LA AFIRMACION DEL PUBLICO EN LA SOCIEDAD GLOBAL

Ramón Rodríguez Aguilera
Universidad de Sevilla
rra@us.es

1. Una emergencia histórica cualitativa, pero indefinida.

Desde hace unas décadas compartimos por vez primera un espacio público de intercambio de opiniones de ámbito casi mundial.

Las tecnologías de la información digital han ido intensificando la interdependencia (asimétrica) de las economías del mundo y creando una cierta interpenetración social y cultural, pero sin conformar por ello un sistema económico o social planetario, ni tampoco una comunidad política internacional, aunque ésta sea una legitima aspiración jurídica y política en el horizonte
.
En una sociedad nacional con un Estado representativo, el intercambio de opiniones, la comunicación interpersonal y el reconocimiento mutuo, el debate y la deliberación pública vinculaban, y vinculan todavía, a los ciudadanos entre sí y a éstos con el Estado.

En nuestros días, bajo los impulsos de la citada revolución informática y de la globalización económica, está emergiendo, en cambio, un nuevo espacio público de deliberación, que quiere ocuparse de los posibles intereses comunes y de los bienes públicos de la humanidad, pero que no cuenta con un definido marco institucional y político de referencia desde el que poder actuar para conseguir estos objetivos entrevistos. Se trata de un minoritario y excelente grupo de voces en cierto modo espontáneo y ajeno en principio a cualquier posible sentido de "elite del poder político o cultural". Y ahí radica su valor excepcional y su poder de irradiación. Si su influencia calase más en las opiniones públicas de las respectivas comunidades políticas y en las estructuras sociales (a través de los sistemas públicos de educación y de socialización, entre otros medios) ayudaría seguramente a contrarrestar los fenómenos parejos de descomposición y de exclusión social y de pérdida de confianza en las relaciones sociales y en la convivencia que lamentablemente vienen acompañando a la extensión global de los flujos financieros, tecnológicos y de información. Un proceso, éste, veloz e intenso, que, carente de una regulación política y de una sólida justificación pública, no ha producido en términos generales un verdadero desarrollo social. Y que urge, en consecuencia, a una verdadera corrección política: más apremiante si cabe en aquellas áreas sin una activa adaptación interior a la presión externa globalizadora, sin gobiernos responsables ni con visión de futuro, y culturalmente desorientadas, o, en su caso extremo, como en algunas zonas de Africa o Latinoamérica, sometidas a poderes corporativos o clientelares sin ningún sentido de Estado.

Conviene, pues, atender a esta novedad que quizás sea uno de las pocos aspectos claramente positivos a los que podemos agarrarnos en medio de la perplejidad, en medio del malestar social y cultural de la globalización y de los retos que nos plantea.

La meta última de esta comunidad germinal de voces no puede ser otra que la de contribuir a la conformación de una verdadera actitud pública de la humanidad, que no se desentienda ante el crimen, la injusticia y marginación social, y que cree los vínculos posibles de asociación y colaboración también entre las actuales comunidades políticas, o más allá de las mismas. Por eso, el lema inicial en este escenario no es ya el de "democracia o participación" (posibles sobre todo en el interior de una comunidad política), sino el de transparencia y responsabilidad social de las actuales instituciones públicas internacionales, y de la reforma y la creación de otras nuevas, con distintos niveles de competencia coordinados entre sí. Nadie ha elegido a quienes arriban (a veces de manera solitaria, por compromisos cívicos locales, como fruto de buena actividad profesional, o a través de organizaciones voluntarias) a este escenario, fluido y abierto, de conocimiento, crítica y de sabiduría, y que se reconocen sólo indirectamente en la medida en que comparten algún interés o afán creativo, pero confluyendo de hecho en su empeño libre y solidario con el devenir colectivo.

El carácter transcultural de la sociedad del conocimiento y de sus tecnologías (la nueva movilidad espacial, la televisión, internet y el amplio uso de los nuevos medios digitales de comunicación) ha hecho posible la aparición de esta forma relativamente nueva de conciencia histórica de la humanidad, desde distintas tradiciones conceptuales y desde situaciones diversas. Junto a la competencia global de las naciones (más allá del punto de vista oficial de los poderes relativamente menguados de los Estados y de la lógica más ubicua los negocios), empiezan a considerarse algunos objetivos nacionales o internos cada vez más como contiguos con ciertos objetivos externos, globales y a largo plazo. Y el intercambio flexible, multilateral e individualizado de las ideas y de las experiencias anima a su vez a muchos otros individuos a emanciparse de las dependencias gregarias de sus culturas de origen, de los prejuicios de sus sociedades y de sus autoridades, y a adentrarse en una aventura personal propensa a una colaboración social sin rígidas barreras socioespaciales. La consideración de "ciudadano del mundo" es hoy por hoy más un compromiso y una actitud que no un definido status jurídico, pero señala también una posibilidad abierta. Crear las condiciones para que cada persona pueda disfrutar un día su relación con el mundo natural, social y cultural ha dejado de ser un sentimiento iluso. Quizás por vez primera también en esta emergencia informal de una opinión pública de voluntad cosmopolíta están presentes por voluntad propia tanto los analistas políticos, los escritores y los científicos sociales y de la cultura como los artistas, los estadistas, los científicos de la naturaleza, los ingenieros o los médicos. Más allá, pues, de la incomunicación entre las "dos culturas", posterior a la Revolución Industrial, y de la tan negativa y persistente escisión entre las miradas intelectuales y los compromisos vitales, se está alumbrando hoy una nueva comunidad mundial de la creación cultural. Este sentido ensanchado de la realidad, práctico e intelectual, no es sino el fruto de la experiencia y de la evidencia directa de que todas las actividades científicas y culturales acaban afectando a la vida humana. Sin duda, la propia aceptación ampliada de los derechos humanos a partir de su refundación, más pragmática y flexible, en 1.948 y de su anclaje en la ONU, ha ido decantando un fondo axiológico común transcultural, más allá de las raíces originales de estos derechos en el liberalismo cristiano occidental. Es un hito histórico imprescindible para seguir introduciendo humanidad en el trato humano y criterios éticos en todas las dimensiones de la vida pública. ¡ Y una referencia para resistir en contra de las regresiones o involuciones sectarias y fundamentalistas que reaparecen por doquier, incluso tras el lenguaje retórico de los derechos humanos y en áreas que se supone han pasado por la Ilustración, o que tal vez pretenden superararla!

De particular importancia han sido los impactos recientes del fracaso traumático de la transición postcomunista Rusa y la irrupción terrorista del 11 de Septiembre del 2001, que no sólo han provocado desconcierto y reacciones de desconfianza y conservadurismo, sino que también están removiendo algunas actitudes intelectuales anquilosadas y banales. La fe ciega en un mercantilismo financiero sin mercado productivo real ni regulación ética y legal comienza ya a verse como una mera ideología económica en contradicción con el propio Adam Smith, de tan abusiva cita. Y el postmodernismo relativista, despolitizado y cosmopolita, como una pose complaciente y una débil filosofía que comenzaba por ignorar las condiciones institucionales de una vida privada autónoma, y prescindía del mundo histórico global. En términos de Filosofía política la actitud pública emergente señala el camino hacia lo que pudiéramos llamar una Razón pública realmente cosmopolita, que quiere atender a los procesos sociales y ensanchar el campo de los objetivos políticos compartidos y a largo plazo. Es, pues, una respuesta también política a un mundo social de mutuas imbricaciones, pero mal integrado, o con graves problemas de desintegración social y cultural, y por tanto, conflictivo e inseguro. Ahora bien: hoy sabemos que los conflictos y la violencia, en sus distintas escalas, se generan tanto por la insatisfacción de necesidades materiales básicas (lo que requiere una mejor redistribución) cuanto por mentalidades dependientes, irracionales, intolerantes y racistas (lo que demanda una nueva socialización política institucional). Si antes (Willy Brandt en 1973) se pudo decir que "el hambre también es la guerra", ahora constatamos cada día que el fanatismo, la estupidez y la inhumanidad también son la causa de la violencia y del hambre. Y frente a ello, el mero juego espontáneo del mercado, de las luchas de poder y de aprendizaje social ocasional ya han tenido sus oportunidades perdidas para dar una respuesta. Más aún: sin una nueva dimensión política de escala adecuada incluso serios compromisos inmediatos serían esfuerzos fallidos o insuficientes.


Así pues, la cuestión pertinente se expresaría así: ¿qué poder político se podría encargar de realizar, contemporáneamente, de estas dos tareas pendientes: la de introducir medidas de mayor Justicia social en el mundo, y la de organizar y favorecer institucionalmente la tolerancia y la convivencia? La respuesta no parece fácil, pues los Estados nacionales, como tales, pierden (desde luego, unos más que otros) capacidad de gestión interna, y la actual comunidad internacional resulta casi inoperante para estos propósitos, si excluimos el predominio creciente de la acción exterior de Estados Unidos, respecto de la cual los demás Estados se contraen o se irritan.

Debemos, pues, explorar previamente la posibilidad histórica misma de formación de un público con poder efectivo en la sociedad global. Esto es: ¿ desde cuando, y en qué forma, se han convertido en influyentes sobre el poder político las opiniones públicamente argumentadas? O bien: ¿ desde cuando y en qué proporción el poder ha tenido a las opiniones públicas como uno de sus recursos?

Una respuesta esquemática a estas preguntas nos permitirá acceder a los mecanismos del poder en el largo plazo, y no a ésta o aquélla forma de conquistar el poder, de ejercerlo o de condicionarlo. Así lograremos una perspectiva sobre estos interrogantes críticos y sobre algunas dudas y perplejidades actuales que no parecen tener otra comparación posible que los aclare.

En primer lugar, la duda razonable sobre la democracia misma que ha saltado al primer plano precisamente en esta época de la sociedad de la información y de circulación de todo tipo de ideas: la dependencia de la comunicación política de los medios de comunicación, la subordinación de las ideas genuinas a la presión de la propaganda y al dinero organizados. Si los mecanismos de la democracia representativa y el espacio público de deliberación se pliegan al final al dictado de los foros mediáticos, entonces sería ingenuo confiar en este germinar de verdaderas opiniones autónomas y argumentadas, que nos llegan hoy con facilidad desde los lugares que creíamos más alejados. Pero, si, por el contrario, damos por supuesto que todo poder es esencialmente un mero truco de persuasión descartamos escépticamente los posibles esfuerzos de la inteligencia por penetrar en los diversos recursos y resortes del poder en sus distintas situaciones concretas.

Y la segunda duda que tenemos que despejar en la práctica se refiere, más en particular, a la concepción misma del poder en el proyecto político de la Unión Europea. Continuamente se apela en la Europa actual a la legitimidad de la ley pública (de las constituciones nacionales, de la futura constitución europea, o de la más remota "ley internacional") en inseparable asociación con la fuerza de la opinión pública. Pero el hecho es que la opinión pública europea misma dista aún mucho de ser una realidad coherente y activa en sus distintos niveles, autonómicos, nacionales y europeos. Y, por extensión lógica, se invocan además desde Europa con sospechosa rutina las virtudes del derecho internacional y de la opinión pública internacional como medios casi únicos (junto al mercado) para la resolución de los problemas sociales. Pero, sin molestarse demasiado en precisar desde qué poderes políticos del mundo, y desde que organizaciones sociales, incluyendo la contribución europea, estas virtudes serían acciones efectivas y no meras palabras o deseos.

Pues bien: estas actitudes ante la dimensión pública de la sociedad (oscilantes entre escépticas y moralizantes, entre la desconfianza ante la fuerza de las opiniones y la confianza abstracta en el mercado o en la ley) quizás denoten simplemente una insuficiente conciencia histórica, y no se correspondan bien con la naturaleza histórica del poder político.


2. Liderazgo mundial de los Estados nacionales y poder de las opiniones.

En su doble vertiente interior y externa, los Estados, en su transformación histórica, han ido añadiendo a la capacidad de imponerse ante todo de manera coactiva (esto es: directamente, mediante la fuerza militar, o indirectamente, por la posesión de medios económicos o las funciones del mercado), la capacidad o habilidad de influencia persuasiva (esto es: de que los gobernados del propio país u otros países sobre los que tenían control o liderazgo siguiesen voluntariamente sus directrices por admiración o identificación con sus valores, o para conseguir metas análogas de bienestar o de cultura). La persuasión engañosa, sin embargo, podría considerarse más bien como una específica forma de coacción psicológica o de manipulación de las opiniones públicas, en unas determinadas condiciones históricas, excepcionales (como en el fascismo o en la exaltación nacionalista), o como un recurso del poder político y social complementario de otros recursos, y con unos márgenes variables de intensidad (como en la Italia de Berlusconi).

Cabría señalar, en síntesis, tres grandes etapas históricas sucesivas para observar esta propuesta correlación general (y en cualquier caso nunca una contraposición) entre poder político efectivo y poder de las ideas y de las opiniones sociales, a veces públicamente argumentadas: la época del protagonismo de los Estados soberanos, el período de la Guerra Fría y el presente.


Primera etapa: Desde mitad del Siglo XVIII hasta el colapso del Imperio Europeo entre 1919 y 1945: El poder de los Estados soberanos sin grandes constricciones externas.

Antes de la Revolución Francesa ya pudo constatar en la Gran Bretaña de su época D. Hume (1711-1776) que el dominio de las conductas sociales por los intereses no era absoluto, que los mismos intereses y el sentido de la utilidad estaban a su vez gobernados por las opiniones sociales. La fuerza política de las ideas públicas comenzaba, en efecto, a ser un componente del poder soberano en una sociedad civil productiva que se había ido imponiendo sobre el feudalismo agrario y su lógica anterior del control social directo (fuerza militar más la integración religiosa). En adelante la paz civil interna de las naciones modernas se justificaría por principios jurídicos y legales que se concebían como universales y que exigían una lealtad nacional por encima de las facciones partidistas y de los conflictos sociales. La acción política exterior, incluida la intervención colonial en sociedades no liberales, se consideraba entonces como un apéndice del interés nacional, sin más restricciones externas que el contrapeso de los otros Estados soberanos, en aquel sistema "mundial"(inaugurado por el Tratado de Westfalia en 1648), o la posible resistencia colonial.

Tal fue el caso ejemplar de la Francia del Siglo XVIII que basó su liderazgo mundial no sólo en el poder físico de su población, su industria rural, su administración pública y su ejercito, sino también en la fuerza y en la influencia de su cultura nacional. Y tal fue el caso de la hegemonía británica imperial durante el siglo XIX, asentada en su industria y cohesión política, en las finanzas y en el crédito, en la marina y en su defensiva ubicación insular, pero también en la creación de normas liberales y en su civilización expansiva e ideología del progreso.

Conviene considerar de paso dos casos muy distintos de protagonismo político mundial en la fase previa e inmediata esta moderna hegemonía europeo-occidental del mundo, para captar mejor su incidencia exterior global.

El primer caso, el de la monarquía católica española del siglo XVI, con una economía mercantil y suntuaria de metales preciosos, un ejercito mercenario y una conquista misional de las almas mediante la "cruz y la espada". Junto a la acción colonial más dispersa de Portugal se integraron entonces por vez primera poblaciones no europeas de una manera dependiente del occidente cristiano: ante todo el orbe indiano o mundo latino-americano. Todavía, después de la independencia "criolla", se hallan pendientes estas poblaciones en cierta medida de su estabilización moderna (por falta de una integración social comunitaria previa a cualquier construcción de un Estado moderno, consecuencia en parte de aquella irregular colonización misional).

Y el segundo caso, y contrapunto sucesivo del anterior, el de la Holanda mercantil y marítima del siglo XVII, cuyo capitalismo y liberalismo político, no soportado en realidad por una sociedad civil nacional, no ejerció, por el contrario, una significativa penetración cultural en las colonias.

El adoctrinamiento en caso español y el desinterés ideológico en caso holandés descartaban el papel moderno de la persuasión pública como mecanismo del poder en estas dos formas iniciales del liderazgo europeo.

La autodestrucción de la hegemonía europea del mundo, que comenzó ya en 1914, en su propia cima o apogeo no sostenidos, acabó con este modelo inicial de soberanía nacional, que había tenido tan variadas fuentes de autoridad: desde el feudalismo mercantil inicial al capitalismo liberal. No resulta extraño que una de las mentes coetáneas de aquel desastre más activas, Ortega y Gasset, no tuviera aún la suficiente distancia histórica como para ver que bajo la irrupción de aquella "rebelión de las masas" y del doble ataque expreso antiliberal y antiparlamentario del nacionalismo (etnicista, fascista o nazi) y del comunismo bolchevique (industrializador e "internacionalista") latía además un componente ideológico y hasta racista adherido a la propia la Ilustración que se proclamaba universalista. Aquel proyecto europeista de Ortega (neonacionalista y romántico, pero estimulante) no estaba desprovisto de un cierto tono y complejo de superioridad intelectual o moral: en los años 30 descalificaba por igual el "camuflaje" histórico de Washington y de Moscú como incapaces candidatos para gobernar el mundo. Y todavía resuenan hoy, tras la portentosa mutación histórica de postguerra, acentos análogos ¿ Cómo interpretar sin el peso de aquel pasado hegemónico controvertido el regreso viajero del sermón católico del Papa y sus pretensiones de "humanista moral", que se presenta como universalista y como europeista, según la ocasión? Y más aún: ¡el nuevo universalismo civil europeo, heredero de tradiciones y mentalidades tan diversas que será muy difícil integrar en una acción políticamente colectiva!

La crisis del papel del público en la democracia liberal también irrumpió en Estados Unidos después de la Gran Guerra. La "movilidad social" propia del nuevo mercado nacional industrial reducía la tradicional democracia municipal o local a una mera vida provinciana. W. Lippman (1922) y otros intelectuales advirtieron cómo la opinión pública podía ser entonces "manufacturada". A través de la presión de las nuevas corporaciones industriales llegaban, en efecto, al parlamento crudamente la codicia y los intereses grupales, y las masas, a través de la prensa y la radio, eran objeto de manipulación simbólica y emocional. La respuesta de J. Dewey (1926) de que se podía superar el "eclipse del público" mediante la formación de un nuevo público democrático, adaptado al mundo industrial, bien informado y capaz de un debate reflexivo autónomo, incluso con la ayuda de las ciencias sociales y de los expertos, señalaba más bien una tarea no menos pertinente que ardua y lejana. Durante la Segunda Guerra, con el clima ambiental de militarización de la sociedad, llegarían incluso a desaparecer los "centros sociales" de las grandes ciudades que habían iniciado una novedosa participación democrática urbana en aquella era todavía progresista.

Así, pues, en Europa y en Norteamérica, la primera modernidad ilustrada occidental, con su fe inicial en la fuerza de las opiniones públicas, declinó con un horizonte clarooscuro: con una tensión no resuelta entre nacionalismo y universalismo; y con una doble moral en la política interior y en la política exterior y colonial. Y sin que el recurso a la fuerza quedase descartado frente a los Estados totalitarios, una vez comprobado el fracaso de la Liga de Naciones en el mantenimiento de la paz cívica entre los Estados Nacionales.



Segunda etapa: Desde 1948 hasta el final de la Guerra Fría (1998):
orden jurídico mundial y contención militar del status quo internacional


El Nazismo había reducido el poder al control militar y policial, a la exaltación nacionalista y a la propaganda: negaba en el interior los derechos civiles e impedía la discrepancia y la consulta a las opiniones, y en el exterior había roto con todas las obligaciones de respeto a la convivencia entre los pueblos. Tras su derrota, a la que había colaborado el Comunismo soviético (que había abusado no menos de la propaganda y de la agitación de masas) los vencedores configuran un orden jurídico internacional basado en una nueva declaración de los derechos humanos y en nuevos principios de Justicia Internacional, que ponían ciertas limitaciones al poder y servirían de referencia para la convivencia pacífica entre los "pueblos soberanos": para todas las Naciones-Estado dotadas, o que se dotasen por vez primera, de una constitución democrático-liberal, y para las Naciones no liberales que también respetasen el derecho de gentes, y en último extremo, como instrumento común de defensa frente los poderes inciviles que agrediesen a otros pueblos. Pero con escasos mecanismos propios de garantía frente a los violadores.

El liderazgo mundial de los Estados Unidos llegará a ser inseparable ya en la segunda mitad del siglo XX de este nuevo orden jurídico (diseñado principalmente por F. D. Roosevelt, Truman y Churchill), integrándose con una posición dominante entre los cinco miembros permanentes del Consejo de seguridad de la ONU. Los recursos de su poder hegemónico serán en esta etapa: una economía de escala, el liderazgo científico y técnico, su ubicación geofísica, las fuerzas militares, además de las alianzas políticas de conveniencia y con los aliados regímenes liberales internacionales, y una peculiar cultura nacional universalista (que suponía la integración civil de la población negra, pese a su persistente discriminación social, y la capacidad de integración social de oleadas de inmigrantes a través de la lengua, el mercado y el derecho).

Pues bien: en este contexto, la política internacional de disuasión nuclear y de reparto de influencias vació casi de sentido cualquier posible argumentación racional pública sobre la legitimidad de las distintas formas de poder. Se produjo un gran desarrollo económico en casi todo el mundo, pero pocas ideas y poco debate político de alcance internacional. Las opiniones de un país sobre otro, incluso cuando eran acertadas y penetrantes, apenas si afectaban a sus opiniones públicas. Se las suponía intromisiones impertinentes y osadas, que no contaban con el fondo íntimo e inaccesible de sus experiencias, e incapaces, por tanto, de corregir las perspectivas nacionales internas que se creían autosuficientes. Incluso las atrocidades de las dictaduras argentinas (1976-1983) eran clandestinas en el interior y opacas para la opinión pública internacional.

La recuperación sorprendente de Europa Occidental la había volcado sobre sí misma, dejando la seguridad exterior en manos de la OTAN, mientras que se podía ver a sí misma como atrapada entre dos polos externos, e incluso como "neutral". Las naciones europeas comenzaron entonces a ver el mundo a través de la lente de los propios procesos de su integración económica y de los valores políticos y sociales compartidos con sus vecinos. La propia transición española también ocurriría, después de los años de autarquía, como una lenta de adaptación al entorno económico y político, sin exigir nunca una revisión crítica del franquismo. En un grado u otro, generaciones enteras de europeos no hemos establecido una relación comprensiva entre la libertad política interior y el orden real del mundo, cuyas claves últimas no había necesidad de averiguar. Esta experiencia condiciona todavía hoy la debilidad de nuestra cultura política.

Paralelamente a esta interna recomposición europea, el ingreso de los algunos países asiáticos y de culturas no occidentales en el mundo desarrollado dejaba bien patente que la cultura política mundial ya no era sólo occidental ni americana: la milenaria y populosa y colonizada India adopta su propia democracia representativa a partir de 1947-1950; China, la civilización más notable en el mundo entre los siglos V al XV, tras la creación de un poderoso Estado centralizado emprendería (desde 1973) una indicativa abertura hacia el mercado dirigida desde el propio poder comunista; Japón era en 1980 la segunda potencia económica del mundo y contaba con una singular y muy integrada cultura nacional, receptiva de numerosos aspectos de las culturas del mundo. Los dragones del Este asiático combinaron nacionalismo político y liberalismo económico. Toda una gama de países que se adaptan, pues, al mundo exterior respetando básicamente el reparto del poder, el derecho de gentes en el exterior y el un orden social interior coherente con su tradición.

Con el derrumbe del sistema comunista, que acompaña a la extensión de la revolución informacional, no sólo se rompe el muro de Berlín sino que se abren y se hacen permeables muchas otras fronteras. Con una nueva comunicación interactiva a distancia se genera también la posibilidad de una nueva socialización y de un nuevo aprendizaje social sin constricciones territoriales. Pero la gran victoria inicial no ha sido una nueva cultura política, de más lenta maduración, sino la creencia ingenua de que las solas fuerzas del mercado y la pax democrática, dejadas a su inercia, tenían garantizada su propio futuro a largo plazo. El resurgir del islamismo político, con su particular extensión sobre el vacío dejado por el poder y la ideología comunista, y de otras actitudes antiliberales no acarreaban entonces una especial preocupación.


Tercera etapa: Desde el final del Comunismo (1.998-1.990) hasta hoy día:
Liderazgo global de Estados Unidos, con una creciente incertidumbre mundial.

El breve, pero intenso periodo, que va desde el final de la Guerra fría y la aceleración de la globalización informacional hasta hoy, ha acarreado ya cambios equivalentes a las dos etapas anteriores más prolongadas.

Todos los gobiernos sensatos reconocen ya abiertamente que ningún país (desde luego, siempre en proporción a su tamaño e integración social) puede garantizar por sí sólo el bienestar, la educación y la seguridad de sus ciudadanos. La interdependencia creciente pone en cuestión toda forma de etnocentrismo cultural. Sospechamos ya con razón de cuantas interpretaciones internas u opiniones públicas locales que no aguantan la confrontación con las criticas externas. El multiculturalismo relativista si acaso es ya una mera condescendencia tolerable, pero no puede aceptarse como el fundamento firme de una convivencia nacional e internacional tolerante. Ninguna democracia puede ya prescindir, en coherencia con sus intereses y sus valores, de considerar la política exterior como una parte de su política interior, y de promocionar con su dinero, con su diplomacia y con su ejemplo los procesos democráticos del mundo..


Ahora bien: el reconocimiento de las interdependencias y de los límites de la soberanía, y de la necesidad, por tanto, de una cooperación más estrecha entre los Estados y entre las sociedades, no se han traducido en la formación de una red de conexiones simétricas y mutuamente consentidas y acordadas. Se está configurando más bien una forma de vertebración ocasional, irregular y en gran parte jerárquica y coactiva, que no favorece precisamente un desarrollo social y una mejoría de la condición humana.

La "superpotencia" estadounidense, como se ha calificado desde fuera, se ha venido apoyando no sólo en su incuestionable superioridad tecnológico-militar, una sólida economía de escala que es además centro de comunicaciones transnacionales, sino también en la influencia de su cultura popular y superior, siendo un imán de atracción humana y científica de un amplio radio de acción. Pero, a su vez, desde el mismo año 1.989 ha ido (en cierto modo a contracorriente de la historia) retirando apoyos al marco jurídico internacional que tendía por sí mismo a fortalecerse. Y, tras una década de acelerados cambios en las sociedades del mundo, un año después de los atentados del 11 de Septiembre del 2001, la coordinación política del orden mundial bajo el protagonismo de Estado Unidos se ha tornado incierta de manera estructural y no pasajera. Se ha abierto una divergencia de perspectivas sobre los problemas del mundo (la jerarquía de tales problemas y sus métodos de solución) entre el líder mundial y sus aliados europeos; un nuevo recelo y un temor afecta también a los poderes que mantienen una colaboración interesada, y hasta una comunicación más fluida, con Estados unidos, sin compartir sus mismos valores; y Estados Unidos y sus intereses (aunque de momento no directamente sus aliados) son ya también objeto no sólo de nuevas repulsas, sino de ataques terroristas organizados, sin que esté excluida su connivencia (probada o potencial) con algunos Estados "enemigos" y realmente indispuestos con la ley y con la convivencia internacional.

Al ser ésta última una situación histórica mueva en la que nos estamos adentrando, cada mes y a veces cada día que transcurre nos aclara un poquito más algunas cosas y nos desconcierta en muchas más. Pero podemos atenernos, sin embargo, a algunos rasgos persistentes.

Este poder político estadounidense, que no encuentra en el horizonte futuro previsible ningún rival competitivo en términos militares y diplomáticos, se halla sujeto a un principal mecanismo de autocontrol interno radicado en la propia naturaleza de su sociedad civil, y no sólo en la oposición política del gobierno. También se halla limitado por una resistencia de la realidad objetiva (en el exterior de sus fronteras, y en menor medida también en su interior social) de muy difícil aprehensión y evaluación. De tal manera que las posibles acciones a emprender que en un momento le podrían parecer al actual gobierno de fácil realización técnica (como por ejemplo, el cambio de Régimen de Sadam Husein), de pronto pueden verse puestas en duda como arriesgadas o contrarias a los propios intereses desde dentro de la propia esfera republicana y en círculos del poder, y no sólo por discrepancias con la comunidad internacional. Si todo poder político tiene sus límites objetivos, un poder de alcance global crea una mayor dificultad de percepción estable de tales límites. Por eso, pudiera resultar fracasada o pasajera la tentación actual de emprender una deriva autoritaria en el ejercicio del poder en el interior y en el exterior, en detrimento de las capacidades todavía disponibles de persuasión y colaboración con la comunidad política internacional. La misma comunidad internacional, o al menos muchos de sus actores, estaría dispuesta a reconocerle al poder norteamericano más autoridad de la que el actual equipo de gobierno de G. W. Bush parece ser capaz de ejercer. Desde luego, su liderazgo mundial no cobrará estabilidad al margen de una ONU reformada y con más competencias, y sin integrar o compartir más intereses y más bienes comunes con otros poderes políticos y otras sociedades por inferiores en poder militar que sean.


Así, pues, en la doble vertiente exterior, pacífica y atlántica, de Norteamérica, en las relaciones de Estados Unidos con Europa y Asia (llegando por el extremo Sur hasta las democracias de Suráfrica y Australia) se sostiene el centro del orden actual del mundo. Pero también se producen sus fricciones (político-culturales) más conflictivas. En el resto hay personas y voces muy valiosas e imprescindibles, algunas apenas reconocidas o del todo ignoradas, y seguramente también se concentran los motivos humanos más dolorosos del desorden mundial, si no nos olvidamos, como no podemos hacerlo de Oriente Medio (con el aliado "incondicional" de Israel y la condición necesaria e inestable de otros apoyos políticos del entorno). Pero, son las opiniones públicas expresas de Europa y peso y el sentir de los países más poderosos de Asía, las que hoy por hoy pueden interactuar desde fuera en primera instancia con los mecanismos internos de su control político, y afectar a su gestión exterior, reduciendo algunas incertidumbres.

Pero la cuestión última es ésta: más allá del mantenimiento del orden, y de las medidas antiterroristas, necesitamos pensar en formas más amplias de gobierno del mundo y de de redefinición de la socialidad humana básica : a partir de los actuales poderes políticos, y de las actuales disposiciones sociales y culturales; no desde cualquier ocurrencia por bien intencionada que sea..

3. Gobierno del mundo sin Estado mundial.

Incluso si la estrategia "imperial" de Estados Unidos tuviese existo (si rectifica a tiempo el actual reduccionismo militar con políticas más sociales y culturales; flexibiliza el centralismo de las decisiones, incorporando a los aliados con sus intereses y razones en una gestión más compartida; maneja bien el arte de contrapesar poderes, etc, etc..) no parece previsible que se detenga el desarreglo y la descomposición de un mundo sujeto a cambios tan acelerados y contrapuestos: por la miseria material y la corrupción, por el desarraigo demográfico y la frustración de identidades colectivas, y por la quiebra incluso de algunos Estados. La larga sombra de la humillación y el afán primario de dominio y de venganza se desahogarán más fácilmente como ceguera moral, como odio o como evasión. La rebeldía inteligente, la entereza y la activa comprensión crítica requieren un excepcional esfuerzo, que no puede ser espontaneo, socialmente hablando.

La formación de un Estado mundial ni siquiera bajo la forma de una federación global parece hoy imaginable. Se impone, pues, pensar en fórmulas de gobierno realizables a partir de los actuales poderes reales, con las crisis internas de representación política y de desempleo crónico que afectan ya a las democracias más solventes, pero también a partir de esta novedosa conciencia pública de la humanidad, que está llamada a ir compensando con constructiva imaginación la ineficacia y la deslegitimación de las políticas establecidas.

No parece, en principio, que las ideas y opiniones acertadas, la identificación de bienes públicos comunes y pautas más amistosos en la relaciones sociales, se impongan por sí mismas sobre los poderes políticos o económicos. Pero su aceptación e influencia efectiva tampoco depende enteramente de ellos. Los mecanismos mismos del poder y de la producción no son ni mucho menos ajenos a las la dinámica de las opiniones públicas, a la calidad de los conocimientos, a la salud de los afectos sociales. El mundo histórico hoy menos que nunca es un sistema cerrado.

Lo que se avista en el horizonte es más bien la formación de redes de dependencia y de colaboración entre estados y sociedades, comenzando por las más afines, y lazos de interdependencia y negociación entre poderes políticos y sociales, públicos y semipúblicos, nacionales y trasnacionales, lucrativos y no lucrativos. Crear un clima intelectual y de credibilidad favorable a las soluciones públicas y a la transparencia de las acciones sociales que tienen repercusiones públicas, más allá de su acción inmediata no parece una causa del todo perdida. La idea de un "consenso por intersección o solapamiento" (Rawls), que excluye sólo las actitudes que se afirman sólo como una confrontación con los demás, quizás sea ya una tarea realizable y pertinente. El que haya un superpoder hegemónico o no lo haya no es necesariamente un obstáculo (o una garantía) para el gobierno del mundo (o su "gobernabilidad"). La cuestión es qué tipo de hegemonía se establece y con qué mecanismos de poder social. Volvamos, pues, brevemente sobre las grandes líneas de la política contemporánea y su trasfondo cultural.


Resulta curioso que las nuevas economías de Asía no hayan despertado una competitividad política internacional. Al contrario, China, por ejemplo, después de abrir su economía y experimentar a partir de 1980 un espectacular desarrollo ha mejorado sus relaciones exteriores. Razones históricas y culturales así lo explican. No han tenido estos países en el pasado una experiencia de hegemonía política. En el caso de Japón, la nación sufrió un escarmiento por su expansión imperial, todavía en proceso de normalización, pero hoy comienza a mirar al mundo con una comprensiva atención. Además, la disposición dominante del carácter individual hacía el poder político consiste en mantenerlo fuera del ámbito interno de la experiencia (el reflejo budista, para entendernos) o en respetarlo, incluso cuando es menos respetable sin medirse nunca con su superioridad o "inferioridad" (el reflejo confuciano, para entendernos). Los gobiernos de la zona, que no constituyen una comunidad homogénea de valores, mantienen en general mucho más en secreto sus acuerdos militares, económicos o diplomáticos con Estados Unidos, frente a la competencia de sus vecinos (o la amenaza o chantaje como en el caso de Corea del Norte), y frente a los sentimientos y posibles reacciones de sus propios países.

La relación de Estados Unidos con Europa es más compleja y, pese a estar más en el candelero mediático internacional, más difícil de comprender.

A pesar de su extraordinario y singular proceso de integración política, la Unión Europea, con sus notables recursos económicos y científicos, no ha generado aún un proyecto político coherente, con una ciudadanía europea capaz de ejercer la parte de responsabilidad que le incumbe en el gobierno del mundo. Al contrario, persiste una lastrada desorientación histórica y una retracción del mundo real. Así, la anteriormente referida interrelación dinámica entre América y Asia le resulta todavía casi ajena; Africa, salvo en acciones puntuales, es apenas objeto de un interés informativo, y no de preocupación y de estima. Y más aún: su relativo aislamiento complaciente y la buena imagen de sí misma, incluido su escaso interés por contar con mejores medios de defensa, le lleva igualmente a una buena parte de la opinión pública europea a seguir creyendo que el protagonismo político mundial de Norteamérica es básicamente tecnológico-militar, y carente de serios fundamentos culturales, filosóficos y morales. Quizás se exprese en esta creencia una mera racionalización de su debilidad político militar, pero estos prejuicios dificultan la comunicación entre la sociedad europea y norteamericana más allá de sus divergencias políticas justificadas. Excepcionalmente, en el continente, en la parte Occidental de la actual Alemania, como efecto de una extraordinaria actualización cultural, estas viejas reticencias tengan hoy menos fuerza; pero, para compensar tan positivo aprendizaje, en el lado este, casi todo el "pacifismo post-comunista" no es sino perdurable "antiamericanismo".

Con este cuadro mental de fondo, si la propensión unilateralista y neosoberanista por parte de la administración de G. W. Bush, ahora tan remarcada, se topa sólo con el silencio oriental y sus acuerdos tácticos, y con el moralismo jurídico europeo sin poder efectivo ni serias bazas diplomáticas, poco se puede avanzar mucho en el buen gobierno del mundo, y los posibles procesos de aprendizaje social serán erráticos. Rusia es, precisamente, el caso interpuesto entre Europa, con la que todavía no se coordina, y el Asia dispersa: a su voluntad política y a sus maniobras (oportunas y oportunistas) diplomáticas tampoco le siguen las energías de un cuerpo social convaleciente, y no del todo apaciguado.

Es posible también que ante la descomposición social y política (incluidos, la desesperación social, el crimen organizado y el terrorismo) el poder norteamericano extreme aún más sus políticas de seguridad y defensa, reduciendo las intervenciones humanitarias en el horizonte a urgentes e interesadas "intervenciones militares" (incluso de defensa "preventiva"), sin plantarle al mismo tiempo cara a los problemas sociales y culturales que le son inherentes. Ésta es la crítica razonable que Europa y la comunidad internacional podrían hacer llegar al gobierno y a la sociedad norteamericana: mas, con transformaciones sociales y culturales efectivas y no sólo con palabras. Por su parte, la opinión pública europea, además de cuidar y reformar su peculiar estado de bienestar, tendría que establecer nuevas interacciones sociales con el entorno, y acabar cuanto antes de comprender cómo funciona el mundo más allá del recinto de sus sociedades "post-nacionales", tan plenas por debajo de reservas nacionalistas aún no agotadas (!). Los grandes problemas derivados de la inmigración, la pobreza, la degradación ambiental, y en general de Justicia internacional, incluida la Justicia penal, no son cuestión de un golpe de efecto. Y quizás no puedan todavía ser abordados con una "refundación auroral del derecho entre los Estados", sino con progresivos procedimientos políticos y sociales en el interior de los datos básicos del mundo histórico real. Y con mecanismos de cooperación efectiva entre los objetivos internos (nacionales o europeos) y los objetivos de las otras sociedades (comenzando por las más cercanas). Si bien se miran, ambos objetivos (internos y externos) son ya de una separación casi imposible en el mundo global actual, a cuyos riesgos, incertidumbres, sin embargo, nadie escapa. Tampoco deberíamos prescindir de su humanidad y de sus posibilidades.

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