Por la Constitución ¿hacia una Europa social?
Xavier Caño*

CCS
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La vieja Europa, la de los Derechos del Hombre, la de la abolición de la pena de muerte y la del contrato social del siglo XX, entra en el año de la presumible aprobación de una Constitución para la Unión de 25 estados. Quienes la promueven, desde las más altas instancias del Estado de los diferentes países, muestran su entusiasmo por un paso fundamental en la construcción de una Europa unida y fuerte. Dejando de lado que el texto del Tratado Constitucional a día de hoy es totalmente ignorado por la mayoría de ciudadanos europeos y dejando de lado también que ha sido elaborado a espaldas del Parlamento Europeo, el texto constitucional nos impone una Europa neoliberal.

Más allá de la retórica de frases altisonantes, la inestimable complicidad de los grandes medios informativos, de los grandes grupos de comunicación, ha permitido que no se sepa casi nada del contenido constitucional. De su elaboración solo trascendió la disputa por las cuotas de poder de los Estados en al toma de decisiones. Nada más. No se ha hecho saber, por ejemplo, algo tan importante como que será una Constitución blindada, imposible de revisar y reformar, porque cualquier cambio precisará acuerdo pleno de los 25 estados miembros de la UE. O, de otro modo, un solo estado miembro podrá bloquear cualquier reforma de mejora.

Echemos un vistazo al contenido de esa Constitución que, según sus entusiastas propagandistas, promete una Europa social, porque muchas frases nos indican el espíritu real del texto. La UE se regirá por una “economía de mercado altamente competitiva”, ya no existe el derecho al trabajo sino “el derecho a trabajar”, los servicios públicos se convierten en “servicios económicos de interés general”. Son eufemismos peligrosos que abren la puerta a paro endémico y privatizaciones a mansalva. Por otra parte, las cuestiones fiscales están excluidas de la armonización económica de la UE, la reducción del déficit público pasa por encima de la prestaciones sociales, la vivienda protegida, el transporte público o la sanidad y, para rematar el retroceso social, los trabajadores inmigrantes en la UE no tendrán los mismos derechos que los europeos sino “equivalentes”. El uso de las palabras nunca es gratuito ni inocente y menos en política. ¿Es casual o baladí que en todo el texto constitucional europeo la palabra “mercado” aparezca 78 veces, la palabra “competencia” 27 y “progreso social” sólo una vez? ¿Es inocuo que la única vez que en todo el texto constitucional se cita la “economía social de mercado” se matice con el peligroso añadido de “altamente competitiva”?

Lo cierto es que la Constitución europea que nos proponen no es la garantía de una Europa social sino de una Europa neoliberal de la peor especie. Lo que la ley fundamental propone es una constitucionalización de la economía neoliberal, forma totalitaria de entender la economía que desde hace más de quince años ha arruinado a Latinoamérica, ha sembrado el mundo de una desigualdad como nunca ha habido y ha enquistado la pobreza y el hambre. El neoliberalismo del texto constitucional europeo llega al absurdo cuando indica la obligación de consulta urgente entre los estados, en caso de peligro de guerra para uno de esos estados. ¿Para tratar de eludir la guerra? No, para evitar que las medidas que tome ese estado en tan peligrosa situación ¡puedan afectar al mercado interior europeo!

El texto constitucional europeo, por ejemplo, impide que se puedan tomar medidas contra la especulación financiera en nombre de la sacrosanta libertad de mercado, y el Pacto de Estabilidad, que se firmó en Ámsterdam para controlar los déficits públicos y ha supuesto recortes en gasto social y de promoción pública de empleo, toma rango constitucional, es decir, inamovible.

Este analista acumula ya décadas sobre sus espaldas y, por experiencia, reflexión y empachos de realidad, ha mitigado los ardores revolucionarios de los sesenta. Este analista no propone todo el poder para los soviets en la nueva Europa constitucional, entre otras cosas porque esa experiencia acabó fatalmente, pero la Constitución propuesta ni siquiera permite una economía capitalista keynesiana, un capitalismo con rostro algo más humano. Si, como muestra la propuesta de Constitución, Europa impone una determinada y cerrada idea de mercado, la llamada alta competitividad y el crecimiento, no hace falta ser profeta para asegurar que en las próximas décadas habrá cada vez más ciudadanos europeos desvalidos, sea cual sea el color de su piel o el dios al que recen, porque esta Constitución garantiza una Europa desigual e insolidaria. No valen declaraciones de fe sociales, porque, como decimos en castellano, obras son amores y no buenas razones.

* Periodista

 

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