MIME-Version: 1.0 Content-Location: file:///C:/A088A0C8/RB-Domenech.htm Content-Transfer-Encoding: quoted-printable Content-Type: text/html; charset="us-ascii"
Antoni Domènech *=
=
i>
Con el impulso remundializador y
reliberalizador de la vida económica en los últimos 30
años, buena parte de las “conquistas” derivadas del cons=
enso
social atlántico de finales de los 40, o se han esfumado, o est&aacu=
te;n
seriamente amenazadas. Los llamados
“Estados sociales” o de “bienestar” =
b>[1]=
retroceden
visiblemente ante un tipo de
orden económico que en más de un aspecto recuerda al de
entreguerras, o incluso, al anterior a la primera guerra mundial. La seguri=
dad
y el bienestar material que buena parte de la población trabajadora
europeooccidental y norteamericana parecía haber logrado ya
irreversiblemente, como consecuencia del compromiso de clases alcanzado baj=
o la
égida de un capitalismo decididamente productivista, enemigo de la
especulación financiera de preguerra y resuelto a “eutanasias =
del
rentista” (Keynes), se han ido transformando en inestabilidad y
condiciones más duras de trabajo y de vida en los últimos lus=
tros
de “globalización” y alegrías reliberalizadoras de
los mercados financieros internacionales.
Dos elementos esenciales
de la prosperidad “fordista” o atlantista de posguerra, que est=
aban
en la base de los Estados “sociales” o de “bienestar̶=
1; han sido gravemente socavados: =
span>
1) El
vínculo –microeconómico- en que se fundaba el compromis=
o de
clases entre el gran capital industrial y los trabajadores organizados
sindicalmente, y que resultó en
una “constitucionalización” de la empresa capitalista,
merced a la cual los empresarios y sus agentes dejaban de ser monarcas
absolutos, otorgando a los trabajadores una especie de ‘ius in re aliena’ en la empresa tutelado por el Es=
tado
(derechos de reunión, asociación –sindical— y de
expresión dentro de la empresa, vacaciones pagadas, reglas no
arbitrarias de promoción profesional, capacidad de negociación
salarial, expectativas de bienestar acrecido ligadas a los aumentos de
productividad , etc.), a cambio de aceptar las prerrogativas de control y de
autoridad en los empresarios y sus agentes y de renunciar
inequívocamente a las pretensiones del movimiento obrero de la pregu=
erra
(
2) El vínculo -macroeconómico- =
que
ligaba las economías de escala, el abaratamiento de costes resultant=
e y
el incremento de productividad de la producción en masa de bienes de
consumo, de un lado, con, del otro, el consumo masivo de esos mismos bienes=
por
parte de unos trabajadores que, gracias a sus incrementos de productividad =
y a
la negociación salarial apoyada en esos incrementos, veían un crecimiento año tras a&ntil=
de;o
del salario real.
Este capitalismo neoabsolutista –-tan nuevo, y tan viejo—=
; en
el que vuelven con fuerza las tendencias autoritarias, o
‘desconstitucionalizadoras’, de la empresa capitalista; este
capitalismo en el cual la
población trabajadora se ha segmentado/reestratificado, tanto en el
plano de la producción (con un
núcleo, en retroceso y cada vez mas erosionado, de trabajadores con
empleos todavía relativamente estables; ese cada vez más amplio estrato de trabajadores en la cuerda fl=
oja
de los empleos más o menos precarios; y una base -también
cada vez más ancha- de trabajadores en situación desesperada,=
que
incluye a los working poors [2]=
, a
los parados, a las mujeres que encabezan hogares monoparentales y a los
inmigrantes, legales o ilegales),<=
/b> como en el plano del consumo (con=
los
estratos más bajos de las poblaciones trabajadoras consumiendo produ=
ctos
baratos importados, producidos por una mano de obra semiesclavizada –=
y a
veces, literalmente esclavizada [3]=
—
en el tercer mundo); este tipo de capitalismo asediante que se nos ha ido
imponiendo en el último cuarto de siglo, no sin esporádicas y
fuertes resistencias por parte de las clases trabajadoras, es el úni=
co
que conocen y sufren las nuevas generaciones.
Y ante el asedio, q=
ue
adquiere a veces el carácter de una verdadera “lucha de clases
desde arriba”, según editorializaba hace pocos meses un medio =
tan
poco sospechoso como el New York Times, surgen
entre las izquierdas dos grand=
es
tipos de actitudes que pueden resumirse de la siguiente manera.
Una, “defensiva=
8221;
o conservadora: hay que preservar lo que se pueda del Estado
“social”, o, en su versión radical, recuperar lo que se =
ha
perdido en el largo asedio. Este tipo de posiciones son hoy comunes entre l=
as
organizaciones sindicales europeas, y, con menor contundencia, norteamerica=
nas.
Cuando la dirección de
Pero otro tipo de opciones
contestatarias del “giro antisocial” es de cariz, digamos,
“ofensivo”. La idea general subyacente es: hay que replante=
ar
por completo el consenso social atlántico de postguerra, entre otras
cosas porque las grandes transformaciones sociales que ha traído con=
sigo
la vida económica de las últimas décadas, aun en el ca=
so
de que fuera deseable, hace políticamente irrealista el sueño=
de
conseguir un nuevo compromiso social interclasista, habiendo
prácticamente desaparecido sus actores principales. Ni en el
núcleo duro del gran capital europeo y norteamericano es ahora
hegemónica una burguesía industrial productivista, dispuesta =
por
tanto a la “eutanasia del rentista”, ni está ahora en un=
a posición
de sólida centralidad, dentro de las poblaciones trabajadoras del pr=
imer
mundo, el obrero industrial –varón— del tipo fordista que
fue la base social nuclear de la izquierda europea tradicional de postguerra
(PCI, PCF, SPD, Labour)...
Una opción meramente “defensiva” de las conquist= as “sociales” de la postguerra no es sólo políti= ca, económica y sociológicamente ilusoria, sino que podría llegar a ser peligrosamemente contraproducente:
- Podría
contribuir a levantar entre los segmentos estable e inestable de la
población laboral barreras insalvables e innecesarias, convirtie=
ndo
a los sindicatos, sobre todo en países como España y Francia,=
de
bajísima afiliación sindical, en meros defensores de derechos
adquiridos de los trabajadores maduros privilegiados. Podría contrib=
uir,
particularmente en los países que conservan aún índices
aceptablemente altos de sindicalización, a abrir fosos insalvables e innecesarios entre los segmentos
inestables y los más desesperados de las poblaciones trabajadora=
s,
generando en los primeros la peligrosa ilusión de que los segundos, y
señaladamente los inmigrantes, son directamente responsables de la
precariedad de su situación. Podría contribuir a ahondar
todavía más el hiato que tradicionalmente ha venido separando=
a
los trabajadores del hemisferio norte, formados en el consenso social
atlántico de postguerra, de sus hermanos del tercer mundo, no
viéndose en éstos sino a competidores desleales.
- Podría contri=
buir a
un ulterior encastillamiento burocrático de las organizaciones
sindicales en el aparato del Estado, sobre todo en países como Franc=
ia,
en los que la acción sindical subsiste ya fundamentalmente en el sec=
tor
público, y consiguientemente, a
aislar más a los sindicatos de las poblaciones trabajadoras activas<=
/b>
en el sector privado de la economía, tornándolos, de paso,
más y más antipáticos para la opinión
pública media cuando recurran como único medio de lucha
disponible a la paralización del estratégico sector
público de la vida económica. Y por acabar en algún si=
tio,
podría contribuir también a reforzar inopinadamente las
tendencias neoabsolutistas autoritarias en el mundo de la empresa: si ya el
consenso social de postguerra significó en los dos lados del
Atlántico norte la renuncia del movimiento obrero organizado
sindicalmente a cuestionar democráticamente la autoridad empresarial,
aceptando una mera constitucionalización, tutelada estatalmente, de =
la
misma, a cambio de sucesivos aumentos de bienestar vinculados a sucesivos
incrementos de productividad, ahora, rota o desjarretada esta última
ecuación, insistir monolemáticamente en ella podría
generar la ilusión –en parte la ha generado ya— de que
plegarse a la nueva ola absolutista empresarial, ceder “un poco
más” de libertad política en el mundo del trabajo,
allanarse a la desconstituciona-lización completa o parcial de la
empresa capitalista, es la única solución realista posible pa=
ra
recuperar el bienestar y seguridad perdidos (La vía al suicidio completo de las organizaciones sindicale=
s:
renunciar incluso a la libertad de asociación sindical, porque las
empresas ‘union free’=
i> dan
más garantía de estabilidad) .
Índice tal vez interesante de que los sindicatos europeos
están empezando a girar hacia un tipo de posición más
“ofensivista”, más ambiciosa en el medio y el largo plaz=
o, y
a la vez, más adaptada a las presentes circunstancias, es la crecien=
te
atención que algunos de ellos, especialmente de los sectores m&aacut=
e;s
inquietos intelectual y socialmente, comienzan a prestar a la propuesta de una Renta
Básica de Ciudadanía. Esa propuesta consiste en un ingreso pagado por el Estado a cada
miembro de pleno derecho o residente de la sociedad, incluso si no quiere
trabajar de forma remunerada, sin tomar en consideración si es rico o
pobre o, dicho de otra forma, independientemente de cuáles puedan ser
las otras posibles fuentes de renta, y sin importar con quien conviva...
Esta ‘Renta Básica de
Ciudadanía’ [4] tiene unos rasgos formales de laicida=
d,
incondicionalidad y universalidad idénticos a los del sufragio
universal democrático: todo el mundo tiene derecho a ella, por el
sólo hecho de ser ciudadano (o, además, en el caso de
En los medios de izquierda, la
oposición más enérgica a la propuesta de una RB
sólo podría venir o de un sindicalismo tenaz,
monolítica e irrealistamente aferrado a la evaporada conexión
fordista productividad /bienestar, o de una socialdemocracia política
tradicional que se abrazara al
‘Estado del bienestar’ pretérito
de un modo tan superficial=
, que
le llevara a perder de vista las realidades económicas y
sociológicas de base –y el irrepetible contexto
histórico-político guerrafriísta— del consenso
social atlántico que alumbraron a ese Estado.
Pero la lucha por una Renta Básica de Ciudadaní=
;a,
como otras iniciativas “ofensivistas” que no están
dispuestas a cambiar libertad en la vida cotidiana por bienestar material y
seguridad en el puesto de trabajo, no sólo puede atraerse a u=
na
amplia y nueva base social de excluidos, de precarios, de antiguos y nuevos
desposeídos, de jóvenes y mujeres tan azacaneados por la feroz
dinámica de la actual vida económica y social como ...deseosos de combinar mínima
seguridad material y cumplida autonomía en su existencia social =
(el
cóctel que ofrece, precisamente,
* Suscrito con Daniel Raventó=
;s
en Le Monde Diplomatique (ed. e=
sp.),
núm. 105, julio 2004
=
1. Que,
después de estos 30 años, algunos ya han llamado con
ironía “Estado de
emergencia social”. Véase Martine Bulard, “Las
políticas liberales del gobierno francés”, Le Monde
Diplomatique (edición española), marzo 2004.
2. El hecho de disponer de
un trabajo remunerado ya no es una garantía, en
3.<=
/i> Aún exi=
sten
alrededor de 250 millones de niños y mujeres usados como esclavos
(El País, 18-4-2001) en el sentido más literal, tal como fue
definida la esclavitud por
4. Definición muy similar a la de www.bien.be, la web de
5.<=
/i> Aunque primera=
mente
los estudios técnicamente más refinados se hayan realizado en los países del primer mundo=
(como Canadá, EEUU, Bélgica, Alemania, Francia),
6.<=
/i> No hemos dicho nada acerca de la cantidad de RB que estamos barajando..., pero
tenemos en la cabeza un monto igua=
l o
superior al ‘umbral de la pobreza’... al que