INVISIBLES IX: ESTAR DE ADORNO
María Ángeles Maeso


Ahora que caigo...
Tengo tantas cosas entre manos.
Trabajos urgentes.
No me acordaba de que también
debo morir.
(Pere Quart)


Hace diez años, Félix de Azúa definió como "parados ornamentales" a los beneficiarios de los servicios culturales del ayuntamiento barcelonés. La concejalía correspondiente de esta institución les subvencionaba bajo el rótulo de 'artistas', nada menos que cien para un solo barrio, el Chino o Ciutat Vella, tras el ornato. Cien pintores en sus cien talleres, cien ciudadanos cumpliendo dos importantes funciones. Una visible: dar caché a una ciudad que con semejante cifra puede presumir de un artisteo considerable. La otra, menos visible, pero tan importante como la primera: ocultar el desempleado que subyace en cada uno de esos ciudadanos. ¡Ustedes no son excluidos laborales, son artistas!, viene a decirles el Ayuntamiento, al tiempo que les pone taller. Sólo a un escrutador tan bueno como Félix de Azúa se le descorría la cortina de humo y pudo ver lo que él denominó "parados ornamentales"

Diez años después, ese hallazgo lingüístico sigue siendo válido. Y es que las humillaciones por la que atraviesa cualquier sobradamente preparado, bajo la etiqueta de 'parado' son legión, de modo que la sustituye en cuanto puede por cualquier otra que resulte más ornamental. ¿Por qué, si no, aceptamos contratos de dos horas que en la práctica se convierten en ocho de trabajo? No lo haríamos si se tratara de picar en una obra, servir cafés, fregar escaleras o de cuidar ancianos. Ninguna de esas ocupaciones nos salvaría de la infravaloración social; pero apenas el oficio tenga cierto halo de prestigio, firmamos. La nueva etiqueta nos quita de la espalda la de 'parado' y nos cuelga: profesor, instructor, ilustrador, técnico, experto, monitor, colaborador, diseñador, crítico, redactor, comunicador, traductor, publicista... Artista o del entorno.

Humo, pavesas que de las más sólidas profesiones se desgajan; menudencias en ofertas: cirujanos para una guardia de una noche, profesores para dos horas, periodistas para treinta líneas. El ciudadano desempleado estará de profesor y en un abrir y cerrar de ojos estará en la nada. Estará de investigador y en un periquete estará en la calle. Pero en ese santiamén, con nombre de prestigio, el cuarto de estar se ilumina por la fuerte luz del relámpago y crea la ilusión de ser algo.

Humo. Una cortina de colores diferentes; de etiquetas intermitentes, al servicio de un amo de izquierdas que habla de la libertad sin parar y afirma cuánto se llevan las identidades efímeras; la fragilidad hecha decoración. Una plástica del instante para la sala del ser que, a fuer de insignificancia, la convierte en sala del estar. La estética del usar y tirar.

Todo precario incurre en craso error al emplear el verbo ser. Conviene salir del almario y retomar un antiguo modo de nombrar la ocupación: mi hijo está de albañil en una obra; mi hija de maestra; mi yerno de enfermero; mi nuera de cajera. Hoy esa expresión popular se ajusta como anillo al dedo de la precariedad. Bien es verdad que quien tenía un hijo ingeniero no decía: fulano está de ingeniero en el pantano, sino es el ingeniero. Pero hoy conviene el uso del estar también en esas aguas de rancio abolengo. Donde hubo un empleado con derechos de viejo estatuto del trabajador, hay ahora cuatro sin ninguno. Cuatro que están un rato de ingenieros y luego, a la intemperie.

Estamos. Así dejamos claro que no somos sino una identidad a cachos; la de individuo sin sitio; la de ciudadano a ratos; la de contratado en soplos que sumados no dan ningún respiro.

En el agosto de la España tumbada al sol, los excluidos de los derechos laborales no están de permiso, que los adornos no llegan a tanto. Quien vive en el continuum de la incertidumbre, no está de parado, porque de cuando en cuando caen esos contratos de dos horas ornamentales que hacen bajar los datos del desempleo.
Si la temporalidad ya alcanza a más del 33% de los trabajadores, son muchos los tronzados por leyes rapaces; los que no subirán al tren de las vacaciones pagadas: un arcaísmo en el calendario indiferenciado del precario. El verso de un catalán de los sesenta, que ya no está de poeta ni de parado ornamental. Ni de nada.

María Ángeles Maeso (Agosto 2005)

 

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