|
España corrupta Henry Fielding es uno de los grandes y primeros discípulos de Miguel de Cervantes. Genial novelista, autor de obras maestras como Tom Jones o Joseph Andrews, este escritor inglés era también un artista de la sátira. Por ejemplo, en Jonathan Wild hizo una biografía de fantasía de un delincuente real para hablar de la grandeza del ser humano. Wild, un vulgar ladrón, es descrito por Fielding como un gran hombre que triunfa y es admirado por su sociedad. Una cruda crítica que iba indirectamente dirigida contra Robert Walpole, primer ministro de Gran Bretaña durante gran parte de la primera mitad del siglo XVIII. Lo curioso de Jonathan Wild es que resulta de rabiosa actualidad. Vivimos en un mundo amoral donde la excelencia y la cualidad aristocrática se miden más por el tamaño de la cartera que por la bondad de las acciones. Grandes maestros de la Ética, como Sócrates, Aristóteles o Kant son hoy meras entradas de enciclopedia, hoy también en declarada crisis de cantidad y calidad. Hoy, sin importar qué medios hemos usado, lo único que importa para brillar en la sociedad es el modelo de nuestro coche y los metros cuadrados útiles de nuestra vivienda. La punta de lanza de este declive moral que se traduce en la idolatría del oro del becerro es el mundo de la construcción. Viajes a donde viajes en España, Cataluña y País Vasco incluidos, las grúas forman parte del skyline de las ciudades. Se construye mucho, con una arquitectura mediocre, una calidad mejorable y mucho chanchullo de por medio. Parece que las administraciones locales tienen su único medio de financiación en la recalificación y adjudicación de terrenos, la mayor parte de ellas realizadas de una manera fraudulenta. En los últimos días, el deporte preferido por los periódicos es el de destapar casos de corrupción inmobiliaria: Seseña, Ciempozuelos, Torrelodones, Villanueva de la Cañada, Murcia... según convenga siempre a la línea editorial del diario. Se nota que estamos en campaña electoral y, como suele ocurrir en España, la información se usa para desgastar al partido rival. Lo curioso es que todos estos casos eran conocidos desde hace años, por lo menos en las tertulias de bar o café. Viajases a Madrid, Alicante, Barcelona, Pozuelo de Alarcón o Maracena, los ciudadanos enseguida te ponían al corriente sobre alguna operación inmobiliaria de dudosa legalidad. Todos sabíamos de la existencia de chanchullos de muy diversa consideración. Hace ya algunos meses, no obstante, la prensa y los políticos se llevaron las manos a la cabeza por la Operación Malaya, que destapó la corrupción en Marbella. Todo el mundo sabía que en Marbella el GIL y demás partidos políticos habían permitido construir de una manera descabellada y desorbitada. Pero aún así el mundo de las altas esferas se mostró altamente sorprendido. Magnífico ejercicio de disimulo que dice mucho de quién dirige nuestros destinos. Ahora, los periódicos y algunos políticos no dejan de destapar otros casos de corrupción en cualquier rincón de la geografía nacional. Ahora, sin embargo, todo se limita a acusaciones más o menos fundadas en diversos medios de comunicación e investigaciones iniciadas por la Fiscalía Anticorrupción que, según parece, existe. Pero no se detiene a nadie. La Policía aún no ha vuelto a abrir la caja de Pandora, no vaya a ser que después de una actuación el partido rival movilice sus tropas y comiencen a caer alcaldes, diputados y senadores como si fuesen fichas de dominó. De momento, los voceros de la prensa gritan corrupciones, pero la cosa no parece que vaya a ir a mayores. Todos tienen demasiado que perder. La corrupción inmobiliaria, generalizada en todo el territorio nacional, afecta a ayuntamientos de toda tendencia o color. España es una especie de ciudad sin ley donde construye todo aquel que tiene recursos y contactos suficientes. Sin orden ni control. Y, como en Chicago en los años 20, comienzan a surgir enormes fortunas que se van convirtiendo en focos de poder y acaparamiento financiero. El dinero se sospecha que, en la mayoría de los casos, tiene un origen oscuro. Pero ahí está, como un depredador en un gallinero. Otra prueba del desgobierno en el que está sumida España y de la naturaleza amoral de nuestra época, donde la excelencia es cuantificable en dinero, que no en ideas ni en bondades. Época donde escritores como Fielding y novelas como Jonathan Wild vuelven a ser, trágicamente, de obligada lectura.
|
Página
Principal
elreformador@nodo50.org