La derecha enfrenta a Lula mientras el Movimiento se consume
Roger Burbach

Znet en español


El asesinato en Río de Janeiro de Dorothy Stang, una monja estadounidense de 73 años que ayudaba a campesinos dedicados a la agricultura sustentable en la selva amazónica, llega en momentos en que los intereses oligárquicos y la derecha parlamentaria están abocados a una ofensiva política contra el gobierno de Luis Inacio “Lula” da Silva. Esto ocurre como reflejo de las fisuras que se abren en el partido de Lula, el Partido de los Trabajadores, cuando las organizaciones sociales se están movilizando para demandar la puesta en marcha de reformas con las que Lula se alineaba antes de ser presidente.

“Éste es un punto débil de la presidencia de Lula”, dice Marcos Arruda, del PACS, un instituto de investigaciones políticas y sociales de Río de Janeiro. “No hay excusas para no poner en marcha grandes reformas sociales, especialmente la redistribución de la tierra; él continúa con las recetas neoliberales dictadas por el Fondo Monetario Internacional y Washington”. Durante los dos años que lleva de mandato, el gobierno de Lula ha mantenido un superávit presupuestario del 4% o más para pagar la deuda externa. Solamente el FMI recibió más de 40 mil millones de dólares de intereses y pagos de capital de un paquete de crédito de 58 mil millones de dólares, producto de una refinanciación de la deuda iniciada en 1998.

El asesinato de la Hermana Dorothy refleja la continua agresión de terratenientes perfectamente conocidos contra aquellos que se les ponen en el camino de su pillaje sistemático del Amazonas. Stang, que era ciudadana brasileña naturalizada, trabajó en el estado amazónico de Para con 600 familias dedicadas al cultivo de frutas y vegetales del lugar mientras trataban de mantener algunas vacas lecheras que se alimentaban del forraje local. En los últimos años, solamente en Para fueron asesinadas más de 20 personas por disputas relacionadas con la tenencia de la tierra.

Lula respondió de forma drástica al asesinato de Stang. Estableció una comisión de nivel ministerial, preservó dos grandes reservas naturales, declaró que no se seguiría tolerando a los “grandes usurpadores” de tierras en el Amazonas y envió a 2.000 policías federales para perseguir a los asesinos y a sus cómplices.

Mientras se desarrollaba esta escena, se produjo una conmoción en la elección para presidente de la Cámara de Diputados del Congreso brasileño. En los dos años previos, el Partido de los Trabajadores de Lula se había asegurado el puesto a través de una coalición de partidos. Este año, sin embargo, el Partido de los Trabajadores está profundamente dividido entre los que apoyan a Lula y los que están hartos del lento avance en las reformas sociales. Como resultado, el ala derecha, junto con los partidos centristas, maniobraron para poner su propio candidato en la presidencia, Severino Cavalcantia, conocido como “el rey del bajo clero” por su alineación con la oligarquía de derecha y los intereses religiosos. Una de sus primeras acciones fue incrementar los salarios de los congresistas y extender su período de vacaciones.

Este recambio llega en momentos en que tiene lugar una campaña para eliminar hasta las tímidas reformas de los primeros años de Lula: unos pocos y miserables impuestos sobre la riqueza y el lanzamiento de un modesto –algunos dirían “exiguo” –programa contra el hambre. Los encabezados de la prensa dominada por la derecha se escandalizan ahora por los altos impuestos que los brasileños supuestamente pagan, mientras proclaman que el gobierno brasileño, a diferencia del resto del mundo, no marca el paso del neoliberalismo recortando los “antieconómicos” y “corruptos” programas de gastos federales.

Dentro del Partido de los Trabajadores, los disidentes están divididos. Un pequeño grupo está optando por abandonar el partido y llamar a la formación de una nueva organización política. La mayoría cree que debería librarse una lucha dentro del partido para reclamar el cumplimiento de su agenda histórica de luchar por los pobres, los obreros y los desposeídos.

La mayor organización social de Brasil, el Movimiento de los Sin Tierra, cuyos fuertes vínculos con el Partido de los Trabajadores se remontan a la década de 1980, está abocado a la segunda estrategia. No ha roto con Lula, pero está comprometido en un proceso de movilización desde abajo. En este momento, más de 200.000 sin tierra están acampados junto a las principales rutas de Brasil, demandando acceso a tierras improductivas. Francisco Meneses, miembro del Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutrición, proclama: “si Brasil realmente quiere luchar contra el hambre, la mejor solución es retomar el programa de reforma agraria y acelerarlo. El Movimiento de los Sin Tierra tiene métodos muy efectivos, que toman las experiencias pasadas de reforma agraria en Latinoamérica y el mundo para consumar un desarrollo sustentable”.

El Movimiento de los Sin Tierra está convocando a una “ofensiva de abril”; a partir de mediados de ese mes, los sin tierra y sus simpatizantes de distintas partes del país iniciarán una gran marcha hacia la capital del país, Brasilia.

Marcos Arruda, un amigo de Lula desde la década de los setenta, que se cuenta entre los disidentes que luchan dentro del Partido de los Trabajadores, dice: “no podemos rendirnos ante los oportunistas que rodean a Lula, que están interesados únicamente en el poder. Ellos están cerrando acuerdos como cualquier otro partido tradicional de Brasil. Un programa realmente visionario y sustentable de reforma agraria podría transformar el país en memoria de la Hermana Dorothy y otros mártires. No hay excusas para que nuestro partido y nuestro país queden alineados junto a los agentes del poder, que traumatizan al mundo con conflictos, represión y políticas económicas que estragan el planeta.
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Roger Burbach es el director del Centro de Estudios para las Américas (CENSA) y Profesor Itinerante del Instituto de Estudios Internacionales, Universidad de California, Berckeley

 

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