Tiempos de justicia planetaria
Félix Ovejero Lucas
profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona.
EL PAÍS - Opinión - 27-09-2004
El término "globalización"
designa sin precisión algunos de los problemas másimportantes
a los que nos vamos a enfrentar en los próximos años.
Problemas que reclaman una sensibilidad planetaria. Tradicionalmente,
la izquierda estaba bien pertrechada para encararlos. Antes de que redescubriera
el tribalismo hubo un tiempo en que era internacionalista. Ahora esa
disposición ha quedado reducida a una vaga retórica ecologista
y pacifista que raramente sobrevive a las victorias electorales, a la
tarea de gobernar.
Antes de iniciar los reproches ideológicos, es justo reconocer
lo que hay de inevitable en ese proceder. Desde la Revolución
Francesa para acá, los escenarios de realización de la
justicia y de la democracia, los Estados-Nacionales, resultan poco propicios
al internacionalismo. Donde acaban las fronteras, empiezan los intereses
nacionales y se olvidan los principios de justicia. Circunstancia que
da pie a una paradoja: el proyecto igualitario, que requiere un ámbito
político y jurídico para realizarse, un escenario en el
que todos los ciudadanos son iguales ante la ley e imperan los mismos
principios de justicia, traza un contorno a partir del cual desaparece
la inspiración igualitaria. Los
otros no cuentan. Entre otras razones, porque nadie gana las elecciones
defendiendo a quienes no pueden votar. Hay que estar con los nuestros,
tengan razón o no, porque son los nuestros. Hay que alegrarse,
por ejemplo, de que Rato sea presidente del FMI.
Para la izquierda, que nació luchando contra los privilegios
de origen, esa situación no resulta cómoda. Una de sus
convicciones fundamentales es que las únicas desigualdades justificadas
son las que derivan de elecciones responsables. La buena suerte, natural
o social, no es una razón para disfrutar de derechos especiales
o de mejores condiciones de vida. El color de la piel, la región,
el sexo, la familia o los talentos naturales no justifican ningún
privilegio. Con esa inspiración se batió contra las sociedades
estamentales y con ella forjó la idea de ciudadanía. Dentro
de las fronteras existían principios de justicia, iguales para
todos, susceptibles de ser invocados en una democracia en donde la igualdad
de voto aseguraba la igualdad de influencia política. Quienes
partían de estas convicciones no podían aceptar con naturalidad
que las fronteras, resultado de conquistas, matrimonios reales y flujos
económicos, se convirtieran en circunstancias moralmente relevantes.
Nadie elige su lugar de
nacimiento y, sin embargo, nacer del lado bueno de la frontera asegura
bienestar y derechos. La izquierda, por igualitaria, no podía
entender que los principios de justicia tenían alcance limitado,
que a partir de cierto lugar tenía que comprometerse con los
"intereses nacionales" sin que importase en nombre de qué
causa ni a costa de cuántos.
Hasta aquí las circunstancias, la lógica institucional
que entumece la sensibilidad internacionalista. Pero a ella se ha superpuesto
una incapacidad para tener un punto de vista sobre la globalización
que la ha llevado a encontrarse no pocas veces apelando a "la defensa
de lo nuestro" (nuestra agricultura, nuestra identidad) como un
principio con el que zanjar las discusiones. Desarme intelectual que
se hace especialmente notorio en las réplicas a las apologías
conservadoras de la globalización. Servirán para
ilustrarlo dos ejemplos que comprometen a conceptos con relevancia normativa
para la izquierda: la explotación y la desigualdad.
La izquierda, tradicionalmente, establecía una relación
causal entre la pobreza del Tercer Mundo y nuestra riqueza. Ellos son
pobres porque nosotros los explotamos. En su réplica, los conservadores
acostumbran a apelar a datos que mostrarían que la riqueza de
los países ricos poco debe al Tercer Mundo. La explotación
se pudo dar, dicen, en el pasado, cuando se expoliaron riquezas, materias
primas y algunos recursos estratégicos, pero hoy la mayor parte
de los flujos económicos se producen
entre los propios países desarrollados. Es más, se añade,
los países pobres se benefician de la presencia de las empresas
multinacionales, que contribuyen a mejorar el capital humano y a favorecer
el desarrollo tecnológico allí en donde recalan. En el
fondo, se viene a concluir, el subdesarrollo es culpa de quienes lo
padecen.
Ante estos argumentos la izquierda ha explotado la diversidad de las
estadísticas para impugnar los datos. No tengo una opinión
formada sobre quién lleva la razón, aunque no ignoro que
en éste y otros debates con frecuencia los sesgos ideológicos
enturbian el buen juicio científico. Incluso conozco casos de
trampear a sabiendas. Con todo, no me parece que ése sea el problema;
más exactamente, creo que, para una izquierda igualitaria y,
por tanto, internacionalista, la explotación no constituye hoy
el debate fundamental. Incluso puede que nuestra riqueza presente no
obedezca al expolio. Pero ésa no es toda la historia. Porque
si reconocemos las constricciones ecológicas y de recursos, que
también son datos, caemos en la cuenta de que, con explotación
o si ella, la riqueza de los países ricos es posible gracias
a la pobreza de los países pobres. Si todos los habitantes del
planeta consumieran y contaminaran igual que los norteamericanos, nuestro
planeta apenas duraba unas pocas décadas. Dicho de otro modo:
si nosotros podemos mantener cierto nivel de vida es porque los otros
no pueden mantenerlo. La distinción no es irrelevante ni carece
de implicaciones. Basta con mencionar una: incluso si carece de cualquier
sensibilidad igualitaria, el explotador está interesado en que
el explotado siga vivo. En el otro caso, no. Basta con pensar en África.
El otro debate también arranca con una réplica conservadora.
Cuando la izquierda critica las desigualdades de la globalización,
se le recuerdan de nuevo unos cuantos datos. Por ejemplo, que no es
verdad que la desigualdad haya aumentado, y que, en realidad, la globalización
"ha venido acompañada de una disminución de la pobreza
en términos absolutos". De ahí se quiere concluir
que la globalización es justa, que es la mejor opción.
No siempre sin razón, también esta vez la izquierda ha
discutido los
datos con nuevas investigaciones empíricas. También ha
recomendado prudencia interpretativa en las comparaciones mientras no
dispongamos de medidas de bienestar más refinadas que los indicadores
económicos habituales. Por lo demás, no hay que olvidar
que en la valoración moral lo que cuentan son los individuos,
que el crecimiento económico de un país es compatible
con el empeoramiento de las
condiciones de vida de la mayoría de sus habitantes.
A mi parecer, también aquí se descuida el problema importante
para quienes están comprometidos con principios de justicia;
a saber, que las comparaciones no se agotan con el pasado más
inmediato, que también podemos echar las cuentas respecto a otros
modos de organizar las cosas. El feudalismo no era justo porque la esclavitud
fuera peor. Cuando se empieza por limitar los mundos a comparar, vale
poco la afirmación de que vivimos en el mejor de los mundos posibles.
No pocas de las defensas de la
globalización acaban sancionando la bondad de nuestro mundo por
el tramposo procedimiento de agotar el repertorio de posibilidades en
modificaciones que, en lo esencial, dejan las cosas como están.
Sin embargo, no parece temerario suponer que hay modos más justos
de organizar las sociedades que aquel que permite que las 225 personas
más ricas del planeta posean los mismos recursos que el 47% más
pobre.
Es indiscutible que para sostener que una realidad es injusta al menos
hemos de estar en condiciones de concebir otra que la mejore. No se
trata de elaborar pormenorizados relatos de la vida en el paraíso,
más allá de las posibilidades de la teoría social.
Ahora bien, con el inevitable grado de abstracción que requieren
estos quehaceres, nada nos impide conjeturar otros modos de organizar
las cosas. Por supuesto, respetando algunas reglas. Una de ellas es
que no podrán ser inaccesibles desde nuestras actuales sociedades.
Otra, que no podrán ser incompatibles con lo conocido, con nuestras
posibilidades técnicas. Lo primero invita a no cegarse con los
beneficios inmediatos de la presente globalización. A veces,
como nos sucede tantas veces en nuestras vidas, la búsqueda del
provecho urgente nos resta poder de actuación futura. Ya saben,
lo de pan para hoy, hambre para mañana. Lo segundo es más
importante: la exploración de mundos alternativos sólo
está limitada por lo que
es imposible física o biológicamente. Dicho de otro modo,
en corto y por directo: no tiene por qué aceptar como inmodificable
ninguna distribución de poder. Y es que las constricciones políticas
resultan irrelevantes cuando se trata de valorar una situación,
nuestro mundo, en este caso. Una cosa es no disponer de poder y otra
que sea imposible. Por supuesto, las intervenciones políticas
no pueden ignorar el mundo en que viven, pero otra cosa es darlo por
santo y bueno.
Ni ignorar los datos ni perder el punto de vista en su valoración.
Por su origen, la izquierda está en la mejor disposición
para encarar la globalización con una mirada científicamente
limpia y moralmente insobornable. Cuando los recursos no son infinitos,
el respeto a la dignidad de los seres humanos convoca a la igualdad.
No digo nada nuevo. Perdonen la nostalgia, pero es que, de verdad, hubo
un tiempo en el que la izquierda era internacionalista por igualitaria.
© El País S.L. | Prisacom S.A.
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