarse siempre por tres rasgos básicos
que se perciben nítidamente en la economía actual: la simplificación
y el rechazo de lo complejo, la confianza absoluta en el propio saber
y el reconocimiento de autoridades absolutas sobre las que se sustenta
su fundamentación. Eso es lo que ha dado lugar a que la economía
convencional que ahora se enseña sea exclusivamente la "teología
del laissez-faire", como decía Kenneth Galbraith.
Pero lo que sin duda es la característica más relevante
de la economía académica actual es su falta de evidencia
empírica. Los estudiantes han de aprender a repetir que los déficits
públicos son nefastos y deben combatirse, que el desempleo es sólo
una contingencia deseada por los propios parados que se empeñan
en no aceptar salarios más bajos, que para crear empleo hay que
flexibilizar los mercados, eliminar los salarios mínimos y reducir
la protección social, que el único y principal objetivo
que debe perseguir la política económica es combatir la
inflación, que los bancos centrales independientes gobernados por
tecnócratas logran mejores resultados en el manejo de la política
monetaria y en la consecución del equilibrio económico,
que la plena libertad de movimiento de los capitales es fundamental para
que vayan bien las cosas... Los investigadores, por su parte, se dedican
a pasar una y otra vez esas mismas ideas por el tamiz de métodos
muy sofisticados pero de provecho francamente dudoso, única forma
de poder publicar en las revistas más reputadas. Estas se llenan
de páginas y páginas que dan vueltas a los mismos argumentos
pero sin que hasta ahora hayan conseguido demostrarlos si no es en aspectos
muy parciales y generalmente poco significativos.
El empobrecimiento de los métodos, el irrealismo progresivo y la
miopía creciente de muchos investigadores se traduce en los errores
a veces clamorosos y en la desnudez con la que se presentan los argumentos
que quieren imponerse. Es paradigmática, por ejemplo, la falta
de acierto de los informes de los grandes organismos internacionales,
que no dan una a la hora de hacer previsiones. En España, por ejemplo,
todos los investigadores que a mediados de los noventa realizaron trabajos
para justificar la crisis de las pensiones públicas y defender
su reforma en la línea de la privatización se equivocaron
sin excepción. ¡Pero siguen diciendo y enseñando lo
mismo! La contundencia con la que se reitera este tipo de ideas carentes
de la más mínima evidencia es lo que lleva a pensar que
la economía no sólo se ha convertido en un pensamiento autista
y único sino que es además una especie de pensamiento tonto
que se repite incansablemente sin reconocer sus limitaciones y su falta
de fundamento.
Lo que estoy señalando es especialmente preocupante porque la economía
no es un saber neutro en nuestra sociedad sino que tiene una enorme trascendencia
política y social. La metamorfosis de la economía como disciplina
científica hasta llegar a convertirse en el pensamiento autista
de nuestros días no es fruto de la casualidad sino el resultado
de la progresiva influencia de los intereses más poderosos que
premian y castigan, que reconocen o que excluyen según sea lo que
cada uno diga. Los tribunales y los jurados que seleccionan la investigación
más reconocida o puntera están atrincherados en esta forma
de ver las cosas y desprecian y marginan a quienes piensan o investigan
en otros temas o desde enfoques diferentes. El pensamiento tonto es también
autoritario y se impone de forma antidemocrática. Carlyle dijo
en los principios que la economía era una "ciencia lúgubre".
Ahora es más bien un saber soberbio sobre cuyo carácter
científico hay cada vez más dudas. Su problema es que, como
acaba de decir Galbraith en su último libro, "la mayoría
de los economistas cometen algo que, de manera profesionalmente cauta,
me atrevo a denominar como fraude inocente. Es inocente porque la mayoría
de los que lo perpetran lo hacen sin sentirse culpables. Es fraude porque
rinde un servicio sigiloso a ciertos intereses particulares".
(* Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de
Málaga)
|