|

Un pacto natural
CRISTINA PERI ROSSI
(http://www.almendron.com/cuaderno/politica/nacionalismo/2003/ca_0140.pdf)
La fotografía del palco del estadio blaugrana
el día del partido entre el Barcelona y el Madrid fue, completamente,
reveladora: Carod-Rovira entonaba las estrofas de Els segadors al lado
de Pasqual Maragall mientras un cariacontecido Jordi Pujol miraba hacia
un vago horizonte, cargado de nubes.
Para quienes observamos la política catalana sin pasión
(y como escribió atinadamente Eduardo Mendoza los catalanes no
han sido apasionados ni siquiera en su poesía amorosa; Ausias March
dijo, de la mujer amada "Dona plein de seny", cuya traducción
aproximada es "Mujer llena de cordura", atributo poco romántico
pero incuestionablemente pragmático) el parto natural -quiero decir,
el pacto natural- era entre el PSC, ERC e ICV. ¿Por qué?
Porque al menos teóricamente es un pacto de izquierdas.
Y este hecho tendría que tranquilizar a la opinión pública
de España, que se siente vinculada a un proyecto de izquierda y
no a uno de derecha. Los tres partidos que se han coaligado tienen ese
vínculo, aunque no sea el único que tienen. La pregunta
que pudo haber inquietado a los votantes y a los analistas políticos
era si el vínculo nacionalista (ERC más CiU o PSC más
CiU) podía ser más fuerte que el ideológico y se
ha resuelto a favor de éste. Por fin, en Cataluña, tenemos
un pacto de izquierdas, un Gobierno de izquierdas en la Generalitat y
un Ayuntamiento dirigido por el PSC. Aun más: se han presentado
una serie de medidas y de proyectos para gobernar que suponen un cambio
en la política y en la Administración catalanas.
El pacto termina con 20 años de hegemonía de CiU y abre
un porvenir en el que una de las regiones más ricas y avanzadas
de España ha optado por un proyecto de izquierdas. Hay que agradecer
a Jordi Pujol y a los dirigentes de CiU los servicios prestados, hacer
cuentas y facturas de los no prestados e impulsar un programa de gobierno
y de gestión nuevo, de izquierdas. No hay pretexto para no hacerlo:
entre los tres partidos tienen mayoría. Las 500 medidas aprobadas
tienen como objetivo dar un impulso importante de carácter económico
y social a Cataluña y será el electorado quien, en años
futuros, juzgará si se ha conseguido. En todo caso, como observaba
oportunamente Francisco Umbral desde su columna, los catalanes siempre
han sido buenos negociadores; están acostumbrados y les gusta analizar
los pros y los contras de una situación o de un problema y son
capaces de ver la oportunidad de ceder o de transar como forma de relación.
Carod y Maragall han hablado de una "izquierda plural" y todos
podemos estar de acuerdo en ese concepto; desde la caída del muro
de Berlín, la izquierda sólo puede ser plural. Es muy curioso
que este pacto haya causado estupor, miedo y animosidades cuando el único
futuro de la izquierda es la negociación: los gobiernos de mayoría
absoluta han demostrado que se convierten rápidamente en gobiernos
por decreto, con el insulto, la desconfianza y la enemistad aún
en lo que concierne a los grandes temas que nos afectan a todos, más
allá de nuestro voto.
Es verdad que para arañar algunos votos más el PSC ha tenido
que acentuar su carácter nacionalista, como lo ha hecho ERC; en
ambos casos, la víctima tenía que ser CiU, y eran las reglas
del juego. Pero no olvidemos que para cualquiera de los tres partidos
coaligados, lo más importante será gobernar Cataluña
y pactar con el Gobierno central, sea cual sea.
Quinientas medidas son muchas medidas para poner en práctica; incluyen
desde la creación de una eurorregión (más aparatosa
en su denominación que en la práctica; si Maragall se pone
pesado con este su proyecto predilecto alguien lo tendrá que llamar
al orden, y esperemos que quien deba llamarlo al orden tenga el suficiente
poder y respaldo como para hacerlo) hasta el aumento de los recursos de
las universidades públicas, la mejora de la Seguridad Social y
la red única de centros de enseñanza. Poco antes de retirarse,
Jordi Pujol reconoció que hubo tongo en los centros concertados,
cosa que todos los votantes sabíamos. La gran esperanza blanca
(Pasqual Maragall) tendrá que aportar, fundamentalmente, fe y confianza
en la Administración, algo que es difícil pactar o negociar:
se obtiene con el trabajo, la erradicación del nepotismo y del
abuso de la función pública. Pero Pasqual Maragall es un
político experimentado. Me consta que sus propuestas más
"escandalosas" de gobierno (como la autofinanciación)
pasan por un requisito: que las próximas elecciones las gane Zapatero.
Con un Gobierno central del PSOE, la coalición que gobierna Cataluña
será menos beligerante, y tendrá que aparcar o disminuir
su listón autonómico, que ha llegado ya a su máximo.
Con un Gobierno central del PP, esa misma coalición podrá
mostrarse muy reivindicativa, pero sin olvidar que se trata de una coalición
bastante inestable: el superávit de votos que ha obtenido ERC puede
volver en cualquier momento a CiU. El día después de las
elecciones, dije que si ERC pactaba con CiU posiblemente perdía
la mitad de sus votantes, pero que si pactaba con el PSC también
los perdía.
La experiencia de Pasqual Maragall es una garantía para Cataluña
y también para el Gobierno central. No sé si podemos decir
lo mismo de Josep Lluís Carod-Rovira, que además de un hombre
simpático, parece algo despistado: reclamar dos billones de pesetas
no sólo es demagógicamente barato (a pesar de la cifra)
sino una manera de acentuar la antipatía que las reivindicaciones
catalanas suelen provocar en el resto del Estado. Carod tiene que aprender
modales, en primer lugar. No se obtienen unos cuantos votos más
y se convierte a un pequeño partido en árbitro de una situación
para lanzar chanzas o creerse hombre de Estado; lamentablemente, el Estado
siempre tiene demasiados hombres (y pocas mujeres). Jordi Pujol le podría
haber enseñado algo acerca de eso. Hasta de los enemigos políticos
podemos aprender muchas cosas. Pero es posible y deseable que el paso
de los días y la necesidad de encarar los problemas reales de Cataluña
le den ese seny del cual los catalanes han hecho una virtud nacionalista.
La alarma que sus declaraciones -y algunas de Pasqual Maragall- han creado
en el Estado es exagerada. El nacionalismo catalán siempre ha sido
moderado, y nada indica que después de Pujol deje de serlo. Y si
a los integrantes de este pacto se les ocurriera, efectivamente, ser más
radicales en sus objetivos autonómicos, habrá que recordarles,
como ya hiciera algún dirigente socialista, que uno de los principios
elementales de la izquierda es la solidaridad. En un momento histórico
en el que los rasgos de identidad de la izquierda están en duda,
en crisis, algunos principios tienen que mantenerse firmes, y uno de ellos
ha sido, siempre, la solidaridad. Una Cataluña más rica
debe ser el motor que impulse otras economías, que participe en
el desarrollo de las menos favorecidas. Sería absurdo aprobar la
asistencia económica a países en vías de desarrollo
en el Tercer Mundo y no hacerlo con las regiones más pobres de
España.
Unos días antes de firmar el pacto de gobierno llovió en
Barcelona. Como cada vez que llueve, me quedé sin luz (y eso que
vivo en un barrio de clase media alta) durante más de dos horas,
sin contar con la persona que venía en el ascensor y resultó
atrapada. Es tan sencillo como eso: las infraestructuras de una de las
ciudades más bellas y más turísticas de Europa no
funcionan bien. Una de las propuestas de la coalición de izquierdas
es que los médicos de los ambulatorios dediquen 10 minutos (10)
en lugar de seis a la atención de los pacientes. ¡10 minutos,
señores! Todo un logro. En 10 minutos es posible que algunos médicos
no se equivoquen, ausculten a sus pacientes y hasta consigan hacer diagnósticos
correctos. ¿Resolverá la reforma del Estatuto estos problemas?
¿Servirá para que la especulación inmobiliaria se
detenga y los precios de los pisos o de los alquileres sean razonables,
en lugar de esta escalada delirante? Son realidades de Cataluña.
No sé cuál es la relación que puede haber entre la
creación de una eurorregión y el hecho de que Barcelona
se inunda cuando llueve, haya pocos taxis y la luz se vaya, o que muchísimos
ancianos carezcan de recursos y de atención adecuada a sus necesidades.
Es difícil que alguien me pueda convencer de que para solucionar
éstos y otros problemas que tiene la región donde vivo sea
necesario un cambio de Estatuto: como mujer que soy, empiezo por abajo,
por las cosas cotidianas, pequeñas, de todos los días. Los
hombres suelen soñarse grandes estadistas, mientras las mujeres
limpiamos la casa, hacemos la compra y administramos los recursos económicos.
Y no me gustaría que dentro de unos años esta coalición
de izquierdas se refugiara en un problema de falta de autonomía
para justificar alguna omisión. Hay necesidades concretas que satisfacer
y problemas reales que atender. No siempre se trata de disponer de más
dinero; muchas veces se trata de cómo distribuirlo y en qué
gastarlo. En todo caso, el futuro del gobierno de Cataluña no puede
depender de quién gane las elecciones generales. Hay trabajo para
hacer y lo mejor sería empezar enseguida. La fotografía
del palco del estadio del Barcelona es una fotografía de familia:
la familia de la izquierda. Así tiene que ser comprendida y así
tendrá que gobernar. Sin asustar a nadie, todo lo contrario: creando
esperanza.
(ELMUNDO-231203
... leído en la Tribuna Libre diaria de http://www.almendron.com)
|