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Sociedad y clase política
Ignacio Sotelo
( catedrático excedente de Sociología).
EL PAÍS - Opinión - 24-12-2004
La comparecencia de doña Pilar Manjón
ante la Comisión parlamentaria del 11-M ha puesto en evidencia
a la clase política, al dejar patente la enorme distancia que la
separa de la sociedad que dice representar. El haberse encerrado en un
mundo propio, en el que prevalece una fuerte endogamia, sin apenas comunicación
con el exterior, tal vez explique el que muestre un nivel intelectual
y moral muy inferior a la media. Es algo que, lejos de ser exclusivo de
España, se observa desde hace bastante tiempo en otros socios de
la Unión. En 1992, los sociólogos Erwin y Ute Scheuch publicaron
un libro, que produjo entonces un cierto revuelo, sobre los motivos por
los que en los partidos ascienden los menos capaces, que, al carecer de
alternativas en la vida civil, suelen destacar por su fidelidad y constancia;
o los más inmorales, que, formando a menudo clanes cerrados, saben
recurrir a todas las artimañas para promocionarse.
En las encuestas, los políticos son el grupo con más baja
credibilidad, hasta el punto de que el ciudadano europeo considera que
mentir es parte integrante de la naturaleza del político. Así
como Felipe González y los suyos siguen negando hasta el día
de hoy que incluso los condenados por sentencia firme tengan algo que
ver con los GAL, o con el uso indebido de los fondos reservados, José
María Aznar y los suyos niegan la evidencia de que entre el 11
y el 14 de marzo trataron de desinformar a la opinión pública,
al insistir en una "línea de investigación de ETA"
que no pudo existir por faltar hasta el indicio más insignificante
en que basarse, tratándose en el mejor de los casos de una opinión
favorecida por los antecedentes y por el deseo vehemente de que así
fuese, pero que se desvaneció, a más tardar, la noche del
11 de marzo.
Tan proclive es el político a mentir que termina creyendo sus propias
mentiras.
La antigua República Democrática Alemana se derrumbó
como castillo de naipes, al actuar los dirigentes como si fuera verdad
la propia propaganda. La mayor parte de la población era consciente
de que a la mayor brevedad había que llevar a cabo reformas, menos
la gerontocracia gobernante, convencida de que para salir del atolladero
bastaba con las viejas políticas. También el ex canciller
Kohl estaba tan persuadido de las virtudes milagrosas del capitalismo
que eliminó de un plumazo la economía estatalizada, aun
al precio de arrasar toda la infraestructura industrial, porque en poco
tiempo las fuerzas del mercado producirían una prosperidad generalizada.
Hasta tal punto se tiene asumido que el político miente (aunque
a menudo más bien se autoengaña) que en las democracias
más curtidas se expulsa inmediatamente de la vida pública
al que se le pille en una mentira: en pro de la credibilidad del sistema,
lo menos que habría que pedir es que no se note cuando miente.
No quiero caer en el discurso fácil, con sus ribetes demagógicos,
contra los políticos y los partidos, pero averiguar el porqué
de este desfasamiento entre la clase política y la sociedad es
de tal importancia -nos jugamos el futuro de la democracia- que con el
fin de proponer algunas medidas que pudieran servir de correctivo, no
puedo menos que traerlo a la plazuela pública que es el periódico,
pese a que en un artículo no quepan más que unas primeras
impresiones sobre un tema que la sociología ha elaborado con gran
detalle partiendo de una enorme copia de datos.
La primera causa que salta a la vista del aislamiento creciente de los
partidos en relación con su entorno social se debe a que el modelo
de partido de masas que introdujo el movimiento obrero hace poco más
de un siglo, reproducido después de la II Guerra Mundial por la
democracia cristiana y los partidos populares conservadores, está
por completo superado, aun cuando todos hacen como si
estuviera vivo, al no haber tenido descendencia. El partido de notables,
propio del siglo XIX, sin duda encajaría mejor en las estructuras
oligárquicas de estas organizaciones, pero es inaceptable en el
mundo de hoy. Los modelos de que disponemos ya no empalman con la sociedad
actual, pero no tenemos otros con que sustituirlos, de modo que los partidos
queden obsoletos en un sistema político que gira en torno a ellos.
A esto se añade como segunda causa que la confrontación
ideológica ha perdido contenido y fuerza y, pese a que siga siendo
el factor principal de adhesión,cuenta cada vez menos la línea
divisoria entre derecha e izquierda. Además,tercer factor, cada
vez resulta más difícil encontrar un quehacer para los que
a lo largo del siglo XX han pasado de militantes a simples afiliados,
para terminar hoy de comparsas. Sin función específica,
el afiliado es en el fondo una carga para los dirigentes que, aparte de
utilizarlo como público jaleante, no saben qué hacer con
él. En estas circunstancias se hace muy difícil, no ya penetrar
en la sociedad, sino incluso conservar a los afiliados, con excepción
de aquellos tan ingenuos como para creerse los mensajes ambiguos o contradictorios
de los partidos, o que buscan entretenimiento y compañía
(la mayor parte de los afiliados pasan de los cincuenta) o bien, y éstos
son los menos, pretenden hacer carrera política. Al fin y al cabo,
sólo cabe dedicarse a la política -y no faltan los que tienen
auténtica vocación- perteneciendo a un partido. Ahora bien,
los que emprenden este camino saben que han de comportarse de tal forma
que puedan ser cooptados desde arriba. Lo usual es vincularse a un clan
interno que capitanea algún político en la cúspide,
con lo que la carrera personal depende de la del jefe elegido.
Desde el interior de los partidos difícilmente cabe conectar con
la sociedad, y si alguno lo consigue, podría incluso ser el hecho
decisivo que impida entrar en una lista electoral. No se quiere a gente
con un radio de acción propio. Los que se cuelan por vez primera
suelen ser unos desconocidos, pero con el aprecio de los que mandan, lo
que al final lleva a que aumente la distancia entre candidato y entorno
social. Sea cual fuere su inmersión en la sociedad, va a tener
escaño o no, según el partido que lo presente y el puesto
que ocupe en la lista.
Cooptado desde las cúpulas de los partidos, se puede llegar al
Parlamento sin el menor contacto con la sociedad, pero no se crea que
en esta alta función de representar a la ciudadanía se le
abran mejores oportunidades de conectar con la gente. Nuestros diputados
no lo son de un distrito que los haya elegido y ante cuyos votantes sean
responsables. Seguir figurando en la lista, en definitiva lo
único que les importa, no depende de la relevancia social del trabajo
efectuado, ni de las relaciones que como diputado haya podido establecer
con su entorno social, sino sólo y exclusivamente de la opinión
que de él tengan los jefes.
Recientemente, un diputado de un Parlamento de un Estado federado, a una
pregunta sobre un tema de educación, contestó diciendo:
"Si les digo lo que pienso, pierdo mi puesto, y si les cuento lo
que quisieran oír mis jefes, mi reputación".
En efecto, la única posibilidad de sobrevivir en política,
una vez llegado al Parlamento, es permanecer callado a la espera de llegar
un día a la cima. Ejemplo cabal de tan sabio comportamiento nos
lo ha dado nuestro actual presidente del Gobierno. Pasó catorce
años de diputado antes de ser elegido secretario general sin que
se recuerde un discurso parlamentario que hubiera llamado la atención,
ni una manifestación pública de lo que pensaba en las cuestiones
en litigio dentro y fuera del partido.
Por mi cuenta he averiguado que no acudió a la prisión de
Guadalajara para la mascarada de la despedida de delincuentes convictos,
lo que valoro muy positivamente, pero también cómo y en
qué circunstancias se descabalgó de los guerristas, con
parte de cuyos votos luego salió elegido
secretario general. Todo indica que supo moverse con inteligencia y discreción
en el interior del partido, y la forma tan sagaz como se hizo con el poder
revela que conoce muy bien sus entresijos, pero lamentablemente la ciudadanía
ni de lejos barruntaba el tesoro que nos reservaba un futuro que nadie
podía prever, y se encontró de sopetón con un desconocido
del que nada se sabía, de modo que
hemos pasado algunos años especulando sobre sus dotes. Claro que
es muy distinta la imagen que obtenemos cuando seguimos a alguien en su
ascensión que cuando se proyecta ya desde el poder. En el sitial
todos parecemos más altos, más guapos y más inteligentes.
Empero, nadie puede reprochar nada al señor Zapatero, porque el
diputado de base en nuestro Parlamento no habla, ni en Pleno ni en Comisión.
Si ha llegado a formar parte de la lista por su prudente silencio, sabe
que su deber es mantener el mismo respetuoso silencio en el Congreso.
Recuerdo haber oído de niño en Radio París comentar
a don Salvador de Madariaga que a los miembros de las Cortes de Franco
se les llamaba procuradores, "porque procuran hablar sin conseguirlo".
Valdría la pena comparar las no intervenciones de aquellos procuradores
que destacaban por su silencio aprobatorio con la masa de los actuales
diputados que pasan años en el hemiciclo sin poder estrenarse en
el usode la palabra.
En Parlamento y Gobierno en una Alemania reorganizada (1918), Max Weber
escribe que "los parlamentos modernos son en primer lugar representantes
dominados por la burocracia", la estatal y la de los partidos, pero
únicamente pueden librarse de esta supeditación si cumplen
su principal función, "seleccionar a las élites políticas".
La política es lucha, y el político, a diferencia del burócrata
educado en la obediencia, se distingue porque se atreve a romper los estrechos
cauces que establecen las burocracias. Llama al Parlamento la palestra
en la que ante la mirada atenta de la nación se combate con la
palabra para así seleccionar a los más innovadores y audaces.
No habrá que insistir en que el principio burocrático de
silencio aprobatorio que rige en nuestros parlamentos constituye la negación
misma del parlamentarismo.
Nadie negará que una de las preocupaciones dominantes de Zapatero
desde que fue elegido secretario general, y que ha reiterado sin cesar
desde que es presidente, es abrir Gobierno y partido a la sociedad. Uno
no se libra de la impresión de que no deja de repetir a sus ministros
y colaboradores un mismo consejo, abriros a la sociedad. El quid está
en cómo lograrlo. Pues bien, no hay que cansarse de repetir que
el camino que lleva a restablecer el contacto con la sociedad no pasa
por tener en todo momento en la punta de la lengua la palabra ciudadanía,
ni en promover a trochemoche referendos, ni en reunirse con las organizaciones
no gubernamentales y preguntar a cada una lo que quieren. No
consiste en escuchar un poco más, que siempre es bueno, aunque
por esta vía muy pronto el Gobierno se vería desbordado
ante el alud de demandas que se acumularían sobre la mesa. El único
camino hacedero en una democracia parlamentaria es recuperar, en lo que
todavía sea posible, la centralidad del
Parlamento.
No se me oculta que la cuestión es de tanta envergadura como peliaguda
y que, llegados al final, no cabe ni siquiera esbozarla. Permítaseme,
no obstante, para terminar dos observaciones brevísimas. El primer
paso imprescindible es una reforma del reglamento que facilite una mayor
participación del diputado, de modo que el Parlamento pueda empezar
a cumplir con la función principal de
seleccionar a los líderes políticos. El actual presidente
del Congreso, Manuel Marín, ha tomado la iniciativa para una reforma
harto prudente que no encuentra demasiados apoyos en el grupo mayoritario.
Una mayor agilidad parlamentaria favorece a la oposición, incluso
la que podría formarse en el interior del propio partido, así
que para el Gobierno de turno, que es el que tiene
la mayoría, será siempre inoportuno emprenderla. Pero de
poco serviría una reforma del reglamento en la dirección
debida si la cantera sigue siendo la misma. Lo esencial es una reforma
a fondo de la ley
electoral que haga posible que los candidatos se elijan por su presencia
y reconocimiento social, y que directamente dependan del control de los
electores, y no tan sólo de la fidelidad y obediencia a las cúpulas.
Una reforma que acercara la sociedad a la clase política pasa por
eliminar la provincia como distrito electoral, así como el sistema
exclusivo de listas, sean éstas abiertas o bloqueadas.
Ni que decir tiene que la actual clase política no está
dispuesta a suicidarse, abriéndose a la sociedad de tal modo que
ésta tuviese algo que decir. Una voz como la de doña Pilar
Manjón no la volveremos a escuchar en muchos años en el
Parlamento y el discurso del "socialismo de los ciudadanos"
se quedará en lo que es, mera retórica y, si Dios no lo
remedia, seguirá creciendo el abismo entre
sociedad y clase política.
© El País S.L. | Prisacom S.A.
http://www.elpais.es/articuloCompleto.html?xref=20041...i_8&type=Tes&anchor=elpepiopi&print=1&d_date=20041224
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