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ESPACIOS
NATURALES PROTEGIDOS Y DESARROLLO SOSTENIBLE.
&=
nbsp; &nbs=
p; &=
nbsp; &nbs=
p; &=
nbsp; Juan
Fco. Ojeda Rivera
Geógrafo.
Universidad Pablo de Olavide. Sevilla.
Aplicar
a los espacios naturales protegidos y sus entornos planes o programas que se
justifican por la necesidad de propiciar un desarrollo sostenible, es una
práctica cada día más común, que viene auspicia=
da
indirectamente por la propia Constitución Española, que en su
artículo 45 preconiza "un uso racional de los recursos
naturales", y de forma explícita por la Ley de Doñana,
de 28 de diciembre de 1978 y por la misma Ley 4/89 de Conservación de
los Espacios naturales y de la Flora y Fauna silvestres.
Esta
última Ley, en su Título II, presenta los Planes de
Ordenación de los Recursos Naturales como instrumentos de adecuaci&o=
acute;n
de la gestión de tales recursos, en especial en los espacios natural=
es,
a una serie de principios básicos recogidos en las antecedentes
Disposiciones Generales, entre los que destaca la garantía del
desarrollo sostenible: "...que la gestión de los recursos natur=
ales
se produzca con los mayores beneficios para las generaciones actuales, sin
merma de su potencialidad para satisfacer las necesidades y aspiraciones de=
las
generaciones futuras" (Título I, art. 2.2).
Parece
como si los términos de "espacio natural" y de
"desarrollo sostenible" fuesen totalmente unívocos y claro=
s,
cuando en realidad ocurre que -quizás por el uso y abuso de los mism=
os,
por responder a un paradigma como el medioambiental que se encuentra en ple=
no
auge y, consecuentemente, funciona a veces como la ideología m&aacut=
e;s
elaborada de la contemporaneidad - son vocablos de una gran ambigüedad,
como otros muchos del mismo paradigma, entre los que cabrían citar l=
os
más usados de "medio ambiente", "recurso natural"=
;,
"ecodesarrollo" o "parque natural". Por ello, para come=
nzar
esta lectura desde una ciencia social, como la Geografía, quiz&aacut=
e;s
convenga determinar el alcance de tales conceptos y explicar los contextos =
en
los que dichos términos suelen ser empleados, para intentar fijar una
aproximación geográfica a los mismos. Ese será el prim=
er
objetivo de las páginas que siguen.
Posteriormente,
se intentarán plantear algunas interpretaciones y propuestas, que han
ido surgiendo de una serie de investigaciones, sobre los procesos que
actualmente se producen en torno a la gestión de los espacios natura=
les
protegidos y sus vinculaciones al desarrollo sostenible.
L= os conceptos de "espacio natural" y "desarrollo sostenible"= ; y sus contextos.
Cuando
la Ecología trata de caracterizar a sus objetos de estudio, los
ecosistemas, lo hace por sus grados de vinculación a un estado
teórico de naturalidad. Para ello, emplea un concepto fundamental, c=
omo
es el de climax, a partir del cual pueden ser
clasificados los reales ecosistemas en función de su progresió=
;n o
regresión respecto de aquel estado óptimo o climácico,
que sería la representación teórica del medio natural =
en
su sentido más estricto, o sea el medio ambiente ecológico no
modificado por el hombre. Sobre estas bases científicas y unas dosis=
de
mitificación se ha ido elaborando el
concepto de "espacio natural" que hoy se emplea de manera
común y aparentemente unívoca.
Observado
desde un ángulo de visión que recoge la tradición
geográfica moderna -inaugurada por Humboldt y Ritter y continuada por Reclus=
span>-
el "espacio natural" como algo virgen y separado del hombre es al=
go
intrascendente para esta ciencia. Porque la Geografía trata "de=
la
historia de la tierra y de la humanidad en sus acciones y reacciones
continuas" (Reclús, E.,1894). Como
resultado de ese análisis de la historia interrelacionada del hombre=
en
la naturaleza, algunos geógrafos ya contemporáneos llegan a d=
ecir
que, en nuestras humanizadas latitudes, los "medios naturales"
Si
a todo lo anterior se añade el hecho de que aquellos ritmos civilizatorios y culturales han sido marcados en occi=
dente
y durante los últimos siglos por un sistema económico basado =
en
el principio de la obtención del máximo producto y beneficio =
por
cada unidad de superficie o recurso natural y en el mínimo tiempo po=
sible,
no resultará extraño que hoy constituya un signo
inequívoco de progreso la domesticación de la naturaleza, de =
tal
forma que se produce una relación inversa entre crecimiento
económico y permanencia de lo natural y primigenio. De ahí la
necesidad de proteger ciertos paisajes que, en un contexto cultural y
científico concreto, se consideran como especialmente singulares por=
sus
bellezas o riquezas biológico-naturales.
En
función de ello, debe entenderse que, en las regiones de vieja
civilización, los espacios naturales protegidos estén siempre
situados en áreas geográficas marginales -sería
incomprensible la declaración de un espacio natural protegido extens=
o en
el corazón de una fértil campiña productiva- y
constituidos por paisajes rurales en los que pueden seguir observandose
elementos naturales o aparentemente naturales de forma predominante.
También pueden ocupar espacios más antro=
pizados
en los que quedan retazos de
singulares valores biológicos o paisajísticos (lagunas, delta=
s,
estuarios...).
Una
aproximación naturalista a tales espacios tiende a institucionalizar=
los
como monumentos de la naturaleza y a vincularlos perceptiva y
administrativamente a la nueva rama de lo medioambiental. Así ha
sucedido en las colonias anglosajonas de poblamiento, donde existían
más tierras a colonizar que hombres colonizadores, y cuyas raíces nacionales y
patrióticas se han ido forjando al socaire de las conquistas pionera=
s de
territorios, entre los que se preservaban algunos retazos en su belleza
primitiva y salvaje para el placer de los ojos de los que han de venir. Los viejos, elitistas e ilustrados
parques o jardines privados o municipales europeos son transformados por la
democracia más populista americana en los nuevos, monumentales y
mitificados parques nacionales, dirigidos a la ordenación y
conservación de grandes espacios para bien de todos y justificados p=
or
razones económicas -ferrocarriles, turismo...- políticas y
sociales -democracia, patriotismo, monumentalidad simbólica- e inclu=
so
religiosas -muestras de la gr=
andeza
de la obra divina frente a la grandeza de la obra humana-, además de
científicas -muestras de los ecosistemas más conspicuos de la
nación-. (Richez, G., 1992).
La
lectura que se hace desde Europa occidental de los espacios naturales es
más geográfica, vinculándolos al viejo mundo rural tan=
to
perceptiva como administrativamente. Así ha sucedido, por ejemplo, e=
n la
institucionalización que la cultura y la administración franc=
esas
han efectuado de estas nuevas categorías espaciales, enmarcán=
dolas
en un concepto tan definido por sus geógrafos como el de paisaje rur=
al y
desarrollándolas en el art. 244 de su Código Rural. (Gó=
;mez
Mendoza, J., 1995).
La
expresada dicotomía, que pudiera parecer inocua o puramente
teórica, tiene especial importancia tanto en el diseño de una
política general de protección de espacios naturales, como en=
la
propia práctica de gestión cotidiana de lo "natural"=
;.
En
relación con su objetivo final parece admitida por evidente la idea =
de
que toda política de protección de espacios naturales pretende
preservar algo, un poco, ya que -aparentemente- no puede conservarse todo.
Ahora bien, una concepción lineal y mecánicamente ambientalis=
ta
puede conducir a una serie de vicios peligrosos que han sido denunciados por
Fernando Parra:
=
·
La consideración de los parques como coartadas
para destruir el resto del territorio, no incluido en categorías
restrictivas.
=
·
La presentación de los parques como
espectáculos, creando expectativas falsas vinculadas al romanticismo=
, la
aventura, el safari o la truculencia.
=
·
La mitificación de los parques como naturales=
y
su correlato de que a más naturales, más biodiversos y m&aacu=
te;s
maduros. (Parra, F., 1990).
El
resultado de tales vicios es una política de protección de
espacios naturales, que los considera como islas separadas del hombre, e
incluso enfrentadas a él porque puede deteriorarlas. Enfrente se
situaría una concepción del espacio natural como producto
esencialmente cultural en el que el hombre y la naturaleza conforman un todo
más o menos armónico según unas pautas tecnoculturales
concretas. Ello se traduce en una política de protección de
paisajes en sus propios dinamismos vitales, que entiende que no siempre la
supresión de un uso humano reporta un beneficio para la
conservación de la naturaleza y supone ineludiblemente un aumento de=
los
parámetros de madurez del ecosistema, que admite que muchas veces la
exclusión de usos tradicionales puede conducir a la pérdida de
biodiversidad.
En
relación con la gestión cotidiana de los espacios naturales
protegidos tienden a consolidarse también modelos opuestos: En el
contexto de la concepción ambientalista suele desarrollarse un cierto
darwinismo cultural, que dibuja una sociedad en la que, de un lado, se
encuentran los detentadores del conocimiento científico-técni=
co
que habilita para gestionar y decidir y, de otro, los pobladores que son ob=
jeto
de sensibilización que divierte pero restringe la capacidad real para
tomar parte en este juego de la conservación y el desarrollo (Ojeda
Rivera, J.F. y Gonzalez Fa=
raco,
J.C., 1997). En el contexto de la concepción ru=
ralista,
la comunidad que ha dibujado sus paisajes a través del tiempo
tenderá a ser el sujeto protagonista de su gestión, asumiendo=
la
propia iniciativa de la declaración como espacio natural, marcando l=
as
pautas de su planificación, contribuyendo financieramente en sus
presupuestos y asumiendo la responsabilidad última en la toma de
decisiones, aunque para todo ello necesite del asesoramiento de técn=
icos
que iluminen algunos caminos que, en ciertas coyunturas, pueden desdibujars=
e en
mayor o menor grado (Gómez Mendoza, J.,1995).
Por
su parte, el concepto de desarrollo
sostenible también necesita un análisis semántico y
contextual. No hay dudas de que goza de gran fortuna al haber sido
rápidamente adoptado por políticos y gestores administrativos=
en
la última década, pero su conformación teórica =
no
está acabada en absoluto y menos elaborado, todavía, el
método para su traslación a la práctica en contextos y
problemáticas locales y comarcales. A la postre, tal éxito
político puede ser paradójicamente uno de sus principales
Hay
un error muy extendido, que es el que identifica este modelo de desarrollo =
con
el regreso a unas economías cerradas y autosuficientes, basadas en
técnicas y usos tradicionales. Tal error puede tener sus oríg=
enes
en planteamientos de indigenismo antropológico o quizás en la
identificación de desarrollo sostenible con "ecodesarrollo",
sin tener en cuenta las raíces de ambos términos y sus contex=
tos
divergentes.
En
el origen del "ecodesarrollo" encontr=
amos a
economistas y sociólogos vinculados a organizaciones internacionales
comprometidas con el desarrollo económico del Tercer Mundo y basados=
en
una concepción humanista y utópica, que critican el paradigma
dominante sobre las bases de unas nuevas antropología y
epistemología que modifiquen las relaciones del hombre con la natura=
leza
y establezcan una nueva ética.
El contexto de su nacimiento hay que fijarlo en el ambiente de esperanza de principios de los años s=
etenta
(gran potencia de los no alineados, aprobación en la O.N.U. de un Nu=
evo
Orden Económico Internacional, inicio de los procesos de
industrialización sustitutoria de
importaciones...) y su objetivo es eminentemente práctico: proponer
soluciones concretas para mejorar la situación económica y so=
cial
de los países no desarrollados. Sus teóricos parten del
reconocimiento de la interconexión entre sociedad y naturaleza y,
consecuentemente, entre los modelos de desarrollo económico y su
incidencia en la naturaleza orgánica, por lo que entienden que las
políticas de concentración, que distribuyen a los individuos y
grupos sociales dentro de la dicotomía ricos frente a pobres, no
sólo producen y amplían las desigualdades, sino que
también tienen el efecto perverso del deterioro medioambiental.
&nb=
sp; Desde
Ignacy Sach con su
propuesta de que cada eco-región debe bu=
scar
sus propias soluciones a la luz de su cultura y sus condiciones
ecológicas, pasando por la "desconexión" de Samir Amín que, au=
nque no
signifique renunciar al comercio, sí prima las políticas de
autosuficiencia y de relaciones sur/sur, y continuando por el modelo budist=
a de
economía propuesto para el Tercer Mundo por Sch=
umacher
y las definiciones de necesidades básicas a satisfacer efectuadas en=
la
Declaración de Coyococ (México, 1=
974) o
por Johan Galtung, =
el
"ecodesarrollo" ha bebido en fuentes
críticas y radicales que entienden que la solución para los
grandes problemas ecológicos que afectan al planeta pasa indudable y
necesariamente por la reducción del consumo en los países del
Norte y por la redistribución de la riqueza a escala mundial. (Bellver Capella, V.,1994)=
. No es
casual que el primer oponente a su uso oficial fuese H. Kissinger.
Tampoco
faltan, por el lado contrario, los planteamientos que al hablar de desarrol=
lo
sostenible enfatizan el desarrollo a secas equiparándolo con crecimi=
ento
económico sostenible. Algunos economistas neoclásicos conside=
ran
que cuando el incremento del P.I.B. per cápita o el nivel de consumo
aumenta en el transcurso del tiempo, sin que se vea amenazado por una respu=
esta
negativa de impactos biofísicos (contaminación, esquilmación de recursos) o de impactos social=
es
(desórdenes), se puede hablar de crecimiento económico
sostenible. La respuesta de la economía ecológica no se hace
esperar, diciendo que dado que la economía humana es un subsistema de un ecosistema global finito, que no cre=
ce ni
siquiera cuando se desarrolla, es evidente que el crecimiento de la
economía no puede ser sostenible durante largos periodos de tiempo,
luego la expresión "crecimiento sostenible" debe ser recha=
zada
como contradictoria "in términis&qu=
ot;.
No
puede olvidarse que mientras el término crecimiento alude a incremen=
to
cuantitativo en la escala
física, el vocablo desarrollo se refiere a mejora o despliegue
cualitativo de potencialidades. Lo que crece se hace mayor cuantitativament=
e;
lo que se desarrolla se convierte en algo cualitativamente mejor o, al meno=
s,
diferente. El crecimiento cuantitativo y la mejora cualitativa obedecen a l=
eyes
distintas. Nuestro planeta se desarrolla en el curso del tiempo, pero no cr=
ece.
Nuestra economía, subsistema de una tier=
ra
finita y no creciente, tendrá que acabar por ajustarse a un
patrón semejante de desarrollo sin crecimiento del gasto de recursos=
y
el impacto ambiental. El problema estriba en determinar cómo y cuand=
o se
debe efectuar tal ajuste.
En
el Informe Bruntland (1987), origen de la
popularización del término "desarrollo sostenible" y
enmarcado en el paradigma liberal -modelo
socialdemócrata renano-, se entiende que=
para
alcanzar la situación propuesta era necesario, en aquellos momentos,=
un
crecimiento global de la economía por un factor de entre cinco y diez
como única forma de curar la pobreza. Este llamamiento de Bruntland en pro de un desarrollo sostenible suscit&o=
acute;
dos reacciones en sentidos opuestos: Una consistía en identificar
desarrollo sostenible con continuación del crecimiento, aunque a un
ritmo menos acelerado (desarrollo sostenible =3D crecimiento sostenido). Ot=
ra en
definirlo como desarrollo sin crecimiento de la utilización de los
recursos y las cargas ambientales más allá de la capacidad de
aguante del ecosistema. Son dos realismos en
conflicto. Por una parte, el realismo político, que descarta la
redistribución de la renta y la estabilidad demográfica como =
algo
políticamente dificil o imposible. La
economía mundial habría de expandirse, multiplicándose=
por
un factor de entre cinco y diez para curar la pobreza. Por otra parte, el
realismo ecológico, que parte de la base de que la economía
mundial ha sobrepasado ya los límites sostenibles del ecosistema glo=
bal
y que una expansión de entre cinco y diez veces de algo que remotame=
nte
se asemeje a la economía actual no haría otra cosa que aceler=
ar
una estampida que nos llevaría de la actual ins=
ostenibilidad
a largo plazo, al inminente colapso.
En el momento actual, la posición de
organismos como la UNESCO -recuerdese que el In=
forme Bruntland se hizo bajo los auspicios de la O.N.U.- y =
de
economistas vinculados a instituciones financieras, investigadoras y
políticas internacionales, entre los que pueden contarse algunos pre=
mios
Nobel como Haalvemo o Tinb=
ergen,
ha quedado perfectamente definida en un texto preparado para la Conferencia=
de
Río y publicado en español en 1997: "La propuesta brundtlandiana de al=
iviar
la pobreza mediante un aumento global del 3% anual en la renta per
cápita se traduce en un incremento anual de dicho parámetro de
633 dólares para los EE.UU., de 3,6 para Etiopía, 5,4 para
Bangladesh, 7,5 para Nigeria, 10,8 para China y 10,5 para la India. Al cabo=
de
diez años, esa tasa de crecimiento habría incrementado la ren=
ta
per cápita de los etíopes en 41 dólares (lo que apenas
haría mella en la dureza de la pobreza que sufren), mientras que el
aumento de los EE.UU. habría sido de 7.257 dólares. La dispar=
idad
aun mayor de los niveles de la renta internacional que tendría como
resultado, pone en tela de juicio lo deseable de las proyecciones de Bruntland. Esperar que los países pobres reduz=
can o
detengan su desarrollo, un desarrollo que&=
nbsp;
tiende a ir unido al crecimiento de la producción material, n=
i es
ético ni es útil para el medio ambiente. Por tanto, son los
países ricos, que al fin y al cabo son los responsables de la mayor
parte del daño ecológico actual, y cuyo bienestar material pu=
ede
soportar un alto en su progreso, e incluso un retroceso en el crecimiento
físico, los que tienen que tomar la delantera a este respecto. La
reducción de la pobreza necesitará un crecimiento considerabl=
e, a
la vez que desarrollo, en los países en vías de desarrollo. P=
ero
las limitaciones ecológicas son reales, y el mayor crecimiento de los
pobres tiene que compensarse con un crecimiento negativo de la
producción física para los ricos" (Goodland,R.;
Daly,H.; El Serafy,S. y Droste, B., 1992-97).
Tal posicionamiento
desde el Norte, enmarcado en el mismo contexto que el de Bruntland,
pero en una década posterior, termina planteando un programa mundial=
de
redistribución de rentas y de estabilidad demográfica que hace
converger el desarrollo sostenible bruntlandiano y el
ecodesarrollo radical y tercermundista, haciendo
coincidir el planteamiento con las correcciones y matices latinoamericanos =
al
propio concepto de desarrollo sostenible, al que se denomina desarrollo humano sostenible o desarro=
llo
sostenible con equidad.
No
obstante, como se veía anteriormente, la cuestión del desarro=
llo
sostenible no estriba sólo en su escasa y discutida conformaci&oacut=
e;n
teórica, sino también en su aún menos elaborado
método para trasladarlo a la práctica en contextos locales y
comarcales. Parece claro que el desarrollo sostenible de un territorio espe=
cífico
no debe significar ni una vuelta a las culturas ecológicas tradicion=
ales
("usos tradicionales") tan revalorizadas hoy por la sociedad urbanita, ni menos aún la garantía segu=
ra de
unas tasas de crecimiento permanente en el tiempo. De estas reflexiones se
deduce que en torno al desarrollo sostenible existen pocas obviedades.
No obstante caben plantear, para finalizar el
análisis del concepto, algunas ideas clarificadoras.
Frente
a lo que suele pensarse, quizás sea el desarrollo sostenible el mode=
lo
económico que precise de un mayor grado de incorporación de
nuevas tecnologías aplicadas a la explotación racional de los
recursos naturales y a la implantación de procesos productivos limpi=
os.
Es, en consecuencia, el modelo que exige una más profunda reconversi=
ón
del aparato productivo existente y una mayor innovación en las nuevas
actividades a implantar. Es, asimismo, el modelo que postula un tejido
empresarial más modernizador, flexible y dinámico, y una fuer=
za
de trabajo más formada y cualificada. Cuando se habla, pues, de desarrollo sostenible en =
una
comarca o en el entorno de los espacios naturales protegidos, cuando se
redactan unos planes de ordenación de recursos naturales o rectores =
de
usos y gestión siguiendo la letra y el espíritu de la Ley 4/8=
9,
se están planteando medidas estratégicas que miran al largo o
medio plazo y no tácticas populistas y
coyunturales.
Desarrollar
sosteniblemente una comarca o un municipio no es
sólo hacerlos crecer, sino poner las bases para que sus propios
pobladores vayan logrando una serie de metas econ&oacu=
te;mico-sociales
y neuronales, que deben ser medidas y controlad=
as
periódicamente y que pueden ir cambiando con el paso del tiempo
según la combinatoria de tres grupos de elementos:
a) Avance en la satisfacción o el bien= estar experimentados por las personas que integran aquella sociedad. Tal avance se mide no sólo por la renta real per cápita, sino sobre todo por los indicadores de calidad de vida.
b) Preservación y avance de las libert= ades, en relación con la ignorancia y la miseria. Ello implica aumento de = los conocimientos y, consecuentemente, de las capacidades, con lo que se podrán aprovechar nuevas posibilidades y oportunidades.
c) Aumento de la iniciativa, la autoestima = y el autorrespeto. Tal aumento se traduce en un creciente sentido de la independencia respecto de la asistencia o la subsidiación y respecto de la dominación colonial por terceros. El autorrespeto equivaldría también a capa= cidad de valoración de sus recursos naturales y de sus herencias culturale= s y paisajísticas.
En
definitiva, no se está hablando de algo coyuntural o táctico,
puramente material y exclusivamente técnico, sino de un proceso larg=
o o
estratégico, superador de lo exclusivame=
nte
cuantitativo, y participativo. Un proceso cuyas evaluaciones más
precisas y preciadas se basarán en el grado de conversión de =
los
habitantes de las comunidades locales de objetos pacientes, desconocedores =
de
sus recursos y posibilidades, asistidos y dominados, en sujetos agentes,
capacitados, con iniciativas
propias y gestores de su propio territorio.
Desarrollos sostenibles en los espacios naturales protegidos. Interpretaciones y propuestas.
Haber
tenido la oportunidad de analizar con cierto detenimiento los procesos que
fueron ocurriendo en Doñana y su comarca=
desde
la declaración del Parque Nacional me permitió avanzar algunas
hipótesis interpretativas de los mismos, que pretendían hacer=
se
extensivas a otras situaciones y lugares parecidos. (O=
jeda
Rivera, J.F.,1991).
Desde
entonces se han podido efectuar -a partir de aquellas hipótesis- otr=
as
aproximaciones a espacios naturales protegidos andaluces (Soubrane,B.,1993)=
(Díaz,J., Ojeda,J.F=
. y
Pozuelo, I., 1995) que fueron confirmándolas y matizándolas.
Pero, además, los anteriores procesos de Do&nti=
lde;ana
se han enriquecido mucho en los últimos años con el Plan de Desarrollo Sostenible d=
e su
comarca, iniciado con un Dictamen de una Comisión Internacional de
Expertos solicitado por el Presidente de la Junta de Andalucía,
traducido a Plan operativo de carácter demostrativo y pionero dentro=
de
la Unión Europea, bajo cuyos auspicios es financiado con 62.884 mill=
ones
de pesetas a través de una serie de programas concretos.
Todas
aquellas aproximaciones y el seguimiento del Plan de D=
oñana,
que se encuentra en el ecuador de su desarrollo, me permiten ahora ampliar =
las
hipótesis anteriores y plantear algunas nuevas que, asumiendo los
matices y siguiendo el efecto demostración que se ha otorgado a Doñana, puedan colaborar a predecir en otros l=
ugares
el resultado de ciertos procesos que todavía están muy en sus
inicios.
En
primer lugar, puede deducirse que, con las declaraciones de espacios natura=
les
protegidos, a través de las innumerables figuras que las diferentes
autonomías españolas han ido adoptando (=
Azcarate,
T. y Aboal, J., 1997), las administraciones
regionales pretenden, en primera instancia, compatibilizar el desarrollo
económico de las áreas en cuestión con la
conservación del potencial naturalístico=
y paisajístico que las singulariza. Para=
ello
utilizan aquellos instrumentos de planificación destinados a ordenar=
sus
recursos naturales, potenciando un aprovechamiento racional de los mismos a
través del fomento de actividades endóge=
nas
("usos tradicionales") y de un turismo rural o verde que puedan
ofrecer unas rentas complementarias a los pobladores de las comarcas. La
inmediata promoción de los "territorios-pa=
rques"
a través de folletos publicitarios, centros de acogida turíst=
ica,
elaboración de itinerarios de visitas, así como la asistencia
financiera a través de programas concretos destinados a
rehabilitación de hábitats, mejoras de infraestructuras viari=
as,
construcciones de acampadas y villas turísticas, apoyos a escuelas-taller... van consiguiendo introducir el nue=
vo
parque en el paquete de turismo verde que la misma administración
regional ofrece a sus visitantes. =
span>
Ahora
bien, en relación con el desarrollo sostenible que anteriormente hem=
os
esbozado, la cuestión básica sería la siguiente: Tienen
estas puestas en valor y promoción de los nuevos parques sus correla=
tos
en unas percepciones positivas y generadoras de iniciativas por parte de las
poblaciones que allí residen? Una respuesta afirmativa a tal
interrogante sería sin duda un buen punto de partida del pretendido
desarrollo, ya que aquellos vecinos irían estando en disposici&oacut=
e;n
-a través de un proceso educativo y de reconversión y recicla=
je-
de irse convirtiendo en sujetos y protagonistas de las tomas de decisi&oacu=
te;n
y las gestiones de sus propios territorios -ahora parques-, así como en los principales percepto=
res de
sus rentas.
No
obstante, las observaciones de la realidad parecen conducir a una
hipótesis menos positiva: La revalorización de los espacios
naturales protegidos -basada en la alta
consideración otorgada hoy a los caracteres ecológicos,
estéticos o culturales de unos lugares o de unos paisajes- responde a
planteamientos sostenidos por ciudadanos que necesitan del "campo"
como escenario esporádico de disfrute y expansión frente a las
agresiones cotidianas de sus urbes. Dichas necesidades convierten a los
"urbanitas" en motores y protagonistas -a través de las
administraciones públicas- de la mencionada institucionalizaci&oacut=
e;n revalorizadora y otorgan un carácter y una
personalidad diferencial y completa al espacio protegido que lo individuali=
zan
y distinguen muy claramente de su entorno inmediato. Esto da lugar a que los actores internos o vecinos=
de
aquellos territorios no asimilen la nueva estructura institucional ("el
parque") como un elemento integrado en sus propios valores, sino que t=
iendan
a percibirlo como algo diferente y superpuesto a su co=
tidianidad.
Tal percepción les conduce a considerar que "el parque" es
algo impuesto e inexorable con lo que no les queda otro remedio que convivir
porque -entre otras razones- es un ente rico de=
l que
pueden esperarse asistencias o prebendas e incluso inversiones externas que
fomenten entre ellos algunos trabajos más o menos eventuales.
Las
consideraciones anteriores, comprobadas tanto en Do&nt=
ilde;ana
(Ojeda, J.F.,1993) como en el Parque Natural de=
Grazalema (Soubrane, B.,1=
993),
verifican una anterior tesis, sostenida al analizar las relaciones sociedades-espacios protegidos en la Camarga
y Doñana: La declaración de un es=
pacio
como "parque" da lugar a una diferenciación social en la
percepción y uso del mismo, de tal forma que sus habitantes se sienten excluidos de su propied=
ad,
uso y gestión, aunque continúan contemplándolo
esencialmente como un recurso productivo; mientras que los visitantes sosti=
enen
una visión más patrimonial y conservacio=
nista
del nuevo parque, percibiéndolo y usándolo como un territorio=
o
unos paisajes a disfrutar por todos. Podría de esta forma
diseñarse un modelo teórico, a partir del trazado de unas
Las
administraciones estatales o regionales europeas han ido creando muchas fig=
uras
específicas de protección ("Parques Naturales",
"Parajes Naturales", "Parques Regionales", "Reserv=
as
Naturales"...) porque se han visto obligadas a ir resolviendo el probl=
ema
que suponía aplicar a los territorios muy civilizados y culturales d=
el
viejo continente la definición de "Parque Nacional", nacid=
a en
tierras de nueva colonización (Norteamérica, Australia), donde
abundan los espacios naturales y vírgenes. En la vieja Europa hace ya
muchos siglos que no hay medios naturales, cuestión que se convierte=
en
proverbial en el mundo Mediterráneo, como nos dicen los
geógrafos. Por ello, crear desde estas administraciones públi=
cas
redes completas de espacios naturales en un sólo acto legal y sin co=
ntar
con las demandas explícitas de los habitantes de cada territorio
afectado, se convierte en un mecanismo que favorece el modelo teórico
comentado en el párrafo anterior y que, además, es contrario =
al
reconocimiento previo de la cultura territorial que ha supuesto el origen de
los mismos instrumentos o figuras diseñadas. Si se parte del reconoc=
imiento
de cada territorio como producto social y cultural y de la ausencia de medi=
os
vírgenes, difícilmente se podrá proteger o conservar
espacios sin que las propias sociedades que los generaron como tales expres=
en y
compartan el deseo de protegerlos e incluso planteen tal protección =
como
una necesidad y asuman las responsabilidades de programar sus futuras y
específicas gestiones como espacios protegidos.
Tales
espacios deben tener, pues, su origen en una iniciativa concertada por sus<=
span
style=3D'mso-spacerun:yes'> propios habitantes, a travé=
s de
sus instituciones de articulación social (ayuntamientos, sindicatos,
cooperativas, asociaciones, etc...). Esta inici=
ativa
no se basará exclusivamente en una valoración de los elementos
naturales y estéticos, sino también de los culturales, que
sostienen y explican a los anteriores. La propia Ley Estatal 4/89, en su
artículo 15.1 considera que la declaración de Parques y Reser=
vas
exigirá la previa elaboración y aprobación del
correspondiente Plan de Ordenación de Recursos Naturales de la zona;
habiendo establecido antes un procedimiento de elaboración de dichos
planes que incluya necesariamente la participación activa de las
poblaciones (art.6). La analogía con la Carta de creación de =
los
Parques Naturales Regionales franceses ha sido puesta en evidencia por J.
Gómez Mendoza, aunque sigue diciendo en su texto que "existe una
mayor conciencia en Francia que en España de que los parques natural=
es
regionales se desarrollan sobre grandes espacios rurales habitados y de que=
la
clave del éxito está en su mantenimiento como espacios de vid=
a,
en promover la concertación y en insistir en la gestión"=
(Gomez Mendoza, J., 1995).
El
camino de la declaración desde arriba puede ser explicado y hasta
justificado excepcionalmente por razones de coyuntura y de oportunidad
histórica. El proceso de transición democrática en nue=
stro
país, unido al diseño y desarrollo del estado autonómi=
co,
constituyen razones más que suficientes de dicha justificació=
n y la
propia Ley reconoce excepcionalmente tal camino en su art.15.2, aunque la
excepción se haya convertido en norma en muchas comunidades
autónomas. Pero la institución que asuma la responsabilidad de
efectuar una declaración directa y desde arriba no puede jamás
olvidar que el camino natural y lógico es el contrario y que su
decisión es excepcional de la misma forma que su papel es meramente
auxiliar, hasta el punto que su destino y el de las personas que en tareas =
de
gestión o administración la representan debe ser el de ir
desapareciendo, conforme las poblaciones autóctonas vayan adquiriendo
conocimientos y capacidades para ir tomando responsabilidades en las decisi=
ones
y en las propias gestiones. El olvido de esto puede conducir a procesos no
deseables y ya denunciados -"neocolonialismo", "desamortización encubierta", "desarr=
ollo
cateto" (Ojeda, J.F., 1993)- y a modelos p=
oco
consecuentes con el desarrollo sostenible que se preconiza.
El
desarrollo sostenible no puede convertirse en un nuevo método de
compensación o asistencia: Las pobres e incultas poblaciones afectad=
as
deben ser compensadas con un Plan de Desarrollo Sostenible por haber donado=
-sin querer y sin entender- al resto de la nació=
;n
parte de su crecimiento económico en forma de espacio natural proteg=
ido.
Este planteamiento responde a una total incomprensión de lo que puede
ser el desarrollo sostenible, pero, además, supone una conversi&oacu=
te;n
de las comunidades locales en objeto (de compensación, de asistencia=
, de
sensibilización, de estímulo...).
Dicha
conversión puede llegar hasta ser cínicamente justificada por
razones de premura y pragmatismo, pero sus efectos son perversos porque
mantiene a las poblaciones en un estado crónico de inmadurez desde el
que, a través de las políticas paternales o coloniales, tiend=
en a ir pasando a un limosnerismo
vergonzante y miserable. Los indicadores comarcales o locales de crecimiento
económico pueden dispararse (inversiones públicas e incluso
privadas, presupuestos y patrimonios municipales, redes viarias, núm=
ero
de visitantes...). Este crecimiento producirá también avances=
en
los indicadores de satisfacción (renta real per cápita) e inc=
luso
de bienestar material. Pero los datos que muestran los progresos en las
libertades ante la ignorancia y la miseria, los aumentos en los niveles de
conocimiento y de capacidades para aprovechar las nuevas posibilidades y
oportunidades, el desarrollo de iniciativas y el creciente sentido de la
independencia y el autorrespeto, probablemente =
no
sean datos tan positivos como los anteriores.
El
crecimiento no puede confundirse con el desarrollo, pero, sobre todo, no pu=
ede
ser una justificación del no desarrollo: Contar con una gran parte d=
e la
población empleada en estado de eventualidad y baja o nula
cualificación laboral, al albur de una economía que crece sob=
re
bases frágiles, es aumentar la dependencia laboral y mental. Con otra
retórica, se viene a mantener de manera subrepticia, el clási=
co y
nefasto sistema compensatorio en el que la conservación de los
ecosistemas "naturales" es un mal sólo admisible si es
indemnizado en forma de subvenciones hasta el infinito.
El
desarrollo económico requiere que las actividades productivas de la
comarca sean competitivas e incrementen los niveles de actividad, de renta,=
de
bienestar social y de calidad de vida de las poblaciones, pero, ademá=
;s,
requiere que aquellas actividades productivas sean compatibles con la
conservación del espacio natural y sus relaciones ecológicas.
Para ello, las nuevas actividades no podrán suponer una
intensificación de la explotación de los recursos naturales
básicos ni de los ecosistemas y, por otro lado, las actividades
existentes tendrán que ser reestructuradas según unos modelos
sostenibles de explotación. Toda esta reconversión del sistema
productivo deberá enmarcarse en un cambio profundo de mentalidades q=
ue
ayude a entenderla y compartirla; en unos avances claros en la formaci&oacu=
te;n
y cualificación de manos y cerebros de obra exigidos por la
incorporación de nuevas tecnologías; en la consolidació=
;n o
conformación de un tejido empresarial moderno y con iniciativas.